Nuestro sistema nervioso está preparado pare enfrentar situaciones difíciles, de una manera siempre igual, estereotipada y comparable, tanto sea en una






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CÓMO HABLAR EN PÚBLICO

 

Capítulo 1. Miedo Oratorio

Nuestro sistema nervioso está preparado pare enfrentar situaciones difíciles, de una manera siempre igual, estereotipada y comparable, tanto sea en una circunstancia de peligro físico, como de stress emocional importante.

El factor de mayor valor, responsable de todas las reacciones, es una rápida descarga de adrenalina que liberan las glándulas suprarrenales, y que como primera manifestación física, acelera e! pulso, eleva la presión arterial y libera glucosa proporcionando una fuente de energía adicional de la que en el acto pueda disponerse. Esta reacción es normal y necesaria. Si no la tuviéramos frente a una emergencia tendríamos una marcada inferioridad de condiciones físicas.

El cuerpo no entiende la diferencia entre exigencias intelectuales, emocionales y físicas. Cada vez que el cerebro transmite una exigencia, se produce una descarga de adrenalina que prepara a todo el organismo pare la emergencia. Alerta es la palabra. Cada sistema, cada órgano, cada célula, está dispuesta a rendir el máximo de su potencial.

Los psicoanalistas distinguen claramente el miedo de la angustia. El primero consiste en una reacción normal frente a un peligro que realmente existe, mientras que la angustia se refiere al miedo sin objeto real. Es absolutamente necesario conocer nuestras sensaciones para poder comprenderlas y dominarlas. No nos equivoquemos, eso que sentimos al enfrentar un auditorio es miedo. No es angustia. Es sólo el miedo natural normal que debemos sentir frente a una situación de stress emocional. Es el miedo saludable de asumir un compromiso en el que se juegan muchas cosas: nuestro prestigio y la responsabilidad de quien nos ha invitado.

Es miedo respetuoso del auditorio que nos escucha. Es miedo digno de una empresa que se nos ha confiado, y que merece este alerta que nos impone nuestro cuerpo.

 

No se preocupe; tenga miedo.

Este título de un artículo de Gabriel García Márquez, nos viene justo para el concepto que queremos afirmar en estas páginas.

El miedo profesional es el que padece toda persona en el momento que afronta la realidad de su profesión.

Es normal que le tiemble la mano al cirujano cuando comienza una operación difícil; es normal que se crispen los puños de un piloto apretando el volante a la hora de la largada; es normal que le flaqueen las piernas al boxeador cuando suena la campana; es normal y saludable que nuestro pulso se acelere y nuestra boca se seque cuando afrontamos el compromiso de hablar en público responsablemente. Seguro que a medida que se concentren en lo suyo se afirman las manos del cirujano y del piloto, las piernas del boxeador y se serene el pulso del orador ni bien note que lo escuchan con atención, que lo que dice tiene sentido, que está volcando sin contratiempos lo que preparó con esmero y dedicación para ese día.

Lo que ocurrió no fue otra cosa que la vibración natural del arco cuando se tensa con fuerza antes de partir la flecha. Después se ablanda, serenamente se cumple su destino.

  

1.      ORADOR

A.     PERSONALIDAD ("Usted es usted")

El factor más importante de una conferencia es el orador

Nunca se excuse

Cuidado con la gracia

La mirada, complemento indispensable

Poner en juego el silencio

A.     PERSONALIDAD ("Usted es Usted")

 

La psicología afirma la premisa de que la personalidad contribuye más que la inteligencia al éxito y a la felicidad en la vida.

Para hablar bien en público afirma Ander Egg son necesarias dos condiciones básicas:

tener una personalidad bien definida: la propia identidad personal es la exigencia fundamental para la comunicación de un mensaje;

estar preparado en el tema que quiere trasmitirse.

La tarea de hacernos creadores implica necesariamente afianzarnos en nuestro estilo personal, fortalecerlo y mejorarlo. Pero no cambiarlo. En oratoria, la imitación es suicidio.

