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, y es un principio fundamental del congregacionalismo que no necesita discutirse más.

La tercera verdad que reconoce la forma del gobierno congregacional es que el poder no puede ser transferido o delegado y que la acción de la iglesia es final.

La iglesia de Corinto no podía transferir su poder a la iglesia de Filipos, ni la de Antioquía podía pasar su autoridad a la de Efeso. Tampoco podían todas las iglesias del tiempo apostólico juntas, delegar su poder a una asociación, o sínodo. El poder de la iglesia es inalienable y brota de la base del principio congregacional, que consiste en el poder de la iglesia que reside en manos del pueblo, en la membresía. Por tanto si el poder de una iglesia no es transferible, su acción es final. Mateo 18:15-17 hace evidente el hecho de que no hay tribunal superior al de la iglesia. El Salvador establece una regla para ajustar las diferencias particulares entre los hermanos. “Si tu hermano pecar contra ti, ve y repréndele”, etc. Si cuando se ofende no se pide perdón, el ofendido toma a dos personas consigo “para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra”. Pero si el que ofende “no los oyere a ellos”, ¿Qué habrá de hacerse? “dilo a la iglesia”. ¿Cuál iglesia? Es claro que a la de ambos pertenecen. ¿Y si el que el ofende no hace caso a la iglesia, que hacer? “tenle por gentil y publicano”. ¿Queda acaso modo de apelar a una convención, presbiterio o conferencia? No. No hay apelación. ¿podria una asociación, convención o presbiterio restaurar en la iglesia a uno que por acción ha sido colocado como pecador o publicano? Ni pensarlo; ¿qué clase de compañerismo seria ese? Cabe preguntarse, ¿Qué hacer en caso que la acción de la iglesia no satisfaga a los interesados? ¿Qué acontece cuando la acción de una Asamblea General, o de una Conferencia Metodista o Convención no son satisfactorias? En algún lugar habrá que terminarse. En algun lugar la acción ha de ser final. Los bautistas dicen con el Nuevo Testamento e la mano que en la acción de cada iglesia local, el acuerdo congregacional de los creyentes es final. Los paidobautistas, con excepción de los independientes y congregacionales niegan lo final de la acción de una iglesia local. ¿Quién tiene la verdad? Sería bueno que quienes se oponen a la forma bautista de gobierno muestren en el Nuevo Testamento alguna alusión si existe a cualquier apelación acerca de la decisión de una iglesia frente a otro tribunal. No pueden.

El punto de vista que aquí se sostiene acerca de la independencia de las iglesias apostólicas en relación a los hechos hace que paidobautistas de renombre se vean en la necesidad de aceptarlas. Así Mosheim, un luterano enemigo acérrimo de los bautistas al hablar del primer siglo, dice: “las iglesias de esos tiempos primitivos eran completamente independientes, ninguna estaba sujeta a jurisdicción de fuera, y se gobernaba por sus propios directivos y sus propias leyes; porque las iglesias fundadas por los apóstoles, aunque les guardaban cierta deferencia, y se les consultaba en algunos casos difíciles no tenían ninguna autoridad jurídica ni se les reconocía supremacía sobre los demás, mucho menos que formularan leyes para ellas” (Historia de la iglesia de Mosheim, por Maclaine. Edición de Baltimore, Vol. I. p. 39).

El arzobispo Whately, un dignatario de la iglesia de Inglaterra, al referirse a las iglesias de los tiempos apostólicos, dice: “Cada cual era una comunidad independiente, distinta de las demás, unidas por los principios comunes en los que habían sido fundadas y por acuerdo mutuo de afecto y respeto; mas no tenían una Cabeza reconocida en la tierra o asentimiento de soberanía mayor de alguna de esas sociedades sobre las demás”. Y también: “Una iglesia y una diócesis parecen haber sido coexistentes e idénticas por mucho tiempo. Y cada iglesia o diócesis aunque conectada con las demás por los vínculos de fe, esperanza y amor, eran completamente independientes en cuanto a cualquier poder de control”. (El reino de Jesucristo. Edición de Carter. pp. 36, 44)

Testimonios como éstos, tanto de un luterano como de un episcopal son muy poderosos; podrían haberlo expresado en otra forma siempre y cuando estuvieran apegados a la verdad. Al escribir en esos términos sin duda condenaron a sus propias denominaciones.

