Asunto: «Me dejaste estupefacto con tus comentarios sobre Oswald Pohl»






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Gius de los libretos cómicos (escritura fonética de su apellido paterno inglés que no usaba, como Adorno el suyo), se radicó en Pineda de Mar. Crucé correspondencia con él cuando yo era el tesorero del PEN Club. Después volvió allá y las últimas noticias que tuve es que estaba viviendo en Montevideo, de donde es.
Zito Lema se fue a vivir a los Países Bajos. Supongo que también habrá vuelto.
A Alberto lo conocí en la tertulia que Irene Lavalle, la primera mujer de Luchi y jueza de sus borracheras, le organizó al viejo por 1986 o 1987 en su piso de la dreta del Eixample, chaflán de Bailén-Valencia. Volvió a la Argentina, y la penúltima vez que fui (diciembre de 2002-enero de 2003, allá pleno verano) coincidimos en el avión de vuelta. La editorial lo reenviaba aquí por una especie de ultimátum. Si se resistía a venir, lo despedían. Conservaba el departamento de El Masnou, el poblezuelo de las vías de ferrocarril y el mar en donde había vivido también Zito Lema al principio, y se había quedado a vivir una de las hijas que tuvo con Margarita Witt, y se iba allí.
Lo llamé por teléfono a la semana de llegar, pero no manifestó ningún interés por encontrarse conmigo.
6. Con «bastantísima» Seoane quise significar que ya tenía bastante con haber escrito una biografía como la que escribió sobre Santucho. Fue precisamente a ti a quien oí, la tarde del búnker, expulsar de los pulmones la divulgación del mote de «socialdemócrata». Lo divulgabas, que parece cosa del colegio tener que aclarar que no necesariamente lo compartías. En aquella oportunidad, no obstante, tuve la sensación de que, si bien no te hacías eco, te sonaba bien la combinación de tacha de ex militante con signos físicos de abdicación y retrato-robot de «europea autocontrolada» de la escritora. La caracterización resultante estima por cuenta de la «maquinita». Conforme a la maquinita del legado ideológico, la caracterización engrosaría con el matiz de ‘retrógrado’ del enfoque.
¿Cómo habría podido Seoane acercarse a los militares de mano dura para averiguar o tratar de establecer las razones que los animaban si no iba con ese enfoque, forzando un diálogo con tipos que declaraban periodísticamente que eran «profesionales de la violencia», que obtenían la información y después pasaban los cautivos, en la guerra selvática en Tucumán, «a disposición final» (tortura + liquidación englobadas), tratando de mantener, simétrica con la desconfianza, una cobertura informativa civilizada y evitando blandir el enfoque como un arma? El diálogo con la otra parte es lo que distingue su biografía de otros jalones de reconstrucción del período, tan esforzados, tal vez más monumentales, pero irremediablemente limitados y faltos del contraste de los vencedores verdugos.
Por lo demás, el enfoque que eligió y que le quedó es, a mi modo de ver, el único que dota de elementos al lector para que tome partido o lo rechace, pero, en última instancia, desbaste las claves del período. Su análisis lleva a cabo una serpenteante, delicada y no por ello menos tenaz extracción de los rasgos, acciones y actitudes del santiagueño a lo largo del libro. Van surgiendo del análisis la metodología artesanal implacable de prenderle fuego a la sociedad de punta en blanco y de cabo a rabo si ésta no cambia y la utilidad belicista a la que subordinó sus seres queridos. La pureza impaciente y, llevándola políticamente a lo mismo, la crueldad a largo plazo del superhombre casto.
Le pregunté al Mamut qué había sentido cuando lo mataron y me contestó con una inesperada frase corta en la que parecía haber estado entrenándose: «Alivio». Como Saint-Just, como Trotski, como el Che, como otros tantos héroes del fin al comienzo que constituyen un ejemplo estimulante cuando están muertos. Pero es mejor que sigan así.
Agradezco la orientadora opinión malevolente con la que jorobas la biografía de Alicia Dujovne Ortiz en la página 197. Decir que es «entretenida» es la gran baza con que cuenta entre los que han santificado a Eva Duarte (Perón a su pesar que la contenía apenas como la hidátide) y la han convertido en una guerrillera de peluquería posando como Patricia Hearst para la exclusiva. Está redactada en un estilo formidable; atenta contra el cromo y completa al ser humano mediante la técnica del claroscuro psicológico, y no es solamente «entretenida».
