El evangelio según san mateo rudolf steiner






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CAPITULO 5

JESHU BEN PANDIRA Y LA INICIACIÓN DE LOS ESENIOS

Hemos de ser conscientes de que Jesús, hijo de Pandira, Jeshu ben Pandira, nada tiene que ver ni por parentesco, ni en otro sentido, con la personalidad o individualidad del Jesús del Evan­gelio de Mateo, o el Jesús del Evangelio de Lucas, ni tampoco de cualquier otro Evangelio. Además, cabe destacar que para decir algo acerca de la existencia de Jeshu ben Pandira no hace falta el conocimiento oculto ni tampoco la facultad clarividente, sino que basta con estudiar los distintos documentos hebreos o talmúdicos. A pesar de ello, siempre ha tenido lugar la confusión con el "Jesús" genuino; realmente ya ha tenido lugar a partir del se­gundo siglo de nuestra era. Por otra parte, hemos de reconocer que entre ambas personalidades hubo una relación histórica, si bien esta solo puede verificarse a través de la investigación espiri­tual. Empero, para comprender tal relación en toda su profundi­dad, hemos de referirnos brevemente, una vez mas, a la evolución de la humanidad y sus conductores. Si elevamos la mirada a las entidades que se nos presentan como los grandes conductores de la humanidad, llegamos final­mente a una serie de grandes individualidades y, puesto que la teoría de su existencia tiene su origen en el Oriente, se suele darse el nombre de Bodisatvas. La misión de ellos consiste en ser grandes maestros de la humanidad y de hacer fluir de época en época, desde los mundos espirituales y a través de los Misterios, lo que, de acuerdo con su grado de madurez, debe darse a la humanidad. Estos Bodisatvas obran alternativamente, de modo que uno sucede al otro en el curso de los tiempos. Para nuestros ciclos evolutivos, nos interesan, ante todo, los dos Bodisatvas, a los cuales ya nos hemos referido al hablar de la evolución de la humanidad: prime­ro, el que como hijo del rey Sudhodana se ha convertido en Buda, mas su sucesor que también ahora obra como Bodisatva; y en concordancia con la sabiduría oriental y la investigación espiritual, podemos decir que lo será durante los próximos 2500 años, para elevarse entonces, en forma análoga a su predecesor, al grado de Buda. Quiere decir que el Bodisatva actual se elevará entonces a la dignidad de Maitreya Buda. Hemos de comprender que los Bodisatvas que así se suceden son los grandes maestros de la evolución de la humanidad y de­bemos no confundirlos con lo que es la fuente de sus enseñanzas, de la cual ellos reciben lo que deben transmitir, como enseñanzas que corresponden a cada etapa de dicha evolución. En cierto sen­tido hemos de representarnos un colegio de los Bodisatvas y, en su medio, la fuente viviente de sus enseñanzas. Esta fuente vivien­te no es otra sino la entidad que en nuestro idioma llamamos el Cristo. De modo que los Bodisatvas reciben del Cristo lo que en el curso de la evolución deben transmitir a los hombres. EI Bodisatva ha de dedicarse a la enseñanza, precisamente mientras actúa como tal, pues hemos visto que después de elevarse a la dignidad de Buda, ya no vuelve a descender para encarnar en un cuerpo físico. En concordancia con toda filosofía oriental, también podemos decir que el Gautama Buda, desde el tiempo en que, como hijo del rey Sudhodana, tuvo su ultima encarnación en un cuerpo físico, no experimenta sino incorporaciones que descienden hasta el cuerpo etéreo. En las conferencias sobre el Evangelio de Lucas nos hemos referido a la misión de aquel Bodisatva convertido en Buda. Hemos visto que la entidad del Buda, incorporada hasta en el cuerpo etéreo, penetro, en el cuerpo astral del Jesús satánico del Evangelio de Lucas (sabemos que es otro que el Jesús del Evangelio de Mateo). Se podrá decir que después de su encarnación como Gautama Buda, esta entidad ya no tuvo la misión de dar enseñanzas sino que a partir de entonces le correspondió el viviente actuar. Se había convertido en fuerza real que desde el mundo espiritual obra sobre nuestro mundo físico. Son dos