Creemos que la capacidad de hablar en público es una equilibrada combinación entre lo innato y lo adquirido. No se puede negar que ciertas cualidades o dones naturales facilitan la tarea de quien se propone aprender a hablar en público; pero no es menos cierto que esas cualidades pueden cultivarse con esfuerzo y dedicación. La historia y nuestra vida moderna constituyen elocuentes ejemplos de esta realidad que ya no se cuestiona. Cualquiera sea la condición natural que se tenga, es posible aprender a hablar en público. Basta proponérselo con seriedad, y dedicarle tiempo y preocupación. Tiene plena vigencia el pensamiento que el romano Quintiliano dejó definitivamente establecido en una frase inmortal: "El orador se hace, el poeta nace".

Alguna vez leí esta frase de Paul Meyer y la copié, sin pensar que podría reproducirla hoy a propósito de nuestro tema:

"Todo lo que vívidamente imaginemos, ardientemente deseemos, sinceramente creamos y entusiastamente emprendamos... inevitablemente sucederá".

Y comencemos ya. Tomemos notas. Subrayemos. Destruyamos este manual sin vacilar, si nos sirve para nuestro propósito. Simplifiquemos. Premisas prácticas, sencillas, como ésta:

 

El factor más importante de una conferencia es el orador.

Antes de hablar debe hacerse una cuidadosa inspección, y resolver cuál es el mejor lugar desde donde hacerlo. La luz debe darnos sobre la cara. El público quiere ver bien al orador. y si es posible de cuerpo entero. Las minúsculas alteraciones de nuestro rostro, son una parte muy importante del proceso de la expresión. Sin lugar a dudas la parte visible de un mensaje es, por lo menos, tan importante como la audible. La comunicación no verbal es más que un simple sistema de señales emocionales, y no puede separarse de la comunicación verbal. Ambas están estrechamente vinculadas entre sí. La vista y el oído están integrados en el mensaje que quiere transmitirse. Y quien lo recibe, conciente o inconscientemente, integra las sensaciones y las interpreta mediante lo que se ha dado en llamar un "sexto sentido".

El orador tiene que ser el centro de atención. Es muy frecuente ver que el temor al auditorio nos lleve en principio a pretender escondemos detrás de una mesa, un atril, una lámpara. ¿Se dan cuenta ahora de todo lo que está perdiéndose? No menos que la mitad de nula posibilidad de trasmitir nuestro mensaje. Albert Mehrabian, un estudioso de la comunicación no verbal, llega a la siguiente conclusión: "El impacto total de un mensaje es verbal en un 7%, 38% vocal (tono, matices, y otros sonidos) y 55% es no verbal. No sólo debemos estar a la luz, de pie y sin nada que nos oculte, sino que en lo posible la atención del público no debe compartirla nada ni nadie. Tratemos de estar solos frente al auditorio. La suerte ya está echada. Porque quise, porque me lo propuse, acepté el desafío. Ahora no me oculto. Francamente me juego. El público así lo entiende. Y comienza por algo que es un punto a favor muy importante: nos respeta.

 

Nunca se excuse

Ese respeto que comenzamos ganando, se pierde ante la primer palabra de excusa por parte del orador. Prohibido excusarse. Quizá debería decir mejor, prohibido tener motivos para excusarse. Si yo, como Ud., que estamos tan ocupados, hemos arreglado nuestros compromisos, hemos pospuesto quizá interesantes programas para venir a escuchar esta conferencia, no estamos dispuestos a disculpar a un orador que presenta sus excusas por lo que fuere. Si aceptó su compromiso, no tiene perdón que no haya sabido asumirlo.

Uno de los médicos de mi Servicio se excusó una vez frente al calificado público de un curso de post grado diciendo:

"... lo siento mucho, el libro más importante sobre este tema me llegó tarde. No tuve tiempo de preparar diapositivas, ni de armar una conferencia más prolija...".

