Elvira Altés Rufias ¿CÓmo funcionan y para qué sirven los estereotipos en los medios de comunicacióN?






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Los seres humanos podemos interpretar diferentes tipos de roles a lo largo de nuestra vida, y en cada ámbito en que nos movamos desempeñaremos el rol que de nosotros se espera. Los roles son instancias dinámicas, que evolucionan con el tiempo, adaptándose al momento histórico en el que vivamos, pero siempre suponen un corsé para la libertad individual, que se ve constreñida por las imágenes y representaciones sociales dominantes en una sociedad dada.

Acabar con los roles no es una decisión puramente individual, ya que como partícipes de una colectividad todas las personas necesitan de la aprobación y el reconocimiento de los demás, al mismo tiempo que autoreconocerse como miembro de ese grupo social.

La identidad de género, es decir, la asunción de una identidad femenina o masculina viene determinada por nuestra pertenencia a un sexo, y el largo proceso de socialización que empieza con nuestro nacimiento hará de nosotras mujeres -si hemos nacido hembras- u hombres, si se ha nacido varón. Sería extraordinariamente complejo analizar la identidad de género en una ponencia como esta, por lo que remito a algunos textos que se han publicado recientemente sobre el tema (Glover y Kaplan, 2002).

Ser mujer o ser hombre ha cambiado bastante a lo largo de la historia, y si comparásemos el rol femenino actual con el que desempeñaron nuestras abuelas veríamos que, en muy poco tiempo, ha cambiado mucho. No ha cambiado tanto, en cambio, el concepto sobre masculinidad, a pesar de que el cambio de las mujeres ha inducido inevitablemente a que se empiece a cuestionar la identidad masculina y el rol de género ejercido por los hombres.

Sea como fuere, los roles de género tienden a la permanencia, a fijar y anclar los diferentes tipos de comportamientos considerados correctos para hombres y mujeres, de tal manera que a pesar de la igualdad formal entre ambos sexos de que pueda gozar una determinada sociedad, aún descubrimos una tendencia muy acusada a juzgar de manera muy diferentes las actuaciones protagonizadas por las mujeres que las protagonizadas por los hombres. El control social es más severo y más reacio al cambio femenino, por lo que resulta tan irritante ver cómo los medios de comunicación continúan presentando unas imágenes sociales de las mujeres que en nada ayudan a la superación de la desigualdad entre unos y otras.
REPRESENTACIÓN MEDIÁTICA DE LOS GÉNEROS Y REALIDAD SOCIAL

En gran parte del mundo occidental se ha producido un cambio espectacular en el papel social ejercido por las mujeres. De tener un rol subordinado y subsidiario del masculino, de apoyo a aquel como sostén de la familia y de reserva para los casos de emergencia social, las mujeres han vivido un proceso que las ha llevado -o las está llevando, puesto que aún existen resistencias de todo orden- de ser el segundo sexo a ser el otro sexo, el igual en derechos y obligaciones, aunque distinto en su identidad. El proceso no ha acabado, aunque a mi juicio ya es irreversible, y, entre las muchas resistencias que ha de vencer la completa equiparación social de hombres y mujeres se encuentra el tratamiento desigual, asimétrico, caduco, despectivo y a veces discriminatorio que a las mujeres se les sigue dispensando en los medios de comunicación. Como decía al principio, la sociedad tiende a fijar las pautas de comportamiento para ambos géneros, que son asumidos a través del orden simbólico vigente en esa sociedad. A veces la realidad y el orden simbólico no coinciden, y esta falta de sintonía actúa como una rémora para el cambio, ya que se continúa proponiendo un universo de valores anclados en estereotipos y clichés periclitados que frenan, disuaden o dificultan la plena superación de la desigualdad.

Respecto a la representación de las mujeres en los medios de comunicación digamos que presenta un panorama bastante alejado de la realidad objetiva.

