El evangelio según san mateo rudolf steiner






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CAPITULO 2

LA SABIDURIA DE HERMES Y MOISÉS

LOS PUEBLOS TURANIO Y HEBREO

Para la comprensión del Evangelio de Mateo1 es de suma im­portancia tener presente que la individualidad cuyo cuerpo trae su origen de Abraham y que por transmisión hereditaria a través de tres veces catorce generaciones, representa, en cierto modo, lo propio de todo el pueblo de los abrahamitas o hebreos, es, para la ciencia espiritual, la misma que la de Zaratrustra o Zoroastro. En la conferencia anterior hemos descripto el mundo externo de Zoroastro, pero será necesario referirnos también a la cosmovisión y las ideas de los círculos en que el actuaba. Pues en las re­giones en que Zoroastro en tiempos remotos obraba, surgió y floreció una cosmovisión muy significativa. Para señalar los profun­dos fundamentos de la cosmovisión de todos los tiempos post-atlan­tes, basta con referirnos brevemente a lo que podemos considerar como la enseñanza del antiguo Zoroastro. La historia corriente ya nos dice que la doctrina de Zoroastro parte de dos principios que se denominan, por un lado, el principio de Ormuzd, el ser luminoso del Bien, y, por otro lado, el de Ariman, la entidad sombría del Mal. Pero la descripción exterior de aquel sistema religioso también afirma que los dos principios, el de Or­muzd, o Ahura Mazdao, y el de Ariman, tienen su origen en un principio común, el de Zervan Akarana. ¿En que consiste este principio primitivo del que traen su origen los otros dos que en el mundo se combaten mutuamente? Zervan Akarana comúnmente se interpreta como "el tiempo aun no creado"; por lo tanto se puede decir: la doctrina de Zoroastro se origina en el principio primitivo que se nos presenta como el tiempo que en el curso evolutivo fluye en plena quietud. Pero esa acepción idiomática excluye preguntar cual seria el origen del tiempo, o de ese curso del tiempo. Es muy importante que se tome conciencia de esta idea: que se puede hablar de algún hecho dentro del universo sin que se jus­tifique preguntar por las causas de semejante principio primitivo. Cuando se habla de alguna causa, el pensar abstracto siempre insistirá en preguntar cual es la causa de aquella y así seguirá preguntando, de modo que buscara eternamente la significación de los con­ceptos. Desde el punto de vista de la ciencia espiritual y por me­dio de una reflexión minuciosa habría que llegar a la conclusión de que al averiguar la causa originaria, es preciso detenerse en de­terminado punto; puesto que seguir preguntando por las causas terminaría en un fútil juego de palabras. En mi CIENCIA OCULTA me he referido de la siguiente manera a este hecho de la teoría del conocimiento: si en un camino se notan surcos, se puede preguntar de que provienen, y se responderá: de las ruedas de un vehículo. Después se preguntara: ¿ por que ese vehículo abrió los surcos?, y la respuesta será: por haber pasado por este camino. Nuevamente se preguntara: ¿ por que paso por aquí ? Quizá se contestará: por­que tuvo que transportar a una persona. Finalmente, se llegara a conocer los motivos por los cuales esa persona utilizo el vehículo; pero aquí habrá que detenerse pues si se siguen averiguando las causas de tal decisión, se malogra la cuestión principal y se queda atascado en un juego de palabras. Lo mismo ocurre en los grandes problemas de la concepción del mundo: en algún punto hay que contenerse; y en las doctrinas del zaratustrismo hay que detenerse en el concepto del tiempo que transcurre en quietud. Pero el za­ratustrismo divide después en dos principios el tiempo mismo; me­jor dicho: hace nacer del tiempo dos principios; el principio luz del Bien que ya hemos caracterizado como el principio de Ormuzd, y el principio de las tinieblas, el principio del Mal, o de Ariman. Este concepto de la antigua Persia se fundamenta en el hondo significado de que todo el mal, todo lo perjudicial en el mundo, lo que llamamos lo sombrío, no fue, originariamente, malo, sombrío, perjudicial. El lobo, por