El evangelio según san mateo rudolf steiner






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CAPITULO 7

EL ACONTECIMIENTO DE PALESTINA COMO EJEMPLO

Y CONSUMACIÓN DE LA GRAN INICIACIÓN

Para comprender en todo su alcance el significado del aconte­cimiento de Palestina, hemos de mencionar, una vez mas, un hecho al que ya nos hemos referido en las conferencias sobre el Evangelio de Lucas. Volver sobre ese hecho es tanto mas importante cuanto en esta conferencia haremos resaltar los aspectos principales del ad­venimiento del Cristo. Después, o sea en las próximas conferencias, agregaremos mas bien los pormenores al cuadro que en este daremos a grandes rasgos. Para ello es necesario recordar una ley funda­mental de la evolución de la humanidad. Esta ley consiste en que en el curso de la evolución, el hombre va adquiriendo, cada vez mas, nuevas facultades y se eleva, paso a paso, a mayor grado de perfección. Esto ya se verifica si se toma en cuenta el tiempo histó­rico conocido exteriormente, durante el cual el hombre ha ido desarrollando las facultades que finalmente hicieron posible la cultura actual. Empero, para que determinada facultad empiece por desper­tarse en la naturaleza humana y para que ella, paso a paso, llegue a ser una facultad asequible a todo ser humano, es necesario que ella primero aparezca en algún lugar y en un sentido singular. En las conferencias acerca del Evangelio de Lucas hemos llamado la atención sobre el "sendero de ocho etapas" al que el hombre puede entrar si se atiene a lo que el Gautama Buda hizo fluir en la evolución de la humanidad. Comúnmente se lo describe como sigue: el recto entendimiento, el recto juicio, la recta palabra, el recto actuar, el recto punto de vista, los rectos hábitos, la recta memoria y la recta contemplación. Estas son bien definidas cualidades del alma huma­na. Podemos decir que desde los tiempos de la vida del Buda, el ser humano ascendió al nivel que le hace posible desarrollar en si mis­mo las cualidades del sendero de ocho etapas como intima facultad de la naturaleza del hombre. En los tiempos anteriores a la encarnación del Gautama Buda sobre la Tierra, el ser humano no había sido capaz para adquirir esas facultades. Hay que tener presente que para el desarrollo de ellas fue necesario el previo impulso de una entidad tan alta como la del Gautama Buda, para que en el curso de siglos y milenios, el ser humano pudiese desarrollarlas por su propio esfuerzo. Ciertamente esas facultades se desarrollaran desde ahora en adelante en mucho hombres, y cuando un número suficiente de ellos las haya adquirido, la Tierra habrá alcanzado la madurez para recibir al nuevo Buda, el Maitreya Buda, el que ahora es Bodisatva. Para que semejante progreso pueda producirse, ha sido necesario que una altísima individualidad diera el impulso a través de un gran acontecimiento y así sucedió que todas las cualidades del sendero de ocho etapas existieron en un solo hombre, esto es, en la personalidad del Gautama Buda. Con ello, el Buda dio el impulso para que todos los hombres pudiesen adquirir esas cualidades. Esto corresponde a una ley de la evolución de la humanidad. ­Lo que por la entidad del Cristo ha de fluir en la humani­dad, no es algo que, como el impulso del Gautama Buda, tardara cinco milenios en realizarse, sino que se trata de una facultad pe­culiar que se manifestará y producirá sus efectos en la humanidad, durante todo el resto de la evolución terrestre. Preguntemos enton­ces: ¿que es lo que de un modo parecido pero como impulso infinitamente superior al del Buda, ha venido por el Cristo? Podemos caracterizarlo de la siguiente manera. Lo que en todos los tiempos precristianos solo dentro de los Misterios fue dado a la humanidad, en cierto sentido se ha hecho posible desde el adve­nimiento del Cristo; y cada vez mas se hará posible como facultad general de la naturaleza humana. Para comprenderlo mejor, hemos de representarnos claramente la naturaleza de los antiguos Misterios y de la iniciación en los tiempos precristianos. Ciertamente, la