Para mis amigos conocidos y desconocidos






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loo del Punjab, era un fragor que irrumpía desde el va­cío. Me pareció un país difícil, al que hacían aún más difícil sus habitantes, quienes, quizá por el calor, siempre parecían tener los nervios a flor de piel.

Estuve también en Sidney, ciudad llena de multitu­des ociosas en mangas de camisa y de picnic todo el día. Decían ser nuevos y jóvenes, pero que algún día harían cosas maravillosas, y vaya si cumplieron la promesa. Des­pués fui a Hobart, en Tasmania, a presentar mis respe­tos a Sir George Grey, que había sido gobernador de Ciu­dad del Cabo en los días de la rebelión. Era muy viejo y sabio y previsor y tenía la amabilidad de los que, de un modo u otro, son fuertes.

Me fui luego a Nueva Zelanda, en un vapor (se cru­zaban siempre los grandes océanos en embarcaciones cos­teras, pequeñas e inseguras) y en Wellington vi, justo don­de me avisaron que iba a aparecer, el delfín de manchas blancas que se había impuesto la obligación de escoltar los barcos hasta el puerto. Estaba protegido por el Go­bierno, que lo consideraba sagrado, pero años después algún bestia lo hirió de un disparo y no se le volvió a ver.

Wellington me reveló otro mundo de gente amable, gente que era, o me parecía, más homogénea que los aus­tralianos. Eran altos, de pestañas largas y extraordina­riamente bien parecidos. Puede que no fuese objetivo, y es que lo menos diez guapas muchachas me dieron un paseo en gran canoa, a la luz de la luna, por las aguas quietas del puerto de Wellington y en general todo el mundo se desvivía por ayudarme, enseñarme, distraer­me o para que me sintiera a gusto. De hecho, siempre ha sido así. Por eso no es mérito mío que en mi obra salgan muchos detalles concretos. Un amigo me acusó, hace mucho tiempo, de haber disfrutado de «salario de prín­cipe y trato de embajador» y de no saber apreciarlo; me llegó a llamar, entre otras cosas, «perro ingrato». Pero, ¿qué podría haber hecho -os pregunto- que no fuese continuar mi obra e intentar que siguiera agradando a quienes la encontraban agradable? No se puede pagar lo impagable a base de sonrisas y apretones de mano.

Desde Wellington fui al norte en dirección a Auck­land en un coche tirado por una pequeña yegua gris y con un conductor de lo más taciturno. Se iba por el mon­te y acababa de haber lluvias. Cruzamos veintitrés veces en un día un río desbordado y salimos a las grandes lla­nuras donde los caballos salvajes se nos quedaban mi­rando y se enredaban las patas en las largas crines y da­ban coces y relinchaban. En una de las paradas que hicimos me dieron de comer un pájaro asado con la piel crujiente como la del cerdo, y sin alas ni señal de haberlas tenido. Era un kiwi, un áptero. Tendría que haber guardado su esqueleto, pues muy pocas personas se han comido un áptero. Luego el cochero estalló -eso mismo lo había vis­to yo otras veces en lugares apartados- como a veces les pasa a los solitarios: vimos un cráneo de caballo al bor­de del camino y empezó a soltar blasfemias terribles pe­ro sin pasión alguna; llevaba, decía, mucho tiempo vien­do aquel cráneo al pasar a caballo o en coche. Y en eso veía que estaba condenado a que le ocurriera siempre lo mismo, y por qué demonios venía yo a hablarle de tan­tos lugares extranjeros y lejanos como había visto. Pese a todo, me pidió que le siguiera contando.

Había acariciado la idea de ir desde Auckland a Sa­moa, a visitar a Robert Louis Stevenson, que me había hecho el honor de hablarme por carta de mis cuentos. Es más, yo era Maestro de la Logia R. L. S. Aún hoy creo que pasaría ampliamente la prueba oral o escrita sobre La caja equivocada, que, como sabe cualquier miembro, es el libro de iniciación. La primera vez que lo leí fue en un hotel pequeño de Boston, en el 89, donde un cama­rero negro estuvo a punto de echarme del comedor por farfullar sobre la comida.

Pero Auckland, tranquila y adorable al sol, parecía el final del viaje organizado, porque el capitán del barco fru­tero que podía o no ir a Samoa según el momento esta­ba tan aplicadamente borracho que decidí encaminarme hacia el sur y volver a la India. Lo único que me llevé de la magia de Auckland fue el rostro y la voz de una mujer que me puso una cerveza en un pequeño hotel. Aquel rostro y aquella voz se me quedaron en algún rincón de la memoria hasta que a los diez años, en un tren de cer­canías de las afueras de Ciudad del Cabo, oí a un oficia­lillo de Simonstown hablarle a su acompañante acerca una mujer neozelandesa que «nunca tuvo reparos en ayu­dar a un desprotegido ni en pisar un escorpión». Fueron esas palabras -de la misma manera que al sacar un tron­co de una pila se viene toda abajo- las que me desperta­ron la clave de aquel rostro y aquella voz de Auckland, que me inspiraron un cuento llamado «La señora Bat­hurs», cuento que salió fluido, suave y ordenado como los troncos flotan río abajo.

