Elvira Altés Rufias ¿CÓmo funcionan y para qué sirven los estereotipos en los medios de comunicacióN?






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títuloElvira Altés Rufias ¿CÓmo funcionan y para qué sirven los estereotipos en los medios de comunicacióN?
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Entre los mecanismos debidos a la organización empresarial, encontramos el hecho de que los profesionales han de encontrar su papel en estas estructuras jerárquicas. Necesitan delimitar el espacio que ocupan, diferenciarlo del de los demás y hacer evidente su cualidad de profesional de prestigio. Esto se hace muy evidente en la celebración de los consejos de redacción, donde cada profesional busca el reconocimiento de los superiores tanto como el de sus iguales. En este sentido, una cosa muy importante es no resultar inconveniente ni, por utilizar esta palabra que actualmente está tan de moda, significarse excesivamente promoviendo temas que puedan ser rechazados, o aún peor, que con tal presentación puedan hacer el ridículo delante de los otros. Los temas que hemos denominado de género son muy susceptibles de reunir estas características, por lo que no son propuestos como temas importantes, excepto que estén muy seguros de su aceptación.

También afecta a esta expulsión o aniquilación simbólica de los temas con componente o perspectiva de género los mecanismos que hemos denominado de fragmentación aproblemática de la realidad, la focalización o la reducción informativa. Con el fin de operar sobre la realidad, los profesionales reducen los posibles escenarios a cubrir, y, dentro de éstos, aún son más reducidos los temas susceptibles de convertirse en información periodística. De esta manera, aquellos temas que provienen de la periferia de la esfera pública no son considerados importantes, y, por tanto, no son promovidos con tanta frecuencia como objetos de seguimiento informativo. A veces, estos temas periféricos son elevados a rango de “significativos” con un tono frívolo, pretendidamente jocosos, tendentes a la diversión, aun a costa de menospreciar a las personas en ellos implicadas. Los temas de género pertenecen en su mayoría a los ámbitos periféricos del la esfera pública, y por tanto, tienen menos posibilidades de ser tratados.

Finalmente, incluimos la infra-representación femenina en las redacciones como un posible mecanismo de reproducción de estereotipos de género debidos a la organización profesional, no tanto por el hecho de que el sexo, por sí mismo, pueda incidir en la manera en cómo se trata la información, sino por cuanto una presencia tan escasa de mujeres puede provocar la inhibición de temas relacionados con el género con el objetivo de caer en la falta de legitimidad profesional por parte de las pocas mujeres que, finalmente, han conseguido el reconocimiento de sus superiores o sus iguales. Una masa crítica de menor de un 30% a penas puede incidir en la marcha de las organizaciones, según argumenta la ONU. Y en ningún caso las mujeres llegan a este porcentaje en los niveles de responsabilidad.

  1. Mecanismos debidos a la cultura profesional periodística

La mayoría de mecanismos observados son debidos a los presupuestos en los que descansa la cultura periodística que, como hemos definido está compuesta por todos aquellos valores, ideas y creencias compartidas por los profesionales de la información, y que constituyen los fundamentos de la tarea periodística. Son estos los pilares sobre los que ha descansado hasta ahora la credibilidad del periodismo.

Este conjunto de supuestos que da cohesión a la profesión, tipifica los acontecimientos según algunos criterios dicotómicos: información dura/ blanda; importante/ interesante; de esta manera también hay secciones duras y secciones blandas; hechos importantes y hechos interesantes, etc. Los responsables de los diarios coincidieron en denominar secciones duras las de Política, Economía e Internacional, mientras que serían secciones blandas Sociedad o Cultura.

Atribuir rango informativo a los diferentes acontecimientos significa que algunos serán importantes, necesarios, imprescindibles de cubrir y otros serán tipificados como posibles, interesantes, aplazables. Por lo que respecta al objeto de estudio que nos ocupa resulta que la mayoría de temas que afectan o están afectados por las relaciones de género son tipificados como blandos, interesantes, posibles o aplazables.

Los acontecimientos imprescindibles son aquellos que se explican en términos de datos, hechos, cifras. Mientras que la mayoría de los temas que tienen que ver con las relaciones de género se explican más en términos de procesos o de relaciones. Los periodistas necesitan con rapidez datos que se puedan ofrecer, cifras, circunstancias etc. Esto hace inevitable que tengan prioridad los acontecimientos fácticos, que se puedan diseminar sin mayores preámbulos... y que se queden una vez más fuera de juego aquellos aspectos de la realidad que necesitaría otro tipo de abordaje.

A este factor se suma la importancia que para los medios de comunicación tiene la información proporcionada por la competencia, de tal manera que coincidir en la valoración de los temas – si es en portada, aún más-, es interpretado como un signo de acierto. El hecho de que los medios se retro alimenten a sí mismos hace que el número y las posibilidades de incluir acontecimientos no valorados en el mercado periodístico sea un riesgo que muy pocos diarios están dispuestos a correr.

Hay otros mecanismos poderosos que contribuyen a expulsar temas o acontecimientos que se podrían enfocar desde una perspectiva de género: la deslegitimación ideológica de las cuestiones de género. Esto significa que estos temas son valorados de una manera asimétrica respecto a otras posibles ideologías (como por ejemplo la nacionalista, el conservadurismo, el progresismo, la confesionalidad religiosa etc.) el rechazo aleatorio de la redundancia informativa, que hace que algunos acontecimientos relacionados con el género sean tildados de “redundantes” (“eso ya lo dimos hace días, o el mes pasado...”), mientras que cada día se hace el seguimiento de los mismos partidos, empresas o equipos deportivos sin que esta práctica les parezca redundante. Extraña manera de medir con diferente rasero las diversas experiencias de la vida.

