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fecha de publicación14.06.2016
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INTRODUCCIÓN A LA ÉTICA COMO DISCIPLINA FILOSÓFICA.
El término ética proviene del griego ethos, que tiene dos sentidos fundamentales. En su sentido más antiguo significaba residencia, morada, lugar donde se habita; se usaba sobre todo en poesía para referirse a las guaridas de los animales, a sus lugares de pasto y encuentro. Más tarde se aplicó también a los hombres con el significado de su país.
Esta acepción , que no es la más común ha sido potenciada por algunos filósofos modernos como Martín Heidegger pero ahora ya no referida al país exterior sino al lugar que el hombre lleva en sí mismo.

El ethos es el suelo firme, la raíz de la que brotan todos los actos humanos. Pero la significación más usual  y que tendría que ver más con la ética según la tradición es la de modo de ser o carácter  que se va adquiriendo con la práctica.
Posteriormente el lenguaje fue evolucionando y la usó para referirse a "La manera de actuar, coherente, constante y permanente del hombre para llevar a cabo lo bueno".

Ya tenemos, el concepto clásico de lo que siempre se ha entendido por ética. Cuando los latinos se ven forzados a traducir esa palabra a su lenguaje propio utilizan el vocablo "moralitas", que a su vez se origina de la raíz "mos", o "mores" que significaba simultáneamente: costumbres y maneras permanentes de actuar o comportarse.
Al no disponer el latín de dos palabras para referirse a los dos conceptos que el griego podía diferenciar, muy pronto "moralitas" sustituye a éthos y ëthos, y por lo tanto, en adelante una palabra sola va a significar tanto el modo de ser o la predisposición propia de cada uno en lo que tiene que ver con lo bueno, como las conductas acostumbradas o "de hecho".
Es del vocablo latín "moralitas" que proviene la palabra "moral" del lenguaje castellano.

Del análisis etimológico podemos ver que la palabra latina "moralitas" incluye no solo las acciones humanas en "cuanto vividas de hecho" sino también las acciones humanas en cuanto elegidas como rectas de acuerdo con el mundo de valores permanente.

Cuando se le usa como sustantivo ("La Ética" ) se da a entender un saber específico dentro de las disciplinas humanas que tiene como objeto la fundamentación racional de lo que debe ser la responsabilidad del ser humano para alcanzar lo bueno o lo recto.

En ese sentido, denominaría el saber filosófico coherente y sistematizado (en teorías orgánicas) sobre las características que deben tener los valores, principios, normas y virtudes para que el ser humano se realice como tal en su transcurrir histórico.
Ese saber sistematizado implica una concepción de lo que son los derechos y deberes que le corresponden como individuo que vive en sociedad, así como las prohibiciones, sanciones y todos los tipos de medios adecuados para alcanzar "el bien" en la interacción humana

El conocido e importantísimo filósofo alemán Immanuel Kant recogió en tres preguntas cuya sencillez contrasta con la complejidad de su sistema, todo lo que constituye nuestro horizonte de preocupaciones e intereses vitales y especulaciones filosóficas: ¿qué puedo conocer?; ¿qué debo hacer? Y ¿qué me es permitido esperar?
La segunda de las interrogantes se refiere al mundo de la acción humana entendida como acción moral individual , social y política.

En unas épocas más que en otras pero en todo momento, a la filosofía le han preocupado además de cuestiones especulativas y teóricas acerca del conocimiento o de la realidad, las cuestiones prácticas , aquello que puede hacer al hombre feliz u orientar su conducta individual o colectiva. Sobre este asunto han reflexionado los filósofos y se han constituido los sistemas éticos.
En el proceso socializador por el que el individuo hace suya la cultura humana , aprende a organizar los múltiples estímulos que le llegan.

