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públicas, y las particulares. Puede ser que los términos no sean los más adecuados ni los más claros. Por ofensa particular se entiende una ofensa personal, aunque sea cometida en público; por lo que el término pudiera ser un tanto confuso. Una ofensa pública se distingue de la particular en que se comete en público, pero su acción es contra la iglesia en su forma colectiva. Puede ser cometida en secreto o dentro de cierta reserva. Por ejemplo un robo, no importan lo sigiloso con que se comete, afecta la moral y por lo tanto se le llama ofensa pública. El autor prefiere el uso de los términos personal y general para designar las ofensas. Estos son suficientemente descriptivos para cualquier propósito práctico. Puede haber un tercer grupo denominado mixto que participa de ambos, pero para nuestro propósito sólo discutiremos los dos indicados.
1. Ofensa personal. Una ofensa personal es la que se ejerce en contra de un individuo. “Si tu hermano pecare contra ti”. Cualquiera que esta sea, cuando es cometida por un hermano contra otro; una vez reconocida y perdonada por ambos y así no afecta a la iglesia, es ofensa personal. Tal ofensa, que se haya cometido, ya en público, ya en privado, es entre dos hermanos, y no afecta a la iglesia; por tanto no podría ser llevada ante ésta a menos que se haya cumplido con las leyes de Cristo en Mateo 18:15,16. El hermano ofendido que quisiera llevar a la iglesia su queja sin tomar en cuenta esas instrucciones debe ser censurado por la iglesia, y si la iglesia toma en cuenta la apelación viola la ley de su Cabeza. Cuanto más se estudia esta ley, más se entiende su sabiduría, menos sorpresa causa y hay menos consecuencias infelices que resultan del descuido.

Todas las ofensas personales deben ser atendidas de acuerdo con la claridad de la regla: “Si tu hermano pecare contra ti, ve y repréndele entre tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano”. La meta del hermano ofendido debe ser ganar al ofensor; de no hacerlo viola el espíritu de la ley de Cristo aunque la obedezca en la letra. Hay que orar, y esperar sinceramente el éxito del primer paso para no tener que dar el segundo. Es humillante admitir que a veces el primer paso se da sin el espíritu de hermano con la esperanza de tener que dar el segundo y hasta un tercero para poner al ofensor tan pronto como sea posible en la condición de “gentil y publicano, o pecador”. Cuando tal cosa se hace es muy probable que sea tan censurable el ofendido como el ofensor.

“Si te oyere, has ganado a tu hermano”. Es fácil ver que el Salvador lo estima tan importante como para satisfacer grandemente el corazón del hermano atribulado. “Has ganado a tu hermano”. ¡Qué adquisición, y cuán sublime satisfacción, de allí brota! Y podría decirse que por lo general el hermano ofensor es ganado cuando hay deseo sincero de ganarlo en espíritu de oración. Si se gana al hermano, todo va bien, y ni los amigos más íntimos de ambos deben saber que hubo una ofensa particular que hubo de ser arreglada. En caso de que la ofensa hubiera sido de carácter público, basta con anunciar que el asunto fue arreglado satisfactoriamente. Es mejor en todo caso callar los detalles de cómo se hizo el ajuste.

Habrá algunos casos en que no se “gane” al hermano ofensor. ¿Qué debe hacerse entonces? El segundo caso es: “Si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra”. Los hermanos invitados para acompañar al agraviado deben ser muy maduros y altamente espirituales. Se necesita buen juicio y mucha piedad ardiente. Si el cargo hecho por el litigante es negado por la defensa – es decir si hay contienda en cuanto a la veracidad del argumento entre los interesados –, y no hay una tercera persona que conozca suficiente acerca del asunto, debe abandonarse todo intento, y los “acompañantes” deben “insistir” en que así se haga. Los interesados, como miembros de la iglesia tienen los mismos derechos, y la veracidad de uno es tan valiosa como la del otro. No estaría bien que los hermanos que acompañan al ofendido den mayor crédito a su dicho que a los argumentos del otro. Cualquiera que sea la opinión particular que tengan de la actitud moral y cristiana de los interesados, ellos deben tratarlos por igual. Por tanto insistimos en que si hay contienda de veracidad en al que no hay un tercero que pueda arrojar luz es mejor abandonar el asunto por completo.