Futuros historiadores y críticos de su estilo la tendrán guardada en la caja fuerte, mientras Dujovne sabía atar lo suyo con algunos nudos magistrales. Y es un detalle capital que tanto por la repugnancia a tomar contacto con el enfoque que no se compromete como por el tesón en no hacerlo, no sólo la malevolencia hace que ella y María Seoane vengan envueltas en el papel celofán del parecido.
7. Por añorar, yo también añoro TÉLAM, con algunos ajustes prudentes en cuanto a las relaciones de compañerismo ficticio que podían establecerse durante las pocas semanas que estuve y un país muy distinto de la mera disposición de vivir en él. Ayer, viernes 6 de febrero, estuve cenando con el Benjie Glaser, clase del 43, arquitecto, judío sionista, porteño nacido enfrente del teatro IFT, cuyo nombre circundó con carbonilla de inquisidor y escribió incorrectamente el apellido (con doble ese, menos mal) sin que él ni nosotros sepamos para qué el general Ramón Juan Alberto Camps en su libro sobre las entruchadas de los Graiver (pág. 141), y convinimos en que la humanidad o la sociedad aún tenía, en 1971, esa forma de conocimiento por la identidad con los proyectos individuales de los demás que puede tomarse por «una esperanza». (Si se descarta que ese año moría el paraguayo Carlos Enrique Olmedo en la terrible batalla de la gasolinera de Ferreyra y en septiembre se llevaban a Luis Pujals, el flaco de Pergamino, el primer desaparecido que tuvo el ERP, reventado por la tropa de Feced, que le saltaba en el vientre y en la columna con los zapatos.)
Cambié TÉLAM estúpidamente por Vázquez Iglesias, en donde me habían prometido mayor estabilidad. Una firma de rodamientos, creo que era, o algo relacionado con repuestos para el automotor. Nada, que prescindieron de mí en el período de prueba y me quedé sin el pan y sin la torta. «Usted no sirve para esto, Silvio Astier.»

Re: De sobrepique y muerto de sueño

FECHA: miércoles 25 de febrero 15.26
Se puede estar prevenido con relación a «las cosas que nunca te dije», pero ¿cómo estarlo ante las que nunca he visto y tú me las señalas?
En esa esquina donde topaste con Estela y el Lynch no más llegar prospera la misteriosa virtud de las sombras de conocidos que pasaron una vez por allí y otras personas, sin sombra, que pasan después y a diario y a prisa —el lugar es lo suficientemente feo como para condicionar tu libertad de elección y estrangular la de contemplación—, las descalandrajan. Quedan cubiertas de maleza. Las sombras, y no lo digo en un sentido idealista, se atienen estrictamente a nuestros presentimientos sin identificarse; aun conservándose débiles, consiguen reponerse y lo hacen: superar la barrera de la ausencia de un cuerpo.
Ésas no.
¡Cuántas veces pasé por esa esquina, volviendo de Zaragoza, bajándome del ómnibus en la estación de Sants! Cuando volvía de visitar a Petrarquita o acompañaba a mi mujer al monasterio navarro de La Oliva. Me sitúo bordeando el paredón de la Modelo, igual al de Devoto sobre la calle Bermúdez, y bajo hacia Aragón, avanzando en zigzag para «ahorrarme los chaflanes», me instruyó Rainer-Minaya, mi hijo menor.
Pero esas sombras no.
Tuvo que venir tu criterio piadoso, que no sé si es porque te tengo atado y reducido a la chacina de la comidilla evocadora y se mueve entonces entre la fijación política y la resurrección humana, para avisarme que esa parejita de católicos había dejado en la esquina el muñeco de nieve de su pasado en la Argentina que lentamente se deslíe.
Todo indica que hay sombras que boicotean el presentimiento y no las percibimos. No sabemos si son hagiónimos o de quiénes son. No vislumbro, ignoro por qué mutágenos tomó otro estado la simpatía con la pareja Ocampo-Lynch; bueno, a ambos los conocí después del hito de la ruptura.