co­sas bien distintas: el obrar por medio de la enseñanza y el actuar por la fuerza viviente, la fuerza del crecimiento. El Bodisatva es maestro enseñante hasta el momento de convertirse en Buda; a. partir de ese momento, es fuerza viviente que en algún sentido interviene para organizar y para vivificar. Así el Buda tomó par­te en la organización del Jesús satánico conforme a su nueva dig­nidad, tal como Lucas lo relata. Desde el sexto siglo antes de nuestro era, o sea, desde que aquel Bodisatva se convirtió en Buda, esta en su lugar el gran maestro que mas tarde será el Maitreya Buda; y la enseñanza que desde entonces es la adecuada para la humanidad, la debemos buscar donde el Bodisatva-Sucesor da la inspiración, haciendo fluir en sus discípulos lo que ellos deben transmitir al mundo. En la conferencia anterior ya se ha dicho que las comunidades de los Terapeutas y Esenios eran las predestinadas para servir de instru­mento para el nuevo Bodisatva, y que Jesús, hijo de Pandira, pertenecía a las personalidades mas importantes, mas sublimes y mas puras dentro de las comunidades esenias. Esto nos indica co­mo la enseñanza de ese Boditsava irradió hacia la humanidad a través de los esenios. Relativamente poco tiempo después del advenimiento del Cris­to, las comunidades esenias, en cuanto al profundo contenido de sus enseñanzas, habían desaparecido, de modo que no parecerá ex­traño si digo que esencialmente fue la misión de las comunidades de los Terapeutas y Esenios, hacer llegar de las regiones espiri­tuales, de las esferas de los Bodisatvas, lo necesario para poder comprender el singular acontecimiento del advenimiento del Cristo. Las enseñanzas mas importantes dadas a la humanidad para com­prender dicho acontecimiento provenían de los Terapeutas y los Esenios; y Jesús, hijo de Pandira estuvo, en cierto modo, llamado a dejarse inspirar por el Bodisatva, el futuro Maitreya Buda, para concebir las enseñanzas de poder comprender el misterio de Pa­lestina, el misterio de Cristo. Pero también es cierto que los datos mas exactos sobre los Terapeutas y Esenios solo se obtienen por medio de la investigación científico-espiritual; la historia común conoce muy poco de ellos. Nosotros no vacilamos en explicar - des­de el punto de vista antroposófico - lo necesario de los secretos de los Terapeutas y Esenios, con el fin de llegar a la profunda comprensión del Evangelio de Mateo como asimismo de los demás Evangelios. Vamos a relatarlo tal como estos secretos se presentan a la ciencia espiritual. La característica esencial de esas comunidades que un siglo antes del advenimiento del Cristo tuvieron su época de florecimiento, con la misión de prepararlo a través de la enseñanza, fue la manera de como se procedía a la iniciación de sus miembros. Ellos pasaron por una iniciación apropiada de provocar, por me­dio de la visión clarividente, la comprensión del significado del hebraísmo o abrahamismo con respecto al acontecimiento del Cris­to. Semejante esenio debió ante todo llegar a comprender y valo­rizar debidamente toda la importancia de la misión de Abraham para el pueblo hebreo. Debió comprender por visión propia que Abraham había sido realmente el patriarca del pueblo hebreo y que en el se había infundido el germen al cual me he referido en las conferencias anteriores, germen que en cierto modo debió filtrarse y fluir por la sangre de muchas generaciones. Con el fin de comprender que por medio de una personalidad como la de Abraham, puede realizarse algo importante para toda la evolución de la humanidad, hay que tener bien presente una verdad muy importante: que toda vez que una personalidad esta predestinada a servir de instrumento especial dentro de la evolución, es preciso que para ello obre una entidad divino-espiritual. Como Abraham tuvo que hacerse cargo de semejante misión, fue necesario que en su organización interior penetrase lo que la humanidad en los tiempos de la Atlántida había percibido como el ser espiritual que vive y teje en el mundo externo. Esto es lo que por vez primera sucedió en