Pero la explicación del Salvador supone que le caso continuara. El ofensor puede aceptar el cargo pero trata de justificarse en lo hecho. Puede haber evidencia para el “uno o dos” acompañantes de que el ofensor no tiene buen espíritu y que desde su punto de vista el agraviado es justo en llamarle ofensa. En tal caso tendrán que ejercer buen juicio cristiano y mostrar el espíritu del evangelio. Si se puede, deben convencer al ofensor de su falta y conseguir que restaure el mal causado a su hermano; si él se convence de que hizo mal y hace un reconocimiento satisfactorio, este debe ser aceptado; o si el reconocimiento no es satisfactorio para el hermano agraviado y los que llevó consigo disienten, deben decírselo y pedirle que lo acepte. Su deseo más ardiente debe ser arreglar las cosas de acuerdo con la ley de Jesucristo. Si se logra, que nadie hable más del asunto y los que participaron en el arreglo ayudarán a que la paz sea establecida.

Pero hay todavía otra suposición: Si no se consigue la reconciliación, y el “uno o dos” pueden ser llamados como testigos ante la iglesia. “Para que en la boca de dos o tres testigos conste toda la palabra”. El tercero y último paso será dado por el hermano ofendido: “Dilo a la iglesia”. Hasta aquí, la iglesia nada ha tenido que ver acerca del asunto. Hablando estrictamente, la disciplina no ha sido de la iglesia sino de los hermanos en su carácter individual. En una asamblea de la iglesia, el hermano agraviado asegura que a su juicio tiene una causa justa por ofensa de un hermano miembro, y pide permiso para presentar los hechos. El pastor, o el anciano presidente deber preguntarle si se ha acercado al hermano ofensor, y ha hablado con él acerca de la falta sin que hubiera presente alguna tercera persona. Si la respuesta fuera negativa, el pastor, o presidente debe explicarle con cariño pero enfática y firmemente que no se le permite externar su caso. Si la respuesta es afirmativa, debe preguntársele si ha llevado consigo “uno o dos hermanos” ante el hermano ofensor; dando el segundo paso sugerido por Jesucristo. Si la contestación es negativa, el pastor debe decirle: “La regla que nos gobierna, no permite externar el caso ante la iglesia hasta haber dado el primer paso, y el segundo también”. Si la contestación es afirmativa, puede mencionar los nombres de las personas que lo acompañaron para corroborar su dicho. Entonces el pastor dirá, ahora si, de acuerdo con la ley de Jesucristo, puede Ud. presentar su caso a la iglesia. Puede ser que el ofensor admita que el caso del litigante fue presentado en forma correcta apegada a los acontecimientos de las entrevistas anteriores, y de no ser así, los testigos pueden aclarar las cosas de cuanto hubo en su presencia. Toda palabra dicha en la segunda entrevista entre uno y otro debe ser respaldada por los testigos. El ofensor puede aún tratar de justificarse. Los testigos pueden repetir las expresiones de convencimiento que utilizaron para tratar de convencerlo de su error; y entonces la iglesia puede en comprensión del error tratar de convencerlo de que es así para que restituya el daño causado. Si el ofensor “oyere a la iglesia” y lleva a su efecto el consejo, todo termina, y él retiene su membresía en ella. Pero “si no oyere a la iglesia” téngasele por “gentil y publicano”. La conclusión que de aquí se deriva es que rehusar oír a la iglesia es seguido del acto de separación pública de compañerismo. Una vez que es separado, el hermano ofensor se convierte en “gentil y publicano” con lo que termina la relación cristiana con él.
2. Ofensas generales. Se ha dicho que la ofensa general se distingue de la personal en que esta se comete contra una iglesia en su aspecto colectivo. Es decir, no se comete contra algún miembro en particular sino contra todos los miembros en general, lo mismo contra uno que contra otro miembro. A esta definición hay que agregar que en tanto que todas las ofensas generales con contra iglesias como cuerpo, pueden o no ser violaciones a la ley moral. Por ejemplo la borrachera, el robo, la mentira, etc., violan la ley moral y pueden ser consideradas como ofensas contra la sociedad tanto como contra las iglesias de Cristo; en cambio la diseminación de doctrinas falsas y herejías por parte de un miembro de la iglesia, aunque se considera una ofensa contra la iglesia no es un crimen contra la sociedad. No entre en el dominio de la moral pública.