También descubrimos que los periodistas tienden a dar más valor a aquellos asuntos sobre los cuales se sienten más seguros, que conocen mejor. Denominados este mecanismo el de la competencia vital, porque entendemos que la socialización de hombres y mujeres ha sido diferente, y por lo tanto los hombres dominan más algunos ámbitos de la experiencia vital, mientras que las dones, por su parte, dominan otras. En el caso que nos ocupa, al ser las redacciones lugares frecuentados mayoritariamente por hombres, los campos de dominio con mayor presencia son los masculinos, y no aquellos sobre los cuales las mujeres tienen mayor conocimiento. Por tanto, no resulta extraño que los profesionales tiendan a prestar más atención y a valorar más aquellos acontecimientos sobre los que se sienten vitalmente más seguros.

Nuevamente son los temas relacionados con las cuestiones de género los que se aceptan con reticencia, llegando incluso a manifestar un cierto malestar, una incomodidad y un rechazo notables; o bien se tratan de manera frívola, o se reciben con silencias que nadie osa romper; o se contraponen hechos dramáticos (que afectan habitualmente a las mujeres) a hechos cómicos e irrisorios. Entendemos que éste es un mecanismo de defensa ante aspectos de la vida que les resultan desconocidos, pero que tienen que abordar por mor de la compensación informativa, es decir, a causa de la creencia de que los medios son un reflejo de la realidad, y “si hay que hablar de un tema, se habla” porque esta actuación forma parte de los fundamentos profesionales.

Los profesionales de la información no creen, en términos generales, en las diferencias debidas al género ( y podemos incluir en esta afirmación tanto a los hombres como a las mujeres). Es un tema que les molesta, que no saben cómo manejar; quieren ser profesionales por encima de todo (ellos y ellas), y, en este sentido, no quieren indagar demasiado, o cuestionarse para quién escriben; si la audiencia tiene rostro o es una masa heterogénea interesada por todos los aspectos sobre los cuales los profesionales previamente se han interesado, interés que proviene, entre otras cosas, de estas trayectorias vitales atravesadas de arriba abajo por el género a que cada persona pertenece.

  1. Mecanismos debidos al contexto socio cultural

En otro nivel encontramos aquellos mecanismos derivados del contexto cultural y social donde cada medio está radicado. De igual manera que cada uno de nosotros ha sido socializado en los valores tradicionalmente dimórficos atribuidos a los dos sexos, también existe una cosmovisión social dominante que otorga más importancia a la constelación de valores masculinos que a los femeninos. Eso es un rasgo del sustrato cultural en el que vivimos, y que determina que se hayan jerarquizado los sexos. Aunque hoy día se tiende a una equiparación cultural y social entre hombres y mujeres, todavía perviven ciertos tópicos, creencias y prácticas sociales en las que las mujeres salen mayoritariamente desfavorecidas: por ejemplo, el tratamiento otorgado a las mujeres es más familiar, menos riguroso, más frívolo. Resulta más fácil denigrar a las mujeres o mostrar cierto menosprecio. En las secciones consideradas más lúdicas, más ligeras, más informales, encontramos una mayor cantidad de mujeres que de hombres (por ejemplo en las cada vez más presente Gente). Los periodistas se permiten el lujo de adornar con adjetivos calificativos a las mujeres representadas, de aludir a su apariencia, poner de relieve con más intención comportamientos de dudosa moralidad, etc. A las mujeres se las puede tratar con falta de respeto, sin identificar correctamente, con diminutivos o con expresiones coloquiales, con una familiaridad que está cercana al trato que se otorga a los niños o menores de edad: titular “Las chicas son guerreras” (La Vanguardia, 5-6-99), por poner un ejemplo, para referirse a dos mujeres de la edad de Rosa Díez o Loyola de Palacio, parece, cuando menos, un poco exagerado. En este sentido, las mujeres siempre suelen ser "las chicas", lo cual si tiene un carácter amistoso y amable en principio, también representa esta permanencia de las mujeres en la minoría de edad, que puede incidir en esa percepción social según la cual las mujeres siempre han de ser jóvenes. En el área de deportes es donde más abunda este tratamiento, que difiere bastante del otorgado a los hombres: "Las chicas quieren pelea" (al hablar de Golf, 10-02-2003); o al cubrir los campeonatos de atletismo:"El despertar de las chicas (20-05-2003), "Las chicas del 4X200 mantienen el tipo" (25-7-2003), "Las chicas devoran la plata" (17-7-2003) o "Las chicas de la sincronizada conquistan la primera plata" (portada del 17-7-2003) todos ellos del diario El País. "Chicas al poder", (sobre los mundiales de natación, 13-7-2003) o "El doble rasero para las chicas" (31-8-2003) texto que habla precisamente del diferente trato social que reciben las mujeres deportistas, ambos en La Vanguardia.

Mientras el éxito de un un nadador es considerado un logro personal, "David Meca cuadra su sueño", una nadadora que alcanza también la cima es "La princesa de Barcelona", o "La bella recupera el trono" (todos aparecidos en El País con motivo de los campeonatos de natación del 2003), donde se observa una sospechosa tendencia a emparentar el esfuerzo personal de las mujeres con la realeza, que, como sabemos es una condición heredada y no una conquista basada en el mérito propio.

En definitiva, el contexto social y cultural traiciona a veces a los periodistas, poniendo en relieve viejos esquemas y estereotipos que parecían caducos, pero que emergen de tanto en tanto para escarnio y vergüenza de los mismos profesionales.

