En camino hacia el sacerdocio: Reflexiones desde la Antropología cristiana del Vaticano II






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EN CAMINO HACIA EL SACERDOCIO: Reflexiones desde la Antropología cristiana del Vaticano II

Aniano Álvarez-Suárez,ocd.

*Síntesis del artículo:

Partiendo del trasfondo antropológico de la “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano II, el artículo trata de presentar el posible itinerario humano, académico y espiritual de un candidato al sacerdocio ministerial: la llamada divina y la respuesta y maduración humanas, desembocando en la posible misión eclesial y pastoral. Todo ello, fundamentado en los Documentos del Concilio Vaticano II (especialmente, “Presbyterorum Ordinis” y “Optatam Totius”) y en el magisterio de la Iglesia posterior. Con ello, se quiere ofrecer una humilde colaboración tanto a la promoción vocacional como a la formación institucional de los aspirantes al sacerdocio ministerial, en clave antropológica.

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*Perfil biográfico:

El P. Aniano Álvarez-Suárez es un Carmelita teresiano español. Oriundo de las montañas leonesas, hace su Profesión Religiosa en Calahorra (Logroño), prosigue los estudios filosóficos en El Burgo de Osma (Soria) y, concluye sus estudios teológicos en la Facultad teológica del Teresianum de Roma y en la Facultad de Teología Católica de Münster (Alemania). Es Licenciado en Teología Dogmática, Doctor en Teología Espiritual y Diplomado en Vida Religiosa. Es autor de varios libros, artículos y recensiones. En la actualidad, es Catedrático de Antropología teológica y Espiritualidad en el Teresianum de Roma.

