Medellín ¿Del miedo a la esperanza? Gobierno, acción colectiva y proyecto de ciudad






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Medellín ¿Del miedo a la esperanza? Gobierno, acción colectiva y proyecto de ciudad.

BORRADOR DE TRABAJO

Omar Alonso Urán Arenas

uranomar@yahoo.com.mx

Disciplina: Teoría de la acción

Profesora: Ana Clara Torres Ribeiro

Doctorado en Pesquisa y Planeamiento Urbano e Regional

IPPUR / UFRJ

Diciembre 17 de 2008

  1. Objetivos e hipótesis del presente trabajo

Desde la opinión pública, Medellín es hoy reconocida en gran parte del mundo por ser una ciudad que, en un relativo corto periodo de tiempo, ha pasado “del miedo a la esperanza”1, dejando de ser sinónimo de violencia urbana para ser considerada como un ejemplo de recuperación social y desarrollo urbano alternativo. Como suele suceder en los análisis realizados por los mass media, el éxito de estas transformaciones es atribuido al alcalde, y en mucha menor dimensión al movimiento político del cual toma parte, sin referencia alguna al proceso histórico dentro del cual se inscriben y toman un sentido más pleno las acciones realizadas. Pero no todo ha sido tan fácil ni tan simplemente dependiente de una persona, por relevante que su rol sea dentro de los marcos político-administrativos de la ciudad. E igual, nada garantiza que el éxito y los resultados obtenidos en 5 años seguidos de gobierno se mantengan en los periodos siguientes, bien sea desde el punto de vista administrativo, como desde el ideario ciudadano y utópico del movimiento del movimiento que dio origen a estas transformaciones.

De acuerdo a lo anterior, son objetivos de nuestro trabajo: (i) mostrar cómo gran parte del “éxito” – y de otros buenos resultados menos publicitados – del gobierno reciente en la ciudad de Medellín se debe en gran parte a un doble proceso colectivo de (a) resistencia social frente al miedo y la violencia y (b) de interacción social amplia y creativa que articula y resignifica lo utópico y lo pragmático de la acción política en el gobierno de la ciudad; y (ii) indicar las dificultades, límites y potencialidades de ambas racionalidades (utópica y pragmática) en la construcción de un proyecto político democrático de ciudad y desarrollo urbano

De acuerdo a exploraciones e investigaciones previas2 nos permitimos formular las siguientes hipótesis:

    1. En escenarios inicialmente adversos, la posibilidad de mantener dinámicas de resistencia social frente al miedo y la violencia puede coadyuvar al surgimiento y desarrollo de dinámicas amplias de acción colectiva que se plantean la conducción política de la ciudad y el significado de los proyectos de desarrollo urbano. Para el caso de Medellín, una dinámica sostenida de resistencia y participación cívica y ciudadana, ejercida desde múltiples espacios y arenas (en especial desde organizaciones barriales, grupos de trabajo al interior de las universidades públicas, ONGs de desarrollo, organizaciones indígenas, sectores del sindicalismo y la economía solidaria) contribuyo a la construcción de una agenda propia de ciudad y a la cristalización de un movimiento político que la representara y ejecutase, en interacción y sin reducirse a los meros intereses y necesidades de acumulación de los grupos empresariales.

    2. Pero es necesario resaltar como además de las propias fuerzas internas en el ámbito municipal, impulsos y esfuerzos realizados desde otros ámbitos, como el nacional, ayudaron enormemente a nuclear y acelerar estos procesos de construcción política de la ciudad. En Medellín, un factor/agente que ayudo de manera fuerte a catalizar estas diferentes y diversas agendas y acciones colectivas fue la creación desde el gobierno nacional de una Consejería Presidencial en el año de 1990, en el período de mayor violencia y homicidios en Medellín, con suficiente credibilidad y capacidad para la convocatoria y reunión conjunta de los más diversos actores sociales, económicos y políticos.

