Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, y espero que seas para mí un gran apoyo






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Lunes, 2 de noviembre de 194.2
Querida Kitty:

El viernes estuvo con nosotros Bep. Pasamos un rato agradable, pero no durmió bien porque había bebido vino. Por lo demás, nada de particular. Ayer tuve mucho dolor de cabeza y me fui a la cama temprano. Margot está nuevamente latosa.

Esta mañana empecé a ordenar un fichero de la oficina, que se había caído y que tenía todas las fichas mezcladas. Como era para volverme loca, les pedí a Margot y Peter que me ayudaran, pero los muy haraganes no quisieron. Así que lo guardé tal cual, por­que sola no lo voy a hacer. ¡Soy tonta pero no tanto!
Tu Ana
P. D. He olvidado comunicarte la importante noticia de que es muy probable que muy pronto me venga la regla. Lo noto porque a cada rato tengo una sustancia pegajosa en las bragas y mamá ya me lo anticipó. Apenas puedo esperar. ¡Me parece algo tan impor­tante! Es una lástima que ahora no pueda usar compresas, porque ya no se consiguen, y los palitos que usa mamá sólo son para mu­jeres que ya han tenido hijos alguna voz.

22 de enero de 1944. (Añadido)
Ya no podría escribir una cosa así.

Ahora que releo mi diario después de un año y medio, me sor­prendo de que alguna vez haya sido tan cándida e ingenua. Me doy cuenta de que, por más que quisiera, nunca más podré ser así. Mis es­tados de ánimo, las cosas que digo sobre Margot, mamá y papá, toda­vía lo comprendo como si lo hubiera escrito ayer. Pero esa manera desvergonzada de escribir sobre ciertas cosas ya no me las puedo ima­ginar. De verdad me avergüenzo de leer algunas páginas que tratan de temas que preferiría imaginármelos más bonitos. Los he descrito de manera tan poco elegante... ¡Pero ya basta de lamentarme!

Lo que también comprendo muy bien es la añoranza de Moortje y el deseo de tenerlo conmigo. A menudo conscientemente, pero mu­cho más a menudo de manera insconciente, todo el tiempo que he es­tado y que estoy aquí he tenido un gran deseo de confianza, afecto y cariño. Este deseo es fuerte a veces, y menos fuerte otras veces, pero siempre está ahí.
Jueves, 5 de noviembre de 1942
Querida Kitty:

Por fin los ingleses han tenido algunas victorias en África, y Stalingrado aún no ha caído, de modo que los señores de la casa están muy alegres y contentos, así que esta mañana sirvieron café y té. Por lo demás, nada de particular.

Esta semana he leído mucho y he estudiado poco. Así han de hacerse las cosas en este mundo, y así seguro que se llega lejos...

Mamá y yo nos entendemos bastante mejor últimamente, aun­que nunca llegamos a tener una verdadera relación de confianza, y papá, aunque hay algo que me oculta, no deja de ser un cielo.

La estufa lleva varios días encendida, y la habitación está inun­dada de humo. Yo realmente prefiero la calefacción central, y su­pongo que no soy la única. A Margot no puedo calificarla más que de detestable; me crispa terriblemente los nervios de la noche a la mañana.

Ana Frank
Sábado, 7 de noviembre de 1942
Querida Kitty:

Mamá anda muy nerviosa, y eso para mí siempre es muy peli­groso. ¿Puede ser casual que papá y mamá nunca regañen a Margot, y siempre sea yo la que cargue con la culpa de todo? Anoche, por ejemplo, pasó lo siguiente: Margot estaba leyendo un libro con ilustraciones muy bonitas. Se levantó y dejó de lado el libro con intención de seguir leyéndolo más tarde. Como yo en ese momento no tenía nada que hacer, lo cogí y me puse a mirar las ilustraciones. Margot volvió, vio «su» libro en mis manos, frunció el ceño y me pidió que se lo devolviera, enfadada. Yo quería seguir leyéndolo un poco más. Margot se enfadó más y más, y mamá se metió en el asunto diciendo:

-Ese libro lo estaba leyendo Margot, así que dáselo a ella. En eso entró papá sin saber siquiera de qué se trataba, pero al ver lo que pasaba, me gritó:

-¡Ya quisiera ver lo que harías tú si Margot se pusiera a hojear tu libro!