1.- El trasfondo conciliar
Hablar de la dimensión antropológica de la vocación sacerdotal en el magisterio del Concilio Vaticano II, comporta la inevitable realidad de presentar el verdadero “sentido y valor del hombre” para la Iglesia1. Ésa es la primera realidad que impresiona al acercarnos a los documentos del Vaticano II2. Al hablarnos de la vocación sacerdotal, el Concilio, al querer narrarnos esa aventura indescriptible del espíritu, no lo hace hablándonos eminentemente de Dios, sino humildemente del hombre: es el hombre quien, en el ejercicio de su libertad, al final, se convierte en el gran protagonista de esa decisión y aventura personal, con todo lo que conlleva humanamente de riesgo y presupone de gracia.
Para el Vaticano II, el hombre no es esa criatura disoluta y desdibujada en una especie de universo anónimo o realidad global y amorfa. El hombre es el hombre, imagen de Dios con su libertad, con su inteligencia, con su conciencia, con su responsabilidad e irrepetibilidad3. Y la iluminación de esta realidad humana, que el Concilio presenta a través de su magisterio, resulta verdaderamente fascinante: profundiza en el misterio del hombre, transmitiendo la sensación de que conoce todos lo pliegues y repliegues del mismo. Entra dentro de su interioridad y analiza todas sus dimensiones existenciales: deseos y desilusiones, la sed de infinito, de la que es portador, y la necesidad de la verdad y del amor, que encarna todo su ser. Pero, a la vez, presenta también sus limitaciones, que, precisamente en esa experiencia de fragilidad, engrandecen su conciencia íntima de ser “algo más” que el mundo que lo rodea, pues las realidades terrenas no apagan su sed de infinito4.
El Concilio, por una parte, nos presenta un hombre atormentado, angustiado, insatisfecho, que grita la libertad y experimenta esclavitud, que grita amor y se descubre rodeado de tanta aridez, que grita verdad y se mueve en la oscuridad5. Y este drama del hombre, tal como lo describe el Concilio, encuentra tantos ecos en el espíritu de hoy6.
El Concilio no se plantea abstractamente la cuestión de si este hombre postule a Dios. Y ello, porque el Concilio no habla de un hombre solamente conceptual y nocional, sino eminentemente histórico. Presenta la historia del hombre, esa verdadera historia que es el auténtico reclamo para la búsqueda de Dios. Este hombre es portador de una vocación de trascendencia en su apertura hacia Dios. Y el Dios que se presenta como ideal de ese hombre, histórico y concreto, en la experiencia de su creaturalidad, no es un Dios abstracto, filosófico, nocionístico. Es, más bien, el fruto del descubrimiento de un ser personal, que en la experiencia de su ser criatura sin paz, le habla de la necesidad de llenar el vacío que vibra en su interior y atormenta su existencia. Ese ser personal y único es el Dios de la Revelación7.
Cristo, en la historia de su misterio de Dios encarnado, se convierte para el hombre en la concreción del misterio inefable de la Trinidad, asumiendo, a la vez, toda la historia del hombre. Así, el Concilio afirma que el misterio de Dios se revela en el encuentro histórico del hombre con Cristo. En Cristo se sintetizan y resumen todas las relaciones del hombre con Dios8.
Y aquí entra el valor de la aventura de la fe. Y, también aquí, el mensaje de la antropología conciliar reviste la dimensión no de una doctrina sino de experiencia concreta y existencial. Se trata de una fe que narra el emocionado palpitar de la vida. El creyente conoce a Dios en la experiencia de la comunión de sus vidas. El creyente sabe lo que sabe de Dios no porque se lo digan los otros, sino porque el misterio de Dios lo transforma.
En nuestro mundo de hoy descubrimos tanta crisis de fe. Y la forma como el Concilio presenta la fe resulta de un valor admirable, pues resulta ser la forma más cercana a la sensibilidad del espíritu moderno: el hombre de hoy necesita no confundir la fe con la cultura religiosa o con la historia de las religiones o con la militancia en un sistema filosófico o de pensamiento. El Concilio nos dice que la fe debe trascenderlo todo, pues busca la experiencia que tiende a la realización plena y profunda, cuya luz no es el resultado de la legitimidad del silogismo y del raciocinio, sino más bien el fruto del “gusto” de las cosas trascendentes y especialmente de Dios, que cuanto más real es tanto más indecible resulta.
En la reflexión antropológica del Concilio encontramos otro elemento, también orientador en el campo vocacional: el de la ascesis y el de la mortificación. La ascesis (“kénosis”), para el Concilio no es otra cosa sino la reciprocidad del misterio de la Encarnación de Cristo, en la vida real y concreta del hombre. El hombre se descubre a sí mismo, ante una alternativa existencial: ¿ser dueño y señor de las cosas o esclavo y servidor de las mismas? Si quiere ser esclavo de las cosas no debe renunciar a nada, pero será prisionero en una jaula de oro, envuelta en las tinieblas de la prisión más horrenda9. En cambio, si quiere ser señor de las cosas ha de saber descubrirlas a través de su fe contemplativa, como expresión de la comunión con Dios. Para ello, la “kenosis” de la fe comporta la afirmación y la proclamación de la vocación a la eternidad, que el hombre lleva en su corazón.
La comunión del hombre con Dios y de Dios con el hombre es una única historia. Dios y el hombre se encuentran en Cristo, en quien el hombre descubre su definitividad, Dios se revela como es, el Dios de la historia humana y la historia humana deja de ser un absurdo al convertirse en el camino que Cristo asumió para llevarnos a Dios10.
El “proyecto de Cristo” revela así la vocación y la estructura del hombre: un ser pensado y realizado para la comunión esponsal con el Verbo, para amar y ser amado dentro de la comunión divina. La contemplación del hombre en esta perspectiva de gracia, comporta el hecho de que la vocación del hombre a la “unión con Dios por amor” no aparezca como un objetivo puramente ascético y extrínseco al ser humano, sino más bien como una aspiración del ser original. Y ello quiere decir que el deseo y el anhelo por Dios brota también del ser y del psiquismo natural del hombre.
No obstante todo esto, existen, sin embargo, una serie de situaciones que, en el camino histórico del hombre, se han ido creando y que han ido dejando en él un poso tan considerable que, a veces, hace que el camino hacia el encuentro con Dios le resulte difícil y fatigoso. Es el peso del pecado “original” y “personal”: una fractura del hombre con Dios, con él mismo y con todas las cosas, y que es común a toda la humanidad; y otra fractura, causada por las consecuencias de la vida de cada hombre11.
Son dos realidades que se entrelazan, creando, a veces, alienación y sufrimiento. Los datos de la Revelación y la observación psicológico-existencial nos lo evidencian abiertamente.
El rechazo de la vocación divina, por parte del hombre, le ha provocado una alteración de su armonía en los niveles más profundos de su persona, y el problema más grave es que esta alteración va más allá del campo de la conciencia; por ello, resulta a veces incontrolable, pues las potencialidades interiores dominan a la razón sometiéndola y esclavizándola a su pasión ciega.
No es tanto la cuestión del posible pecado ocasional. Lo importante es que las tendencias y las aptitudes no le descontrolen en la lógica y racionalidad.
Es muy importante precisar que tal condición humana es, ciertamente, muy profunda pero no tanto como para anular su ser. Y aquí poderíamos hablar de “modos de ser”, enraizados mediante el ejercicio personal, hasta convertirse en una segunda naturaleza, tanto que, para cambiarlos parecería que tendríamos que desenraizar todo el ser. Bien podríamos insinuar aquí que, en el camino hacia la recuperación interior y madurez espiritual hacia la unión con Dio, sólo Dios puede llevar adelante esta empresa. Y Dios, normalmente, realiza su obra con tal radicalidad que cambia a la persona en su dimensión más profunda12.
Ciertamente, todo esto suena a cruz, muerte y resurrección. Y es que se trata de una muerte para la resurrección y una vida en mayor plenitud. Y aquí surge el gran drama existencial del hombre: creado por Dios y para Dios, impulsado por esu misma estructura vital hacia las aspiraciones de la vida divina, como consecuencia del pecado, sufre una trágica división y contradicción13.
El hombre, no obstante todo, sigue siendo en su constitución esencialmente bueno y original: el cuerpo, la sensibilidad, el espíritu y también los bienes de la creación son, por su naturaleza, “buenos” y ayudan a su realización. El problema reside en el cómo integrarlos entre ellos, según la respectiva importancia y correspondiente función: se trata de hacer que el hombre camine hacia la armonía original. Y esto comporta una dolorosa lucha interior que no da respiro a quien se decide por Dios.
Y aquí se manifiesta esta doble realidad: Dios y el hombre. El hombre queda desvelado en su más recóndita profundidad, siempre a la luz de Dios, y con los maravillosos horizontes por delante de su unidad, irrepetibilidad y dignidad. Y ese es el hombre concreto con el que Dios quiere vivir una profunda y transformante amistad14.