Enrique —Henry le decía yo— trabajaba en Muchnik Editores, con Mario. Era el enlace del buró, asesor literario y, cuando más tarde se formó la «Sociedad de las Naciones» en Madrid con el Andy Ehrenhaus (cada vez más parecido a Discépolo), Cohen y otros, el jefe de su custodia personal, ¡ja, ja! Muchnik Editores compartía techo en el edificio Windsor (Diagonal-Vía Augusta) con Difusora Internacional, la editorial del grupo Seix en la que yo trabajaba como corrector, un ala, antes de perderla el Escarabajo y perder los Seix la suya también y pasar las dos a poder de la madrépora Planeta (por las perlas que guarda en su interior); yo estaba en el gabinete de procesamiento informático de los textos, y Henry solía pasarse por allí a preguntar a Flyer Jim (6), el muchacho experto, cómo resolver dificultades que le surgían en la composición de los textos de Muchnik. Por ese entonces (mediados de los años ochenta) la informatización de libros estaba aún en pañales y la fotocomposición era lo que se usaba, con galeradas, película, etc.
Henry me contó que había tenido las mismas posibilidades de exiliarse en Gran Bretaña y en España, y eligió venirse aquí. El tino, en esos años, desbordaba de lo que parecía una elección inmejorable. Publicaba en los periódicos, dirigía colecciones y salía en televisión, debido a su amistad con Rafael Argullol, otro tirifilo jabonoso, discípulo del humorístico Valverde y sucesor de él en la cátedra de Estética de la facultad.
Cuando el Escarabajo Pelotero perdió la editorial y Henry quedó con el jalde culo al aire porque ganaba un pastón y Planeta se carga empleados que lo cobran y no se cuidan de justificarlo, ya había preparado su salvación encaramándose a la cátedra de la que Argullol había descabalgado con clavel para irse a una universidad privada.
En Estela se agradece otra catadura. La vi y la oí por primera vez en las jornadas que reunieron a escritores de la colonia... cada vez que escribo esta palabra tengo que resistir la tentación de agregar «de hongos», que estaban coleando, pero no vivitos. Stella Maris Peláez Ayerra, la cónsul, había tenido buena mano para superar la inmovilidad del cónsul anterior del cual eran choferes los militares y dio un impecable pechugón a la vida cultural en el tiempo que vivió aquí —Stella Maris, tocaya suya y mi mujer, sostuvo siempre que era para henchidura de currículo con vistas al regreso—, inervando a todos, es decir, llamando a uno por uno a su casa para ir al consulado a preparar el evento.
Los días 13, 14 y 15 de febrero de 1995 nos miramos de reojo en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (la antigua Casa de la Caritat completamente modernizada y hermoseada), en Montalegre 5, los veintiuno que íbamos a ser, divididos en tres comisiones en las que empezaba a jugarse el destino económico del ego con huipil de cuatro gatos.
Estela habló en la primera de las comisiones, puesta bajo la advocación de «cultura», junto a Nora Catelli, el infaltable Horacio [Ernesto], Ana Teberosky, Dante Bertini, la Gargatagli y Carlos Sampayo, el guionista de Alack Sinner, la historieta del detective con nombre y apellido de una apóstrofe en inglés: ‘¡Ay de ti, pecador!’. Al día siguiente habló la de Literatura: el Capitán Amargo, el Torso Dobry, Teresa Martín [Taffarel], Francisco Porrúa, Marcelo Cohen, Zulema Moret (la inventora de la pólvora de los talleres de escritura) y yo. Y el tercero y último fue el turno de la Lengua, comisión integrada por los cordobeses Antonio Tello y Neus Aguado, Mario Satz el Charito, Marcial Souto (un coruñés que vivió treinta años en Buenos Aires), la bilingüe Flavia Company, otra vez Porrúa, Silvia Kohan y Ehrenhaus.
Porrúa al final no se presentó, excusándose por estar malucho, y Cohen, después de darnos la lata sobre ser considerados y no extendernos para no robarles tiempo a los compañeros de mesa, quedó premeditada o afortunadamente en último lugar de disertación y reveló el verdadero motivo de su solidaridad, que quería el tiempo para robarlo él.