Antes de concluir este capítulo conviene decir que si bien una iglesia en ejercicio de su independencia puede recibir miembros que han sido separados de otras, no debe hacerlo en circunstancias ordinarias porque eso viola la cortesía que debe haber entre una y otra iglesia, y se aparta del espíritu del evangelio. Se entiende que las personas expulsadas de una comunión, lo merecen. Siendo así, resulta impropio que iglesias hermanas los reciban. Había sido una violación flagrante de decoro si alguna otra iglesia hubiera recibido al incestuoso separado de al de Corinto. Los que han sido retirados justamente pueden volver a tener los mismos privilegios si en arrepentimiento confiesan sus ofensas por las que fueron expulsados; y pueden ser readmitidos al compañerismo de que fueron cortados. Esa es una regla general. Sin embargo, hay ocasiones en que alguno es expulsado injustamente. El prejuicio de alguien, o algún partido puede controlar los asuntos de una iglesia; en ese caso la disciplina se aparta de la ley de Cristo; y el reconocimiento de las faltas puede ser declarado insuficiente. El Miembro entonces puede ser expulsado injustamente; el conocimiento de tal cosa puede abarcar a la comunidad, y a las iglesias hermanas. ¿Qué puede hacerse en tal caso? El miembro expulsado sufre por lo mal hecho de las cosas y sinceramente desea participar de los privilegios que la iglesia le ofrece. La iglesia que ha pasado el acto de expulsión debe retirarlo. Pero supongamos que la iglesia no quiere tomar en cuenta consejos de sus hermanos y no la retira. Entonces el miembro expulsado puede ser recibido en otra iglesia una vez que satisfaga plenamente su derecho y la injusticia con que fue tratado. Estos casos son raros, pero cuando acontecen es bueno saber que el camino es el aquí marcado. En la independencia de cada iglesia hay bastante autoridad para seguir esta forma de proceder. Los actos y procedimientos de una iglesia son válidos y perduran cuando están de acuerdo con la ley de Cristo; pero cuando se apartan, de ella, se invalidan y se nulifican.
Disertación del maestro:


  1. ¿Qué se entiende por: la iglesia es una democracia?

  2. ¿Tiene la iglesia el derecho de cambiar o alterar los mandatos de Cristo?

  3. Nuestro voto es para determinar lo que creemos que Dios quiere que hagamos.


Tareas para los alumnos:


  1. Explique el derecho de que la mayoría gobierna de acuerdo con la ley de Cristo.

  2. ¿Puede la iglesia transferir su poder a otros, sea convención, asociación, etc.? ¿Tiene que retenerlo para sí?

  3. ¿Qué dicen los demás acerca de la independencia de las iglesias primitivas?

  4. ¿Qué puede decirse acerca de la independencia de las iglesias y la separación de miembros?


Preguntas para discusión:


  1. ¿Cuáles efectos malos puede derivarse del desconocimiento de la enseñanza bíblica acerca de el gobierno de la mayoría?

  2. ¿Puede otro cuerpo tal como convención, asociación o compañerismo, expresar su juicio acerca de la selección de oficiales para una iglesia?

  3. ¿Por qué de acuerdo con la Escritura no puede enviar misioneros una convención, asociación o compañerismo?

  4. ¿Quién llamó a Pablo para ser misionero? ¿Cuál iglesia lo envió? ¿A cual iglesia le informó de su trabajo? ¿Pablo fue comisionado alguna vez por alguna convención, asociación o compañerismo?

  5. ¿Cuáles iglesias ayudaron al sostenimiento de Pablo? ¿Cómo pueden las iglesias cooperar en el sostén del trabajo misionero?

  6. ¿Es necesario primero ganar a todos los perdidos de la propia comunidad antes de poder enviar misioneros a otras partes? ¿Qué sería de nosotros si las iglesias del pasado hubieran procedido de esa forma? ¿Qué trabajos misioneros desarrolla nuestra iglesia?


