La joven que amaba la lectura con pasióN






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LA JOVEN QUE AMABA LA LECTURA CON PASIÓN



Mercedes limpió la tienda con rapidez. Recogió en un saco los restos del pan, la repostería endurecida y las migajas desperdiciadas durante el día. Y en una demostración reflexiva sobre su capacidad de sacrificio, fregó a conciencia los cristales de los escaparates con agua, vinagre y papel de periódico.

Cualquier tarea le servía como terapia para calmar la ansiedad. Tenía prisa por salir. El reloj de pared que adornaba la trastienda, marcaba sus impulsos: dos minutos antes de las siete menos cuarto guardó los utensilios de limpieza, se quitó el delantal blanco que le servía de uniforme, y en una pequeña habitación contigua a la panadería, se cambió de ropa.

La mujer de su jefe, avisada por Mercedes de la inminencia de su retiro, bajó del piso superior para hacerse cargo de la confitería. El relevo le resultaba extraño, porque a esa mujer agradable, su marido, le tenía vedada cualquier responsabilidad relacionada con el negocio. Lo evitaba. Procuraba que su señora permaneciera al margen, enclaustrada en el hogar del piso superior, controlando a la chica de servicio y a la cocinera, y responsabilizándola a perpetuidad del cuidado de los hijos. Pero esa tarde de viernes no existía otra solución, porque Miguel estaba desaparecido en aparente viaje de negocios.

En menos de cinco minutos, Mercedes se deshizo de las ropas laborales; se colocó una falda plisada, una camisa delgada de algodón, una rebeca gris de lana --con bolitas a juego--, y un simulacro de abrigo. La mujer de su jefe la retuvo unos instantes. Antes de que Mercedes abandonara el local, le arregló el pelo con unas horquillas, le aplicó un poco de maquillaje y le dejó caer unas gotas de perfume sobre la ropa. La muchacha no protestó, pero cuando salió de la tienda y pisó los adoquines de la calle, ante el reflejo del primer escaparate, se difuminó los colores de la cara con un pañuelo, se quitó la pintura de los labios y volvió a colocare su cabello en la posición original. No era su estilo, pero Mercedes había decidido no contrariar la demostración cariñosa de su jefa.
Hacía frío. Un frío húmedo difícil de evitar en las horas iniciales del atardecer. A las diecinueve horas de un día plomizo del mes de enero, las calles de la pequeña ciudad adquirían un aspecto desolador. Las luces eran escasas, y las sombras, acentuadas por la débil iluminación, simulaban, sobre las aceras, figuras inquietantes. Mercedes caminaba deprisa, muy deprisa, tratando de esquivar a los peatones que se encontraba a su paso. Estaba acostumbrada a mantener ese ritmo a fuerza de repetir, cada día, el mismo recorrido de ida y vuelta: de su casa al trabajo, del trabajo a las clases nocturnas, y de las clases nocturnas, otra vez a su casa. Y a la mañana siguiente la misma ceremonia.

En esta ocasión, sin embargo, se apresuraba por la costumbre, por el simple beneficio de la actividad deportiva; para soltar el cuerpo de la rigidez y despejar las incógnitas de sus problemas. Y lo hacía por otras calles menos conocidas, tratando de engañar al tiempo para que se apaciguaran sus ensoñaciones. Atajando, para encontrar un alivio a las tensiones de las últimas jornadas. Procurando no llegar desquiciada al acto que esperaba con ilusión. Porque la alegría se contiene, se parapeta tras un muro para soltar la riada de júbilo en el instante adecuado.

Necesitaba un tiempo para reflexionar, un tiempo más extendido para tratar de colocar las cosas en su sitio y alejar la tentación de la fantasía desproporcionada. Al menos en esos instantes, porque los días anteriores, se había entregado a las conjeturas gratuitas. Los locales del Sindicato Obrero Católico estaban situados en el otro extremo de la ciudad y, aunque objetivamente era temprano, Mercedes quería relajarse. Quería volver a ensayar el recitado de su discurso: una docena de frases, agradecidas, que había redactado, corregido y tachado, sobre un papel de la tienda. Lo necesitaba para sentirse segura, porque en su opinión no era fácil agradecer lo que se merecía en estricta justicia. No deseaba excederse con los halagos dedicados a sus profesoras –-halagos, los justos--, pero tampoco tenía ganas de dejarse arrastrar por la descortesía y la soberbia. Era difícil que Mercedes pudiera encontrar el tono exacto de sus palabras.