Abraham haciendo posible que tuviera lugar una transformación de la percepción espiritual; pero para ello fue necesaria la influencia de una entidad divino-espiritual, la cual, en cierto modo, le donó el germen para todas las organizaciones de las generaciones descendientes de el. Por consiguiente, los Esenios de aquel tiempo decían a si mis­mos: Lo que al pueblo hebreo capacitó para convertirse en porta­dor de la misión del Cristo, proviene del germen que le ha sido infundido en Abraham por aquel ser misterioso al que solo se encuentra si nos remontamos por todas las generaciones hasta Abra­ham, pues en la organización interior de el se había introducido ese germen para obrar después, por medio de la sangre, como una especie de "espíritu del Pueblo" dentro del pueblo hebreo. Los Esenios decían: Para elevarse a este espíritu inspirador e inaugu­rador del pueblo hebreo, y para conocer su naturaleza pura, debe­mos, como Esenios o Terapeutas, cumplir un determinado desarrollo con el fin de purificarnos, eliminando todo lo que del mundo físico, desde Abraham, ha invadido el alma humana. Esto es así porque la pureza del ser espiritual que el hombre lleva en si mis­mo, como así también la de todas las entidades espirituales que actúan en el devenir de la humanidad, no se perciben sino en el mundo espiritual. En nosotros esos seres han perdido su pureza por efecto de las fuerzas del mundo físico-sensible. Según él concepto de los Esenios (indudablemente correcto en ciertos dominios del conocimiento) todo hombre de aquel tiem­po llevaba en si mismo la impureza que en los tiempos precedentes había invadido el alma humana, y que turbada la libre mirada hacia la entidad espiritual que había infundido en Abraham el ger­men que hemos caracterizado. Cada esenio debió pues purificar su alma extirpando lo que había influido sobre ese germen que en cierto sentido turbada la mirada hacia la entidad que vivió en la sangre de las generaciones; solo entonces fue posible percibirla. Toda purificación de índole anímica y todos los ejercicios de los Esenios tendieron a liberar el alma de las influencias y los atributos heredados que turbaban aquella mirada. Es una ley espiritual la que los Esenios pudieron cumplir gracias a su investigación y su percepción clarividente: la ley de que el efecto hereditario no cesa sino después de remontar a través de 42 peldaños de los antepasados; solo entonces quedan eli­minadas del alma todas las influencias. Esto quiere decir: algo se hereda del padre y de la madre, algo de los abuelos, etcétera; pero cuanto mas se remonta por las generaciones de los antepasa­dos tanto menos se posee de impurezas del ser interior producidas por herencia; y nada de ello resta, después de remontar por 42 generaciones; se pierde entonces la influencia de la herencia. Por lo tanto, los concienzudos ejercicios de purificación de los Esenios se hacían con la intención de eliminar del alma todas las impure­zas que la habían invadido a través de 42 generaciones. Efectiva­mente, eran 42 escalones de severos ejercicios interiores, bien definidos; después se sentían libres de toda influencia del mundo de los sentidos, de todas las impurezas del alma producidas por he­rencia. Al alcanzar este grado, el esenio experimentó la afinidad del núcleo de su ser con lo divino-espiritual; y se decía: al pasar por estos 42 grados, asciendo hacia el dios al que busco mediante estos ejercicios. Por su propia experiencia, los Esenios conocían el camino ha­cia arriba, el que conduce a un ser divino que aun no se había sumergido en la materia. Entre todos los hombres de aquel tiempo los Terapeutas y Esenios eran los únicos que conocían el secreto de lo acontecido con Abraham en cuanto a la herencia a través de las generaciones. Pero, además, conocían el secreto de que así como el hombre debe ascender los 42 escalones o generaciones para llegar a ese ser divino, así también este ultimo debe tomar el camino en sentido inverso a través de 42 escalones, para penetrar en la sangre humana y para convertirse en hombre entre hombres. Esta