Lección 42
LA DISCIPLINA DE UNA IGLESIA
Oración: Que entendamos el propósito y la necesidad de la disciplina.
Si en una familia, en una escuela, en el ejército, se necesita disciplina, cuánto más lo será para los propósitos de la iglesia. Puede ser considerada como el proceso para obtener mejoramiento espiritual y eficiencia de la iglesia. En sentido comprensivo, la disciplina en la iglesia es tanto formativa como correctiva aunque casi siempre acepta la expresión en su sentido último. Estudiémosla brevemente
I. Disciplina Formativa
La doctrina de la disciplina formativa puede hallarse en los siguientes pasajes: “en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”. Ef. 2:21,22. “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Ef. 4:12,13. “vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor”. II Ped. 1:5-7. “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. II Ped. 3:18.

Por estos pasajes de la Escritura se hace claro que los cristianos deberían hallarse siempre en estado progresivo de mejoramiento espiritual. No deben retroceder, ni mantenerse estáticos, sino avanzar constantemente en la vida divina. La “perfección de los santos” es una meta de mucha importancia. La perfección de referencia no es tanto en relación con la liberación absoluta del pecado como algunos podrían suponer, sino el obtener un desarrollo simétrico hasta la madurez del carácter cristiano. Un recién convertido a la fe es un “bebé” en el evangelio, un niño espiritual que “ha de menester leche” y no “manjar sólido”. La disciplina formativa de la iglesia contempla el crecimiento vigoroso del “niño en Cristo” hasta que se desarrolla como un “hombre perfecto”. Es eso lo que persigue la insistencia de llevar a los miembros bautizados a participar en las organizaciones de la iglesia. Son ellos quienes deben ser enseñados a guardar todas las cosas que Jesucristo ha mandado. Sólo haciéndolo la iglesia puede ser fortalecida en amor, edificando a sus miembros en la santidad de la fe (doctrinal). Por ello promueve la simetría del carácter cristiano y allí se incluyen todas las actividades de la vida cristiana.

La disciplina formativa debe alcanzar a todos los miembros de la iglesia con su influencia santificadora. Los ancianos de cabellos plateados deben mostrar los beneficios del poder del Espíritu manifiesto en frutos maduros. Los de edad media que se hallan en la perfección de la fuerza física deberán demostrar que los fortalece y conforta “en el Señor, y en el poder de su fuerza”. Ef. 6:10. Y los jóvenes, en la alborada de la vida habrán de ser sensibles de los toques formativos para convertirse en obreros de la viña del Señor. Todos han sido redimidos con la sangre preciosa de Jesucristo, y “deben vivir, ya no para sí, sino para aquel que murió y resucito”. II Cor. 5:15.

La iglesia en la que práctica y en la experiencia aprende la lección que se deriva de I Cor. 12:12-27 entenderá el contenido de la disciplina formativa. Entonces cada miembro ocupara su lugar sin envidiar el de los demás. Nadie pondrá desmedida importancia en sus servicios o estimara en poco los de otros. Olvidara que “los miembros mas débiles” de una iglesia son necesarios porque cada quien tiene algo que hacer. Habrá simpatía cordial y cooperación creciente que procede de intereses espirituales idénticos, una iglesia como esa, prosperará, y crecerá como templo santo al Padre celestial. En cambio si una iglesia no aprende las lecciones de referencia, sus miembros no podrán progresar en la vida divina- permanecerán estáticos en una infancia espiritual – y su conocimiento de el evangelio será tan pequeño y superficial que se les puede aplicar la sentencia dada contra los hebreos: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño”. Heb. 5:12-13.
II. Disciplina Correctiva
Con esta expresión se implica la imperfección de los miembros de la iglesia y su riesgo o propensión de pecar. Al efecto, cuántas son las pruebas de tal imperfección, cuantos ejemplos pueden citarse de esos riesgos o propensiones. Jesucristo dijo: “… es necesario que vengan tropiezos”. Mt. 18:7. La depravación que hay en la sociedad lo demuestra; y sus resultados se dejan sentir en los cristianos y en las iglesias cristianas. La disciplina de la iglesia ejerce su influencia en el honor de Jesucristo y en el interés por su causa; por tanto es de recomendarse que la acción disciplinaria sea como la ultima apelación. Debe hacerse primero todo lo posible para ajustar diferencias y evitar escándalos entre los hermanos. Existen dos mandamientos de Jesús que cuando se obedecen con fidelidad evitarán en casi todos los casos que se requiera acción disciplinaria de la iglesia. Se encuentran en Mateo 5:23, 24, y 18:15 y dicen: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano”.