Yo en seguida cedí, solté el libro y salí de la habitación, «ofen­dida» según ellos. No estaba ofendida ni enfadada, sino triste.

Papá no estuvo muy bien al juzgar sin conocer el objeto de la controversia. Yo sola le habría devuelto el libro a Margot, e incluso mucho antes, de no haberse metido papá y mamá en el asunto para proteger a Margot, como si de la peor injusticia se tratara.

Que mamá salga a defender a Margot es normal, siempre se an­dan defendiendo mutuamente. Yo ya estoy tan acostumbrada, que las regañinas de mamá ya no me hacen nada, igual que cuando Margot se pone furiosa. Las quiero sólo porque son mi madre y Margot; como personas, por mí que se vayan a freír espárragos. Con papá es distinto. Cuando hace distinción entre las dos, apro­bando todo lo que hace Margot, alabándola y haciéndole cariños, yo siento que algo me carcome por dentro, porque a papá yo lo adoro, es mi gran ejemplo, no quiero a nadie más en el mundo sino a él. No es consciente de que a Margot la trata de otra manera que a mí. Y es que Margot es la más lista, la más buena, la más bo­nita y la mejor. ¿Pero acaso no tengo yo derecho a que se me trate un poco en serio? Siempre he sido la payasa y la traviesa de la fa­milia, siempre he tenido que pagar dos veces por las cosas que ha­cía: por un lado, las regañinas, y por el otro, la desesperación den­

tro de mí misma. Ahora esos mismos frívolos ya no me satisfacen, como tampoco las conversaciones presuntamente serias. Hay algo que quisiera que papá me diera que él no es capaz de darme. No tengo celos de Margot, nunca los he tenido. No ansío ser tan lista y bonita como ella, tan sólo desearía sentir el amor verdadero de papá, no solamente como su hija, sino también como Ana-en-sí-misma.

Intento aferrarme a papá, porque cada día desprecio más a mamá, y porque papá es el único que todavía hace que conserve mis últimos sentimientos de familia. Papá no entiende que a veces necesito desahogarme sobre mamá. Pero él no quiere hablar, y elude todo lo que pueda hacer referencia a los errores de mamá.

Y sin embargo es ella, con todos sus defectos, la carga más pe­sada. No sé qué actitud adoptar; no puedo refregarle debajo de las narices su dejadez, su sarcasmo y su dureza, pero tampoco veo por qué habría de buscar la culpa de todo en mí.

Soy exactamente opuesta a ella en todo, y eso, naturalmente, choca. No juzgo su carácter porque no sé juzgarlo, sólo la ob­servo como madre. Para mí, mamá no es mi madre. Yo misma tengo que ser mi madre. Me he separado de ellos, ahora navego sola y ya veré dónde voy a parar. Todo tiene que ver sobre todo con el hecho de que veo en mí misma un gran ejemplo de cómo ha de ser una madre y una mujer, y no encuentro en ella nada a lo que pueda dársele el nombre de madre.

Siempre me propongo no mirar los malos ejemplos que ella me da; tan sólo quiero ver su lado bueno, y lo que no encuentre en ella, buscarlo en mí misma. Pero no me sale, y lo peor es que ni papá ni mamá son conscientes de que están fallando en cuanto a mi educación, y de que yo se lo tomo a mal. ¿Habrá gente que pueda satisfacer plenamente a sus hijos?

A veces creo que Dios me quiere poner a prueba, tanto ahora como más tarde. Debo ser buena sola, sin ejemplos y sin hablar, sólo así me haré más fuerte.

¿Quién sino yo leerá luego todas estas cartas? ¿Quién sino yo misma me consolará? Porque a menudo necesito consuelo; mu­chas veces no soy lo suficientemente fuerte y fallo más de lo que acierto. Lo sé, y cada vez intento mejorar, todos los días.

Me tratan de forma poco coherente. Un día Ana es una chica seria, que sabe mucho, y al día siguiente es una borrica que no sabe nada y cree haber aprendido de todo en los libros. Ya no soy el bebé ni la niña mimada que causa gracia haciendo cualquier

cosa. Tengo mis propios ideales, mis ideas y planes, pero aún no sé expresarlos.