ejemplo, que en cierto modo representa un elemento malo, salvaje, algo en que influye el principio arimanico, el pensar de la antigua Persia lo considera como haberse desarrollado hacia aba­jo desde el momento en que quedaba abandonado a si mismo y bajo la influencia del principio arimanico; vale decir que el lobo pau­latinamente ha descendido de un ser al que no se puede negar el elemento del bien. Según el concepto persa o ario primitivo, toda evolución se basa en que el mal y lo perjudicial se originan en que algo que originariamente, en su configuración de entonces, había sido un factor del bien, conservo esta conformación hasta en una época posterior. Dicho de otro modo: ese ser, en vez de trans­formarse y de progresar, conservo la configuración adecuada al tiempo primitivo. La antigua concepción persa sostiene que todo lo perjudicial, lo sombrío y lo malo tienen su origen en que las cualidades de un ser que en el pasado eran buenas, en vez de cam­biar de acuerdo con la evolución, se conservaron en ese mismo es­tado hasta en tiempos posteriores. Y de la colisión con lo evolucio­nado de semejante naturaleza antigua, conservada hasta tiempos posteriores, nace la lucha del Bien con el Mal, de modo que el mal no lo es en absoluto, sino que es el bien trastrocado; algo que en tiempos anteriores había poseído la naturaleza del bien. Donde lo anterior y lo posterior todavía no se combaten, fluye aun el tiempo no diferenciado, con sus instantes no realmente apartados unos de otros. Esto representa un concepto profundamente significativo, el que encontramos en el zaratustrismo en el seno de uno de los pri­meros pueblos post-atlantes. Lo podemos considerar como el principio fundamental del zaratustrismo que encierra, a la vez, lo que en la conferencia anterior pudimos caracterizar como peculiaridad de los pueblos que se adhirieron a las doctrinas de Zoroastro. Estos pueblos comprenden la necesidad de suscitar el elemento joven, conservándose lo antiguo y, a través de la compensación de lo an­tiguo con lo joven, de alcanzar, paso a paso, la meta del Universo, principalmente la meta de nuestra Tierra. Dicho concepto forma también la base de todo progreso evolutivo dentro de lo que se origina en el zaratustrismo; este, después de haber sido asentado originaria­mente en aquellos territorios, siguió obrando en todas partes de su actuar, de tal manera que hizo manar el contraste de lo antiguo y lo nuevo en todo su obrar; y ya veremos en que forma inmensa influyo sobre la evolución posterior. A Zoroastro o Zaratustra le fue posible influir tan profunda­mente sobre todos los tiempos posteriores, porque durante la época en que se había elevado a la iniciación mas alta de aquel tiempo, también se había formado dos discípulos. Ya los hemos mencionado. A uno de ellos le enseño todo cuanto se refiere al misterio del es­pacio que físicamente se extiende en torno nuestro, o sea, el secreto de lo que existe al mismo tiempo. Al otro discípulo le enseño lo que es el misterio del tiempo que transcurre, los secretos de la evolución. además, cabe señalar que en determinado momento de tal relación entre maestro y discípulo, como en el caso de los dos gran­des discípulos frente a Zoroastro, suele acontecer algo importantísimo, o sea, que el maestro puede ofrecer algo de su propio ser como sacrificio para con sus discípulos. Efectivamente, Zoroastro, tal co­mo el fue en aquel tiempo, dio de su propia naturaleza, su cuerpo astral y su cuerpo etereo, como sacrificio para el bien de sus dos discípulos. Naturalmente, en su mas intimo ser la individualidad de Zo­roastro se mantuvo integramente para futuras encarnaciones. Pero lo que en cierto modo fue la vestimenta astral de Zoroastro, su cuerpo astral de aquel tiempo antiguo post-atlante fue de tanta perfección, compenetrada de toda la entidad de Zoroastro mismo, que no se desintegro como esto sucede en los vehículos astrales de otros hom­bres, sino que se mantuvo intacto. Por lo profundo de la individua­lidad portadora de semejantes vehículos humanos, es posible que estos se conserven intactos, y