2.- Hablando de la vocación
Las cosas más importantes y bellas de la vida, a veces, son las más difíciles de definir. Y el concepto de vocación se presta a diversas interpretaciones, pues podemos usar la palabra vocación de diferentes maneras, en diversos niveles. En realidad, la palabra “vocación” proviene del latín “vocare”, que significa sencillamente “llamar” y el que descubre su vocación es quien precedentemente ha sido “llamado”, por el mismo Dios. Así, sentir o descubrir una vocación significará, en primer lugar, que “Alguien” me está llamando. De otra manera no tiene sentido una posible respuesta.
Y, respecto a la “vocación sacerdotal”, lo primero que hemos de afirmar es que es Dios quien toma siempre la iniciativa y dirige su llamada libremente a hombres concretos y determinados, que, también personal y libremente, responderán positiva o negativamente a la iniciativa de Dios.
Y nosotros, iluminados por la fe y la enorme experiencia de la Iglesia, sabemos que Dios tiene un proyecto grandioso e inefable para con cada persona llamada a la existencia. El don de la vida humana es ya de por sí algo formidable; pero el hecho de que Dios nos pueda llamar, además, a gozar de su propia vida divina, resultaría inaudito, inefable, insospechable si no fuera por la Revelación que Cristo nos hace en la Sagrada Escritura. Es la vocación a la gracia. Y, siendo la gracia, de por sì santificante, en resumidas cuentas, Dios nos llama a la santidad15. Y de esta manera brillantísima el Concilio Vaticano II, en la Constitución dogmática “Lumen Gentium” nos aclara la llamada universal a la santidad por la participación de la vida divina: “El Padre Eterno creó el mundo universo por un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad; decretó elevar a los hombres a la participación de la Vida Divina”16. Y, el mismo documento, afirmará: “Por eso, en la Iglesia, todos, ya pertenezcan a la Jerarquía, ya sean apacentados por ella, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: ‘esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación’ (1Tes. 4,3)”17.
Pero aún hay algo más. Si, en toda vocación, es Dios quien llama, a quien corresponde, pues, responder a dicha llamada es al hombre. En el Evangelio de San Mateo (Mt 4,18-22), se nos narra cómo caminaba Jesús a orillas del lago de Galilea y vió a dos hermanos: “Simón, llamado después Pedro, y Andrés, que echaban las redes al agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: ‘Seguidme y os haré pescadores de hombres’. Y los dos, inmediatamente, dejaron las redes y lo siguieron. Más allá viñ a otros dos hermanos: Santiago y Juan, que, con Zebedeo su padre, estaban en su barca zurziendo las redes. Jesús los llamó, y, ellos, también dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron”. Así llamó Cristo a “los que Él quiso”, de entre todos sus discípulos y los fue formando, a lo largo de tres años, de una manera especial: les fue dando órdenes y confiriéndoles sus poderes para llevar a cabo su obra de salvación. Ya que, si algo hay claro en los Evangelios, es la intención precisa, por parte de Jesús, de fundar su Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles para santificar y salvar a la humanidad entera por la predicación de la Palabra de Dios y la celebración de los Sacramentos.
Tan magna empresa, obviamente, no terminaría con la muerte del último de los Apóstoles y, así, ellos, en el ejercicio ministerial de su misión, fueron comunicando sus poderes sacerdotales a sus sucesores por la imposición de las manos, como constatamos en los Hechos de los Apóstoles y en las Cartas de San Pablo18. Y, desde entonces, miles y miles de hombres han sentido la misma llamada a entregar su vida entera por la salvación de las almas. “El amor de Cristo nos apremia”, decía San Pablo. Y esos hombres, inflamados por el amor a Dios, han llevado la Palabra de salvación, durante 21 siglos, a todos los rincones de la tierra.
En el Documento “Presbyterorum Ordinis” del Concilio Ecuménico Vaticano II, se describe así la misión del sacerdote: “Los sacerdotes, contribuyen, a un tiempo, al aumento de la gloria de Dios y a que progresen los hombres en la Vida Divina”19. “Los presbíteros, tomados de entre los hombres para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, viven entre los demás hombres como entre hermanos”20. “Por su vocación y ordenación, los presbíteros de la Nueva Alianza son, ciertamente, separados en el seno del Pueblo de Dios, no para alejarse de él, ni de qualquier hombre, sino para que puedan consagrarse totalmente a la obra a la que el Señor los llamó”21.