  1. Mecanismos debidos a la idiosincrasia individual

Y por último no podemos olvidar la dimensión individual en la creación de mecanismos de transmisión de estereotipos de género. Cada periodista mantiene un margen de autonomía personal, naturalmente, dentro de los esquemas ideológicos previamente asumidos de las empresas donde trabajan. Los profesionales gozan de un amplio margen de maniobra para proponer temas, buscar fuentes, señalar asuntos, etc. Es indudable que, como persones individualmente consideradas, también tienen sus preferencias. Aun con la necesidad de mostrar que son, por encima de todo , “buenos profesionales”, en este nivel encontramos que cada periodista puede sentirse cerca o lejos de determinadas ideologías, corrientes sociales, grupos políticos etc. Es comprensible que los periodistas propongan tratar temas o aspectos de la realidad por su propia implicación personal en un hecho, por sus simpatías políticas o por sus inquietudes sociales: es aquí donde entra en consideración el mecanismo de la sensibilidad especial, título bajo el cual se guarecen les diversas adscripciones ideológicas. Sin embargo, los periodistas señalados con una cierta sensibilidad para algunos temas (como por ejemplo los temas de género, pero también cualesquiera otros), tienen que ser muy cautelosos para no significarse demasiado, no vaya a ser que fuesen “encasillados” en esa debilidad que, de reincidir con demasiada frecuencia, pudiera disminuir sus posibilidades de promoción en la empresa, o incluso afectar su credibilidad como profesional, especialmente si la tendencia mostrada por el periodista se opone a la sustentada por el medio. En este sentido, la sensibilidad especial por los temas de género, mujeres, feminismo, desigualdad sexual etc. suele ser especialmente molesta para los muchos actores implicados en la elaboración de la información, desde jefes, a superiores e incluso los iguales. Y es mucho peor tolerada que otras sensibilidades que puedan ser mostradas hacia otros aspectos de la realidad social.
DE LAS RECOMENDACIONES A LOS MECANISMOS: PROPUESTAS PARA SUPERAR LA REPRESENTACIÓN ASIMÉTRICA DE LOS GÉNEROS

Una manera de intentar combatir esta inercia de los medios, estas prácticas tan consolidadas y que tan poco espacio dejan a nuevas perspectivas o enfoques, ha sido la que yo denomino pedagogía de género, que en realidad es lo que empezaron a hacer los primeros grupos organizados de mujeres (con sus manifestaciones y sus protestas), y han acabado incorporando instituciones, organismos y grupos políticos. La acción de las mujeres feministas propició un discurso que fue recogido por las diferentes administraciones e instituciones y se ha transformado en las Recomendaciones o Buenas prácticas. Bienvenidas sean. Cuantas más recomendaciones existan, cuantas más llamadas de atención se realicen desde instancias con incidencia pública (Institutos de la Mujer, Diputaciones, Comisión Europea, ONU, Partidos Políticos, Grupos y Asociaciones) tanto más debate se producirá en la sociedad y tanta más conciencia habrá respecto a la necesidad de actuar sobre la realidad, y, en definitiva, sobre las causas profundas que generan la violencia de género (o de cualquier otro tipo de desigualdad de género). Que las instituciones públicas se hagan eco de la necesidad de cambiar los discursos informativos puede ayudar a una cierta concienciación de la profesión periodística, que tanta incidencia tiene en la visibilidad o invisibilidad de los problemas sociales.

Esta pedagogía de género se ha materializado en la elaboración de materiales didácticos, la redacción de manuales de buenas prácticas, edición de folletos o videos, conferencias o cursos de formación para profesionales de la información, jornadas de discusión etc.

Sin embargo, las recomendaciones o guías de buenas prácticas –que, como puede verse en la bibliografía, se han publicado desde diversos organismos e instituciones-, tienen una serie de limitaciones: su carácter voluntario, la consideración de discurso “políticamente correcto” que tantos detractores tiene, su limitado alcance y difusión, cuando no la dificultad misma para su aplicación. Se han dado casos de organismos públicos que han editado manuales con recomendaciones de estilo que los propios documentos elaborados por esas mismas instituciones no contemplan.

Una de las conclusiones más importantes y evidentes que podemos extraer después del estudio realizado es el discurso informativo no contempla entre sus presupuestos la dimensión de género. Ni la contempla ni sabe en qué consiste. Por tanto, es fácil comprender que haya un estado de confusión elevado por lo que respecta al abordaje que se hace de los temas relacionados con el género, que puede oscilar desde el rechazo a la comprensión.

Igual podemos encontrar un reportaje totalmente enfocado desde la perspectiva de género- es decir, poniendo de relieve la diferente y desigual posición social ocupada por hombres y mujeres- como podemos ver una noticia con un tratamiento discriminatorio para las mujeres y repleto de estereotipos: apelaciones a su belleza, su apariencia, sus aptitudes, sus relaciones familiares o amorosas, etc. En términos generales las conclusiones, muy resumidas, considerando que nuestro informe final tenía 600 páginas, que se pueden desprender de este estudio son:

  1. La organización empresarial tiene unos objetivos y planteamientos concretos, ajenos por completo a la existencia de los géneros, e indiferente ante la significación social de las diferencias a éstos debidas.

  2. La cultura periodística unifica y sostiene los procedimientos y prácticas profesionales (la trama de la facticidad, las relaciones con las fuentes, los formatos informativos, la creencia de una realidad objetiva ajena que ellos reflejan) que les provee de acontecimientos susceptibles de ser o no tratados. Las cuestiones de género surgen habitualmente de la periferia, y por esta razón no suelen ser contemplados como asuntos dignos de ser tratados con asiduidad.