esto ocurrió con el cuerpo astral de Zoroastro. Y el discípulo que había recibido la enseñanza del espacio y de todo aquello que en forma simultanea compenetra nues­tro espacio sensible, renació en la personalidad que en la historia es llamada Thot o Hermes de los egipcios. Como Hermes o Thot, este antiguo discípulo de Zoroastro no solo debió consolidar lo reci­bido de él en esa encarnación anterior, sino que debió vigorizarlo mediante el cuerpo astral de Zoroastro mismo que había quedado intacto y que le fue incorporado, infundido tal como lo hacen posi­ble los sagrados Misterios. De modo que en el Hermes egipcio te­nemos efectivamente un principio constitutivo de la entidad de Zo­roastro, y mediante este principio, mas lo que él había traído como antiguo discípulo de Zoroastro, Hermes realizó todo lo grandioso y significativo de la cultura egipcia. Para poder cumplir con su misión como apóstol de Zoroastro, debía de haber un pueblo preparado para ello de la manera corres­pondiente. Lo que Hermes, el discípulo de Zoroastro sembró, solo pudo encontrar tierra fecunda en pueblos formados de hombres que de la Atlántida habían emigrado y se habían establecido en el este de Africa, habiéndose conservado mucho de su clarividencia atlante. La particularidad del alma de la población egipcia se encontró en­tonces con lo que Hermes pudo dar, y así se formo la cultura egip­cia, una cultura de peculiar característica. Téngase presente que Hermes había recibido de Zoroastro como preciado patrimonio, todo lo que contiene los secretos de lo que en el espacio existe al mismo tiempo, una cosa al lado de la otra. Con ello, la naturaleza de Hermes contenía lo mas importante de las fuerzas de Zoroastro. En varias oportunidades hemos señalado que por lo característico de su enseñanza, Zoroastro siempre hablo a su pueblo del cuerpo solar, de la luz exterior y del cuerpo físico de la luz del Sol, haciéndole ver que este cuerpo del Sol no es sino la envoltura externa de una suprema entidad espiritual. Quiere decir que Zoroastro había confiado a Hermes los secretos de la esencia que en el espacio forma la base de la Naturaleza, lo que existe al mismo tiempo, pero evo­lucionando progresivamente de época en época. Hermes conoció lo que emana del Sol y que sigue evolucionando por la fuerza del Sol. Esto es lo que Hermes infundió en las almas de los que habían ve­nido de la Atlántida, puesto que ellos mismos como por un don natural, habían entonces percibido los misterios del Sol y en parte lo habían conservado en la memoria. Todo se encontraba en pro­gresiva evolución, tanto las almas que recibían la sabiduría de Her­mes, como así también el mismo. EI otro discípulo de Zoroastro había recibido los secretos rela­cionados con el correr del tiempo, y esto implicaba que también recibía lo que en la evolución se manifiesta como un contraste, una polaridad, como un estancamiento de lo antiguo y lo nuevo. Para este discípulo, Zoroastro también había dado en sacrificio una parte de su ser, sacrificio que aquel recibió en su nueva encarnación. Como ya queda dicho, la individualidad de Zoroastro se mantuvo como tal, pero las envolturas quedaron separadas, intactas, sin di­siparse, ya que una individualidad tan potente les daba coherencia. Este segundo discípulo que había recibido la sabiduría del tiempo no fue otro sino Moisés, y a el le fue incorporado, en un momento de su temprana niñez, el cuerpo etéreo de Zoroastro. Los documentos religiosos que realmente se basan en el ocultismo, contienen todo lo relativo a estos misterios. Efectivamente, antes de recibir las impresiones del mundo circundante, como esto realmente ocurre, debió infiltrarse en su ser la herencia maravillosa de Zoroastro. Esto se nos relata por medio de aquel simbolismo de la arquilla que fue sumergida en el río, un proceder que extrañamente se asemeja a una iniciación; ya que la iniciación consiste en que el iniciando queda aislado del mundo externo por un determinado tiempo durante el cual se le infunde lo que ha de recibir. Justamente, cuando Moisés se encontraba aislado