En otro pequeño vapor, por mares más fríos y re­vueltos, llegué a Isla Sur, habitada principalmente por escoceses, su ganado y un viento de mil demonios. Sali­mos de ella desde el Faro del Fin del Mundo, Invercargill, una tarde oscura y de borrasca en que el general Booth, del Ejército de Salvación, subió a bordo. Lo vi, al ano­checer, dar vueltas por el embarcadero, que era bastan­te inestable, y con la capa vuelta hacia arriba, como un tulipán, sobre el pelo gris, mientras tocaba un pandero ante la multitud que se había congregado para despe­dirlo con llantos, canciones y oraciones.

Zarpamos y enseguida estábamos en el Pacífico Sur. Nos pasamos casi una semana dando bandazos de lado a lado del barco, se partió la popa y el pequeño salón se llenó de un palmo o dos de agua. No recuerdo que se co­miese a hora fija. El camarote del general estaba cerca del mío y, en los intervalos entre los golpes de arriba y las cataratas de abajo, se le oía roncar como un elefante herido, y es que en todos los sentidos era un hombre grande.

No volví a verlo hasta que subí al P & O de Colom­bo a Adelaida, que resultó estar también bajo su mando. En éste todo el mundo desembarcaba en botes de remos y en barcas pequeñas, para acelerar la llegada a la India. Él daba órdenes desde la cubierta de arriba y un gesto suyo con el brazo extendido -lo bajaba, autoritario, una y otra vez- me llamó la atención, hasta que vi que una mu­jer acurrucada en el tambor de ruedas del barco tenía las enaguas levantadas por encima de la rodilla. En aquella época la mujer decente iba vestida del cuello al empei­ne. Enseguida se dio cuenta de qué era lo que le moles­taba al general, se ajustó la falda y aquí paz y después glo­ria. Hablé mucho con el general Booth durante aquel viaje y, como el joven imbécil que yo era, le hice saber lo que me había parecido su actuación en el muelle de In­vercargill. «Jovencito», me respondió frunciendo el ce­ño, «si tuviera que andar con las manos y tocar el pan­dero con los pies para ganarle al Señor un solo espíritu, aprendería a hacerlo».

Tenía todo el derecho del mundo («si del modo que sea puedo salvar a algunos») y tuve la honradez de pe­dirle disculpas. Me habló de los comienzos de su misión y de cómo podía terminar en la cárcel si sus cuentas eran sometidas a algún tipo de inspección oficial; y de cómo su trabajo tenía que ser el despotismo unipersonal, su­pervisado sólo por el Señor. (Algo muy parecido dijo san Pablo y, sin duda, Mahoma.)

«Entonces -le pregunté- ¿por qué no impide que las chicas de su Ejército de Salvación se vayan a la India, a vivir solas entre los indígenas y al estilo de los indíge­nas?». Y le conté un poco cómo se vive en los pueblos de la India. La defensa del déspota fue muy humana: «Pe­ro, ¿qué puedo hacer yo? -replicó-. Las chicas se van a ir de todos modos, es imposible impedírselo.»

Creo que esta llamarada inicial de entusiasmo se ra­cionalizó más tarde, pero no antes de que algunas vidas se malograran. Le tuve gran respeto y admiración a este hombre que tenía la cabeza de Isaías y el fuego de Maho­ma, pero, como éste último, estaba bastante confundido con respecto a las mujeres. La siguiente vez que nos vimos fue en Oxford, donde estaban entregando los títulos. Se dirigió a mí con su toga de doctor, que le daba majestuo­sidad, y me dijo: «¿Qué tal va su alma, jovencito?»

Siempre he apreciado al Ejército de Salvación, cuyo trabajo fuera de Inglaterra he tenido ocasión de ver en parte. Es, claro, el blanco de todas las objeciones que puedan poner la ciencia y las creencias tradicionales, pero me imagino que cuando un espíritu se concibe co­mo renacido debe soportar agonías nada científicas ni tradicionales. Haggard, que había trabajado con él y pa­ra el Ejército en varias ocasiones, me dijo que no hay nada comparable a viajar bajo su cuidado, aunque sea por el simple lujo de su asistencia, amabilidad y buena voluntad.