¡Ah!, me vienen tantas cosas a la cabeza cuando estoy sola por las noches, y también durante el día, cuando tengo que soportar a todos los que ya me tienen harta y siempre interpretan mal mis in­tenciones. Por eso, al final siempre vuelvo a mi diario: es mi punto de partida y mi destino, porque Kitty siempre tiene paciencia con­migo. Le prometeré que, a pesar de todo, perseveraré, que me abriré mi propio camino y me tragaré mis lágrimas. Sólo que me gustaría poder ver los resultados, o que alguien que me quisiera me animara a seguir.

No me juzgues, sino considérame como alguien que a veces siente que está rebosando.
Tu Ana

Lunes, 9 de noviembre de 1942
Querida Kitty:

Ayer fue el cumpleaños de Peter. Cumplió dieciséis años. A las ocho ya subí a saludarlo y a admirar sus regalos. Le han regalado, entre otras cosas, un juego de la Bolsa, una afeitadora y un encen­dedor. No es que fume mucho; al contrario, pero es por motivos de elegancia.

La mayor sorpresa nos la dio el señor Van Daan, cuando nos in­formó que los ingleses habían desembarcado en Túnez, Argel, Casablanca y Orán.

«Es el principio del fin», dijeron todos, pero Churchill, el pri­mer ministro inglés, que seguramente oyó la misma frase en In­glaterra, dijo: «Este desembarco es una proeza, pero no se debe pensar que sea el principio del fin. Yo más bien diría que significa el fin del principio.» ¿Te das cuenta de la diferencia? Sin embargo, hay motivos para mantener el optimismo. Stalingrado, la ciudad rusa que ya llevan tres meses defendiendo, aún no ha sido entre­gada a los alemanes.

Para darte una idea de otro aspecto de nuestra vida en la Casa de atrás, tendré que escribirte algo sobre nuestra provisión de ali­mentos. (Has de saber que los del piso de arriba son unos verda­deros golosos.)

El pan nos lo proporciona un panadero muy amable, un cono­cido de Kleiman. No conseguimos tanto pan como en casa, natu­ralmente, pero nos alcanza. Los cupones de racionamiento tam­bién los compramos de forma clandestina. El precio aumenta continuamente; de 27 florines ha subido ya a 33. ¡Y eso sólo por una hoja de papel impresa!

Para tener más víveres no perecederos, aparte de los cien botes de comida que tenemos, hemos comprado 13 S kilos de legum­bres. Esto no es para nosotros solos; una parte es para los de la oficina. Los sacos de legumbres estaban colgados con ganchos en el pasillo que hay detrás de la puerta-armario. Algunas costuras de los sacos se abrieron debido al gran peso. Decidimos que era me­jor llevar nuestras provisiones de invierno al desván, y encomen­damos la tarea a Peter. Cuando cinco de los seis sacos ya se en­contraban arriba sanos y salvos y Peter estaba subiendo el sexto, la costura de debajo se soltó y una lluvia, mejor dicho un granizo, de judías pintas voló por el aire y rodó por la escalera. En el saco ha­bía unos 25 kilos, de modo que fue un ruido infernal. Abajo pen­saron que se les venía el viejo edifico encima. Peter se asustó un momento, pero soltó una carcajada cuando me vio al pie de la es­calera como una especie de isla en medio de un mar de judías, que me llegaba hasta los tobillos. En seguida nos pusimos a recogerlas, pero las judías son tan pequeñas y resbaladizas que se meten en todos los rincones y grietas posibles e imposibles. Cada vez que ahora alguien sube la escalera, se agacha para recoger un puñado de judías, que seguidamente entrega a la señora Van Daan.

Casi me olvidaba de decirte que a papá ya se le ha pasado total­mente la enfermedad que tenía.

Tu Ana
P. D. Acabamos de oír por radio la noticia de que ha caído Ar­gel. Marruecos, Casablanca y Orán ya hace algunos días que están en manos de los ingleses. Ahora sólo falta Túnez.

Martes, 1o de noviembre de 1942
Querida Kitty:

¡Gran noticia! ¡Vamos a acoger a otro escondido!