de esa manera, se le incorporo el cuerpo etéreo de Zoroastro, y esto hacia posible que en el apareciese la maravillosa sabiduría del tiempo la que Zo­roastro le había revelado en tiempos pasados. Así fue dotado de esa sabiduría y la pudo reproducir en imágenes apropiadas para su pueblo, como sabiduría del tiempo que transcurre en periodos. Consecuentemente, se nos presentan, dadas por Moisés, las grandiosas imágenes del Génesis como imaginaciones de la sabiduría del tiempo que tiene su origen en Zoroastro: la sabiduría recibida de Zoroastro, renacida en Moisés, y consolidada en su alma por haber recibido la envoltura etérea de aquel. En un proceso de esta índole, tan importante para la evolución de la humanidad, no solo es necesario que haya un iniciado para inaugurar una cultura, sino también que aquello que seme­jante gran individualidad puede dar como germen de tal cultura resulte infundido en el germen adecuado de un pueblo. Con el fin de considerar ese germen o fundamento de su pueblo, conviene es­tudiar cierta peculiaridad de la sabiduría de Moisés. Como discípulo de Zoroastro en una encarnación anterior, Moisés había recibido la sabiduría del tiempo y aquel secreto de que en todos los tiempos lo anterior va al encuentro con lo posterior, produciéndose entonces un antagonismo. Para actuar con esa sabiduría, dentro de la evolución de la humanidad, Moisés debió ha­cerlo en contraste a la de Hermes. Se puede decir que Hermes recibió de Zoroastro la sabiduría directa o sea, la sabiduría solar, el conocimiento de la esencia que misteriosamente vive en la en­voltura física de la luz y del cuerpo solar; dicho de otro modo: lo que toma el camino directo. Moisés, en cambio, recibió la sabiduría que el hombre guarda no en el cuerpo astral, sino mas bien en el mas denso cuerpo etéreo. Con la sabiduría de Moisés no solo se eleva la mirada al Sol, preguntando: ¿que es lo que fluye del ser solar?, sino que también se considera lo opuesto a la luz solar, al Sol como tal; lo que incluye todo cuanto ha devenido terrenal, mas denso; lo que sobre la Tierra aparece como lo arraigado, lo densifi­cado: sabiduría terrestre, la cual, si bien vive en la sabiduría solar, no deja de ser sabiduría terrestre. Moisés había recibido los secretos del devenir de la Tierra, de como el hombre se ha desarrollado y transformado la substancia de la Tierra, después de haberse sepa­rado el Sol de la Tierra. Esto nos explica, si lo consideramos íntimamente, por que en las enseñanzas de Hermes se nos presenta, en cierto modo, el profundo contraste a la sabiduría de Moisés. Quien lo juzgue superficialmente, podrá encontrar que en ambos ca­sos se observan cosas iguales: aquí y allí un aspecto ternario; aquí y allí un elemento cuadriforme. Pero esto no dice mucho, pues seria mas o menos lo mismo que enseñar botánica a alguien, demostrando, por ejemplo, lo que la rosa y el clavel tienen en común, sin hacerse ver la diferencia entre ambos. Es preciso que se sepa en que se distinguen las entidades y así también las sabidurías, la de Moisés y la de Hermes. Ambas partían de Zoroastro, pero así como la unidad se divide en dos y se manifiesta de distinta manera, así también Zoroastro dio revelaciones tan distintas a dos de sus discípulos. En la sabiduría de Hermes encontramos todo lo que proyecta luz sobre el mundo; lo que nos revela el origen del mundo; y como la luz lo ilumina. Pero en ella no encontramos los conceptos para comprender como en la evolución lo anterior ejerce su efecto sobre lo posterior, produciendo el antagonismo entre el pasado y el presente; y como las tinieblas se enfrentan a la luz. En el fondo, la sabiduría de Hermes no contiene la sabiduría terrestre que nos hace comprender como, después de la separación del Sol, siguió la evolución de la Tierra con el hombre que la habita. Esto precisamente fue la misión de la sabiduría de Moisés: enseñar al hombre como siguió la evolución de la Tierra después de la separación del Sol. Moisés tuvo que dar la sabiduría terrestre, Hermes la del Sol. Moisés parte de lo terrenal, pero este se halla