Llevaba puesto, de prestado, un abrigo fino para la ocasión. Una prenda de entretiempo que había tenido que ser elegante en sus orígenes, pero que ahora, cuando Mercedes más la necesitaba, se encontraba tan desgastada que apenas evitaba el efecto de las gotitas de aguanieve. Era traidora la noche. Los pronósticos del tiempo habían señalado la posibilidad de lluvias abundantes, pero no fue así. No llovió por la mañana, ni al medio día, ni en las primeras horas de la tarde --en la pequeña ciudad donde residía Mercedes, casi nunca llovía--. Sin embargo, al llegar las ocho menos cuarto de la noche, las nubes se rajaron lentamente, tan despacio y con tanto frío, que las gotas de agua se transformaron en raspaduras de nieve, convirtiendo los desgastados viales en superficies aceradas. Y Mercedes, que avanzaba insegura por las estrechas callejuelas del casco antiguo, tuvo que extremar la precaución para evitar las caídas inoportunas. Caminaba con toda la potencia que le permitían sus delgadas y pequeñas piernas, pero con cuidado. Había que tener cuidado con los resbalones en los días destacados del almanaque.

El abrigo que llevaba puesto era una donación de una parroquiana de la confitería. Había conocido a Mercedes justo el día que llegó a la tienda, con doce años, calcetines blancos, cara de susto y ganas de comerse el mundo. Le hizo gracia aquella mocosa: por su agilidad, por su desparpajo y por la discreción de que hacía gala tras el mostrador. A su vez, la joven dependienta, educada y curiosa, atendía a la señora, con paciencia y complicidad; sobre todo, en las horas vacías de la sobremesa. En varias ocasiones, y sin que ella le hubiera hecho ninguna insinuación, la entrometida señora le regaló algunos lotes de ropa usada: “Gracias, es usted muy amable”. Rebecas, faldas, blusas... y hasta un abrigo de calidad (su abrigo personal). Todas las prendas eran de talla excesiva, pero Mercedes, muy educada, le respondía con dignidad: “Muchas gracias”. Porque le habían enseñado, desde muy pequeña, que era de personas bien nacidas agradecer las donaciones. “Mi abrigo será tu abrigo; te va a quedar muy bien con unos simples arreglos. Vas a estar muy elegante cuando te lo pongas: ya verás que miradas te van a echar los muchachos”. Al pronunciar las últimas palabras, el tono de la voz de la señora, y la media sonrisa que esbozó, publicitaron a los cuatro vientos un interés excesivo por el sexo contrario.

Doña Inmaculada se estaba convirtiendo en una clienta compulsiva de la confitería, porque además de enviar a su criada para que subiera el pan por la mañana, se había aficionado al consumo de bombones en las horas traidoras de la siesta; en ese par de horas sosegadas en las que se imponía buscar algún consuelo para acompañar el café --para no tomarlo en soledad, o con las chicas del servicio--. Al fin y al cabo, se trataba de un acompañamiento permitido; no como el otro --el de la relación que se insinuaba entre su jefe y la dama--.

Mercedes trabajaba en la confitería todos los días laborables, los festivos (no laborables), y los días de vacaciones que nunca le correspondieron. Y lo hacía en una época donde los derechos sindicales eran, tan sólo, una hipótesis. Dos años, tres meses y diecisiete días: no había duda para las equivocaciones contables en el haber de la joven dependienta, porque cada día trabajado se transformaba, por la noche, en una cruz en su libreta. Para Mercedes, cada cruz, era un símbolo de superación. Consideraba un lujo poder trabajar como dependienta en una de las mejores confiterías del centro de la ciudad. Esa era su filosofía. Su concepción del mundo.

