Para mis amigos conocidos y desconocidos






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del Saturday Review, para el que trajo una exquisitez oriental especialmente endemonia­da que cocinamos al fuego de nuestra ignorancia común. ¡Estaba estupenda! Nunca sabré por qué aquellos dos hombres se tomaron la molestia de reparar en mi exis­tencia; sólo sé que terminé fiándome del todo del juicio de Saintsbury cuando se trataba de las cuestiones ma­yores de técnica literaria. Hacia el final de su vida, me fue de gran ayuda en el ensayo «Las pruebas de la Sa­grada Escritura», que habría sido en vano sin sus libros. Lo conocí en Bath, cuando preparaba, con erudición só­lo comparable a su seriedad, la bodega de la Casa de Mu­ñecas de la Reina. Sacó una botella de Tokay auténtico, que probé, y me lucí cuando dije que me sabía a vino medicinal. Cierto que se limitó a llamarme blasfemo, pe­ro lo que pensó prefiero no imaginármelo.

Había cantidad de hombres buenos en el Savile, pe­ro la peculiaridad y el rostro de los que he nombrado son los que más fácilmente me vienen a la memoria.

Mi vida en casa -había un abismo entre Picadilly y la calle Villiers- era diferente, en la sorpresa constante de aquellos primeros meses de mi vuelta a Inglaterra. Ese período fue en su totalidad, como ya he dicho, un sue­ño en el. que me sentía capaz de mover montañas, inva­dir fortalezas y andar sobre las aguas. Y sin embargo era tan ignorante que no sabía que, cuando la niebla envol­vía Londres, había trenes que podían llevarme a la luz y al sol de unos cuantos kilómetros a las afueras. Una vez, me pasé cinco días sin ver por la ventana nada más que mi cara en el espejo negro como el azabache del cristal. Cuando la niebla se disipó un poco, me asomé y vi a un hombre de pie enfrente del pub donde trabajaba la ca­marera. A aquel hombre, de pronto, se le puso el pecho de un rojo claro, como el de un petirrojo, y se cayó al suelo, porque se acababa de clavar un cuchillo en el cue­llo. En pocos minutos, más bien segundos, llegó una am­bulancia y se llevó el cadáver. Un empleado de por allí echó un cubo de agua hirviendo que hizo correr la sangre hacia la alcantarilla y los curiosos que se había agol­pado se dispersaron.

Uno llegaba a familiarizarse con aquella ambulancia (que venía de algún lugar a la espalda de St. Clement Da­nes) y con la policía de la división Este, incluso en Pica­dilly Circus, donde, en cualquier momento, después de las diez y media de la noche, podía verse a las fuerzas de orden público en litigio con las «señoras». Y por en­tre todo el trajín y el griterío de las prostitutas se abrían camino, de vuelta del teatro, el pío propietario inglés y su familia, con la mirada fija al frente, como quien no ha visto nada.

En mi casa vivía también, entre otros, uno de los Lions Comiques del Gatti. Un artista con una idea muy clara de lo que era el arte. Según él, «había que engan­char al público» (lo de «transmitir mensaje» vendría más tarde) «pero, aparte de eso, un hombre necesita tener donde agarrarse y yo lo tendría, si no fuera por el mal­dito whisky, pero, si me lo quitan, la vida es un pajolero lío». Y la mía sin duda lo era; pero, en buena medida, mi entrenamiento en la India me servía de escudo.

No paraban de asegurarme, tanto de viva voz como en recortes de prensa -que son una droga que no reco­miendo a los jóvenes-, que «desde Dickens no se había visto nada» comparable a «mi meteórica llegada a la fa­ma», etc. (Pero estaba vacunado, si no inmune, contra lo más rotundos comentarios de prensa.) Y ahí estaba mi retrato, que se iba a pintar para la Real Academia, en prueba de mi notoriedad. (Sólo que me opuse, como un mahometano, a que me retrataran, por temor al mal de ojo, y así conseguí que el bombo no fuera excesivo.) Y ahí estaban los montones de cartas con opiniones de todo tipo. (Si las hubiera contestado todas habría sido como volver a mi antigua mesa de trabajo.) Y allí esta­ban las proposiciones de «cierta gente importante», pe­sada y sin escrúpulos como tratantes de caballos, que me decían que «tenía la pelota a los pies» y que sólo te­nía que darle la patada -que consistía en repetir la mis­ma canción y en llevar por caminos imposibles a per­sonajes que ya había «creado»- para lograr todas clase de fines apetecibles. Pero en mi mundo anterior había visto malearse y quedarse atrás a hombres, lo mismo que a caballos. Lo único que estaba claro en aquel em­brollo era que estaba ganando dinero, mucho más de cuatrocientas rupias al mes, y cuando mi cartilla me di­jo que tenía ahorradas mil libras justas, no cabía de fe­licidad en el Strand. Había planeado un libro «para apro­vechar la coyuntura del mercado». Tuve el buen sentido suficiente para desechar la idea. Lo que más necesitaba era que mi familia viniera y viese lo que estaba siendo de su hijo. Lo hicieron, en una visita relámpago, y mi «pajolero lío» tuvo algo de sentido.