Esto es lisa y llanamente una falta de respeto por el público y su tiempo. E1 orador ya perdió. Quiero irme. Ya no me interesa lo que nos diga.

Muy distinto es si algo le pasa en el curso de una conferencia bien planeada, concientemente preparada. Si se equivoca o se olvida, no intente disimularlo u ocultarlo. Allí sí puede excusarse sin temor. Puede consultar sus notas sin pudor. El público es humano e inteligente. Seguro lo comprende, se identifica con Ud. y lo apoya con cariño.

 

Cuidado con la gracia.

Aquí no voy a decir nada que Ud. no sepa. Es más, de ese tema nadie sabe nada de lo que Ud. sabe. Ud. sabe si es capaz de hacer reír, si sus anécdotas resultan divertidas, si sus chistes son graciosos. Pregúnteselo ahora y conteste con honestidad. Si la respuesta es afirmativa, tiene ya una gran ventaja en el tema que nos ocupa. Su gracia natural puede ayudarlo mucho en su tarea de convertirse en orador.

Algunos de los textos de oratoria consultados, especialmente los de origen norteamericano, admiten como dogma que hay que iniciar una conferencia de cualquier tipo que sea con algo de humor que alivie la tensión inicial del orador y del auditorio. Es cierto, puede ser valioso, resultar simpático. Pero ¡cuidado! Tome conciencia de sus limitaciones. Pronunciar una frase cómica, contar una anécdota, introducir un comentario ingenuo en un tema serio, son situaciones muy arriesgadas para un orador que no sea gracioso por naturaleza.

Y ser gracioso es un don. Se tiene o no se tiene. Y en consecuencia se usa o no se usa. No es un ingrediente necesario en una conferencia o un discurso. Es sólo un instrumento para aquellos que saben emplearlo. Quizá el ejemplo más claro de elocuencia didáctica, con la aplicación de su excelente humor y con el resultado más eficaz, lo haya encontrado en la práctica, en las conferencias del Dr. Carlos Bruguera. Sus clases de diagnóstico por imágenes difícilmente puedan olvidarse. Su mejor auxiliar es su gracia natural. Tanto mal haría Bruguera si no la usara, como aquel que pretendiera usarla cuando nunca la tuvo.

Y un último consejo. Es quizá al frente de una tribuna cuando más importa mantener el buen gusto y evitar alusiones políticas o religiosas. Si una historia está en el límite, debe rechazarse.

 

La mirada, complemento indispensable

El comportamiento ocular es quizá la forma más sutil del lenguaje corporal. Se trata de un idioma mudo que posee sus propias reglas gramaticales, innatas y adquiridas; un código descifrable incluso por los niños antes de tener la posibilidad de hablar. Los pediatras bien sabemos de la importancia que tiene la mirada de una madre a su hijo prematuro en la incubadora, de una madre a su niño durante la lactancia. Allí se juega mucho más que un momento, de ese encuentro tan íntimo en la relación madre hijo depende muchas veces la salud física y el equilibrio emocional futuro de un hombre.

Desde nuestra primera infancia aprendemos inconscientemente a emitir y recibir mensajes con la vista. A través de los ojos, el individuo puede transmitir actitudes y sentimientos. Su mirada forma parte del vocabulario expresivo por medio del cual revela su propia personalidad y su vida interior.

En el reino animal, el dominante disfruta de más espacio visual. Cada vez que dos animales cruzan la mirada y uno la desvía, confirman el lugar que a ambos le corresponde en la jerarquía de dominio.

La mayor parte de los animales amenaza a sus enemigos cor los ojos. Por esta misma razón el apareamiento lo realizan con lo ojos cerrados, en una clara manifestación de que voluntariamente "bajan la guardia".