Las mujeres representan el 44,7% de la población activa (cifras de 2003). En las facultades y escuelas universitarias superan ya el 50% del alumnado aunque con oscilaciones según sean carreras técnicas o humanísticas. La justicia, la administración, la sanidad, la educación, y casi todos los sectores laborales cuentan con un importante porcentaje de mujeres. La familia tradicional ha dado paso a un nuevo tipo de organización familiar, más democrático, más igualitario, más inestable, con unos hábitos diferentes y unos valores -para bien y para mal- muy alejados de la concepción clásica de la sociedad tradicional (Alberdi,1999).

Hay que decir que las mujeres, en general, están en peor situación en cualquier ámbito social o laboral del que hablemos, ya sea en presencia, en salario o en cuotas de prestigio y poder, pero la incorporación femenina a todos las áreas de la sociedad creo que es una realidad mejorable, pero que no se puede cuestionar. Es evidente, no obstante, que ocupan los niveles bajos y medios de todos los ámbitos sociales, basta mirar las estadísticas para darse cuenta de ello.

Los medios de comunicación, por su parte, presentan una infra-representación cuantitativa, y un tratamiento asimétrico en lo cualitativo, que es donde más podría incidir para el cambio en el orden de lo simbólico. Por eso es tan importante analizar no sólo quién elabora los contenidos y qué tipo de representación de género se propone, sino, sobre todo, cómo se elaboran esos contenidos y bajo qué presupuestos profesionales.

Según el estudio que dirigí durante los años 1998-2000, y que estudiaba los procedimientos profesionales de cuatro diarios de información general y una agencia de noticias (La prensa por dentro. Producción informativa y transmisión de estereotipos de género) constatamos que en las previsiones diarias de los periódicos, los temas con presencia masculina ascendían al 47,5%, los temas con presencia femenina eran el 4,8% y los que estaban formulados de manera abstracta el 42,8. (Gallego et al., 2002).

Si miramos los temas previstos y finalmente publicados, veremos que el 50,4% tenía presencia femenina, el 40% estaba formulado de manera abstracta, un 4,6% contemplaba presencia femenina y otro 4,6% reunía los temas con presencia mixta, componente y perspectiva de género. Hay que decir que los temas previstos en un diario se cumplen en más de un 70% de los casos, lo que nos lleva a pensar en una formulación preconcebida de la realidad, donde los temas que tienen como protagonistas a las mujeres son una exigua minoría.

Según un reciente estudio (Institut Català de la Dona, 2002), las mujeres aparecen en los titulares de portada de los diarios en un 4,7%, representan el 17,5% de las personas entrevistadas y firman el 14,6% de los artículos de opinión.
ROLES DE GÉNERO Y PRODUCCIÓN INFORMATIVA

Con demasiada frecuencia se ha relacionado el contenido de los medios con la escasa presencia de mujeres, en especial en los puestos directivos. No existe, sin embargo, ninguna investigación rigurosa que se haya planteado entre sus objetivos estudiar las posibles diferencias de tratamiento de la información según si los productores de la misma son hombres o mujeres. Este es un tema de estudio muy interesante, pero requiere otra metodología y otro tipo de abordaje diferente al que el equipo de investigación que dirigí decidió aplicar, por eso no diseñamos un acercamiento a este tema en nuestro trabajo. Sin embargo, es cierto que el colectivo que elabora cotidianamente un medio de comunicación está formado por hombres y mujeres en diferente proporción. Eso es un elemento que hay que tener en cuenta a la hora de interpretar la realidad, así como las diferentes cosmovisiones del mundo que los periodistas aportan a la profesión en función de su pertenencia a un género o al otro. En este sentido hay que decir que la presencia de mujeres continúa siendo muy baja con relación a la presencia masculina, y que es tanto más baja cuanto más se sube en la pirámide jerárquica. Según fuentes de los diferentes medios estudiados, las mujeres representan entre une un 40% de la plantilla, (Avui, Agencia Efe), el 27% de El Periódico de Catalunya, y La Vanguardia y el 28% de El País.