    3. Estos nuevos movimientos / agentes de cambio y transformación social son a su vez la expresión de nuevos arreglos sociales y coaliciones políticas no limitadas a los ámbitos exclusivos de los partidos, sino que a su vez son expresión de la politización de otros ámbitos y esferas de la sociedad local. En Medellín, este movimiento logró integrar en un mismo espectro sectores urbano-populares con sectores provenientes de capas medias y altas de la ciudad, así como sectores del sindicalismo y de la burguesía regional, teniendo como ejes básicos de esta articulación: la lucha contra el clientelismo, la defensa de la propiedad municipal sobre las Empresas Públicas de Medellín (Energía, Agua y Teléfonos), mayor poder y ampliación de los escenarios de participación ciudadana, desarrollo de una agenda propia de educación, ciencia, tecnología y productividad, y en lo fundamental, el restablecimiento de condiciones de monopolio y control sobre la violencia delincuencial y política en el ámbito urbano.

    4. Frente al agotamiento de los discursos y prácticas políticas tradicionales, la construcción de agendas y movimientos políticos alternativos con potencial utópico exige la transformación de las representaciones y actitudes dominantes frente a diversos temas y problemas, entre ellos: la práctica política electoral, el papel del estado local, el ejercicio de la violencia, la organización ciudadana, el desarrollo local y el conflicto social. En el caso de Medellín, aunque algunos dirigentes del movimiento provenían de la izquierda y del liberalismo socialdemócrata, el grueso del movimiento no había pertenecido antes a algún partido político ni se identificaba con alguno. De esta manera, lo que el movimiento ha asumido como una ganancia política, se ha vuelto una dificultad para los analistas políticos en cuánto a clasificaciones política se trata.

    5. Gran parte de la proyección y sostenibilidad en el tiempo de este tipo de movimientos y coaliciones políticas con contenido transformador y utópico radica en la ampliación real de los escenarios de participación y decisión ciudadana, en la potencialización de una nueva institucionalidad auto-instituyente en la cual no sólo se tomen decisiones democráticas sino que se amplíe el horizonte de reflexividad de las mismas. En este sentido el contenido utópico no se reduce a la toma democrática decisiones, sino que incluye los procedimientos mediante los cuales estas decisiones se construyen, son aprobadas, monitoreadas y evaluadas. En esta dirección, consideramos que el mayor riesgo de debilitamiento del potencial utópico para la experiencia de Medellín no se ubica en el proyecto espacial urbano (aunque pragmática y vitalmente sea imprescindible) sino en la cosificación e instrumentalización de los espacios democráticos generados, bien sea por parte de la alcaldía o algún partido político, imposibilitando su auto-reflexividad y poder instituyente de generar ciudad.



  1. Breves consideraciones teóricas

Para este trabajo teóricamente nos referenciamos en el concepto de acción social de Max Weber, a la vez que lo asumimos en gran parte co-determinado y limitado por la estructura social de producción económica, en términos de Karl Marx, y procuramos hacer del mismo, en su desarrollo amplio y extenso, una lectura en perspectiva de movimiento social, siguiendo en lo fundamental el enfoque y las categorías clásicas de Alain Touraine. Sin embargo, como telón de fondo, mantenemos la preocupación planteada por Whitebook de cómo evitar que el desarrollo institucional y procedimental-democrático cosifique y anule el potencial utópico y transformativo de la subjetividad humana.

Siguiendo a Max Weber, la acción social (incluyendo omisión o tolerancia) significa una acción, que en cuanto a su sentido observado (visado) por el agente o sus agentes, “se orienta por el comportamiento de otros, sea este pasado, presente o esperado como futuro (…). Los otros pueden ser individuos y conocidos, o una multiplicidad indeterminada de personas completamente desconocidas (…), (Weber, 1994: 3 y 14), teniendo en cuenta, como afirma más adelante, que “para la sociología, como para la historia (sic), el objeto a ser investigado es precisamente la conexión de sentido de las acciones” (Weber, 1994: 9). Es decir, el sentido de una acción no se descubre y comprende en su inmediatez del presente, sino que se hace necesario vincularla a otras acciones realizadas en el pasado de las cuales es consecuencia. De este modo, preguntarse por el sentido de la acción es preguntarse por una cadena de motivaciones, por el proceso mediante el cual se vinculan una serie de eventos y acontecimientos del pasado con las acciones del presente, no sólo desde la perspectiva del actor/sujeto de la acción, sino también desde la perspectiva de los otros sobre los cuales la acción recae.