Desde Colombo pasé al extremo sur de la India, que no conocía, y estuve cuatro días con sus noches en la panza de un tren donde no entendía ni una palabra de la lengua que se hablaba. Después vino el norte abierto y Lahore, donde iba a pasar unos días visitando a mi fa­milia. Estaban a punto de volverse para siempre a In­glaterra; así que era mi última visita al único hogar de verdad que hasta entonces había tenido.

CAPÍTULO 5
LA COMISIÓN DE PRESUPUESTOS
Después a Bombay, donde mi aya, tan vieja pero tan poco cambiada, me recibió con lágrimas y bendiciones; y después a Londres, a contraer matrimonio en enero del 92, en medio de una epidemia de gripe tan grande que los enterradores se había quedado sin caballos ne­gros y los muertos tenían que conformarse con caballos marrones. Los vivos estaban casi todos en cama. (Toda­vía no sabíamos que aquella epidemia era el primer avi­so de que la peste, que llevaba generaciones olvidada, es­taba saliendo de la China.)

Todo esto me afectó como habría afectado a cual­quier joven: mi mayor preocupación era salir del foco de la epidemia lo antes posible, porque ¿acaso no era yo una persona importante?, ¿es que no tenía varios miles -por lo menos dos- de libras puestas a plazo fijo?, ¿y no me había aconsejado el mismísimo director del banco que invirtiera parte de mi «capital» en acciones? Pero yo pre­ferí invertir, una vez más, en billetes de la Cook -ahora para dos- y hacer un viaje alrededor del mundo. Todo planeado hasta el último detalle.

Nos casamos en la iglesia con campanario en forma de lápiz de Langham Place, y los únicos invitados fue­ron Goose, Henry James y mi primo Ambrose Poynter. Para escándalo del pertiguero, nada más salir de la igle­sia mi mujer se fue a casa de su madre a darle las medi­cinas y yo a un desayuno de celebración de la boda, con Ambrose Poynter. Al volver a recogerla vi en la calle, ba­jo la lluvia, un encarte de periódico que anunciaba, co­mo era costumbre en aquellos tiempos felices, mi ma­trimonio, lo que me hizo sentirme incómodo e indefenso.

Unos días después estábamos ya en la alfombra má­gica que nos iba a llevar alrededor del mundo, empe­zando por un Canadá totalmente nevado. Uno de los re­galos de boda había sido un generoso frasco lleno de whisky pero con un problema de incontinencia: goteó en la maleta, entre las camisas de franela, y perfumó el vagón entero antes de que descubriéramos la causa. To­dos los pasajeros estaban ya apiadándose de la pobre chi­quilla que había unido su vida a la de aquel desvergon­zado alcohólico. Y en ese ambiente irreal, inocentes de nosotros, llegamos a Vancouver, donde pensando en el futuro y como muestra de lo ricos que éramos compra­mos, o eso creíamos, ocho hectáreas de un páramo lla­mado Vancouver Norte, hoy parte de la ciudad. Sólo años después vimos que había gato encerrado y, después de pagar impuestos por el terreno durante tanto tiempo, nos enteramos de que pertenecía a otra persona. El úni­co consuelo que recibimos de los sonrientes habitantes de Vancouver fue: «Se lo compraron a Steve, ¿no? Ja, ja. ¡A Steve! No tendrían que haberle comprado nada a Ste­ve, no, a Steve no.» Y así el bueno de Steve nos enseñó a no especular con bienes inmuebles.

De allí a Yokohama, donde un hombre y su esposa nos trataron, porque sí y sin debernos nada, con toda la amabilidad del mundo. Nos hicieron sentirnos más que bienvenidos en su casa y se aseguraron de que vié­ramos el Japón en la época de las glicinias y las peonías. Nos sorprendió allí un terremoto -que resultó ser pro­fético- un día de calor, al amanecer. Salimos corriendo al jardín y vimos que una alta cryptomeria movía la ca­beza hacia adelante y hacia atrás como si dijera «ya lo decía yo», aunque la verdad es que no había dicho na­da. Un poco después, una mañana de lluvia fui a la su­cursal de mi banco en Yokohama a retirar un poco de mi sólida fortuna. El director me dijo: «¿Por qué no sa­ca usted más? Es igual de fácil.» Le dije que era dema­siado descuidado para llevar mucho dinero encima, pe­ro que iba a mirar mis cuentas y volvería por la tarde. Lo hice, pero en ese corto intervalo el banco, según ex­plicaba una nota en la puerta cerrada, había quebrado. (Sí, habría sido mejor invertir mi capital como sugirió el director de la sucursal de Londres.)