separado del Sol y así, en cierto modo, contiene las fuerzas del Sol como sombra de ellas: lo terrenal se encuentra con lo solar. Todo esto implicaba que la sabiduría terrestre de Moisés tuviese que encontrarse concretamente con la sabiduría solar de Hermes, las dos corrientes debieron encontrarse. Esto se describe maravillosamente a través de los hechos exteriores: Moisés nace en Egipto; su pueblo también es conducido a Egipto; los dos pueblos, el de Moisés y el egipcio de Hermes, enfréntanse uno al otro como reflejo visible del enfrentamiento de la sabiduría del Sol y la de la Tierra. Ambas tuvieron su origen en Zoroastro, pero se derraman sobre la Tierra en dos corrientes evolutivas, totalmente distintas, para volver a encontrarse y actuar en conjunto. Ahora bien, cuando la sabiduría que se vincula con los métodos de los Misterios, habla de los mas profundos secretos del acontecer humano y en general, suele hacerlo de una manera peculiar. Frente a las grandes verdades que se refieren no solo al ser humano en sus secretos mas profundos sino también al universo, resulta sumamente difícil transmitirlas mediante un lenguaje corriente. Frecuentemen­te, nuestro lenguaje común es como una traba, pues cada palabra tiene su sentido propio y habitual y así se usa desde hace mucho tiempo; y cuando tratamos de expresar en palabras de ese lenguaje las grandes sabidurías que se nos revelan en el alma, se suscita una lucha contra ese débil instrumento lingüístico el que resulta enton­ces realmente insuficiente. La mas grande trivialidad que se haya dicho en el curso del siglo XIX y de la cultura moderna, mil veces repetida en nuestro época del papel secante, consiste en afirmar que toda verdad genuina puede expresarse de un modo sencillo y que las formas del lenguaje sirven de patrón para establecer si alguien esta o no en posesión de la verdad. Pero tal afirmación solo implica que quienes la sostienen realmente no poseen la verdad genuina si­no la que les ha sido transmitida en el curso de los siglos, simple­mente algo modificada. Naturalmente, ellos no sienten que el lenguaje pueda causar una lucha. Nosotros, en cambio, lo sentimos profundamente cuando tengamos que expresar algo grandioso y ma­jestuoso. En los sagrados Misterios, precisamente se ha dado expresión a los mas profundos secretos, por lo que en ellos siempre se sintió cuan débil es el instrumento del lenguaje y cuan poco apropiado para formar las imágenes correspondientes. En todos los tiempos hubo en los Misterios esta búsqueda de medios de expresión para lo que el alma experimentaba. Los medios habituales siempre fueron los mas débiles; en cambio, los mas apropiados resultaron ser las imágenes que se obtuvieron al dirigir la mirada hacia las vastedades del espacio, o sea, hacia las constelaciones: la salida de un determi­nado astro en un momento dado o, como otro ejemplo, la ocultación de una estrella por otra en determinado momento; en fin, semejantes imágenes resultaron muy útiles para expresar ciertas experiencias del alma humana. Voy a caracterizarlo brevemente. Supongamos que en determinada época hubiese de suceder el gran acontecimiento de que un alma humana llegase a la madurez para sentir en si misma una gran misión a realizar entre los pueblos; o bien que tal pueblo o gran parte de la humanidad hubiese alcan­zado un determinado nivel evolutivo; o también que una gran indi­vidualidad hubiese de obrar dentro del marco de un pueblo. Dicho de otro modo: que la culminación evolutiva de esa individualidad coincidiera con el nivel evolutivo del alma del pueblo. En tal caso, el lenguaje corriente no serviría para expresar los sentimientos de grandiosidad y la importancia de tal acontecimiento; y por esta razón se lo expresaba de la siguiente manera: La coincidencia del máximo grado evolutivo de una individualidad con el mas alto nivel cultural de un pueblo es comparable a que el Sol se halle en la constelación de Leo, de donde nos envía su luz. La imagen de esta constelación servia entonces para expresar el alto nivel evolutivo. Los medios de expresión