Como siempre, parecían no aconsejar nada ni me­terse en nada, pero allí estaban los dos, mi padre con la actitud sagaz y sabia de los de Yorkshire y mi madre, celta por los cuatro costados y llena de pasión. Ambos, tan in­mensamente comprensivos que, salvo cuando se trataba de asuntos menores, apenas si necesitábamos palabras.

Creo que puedo decir, en honor a la verdad, que ellos eran el único público por el que en aquel entonces sen­tía algún respeto. Y así fue hasta que murieron, cuando yo ya tenía cuarenta y cinco años. Su visita facilitó las co­sas y me confirmó algo que llevaba tiempo barruntan­do: parecía bastante fácil «enganchar al público», pero ¿qué se conseguía, aparte de acalorarse en el intento? (No caí en que mis dos abuelos habían sido ministros hasta que la familia me lo recordó.) Había estado trabajando en el borrador de un poema que más tarde se llamó «La bandera inglesa» y me había atascado en un verso que tenía que ser clave pero se empeñaba en quedar «flojo». Como era normal entre nosotros, pregunté, como ha­blando conmigo mismo: ¿qué es lo que quiero decir? Al instante, mi madre -movía mucho las manos al hablar­dijo: «Lo que intentas expresar es: “¿Qué saben de In­glaterra los que sólo conocen Inglaterra?”». Mi padre lo confirmó. El resto del poema me fue fácil: no eran más que imágenes vistas, como si dijéramos, desde la cubierta de un barco que casi navegaba solo.

En las siguientes conversaciones les expuse mi idea de intentar contarles a los ingleses algo sobre el mundo de fuera de Inglaterra, no directamente, sino de una ma­nera implícita.

Lo comprendieron, y sin dejarme acabar mi madre resumió: «Ya sé: “Les descubrió su nido de cisne entre los juncos.” Gracias por hacérnoslo saber, hijo.» La cuestión quedó así zanjada, y cuando Lord Tennyson (a quien no tuve, ay, la suerte de conocer) expresó su aprobación del poema al publicarse, lo tomé como señal de buena suer­te. A mucha gente que no tiene más remedio que hacer un trabajo en concreto, se le desarrolla una facilidad téc­nica que le da ventaja sobre otros compañeros menos preparados. Mi trabajo en las redacciones de los perió­dicos me había enseñado a concebir una idea al detalle, quedármela en la cabeza y trabajar en ella, fragmento a fragmento, en cualquier lugar. La aglomeración y el tra­queteo de los antiguos autobuses tirados por caballos ha­bían acunado muy bien ese tipo de cavilación. Poco a po­co la idea original crecía hasta convertirse en un largo y vago esquema -o catálogo de almacén militar, si se quie­re- del alcance total y significado de las cosas y los es­fuerzos y los orígenes a lo largo y ancho del Imperio. Con­cebía la idea, igual que hago con casi todas, bajo especie de semicírculo de edificios y templos destacados sobre un mar, pero de sueños. Fuese como fuese, una vez que lo tenía todo en la cabeza, dejaba de sentir la necesidad de «enganchar al público» en abstracto.

De la misma manera, en mis paseos más allá de la calle Villiers, había conocido a algunos hombres y a al­guna que otra mujer por los que no sentía el más mí­nimo afecto. Hablaban demasiado bajo o demasiado alto y se dedicaban a perniciosas variedades de sedición con tal de quedar siempre a salvo. La mayoría parecía suministrar lujos a una aristocracia cuya destrucción proclamaban a voz en grito desear. Se mofaban de mis pobres dioses orientales y aseguraban que los violen­tos ingleses de la India se pasaban la vida «oprimiendo» a los indígenas. (Esto lo decían en un país donde las niñas blancas de dieciséis años, por entre doce y ca­torce libras de salario anual, subían cuatro plantas con quince o veinte litros de agua para el baño, en un solo viaje.)