De ningún modo por la extensión de este tratado se pretende catalogar al detalle las ofensas generales, pero se pueden clasificar como sigue:

1) Rechazar cualquiera de las doctrinas fundamentales del evangelio. Por loa constitución de la mente humana, rechazar una verdad fundamental es aceptar un error fundamental. El apóstol Pablo daba mucha importancia a lo que llamaba “la verdad del evangelio” y dijo, sabiendo que al predicar a los gálatas lo hizo en la pureza del evangelio: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema”. Gál. 1:8,9.También el discípulo amado, el de proverbial bondad de corazón, dijo con firmeza: “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! Participa en sus malas obras”. II Juan 10,11. Por tanto, puesto que el evangelio es el (fundamento) o la carta magna de la iglesia como organismo, es claro que la negación de cualquiera de las bases doctrinales de ese evangelio requiere una acción disciplinaria. También cada iglesia, en virtud de su constitución es guardián de “la verdad que está en Jesús”. ¿Cómo podría salvaguardarla efectivamente, si no elimina de su comunión a los causantes del error? Pablo dijo a Tito: “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo”. Tit. 3:10. El término “hereje” en este pasaje significa un instigador de divisiones, aunque nos preguntamos ¿por qué es intrigante (instigante)? Porque al aceptar doctrinas falsas lo ponen en contra de la iglesia y se constituye en caudillo de un grupo. Por tanto se hace sujeto de la disciplina de la iglesia. Hemos hablado de errores fundamentales, y se supone que tales están en desacuerdo con al piedad verdadera. Hay otros errores de menor grado que aunque no producen piedad tampoco son subversivos. En cuanto a ellos hay que usar tolerancia y buen juicio tal como la sugiere el apóstol “recibid al que es débil en la fe”. Mientras estemos en la carne los cristianos individualmente y las iglesias tienen que sobrellevar los errores de sentimientos, y de práctica imperfecta, pero nunca deben tolerar cualquier cosa que sea contraria al evangelio. La lealtad a Cristo nos lo prohíbe.

2. Todo cuanto afecta la unidad y la paz de una iglesia. El Nuevo Testamento enseña claramente que cuando una iglesia se reúne “en un lugar” debe ser “de un mismo acuerdo, y de una mente”. Se requiere que sus miembros estén unidos en amor; porque si la verdad es la base, el amor es lo que los une. Cuán razonable es que se amen unos a otros y que de ese amor brote una unión sagrada e inviolable. Son hijos de un mismo padre – redimidos por la misma sangre – regenerados por el mismo Espíritu – bautizados en el mismo cuerpo – unidos en pacto solemne para vivir de acuerdo con el evangelio y animados con la brillante perspectiva de la gloria inmortal. Claro que debe haber paz y unidad entre los miembros de una tal congregación del Señor. Pero que lastima que la unión puede ser amenazada, y rota la paz. Las semillas de la discordia pueden ser sembradas y romper toda la armonía. Eso pasó a veces en tiempo de los apóstoles. Por eso Pablo dice: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo”. La unidad de la iglesia no sólo puede ser afectada por la adhesión a doctrinas falsas en la iglesia. Supongamos por ejemplo que un miembro que sostiene las “doctrinas de la gracia” negara la necesidad de la regeneración como requisito para admisión como miembro en la iglesia, o la necesidad de la inmersión en el bautismo, o que sus hijos sean bautizados durante la infancia, o que insistiera en conceder derecho a los incrédulos para participar en la Cena del Señor. Cualquiera podrá ver que la unidad de la iglesia organizada de acuerdo con las normas de la Escritura se vería seriamente afectada. El que fuera causa del disturbio merece ser disciplinado por la iglesia y reclama la iniciación inmediata de un proceso de parte de los hermanos fieles ofendidos.

3. Conducta desordenada e inmoral en todas sus formas. Hay en la Escritura referencias a conducta desordenada, como en los pasajes siguientes: “Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente… Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno”. II Tes. 3:6,11. La acción de una iglesia en apartarse de un hermano desordenado equivale a la separación, porque deja de tener comunión espiritual con él.