fue la enseñanza de los Esenios, principalmente de Jeshu ben Pandira, con la inspiración del Bodisatva. Así se explica que ha sido esenia la enseñanza de que la entidad que inspiró a Abraham para acoger aquel germen divino en su propia organización, no pudo encarnarse en una organización humana plenamente desarro­llada sino después de 42 generaciones. Esto también nos hace co­nocer la fuente de conocimiento del autor del Evangelio de Mateo referente a las 42 generaciones. Y fue Jesús, el hijo de Pandira, quien llamó la atención de los Esenios sobre lo siguiente. Faltaba entonces un siglo para concluir las 42 generaciones, por lo que el señaló a los Esenios que en su camino a través de los 42 escalones no podían llegar sino a cierto grado, a un punto de contacto con lo histórico, después de lo cual su desarrollo dependía de la gracia desde las alturas; pero que llegará el tiempo en que, como acontecimiento natural, había de nacer un hombre al que le será posi­ble remontarse con su propia sangre a tal nivel que podrá descender la fuerza divina necesaria para que en la sangre del pueblo hebreo pudiese manifestarse el Espíritu del pueblo hebreo, el Espíritu de Jehová. Así se comprende que en las comunidades de los Esenios hemos de buscar la fuente de la doctrina de las generaciones con que comienza el Evangelio de Mateo. Sin embargo, para comprender este hecho en todo su alcance, es necesario señalar un aspecto aun mas profundo de todo este asunto. Todo lo relacionado con la evolución humana se nos presenta, en cierto modo, desde dos lados, simplemente porque el ser huma­no se divide en dos partes. Durante la conciencia de vigilia se encuentran unidos los cuatro vehículos de la naturaleza humana, de modo que no nos damos cuenta de que el ser humano se divide en dos partes, pero, durante la noche, cuando también existe la naturaleza humana en su totalidad, la tenemos, no obstante, dividida en dos partes: por un lado lo que como cuerpos físico y ete­reo, permanece en el mundo físico y, por el otro, lo que como cuerpo astral y yo, se separa de dichos vehículos. En tanto hable­mos de lo que del hombre pertenece al mundo físico, no se trata sino del cuerpo físico y el etéreo, si bien los demás vehículos par­ticipan de su vida. Durante la vigilia, el yo y el cuerpo astral ejercen su influencia sobre los otros dos vehículos; durante el sue­ño, estos quedan abandonados a si mismos. No obstante, en el momento en que el hombre se entrega al sueño empiezan a ejer­cer su influencia las fuerzas y entidades desde el espacio cósmico, penetrando la parte abandonada por el ser humano, de modo que en verdad existe una influencia continua desde el cosmos sobre los cuerpos físico y etéreo del hombre. Empero, el cuerpo físico y el etéreo como la parte exterior de nuestro ser, y que permanecen acostados durante el sueño, forman la parte que obedece a la he­rencia dentro de las 42 generaciones. Por lo tanto, si comenzamos con la primera generación y si tomamos todo lo perteneciente a la naturaleza física, resultará que después de 42 generaciones no encontraremos nada de cuanto en la primera había de las predispo­siciones mas esenciales. Lo que en realidad vive y obra en los cuerpos físico y etéreo de un hombre, queda pues, delimitado a seis veces siete generaciones. En los antepasados hemos de buscar todo lo heredado que podemos verificar en esos dos cuerpos, pero solo dentro de 42 generaciones. Si nos remontamos mas allá de estas, ya no encontramos nada de lo heredado: todo desaparece al llegar a la generación anterior a las cuarenta y dos. De esta ma­nera, la evolución humana se basa en una relación numérica; y ésta la hemos de examinar mas detenidamente. Contemplémosla en concordancia con la genealogía dada en el Evangelio de Mateo. Todo lo concerniente al cuerpo físico obedece a la herencia dentro de 42 generaciones, porque lo que depende de la evolución en el curso del tiempo, obedece al ritmo septenario. Por la misma rozón, la evolución de los Esenios en cuanto a lo físicamente he­redado, también obedecía al