iniciación ha sido distinta en los diversos pue­blos del orbe, y también distinta en el curso de la evolución post-atlante. La iniciación en su totalidad estaba dividida de tal manera que en los distintos pueblos se practicaban distintas partes de ella. Desde el punto de vista de la reencarnación, se comprenderá que en los tiempos antiguos no era necesario que cada pueblo tuviese la iniciación en todos los aspectos, puesto que un alma humana que en determinado pueblo conocía una parte de la iniciación, llegaba a conocer la otra parte al reencarnarse sucesiva­mente dentro de otros pueblos. Iniciación significa que el hombre dirige la mirada al mundo espiritual, facultad que no se adquiere mediante la percepción sensoria y el intelecto exterior, dependientes de los instrumentos del cuerpo físico. Dentro de veinticuatro horas de la vida normal, el hombre se halla dos veces allí donde también esta el iniciado, solo que este lo vive de otro modo que el hombre durante la vida normal. En el curso de cada veinticuatro horas, nos encontramos en estado de vigilia y en el sueño, alternativamente. En nuestros libros y en conferencias hemos expuesto que al dormirse, el yo y el cuerpo astral del hombre abandonan los cuerpos físico y etéreo: con su yo y cuerpo astral se expande entonces en todo nuestro cosmos inmediato, del cual atrae las corrientes que el necesita du­rante la vida diurna de vigilia, quiere decir que desde el dormirse hasta el despertar, el ser humano efectivamente se halla expandido sobre la totalidad del mundo que le concierne; pero no es consciente de ello. La conciencia se apaga en el momento del dormirse cuando el cuerpo astral y el yo dejan los cuerpos físico y etéreo, de modo que se vive en el macrocosmos, sin ser consciente de ello dentro de la existencia corriente. La iniciación precisamente consiste en que el hombre aprende a vivir en todo el cosmos no solo inconsciente­mente sino experimentándolo todo con plena conciencia: es decir que aprende a penetrar conscientemente en la existencia de los de­más cuerpos celestes de nuestro sistema solar. Esta es la característica de la iniciación en el macrocosmos. Si el hombre, al dormirse, pudiera percibir, sin la debida preparación, lo que se halla en ese mundo, la fuerte y grandiosa impresión le haría experimentar lo que solo es comparable al ofus­camiento por los rayos del sol y de la luz. En tal caso, el hombre experimentaría un ofuscamiento cósmico y la extinción de su alma. Toda iniciación se fundamenta en que el hombre no penetre en el macrocosmos, sin la debida preparación, sino bien preparado y con los órganos fortalecidos de modo que pueda resistir el embate. Este es uno de los aspectos de la naturaleza de la iniciación: el fami­liarizarse y el iluminarse para percibir el mundo en que el hombre se halla durante el sueño, sin ser consciente de ello. Este encontrarse en el macrocosmos desorienta al hombre por­ que la vida en el mundo sensible es bien distinta de lo que el llega a percibir en el mundo superior. En cierto sentido, el hombre esta acostumbrado a considerar las cosas del mundo sensible desde un solo punto de vista; y si experimenta algo que no concuerde exactamente con el juicio que el se ha formado desde aquel punto de vista, lo considera como erróneo, en desacuerdo con lo acos­tumbrado. Quien con semejante actitud (que para la vida sobre el plano físico resulta útil y cómoda) quisiera penetrar en el macro­cosmos, no podría jamás orientarse en este. En el mundo físico, el hombre se concentra en un solo punto, vive como en una concha de caracol, desde la cual suele juzgar todo cuanto le circunda: lo considera como correcto o como erróneo, según su propio punto de vista. En cambio, al penetrar en el macrocosmos, no es posible hacerlo en una sola dirección sino que es preciso hacerlo en las mas diversas direcciones, pues se trata de un expandirse en el macrocosmos, donde cesa la posibilidad de adoptar un solo punto de vista. Ante todo es necesario desarrollar cierta flexibilidad y universalidad de