En este otro pasaje se refiere a conducta inmoral: “Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis”. I Cor. 5:11. Con estos términos sin duda se pretende señalar cierto tipo de personas perversas. El término fornicario, por ejemplo debe ser aplicado a cuantos cometen iniquidades sexuales. No se mencionan específicamente a los homicidas, y mentirosos, pero sin duda se hallan incluidos en los demás caracteres malvados que son reos de otras ofensas y por tanto deben ser tratados por la disciplina de la iglesia. Que lástima que ofensas de este tipo son bastantes comunes.
¿Cómo Tratar las Ofensas Generales?
Es muy común pensar que puesto que las ofensas generales son hechas en contra de la iglesia como cuerpo, no pueden ser tratados en forma personal. Por supuesto no se podrían tratar por igual en todo, pero a la vez no debe haber tanta diferencia en el modo como frecuentemente se observa. Hay iglesias que casi nunca hacen ningún esfuerzo privado, personal, para reconvenir a la persona que comete ofensas generales. Tal cosa es mala. Un hereje es culpable de ofensa general pero Pablo dice que no se le rechace hasta “después de una y otra amonestación”. Es de pensarse que la referencia se hace al programa de disciplina que Jesucristo ordenó en Mateo 18. No es demasiado insistir en que hay que hacer esfuerzo personal con los hermanos que han cometido ofensas generales. Más fácilmente se muestra en respuesta un espíritu cristiano que cuando sus ofensas se tratan sin pasos preliminares y se presentan a la iglesia para investigación. Las entrevistas personales son prueba de bondad, y hay algo en la naturaleza humana que se revela contra una exhibición pública. En Gálatas 6:1,2 está escrito: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”. Se notará que lo importante es la restauración del ofensor; debe ser hecho por los “espirituales” en “el espíritu de mansedumbre”. Al hallarse envueltos en la consecución de este propósito han de considerar su propio riesgo de ser vencidos por la tentación, y ser tan comprensivos como se necesita con el hermano ofensor. Deberían en cuanto se puede imaginarse en su propio lugar, y poner sobre sus corazones la carga que a él lo desbarata. Eso sería hacerlo de acuerdo con la ley de Cristo, que es la ley del amor, y el amor no obliga a sobrellevar las carga de ellos en amor. Cuando se siguen las direcciones del apóstol con fidelidad, el hermano “tomado en alguna falta” por lo general la confiesa y está dispuesto a dar satisfacción a quienes la solicitan para su restauración. Tal actitud es encomiable, y debe darse cuenta de ello a la iglesia en la próxima reunión inmediata. Siendo que la ofensa fue general, debe darse satisfacción adecuada. Por lo general lo que satisface al hermano o hermanos que buscan la restauración del ofensor, satisface también a la iglesia.

Hay ocasiones en que los mejores esfuerzos para reconvenir a un hermano fallan, en cuyo caso el asunto debe ser llevado a la iglesia, con acopio de los hechos según deben ser representados. Debe darse al ofensor plena oportunidad para defenderse. Si tal defensa satisface a la iglesia el asunto no sigue adelante, o si el hermano del proceso de investigación es convicto y se convence de su culpa y hace una confesión ante la iglesia, esta debe perdonarle. Si en cambio la culpa se establece con pruebas convincentes y no hay arrepentimiento que produzca confesión, el siguiente paso es la separación. La iglesia le retira su compañerismo.

Las ofensas de escándalos mayúsculos deben ser tratadas en forma especial. La iglesia debe expresar su desaprobación con acuerdo de separación inmediata, sin la necesidad de pasos preliminares. En tales casos esta envuelto o involucrado el honor de Jesucristo, y la pureza de la doctrina. Lo que Pablo en relación con el hombre licencioso en I Cor. 5 vindica esta posición. Si un miembro de la iglesia es culpable de adulterio, o muerte, o perjuria, o robo, o falsificación, borrachera, o algún semejante crimen, es acreedor a la separación sin juicio previo. Habría quienes quisieran excluir de esta lista la borrachera, pero teniendo en cuenta todos los males de intemperancia en conexión con la luz que arroja la “campaña de temperancia” durante los últimos treinta años, todo caso de borrachera obliga a la iglesia a ejercer de inmediato el acto de separación. Ninguna iglesia puede expresar adecuadamente su repulsión a tales cosas sino separa de inmediato al ofensor. Tampoco podría el mundo convencerse de que la iglesia es la preservadora de la buena moral.
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