En los seres humanos pasa algo similar. E] ejecutivo se considerará con derecho a mirar abiertamente a su secretaria, y esta al cadete. La persona arrogante y orgullosa mira a los demás de arriba hacia abajo. El inseguro, el humilde, el "acomplejado" mira tímidamente de abajo hacia arriba. El desinterés se demuestra con una mirada vaga e intranquila, lanzando breves vistazos furtivos de un lado a otro, denotando aburrimiento o falta de concentración. En la relación social es bien sabido la poca confianza que inspira la persona que no mira a los ojos. La mirada huidiza y evasiva es sinónimo de mentira e inseguridad.

Una mirada franca y directa, por el contrario, es la señal más clara para expresar que se ha establecido contacto con el interlocutor, y que complace el encuentro.

Para el que habla en público es imprescindible que la mirada juegue el mismo papel que en la vida social.

Cuando formamos parte de un auditorio nos sentimos ofendidos y casi insultados cuando el orador no levanta los ojos de sus papeles, o mire obstinadamente las cosas, e! techo, el pizarrón, etc., en lugar del auditorio.

Hay que mirar al público sin cesar. Mirarlo a los ojos, con sencillez y normalidad, cambiando de interlocutor, nunca en forma demasiado fija, atemorizada o poco natural. Mirarlo como a un amigo. El auditorio no habla, pero en sus ojos anida toda una conversación. Es necesario aprender a escucharlo.

La observación visual de nuestro auditorio es un feed back, un continuo vaivén. Ives Furet ("Saber hablar, en cualquier circunstancia") establece sobre ese tema una acertada comparación con la conducción de un automóvil:

"La mirada juega en la expresión oral, el mismo papel que para el conductor de un automóvil. Ella es quien posibilita que nos demos cuenta cuando hay que acelerar o frenar, la que nos impone las señales y por su intermedio sabemos si estamos o no en la ruta acertada, que nos conduce al fin que buscamos."

 

Poner en juego el silencio

Primer silencio: el del comienzo.

Nunca debemos comenzar enseguida que se nos da la palabra. Esta quizá es la premisa que distingue de inmediato a un principiante de un orador experimentado. Si hay algún ruido o movimiento, espere que cese. La sala en silencio total. Observe a su público durante unos diez segundos. Mírelo a los ojos con actitud amable. Comience a hablar en voz baja.

En el curso de una conferencia es por e! silencio y en el silencio, el momento que el orador es más expresivo. El virtuoso del violín Isaac Stem, respondió a una pregunta sobre por que si todos los músicos profesionales sabían ejecutar las notas correctas en el orden correcto, no todos eran brillantes, diciendo: "Lo importante no son las notas, sino los intervalos que hay entre ellas."

Los mejores oradores, como los mejores músicos, son los que conocen el valor de! silencio.

B. ESTILO

Verdad

Claridad

Vitalidad

Estilo

B. ESTILO

El vocablo estilo viene del latín stilus y del griego stylos, punzón para escribir en tablas enceradas. Excelente traducción a la actual acepción de la palabra. Cada persona que escribe tiene su propio estilo (punzón) pare poder hacerlo. Como las impresiones digitales, nadie escribiría o hablaría sobre un tema de una manera idéntica a otro individuo. Su personal estilo es el fruto de la idiosincrasia, el estudio, las vivencias, los triunfos y los fracasos de toda una vida.

Es clásica, sin embargo, una primera división del estilo oratorio, en cuanto a la cantidad de palabras y extensión de los pensamientos, y en cuanto al adorno. La primera viene de los atenienses: mensaje claro, conciso, breve. Estilo ático. Los pueblos del Asia empleaban muchas ideas, sinónimos, imágenes, frases ampulosas. Estilo asiático. Los habitantes de Rodas utilizaban un estilo intermedio, ni tan conciso, ni tan florido. Estilo rodio.

Sin duda la oratoria ática es la que mejor se adapta a las características más buscadas en la oratoria moderna.

La palabra hablada por naturaleza esta sujeta a condiciones distintas que la palabra escrita. No se habla como se escribe. Por esta razón el discurso escrito pare ser leído, debe componerse de acuerdo a las características del estilo hablado.