Según Weber, “La acción social, como toda acción, puede ser determinada: 1) de modo racional con respecto a fines: por expectativas en cuanto al comportamiento de objetos del mundo exterior y de otras personas, utilizando esas expectativas como ‘condiciones’ o ‘medios’ para alcanzar fines propios, ponderados y perseguidos racionalmente como éxito; 2) de modo racional con respecto a valores: por la creencia consciente en el valor – ético, estético, religioso, o cualquiera que sea su interpretación – absoluto e inherente a determinado comportamiento como tal, independiente del resultado; 3) de modo afectivo, especialmente emocional: por afecto o estados emocionales actuales; 4) de modo tradicional: por costumbre arraigada” (Weber, 1994: 15).

Desde esta perspectiva, asumimos, y como pretendemos mostrar a lo largo de este trabajo, que en lo principal, el movimiento Compromiso Ciudadano expresa una acción social racional, orientada primariamente por valores (honestidad, equidad, autonomía, p.ej.) y luego, para la concreción y realización de los mismos, orientada con respecto a fines (obtener el gobierno municipal, entre otros). De donde, en la dinámica cotidiana del movimiento ambas racionalidades tendrán lugar, unas veces, las mas, convergiendo, otras conflictuando.

Por otro lado, Compromiso Ciudadano como movimiento político expresa una “relación social asociativa abierta hacia afuera”, orientada tanto por valores como por fines, en cuanto que, y siguiendo a Weber (Weber, 1994: 25): expresa una relación social, no comunitaria, de sus miembros, basada en una unión de intereses racionalmente motivados (con respecto a valores o fines): racional con respecto a valores por la creencia en el compromiso propio; racional con respecto a fines por la expectativa de lealtad de la otra parte. En este sentido, como mostraremos en este trabajo, Compromiso Ciudadano no expresa una ‘relación comunitaria’ en la medida que los vínculos y actitudes de sus miembros no reposan “en el sentimiento subjetivo de pertenecer (afectiva o tradicionalmente) al mismo grupo o comunidad. Relación social abierta hacia afuera en cuanto, en principio, la dinámica y orden organizativo emergente no niega a nadie a tomar parte del mismo, siempre y cuando esté dispuesto y en condiciones de a participar. En este sentido, el movimiento no se trata de un sistema de relaciones cerradas que previamente se cierra a determinadas personas o ciudadanos.

Y es precisamente esta apertura en principio, sólo regida por el compartir valores que distingue a un movimiento político a un movimiento social o de un partido político en sentido estricto. Los partidos se caracterizan por su mayor cerramiento organizativo (no cualquiera puede ser miembro del partido sin la autorización previa de alguna autoridad interna), por una mayor jerarquización y estructuración de roles, y por una clara orientación de ser una organización que busca ocupar el poder político del estado de manera y modo indefinido. Orientación bajo la cual, muchas veces, los valores o principios iníciales dan paso a la pragmática de los fines, en el juego de alianzas y coaliciones por llegar a ocupar el lugar de mando. Fuera de ello, los partidos se caracterizan por tener también un programa político, en el cual se reflejan su visión y propuesta para los más variados temas y problemas de la sociedad, en función de una ideología o visión del mundo determinada que los agrupa y da sentido.

Por su parte, los movimientos sociales se caracterizan, desde el punto de vista de la organización de la acción, por ser abiertos, con una muy baja estructuración de roles (no tienen por decir algo así como una junta directiva o un presiente) y con una gran dificultad para el establecimiento de acciones planificadas de largo plazo. Desde el punto de vista de los contenidos, los movimientos sociales tienden a cerrarse en un campo muy delimitado de temas, problemas o motivaciones y desde allí provocar o introducir cambios, bien sea en la cultura o en la estructura social. Ejemplos son los movimientos feministas, el movimiento indígena, el movimiento ambiental, el movimiento de los sin tierra, etc. La mayoría de movimientos sociales se caracterizan por cierta inflexibilidad en cuanto a poner en juego los valores o principios que los orientan, en tanto constituyen el súmmum mismo de su identidad. Por tal razón, tienden a ser monotemáticos, persistentes, duraderos y sin fronteras político-administrativas.