Estos porcentajes bajan hasta el 33% en la Agencia Efe, el 22,2% de El País, y los 11,9% y 11,5% de El Periódico y La Vanguardia, respectivamente, si hablamos de cargos de responsabilidad, que incluye desde jefes de sección para arriba.

A parte de la inferior presencia porcentual, en general de hombres y mujeres, hay que destacar la escasa presencia de mujeres en los Consejos de Redacción de cada medio, aún más baja de lo que su presencia numérica podría suponer. También hay que comentar que en las redacciones domina un ambiente “muy masculino”. Este clima se podría representar simbólicamente en las conversaciones, las actitudes, la manera de entender el compañerismo etc. No sólo hay más hombres... también se ven más. Incluso las mujeres que ejercen cargos de responsabilidad - y en algunos casos con mucho peso en el proceso productivo- se hacen notar menos. Están como menos integradas en la pirámide jerárquica, con las necesarias relaciones sociales y grupales que ello implica. Su sistema de funcionamiento parece ser el de aparecer cuando hay que tomar decisiones técnicas... y desaparecer después. No están en los corrillos posteriores, ni se quedan en los pasillos, ni generalmente llaman la atención con comentarios, como sí ha sido el caso de otros cargos ocupados por hombres.

Cómo esta asimetría en la composición de las redacciones puede afectar o no, a la transmisión de estereotipos de género no lo podemos corroborar, a pesar de que en el epígrafe siguiente hacemos algunas interpretaciones al respecto.

El que sí que podemos afirmar es que en las redacciones impera una cultura periodística que no contempla entre sus presupuestos la dimensión de género. Por cultura periodística entendemos la creación y recreación de la realidad, una perspectiva del mundo compartida por un grupo de periodistas y que consiste en una serie de valores, creencias y reglas sobre la manera de conducir y tratar ciertos temas (como las noticias) y su correspondiente representación, (Melin-Higgins, Djerf-Pierre, 1998). Los profesionales de la información comparten una serie de valores que son los que ponen en funcionamiento para organizar su tarea cotidiana, y que, en definitiva son los que dotan de sentido y coherencia su trabajo5. Entre estos valores no figura dimensión de género para tipificar, clasificar, abordar, tratar, seleccionar o enfocar los acontecimientos. Los hechos seleccionados como objetos de información periodística poseen unas características determinadas entre las cuales los profesionales, mayoritariamente están de acuerdo: interés del tema, número de afectados, prominencia de los protagonistas, proximidad de los hechos, concurrencia de algunas particularidades, - como originalidad, dramatismo, emoción, humor, etc.-. La dimensión de género –por la cual entendemos aquellos rasgos que afectan a las personas por razón de pertenecer a un género, y que creemos es significativo informativamente-, no está tipificada como un posible valor noticia, de tal manera que este abordaje permanece ignorado y oculto en la mayoría de las informaciones, y tan solo hace acto de presencia cuando es la propia fuente la que incorpora la significación de género. Es decir, cuando la fuente introduce y destaca la diferente posición social que ocupan los hombres y las mujeres, y cómo esta diferente situación afecta a unos y a las otras (por ejemplo: cuando se señala que las mujeres ganan un 25% menos que los hombres, o cuando se explica la diferente incidencia de algunas enfermedades según el sexo)

Salvo estas excepciones en que las fuentes incorporan la dimensión de género en su valoración informativa – y por ello es noticia -, los profesionales abordan estas cuestiones de una manera intuitiva, aproximada, a veces por exceso (como cuando introducen estereotipos reiterativos, pasados de moda: la dama de hierro, la bella sirena, la viuda negra, etc.) pero que resultan de una sorprendente actualidad: "La bella recupera el trono" (27-07-2003); "La sirena con record masculino", (28-7-2003); "La sirena del mundo (18-7-2003); "Las sirenas también lloran" (20-7-2003); todos ellos referidos a los campeonatos mundiales de natación del 2003, y aparecidos en El País. A destacar esta tendencia a calificar a las nadadoras como sirenas, lo que nos dice bien poco sobre la originalidad de sus autores.