El estilo oratorio tiene su propias leyes, que no son las mismas de la lengua escrita. La lengua oral permite, más aún, necesita suspensos, repeticiones, silencios, etc., que son desaconsejables en la composición escrita.

Quienquiera que haya tenido que corregir la versión taquigráfica o grabada de una conferencia propia, comprenderá lo difícil que resulta adaptarlo a la lectura, y hasta es muy probable que le cueste reconocer en esa versión su propio estilo escrito.

Tomamos de Carlos Loprete las cualidades que consideramos esenciales en el estilo de la oratoria moderna y que resumimos en: verdad, claridad, belleza y vitalidad.

 

Verdad

La verdad en oratoria debe estar firmemente impresa en los principios de quien comienza con esta nueva inquietud.

Verdad por principios, seguro, ante todo. Pero verdad también como técnica oratoria. O lo que es lo mismo, no debe ni puede engañarse al auditorio. E1 orador no es un artista que por su trabajo debe interpretar la pena, la ira, la fe o el entusiasmo. El orador es un hombre que transmite con mayor o menor habilidad su pensamiento, pero siempre, en todos los casos, debe hacerlo con absoluta sinceridad.

Por eso no debe ni puede fingir que sabe si no sabe; que tiene entusiasmo o interés, si no lo tiene; que existe acuerdo entre lo que piensa y lo que dice, si ésta no es la estricta verdad.

Un estilo que no sea verdadero no tiene ninguna probabilidad de imponerse, porque no brota del alma, porque no tiene el fuego de la convicción, porque no tiene la fuerza interior ni el vigor de lo auténtico. Lincoln aclaraba este concepto cuando le hablaba a los políticos que lo acompañaban en su gestión, diciéndoles: "Se puede engañar a todos algún tiempo. Se puede engañar a algunos todo el tiempo. Pero no se puede engañar a todos todo el tiempo".

Debemos hablar como nos es natural, con nuestro propio estilo, y emplear los recursos y técnicas aprendidas a medida que ellos vayan incorporándose a nuestro convencimiento de que son de valor para apoyar, fortalecer o mejorar la manera de transmitir nuestra verdad.

Nadie puede dar lo que no tiene. Si sé, transmito seguridad. Si soy sincero, transmito confianza. Si tengo entusiasmo, transmito interés. Si tengo algo que decir, seguro soy elocuente.

 

Claridad

La verdadera elocuencia debe ser clara, nítida y en ella importa el pensamiento, mucho más que las palabras.

La claridad en la expresión, implica una equivalente claridad de pensamiento.

No tenga miedo de ser sencillo. Es de buena técnica tratar de transmitir nuestras ideas con las formas mas sencillas de expresión, evitando las figuras rebuscadas, las frases floridas, las palabras difíciles.

Atención que no decimos pensar simple, sino expresar con simplicidad aún el pensamiento más profundo.

Somos naturales y simples, cuando expresamos ideas sin denunciar un penoso trabajo de elaboración y hablamos sin afectación.

 

"El estilo natural nos admira y encanta ha dicho Pascal— porque esperamos encontrar un autor, y nos sale al paso un hombre.

Es mejor bajar la mirada para ser entendido, que subirla para ser admirado.

Belleza

Compartimos con Loprete el criterio que toda conferencia puede ser bella. Aún la más especializada, de alto vuelo científico Una conferencia es bella cuando está bien organizada, es sobria demostrativa, clara y si es posible, algo elegante.

La belleza en materia oratoria suele ser mal interpretada. No hablamos de grandilocuencia ni espectáculo, sino por el contrario de mesura y sobriedad. Pero tampoco la mesura debe intepretarse como seca inexpresividad.

La belleza está en la difícil meta de un ajustado equilibrio, en el que tienen positivo valor lo que uno tiene para decir y la forma en que lo transmite. Lo primero será estrictamente suyo. Para lo segundo podemos ayudarlo a través de la experiencia de muchos, que tratamos de sintetizar en estas páginas.