juicio. Naturalmente, no hace falta adoptar una infinidad de puntos de vista, como teóricamente parecería posible, sino que para todas las situaciones que pueden presentarse, bastan doce puntos de vista, los que en el lenguaje sideral de los Misterios pueden simbolizarse mediante los doce signos zodiacales. Entre paréntesis quisiera hacer notar que en todos los círculos culturales que se basan en verdades ocultas, fácilmente se cae en el error de confundir las costumbres de la vida corriente con lo que se persigue en el circulo respectivo. Cuando se transmitan, in­cluso en forma exotérica, las verdades obtenidas a través de la investigación suprasensible, hay que hacerlo desde distintos puntos de vista; y en ello reside la causa de que suelen encontrar contradicciones quienes todo lo juzgan según la practica corriente del plano físico. Cuando se miran las cosas desde distintos aspectos, es fácil encontrar contradicciones. Pero en un movimiento científico-espiritual habría que tomar en consideración que las apa­rentes discrepancias entre lo transmitido en distintas oportunidades, se deben a distintos puntos de vista de lo tratado una u otra vez. Y para penetrar en el macrocosmos por el camino que acabamos de describir, es preciso adoptar flexibilidad de observación; caso con­trario se termina por perderse en un laberinto. Para decirlo con una imagen del lenguaje estelar: si uno, por ejemplo, quisiera penetrar en el cosmos en dirección a la constelación de Aries sola­mente, y si el universo, debido a su continuo movimiento, le pre­senta lo que se halla en la constelación de Piscis, lo tomara por una experiencia característica de Aries. Así se produce la confu­sión, y el hombre se halla en el laberinto. Por ello hay que tener presente que efectivamente debemos valernos de doce puntos de vista a fin de orientarnos en el laberinto del macrocosmos. Este es uno de los aspectos del penetrar en el macrocosmos. Pero, durante la otra parte de las veinticuatro horas del día, sin ser consciente de ello, el hombre se halla también en el mundo divino-espiritual. Al despertarse, el hombre se sumerge en los cuer­pos físico y etéreo, pero no percibe nada de este proceso, puesto que en ese mismo instante la percepción se dirige inmediatamente hacia el mundo circundante. La percepción sería totalmente dis­tinta, si el hombre se sumergiera conscientemente en los cuerpos físico y etéreo. Resulta pues que por el estado de sueño el hombre se preserva del penetrar conscientemente en el macrocosmos; por­que no esta preparado para ello y, por el hecho de que la percepción se deriva hacia el mundo circundante, se preserva de unirse conscientemente con los cuerpos físico y etéreo. El peligro a que estaría expuesto al descender, sin la debida preparación, en estos dos vehículos, es otro que el ofuscamiento y la desorientación que se producen por el penetrar en el macrocosmos, sin estar preparado para ello. Si el hombre, sin preparación previa, se une con la naturaleza de sus cuerpos físico y etéreo, identificándose con ella, ocurre que se fortalece sumamente lo que constituye lo esencial de esos dos cuer­pos terrestres. ¿Para que los ha recibido? Para que pueda vivir en la naturaleza de un yo y desarrollar la conciencia del yo. Pero este yo llega al mundo de los cuerpos físico y etéreo en su estado no purificado y sin estar debidamente preparado. Al descender sin estar preparado, resulta que la percepción mística que entonces se produce, excluye ver la verdad interior, presentándose al hombre imágenes alucinantes. Al abrírsele el aspecto de la propia natura­leza interior, el hombre se une con todo cuanto en el se halla de inmoralidad y de deseos e instintos egoístas, etc. Comúnmente, el no se une con esto, pues durante el día su percepción se desvía hacia las experiencias en el mundo exterior y estas no se pueden ni comparar con lo que surge de la propia naturaleza interior del hombre. En otras conferencias me he referido a lo que los mártires y los santos del cristianismo nos describen como sus experiencias al