Estela me impresionó favorablemente en esa ocasión; al lado del amartelamiento con la voz de Oscar Casco de Marietta Gargatagli que dé donde diere lo docente o la impudicia autobiográfica festiva de Dante Bertini resuelta a disparar las risotadas del público, hizo muestra de una claridad de pensamiento «ajustada al tema» a la que me parece que se aferra más que practicarla, como el que cree en Dios. En todo este tiempo que hace que la conozco he querido, y creo que lo he logrado, mantenerme al margen de la influencia de lo que mi mujer me contó que eran sus clases en la facultad, pues Stella hizo unos créditos del doctorado en antropología con ella. Me contó que era angustiosamente soporífera, aburrimiento con la sobrecarga de que daba la clase en las horas de la siesta en que hay que desojarse buscando en los labios del profesor las letras de las ideas que expone. No puedo decir lo mismo. A mí no me consta que fuese aburrida.
El año pasado, en el mes de mayo, Erika Bornay, una profesora muy piola que tuve en los créditos de mi doctorado, me invitó a un party frutal en su casa.
Entró una mujer. Venía con un hombre. Llevaba un vestido negro de fiesta. Yo estaba conversando con una chica llamada Elsa Plaza, argentina, de no recuerdo qué arroz con cáscara onírico-informativo-erudito con que suelo hartar y encantar a trechos a la concurrencia desde que era joven. La mujer vino hacia mí y me dijo:
—¿No te acuerdas de mí?
—No.
La franqueza de tiznón súbito parece que dio en el blanco. Se retiró con el hombre; y habría pasado toda la velada y me hubiese ido, enviada al fondo de la inadvertencia y sin saber quién era, si la dueña de casa no hubiera venido a decirme que era Estela, que en el mismo tiempo y espacio la había hecho víctima de un petulante feo, dejándola pagando, porque «le dijiste que no la conocías de nada».
¡Qué embarrada, viejo! Me senté a su lado. Traté de disculparme. Ella se hamacaba. No había un metro escaso y más de dos horas entre la torpeza social del desaire y la oferta no menos torpe de disculpas, y hubo que cubrir ese trayecto. Alegué los ocho años que hacía que no nos veíamos.
Peor. «¿Soy alguien que se puede olvidar?»
Estaba sentada con la blancura de la cantante Alaska en una mecedora de comercio de antigüedades, charlando con un imbécil gangoso, profesor de alguna materia de cinematografía provisto de una motosierra, tal vez de la Pompeu Fabra donde trabaja. Porque deseaba restañar lo que fluyera de la heridilla provocada por el desaire involuntario, me apliqué a halagarla; aquella noche lucía aprensiva, ceñuda, traicionada por su belleza y con la dulzura de Eva Marie Saint de la que es mejor desconfiar. En sus ojos claros bregaba la juventud por no abandonar la escena y que aquella noche se quedaba un rato más por «una tontería».
En la forma como estaba sentada, charlaba con el imbécil de la motosierra y ocasionalmente me respondía, presenciando las cosas, oyendo, en un espacio vacío, observé un dechado de tensión correcta que la puja social de la educación y la pasión había conseguido tan sólo adormecer dolorosamente.
La educación.
La educación recibida la acusaba de esa seguridad en la dicción y ese desvalimiento de la estrella personal.
La educación de los señores.
Había sido educada para parecerse a los personajes de E. M. Forster o a esos otros que son como lanchas costeras que van bordeando la vida y que interpreta Emma Thompson.
—Dime el secreto... (porque lo conoces) de mantenerte tan joven y bella.
Sonrió casi temerosa.
—¿Ir a colegios caros? ¿Evitar el champú? ¿Viajar por Europa cuando se tienen diez años? ¿Enterrar al primer amor en la Recoleta? ¿No haber tomado mate nunca? ¿Usar un perfume que parezca el de la piel? ¿Convertir la oligarquía en una cuestión de temperamento? ¿Trabajar cuatro horas en empresas de la familia? ¿Vivir en San Isidro?
La separación de Lynch, con una hija pequeña en sesiones, la dejó muy triste, cayéndosele la casa a cuestas y autocompadeciéndose.
Era una mina diez,

era un Packard plasero,

era una alhaja...
Aquella noche preveraniega de mayo tuve la impresión de que por fin atravesaba un tiempo feliz. El hombre que la acompañaba se llama Jorge de Persia y colabora con artículos de crítica musical en La Vanguardia, la clase de hombre refinado y argentino de Boedo para poder estar con ella.
[...]
3. Los nombres de Vignati y Sexer no tienen conexión con el local de Lauria («...no me suenan los nombres que me das» [tercer párrafo]). Me tienes jaqueado con explicaciones que deben ampliar pasajes erróneamente interpretados.