para la historia de la humanidad y los hechos espiri­tuales se tomaban de la trayectoria de los astros. EI pensamiento trivial podría suponer que en tiempos pasados todos los aconteci­mientos de la historia de la humanidad se hubiesen envuelto mi­ticamente en fenómenos estelares, mientras que en verdad fue así que de las constelaciones se tomaban las imágenes para expresar lo que en la humanidad acontecía. Esta correlación con el cosmos tendría que infundirnos el sen­timiento de veneración frente a todo cuanto se nos comunica sobre los grandes acontecimientos de la evolución de la humanidad y que se nos presenta en imágenes tomadas de la existencia cósmica. Existe una misteriosa relación entre toda la existencia cósmica y lo que ocurre en la vida humana. Lo que acontece sobre la Tierra es imagen refleja del acontecer cósmico. Así también el encuentro en Egipto de la sabiduría solar de Hermes con la sabiduría terrestre de Moisés es, en cierto modo, trasunto de un obrar cósmico. Imaginémonos ciertas influencias del Sol sobre la Tierra y otras que desde la Tierra se reflejan hacia el universo. En este caso, no será lo mismo que los efectos se encuentren a menor o mayor distancia, sino que se producirán efectos distintos, según las condiciones en cada eventualidad. En los Misterios del antiguo Egipto se formo la imagen del encuentro de las sabidurías de Hermes y Moisés, comparándolo con ciertos hechos cosmológicos. Sabemos que en un principio el Sol se separo de la Tierra y que esta, durante algún tiempo, siguió unida con la Luna, hasta que esta ultima también dejo la Tierra, quiere decir que la Tierra envió una parte de si misma hacia el Sol. A este "irradiar" de una parte de la Tierra hacia el Sol fue comparado el singular encuentro en Egipto de la sabiduría te­rrestre de Moisés con la sabiduría solar de Hermes. Posteriormente, la sabiduría de Moisés siguió evolucionando como ciencia de la Tierra y del Hombre, o bien, como sabiduría terrestre, pero acogiendo lo que del Sol como sabiduría directa le llegaba. Sin embargo, solo hasta cierto grado debió compenetrarse directamente de la sabiduría del Sol; ya que después tuvo que se­guir sola y desarrollarse independientemente. Por lo tanto, la sabiduría de Moisés no permanece en Egipto sino que hasta haber acogido todo lo que ella necesitaba acoger: después se produjo el "éxodo de los hebreos" para que aquello que la sabiduría terrestre había recibido de la sabiduría del Sol, pudiese asimilarse y seguir desarrollándose independientemente. Resulta, pues, que dentro de la sabiduría de Moisés hemos de distinguir entre dos elementos: uno en que ella se desarrolla en el seno de la sabiduría de Hermes; en cierto modo, envuelta en esta y acogiéndola incesantemente; luego, se separa de ella para desarrollarse sola, e incluso para asimilar en su propio seno la sabiduría de Hermes. Por este camino pasa a través de tres etapas. ¿Cual es la meta de la sabiduría de Moisés, y cual es su misión? Debió en­contrar el camino de regreso hacia el Sol. Moisés nació con lo re­cibido de Zoroastro como sabiduría terrestre, pero debiendo en­contrar el camino de regreso. Lo busca a través de distintas etapas, compenetrándose primero de la sabiduría de Hermes; luego sigue evolucionando. Para describir esta evolución también será útil ser­virnos de imágenes tomadas de fenómenos cósmicos. Cuando lo acontecido sobre la Tierra vuelve a irradiar hacia el espacio, en su camino hacia el Sol, se encuentra primero con Mercurio. (Aquí cabe señalar que según la terminología oculta hemos de llamar Mer­curio lo que para la astronomía corriente es Venus y viceversa). De modo que, partiendo de la Tierra hacia el Sol, primero se encuen­tra a Mercurio; en segundo lugar a Venus y después al Sol. Quiere decir que a través de experiencias del alma, Moisés debió desenvol­ver de tal manera lo heredado de Zoroastro que esto, en su camino de regreso, pudiese volver a encontrar el elemento solar; y lo que el implantó en la civilización terrenal debió desenvolverse de la manera adecuada a la característica de su