sumergirse en su propia naturaleza. Esto fue lo mismo que lo señalado ahora, pues esos santos nos describen las tentaciones y seducciones experimentadas al omitir la percepción exterior y descender a lo interior. Esas descripciones dicen la absoluta verdad. En este sentido resulta instructivo estudiar las biografías de los santos para ver como actúan las pasiones, emociones, instintos y todo lo que no se experimenta cuando en la vida normal la mirada se desvía hacia el mundo circundante. Podemos resumir: al descender en su interior, el hombre es, en cierto modo, comprimido y enredado en su yoidad, intensamente reducido al punto en que no quiere ser otra cosa que un yo que satisface sus propios deseos y apetencias y donde todo el mal en su interior quiere apoderarse de su yo. Este es el estado de animo que en tales casos prevalece. Vemos pues que por un lado sobreviene el peligro del ofus­camiento, cuando el hombre, sin la debida preparación, quiere ex­pandirse en el cosmos: por el otro lado, se ve comprimido en su yo: cuando se sumerge en su propio cuerpo físico y el etéreo, sin estar preparado para ello. Pero existe otro aspecto mas de la iniciación que se ha practicado por otros pueblos. Mientras que el expandirse en el cosmos principalmente ha sido cultivado por los pueblos arios y los del norte, el otro modo ha sido desarrollado en alto grado por los egipcios. Pero hay, además, la iniciación en que el hombre se acerca a lo divino dirigiendo la mirada hacia la inte­rioridad, llegando a conocer la realidad de lo divino por concentración espiritual, al descender en su propia naturaleza. En los Misterios antiguos, la evolución de toda la humanidad no había llegado a tal nivel que la iniciación, ya sea hacia fuera en el macrocosmos, o bien hacia el microcosmos del ser humano mismo, hubiera podido realizarse con el iniciando abandonado a si mismo. Cuando, por ejemplo, en la iniciación egipcia se conducía al hombre a unirse con las fuerzas de sus cuerpos físico y etéreo, de modo que con plena conciencia vivenciaba los procesos de dichos vehículos, las mas horrendas pasiones se lanzaban de su naturaleza astral; mundos demoníacos y diabólicos salían de él. Es por esta razón que en los Misterios egipcios, al hierofante le hacia falta la ayuda de otras personas que recibían lo que de la citada manera salía, y lo desviaban a través de su propia naturaleza. De ahí se explica el actuar de doce asistentes, los que recibían a los demo­nios. Esto quiere decir que en la iniciación antigua el iniciando nunca actuaba libremente, pues lo que en él necesariamente se producía al sumergirse en los cuerpos físico y etéreo, solo podía y debía desenvolverse, cuando y porque los doce asistentes recibían y domaban a los demonios. De manera similar se procedía en los Misterios del norte donde, al penetrar en el macrocosmos se conse­guía el resultado buscado con la ayuda de doce servidores del ini­ciante. Ellos cedían sus fuerzas al iniciando para capacitarle a desarrollar el pensar y el sentir necesarios para atravesar el laberinto del macrocosmos. Semejante iniciación en que el hombre no esta libre, sino que depende enteramente de aquella ayuda para desviar los demonios, paulatinamente debía dejar su lugar a una nueva iniciación en que el hombre sabe encontrar el camino por si solo, y donde el iniciante que le facilita los medios para obtener la iniciación, solo le dice: "Hay que hacer esto y aquello". Por este camino el hombre aun no ha llegado muy lejos; no obstante, paso a paso, la humanidad desarrollará la facultad de elevarse al macrocosmos como asimismo de descender al microcosmos, sin ayuda ajena, a sea, como entidad libre de llegar a la iniciación en ambos sentidos. Para hacerlo posible, se ha producido el advenimiento del Cristo, como punta de partida para la iniciación en ambas direcciones. Un supremo ser espiritual como lo es el Cristo, debió una vez realizar de un modo general, tanto el descender en los cuerpos físico y etéreo como asimismo el penetrar en el macrocosmos. En el fondo, el