Paula Teck ss cc. 23






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Esteban Gumucio ss.cc.:

entre los bienaventurados de Jesús



Enrique Moreno Laval ss.cc.

Esteban Gumucio ha sido, sin duda, el sacerdote más conocido, más querido y de mayor proyección social y eclesial de nuestra Congregación de los Sagrados Corazones en Chile. Nacido en Santiago el 3 de septiembre de 1914, falleció en la misma ciudad el 6 de mayo de 2001. Tenía entonces 86 años y 8 meses de edad. Durante un año, un tumor de páncreas terminó con su vida en esta tierra. Ingresó a la Congregación en 1932, profesó sus votos religiosos al año siguiente y fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1938.

Sus años de sacerdocio

En sus poco más de 62 años de sacerdocio, Esteban tuvo una variada actividad. Se vinculó primeramente con los colegios de la Congregación (Valparaíso y Santiago), tarea en la que siguió colaborando en sus años de superior provincial (1947-1953). Enseguida, asumió como maestro de novicios en el convento de Los Perales (1955-1963). Inmediatamente después, pasó a fundar la parroquia San Pedro y San Pablo, en un sector pobre de la zona sur de Santiago, donde fue párroco durante los primeros 8 años (1964-1972). Siguió viviendo allí hasta que una vez más se le designó maestro de novicios por otros 7 años (1977-1983), esta vez con residencia en Santiago y, esporádicamente, en otras ciudades, como Concepción (Chile) y Arequipa (Perú). Durante todo este tiempo continuó, de alguna manera, vinculado a la tarea pastoral de la parroquia San Pedro y San Pablo. En 1986 fue destinado a la parroquia San José de la ciudad de La Unión, 800 kilómetros al sur de Santiago, donde permaneció hasta 1990. Los últimos 10 años de su vida (1991-2001) los vivió nuevamente en Santiago sirviendo pastoralmente en las parroquias San Pedro y San Pablo y Damián de Molokai, desmembrada esta última de la anterior.

Hubo otras dos tareas que acompañaron por mucho tiempo su tarea sacerdotal. Su asesoría al movimiento Encuentro Matrimonial, desde 1974, y su abundante producción literaria que constituyó una actividad de toda su vida. La Fundación Coudrin, de Santiago de Chile, ya ha publicado 8 volúmenes con su vida y su obra.2

El impacto de su vida

Al interior de la comunidad religiosa SS.CC., Esteban Gumucio es considerado como el padre de muchas generaciones de hermanos, ya sea porque él nos formó directamente o porque hemos sentido la permanente influencia de su persona, siempre cálida y cercana, inteligente y creativa, atenta y servicial y, sobre todo, anclada firmemente en su incondicional amor por Jesús y su Evangelio. Esteban fue un modelo de fraternidad en la comunidad, de autoridad paternal cuando le correspondió serlo, de pobreza sencilla, de obediencia siempre disponible, de castidad trabajada en el amor célibe del día a día. Sigue siendo un referente obligado de cada hermano y también de todo aquel que se va integrando a la Congregación.

Quienes lo fueron conociendo a través de su actividad pastoral, fueron experimentando también el impacto testimonial de Esteban, como un sacerdote que reflejaba de Jesús tanto su cercanía con la gente, su capacidad de comprensión y compasión, como su coraje para enfrentar situaciones difíciles que lo llevaron a jugarse enteramente por la dignidad de las personas y la justicia social. Hay una fecha clave en la vida sacerdotal de Esteban: diciembre de 1963 a marzo de 1964. Durante ese tiempo de verano en Chile, Esteban, según sus propias palabras, vivió la mayor “audacia” de su vida. Junto a tres sacerdotes jóvenes se instaló en un sector muy pobre de la periferia de Santiago de Chile, para iniciar una misión que la Congregación continúa hasta el día de hoy. En el marco de la Misión General de Santiago de aquella época, dieron los primeros pasos de una tarea que cristalizó en la creación de una red de comunidades que hoy están estructuradas en las actuales parroquias: San Pedro y San Pablo, y San Damián de Molokai. A Esteban, esta inserción pastoral le cambió la vida, haciendo emerger de él lo mejor de su corazón de pastor, y de acompañante de personas y comunidades.

Un modelo de pastor

Efectivamente, cuando uno le pregunta a la gente que más compartió con Esteban, qué destacan en él de su manera de ser sacerdote, dicen cosas como éstas: su cercanía sencilla, su acogida afable, su disponibilidad permanente, su escucha atenta, su consejo sabio, su sensibilidad para con el pobre, su valentía para defender la dignidad humana, su predicación imaginativa y siempre referida a la vida de todos los días. Pero, sobre todo, su vida enteramente centrada en Jesús.