Es necesario entonces entender que cuando nos referimos a Compromiso Ciudadano como movimiento político no lo hacemos ni como movimiento social ni como partido. Esta categoría es una suerte de fenómeno que combina y excluye elementos que caracterizan estas dos. Los movimientos políticos tienden a ser fuertemente territoriales y en correspondencia con divisiones político administrativas. A diferencia de los movimientos sociales, se orientan al poder político e incluyen un amplio repertorio de temas y propuestas en su agenda, aunque en su estructuración inicial como movimientos es la orientación por valores la que prima. A diferencia de los partidos políticos, y acercándose a los movimientos sociales, poseen una baja organización y estructuración de roles, lo que facilita el ejercicio de la autonomía y creatividad individual pero igualmente facilita el escenario para la actuación personalista o caudillista, en tanto no existen instancias muy claras de dirección y control, todo lo cual dificulta el diseño y ejecución de complejas tareas políticas. El movimiento político, más que las otras dos categorías, vive con mayor frecuencia e intensidad la tensión de estar entre dos campos (el político y el social) y el de orientarse con arreglo a dos tipos de racionalidades (por valores y por fines), todo lo cual coadyuva a que este tipo de movimientos sean de corta duración, bien porque transitan o se integran en a otra forma (tipo partido político) o porque se disuelven, bien sea que se logren o no sus objetivos más inmediatos.

Teniendo en cuenta a su vez que tanto partidos como movimientos son formas de sociabilidad, integración y reproducción social, lo interesante de los movimientos políticos, en su cercanía conceptual a los movimientos sociales, es que permiten construir y vivir con mayor intensidad la experiencia utópica del ejercicio de la política e incluso experimentar una sublimación no represiva en el ejercicio de la misma, que en el caso que nos concierne, es también un experimentar político-subjetivo del espacio urbano y construcción de sentido de ciudad a partir de la dinámica que el propio movimiento convoca. Todo lo cual los partidos poco permiten y posibilitan, en su necesaria disciplina, según la racionalidad que los orienta; lo que a su vez en gran parte explica la reluctancia que entre muchas personas ellos inspiran. Tanto los partidos como las grandes corporaciones (privadas o públicas) suponen un control del ser y una negación de grandes componentes de la subjetividad, en especial, de aquellos aspectos considerados más expresivos e irracionales. Gran parte de la diferencia radica en que mientras la base del trabajo político en el partido se supone voluntaria (militancia), la negación y represión de la subjetividad en la corporación, mas la enfermedad que ello comporta, se supone un empleo recompensado con dinero. En parte, es este esfuerzo exigido, represión y disciplinamiento no recompensado del individuo – ni siquiera en términos de un mañana utópico – al interior de los partidos contemporáneos, ha coadyuvado a una gran apatía ciudadana y a una reducción de su militancia, siendo estos en su mayoría movidos o integrados por aquellos que tienen algún tipo de expectativas sobre cargos públicos o contratos, para sí mismos o su entorno familiar. Como lacónicamente lo expresara Weber (2004) en su texto de La Política Como Vocación: “las luchas partidarias no son, por tanto, apenas luchas para la consecución de metas objetivas, mas son, a la par de eso, y sobre todo, rivalidades para controlar la distribución de empleo”.

Lo anterior es traído a colación porque la mayor parte de la acción de movimientos sociales y movimientos políticos es voluntaria, y realmente pocos piensan obtener beneficios económicos directos de su involucramiento. Sin embargo, cuando se plantea el problema de la sostenibilidad política de los logros obtenidos por el movimiento y emerge la necesidad de formas más “solidas” de organización política, con jerarquías y roles establecidos, hay que tener en cuenta la emergencia de este tipo de realidades y procesos, que advienen más funcionales pero que aniquilan las energías utópicas autónomas y creativas del movimiento. El reto o piedra de toque es avanzar en resolver esa dialéctica existente entre organización racional orientada a fines, que es la que hace realidad la política, y la acción individual expresiva y orientada por valores que es la que le da un sentido vital no represivo a la política. Trayendo la reflexión de Withebook (1996: 219)3 con respecto a la filosofía al ámbito de la política, el problema de la acción política y de los procesos de participación ciudadana, desde una perspectiva crítica, transformadora y creativa no se reduce solamente al ajuste y alineamiento de objetivos y procesos, de ganar elecciones y ejecutar políticas públicas, sino que también es el plantearse en si misma como escenarios de libertad y liberación (sublimación) de los individuos que integran el movimiento y realizan las políticas, y para nuestro caso, en condiciones adversas como las colombianas.

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