ritmo septenario. Cada uno de ellos decía a si mismo: tu evolución se cumple dentro de seis veces siete, o sea, 42 escalones; luego vienen otros siete escalones, con los cua­les culmina el ritmo septenario, cumpliéndose siete veces siete, o sea, 49 escalones. Sin embargo, lo que paso de los 42 escalones, ya no tiene que ver con las fuerzas y entidades que actúan en los cuerpos físico y etéreo. Si bien la evolución de estos dos cuerpos no culmina sino dentro de las siete veces siete generaciones, también es cierto que, según la ley del ritmo septenario, rige una total transformación para las ultimas siete, puesto que entonces ya no existe nada de las primeras, sino algo nuevo que se refiere a una existencia sobrehumana. Así distinguimos entre seis veces siete ge­neraciones que obedecen a lo terrestre, y siete veces siete que nos conducen mas allá de la Tierra, como fruto para el mundo espi­ritual. Los que primero concibieron el contenido del Evangelio de Mateo decían pues: "La corporeidad física en que se encarnó Zo­roastro, debió tener tal madurez que después de las 42 generacio­nes ya llegaba al comienzo de la espiritualización, de la deificación". Esto significa que esa corporeidad llega al comienzo de la cuadragésimo tercera generación, pero sin entrar en ella, sino que se deja compenetrar de otra entidad, la cual, como entidad espiri­tual de Zoroastro se incorpora como Jesús de Nazareth. Así, en virtud del misterio numérico se ha cumplido todo lo necesario para dar al alma de Zoroastro en Jesús de Nazareth, el cuerpo mas apropiado y la sangre mas apropiada, habiéndose dado a la evolución de la humanidad todo lo concerniente a los cuerpos físico y etéreo. Empero, en todo ser humano, como asimismo en el que estuvo destinado al portador del Cristo, existen, aparte de los cuerpos físicos y etéreo, también el cuerpo astral y el yo. De modo que hubo que hacer todo lo necesario para la debida preparación, no solamente de los cuerpos físico y etéreo, sino también del cuerpo astral y del yo. Y para tan magno acontecimiento co­mo el de Palestina, todo esto no pudo realizarse en un solo ser humano, sino en dos personalidades distintas. En efecto, los cuer­pos físico y etéreo fueron preparados en la personalidad a que se refiere el Evangelio de Mateo; el cuerpo astral y el yo, en cambio, fueron preparados en la personalidad que conocemos como Jesús natanico, según lo expuesto en las conferencias sobre el Evangelio de Lucas. ¿Como pudo esto realizarse? Hemos visto que ha sido necesario preparar de un modo bien definido las 42 generaciones para lograr los vehículos apropiados para el Jesús del Evangelio de Mateo. Pero también debieron pre­pararse el cuerpo astral y el yo para que mas tarde estos pudiesen unirse con aquellos. Mas adelante veremos como pudieron unirse. Consideremos ahora el sueño con el fin de comprender los preparativos a que se refiere el Evangelio de Lucas. He dicho que es una fantasía que tiene su origen en la cla­rividencia inferior, creer que la "nube" que se observa sobre el cuerpo físico y el etéreo del hombre que duerme, contenga la to­talidad de su cuerpo astral y de su yo. En realidad es así que, durante el sueño, cuando el hombre se halla fuera de sus cuerpos físico y etéreos, el esta expandido en todo el cosmos, o sea, dentro de lo que pertenece a nuestro cosmos. El secreto de nuestro sueño consiste, precisamente, en que del mundo de las estrellas (de ahí que hablamos del cuerpo astral que se halla expandido en el mundo de las estrellas) recibimos las fuerzas purísimas de todo el cosmos, fuerzas que, al despertar, traemos con nosotros para los cuerpos físico y etéreo en que volvemos a sumergirnos. Volvemos entonces del mundo del sueño, fortalecidos por lo recibido del cosmos. ¿ Que es lo que tiene que suceder cuando el hombre de nuestros tiempos, de un modo similar al de la era del Cristo Jesús, adquiere la cla­rividencia en sentido superior? Actualmente es lo normal que el hombre se torna inconsciente cuando su cuerpo astral y su yo dejan los cuerpos físico y etéreo. En