Mario Adolfo Sexer era uno de esos nombres que traíamos en una lista, que era como la maderita para agarrarnos en un océano y como tal se reveló. Creo que lo vi dos veces en total y la primera que fuimos a verlo, en uno de esos apartamentos lujosos pero de un gusto de rastacuero Núñez & Navarro de los edificios «desarrollistas» de la calle Cerdeña cerca de plaza Sanllehy, en el Guinardó, no estaba, nos dijo la esposa, se había «aislado en Cadaqués para escribir». Nadie. No existe.
Con Alejandro Vignati hay que hacer la salvedad. Cuando fuimos a verlo, noviembre o diciembre de 1977, al Café de la Radio, junto a la cadena Ser y en diagonal con el Novedades, sobre Caspe, era ya un desesperado bicho de madriguera. Fue pordiosero en el Brasil. Había tenido un poco de celebridad con un libro que escribió sobre el misterio de las Bermudas, según él un bestseller, y que yo acerté en la diana, una que va siempre con mi firma, al confundirlo con otro que se fumaba más que él.
No sé, mirándole la larga nariz montuosa del Góngora de Velázquez o de la Santa Síndone, cómo sobrevivió a la tasa de mortalidad infantil.
Me cubrió inmediatamente de injurias porque su nombre me lo habían dado sin consideración los de la revista El Expreso Imaginario.
—¡Éstos se piensan que yo quién soy!, ¿eh? ¡No paran de mandarme infelices!
Lo cual no era nada objetable, dados los malos tiempos que constituían los fondos de inversión de una generación que debió «llamar a cualquier puerta». Se servía, me acuerdo, Tío Pepe sin parar —ni enderezar la botella—, así que el líquido corría por la mesa y chorreaba por el borde, cayendo al suelo en cortina. Se puso violentísimo.
Le mostré mi poema sobre la muerte de Li Po («Li Po murió borracho, / ahogado en el Río Amarillo. / Lo retuvo la náyade / tumultuosa del vino») y creí que el síndrome de un desamparo parecido al suyo, pero sin la aptitud pacífica, casi sacra, del chino-nipón, lo tranquilizaba. Hubo que afrontar los hechos:
—Lo demás es mierda.
Stella me hizo una seña de que nos fuéramos. El escándalo la afectaba, y, de todos modos, había tantas posibilidades de conseguir algo del tipo como del papa.
—No te oye, mirá cómo está —me dijo en un susurro—. No le importamos nada.
Siento debilidad por los malditos y los perdedores. Aunque su voz pidiendo patatas bravas era ronca, una pista de esquí para el desahogo de su mala carta en la partida, por debajo de los cero grados, a mí me sonaba a la siringa pánica.
Dejamos al pintacilgo vociferando. Lo llamé una vez más por teléfono y lo escuché más calmado. Al poco tiempo supe que murió.

ASUNTO: una serie

FECHA: sábado 15 de mayo 20.03
J.-J. Speedy Oiseau Rouge,

persianas cerradas cuando vuelas:
Tengo tres artículos de este Fisk. No sé si tú lo conoces, pero parece el típico liberal que se escandaliza, a quien la conciencia se le anima y pone el grito en el cielo cuando los suyos están involucrados en alguna guarrada y no se le da un bledo cuando no. Porque ya me dirás cuánta hipocresía anda por ahí loqueando, diligente en denunciar las torturas actuales en Iraq, y cómo miró para otro lado a propósito de la Argentina. Yo no sé si Fisk dijo algo.
Aprendieron de la capucha, ¿eh? Esa prenda sí que triunfó y se impuso, y no el dulce de leche...

ASUNTO: Munición (Fisk.dos)

FECHA: lunes 17 de mayo 20.57
Speedy:
Lo que cuenta Fisk que fue el ténder de su infancia, lo que fue el Tarzán de Lex Barker, el Sandokán de Salgari o el Bomba de Roy Rockwood para nosotros (carbón para marchar), para él el libro de aventuras que la abuela le regaló al padre, es un botoncito de muestra de la expansión en abanico o de cómo el Imperio —póngasele el gentilicio que se quiera— realiza sus acostumbradas tareas.