Pero ese ajustado equilibrio que le da belleza a nuestra palabra, no puede improvisarse ni estudiarse. Va mucho más allá de nuestra inquietud por la oratoria. Esta en e] fundamento filosófico de nuestra propia vida. ¿Cómo puede lograrse una mirada equilibrada, un movimiento armónico, una voz serena, una sonrisa de paz interior? Se nos va la vida en esa empresa.

Así el hombre extiende a su propia vida la exigencia de sinceridad, claridad, equilibrio y vigor propios de la elocuencia ética.

Cada uno habla como vive, y vive como habla.

 

Vitalidad

Vitalidad, actividad, entusiasmo.

Premisas que deberían estar impresas en el orador desde sus primeras palabras.

Debemos entender que si frente a nosotros alguien va a enfocar un tema determinado, es porque el tema lo domina a la perfección, y siente por el auténtico entusiasmo. Y si esto es cierto, ya está, ya ganó. Su conferencia será un éxito para él y para su complacido auditorio.

El orador realiza una tarea incompleta cuando sus palabras carecen de vida. Y qué es la vida sino la suma de emociones contradictorias muchas veces: alegría, tristeza, amor, ira, generosidad, entusiasmo. Hablamos ya lo hemos dicho con todo nuestro cuerpo. A veces una mirada, un gesto, un movimiento de las manos dicen más que la palabra. Cicerón llamaba a esto la elocuencia del cuerpo.

Para mí es fácil escribir sobre esto, porque lo creo firmemente. Y lo creo con toda la fuerza que da una experiencia de muchos años. Ocurre que desde hace casi veinte años nos reunimos un grupo de amigos en una peña, con todos sus estatutos y leyes, que llamamos "E1 Sótano", porque en sus comienzos las reuniones se hacían con un asado en el sótano de mi consultorio. Pero todo esto viene a que una vez por mes tenemos un invitado que hable durante 30 minutos de un tema de su interés, que el mismo fija. Pocos de ellos tenían previa experiencia oratoria, pero todos han sido brillantes: autopistas, si o no en la Ciudad de Buenos Aires, por un experto internacional en el tema, tan debatido en su momento; el fuego y cómo combatirlo, por un fabricante de matafuegos, que encendió y apagó los distintos tipos de fuego en una demostración difícil de olvidar, la discusión del Beagle, por un enfervorizado patriota, amante de la historia y de la geografía; la práctica de tiro, por un entusiasmo que lleva todas sus armas, y nos enseñó a disparar con balas de fogueo; y muchos otros que han hecho interesantísimas esas reuniones de amigos.

¿Por qué hablaban todos tan bien? Só1o porque el tema era su hobby, su trabajo o e interés especial de su vida.

La palabra hablada debe tener vitalidad, fuerza, calor. Para cada uno de nosotros habrá temas que en oratoria seguro nos conducen al éxito; nuestra verdadera inquietud, nuestro entusiasmo y manifiesto.

Quizá con todos estos elementos de juicio, con la fundamentación hecha del estilo oratorio, ya no nos queden dudas que se habla de la misma forma que se escribe. Todo lo dicho hasta ahora es válido, cualquiera sea nuestra intención al dirigimos público. Son premisas que no se discuten, que tienen vigencia valor en toda circunstancia. Pero son solo la base, los pilares estilo oratorio.

Cabe la posibilidad de tener que hablar en público en distintas actividades de la vida moderna. Como docente, político o miembro de una comunidad social es muy frecuente que debamos afrontar el compromiso. En cada circunstancia es preciso tener claro que existen diferencias notables que deben ser tenidas en cuenta adecuando nuestra actuación a las circunstancias.

Como docente la manera habitual en nuestro medio de dirigirse al público es la conferencia. La conferencia es por lo general una sola, consta de una sola exposición, y por lo tanto el público es desconocido . En mi actividad docente universitaria de pre y post grado, ha sido ésta prácticamente la forma habitual de trabajo.