  3. El contexto social y cultural condiciona los comportamientos, ha conformado las conductas y nos ha modelado en función de las dos constelaciones de valores existentes, cada una de ellas correspondientes a un género: el masculino y el femenino. En este estado de cosas, la cosmovisión de género que domina en las redacciones es la masculina, y esta proporciona todo el sustrato ideológico que después los profesionales verterán en sus prácticas cotidianas.

  4. Todos los periodistas pertenecen a un sexo y han sido socializados en los valores atribuidos a cada uno de los géneros. Esta realidad entra en contradicción con los valores “neutros” y “universales” en que descansa la cultura periodística. Cada uno de los profesionales, hombre o mujer, tiene que encontrar su propio equilibrio entre sus propias preferencias e inquietudes, su competencia vital debido al género en el que ha sido socializado, la cosmovisión de género dominante en la sociedad y los supuestos en los que se fundamenta su profesión. Las mujeres periodistas, en este sentido, viven las contradicciones con mayor profundidad, ya que han de asumir los planteamientos del género dominante con tal de ganar la consideración de buenas profesionales.

  5. El desconocimiento, la negación, la incomprensión o el rechazo (a veces también una cierta aceptación) son las actitudes más frecuentes cuando se trata de abordar las cuestiones de género. Estas se tratan por aproximación, ya que esta dimensión no está tipificada como valor noticia ni tiene existencia en el conjunto de valores y creencias en que se fundamenta el periodismo.

Si con las reflexiones que hemos hecho en este estudio pudiéramos facilitar a los periodistas una herramienta para colocar en su lugar las cuestiones de género, sin que este nuevo concepto entrase en contradicción con los supuestos en los que descansa la cultura periodística, podríamos decir que ayudaríamos a salir de este marasmo, esta mezcla un tanto incoherente con la que actualmente se abordan las muy especiales y complejas relaciones entre los géneros.

Este concepto es el que hemos denominado perspectiva de género, y no se trata ni más ni menos que de dotar de significación informativa, de hacer visible, la diferente posición social ocupada por los hombres y las mujeres. Este concepto ofrece un plus informativo sin quitar por ello importancia a otros valores noticia con los que los profesionales han operado hasta ahora. Esta perspectiva no es siempre, ni necesariamente, favorable a las mujeres, sino que se trata de poner de relieve cómo los acontecimientos, la realidad y la experiencia están atravesados por el hecho de que los seres humanos pertenecemos –al menos hasta ahora y mientras de no se demuestre lo contrario-, a dos géneros con historias, trayectorias, estructuras y situaciones sociales diferentes. Asumir este hecho, dotarlo de significación informativa no puede redundar sino en un mayor rigor y profundidad en la interpretación informativa de la realidad. Lo cual no estaría mal en unos momentos tan inciertos, informativamente hablando, como los que actualmente vivimos.

REFERENCIAS

  • Alberdi, I. (1999) La nueva familia española, Taurus, Madrid.

  • Bach, M. et al. (2000) El sexo de la noticia. Reflexiones sobre el género en la información y recomendaciones de estilo. Icaria, Barcelona.

  • Berger P. y Luckmann Th. (1968) La construcción social de la realidad. Amorrortu, Buenos Aires.

  • Gallego, J. et al. (2002) La prensa por dentro. Producción informativa y transmisión de estereotipos de género. Los Libros de la Frontera, Barcelona.

  • Glover, D. y Kaplan, C. (2002) Gèneres i identitats sexuals, Eumo Editorial, Universitat de Vic (Barcelona)

  • Institut Català de la Dona, (2002) Presència de dones a la premsa diària. Informe anual. Barcelona.

  • Marrades, I. y Perinat, A. (1980) Mujer, prensa y sociedad en España, (1800-1938) Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid.

  • Melin-Higgins, M. y Derj-Pierre, M. (1998) "Networking in newsroom. Journalist and Gender Cultures" Ponencia presentada al Congreso de AIERI, Glasgow.

  • Melin-Higgins, M. (2001) "Coping with journalism. Gender in the Newsrooms", Ponencia presentada a un seminario sobre Género y Comunicación celebrado en la UAB, mayo 2001.

  • Kivikuru U. et al. (1999) Images of Women in the Media, European Comission.

  • Shoemaker, P. y Reese, S. (1994) La mediatización del mensaje, México, Editorial Diana.