Hasta el más sutil de ellos tenía planes, que me con­taban, de «quitarle a Inglaterra las armas cuando no es­té mirando -como un niño travieso- para que cuando quiera pelear se dé cuenta de que no puede.» (Desde en­tonces se ha llegado lejos por ese camino.) Por lo demás su objetivo era la penetración intelectual y pacífica y la creación, en cuchitriles sin ventilación, de lo que hoy se llamarían «células». En colaboración con esa clase aco­modada había multitud de liberales mitad largos de mi­ras, mitad largos de lengua, que daban consejos trufa­dos de eslóganes muy nobles pero disgregadores, y se preocupaban de vivir pero que muy bien. Les seguían el juego varios periódicos, nada mal escritos por cierto, que tenían una habilidad envidiable para enturbiar o tergi­versar todo lo que no convenía a sus biliosas doctrinas. Tal y como yo la veía, la situación general prometía un interesante «andar a la greña» en que no tenía que to­mar parte activa, porque, pasado el primer momento de esplendor, mi trabajo habitual parecía tener el don de escarnecer per se justo a la gente que menos me gustaba. Y además tuve la suerte de que no se me tomara en se­rio durante algún tiempo. Se hablaba, razonablemente, de peleas y adhesiones; y aquel genio, J. K. S., hermano de Herbert Stephen, se encargó de Rider Haggard y de mí en un epigrama que habría dado cualquier cosa por haber escrito yo mismo. En él se pedía que llegaran días mejores en que
Se deje de admirar

el talento de un Asno

y las pifias excéntricas

que comete un muchacho.

Y, juntos, pelma y joven

callen amordazados.

No arrullará más Kipling

y no hará el ridi Haggard.
Recorrió jocosamente los periódicos y todavía que­da algún eco. Como le advertí a Haggard, puede que su aroma perdure cuando se haya olvidado todo menos nuestros curiosos nombres.

Algunos críticos irreprochables también me echaron una mano con su teoría de que había llegado a donde es­taba sólo por una serie de golpes de suerte. Hubo uno muy amable que se tomó, incluso, algunas molestias, in­cluida una buena cena, para comprobar personalmente «lo que yo había leído». No tuve más remedio que con­firmar sus peores sospechas, porque ya me habían «pes­cado» de esa manera, una vez, en el Club del Punjab, has­ta que mi examinador se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo y me persiguió por todo el recinto. (A los jóvenes hay que tenerles mucho respeto. Cuando se enfadan, tienen poco que perder.)

Pero con todo aquel jaleo de trabajo hecho o pre­visto, encargos, distracciones, emociones y confusiones de todo tipo, mi salud se volvió a resentir. En la India ha­bía caído enfermo dos veces, como consecuencia direc­ta del exceso de trabajo más las fiebres y la disentería, pe­ro esta vez la desidia y la depresión dieron lugar a una gripe auténtica, durante la cual todos mis microbios in­dios se cogieron de las manos para cantar a coro duran­te un mes en la oscuridad de la calle Villiers.

Así que me embarqué para Italia, donde coincidí con Lord Dufferin, el embajador inglés, que había sido vi­rrey de la India y había conocido a mi familia. Yo, ade­más, había escrito un poema llamado «La canción de las mujeres» sobre la dedicación de la señora Dufferin a la maternidad de la mujer india, que les gustó a los dos. Él era la amabilidad personificada y me hospedó en su vi­lla cerca de Nápoles, donde un día, al caer la tarde, ha­bló -al principio dirigiéndose a mí y después como en sueños- de su trabajo en la India, Canadá y el mundo entero. Yo había visto la maquinaria administrativa des­de abajo, tal cual, recalentada, pero era la primera vez que escuchaba a alguien que la había controlado desde arriba. Y al contrario que la mayoría de los virreyes, Lord Dufferin sabía. De todas sus revelaciones y recuerdos, la frase que más grabada se me ha quedado es: «Así que, ya ve usted, no hay lugar (¿o dijo autorización?) para las buenas intenciones en el trabajo de uno.»

Italia, sin embargo, no era suficiente. Lo que yo ne­cesitaba era poner tierra por medio y reordenarme. En aquellos tiempos no se hacían cruceros, pero deposité mi confianza en Cook, porque el gran J. M. en persona -el de los labios apretados y la ceja levantada- había si­do huésped de mi padre en Lahore mientras negociaba con el gobierno de la India su deseo de encargarse de la peregrinación anual a la Meca. De haberlo conseguido se habrían salvado muchas vidas y quizá se habrían evi­tado una o dos guerras. En sus oficinas estudiaron con amabilidad mis planes y las conexiones entre los distin­tos vapores.