El abrigo heredado por Mercedes estaba confeccionado con una correcta imitación de piel de astracán: un tejido de estambre rizado muy empleado por las modistas en aquellos años difíciles. A pesar de los cuidados de la donante, al abrigo le faltaban algunos botones originales, y María, la hermana mayor de Mercedes, no tuvo más remedio que añadir un par de botones bastardos, acortar la longitud de las mangas y remeter cuatro dedos a los bajos del abrigo. Y como consecuencia del rebaje, volver a descoser los bolsillos para cuidar el efecto de la primera impresión. La prenda, reinterpretada por la habilidad de su hermana, ofrecía una imagen más acorde con los gustos actuales de la moda: ropas anchas, largas, un poco descuartizadas, tocadas de adornos abundantes y de botones de diferentes estilos.

El abrigo, se mire como se mire, quedaba descompuesto, porque Mercedes era delgada y enjuta, menuda en su tallaje y de pecho escaso. Y sin embargo, la anterior propietaria, la buena dama caritativa del reducido círculo conservador de la ciudad, era estirada y jaquetona; de porte altivo y buena talla; pechera inflamada por la posición fingida, y brazos a juego con el resto del cuerpo.
Agobiada por el recorrido indeciso de su callejero, Mercedes se sentó a descansar un rato en uno de los bancos de un pequeño jardín. Respiró profundamente durante unos segundos y permaneció inmóvil, apoyada en el límite de las baldas de madera, tratando de mitigar el agobio de todos los síntomas experimentados. Y entonces, congelando el avance del tiempo, logró quedarse encerrada en alguna parcela íntima de su memoria. Y a los pocos segundos, la muchacha, no pudo evitar estremecerse ante la presencia insospechada de un recuerdo desagradable: un recuerdo de sabor agrio y aroma de tristeza, que se imponía con descaro sobre el resto de las sensaciones.

Antes de que llegara este día tan especial, la joven dependienta había solicitado a su jefe, por triplicado y por anticipado, la concesión de un permiso extraordinario. Para el dueño del negocio, la ausencia de Mercedes se convertía en una tragedia, porque había depositado en ella toda la responsabilidad del comercio. La fórmula era muy simple: gran capacidad de sacrificio por la empresa, y a cambio, un salario pequeño, un plato de comida y unas raciones extras de pan para toda su familia. Sencillo. Tan sencillo como agradecer la concesión del permiso. Y tan simple como consentir el pago de la merced en silencio, teniendo que renegar, a la fuerza, de algunas de sus convicciones morales. Porque los favores a los empleados se pagan con gratificaciones en especie; toleradas, sí, pero en especie. Gratificaciones lisonjeras que equilibraran la vida desordenada de su jefe, en una época infame, en la que contradecir a un varón acomodado, mujeriego y adicto al Movimiento, suponía correr con los riesgos de un despido improcedente.

Los hechos acaecidos no alcanzaron mayor trascendencia; los gestos sí. Cada hora una mirada tras el delantal; cada día una insinuación, un roce disimulado, una excusa para ejercitar el apego. Actualmente, ese conjunto de pequeños despistes recibe otro nombre más apropiado; en aquellos años, el nombre de las insinuaciones, ni tan siquiera se conocía.

Miguel, además de ejercer un marcaje férreo a las defensas de la muchacha, nunca había contemplado con buenos ojos que hubiera decidido asistir a las clases gratuitas del Sindicato Obrero Católico (una agrupación nada sospechosa de ideologías contestatarias). No es que se negara a la previsible elevación de su nivel cultural; al contrario. Traducida, esa educación, en mayores habilidades lingüísticas y en cálculos aritméticos aplicados, permitiría, a su vez, que la muchacha reinvirtiera el esfuerzo intelectual en la organización de la empresa de su propiedad. Lo que le producía una cierta inquietud, era la consecuente reflexión teórica que implicaban los aprendizajes recibidos. Y tenía razón, porque la joven dependienta desarrolló, en tan sólo dos años, capacidades de organización, agilidad en la resolución de problemas y, sobre todo, pensamiento independiente (peligroso). Y si seguía a ese ritmo, el conjunto de sus logros podría devenir en argumentos para cuestionar algunos aspectos de la regulación del trabajo (y eso no le gustaba). Pero al unísono, el dueño indiscutible de la confitería, tenía que reconocer que aquella chiquilla espabilada era la única empleada capaz de resolver los asuntos relacionados con el negocio. Y por si faltaba algo, Mercedes hacía gala de otras cualidades imprescindibles tras el mostrador: era amable, discreta y encantadora con las clientas –-como él, pero en otro sentido--.
Con tan sólo catorce años, Mercedes tenía que aguantar las inclemencias del destino sobre sus hombros: catorce archivos repletos de datos desfavorables significaban demasiado lastre para crecer en armonía. Y a pesar de los comentarios despectivos de su jefe, y de las críticas injustificadas del resto de sus hermanos, a la muchacha le gustaba aprender todo lo que se le cruzaba en el camino: los papeles escritos, las cuentas del negocio, los problemas de la contabilidad, algunas nociones de geografía y las noticias de los periódicos... Y esa pasión por aprender, en un periodo tan inseguro, resultaba inquietante en su estrecho círculo de conocidos y familiares: un vicio caro que la gran mayoría de los habitantes de la ciudad no se podía permitir.