De acuerdo con el primer pasaje, el hermano ofendido debe ir al que ofende y hacerlo pronto. La necesidad de una entrevista pronta entre los interesados es tan grande como hasta justificar suspender un acto de adoración, a fin de efectuar la entrevista. “Deja allí tu ofrenda delante del altar”. Sin lugar a duda esta expresión tiene que ver con los arreglos de los sacrificios de acuerdo con la ley mosaica. Al llegar al altar la persona en cuestión se acuerda que su hermano tiene algo en su contra; no es para ella pensar allí: “mi hermano no debería tener algo contra mi – no lo he injuriado –, ha hecho malas deducciones – está molesto, pero eso no es real sino imaginario – y, resultaría en vano ir a verlo”, etc. El maestro dice: “Deja allí tu ofrenda en el altar, y ve”. ¿Podría el siervo desobedecer a su Señor? Que vaya y demuestre a su hermano ofendido la injusticia de su actitud, que su impresión es falsa, en caso de que así sea. Pero si ante el altar de Dios se acuerda que ha hecho mal a su hermano debe buscarlo de inmediato y de ser posible hacer primero la confesión de su falta y buscar la reconciliación con él. Cumplir este primer mandato de Cristo da pié al arreglo de mil distanciamientos entre hermanos. Pero en el segundo mandamiento hay algo que el ofendido tiene que hacer. “Si tu hermano pecare contra ti, ve, y repréndele estando tú y él solos”. El hermano ofendido no debe esperar hasta que el que ofende busque la reconciliación. El ofensor puede no saber que ha ofendido “que su hermano tiene algo contra él”. O si lo sabe puede no hacer lo que debería. Tal no releva de obligaciones al hermano ofendido. Debe haber una entrevista con los interesados. El ofensor, como ya hemos visto debe ir al ofendido y el ofendido al ofensor, y si se encuentran a mitad del camino, mejor. Tal cosa mostraría mejor el espíritu de Cristo y haría posible el arreglo moral de cualquier dificultad. “repréndele estando tú y él solos”. El ofendido en este punto hará ver al ofensor su falta. A nadie debe contar lo que piensa hacer. No debe pedir consejo a otro. No lo necesita. Nada es más claro que el mandato de Cristo. “Repréndele”; y tal cosa debe ser oral. Ha sucedido que algún hermano escribe al ofensor aclarando la ofensa en lugar de hacerlo de palabra. Tal cosa no es buena; Cristo no recomienda que se escriba una carta sino dice: “ve y repréndele”. Noventa y nueve de cien personas que lo hicieran muestran espíritu malo. Traiciona al sentimiento cristiano por querer ganar ventaja especialmente si el ofendido creyera que podría voltear su pluma más efectivamente contra su ofensor. El término del Maestro es “repréndele”. Hay una palabra que se usa en el original que da la idea de presentar razones o pruebas para convencer de la falta. El hermano ofendido debe hacerlo, y si lo hace el ofensor debe reconocer su falta, pedir perdón y allí se acaba todo. Sin embargo, si las pruebas presentadas contra el hermano acusado no son suficientes para formular cargo en su contra déjese que quien presenta las pruebas las retire y se retracte con expresiones de agradecimientos de que no fue verdad y con pena por haberlas formulado. Una vez hecho esto, ninguno de los dos debe volver a mencionar el asunto.
Dos Clases de Ofensas
Generalmente se habla de dos clases de ofensas; las
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