A esta forma tradicional se añaden otras que, en los tiempos actuales, han cobrado mucho auge: el coloquio, el grupo de discusión, la mesa redonda, el simposio, el foro y el debate, son modernas técnicas de enseñanza que consisten en la utilización del diálogo entre un grupo reducido de personas, con un intercambio activo entre todos sus participantes. Dedicaremos un capítulo especial para precisar las características peculiares de cada modalidad de docencia.

La oratoria de un político líder tiene mucho de don natural y muy poco de perfeccionamiento adquirido. Desarrollaremos más este punto en el capítulo correspondiente a adecuación al auditorio. Pero no en todos los casos un político debe ser necesariamente un líder. Lo habitual es que en los partidos políticos se necesiten hombres capaces de dirigirse al auditorio con fines doctrinarios, o con fines de actuar en debates partidarios o en compromisos públicos, ta1 como ocurre en la actividad parlamentaria. En estos casos valen todas las premisas desarrolladas y a desarrollar en el presente trabajo.

El orador social es el hombre que asume con responsabilidad el compromiso que le impone con frecuencia la vida en comunidad, festejos, inauguraciones, aniversarios, despedidas, etc. Son discursos de ocasión, que deben respetarse con el mismo cuidado con que se respeta la ocasión en sí misma.

Contrariamente a lo que puede suponerse, implica no sólo hechos alegres, sino también solemnes y en algunos casos tristes, como los actos recordatorios y las oraciones fúnebres.

En la gran mayoría de los casos, el orador social conoce previamente su responsabilidad, y puede y debe prepararse pare la ocasión. Siempre que sea posible, es necesario tener bien claro lo que piensa decirse. Eso es respeto por el acontecimiento y por el auditorio. Pero no es menos cierto que en algunas circunstancias no hay más remedio que improvisar. No había manera de suponer con anticipación que seríamos señalados para hablar en ese acto.

 

C. TECNICA DE IMPROVISACIÓN

Elija como idea central esa que usted siente.

Hable de una experiencia de su vida.

Busque las ideas accesorias en el auditorio mismo, la ocasión y el orador anterior.

 

C. TÉCNICA DE IMPROVISACIÓN

La improvisación en sí tiene características que le son propias, y su estilo reconoce prolongados esfuerzos de formación, práctica y tenacidad. A la palabra espontánea, deshilvanada, sin una idea central, llaman improvisación sóIo quienes no saben nada de oratoria.

No basta ponerse de pie y llenar los minutos con frases sin sentido, o con deshilvanados lugares comunes: "aunque esto me toma por sorpresa..."; "No estoy preparado..."; "No pensé que sería yo el encargado de hablar...". Esto último tampoco es demasiado cierto. En la mayoría de los casos, la persona señalada tiene sobrados motivos pare sospechar que va a ser la indicada para hablar, y en este caso debió haber pensado lo que va a decir. Pero puede ocurrir – y ocurre a veces—que el orador es tomado desprevenido.

Y en este caso, ¿que hacer?, ¿cómo me organizo?, ¿de qué manera afronto el compromiso?

Siéntase Ud. mismo señalado. Alguien con la mejor intención de distinguirlo, lo Ilama por su nombre. Se le pide que hable en la ocasión. Una rápida descarga de adrenalina lo pone alerta. Debe afrontar la emergencia. Trate de mantenerse sereno. No se apure. Nunca se excuse. Use el silencio inicial buscando la idea madre sobre la que quiere fundamentar sus palabras. La idea puede ser amistad, amor, felicidad, evocación, libertad o cualquier otra en general abstracta y significativa para la ocasión. Ya está, esa es la idea central. A su alrededor tres o más ideas distribuías en la introducción o en la conclusión, harán del discurso improvisado una estructura coherente, en la cual se dijo algo que uno siente. Y ya lo hemos dicho, si uno siente que tiene algo que decir, seguro que es elocuente.

 
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