Teresa Meana Suárez

SEXISMO LINGÜÍSTICO EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

INTRODUCCIÓN
Si, como se dice, los medios de comunicación actúan de simples mediadores entre la ciudadanía y la información, éstos no pueden ni hurtar la presencia femenina en la representación mediática de la información, ni presentar a la mitad de la población de forma que quede degradada, disminuida o discriminada (cito a Mercedes Bengoechea). No es que por adquirir visibilidad lingüística la situación de las mujeres cambie de la noche a la mañana. Pero revelando nuestra presencia se contribuye a que ganemos el respeto y el reconocimiento que esta sociedad discriminatoria nos niega y a que tomemos conciencia de nuestro potencial.
Está comprobado que un lenguaje no sexista en las referencias profesionales abre la puerta a mujeres y varones por igual. Si eliminamos prejuicios, tanto las niñas y mujeres como los niños y varones, se verán en todo tipo de trabajos y oficios. Podrán elegir de acuerdo a su talento y sus aficiones, y no respecto a lo que una vez se consideró apropiado para ellas y ellos.
DEFINICIÓN DE SEXISMO Y DE ANDROCENTRISMO
La lengua constituye, como mínimo, el reflejo de la realidad, de la sociedad que la utiliza. Así como la sociedad es racista, clasista, heterosexista, la lengua también lo es. Y por supuesto recoge las desigualdades derivadas de la situación de discriminación de las mujeres y refleja todo el sexismo y androcentrismo existentes. Y ya que tanto el androcentrismo como el sexismo se manifiestan en los distintos usos de la lengua, vamos a definirlos aquí.
El androcentrismo es el enfoque en las investigaciones y estudios desde una única perspectiva: la del sexo masculino. Supone considerar a los hombres como el centro y la medida de todas las cosas. En una sociedad androcéntrica se toma el masculino como modelo que se debe imitar. Los varones son considerados el sujeto de referencia y las mujeres como seres dependientes y subordinados a ellos. Un ejemplo de pensamiento androcéntrico sería el referirse a “las edades del hombre” cuando se pretende hablar de la evolución de toda la humanidad. No sabemos si detrás de la palabra hombre se está pretendiendo englobar a las mujeres. Si es así, éstas quedan invisibilizadas, y si no es así, quedan excluidas.
Por su parte, el sexismo es la asignación de valores, capacidades y roles diferentes a hombres y mujeres, exclusivamente en función de su sexo, desvalorizando todo lo que hacen las mujeres frente a lo que hacen los hombres que es lo que está bien, “lo que tiene importancia”. Es sexismo ese conjunto de métodos empleados en una sociedad androcéntrica y que determinan una situación de inferioridad, subordinación y explotación.
En palabras de Eulalia Lledó: “...el sexismo es fundamentalmente una actitud que se caracteriza por el menosprecio y la desvalorización, por exceso o por defecto, de lo que somos o hacemos las mujeres... El androcentrismo, en contraste con el sexismo, no es tanto una actitud como un punto de vista. Consiste fundamentalmente en una determinada y parcial visión del mundo, en la consideración de que lo que han hecho los hombres es lo que ha hecho la humanidad o, al revés, que todo lo que ha realizado el género humano lo han realizado sólo los hombres, es pensar que lo que es bueno para los hombres es bueno para la humanidad, es creer que la experiencia masculina incluye y es la medida de las experiencias humanas”.
LA LENGUA: REFLEJO, MEDIO, PRODUCTO SOCIAL, VÍA DE TRANSMISIÓN DE UNA CULTURA Y DE SOCIALIZACIÓN
La lengua es el medio a través del cual aprehendemos la realidad. Desde que crecemos, mediante la relación que establecemos con otras personas vamos adquiriendo diversos procedimientos comunicativos que nos ayudan a incorporarnos a una sociedad concreta, a regular nuestra conducta y nuestro pensamiento. Entre estos sistemas (familia, sistema educativo, medios de comunicación...) destaca el lenguaje por su capacidad de generalizar la realidad. Nuestra lengua influye en nuestra concepción del mundo y por lo mismo en nuestra conducta desde donde hay, a su vez, una influencia en el lenguaje. Así, si cada lengua conforma de algún modo el horizonte de objetividad de sus hablantes, quien posea más de una lengua encuentra su mundo enriquecido con respecto a quien posee sólo una. Por ello el bilingüismo es un don precioso.
Cuando aprendemos una lengua ésta no sólo nos permite comunicarnos sino que adquirimos un conjunto de conocimientos, valores, prejuicios, estereotipos, actitudes, ideología... que nos sirven para organizar e interpretar nuestra experiencia, para construirnos como personas. Es decir que constituye un producto social que acumula y expresa la experiencia de una sociedad concreta actuando asimismo sobre la forma en que se percibe esa realidad. Además la lengua no sólo refleja sino que a su vez transmite y al transmitir refuerza los estereotipos marcados socialmente. En consecuencia las relaciones asimétricas, jerárquicas que se dan entre los sexos en nuestra sociedad se muestran en la lengua y la lengua contribuye a que estas relaciones se mantengan o transformen.
Así, es bien cierto que el sexismo y androcentrismo presentes en el uso que hacemos de la lengua sólo tendrán una solución definitiva cuando cambien las estructuras sociales que producen y potencian esta utilización. Pero, si embargo, se puede incidir paralelamente en la realidad y en la lengua y establecer una influencia entre ambas. Sobre todo si partimos de que la lengua arrastra mucha inercia y va, la mayoría de las veces, a remolque de los cambios que se producen en la sociedad.
Hay un tipo de cambio que nos interesa especialmente: en la realidad social existe la conciencia cada vez más pujante de que la existencia de las mujeres debe ser nombrada con el reconocimiento y la valoración de su papel en la vida privada y en la vida pública.
Dado que el lenguaje no es un hecho biológico y natural sino una adquisición cultural y todo lo que es cultura es añadido y, por tanto, modificable por la voluntad de las personas, podemos alterarlo ya que al retocar la lengua se retoca la mentalidad y retocando la mentalidad se retoca la conducta.