Primero navegué hasta Ciudad del Cabo en un gi­gantesco transatlántico de tres mil toneladas llamado The Moor, sin saber que me llevaba allí el Destino. A bordo conocí a un capitán que iba tomar posesión en Simonstown y que en Madeira habría deseado pasar los dos años de su nombramiento hasta arriba de vino. Lo acompañé durante un día muy movido y una noche más movida todavía, que pusieron los cimientos de una amistad para siempre.

En 1891 Ciudad del Cabo era un lugar pequeño, so­ñoliento y descuidado, en el que todavía daban al pavi­mento las balaustradas de algunas casas holandesas an­tiguas. Alguna que otra vaca se paseaba por las calles principales, que estaban llenas de negros como los que mi aya me había enseñado que tenían el pelo rizado y dormían en una postura tal que a los demonios les re­sultaba fácil entrar en sus cuerpos. Pero también había muchos malayos que eran musulmanes peculiares, con sus propias mezquitas y cuyas mujeres, vestidas de mil colores, vendían flores en los bordillos de las aceras y se dedicaban a lavar.

El seco olor a especias de la tierra y la limpia bofe­tada del sol me fueron devolviendo la salud. El capitán me presentó en la sociedad naval de Simonstown, don­de el viento del suroeste sopla cinco días a la semana y el almirante de la estación de Ciudad del Cabo vivía es­pléndidamente con al menos un par de tortugas mari­nas vivas que ataba al final del pequeño embarcadero de madera para que nadaran hasta estar listas para ha­cercon ellas sopa de tortuga. Me fascinaba el club na­val y las historias que contaban los oficiales jóvenes. Fue allí donde presencié una de las mayores trifulcas que he visto en mi vida. Se armó por una amable su­gerencia hecha a un teniente de navío recién ascendi­do: había que apartar un poco el mastelero de proa de una cañonera de juguete que tenía. Y la discusión aca­bó con todos los muebles cambiados de sitio. (¿Quién iba a decirme que a los pocos años conocería Simons­town como la palma de mi mano y que le dedicaría bue­na parte de mi vida y de mi amor a la gloriosa tierra que la rodea?)

Después de un almuerzo de despedida entre ráfagas de arena blanca que tiraban al suelo hasta a los indíge­nas, y donde un mono airado bajó de las rocas y al pa­rarse se quedó metido hasta la cintura en un lecho de azucenas, mi capitán y yo nos separamos. «Nos vere­mos», me dijo el capitán, «y, si alguna vez quiere ir de crucero, no tiene más que decírmelo.»

Unos días antes de partir para Australia almorcé, en un restaurante de la calle Adderley, al lado de tres hom­bres. Me dijeron que uno de ellos era Cecil Rhodes, de quien, en el Moor, no se había parado de hablar en todo el viaje. No se me ocurrió acercarme a charlar con él, y a menudo me he preguntado por qué.

El segundo barco se llamaba The Doric, iba medio vacío y se pasó veinticuatro días seguidos, con sus no­ches, casi consiguiendo llenar de agua sus barcazas en un balanceo y vaciarlas en el siguiente contra las escoti­llas del salón. Tanto el cielo como el mar aparecían gri­ses y desolados en aquella difícil travesía a Melbourne. Poco después me encontraba en una tierra nueva, con olores nuevos y entre gente que insistía, para mi gusto demasiado, en que ellos también eran «nuevos». Nadie es nuevo en este mundo tan viejo.

El periódico más importante me hizo el gran honor de enviarme a la Copa de Melbourne, pero yo ya había hecho antes información de carreras y sabía que no era lo mío. Me interesaba más la gente de mediana edad que había dedicado su vida a fundar y administrar el país. Hablaban entre ellos sin rodeos y usaban una jerga po­lítica que para mí era nueva. Se aprendía más, como sue­le suceder, de lo que se decían unos a otros, o de lo que daban por supuesto, que de cien preguntas que se le hu­bieran hecho. Una noche de calor, asistí a un congreso en que el partido laborista debatió si los botes salvavi­das que tanto se necesitaban debían comprársele a In­glaterra o el pedido debía posponerse hasta que los botes pudieran construirse en Australia siguiendo un cri­terio laborista y a precios laboristas.

A partir de ese momento mis recuerdos de Austra­lia son una mezcla de trenes en que se pasaba, a horas intempestivas, de un ancho de vía estatal demasiado ex­clusivo a otro; inmensos cielos y primitivas salas de re­creo en las que bebía té caliente y comía carne de oveja mientras que de vez en cuando un aire cálido, parecido al
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