Volví con la noticia a la mujer con la que llevaba ca­sado tres meses y al niño que esperaba. Exceptuando lo que había sacado por la mañana -el director había sido todo lo explícito que la lealtad le había permitido-, los vales de la Cook que quedaban y lo que había en los baú­les, no teníamos nada. Con carácter de urgencia se cons­tituyó una Comisión de Presupuestos que nos hizo co­nocernos más que otros en una vida entera de matrimonio solvente. La conclusión fue que había que batirse en retirada -o huir, si se prefiere-. ¿Qué nos devolvería la Cook por los vales, sin incluir el precio de los sueños per­didos? «Hasta la última libra que ha pagado, por su­puesto», me dijeron en la sucursal de Yokohama. «Ha si­do mala suerte y... aquí tiene su reembolso.»

De vuelta, pues, a través del Pacífico Norte, por Ca­nadá, donde el deshielo nos pisaba los talones, hasta lle­gar a las afueras de una pequeña ciudad de Nueva In­glaterra donde el abuelo paterno de mi mujer, francés, se había instalado en su día en una finca. El paisaje era de osatura montañosa, con bosques, y estaba dividido en granjas de entre dos y ochocientas hectáreas de tierra estéril. Las carreteras, abiertas en el barro, conectaban casas de madera blanca donde los miembros mayores de las familias estaban pluriempleados para pagar la hipo­teca salvaje. Los más jóvenes se habían ido. También ha­bía muchas casas abandonadas, algunas en ruinas y otras ya reducidas a una chimenea de piedra o unos simples hoyos en la hierba rodeados de lilas invencibles. En una pequeña granja había una vivienda a la que llamaban «Bliss Cottage», casi siempre habitada por un hombre que trabajaba para otros por temporadas. Tenía un piso y medio, cuatro metros de alto hasta el tejado y otros cuatro de largo e, incluyendo la cocina y la leñera, unos cinco de ancho en total. El agua le llegaba de una fuen­te vecinal y por una sola tubería de un centímetro de an­cho. Pero la casa estaba habitable y tenía un sótano am­plio, un poco húmedo. El alquiler era de diez dólares o dos libras al mes.

La alquilamos y la amueblamos con una simplici­dad precursora del sistema de venta a plazos por pago del alquiler. Compramos una enorme estufa de aire ca­liente, de segunda o tercera mano, que instalamos en el sótano; hicimos generosos agujeros en el poco grueso suelo para los tubos de hojalata de veinte centímetros de la estufa (todavía no comprendo cómo es que no sa­limos ardiendo mientras dormíamos cualquier noche de invierno) y nos quedamos muy contentos de noso­tros mismos.

A medida que el verano de Nueva Inglaterra dejaba paso al otoño, corté y apilé ramas de abeto alrededor del umbral de la cabaña y conseguí hacer un pequeño para­peto para cuando hiciera falta. Cuando llegó el pleno in­vierno y se oían las campanillas de los trineos por aquel universo blanco que nos había engullido, nos sentimos seguros. A veces teníamos criada. Otras, a la criada le pa­recía que aquella soledad era demasiado para ella y se iba sin avisar, una incluso dejándose el baúl. No nos preo­cupábamos. Los platos no tienen más que dos lados y limpiar sartenes y cacerolas tiene tan poco misterio co­mo hacer muy bien las camas. Cuando la cañería se he­laba, nos poníamos nuestros abrigos de piel de coatí y la descongelábamos con el calor de una vela. En el cuarto del ático no había sitio para la cuna, así que decidimos que la tapa del baúl haría las veces. No envidiábamos a nadie, ni siquiera cuando había mofetas en el sótano y, dado que sabíamos cómo son, nos quedábamos quietos hasta que decidían marcharse.

Pero a nuestros vecinos no les hacía gracia nuestra conducta. Tenían ahí a un extranjero de raza enemiga, que les habían dicho que era capaz de «sacar más de cien dólares de un tintero de diez centavos» y del que «ha­blaban los periódicos» y que se había casado con «una Balestier». ¿Acaso su abuela no vivía aún en casa de los Balestier, donde «el viejo Balestier», en lugar de criar ga­nado, había construido una casa grande donde se cena­ba tarde con ropa especial y con vino tinto como los france­ses en lugar de whisky como Dios manda? Pues resultaba que ese inglés, con el pretexto de haber perdido dinero, había instalado a su esposa «precisamente en el pueblo de ella», en «Bliss Cottage». Olía a chamusquina, así que nos vigilaron en secreto como sólo los campesinos in­gleses o de Nueva Inglaterra saben hacerlo, y si toleraban a aquel inglés era por «la chica de los Balestier».

Pero, con aquella primera crisis, nos habíamos lle­vado el primer chasco de nuestras cortas vidas y la Co­misión de Presupuestos tomó la decisión, nunca revo­cada, de que en lo sucesivo había que ser dueños de lo poco o mucho que se tuviera.

Cuando empezó a entrar dinero de la venta de cuen­tos y
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