Antes de abalanzarse con Cecil Rhodes, apodado el Napoleón de El Cabo, un epígono de Samuel Houston con un terso comportamiento paralelo del de éste en Texas —hay que ver cómo, para multiplicarse, lo mejor es no tener raíces—, sobre gente «como ellos», en la guerra de los bóers (1899-1902), los colonos neerlandeses del África austral, es decir, blancos iguales a ellos y, en teoría, nórdicos intocables, e INVENTAR LORD KITCHENER EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN para aniquilarlos juntamente con sus familias, después de Pederberg y la ocupación de Bloemfontein, los británicos emprendieron contra los «negros» y el irreducible Cetewayo la gran guerra zulú por la misma fecha que da Fisk, en 1878, estableciendo el protectorado que el mundo encuentra admirable, en el que hasta las piedras se vuelven inteligentes y colman con sus dones a las víctimas que cubren. Zululandia fue puesta como tableta o gragea en la lengua de trece jefes. El tema llegó intacto a nosotros en un abordaje de 1964, grandioso a fuerza de cerrarle la abertura a lo monumental, por parte del director Cy Endfield, sobre guión de John Prebble, que dramatizaba un artículo suyo, y con un score de John Barry que incluía uno de los más electrizantes himnos protestantes de combate («Vamos a la guerra. / Nada nos aterra. / Si luchamos lealmente, / con Jesús al frente, / la corona del valiente / brillará perpetuamente / en la dulce y esplendente / patria celestial») que solíamos entonar mi padre y yo en las marchas de los nazarenos por las calles. Trabajaban Stanley Baker, uno de sus productores, y un primerizo Michael Caine en el papel del altanero teniente Conville Bromhead, el pelo en eclosión del amarillo y ya bastante sucio bajo un cielo azul, cazando leopardos con capa y los guantes que marcan las ordenanzas.
Antes el Imperio había sofocado la rebelión de sus tropas nativas en la India, los cipayos —maltratados por la ignorancia izquierdista—, y cómo. A propósito de lo que dice el oficial de artillería, La casa de vapor de Julio Verne arranca precisamente de esa rebelión, acaudillada por el enigmático Nana-Sāhib en 1857, y explica en qué consistió la represalia: «El mayor Munro la reprimió con inexorable energía, y no vaciló en atar en un mismo día a veintiocho rebeldes a la boca de los cañones...» (col. Molino, núm. 6, Barcelona, edit. Molino, 1958, pág. 13).
Fisk da muestras evidentes de originalidad en el paquete en el que van juntos el cine y su predecesora cultural la literatura para achacarles incansablemente la culpabilidad en lo que tienen de consecuencias directas e inconscientes para el patrón del imaginario colectivo.
El estilo recuerda por momentos el del Mamut en sus libelos delirantes.
[...]
postscriptum
El jueves 29 de abril vino Cristina Zucker a Barcelona a presentar en el ICCI su libro El tren de la victoria, que, alegoría donde las haya, está sacado como título del slogan-reunión informativa que lanzó Roberto Cirilo Perdía a los montoneros dispersos en el exterior como ardid para que se olvidaran de lo bien que vivían, reunirlos e instarlos a volver clandestinamente a la Argentina para llenar el osario de la «contraofensiva». Cuando estuve allá el Yacaré, uno de los tres fundadores, con Talento y Bravura (Ventura), de la JUP de Derecho, me aclaró que hubo dos (ésa habría sido la primera). Ricardo Marcos Zucker, el Pato, su hermano, respondió al llamado, volvió y lo partieron en canal.
La hija de Marcos Zucker quizá no tenía ninguna intención de que se la viese así, no debiera caber duda de que todo lo decía con un registro de sinceridad... Pero hablaba arropándose con que en Sudamericana había sido «atendida con...»; aquí, al llegar, casi en plan Audrey Hepburn para la UNICEF, había conocido a no sé qué personaje de «la agencia más importante...», y confesó, «que para sola Dulcinea soy de masa y de alfeñique», que venía con los mejores augurios y deseos de parte del presidente Kirchner para la colonia de argentinos residentes. Si esa alma y esa vida cuajada de cicatrices se lo hubiere callado..., tal vez, o si lo hubiere dejado adivinar, su discreción no habría resultado tan sorprendente; pero ya sabes que hay maneras de reducir a un auditorio cuando se sabe intercalar hábilmente en el discurso un «nuestra patria», sobre todo cuando quien lo dice fue o es una víctima.