Sí, es cierto. Siempre habíamos dicho que en la casa en realidad aún había lugar y comida para una persona más, pero no quería­mos que Kugler y Kleiman cargaran con más responsabilidad. Pero como nos llegan noticias cada vez más atroces respecto de lo que está pasando con los judíos, papá consultó a los dos principa­les implicados y a ellos les pareció un plan excelente. «El peligro es tan grande para ocho como lo es para siete», dijeron muy acer­tadamente. Cuando nos habíamos puesto de acuerdo, pasamos re­vista mentalmente a todos nuestros amigos y conocidos en busca de una persona soltera o sola que encajara bien en nuestra familia de escondidos. No fue difícil dar con alguien así: después de que papá había descartado a todos los parientes de los Van Daan, la elección recayó en un dentista llamado Alfred Dussel. Vive con una mujer cristiana muy agradable y mucho más joven que él, con la que seguramente no está casado, pero ése es un detalle sin im­portancia. Tiene fama de ser una persona tranquila y educada, y a juzgar por la presentación, aunque superficial, tanto a Van Daan como a nosotros nos pareció simpático. También Miep lo conoce, de modo que ella podrá organizar el plan de su venida al escon­dite. Cuando venga Dussel, tendrá que dormir en mi habitación en la cama de Margot, que deberá conformarse con el catre6 ­bién le pediremos que traiga algo para engañar el estómago.
Tu Ana


Jueves, 12 de noviembre de 1942
Querida Kitty:

Vino Miep a informarnos que había estado con el doctor Dussel, quien al verla entrar en su consulta le había preguntado en se­guida si no sabía de un escondite. Se había alegrado muchísimo cuando Miep le contó que sabía de uno y que tendría que ir allí lo antes posible, mejor ya el mismo sábado. Pero eso le hizo entrar en la duda, ya que todavía tenía que ordenar su fichero, atender a dos pacientes y hacer la caja. Esta fue la noticia que nos trajo Miep esta mañana. No nos pareció bien esperar tanto tiempo. Todos esos preparativos significan dar explicaciones a un montón de gente que preferiríamos no implicar en el asunto. Miep le iba a preguntar si no podía organizar las cosas de tal manera que pu­diera venir el sábado, pero Dussel dijo que no, y ahora llega el lunes.

Me parece muy curioso que no haya aceptado inmediatamente nuestra propuesta. Si lo detienen en la calle tampoco podrá orde­nar el fichero ni atender a sus pacientes. ¿Por qué retrasar el asunto entonces? Creo que papá ha hecho mal en ceder.

Ninguna otra novedad.

Tu Ana

Martes, 17 de noviembre de 1942
Querida Kitty:

Ha llegado Dussel. Todo ha salido bien. Miep le había dicho que a las once de la mañana estuviera en un determinado lugar frente a la oficina de correos, y que allí un señor lo pasaría a bus­car. A las once en punto, Dussel se encontraba en el lugar conve­nido. Se le acercó el señor Kleiman, informándole que la persona en cuestión todavía no podía venir y que si no podía pasar un mo­mento por la oficina de Miep. Kleiman volvió a la oficina en tran­vía y Dussel hizo lo propio andando.

A las once y veinte Dussel tocó a la puerta de la oficina. Miep le ayudó a quitarse el abrigo procurando que no se le viera la estrella, y lo condujo al antiguo despacho de papá, donde Kleiman lo en­tretuvo hasta que se fuera la asistenta. Esgrimiendo la excusa de que ya el despacho estaba ocupado, Miep acompañó a Dussel arriba, abrió la estantería giratoria y, para gran sorpresa de éste, entró en nuestra Casa de atrás.

Los siete estábamos sentados alrededor de la mesa con coñac y café, esperando a nuestro futuro compañero de escondite. Miep primero le enseñó el cuarto de estar; Dussel en seguida reconoció nuestros muebles, pero no pensó ni remotamente en que noso­tros pudiéramos encontrarnos encima de su cabeza. Cuando Miep se lo dijo, casi se desmaya del asombro. Pero por suerte, Miep no le dejó tiempo de seguir asombrándose y lo condujo hacia arriba. Dussel se dejó caer en un sillón y se nos quedó mirando sin decir

palabra, como si primero quisiera enterarse de lo ocurrido a través de nuestras caras. Luego tartamudeó:

-Perro... ¿entonces ustedes no son en la Bélgica? ¿El militar no es aparrecido? ¿El coche? ¿El huida no es logrrado?7

Le explicamos cómo había sido todo, cómo habíamos difun­dido la historia del militar y el coche a propósito, para despistar a la gente y a los alemanes que pudieran venir a buscarnos. Dussel no tenía palabras para referirse a tanta ingeniosidad, y no pudo más que dar un primer recorrido por nuestra querida casita de atrás, asombrándose de lo superpráctico que era todo. Comimos todos juntos, Dussel se echó a dormir un momento y luego tomó el té con nosotros, ordenó sus poquitas cosas que Miep había traído de antemano y muy pronto se sintió como en su casa. So­bre todo cuando se le entregaron las siguientes normas de la Casa­escondite de atrás (obra de Van Daan):
PROSPECTO Y GUÍA DE LA CASA DE ATRÁS

Establecimiento especial para la permanencia temporal de ju­díos y similares.
Abierto todo el año.

Convenientemente situado, en zona tranquila y boscosa en el corazón de Amsterdam. Sin vecinos particulares (sólo empresas). Se puede llegar en las líneas 13 y 17 del tranvía municipal, en auto­móvil y en bicicleta. En los casos en que las autoridades alemanas no permiten el uso de estos últimos medios de transporte, tam­bién andando. Disponibilidad permanente de pisos y habitacio­nes, con pensión incluida o sin ella.

Alquiler: gratuito.

Dieta: sin grasas.

Agua corriente: en el cuarto de baño (sin bañera, lamentable­mente) y en varias paredes y muros. Estufas y hogares de calor agradable.

Amplios almacenes: para el depósito de mercancías de todo tipo. Dos grandes y modernas cajas de seguridad.

Central de radio propia: con enlace directo desde Londres, Nueva York, Tel Aviv y muchas otras capitales. Este aparato está a disposición de todos los inquilinos a partir de las seis de la tarde, no existiendo emisoras prohibidas, con la salvedad de que las emi­soras alemanas sólo podrán escucharse a modo de excepción, por ejemplo audiciones de música clásica y similares. Queda termi­nantemente prohibido escuchar y difundir noticias alemanas (in­distintamente de donde provengan).

Horario de descanso: desde las so de la noche hasta las 7.3o de la mañana, los domingos hasta las 10.15. Debido a las circunstancias reinantes, el horario de descanso también regirá durante el día, se­gún indicaciones de la dirección. ¡Se ruega encarecidamente res­petar estos horarios por razones de seguridad!

Tiempo libre: suspendido hasta nueva orden por lo que respecta a actividades fuera de casa.

Uso del idioma: es imperativo hablar en voz baja a todas horas; admitidas todas las lenguas civilizadas; o sea, el alemán no.

Lectura y entretenimiento: no se podrán leer libros en alemán, excepto los científicos y de autores clásicos; todos los demás, a discreción.

Ejercicios de gimnasia: a diario.

Canto: en voz baja exclusivamente, y sólo después de las 18 horas.

Cine: funciones a convenir.

Clases: de taquigrafía, una clase semanal por correspondencia; de inglés, francés, matemáticas e historia, a todas horas; retribu­ción en forma de otras clases, de idioma neerlandés, por ejemplo.

Sección especial: para animales domésticos pequeños, con aten­ción esmerada (excepto bichos y alimañas, que requieren un per­miso especial).

Reglamento de comidas:

Desayuno: todos los días, excepto domingos y festivos, a las 9 de la mañana; domingos y festivos, a las 11.30 horas, aproximada­mente.

Almuerzo: parcialmente completo. De 13.15 a 13.45 horas.

Cena: fría y/o caliente; sin horario fijo, debido a los partes in­formativos.

Obligaciones con respecto a la brigada de aprovisionamiento: es­

tar siempre dispuestos a asistir en las tareas de oficina.

Aseo personal: los domingos a partir de las 9 de la mañana, los inquilinos pueden disponer de la tina; posibilidad de usarla en el lavabo, la cocina, el despacho o la oficina principal, según preferencias de cada uno.

Bebidas fuertes: sólo por prescripción médica. Fin.
Tu Ana

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