Como la lengua es uno de los principales vehículos de transmisión de los modelos, recatar el valor universal de lo considerado socialmente femenino, así como combatir prejuicios y estereotipos es liberador para nosotras y para ellos, para las mujeres y los varones.
Cambiando el uso de la lengua cambiará nuestra concepción de la realidad. Y dado que este proceso es progresivo y no unidireccional, si cambiamos premeditadamente el uso del lenguaje, ello ayudará a cambiar nuestro concepto del mundo. De nuestro papel activo en este cambio dependerá el ritmo al que se modifiquen las concepciones sexistas y androcéntricas.
Son, por tanto, necesarios algunos cambios en el lenguaje para que se pueda nombrar a las mujeres. Dado que la lengua es un instrumento flexible, amplio y vivo, con la característica de su capacidad para estar en continuo cambio, se puede adaptar perfectamente a nuestra necesidad o deseo de comunicar.
Una de las características más definitorias de la lengua es que es un cuerpo vivo, en evolución constante, siempre en tránsito. Una lengua que no se modifica sólo está entre las lenguas muertas. Si la lengua no cambiara todas las personas que hablamos castellano, catalán, francés, o cualquiera de las lenguas románicas, continuaríamos hablando latín. Las lenguas vivas tienen un carácter evolutivo. El cambio está inscrito en la naturaleza misma de la lengua. La lengua cambia. Cambia la propia realidad y también la valoración de la misma o las formas de considerarla o nombrarla.
Por tanto, la adaptabilidad de la lengua y las posibilidades que ofrece permiten que estos cambios se puedan realizar sin que pierda belleza, corrección y economía. Es más, nombrar a las mujeres va a suponer la elaboración de mensajes más precisos y más justos que reflejen una realidad más equitativa que la que se reflejaba hasta ahora.
A la hora de plantear estrategias para evitar un uso androcéntrico y sexista de la lengua debemos recordar que lo masculino se considera como lo universal y lo femenino como lo particular. Así lo femenino es tratado como lo no masculino, algo que aparece como excepción a la regla. Por lo que la lengua será neutra pero- como firma Fanny Rubio- no es neutral. Los vocablos en masculino no son universales porque incluyan a las mujeres. Es un hecho que nos excluyen. Son universales porque lo masculino se erige en medida de lo humano y así, utilizando el masculino como neutro queda el femenino oculto.
El proceso de simbolización de la realidad tiene unas implicaciones importantes en el desarrollo de la identidad personal y social. Cuando los niños (varones) son siempre nombrados, aparecen como los protagonistas de las acciones y cuentan con modelos de referencia con los que se pueden identificar, esto tiene repercusiones en su autoconcepto y autoestima y, en ocasiones, les genera una “sobreidentidad”, se creen capaces de hacer cualquier cosa sin valorar los riesgos. Las niñas, sin embargo, no son nombradas, en raras ocasiones son protagonistas de las acciones y no disponen, a través del lenguaje, de modelos con que identificarse. Las consecuencias de esta invisibilización, exclusión o subordinación pueden tener reflejo en una menor autoestima y en la creación de la “subidentidad”.
Así pues, tomar conciencia que la aportación de mujeres y hombres tiene la misma importancia para el mantenimiento de la sociedad supondría reflejar la aportación de las mujeres y concederles el mismo grado de protagonismo sin relegarlas a una posición secundaria y subordinada a los hombres.
PRINCIPALES MANIFESTACIONES DEL SEXISMO Y EL ANDROCENTRISMO EN LA LENGUA
Los efectos que producen en la lengua el sexismo y el androcentrismo se podrían agrupar en dos fenómenos. Por un lado el silencio sobre la existencia de las mujeres, la invisibilidad, el ocultamiento, la exclusión. Por otro la expresión del desprecio, del odio, de la consideración de las mujeres como subalternas, como sujetos de segunda categoría, como subordinadas o dependientes de los varones.
- El silencio se consigue a través de la utilización del género gramatical masculino como genérico, por medio del uso de la palabra “hombre” como término que englobe a mujeres y varones y a través del salto semántico.
- El menosprecio hacia las mujeres se manifiesta sobre todo en los duales aparentes- palabras con significado distinto según estén en femenino o en masculino, en los vacíos léxicos- palabras que no tienen femenino y que designan cualidades, es decir, son positivas y palabras que no tienen masculino y que llevan siempre una carga negativa, en los tratamientos y usos de cortesía y su manifiesta asimetría y también las definiciones, acepciones y ejemplos del diccionario, en adjetivos y adverbios, en refranes y frases hechas, en la reproducción de estereotipos sexistas, nombrando a las mujeres aparte y en la negativa a feminizar los nombres de muchas profesiones, entre algunas otras manifestaciones.
Por profundizar en alguno de los apartados, el hecho de que a algunas personas les resulten extraños términos como ingeniera o ministra no se debe a que sean incorrectos sino a la práctica inexistencia hasta la época actual de mujeres que ocupasen estos cargos o profesiones. El uso continuado nos lo hará cercano. Como dice Eulalia Lledó “las lenguas son amplias y generosas, dúctiles y maleables, hábiles y en perpetuo tránsito; las trabas son ideológicas” y si existe dependienta puede construirse gerenta y lo mismo pasará con oficiala y fiscala o concejala, si el tiempo y el consenso lo establecen así. Los obstáculos u objeciones que se plantean nunca se sostienen en argumentos estrictamente lingüísticos. Por ejemplo se recomienda no usar crítica o mecánica ya que pueden confundirse con un adjetivo y la misma Eulalia Lledó tiene recogidos más de ochenta oficios que en masculino pueden confundirse con objetos o cosas (monedero, billetero), sitios (basurero, varadero), adjetivos (demoledor, casero estadístico) y jamás se veta ese uso. Citamos aquí de nuevo a Eulalia Lledó y esta es su clarificadora explicación:
“La lengua tiene un valor simbólico enorme, lo que no se nombra no existe o se le está dando el carácter excepcional, no hace falta tener un sentido muy agudo de la lengua para darse cuenta de ello, es por ello que denominar en masculino a una mujer que transgrede la norma tiende hacia cuatro objetivos:

a) invisibilizar a las mujeres que los ocupan

b) presentar su caso como una excepción que demuestra no que las demás mujeres podrían, sino que ni podrían ni deberían

c) marcar con una dificultad más el acceso a algunos cargos u oficios (alegando una pretendida resistencia de la lengua a crear el femenino o postulando que es una incorrección lingüística)