pueblo. Los documentos históricos nos dicen que Hermes, mas tarde llamado "Mercurio", dio a su pueblo las artes y las ciencias, o sea, conocimientos y artes en forma adecuada a la civilización de su pueblo. Moisés, en cambio, debió proseguir de una manera distinta, en cierto sentido contrapuesta, para cristalizar la sabiduría de Her­mes-Mercurio. Esto se evidencia en la evolución del pueblo hebreo hasta la época de David, el rey salmista y profeta divino, que se nos presenta como fiel a su Dios, como porta espada y ejerciendo la música: David, el Hermes o Mercurio del pueblo hebreo. Con ello, la corriente hebrea había llegado a la culminación de la sabiduría hermética o mercuriana independiente, quiere decir que en la época de David la primitiva sabiduría de Hermes había llegado a la región de Mercurio. Después, la sabiduría de Moisés debió seguir su orbita retrograda hasta la "región de Venus", si cabe decirlo así. El hebraísmo alcanzó la región de Venus en la época en que esta corriente debió vincularse con un elemento bien distinto, esto es, con la corriente que en cierto modo irradiaba desde el lado opuesto. Así como en su camino al Sol el reflejo de la Tierra hacia el espa­cio se encuentra con Venus, así también, en el cautiverio de Ba­bilonia, la sabiduría de Moisés se encontró con lo que irradiaba desde el lado asiático. En el cautiverio de Babilonia, la sabiduría del pueblo hebreo se encontró, debido a su particular evolución, con lo que en forma mas bien atenuada se manifestaba en los Miste­rios de Babilonia y Caldea. Como si un peregrino, conociendo la Tierra y partiendo de ella, primero hubiera penetrado en la región de Mercurio y después en la región de Venus, para allí recibir la luz solar incidente, así también la sabiduría de Moisés recibió, du­rante el cautiverio de Babilonia, lo que directamente había ema­nado de los santuarios del zaratustrismo para pasar, en forma ate­nuada, a los Misterios y la sabiduría de los caldeos y babilonios: así se unió la sabiduría de Moisés con lo que había penetrado hasta la región de los ríos Eufrates y Tigris. Y allí sucedió algo mas. En los lugares en que tuvo que asentarse la sabiduría de los hebreos durante el cautiverio, Moisés, no el mismo sino la sabiduría que el había dejado a su pueblo, se reunió directamente con la sabiduría solar, puesto que los Misterios de esa región enseñaba, durante esa época, Zoroastro reencarnado. En la época del cauti­verio de Babilonia se había reencarnado Zoroastro mismo y allí enseñaba, para volver a recibir una parte de la sabiduría que ante­riormente había cedido. Como Zarathas o Nazarathos fue el maes­tro de los judíos durante el cautiverio. De esta manera se reunió la sabiduría de Moisés con lo que Zoroastro mismo había alcanzado después de haber pasado de los Misterios mas lejanos a los lugares del Asia Occidental, donde el como Zarathas o Nazarathos fue el maestro de los discípulos ini­ciados en Caldea como asimismo de los que allí recibieron la fecundación de la sabiduría de Moisés. En las escuelas de la antigua Babilonia, donde también fue el maestro de Pitágoras, Zaratustra no pudo enseñar sino sirviéndose de un cuerpo como instrumento adecuado, concordante con la época. Para expresar la plena sabiduría solar, anteriormente transmitida a Hermes y Moisés, ahora en forma nueva en concordancia con el correr de los tiempos, debió encarnarse en una corporalidad que le sirviera de instrumento digno, adecuado al progreso de la época. Solo en un cuerpo concordante con las condiciones de la antigua Babilonia le fue posible a Zaratustra volver a producir lo que en­tonces transmitió a Pitágoras, a los eruditos hebreos y a los sabios caldeos y babilonios, los que en el siglo VI antes de nuestra era fueron capaces de escucharle. Con respecto a lo que Zoroastro pudo enseñar, fue realmente así como si la luz solar fuese interceptada por Venus sin llegar directamente a la Tierra; fue así como si la sabiduría de Zoroastro no se manifestase en su forma primitiva sino en forma atenuada. Pues, para que esta sabiduría pudiese obrar en su