En sus numerosos escritos que nos dejó como recuerdo de sus conferencias, retiros y charlas a sacerdotes, el padre Esteban plasmó ese modelo de sacerdote que él siempre quiso ser y que en gran medida lo logró. La mayoría de esos textos están publicados en el volumen “Fijos los ojos en Jesús – Palabras a sacerdotes”.3 El título, una cita de Hebreos (12,2) especialmente querida por Esteban Gumucio, refleja lo que siempre él vivió. Fijos los ojos en Jesús, corrió con perseverancia toda la longitud de su carrera, puesta la mirada en su única meta, el mismo Jesús. Con la mirada clavada en Él, aprendió a ver en el rostro de tantos hombres y mujeres el propio rostro de Jesús. Adquirió un estilo de mirar la realidad tal como Jesús la miró, amó a su Iglesia como Jesús la amó. Fijos los ojos en Jesús, vio al Padre de Jesús y acogió el Espíritu que Jesús le entregaba. ¿Testigos de esto? Todos nosotros.

El servicio de la palabra

Esteban Gumucio tuvo el precioso don de utilizar bien el lenguaje de la palabra para expresar lo que sentía su corazón, en ese diálogo cara a cara con su Dios y en el encuentro diario con las personas. De allí brotaron canciones como El peregrino de Emaus, La Oración o El Ángelus, y tantas otras llamadas a perdurar en el tiempo. En el duro momento de la dictadura militar chilena surgió la emblemática Cantata de los Derechos Humanos. Pero también tanta poesía llena de humanidad, tantas cartas a Jesús; tantos escritos ocasionales para los niños, para los jóvenes, para los matrimonios, para los viejos. Son numerosos los escritos informales dejados por Esteban, como al azar, que han sido recogidos con provecho por quienes hemos querido conservar y difundir su legado.

El mismo Esteban señaló en una ocasión: “No me considero literato, porque mi dedicación ha sido siempre el trabajo pastoral directo con personas. Me gusta mucho escribir. Soy un aficionado a las letras, pero tengo demasiado respeto por los verdaderos poetas y escritores como para atribuirme un título inmerecido. Mis escritos son breves y ocasionales, inspirados en la vida de la gente a quien trato de servir como sacerdote”. Todo esto nos ha hecho y nos sigue haciendo tanto bien.

El reconocimiento de la Iglesia

El impacto de la vida de Esteban Gumucio en la Iglesia chilena ha sido extenso y profundo. A pesar de que gran parte de su ministerio lo realizó en Santiago, su persona misma, pero también sus escritos y canciones, han trascendido a toda la vida eclesial del país. Su participación en Encuentro Matrimonial le permitió, además, viajar a varias diócesis chilenas y latinoamericanas donde dejó también una fuerte impronta.

El arzobispo de Santiago, cardenal Francisco Javier Errázuriz, ha venido expresando en los últimos años su vivo interés por que la figura del padre Esteban sea reconocida oficialmente por la Iglesia como un modelo de santidad. Por propia iniciativa le propuso a la Provincia Chilena trasladar su cuerpo desde el mausoleo de la Congregación en el Cementerio Católico de Santiago a la sede de la parroquia San Pedro y San Pablo que él mismo fundara. Y así se hizo el 27 de septiembre de 2008. Antes de ello, en un acto de “memoria agradecida” realizado como homenaje al padre Esteban, el 24 de junio de 2008, el mismo cardenal expresó: “Siempre he tenido una gran alegría por la manera como él desplegó el horizonte pleno de lo que Jesucristo espera de nosotros. Porque, por una parte, uno sentía que había en él el alma de un místico, pero también de alguien profundamente comprometido con su pueblo, un profeta, un luchador, el buen samaritano, el buen pastor. Al final uno tenía que decir que, de alguna manera, era Jesús mismo que caminaba por nuestras calles, por nuestra ciudad. Hemos podido palpar en él el horizonte de las bienaventuranzas. Algo extraordinario. En mi vida, Dios me ha regalado la gracia de conocer mucha gente, muchas personas, a las cuales la Iglesia algún día las va beatificar y canonizar. Es una gracia que no todos tienen, pero que yo la he tenido por mi trabajo en Roma. Yo tengo la intuición de que en esa galería debería estar algún día el Padre Esteban”.

El día del traslado de su cuerpo, ante 3 ó 4 mil personas, el cardenal terminó de esta manera su homilía de la eucaristía de ese día: “Concluyo estas palabras, seguro de que habría tanto más que decir y que aprender. Ya tendremos tiempo, en los días, las mañanas y las tardes, en que junto a la tumba del P. Esteban hagamos memoria futura de su presencia y de su vida. Hoy venimos a poner en la tierra la semilla de un gran Sembrador, esperando que el Señor la haga fructificar para bien del pueblo cristiano. Lo hacemos con esperanza y con la intuición de que nos encontramos ante un auténtico bienaventurado. Esa palabra se la dejamos con cariño a Dios y a su querida Iglesia con la Oración que desde hoy diremos al recordarlo: Y si es tu voluntad, Señor, que lo reconozca tu Iglesia entre los bienaventurados de Jesús, junto a María ‘madre de los cansados’, y a los santos y santas de todos los tiempos. Amén”.

Oficialmente, en octubre de 2009, la Congregación solicitó al cardenal arzobispo de Santiago de Chile la introducción de la causa de beatificación y canonización de nuestro hermano el padre Esteban Gumucio.
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