cambio, la conciencia clarividente, tiene que lograr la visión con los instrumentos del cuerpo astral y del yo solamente, prescindiendo del uso de los cuerpos físico y etéreo. En tal caso, el hombre clarividente es participe del mundo de las estrellas y lo percibe, pero no solo lo percibe, sino que pe­netra en dicho mundo. De un modo parecido a como la conciencia del esenio se remonta a través de la sucesión de los tiempos, de acuerdo con el orden septenario, así también el hombre actual debe elevarse a través de los peldaños que le capacitan para la percepción clarividente del espacio cósmico. En otras conferencias ya he señalado los peligros del desarrollo tanto en una como en otra dirección. En el fondo, en los esenios fue un descender a los cuerpos físico y etéreo con el fin de encon­trar allí a Dios. Fue así como si alguien, al despertar, no tuviera la percepción del mundo circundante, sino que se sumergiera en los cuerpos físico y etéreo para percibir las fuerzas de estos, lo que significaría percibir de adentro lo que es su naturaleza exterior. Al despertar, el hombre desciende en sus cuerpos físico y etéreo sin ser consciente de ello, pues en el momento del despertar su concien­cia es desviada hacia el mundo circundante, sin dirigirse hacia las fuerzas de esos dos cuerpos. Pero lo importante en los esenios fue que aprendieron a percibir todas las fuerzas provenientes de las 42 generaciones, a distraer la mirada del mundo circundante y a su­mergirse en sus propios cuerpos físico y etéreo, donde percibían lo que allí vivía en el sentido del misterio de las seis veces siete, esto es de las 42 generaciones. De un modo similar, el hombre debe elevarse y ascender al cosmos para conocer los secretos en que éste se basa. Esto es un esfuerzo mas grande. Cuando el hombre des­ciende a su propia naturaleza interior, se expone ciertamente al pe­ligro de someterse a las fuerzas de su naturaleza interior, los deseos, pasiones y todo cuanto haya en el fondo del alma; fuerzas a que el hombre, normalmente, no presta atención; pues, comúnmente, la educación exterior le preserva de conocer esas fuerzas, ni tiene la posibilidad de obedecer a ellas, puesto que al despertar, la mirada es espontáneamente desviada hacia el mundo exterior que se le presenta. Al sumergirse en la propia naturaleza interior, existe el peligro de perderse en las pasiones bajas y las fuerzas egoístas pro­pias, mientras que otro peligro surge cuando se experimenta el "ex­pandirse en todo el cosmos". Para caracterizarlo correctamente podemos decir: para el que experimenta el instante en el que al dor­mirse no se torna inconsciente, sino que su cuerpo astral y su yo le sirven entonces de instrumento para percibir el mundo espiritual, existe el peligro de sufrir una ofuscación, como si uno se enfrentase a los rayos del sol. Tal persona queda ofuscada por la magnitud y ante todo por lo desconcertante de las impresiones. Así como el misterio numérico de las seis veces siete rige en los grados evolutivos de los esenios para conocer lo característico de lo heredado en los cuerpos físico y etéreo, así también existe otro misterio numérico, el cual expresa como el hombre llega al cono­cimiento de los misterios cósmicos, los misterios del universo. Para comprender este misterio, igualmente podemos servirnos de los mo­vimientos, constelaciones e imágenes que en el cosmos existen, o sea, lo que en cierto modo figura inscripto en las estrellas. Así como por seis veces siete grados se llega a conocer los secretos de la naturaleza interior del hombre, así, por otra parte, son doce veces siete, esto es 84 escalones que conducen a los misterios espirituales del espacio cósmico. Al haber pasado por doce veces siete, o sea, por 84 escalones, se llega al punto en que el laberinto de las fuer­zas espirituales cósmicas ya no resulta deslumbrante, sino que el hombre ha llegado a la quietud de orientarse en ese enorme la­berinto. Esto también lo enseñaron, en cierto sentido, los esenios. Cuando en tal sentido el hombre se torna clarividente, se su­merge, al