aconte­cimiento del Cristo consiste en que esta entidad universal, en cierto sentido, "enseñó" lo que en el curso de la evolución terrestre hacia su madurez podrá ser alcanzado por un numero suficientemente grande de personas. Para ello dicho acontecimiento ha sido nece­sario. ¿ Que es entonces lo que aconteció? Por un lado debió acontecer que el Cristo mismo descendiera en el cuerpo físico y el etéreo. Y como estos dos vehículos de un ser humano fueron santificados por haber descendido en ellos la entidad del Cristo, lo que solo una vez sucedió, se dio a la evo­lución de la humanidad el impulso que todo hombre que lo busque podrá experimentar libremente el descender en los cuerpos físico y etéreo. Para ello, el Cristo debió descender a la Tierra y realizar lo que jamás se había realizado. Pues en los Misterios antiguos lo realizado a través del actuar de los asistentes, había algo muy distinto: el iniciando pudo descender y vivenciar los secretos de los cuerpos físico y etéreo, como asimismo elevarse a los secretos del macrocosmos, pero de manera tal que en realidad no vivía en su cuerpo físico; penetraba, por cierto, en los secretos del cuerpo físico, pero no dentro del cuerpo físico mismo, sino que debía enteramente independizarse de este y, al volver a la conciencia común, recordaba lo vivenciado en las esferas espirituales, pero sin poder transmitirlo al cuerpo físico. Por el advenimiento del Cristo, estas condiciones debieron sufrir un cambio radical y realmente fueron cambiadas. Resulta pues, que antes del tiempo del Cristo no existió ningún cuerpo físico y etéreo cuyo yo penetrara la plena interioridad humana. Absolutamente nadie podía entonces con el yo penetrar en los cuerpos físico y etéreo. EI Cristo mismo lo realizó por vez primera y, como entidad infinitamente superior al hombre se hallaba, no obstante, unida a la naturaleza humana; se derramó en el macrocosmos, sin ayuda alguna, a fuerza de la propia yoidad. Solo el Cristo lo pudo hacer, y solo por ello puede el hombre adquirir la capacidad de penetrar libremente en el macrocosmos. Estos hechos son los dos pilares fundamentales que de manera igual se nos presentan en los dos Evangelios, el de Lucas y el de Mateo. ¿ Como se explica esto? Hemos visto que la individualidad de Zoroastro, que en tiempos remotos post-atlantes fue el gran conductor asiático, mas tarde apareció reencarnado como Zarathas o Nazarathos y después, como descendiente de la línea salomónica de la casa de David, se encarnó en el niño Jesús. También hemos visto que durante doce años esta individualidad de Zoroastro desarrolló en ese niño, quiere decir en si mismo, todas las facultades que en el instrumento de los cuerpos físico y etéreo de un descendiente de la casa de David pueden desarrollarse. Esos instrumentos son necesarios para des­arrollar tales facultades las que la individualidad de Zoroastro solo había alcanzado por haber vivido doce años en aquellos vehículos. Abandonando el cuerpo de este niño, la individualidad de Zoro­astro pasó después al del niño Jesús del Evangelio de Lucas de la línea natanica de la casa de David. Este cambio tuvo lugar en el momento, descripto por Lucas, en que en el Templo los padres volvieron a encontrar al hijo que durante la fiesta se había extraviado. Poco después, el Jesús salomónico murió, y la individualidad de Zoroastro vivió entonces en el Jesús del Evangelio de Lucas hasta los treinta años de edad, apropiándose todas las facul­tades que es posible adquirir con los instrumentos que se poseen cuando, por un lado, ya se ha traído lo adquirido en un cuerpo físico y etéreo como lo hemos descripto y, además, se agrega lo que se conquista en un cuerpo astral y un yo como los poseía el Jesús del Evangelio de Lucas. Así, hasta los treinta anos, se desenvolvió Zoroastro en el cuerpo del Jesús natanico, con todas las cualidades que entonces le fueron posible desarrollar hasta tal grado que finalmente pudo ofrecer su tercer gran sacrificio: el cuerpo físico que, por el ter­mino de tres años se convierte en el cuerpo físico