d) reservar el masculino para actividades prestigiadas.
De todo ello se puede colegir que cuando se dirime una cuestión que relaciona sexo, género y género lingüístico nunca se está hablando solo de lengua”.
DETECCIÓN DEL SEXISMO LINGÜÍSTICO Y BREVE TRAYECTORIA HISTÓRICA
Cuando las feministas y las mujeres en general empezamos a interesarnos por este tema nos enfrentamos a un apasionante proceso. En este camino supimos que tomar sólo la parte de lengua que se nos adjudicaba equivalía a aceptar el silencio. Pero aprendimos también que, como señala Christiane Olivier, si utilizamos el lenguaje considerado “universal” que es el masculino, hablamos contra nosotras mismas. Y en la lucha por esa lengua que nos representara pasamos por diferentes etapas.
Al principio se trató de detectar el sexismo. Nunca antes lo habíamos notado y en absoluto éramos conscientes de cómo la lengua nos discriminaba. Luego llegaron los estudios, las primeras recomendaciones, etc. Pero el conocimiento de que no es una nimiedad el hecho de que en las lenguas románicas el género masculino sea el universal no marcado, además del masculino marcado, y de que el femenino sea el particular marcado nos hizo ver cómo mujeres y hombres nos percibimos en el mundo.
En palabras de Ana Mañeru “esto nos lleva a cuestionar un edificio que se ha construido sobre un como si fuera. Es decir, hagamos como si el masculino quisiera decir también el femenino. Y como no es así, a fuerza de hacerlo, lo que se logra es hacer como si el femenino no existiese.” Ésta es la madre del cordero, el no ser nombradas o serlo de una manera trivial, secundaria o despectiva.
La apuesta importante sobre el cambio lingüístico no está en fórmulas morfológicas, que también hay que recogerlas, sino en contar el mundo desde la primera persona, desde la propia experiencia, ya sea femenina o masculina. Eso produce vértigo: es cuestionarse y situarse para resituarse, porque sin duda generará grandes cambios (Pilar Careaga dixit).
ESTRATEGIAS Y REFLEXIONES SOBRE UN FUTURO LENGUAJE NO SEXISTA
Tenemos que trabajar las diferentes estrategias y propuestas de cambio. Plantearnos ya en nuestro trabajo y en el lenguaje cotidiano las alternativas de expresiones y sugerencias para propuestas de intervención tales como:

  • Utilización de génericos reales- nombres colectivos – abstractos.

  • Uso de dos géneros gramaticales: dobles formas.

  • Cambios de persona verbal, de pronombre, uso de forma impersonal en tercera persona con “se”.

  • Sustitución de relativos, indefinidos, adverbios.

  • Estrategias morfológicas (nominales o verbales).

  • Estrategias sintácticas.

  • Desviaciones semánticas.

  • Gerundios, pasivas reflejas o perifrásticas.

  • Feminización de titulaciones y profesiones.

  • Cambios en los documentos administrativos.

  • Y otras sugerencias para corregir el enfoque androcéntrico, nombrar correctamente a las mujeres, cambiar los titulares de prensa, no nombrar a las mujeres aparte, utilizar el plural “mujeres” y combinar diversas posibilidades.


Todas estas estrategias se deben trabajar con múltiples ejemplos para comprobar en la práctica cómo resulta una expresión adecuada, precisa, bella y no sexista.
La diferencia sexual está ya dada en el mundo. No es el lenguaje quien la crea. Lo que debe hacer la lengua es simplemente nombrarla puesto que existe. Insistamos: lo que no se nombra no existe.

Si tenemos en cuenta que mujeres y hombres tenemos el mismo derecho a ser y a existir, el hecho de no nombrar la diferencia, es no respetar uno de los derechos fundamentales: el de la existencia y la representación de esa existencia en el lenguaje.
El lenguaje es mucho más que palabras, no es neutro ni inocente, y es fundamental en el desarrollo y formación de la identidad de las personas por su estrecha relación con el pensamiento. Por ello, fomentar el uso de un lenguaje que no invisibilice ni discrimine a ningún sector de la sociedad, es de vital importancia.
Así, las feministas seguiremos extendiendo la red para que todas las mujeres de la tierra tengamos derecho a la voz, a la palabra. Sabiendo que vemos el mundo a través del cañamazo formado por la lengua y motivadas por la certeza de que este lenguaje contribuye a la perpetuación del patriarcado. Y sabiendo también que cuando tengamos una lengua que nos represente, cambiará la realidad.

PARA LA ELABORACIÓN DE ESTA PONENCIA ME HE BASADO FUNDAMENTALMENTE EN:
-NOMBRA. Instituto de la Mujer. Madrid, 1995

-EL LENGUAJE, MÁS QUE PALABRAS. EMAKUNDE. Instituto Vasco de la Mujer, 2000

-CUIDA TU LENGUAJE. Instituto Asturiano de la Mujer, 2001

Y en la bibliografía más comúnmente utilizada sobre el tema de sexismo en el lenguaje. Además de las ya citadas en el texto, agradecemos a tantas otras feministas (y a algún valioso varón) los esfuerzos para avanzar en tan apasionante tarea.