dormirse, en un elemento que encuentra su expresión en el misterio numérico de doce veces siete. Pero al llegar a las doce veces siete ya se halla en lo espiritual, pues al haber cumplido once veces siete grados, ya ha llegado al confín de los misterios. Hemos visto que las siete veces siete ya abarcan lo espiritual; y lo mismo sucede con las doce veces siete. Para llegar por este camino a lo espiritual, el hombre tiene que pasar con su cuerpo astral y su yo por once veces siete escalones. Para expresarlo en el lenguaje de los astros, se toman entonces los siete planetas, y las doce constelaciones del zodiaco, estas ultimas por lo que se experimenta en el espacio cósmico. Tal como los siete planetas se sitúan, ocultándolas, en las doce constelaciones zodiacales, el hombre tiene que pasar por siete veces doce, o mas bien por siete veces once escalones, dentro del espacio cósmico, para llegar a lo espiritual. Esto corresponde a la imagen de la esfera de lo espiritual en las doce constelaciones del zodiaco, con el nombre mismo en el centro. Pero lo espiritual se halla extendido de tal manera que, para alcanzarlo, el hombre no debe empezar a extenderse desde el centro, sino en una espiral, girando, en cierto modo, a través de siete vueltas espirales y, en cada una de ellas, por todas las doce constelaciones zodiacales, quiere decir que debe pasar por siete veces doce puntos. Natural­mente, esto es una imagen simbólica que significa que el hombre, girando de esta manera, llegaría a lo divino-espiritual al pasar por la séptima vuelta zodiacal. De manera que el hombre, en vez de dirigir la mirada desde el centro hacia el cosmos, estará mirando desde los doce puntos de la esfera espiritual para observar lo que existe en el mundo. No basta, pues, situarse en un solo punto de vista, sino en esos doce. Para elevarse a lo divino-espiritual había que pasar, con el cuerpo astral y el yo, por once veces siete es­calones y, al llegar a las doce veces siete, se hallaba dentro de lo espiritual. Para llegar a lo divino, el cuerpo astral y el yo debían pasar por doce veces, o bien, por once veces siete grados. En forma análoga, la divinidad debe bajar por once veces siete escalones, si quiere descender para conferir a un yo las condiciones apropiadas. Por consiguiente, para describir las fuerzas espirituales que trans­formaron al cuerpo astral y al yo en portador del Cristo, el Evan­gelio de Lucas debió relatar como la fuerza divino-espiritual des­cendía a través de once veces siete escalones. Precisamente, puesto que el Evangelio de Lucas nos caracteriza la otra personalidad para la cual fueron preparados el cuerpo astral y el yo, no nos describe - como lo hace el Evangelio de Mateo - seis veces siete genera­ciones, sino once veces siete escalones, por los cuales el Dios mismo (el Evangelio lo dice expresamente) hace descender lo que luego vivió en la individualidad del Jesús del Evangelio de Lucas. Si en este Evangelio contamos los escalones genealógicos a través de los cuales desciende la fuerza divina, se verificará que son setenta y siete. En el Evangelio de Mateo debe aparecer el seis veces siete puesto que en el se describe el misterio que rige en el descender de la fuerza divino que forja los cuerpos físico y etéreo: en el Evangelio de Lucas, en cambio, debe aparecer el once veces siete que concuerda con el descender de la fuerza divina que transforma el cuerpo astral y el yo. Así vemos cuan profundos son estos do­cumentos y que ellos efectivamente se refieren a los misterios de la iniciación: los escalones que lo divino-espiritual desciende para penetrar en una individualidad humana y el elevarse al cosmos como lo describen los Evangelios de Mateo y de Lucas. En la próxima conferencia explicaremos por que en el Evan­gelio de Lucas también hay una genealogía y por que en la época en que muy pocos conocieron el misterio del Cristo Jesús, este Evangelio se refiere, no obstante, a las 77 generaciones que corren desde Dios y Adán hasta el Jesús natanico.
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