de la entidad del Cristo. Después de haber ofrendado en tiempos anteriores sus cuerpos astral y etéreo para Hermes y Moisés, respectivamente, da ahora en sacrificio su cuerpo físico, es decir, deja esta envoltura con lo demás que en ella existe como cuerpo etéreo y cuerpo astral. Lo que hasta entonces estuvo habitado por la individualidad de Zoroastro, pasa a ser ocupado por un ser de naturaleza singular, fuente de toda la profunda sabiduría para todos los grandes maestros de la sabiduría universal, o sea, por el Cristo. Este es el acaecimiento al que nos referiremos mas exactamente y al cual se alude en el bautismo del Jordán; aquel suceso a cuya universalidad y grandeza se refiere el Evangelio con las palabras: "Tu eres mi Hijo amado en que me veo a mi mismo; en que se me presenta mi propia seidad", pasaje que no debe traducirse con las palabras triviales "... en ti tomo contentamiento". En otros Evangelios se dice: "Tu eres mi Hijo amado; hoy te he engendrado". Con estas palabras se nos indica claramente que se trata de un nacimiento, o sea, el nacimiento del Cristo dentro de la envoltura, primero preparada y luego ofrendada por Zoroastro. En el instante del bautismo en el Jordán, la entidad del Cristo desciende a la envoltura preparada por Zoroastro; esto significa un renacimiento de los tres vehículos, por ser penetrados por la substancialidad del Cristo. En dicho bautismo renacen las envolturas desarrolladas por Zoroastro y nace el Cristo sobre la Tierra; vive entonces en un cuerpo humano, en vehículos que son comunes - aunque menos perfectos - a todo ser humano. De esta manera, el Cristo, la individualidad mas excelsa de las que puedan unirse con la Tierra, vive en un cuerpo humano. Para dar con su vida el ejemplo del supremo acontecimiento, la plena iniciación, debe hacerlo en sus dos aspectos: el descender a los cuerpos físico y el etéreo, y el ascender al macrocosmos. El Cristo da a la humanidad los dos ejemplos. Naturalmente, de acuerdo con toda la naturaleza de su vida, ambos hechos deben realizarse de tal manera que al descender en los cuerpos físico y el etéreo, el Cristo se manifieste invulnerable contra todas las tentaciones las que, al enfrentársele son rechazadas; y que tampoco puedan afectarle los peligros que sobrevienen cuando el hombre asciende al macrocosmos. En el Evangelio de Mateo se relata que después del bautismo en el Jordán, el Cristo efectivamente desciende en los cuerpos físico y etéreo. Es el capitulo en que se describen los hechos de la tentación. Veremos que esa escena de la tentación reproduce en todos sus pormenores lo que el hombre experimenta al descender en dichas envolturas. Al penetrar el Cristo en un cuerpo humano se produce la concentración en la yoidad humana, de modo que podemos decir: así puede ser, todo esto puede producirse en todo ser humano. Cuando el hombre piense en Cristo, cuando logre asemejarse al Cristo, obtendrá la fuerza de experimentar lo rela­tado en el Evangelio y de superar todo cuanto desde los cuerpos físico y etéreo fluye hacia el yo. Esta escena de la tentación es el primero de los relatos predominantes del Evangelio de Mateo: reproduce uno de los aspectos de la iniciación, o sea, el descender a los cuerpos físico y etéreo. También se relata el otro aspecto: el expandirse en el macrocosmos: y esto se describe de manera tal que el Cristo lo realiza apoyándose en la naturaleza humana, enteramente en sentido de la naturaleza humana sensoria. Aquí cabe mencionar una objeción que fácilmente puede hacerse. Próximamente la examinaremos mas a fondo: ahora traza­remos los puntos principales, no mas: si el Cristo realmente es una entidad tan suprema ¿por que debió sufrir todo eso; por que descender en los cuerpos físico y etéreo y por que expandirse - en forma igual que el hombre - en el macrocosmos?. Debió hacerlo no para si mismo sino para la evolución del hombre. En las esfe­ras superiores y mediante las substacialidades respectivas, pudie­ron hacerlo las entidades de las jerarquías similares a la del Cristo; pero antes no