Patxi Juaristi

ORIGEN, RECORRIDO Y FUTURO DE LA COMISIÓN ASESORA DE PUBLICIDAD NO SEXISTA Y GÉNERO. BEGIRA

INTRODUCCIÓN
Uno de los objetivos fundamentales del Instituto Vasco de la Mujer / Emakumearen Euskal Erakundea, es la consecución de la igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres en todos los ámbitos de la vida política, económica, cultural y social del País Vasco.
En este sentido, y a pesar de los avances experimentados en las últimas décadas en cuanto a participación de las mujeres en diferentes ámbitos de la sociedad, los medios de comunicación y, concretamente, la publicidad siguen reflejando, en muchos casos, imágenes estereotipadas de éstas, no acordes con la realidad actual.
La publicidad no sólo actúa como instrumento económico para el consumo, sino que, en muchas ocasiones, es un medio de difusión y de reproducción de ideas sexistas que afectan a las relaciones de pareja, a las relaciones laborales y a todo tipo de convivencia privada y pública entre mujeres y hombres.
Sin duda alguna, las mujeres, tanto como objetos de reclamo como objetivos de los diferentes productos, son uno de los centros ante los que gira el mundo publicitario a pesar de que, en ciertos aspectos, este mundo invisibiliza a las mujeres. Fundamentalmente son tres las razones que nos llevan a esta afirmación:
1. Si analizamos los mensajes que transmite la publicidad nos encontramos con que muchos anuncios de productos, que teóricamente son para hombres y mujeres, no sólo excluyen sino que frecuentemente agreden a las mujeres. Así, aunque se están observando cambios importantes, podemos decir que, sobre todo la publicidad de coches y bebidas alcohólicas de alta graduación, se dirige exclusivamente a los hombres utilizando muchas veces símbolos y referencias machistas y, por lo tanto, presentando a las mujeres en situación de dependencia respecto de los hombres.
2. La publicidad audiovisual ignora a las mujeres porque las voces en off, es decir, las voces de fondo de los anuncios que dan consejos, resumen argumentos o indican al público lo que debe hacer son mayoritariamente masculinas. Incluso en el caso de productos exclusivos para mujeres (compresas, pastillas para el dolor menstrual...) las voces de fondo de los anuncios son masculinas.
3. Si analizamos el lenguaje utilizado en los anuncios, nos encontramos con que la mayoría de las veces no se tiene en cuenta a las mujeres. Términos como hijo, los, chicos, niño... sobresalen en los anuncios de productos tanto para hombres como para mujeres lo que significa, claramente, dejar de lado a las mujeres. Incluso en los casos en los que se habla en singular de una criatura, se utiliza el género masculino aunque sea una niña la protagonista. Hay que tener muy en cuenta que el lenguaje es uno de los instrumentos más importantes del sexismo, por el papel que juega en la transmisión de la cultura y las costumbres condicionando el punto de vista que tenemos sobre la realidad social.
Además de invisibilizar a las mujeres, es un hecho que los anuncios refuerzan los estereotipos tradicionales de los hombres y las mujeres, mostrándonos un mundo en el que las mujeres, además de estar bellas, deben ocuparse inexorablemente de la cocina, del cuidado de los demás miembros de la familia y de la limpieza.
En este sentido, los anuncios nos muestran un único ideal de forma de vida, el estilo de vida que todo el mundo debería desear. La publicidad no sólo aprueba el papel de ama de casa y de madre de las mujeres sino que lo reafirma señalando que ese el ideal de vida para ellas.
Por otra parte, observando los anuncios da la sensación de que las mujeres no trabajan en el mercado laboral. A través de la publicidad se invisibiliza que las mujeres son una tercera parte de la fuerza de trabajo. Además, cuando aparecen trabajando, lo hacen en profesiones secundarias, o bien en aquellas facetas que se refieren al cuidado de las otras personas y a las labores del mantenimiento del hogar.
Las mujeres raramente aparecen como personas activas y decididas. La imagen de las mujeres que se transmite en publicidad es la de una mujer femenina, dulce y cariñosa cuyo objetivo fundamental es crear un ambiente agradable en el hogar.
Desde mi punto de vista, es en estos aspectos, más que en la utilización de las mujeres como objetos eróticos y sexuales, donde reside el verdadero problema de mucha de la publicidad que consumimos; ya que las imágenes y estereotipos que nos muestran los anuncios inciden en la formación de la idea que tenemos -tanto los hombres como las mismas mujeres- de las mujeres.
En tercer lugar, hay que tener en cuenta que la publicidad tiende a minusvalorar a las mujeres presentándolas tanto como meros objetos sexuales como personas histéricas, fatales o envidiosas.
Es innegable que las mujeres en general, y su cuerpo en particular, han sido y son utilizadas como uno de los objetos publicitarios más importantes para atraer la atención del público consumidor y, por consiguiente, aumentar las ventas. Las mujeres son para la publicidad, el símbolo de la belleza y de la atracción erótica. Es decir, muchos anuncios niegan los valores intelectuales de las mujeres, interesándose sólo por los físicos, haciendo creer que la belleza es la clave del éxito social de las mujeres, la cualidad que las hace más valoradas. Además, en el mundo que crean los anuncios las mujeres aparecen como personas descaradas, histéricas, envidiosas... En este sentido, frente a los que señalan que la publicidad es fiel reflejo la realidad de vida cotidiana, se observa que, muchas veces, la publicidad es más sexista que la realidad misma ya que refuerza muchos de los estereotipos falsos existentes sobre las mujeres: mujeres cotillas, parlanchinas o histéricas.
Frente a esta problemática, en 1998 (Decreto 78/1998, de 27 de abril), nace la Comisión Asesora de Publicidad no Sexista-Begira, con el objetivo de impulsar la creación de una conciencia crítica en la ciudadanía respecto a la publicidad sexista, estimular la creación de un tipo de publicidad que refleje a mujeres y a hombres en papeles más diversificados y ofrecer imágenes de las mujeres más acordes con los cambios sociales producidos.
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