Pero la joven dependienta había sido la elegida para recibir una extraña donación por parte de su abuela materna, que conocedora del carácter de todos sus nietos, legó su biblioteca (la biblioteca heredada de su señor), a la niña más pequeña de la casa. Mercedes sería la agraciada –-la única agraciada--; la que podría disfrutar, en usufructo, de aquellas lecturas guardadas con esmero durante varios años; porque la abuela Nieves, antes de ser una anciana recogida en el hogar familiar, había trabajado, como ama de llaves, en la casa de un conocido escritor local, bibliotecario municipal y periodista de reconocido prestigio. Añoranzas de su pasado rosa; ilusiones de que otros ojos pudieran evocar, de nuevo, los dramas y los amoríos; nostalgia de Nieves, envejecida, que recordaba los buenos momentos de una relación prohibida en cada uno de los libros (con los ojos repletos de cataratas y medio corazón paralizado).

Al resto de su descendencia, la biblioteca heredada por la abuela, le suponía un estorbo. Solamente Mercedes –-la nieta con la que tuvo que compartir habitación, desde la muerte del escritor--, se había interesado por las antiguallas almacenadas en un recodo del dormitorio; y conforme pasaba el tiempo, la joven dependienta había aprendido a valorar las enseñanzas contenidas en aquellos volúmenes. La única posibilidad de escapar de la rutina, para Mercedes, consistía en introducirse, en las horas prohibidas de la madrugada, en la lectura de aquellas páginas marcadas por el destino.

Recordaba Mercedes --todavía sentada en el banco del jardincillo--, que en algunas ocasiones, en algunas noches de frío riguroso, no quedando un céntimo en la casa para carbón, ni tan siquiera un poco de serrín, su hermana mayor, más realista y decida que ella, no encontraba otra solución para cocinar, que utilizar aquellos libros como fuente de energía. Lo manifestaba sin reparos: o cultura o penalidades. Porque a María, encargada de las tareas de la casa por la planificación de su madre, no le causaba mala conciencia tener que incinerar, en la estufa, algunas ediciones valiosas firmadas por los propios autores. Todo le servía para poder cocinar un poco de hervido o una olla de sopa. O para mitigar los efectos de las bajas temperaturas (todo le servía).

Al rememorar esos hechos, y a pesar de la urgencia por llegar al Sindicato, los ojos de Mercedes se cubrían de lágrimas. Y tras las lágrimas, aparecían los suspiros y los llantos entrecortados. Porque era muy duro contemplar, cada noche, el impacto de las hogueras --aunque el santoral no marcara la festividad de San Juan o la de San José--; y comprender, al mismo tiempo, que su hermana mayor llevaba razón. La abuela Nieves y su nieta más sensible, herederas directas de la gran biblioteca del periodista, tenían que doblegarse ante la imposición de la realidad y observar, con entereza, como se desvanecían algunos incunables entre las llamas; ejemplares hermosos sembrados de palabras y de ilustraciones artísticas; humo de letras para recalentar el agua en las noche del invierno (o para templar los cuerpos). Pero a pesar de las penalidades, tuvo suerte Mercedes --la pedrea de la consolación--. Algunos de los libros almacenados, los de tamaño reducido y poca pasta de papel, sobrevivieron a la quema de la necesidad.