se había realizado en los cuerpos físico y etéreo de un ser humano. Substancialidad divina se había extendido en el espacio: no así lo que vive en el hombre. Únicamente el Cristo pudo llevarlo consigo y extenderlo en el espacio. Un dios dentro de la naturaleza humana debió hacerlo por vez primera. El segundo hecho, como segundo pilar del Evangelio de Mateo, se describe como el segundo aspecto de la iniciación, el expandirse en el gran universo, el unirse con el Sol y las estrellas, realizado por el Cristo dentro de la naturaleza humana. Primero se le admi­nistra el ungüento, igual que a hombre cualquiera, con el fin de purificarle e inmunizarle contra todo cuanto del mundo físico pudiese tocarle. Así vemos que la unción que en los Misterios antiguos se practicaba como unción en el templo, reaparece en un nivel mas alto, como hecho histórico. Vemos que el Cristo explica el "penetrar en todo el universo", no solo el "hallarse en si mismo", sino el estar derramado en todo el universo, en la Cena de Pascua, donde comunica a los que le rodean que se sentía en todo lo sólido de la Tierra, cuando lo expresa con las palabras "Yo soy el pan" y asimismo en todo lo liquido. La Cena de Pascua alude al expan­dirse conscientemente en el gran universo, al igual que, al dormir­se, el hombre lo hace inconscientemente. Y la sensación del ofus­camiento que se acerca se expresa con la palabra monumental: "mi alma esta muy triste hasta la muerte". El Cristo Jesús realmente vivencia lo que comúnmente se experimenta como un perecer, un paralizarse, un ofuscamiento. En la escena de Gethsemani el Cristo vivencia lo que puede llamarse: el cuerpo físico abandonado por el alma vive su propio estado de angustia. En esta escena se describe como el alma se expande en el universo, al abandonar el cuerpo. Y todo cuanto sigue quiere describir el expandirse en el macrocosmos: la "crucifixión", la "sepultura" y lo demás que comúnmente se realizaba en los Misterios. Todo esto representa el segundo pilar del Evangelio de Mateo: el expandirse en el macrocosmos. EI Evange­lio lo expresa claramente diciendo que hasta ese momento el Cristo vivía en el cuerpo físico que luego colgara de la cruz. Estaba concentrado en ese punto del espacio, pero ahora se expande en todo el cosmos. Quien hubiera querido buscarle, no le hubiera visto en el cuerpo físico, sino que clarividentemente hubiera debido buscarle dentro del Espíritu que penetra los espacios. Después de haber cumplido lo que antes, pero con ayuda ajena, se cumplía en los Misterios en los tres días y medio de la iniciación, justamente lo que se le había reprochado porque decía: puedo derribar este templo de Dios y en tres días reedificarlo, aludiendo a la iniciación en el macrocosmos que generalmente se cumplía en tres días y medio, también dice que desde aquel momento no habría que buscarle dentro de lo físico sino afuera, en el espacio cósmico del Espíritu. Generalmente, esto se traduce como sigue, y aun así se nos presenta majestuosamente: "desde ahora habéis de ver al Hijo del hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios, y que viene en las nubes del ciclo". Es allí donde habéis de buscar al Cristo, expandido en el universo, como ejemplo de la gran iniciación que el hombre experimenta al abandonar su cuerpo y expan­dirse en el macrocosmos. Así se nos presenta el principio y el fin de la vida del Cristo que comienza con su aparición en el cuerpo al que nos referimos con respecto al bautismo en el Jordán. Comienza con el primer aspecto de la iniciación, el descender en los cuerpos físico y etéreo en la escena de la tentación. Y termina con el otro aspecto de la iniciación, el expandirse en el macrocosmos, a partir de los sucesos de la Cena y continuando con la flagelación, la coronación con la corona de espinas, la crucifixión y la resurrección. Estos son los dos puntos entre los cuales se hallan los acontecimientos del Evan­gelio de Mateo. Los ponemos dentro del bosquejo que hasta ahora hemos trazado.
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