Este cúmulo de indicaciones es un primero y muy importante bagaje cultural que orienta al hombre en su acción.
Se trata de un conjunto de pautas de conducta de muy distinta índole. Reglas de cortesía, de higiene, consejos de sabiduría popular, recomendaciones de precaución ante posibles peligros, creencias religiosas que exigen determinadas prácticas rituales, y otras que calificamos de expresas prescripciones morales.

El proceso moralizador se inscribe en el proceso socializador y sigue los mismos pasos que éste.
Lo que al principio significa solamente un ajuste al grupo social y por el grupo social, poco a poco se va convirtiendo por la interiorización y por el distanciamiento reflexivo y crítico, en una manera más personal de ser y de autodefinirse en la práctica.
El sentido de la obligatoriedad moral comienza en el grupo familiar pero termina por vivirse en la soledad de la conciencia del individuo. Este, a medida que vive, es capaz de distanciarse, de criticar esas prescripciones recibidas, de sustituirlas, de proponerse conductas y objetivos distintos.
El otro aspecto de la moral que aparece como inseparable del fáctico es el aspecto normativo o el de las reglas de acción a las que debe ajustarse la conducta humana. Este da a la conducta moral su carácter de obligatoria que el sujeto experimenta como lo que debe hacer en su doble sentido de hacer u omitir.
Entendemos que norma es un enunciado que indica una conducta que hay que seguir. Ahora bien reglas hay muchas y muy variadas, son las obligatoriedades que se le exigen al hombre.
De modo que necesitamos saber de qué tipo son éstas y cómo se distinguen de otras normas, como las legales o las políticas o las de circulación o las de cortesía.

La obligatoriedad moral no puede entenderse sin libertad en el hombre, libertad previa, entendida como cierta capacidad de autodecisión por parte del hombre y libertad para la realización de la conducta normativa.
La obligatoriedad  moral no es una determinación a obrar que se impone irresistiblemente. Al contrario, cuando alguien se ve obligado a actuar, bien sea por coacción externa o por impulso interno, no tiene sentido la pregunta de si actuó bien o mal, porque actuó por necesidad.
Sólo cuando actúa por elección cabe exigir al agente una acción obligatoria que encauza o dirige  su conducta porque el ha aceptado previamente que sea así.
La norma moral exige una aceptación previa interna y personal de tal manera que, podemos afirmar que ésta , a diferencia de las demás que pueden ser impuestas desde el exterior sin más aceptación por parte del sujeto, es la característica esencial.
De poco sirve que aseguremos al agente de circulación nuestra aversión a la norma que impone llevar el cinturón de seguridad , para evitar la multa que por tal incumplimiento nos impone. Esta interiorización de la obligación es lo que expresamos con el término conciencia ,”me siento obligado en conciencia”, decimos, entendida en este caso como capacidad de descubrir en nosotros la norma moral. Al menos en este sentido, se puede afirmar que las normas morales,a diferencia de las otras, se las da el hombre a sí mismo, no en vano él es el sujeto moral , aunque puedan tener su origen en él mismo, en su razón o fuera de él.
Definición de conciencia. Conocemos un uso del término conciencia propio de los procesos psíquicos de conocimiento: designa el nivel de advertencia del sujeto cognoscente respecto de determinados procesos o hechos.
Por ejemplo, no tenemos conciencia de la mayor parte de nuestros procesos fisiológico “perdemos la conciencia” cuando dormimos o cuando sufrimos un desmayo, etc. Pero existe otro uso específico de la conciencia . Designa un tipo de conocimiento relacionado con la capacidad de juzgar y de distinguir lo que es bueno de lo que es malo, lo que debe ser hecho o evitado. Este es el que buscamos.
Con frecuencia experimentamos una especie de juicio interior de aprobación o repulsa de lo que nos disponemos a hacer o incluso de lo que ya hemos hecho, “esto que vas a hacer es un robo, no debes hacerlo”, nos parece escuchar. Todos tenemos la experiencia de tensiones personales como consecuencias de veredictos de este orden.
Si analizamos el lenguaje ordinario o nos asomamos a la literatura, encontraremos frecuentes imágenes o metáforas que se refieren a este hecho de la conciencia moral ; “voz interior”, “juez implacable”, “guía segura “ , “gusano que corroe”…
Tras estas expresiones , que en realidad no son sino formas metafóricas de hablar, se esconde la tendencia a clasificar la conciencia ; es difícil desarraigar esa inclinación a imaginar la conciencia como algo distinto de nosotros mismos, cuando , en realidad, no es otra cosa que nuestra capacidad racional de valorar nuestro comportamiento, de emitir juicios sobre si lo que hacemos o hacen los demás se ajusta  o no a la norma moral asumida por cada uno, vigente normalmente, además, en el grupo social de pertenencia.
De ahí nace el sentido de obligatoriedad y el reconocimiento del propio deber por parte del hombre.