La muchacha, además del gusto por la lectura, había heredado, también, la rebeldía de su abuela. Al cumplir los doce años, y tras dejar aparcada una infancia de ausencias y penalidades, comenzó a visitar las clases nocturnas del Sindicato. Y a las pocas semanas –-y en paralelo--, comenzó con el descubrimiento meticuloso de su pequeño tesoro. Afirmando su personalidad cada noche, al regresar del trabajo, elegía un tema distinto para ir a la cama, o un autor diferente para conciliar el sueño. Y a los doce años, aproximadamente, se juramentó sobre su destino en la soledad de las horas robadas: no quería pasar la totalidad de su vida trabajando como dependienta; sin horario fijo, mal pagada, y soportando las insinuaciones de Miguel, que lo mismo se rozaba con ella que con la cocinera, con las otras dependientas o con las chicas del servicio. Y al finalizar las clases del Sindicato, mientras los demás miembros de su familia descansaban, subvertía el orden establecido por los designios del destino y se entregaba, en cuerpo y alma, al estudio de las letras, sacando las fuerzas de no sé dónde y asegurando, por lo menos, tres o cuatro horas para el descanso.

En un principio, las clases del Sindicato le sirvieron para mitigar los efectos negados de la escolarización infantil: una infancia sesgada por la prematura muerte de su padre, y por todas las consecuencias derivadas de un sistema social --injusto-- que dejaba desprotegida a la viuda y al resto de la descendencia. Cuando Mercedes cubrió las necesidades más inmediatas, planificó otros objetivos de mayor calado. De madrugada, a la luz de los candiles de petróleo, cuando la energía eléctrica era un lujo inalcanzable para su familia, apoyada sobre una mesa de camilla, respondía a las tareas ordenadas por sus profesoras. Y después de cumplir con esos deberes rudimentarios, su verdadera pasión, su única alegría para compensar la jornada de trabajo en la confitería, era comenzar la lectura de alguno de aquellos libros salvados del holocausto. Narraciones, poesías, teatro... todo servía para adquirir nuevos recursos, para introducirse en un mundo situado más arriba de la inmediatez de sus circunstancias. Con ilusión. Con fantasía. Con ambición. Se dejaba los ojos pegados en cada una de las páginas, hasta que el sueño, o el cansancio, la vencían completamente. O hasta que la abuela Nieves, que compartía cama en la misma habitación, se quejaba de la tímida luminosidad que le impedía conciliar el sueño. Esa era la excusa que le ofrecía, porque en realidad, la verdadera preocupación de la anciana, era que su nieta no redujera, demasiado, la dosis de descanso.

A pesar del recorrido vertiginoso por algunos de sus recuerdos y del frío húmedo de la noche, Mercedes se levantó del banco y se arregló la falda plisada. Cada año, las profesoras del Sindicato Obrero Católico distinguían a las estudiantes más destacadas con algunos obsequios. Al terminar el primer trimestre, profesoras y alumnas, organizaban algunas dramatizaciones sobre temas religiosos; después de las dramatizaciones, celebraban una merienda compartida de mantecados navideños; y después del refrigerio, rememoraban celebraban la liturgia del momento más solemne: la entrega de galardones.

Sin embargo, la Navidad del año veintinueve estuvo condicionada por la virulencia de las agitaciones sociales. Algunos grupos de exaltados, al confundir los locales del Sindicato con los de otras organizaciones más contundentes, asaltaron el edificio --y a punto estuvieron de incendiarlo--. Ante las amenazas y el griterío de aquellos momentos dramáticos, tanto las profesoras como las alumnas, tuvieron que desalojar las aulas por las terrazas de las viviendas colindantes. Fue tan grave la situación, que las autoridades eclesiásticas estuvieron tentadas de suspender las clases definitivamente. Pasados los días de los sobresaltos, las organizadoras decidieron volver a jugarse el tipo y, para elevar el ánimo de las alumnas, mantuvieron en pie el último apartado de la jornada de convivencia: la entrega de trofeos.

Habían logrado reunir una serie de objetos cedidos por la generosidad, o el compromiso, de algunos comerciantes de la ciudad. Y esas donaciones, debidamente actualizadas, se convertirían en una especie de regalos de
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