3.- ¿Cómo llama Dios?
Es cierto que, como hemos ya afirmado, en toda vocación sacerdotal, la iniciativa es de Dios; que Dios llama a quien quiere, cuando quiere, y del modo que quiere. Más allá de todos nuestros proyectos humanos a favor o en contra de la llamada divina.
Y en esta historia y aventura de la “llamada-respuesta”, puede ser que alguien vea, sin saber tampoco cómo, y con una lucidez total, que la llamada de Dios le indica que el sacerdocio es lo suyo. O, por el contrario, puede suceder que la idea vaya calando lentamente en su ánimo, como a través de una niebla que se despeja poco a poco.
Algunos han sido llamados desde su más tierna infancia, y, jamás han pensado en otra cosa. Otros, al contrario, han tenido que superar dudas y tentaciones, altibajos y decepciones. Realmente, cada sacerdote sabe el cómo de su llamada, pues, como en el amor humano, en la vocación sacerdotal, no hay reglas absolutas al respecto. Sin embargo, sí podemos tener en cuenta algunos aspectos o rasgos generales, que pueden ayudar a discernir si alguien está siendo llamado por Dios o no.
Una de las finalidades de la vocación sacerdotal, es la de colaborar a que los hombres vivan en “Gracia de Dios”. Por ello, sería una contradicción pensar en dedicar la vida entera a este fin y no comprometerse con vivir personalmente en Gracia, como afirma el mismo Concilio22. Siendo frágiles y débiles, cualquiera puede, en un determinado momento, no corresponder al compromiso fundamental. Pero eso será siempre una excepción, una situación coyuntural. Cuando se vive, normalmente, alejados de la vida de Gracia, no se puede pensar, en serio, en el sacerdocio. El compromiso de vivir en Gracia conlleva, también, un determinado gusto por las cosas de Dios, junto con una determinada inclinación por todo lo religioso, especialmente, por la búsqueda de Dios. Tal inclinación se concreta, a su vez, en un frecuente compromiso orante y en una participación gozosa y festiva de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía23.
La posibilidad de la opción por la vocación sacerdotal presupone también una determinada capacidad intelectual24. Para que la posible “llamada” encuentre una respuesta real, se requiere en la persona llamada tanto la inteligencia suficiente como la necesaria perseverancia. Y, sobre todo, un exquisito equilibrio emocional, una ecuanimidad y un dominio de sí mismo a toda prueba25.
También debe reencontrarse en el posible aspirante a la vocación sacerdotal un grande y profundo amor a la Iglesia26, ya que toda su vida sacerdotal será, después, una apasionada entrega a la Iglesia. El celo apostólico, al ejemplo de María, puede ser un signo y un camino del incipiente florecimiento de la vocación sacerdotal. Para Dios, ciertamente, nada hay imposible. Pero lo más normal es que vaya sembrando sus semillas vocacionales al amor oblativo y sacerdotal en los campos preparados para acogerlas correctamente. Ya que, sólo así, dichas semillas o gérmenes vocacionales podrán dersarrollarse, después, progresivamente, en la generosa respuesta de cada día.
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