Es, pues , esta capacidad que experimenta el ser humano de elaborar un juicio moral sobre sus propios actos lo que constituye para la ética la conciencia.

Estructura del acto moral.Se ha tratado de establecer una cierta estructura del acto o la acción moral distinguiendo en el mismo diversas fases o momentos articulados entre sí.

Son los siguientes: el motivo, la elección del fin, el establecimiento de los medios y las consecuencias que se siguen.

Motivo.

Por motivo entendemos tal como decimos en la psicología, aquello que impulsa a la acción, que mueve al sujeto a obtener un determinado fin.

En efecto , un mismo fin puede ser buscado por diversos y aún opuestos motivos .

Un estudiante, por ejemplo puede proponerse obtener buenas notas porque quiere quedar bien ante los compañeros, porque simplemente lo considera su deber, por contentar a sus padres, porque quiere entrar a la universidad,…, a partir del Psicoanálisis de Freud sabemos que existen motivos inconscientes que , sin embargo, influyen en la conducta del individuo.

Conocemos además , otras causas de motivos no concientes , como son los “impulsos incontenibles”, las “pasiones violentas” o los “hábitos incorregibles”. Únicamente los motivos de los que el sujeto es conciente y de los que se siente conocedor y capaz de dominar son los que pueden y deben ser tenidos en cuenta a la hora de calificar moralmente un acto. Esta consideración nos puede llevar, por ejemplo , a tratar un drogadicto más como un enfermo que como responsable moral , si suponemos que su adicción es el motivo que le impulsa irremediablemente a buscar la droga y los medios para obtenerla.
Elección del fin. Todo acto humano se realiza en vistas a un fin. El acto moral exige que el sujeto  sea conciente también del fin que se propone: es lo que se llama la anticipación imaginativa del resultado.
Normalmente la elección de un fin es un acto preferencial, es decir, supone el conocimiento previo de varios fines posibles, con frecuencia contradictorios entre sí, la elección de uno de ellos y la decisión de ponerlo como meta es lo que da al acto moral el carácter de voluntario.
Los medios. La fase que viene a continuación  es la del establecimiento o elección de los medios necesarios para alcanzar finalmente el resultado que se busca. Tampoco esto es indiferente para la valoración moral.

Así , no se justifican de la misma manera el soborno , la calumnia, o el esfuerzo y la inteligencia.

El fin no justifica los medios, por altos que sean los fines y respetables motivos.
Las consecuencias. Si con las fases señaladas ya queda completado el acto en sí por parte de quien lo realiza, no lo está aún en sus consecuencias, es decir, en el modo como afecta a los demás.

El sujeto no puede desentenderse de la repercusión que sus acciones tienen en la convivencia social , cuya regulación también es un elemento del acto moral.

Aparece así el doble carácter subjetivo-objetivo del acto moral; si bien es cierto que se presenta como actividad de un sujeto conciente del fin que pretende, de los motivos que le mueven y de los medios que pone, tiene un lado objetivo insoslayable que le supera, como es el resultado objetivo de tal acción, los medios que emplea, las consecuencias que se siguen.

Javier de Echano y otros. Arjé…

 





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