forma originaria, fue necesario que Zoroastro mismo se encarnase en un cuerpo apropiado; y este solo pudo lograrse de una manera singular la que puede caracterizarse de la siguiente manera. En la conferencia anterior hemos expuesto que en Asia hubo tres distintas poblaciones: la indica en el sur, la irania y la nord- asiática de Turan. También hemos señalado que estas tres distintas almas de los pueblos se originaron en que la corriente nórdica de la población atlante se dirigía a Asia donde mas tarde se dividió en distintas direcciones. Mas otra corriente pasaba por Africa llegando, en sus últimas ramificaciones, hasta el elemento turanio. Donde se encontraron la corriente nórdica - de la Atlántida hacia Asia - y la otra que pasaba por Africa, surgió una mezcla singular, pues allí se forma la peculiaridad de un pueblo que mas tarde se convirtió en el pueblo hebreo. Con el ocurrió algo particular. Todo aquello que en ciertos pueblos se había transformado en una cla­rividencia astral-etérea decadente y perjudicial en su fase final, tomo entre la gente que pertenecía al futuro pueblo hebreo, la dirección hacia lo interno. En el pueblo hebreo todo esto, en vez de manifestarse exteriormente como remanente de la antigua clarividencia atlante, se transformo de tal manera que llego a obrar orgánicamente dentro del cuerpo humano. Lo que anteriormente, por conservarse, se manifestaba como un elemento de clarividencia decadente, cual un elemento de carácter arimanico, había progresado de una manera correcta, transformándose, en lo interno del ser humano, en fuerza activa y organizadora. En el pueblo hebreo, en vez de manifestarse como clarividencia rezagada, esa capacidad actuó organizando la corporalidad, haciéndola conscientemente mas per­fecta. Lo decadente en los turanios obraba como fuerza progresiva y transformadora en el pueblo hebreo. Lo que a los atlantes había dado la fuerza para la visión espiritual del espacio y de regiones es­pirituales, influyo sobre el pequeño pueblo hebreo de tal manera que el resultado se evidencio en lo interno, formando órganos corpo­rales; y así pudo manifestarse dentro de la sangre del pueblo hebreo como la conciencia de su relación con Jehová, la conciencia divina interior. Este pueblo encontró a su Dios extendido en el espacio y viviendo en su interior, en la pulsación de la sangre. En la conferencia anterior hemos caracterizado el contraste en­tre iranios y turanios y ahora vemos la relación entre turanios y hebreos; y lo decadente en aquellos lo vemos en su progreso, lo vemos pulsar en la sangre del pueblo hebreo como en su verdadero elemento. Lo que el antiguo atlante había visto, surge ahora como sentimiento interior que encuentra su expresión en la palabra Yahvé o Jehová. EI Dios que a la clarividencia atlante se revelaba detrás de todos los seres, vivió, invisible, en el sentimiento interior y en la sangre a través de las generaciones de Abraham, Isaac y Jacobo; el dios que obro en el destino de estas generaciones. De esta ma­nera, lo externo se transformo en experiencia interior y, en vez de muchos nombres distintos, se le dio ahora el nombre único: "Yo soy el yo soy". EI hombre atlante lo había encontrado por doquier, fuera de si mismo, en el mundo exterior; el hebreo, en cambio, lo encontró en el centro de su propio ser, en su Yo, y lo experimentó en la sangre que corre a través de las generaciones. El dios del gran universo fue entonces el dios del pueblo hebreo, el dios de Abraham, Isaac y Jacobo. Así se fundo el pueblo hebreo de cuya singular misión dentro de la evolución de la humanidad trataremos en la próxima confe­rencia. En la presente solo pudimos referirnos al primer aspecto de la sangre de dicho pueblo como producto concentrado de todo cuanto el hombre de la época atlante había percibido como su mun­do circundante. Veremos entonces que secretos hay detrás de lo expuesto y llegaremos a conocer la peculiar naturaleza de ese pueblo del que Zoroastro tomo el cuerpo para el ser que se ha llamado Jesús de Nazareth.
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