Otras veces el abordaje es a mi juicio, por defecto, cuando se hacen tratamientos muy asimétricos, muy diferenciados, a veces incluso ofensivos, o bien se identifica insuficientemente a las mujeres, sin rigor, con excesiva familiaridad o incluso con un cierto menosprecio. Es aquí donde entran en juego las diferentes sensibilidades individuales y las traiciones del subconsciente. Y eso es aplicable tanto a mujeres como a hombres, ya que los dos comparten estos principios que conforman la cultura periodística y también todo el substrato ideológico de una cultura común.
LOS MECANISMOS DE TRANSMISIÓN DE ESTEREOTIPOS Y ROLES DE GÉNERO: RUTINAS, PRÁCTICAS Y PROCEDIMIENTOS PROFESIONALES

Los medios, como hemos visto, someten la realidad a una serie de procedimientos rutinarios para hacerla practicable, para poder operar sobre ella. En cierto modo, es lógico que así sea, pues sería muy difícil confeccionar un mensaje con periodicidad estable (diaria, a veces varias veces al día) sin introducir algún tipo de organización o rutinas productivas que haga posible la emisión o la publicación de un diario (escrito o hablado). Ahora bien, hay que saber cuáles y por qué se eligen estas rutinas y no otras, y, sobre todo, entender que esos procedimientos profesionales tienen una incidencia en el discurso producido.

El equipo de trabajo que he dirigido durante tres años siguiendo, también, a otras autoras europeas (Melin-Higgins, 1998, 2001) define los procedimientos profesionales como una auténtica cultura periodística, con sus presupuestos, sus valores, sus creencias, sus concepciones respecto a lo que es y representa el informar. En estos supuestos profesionales, no existe, se desconoce o se desprecia la dimensión de género de la información. Sencillamente, los periodistas no tienen un concepto específico para situar las cuestiones relacionadas con el género. Eso explicaría, en parte,

Que junto a una noticia o texto que incorpora lo que nosotras hemos denominado perspectiva de género aplicada a la información, exista un texto con un tratamiento peyorativo, estereotipado e incluso degradante para las mujeres. Esta indefinición o desconocimiento de lo que representa la dimensión de género produce un discurso asimétrico, desigual o discriminatorio para las mujeres, sobre quienes es más fácil ironizar, o a quien resulta sencillo escarnecer, ya que el juicio que se sigue teniendo sobre las acciones protagonizadas por mujeres es diferente al que se acostumbra aplicar a los hombres.

Como hemos comentado más arriba, los mecanismos permanecen la mayor parte de las veces, ocultos. Por tanto, lo que hemos hecho nosotras es intentar captar la lógica de los procesos productivos, y la incidencia de los mismos en el discurso informativo, en especial en la representación de género que tal lógica posibilita. Este es uno de los primeros trabajos que pone en relación todo el proceso productivo en general con las cuestiones de género, lo cual no ha sido lo habitual, al menos hasta ahora, en el campo de estudio sobre género y comunicación, ámbito en el que han dominado abordajes sectoriales, incluso en lo que algunas han denominado trabajos centrados en “micro-niveles” (Kivikuru [et al.] (1998).

Hemos situado los diferentes mecanismos en cuatro esferas, según que los factores condicionantes de la producción informativa provenga de a) la organización empresarial b) la cultura periodística c) el contexto socio-cultural o d) la idiosincrasia individual. Un esquema parecido, aunque no exactamente igual- han utilizado otros autores (Shoemaker y Reese, 1994).

  1. Mecanismos debidos a la organización empresarial
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