La impresión personal que me dejó enquistada fue demoledora.
Para colmo, al final del acto creyó llegado su punto de inercia y se le vio levantarse y hablar a un muerto de palacio en nombre del cónsul «que no había podido acudir por sus múltiples obligaciones».
Aquella noche no era la ocasión ni habría habido tiempo suficiente de reunir pruebas para acusarla de fayuta, aunque era revelador el insoportable tonito de tilinga de Barrio Norte que, por supuesto, a los españoles se les escapaba.
La que la acompañaba en la mesa, por el contrario, no era novelista ni era nada. Nada menos que Silvia Tolchinsky, y se presentó como «una sobreviviente». Contaba lo suyo con pausas que lograban la intercesión ontológica hacia lo nuestro; a pesar de las palabras tranquilizadoras en la superficie, sólo en su superficie, en el fondo se avenían terror y teatro, con el que tenía una buena relación.
Me quedé pensando en la facilidad de esa mujer para publicar, en tanto que a mí y a otros que conozco nos dicen «no» de entrada, sin haberse tomado nunca el trabajo de leernos primero.
¿Sólo porque nuestras páginas no llevan en suspensión una buena cantidad de martirio?
Discutí días después con dos amigos españoles que fueron conmigo sobre el pato, quién lo paga y quién lo cobra finalmente. La hija de Marcos Zucker estuvo «haciendo gestiones», ayudando a su novela. Leí en Internet que el día 2 de ese mes la había presentado en Buenos Aires; ahora la volvía a presentar aquí; venía con las mejores recomendaciones; el ICCI estaba atestado con los mejores curiosos, los que difunden la obra sin leerla.
La tragedia ganará siempre en un referéndum. La tragedia cotiza en bolsa. La tragedia ha dejado paso al picnic de mercancías.

ASUNTO: Munición (Fisk.tres)

FECHA: martes 18 de mayo 20.56
Pajarito colorado,
hice una comparación de lo que fue para nosotros Tarzán, Sandokán y Bomba, por cómo contaba Fisk que el libro de las aventuras de Tom Graham había influido en su padre y, secretamente, en él. Rhodes no tiene nada que ver. ¿Tan mal se me entiende?
El enorme y espeso párrafo que sigue, anexo mimético de cómo hablo, intenta cubrir varios focos de acción bélica que el Imperio británico tenía encendidos por la misma fecha, repito, que da Fisk para la partida y entrada en contienda de Graham. Toda esa información te la reuní a modo de cuadro, para que tuvieras y completaras tu visión de conjunto de aquel final de siglo, porque ya me había dado cuenta de que el artículo, como dices, era flojito. Así, podías utilizar, si te venía bien, la información añadida para rellenar huecos del artículo y colorearlo históricamente un poco.
No logro identificar la conexión moral o mental que hiciste entre Kitchener y Kirchner, vuestro presidente. O es un cortocircuito en la maraña de cables debido a que la inopia se eterniza, trabajas poco y cavilas mucho, o es que vuestro presidente os tiene tan entusiasmados con su setentismo, que vivís día y noche soñando en lo que va a hacer y techos y paredes de concreto se os vienen abajo por el entusiasmo. Zapatero, ZP como le dicen y lo escriben, pareció acelerar aquí algo como lo que os domina, pero pronto se enfrió. Eso es lo que pasa en Europa, que no deja pasar una jornada... sin enfriarla.
No, viejo, se trata del mariscal de campo Kitchener, Horatio Herbert Kitchener, conde de Jartūm (Khartoum) y de Aspell, un sayón de los más grandes, de los más peludos, mostachos videlianos que hay que llevar con muletas. El ojo izquierdo virolado.
Al salir de la escuela militar de Woolwich, ahí donde iba a dar conferencias John Ruskin, el West Point de los ingleses, reorganizó el ejército egipcio y terminó la campaña contra el Mahdi (Laurence Olivier), vengó a Gordon (Charlton Heston, muerto en la escalera de un lanzazo) y aniquiló a los derviches en Omdurman (1898).
Sienkiewicz lo pespuntea como Verne, como una época sin derechos humanos pespunteaba a los militares, entre heroicos y deportivos, en otra novela nutricia que «del alma en la tabla rasa / tengo pintada de modo, / que es imposible borrarla»: Entre selvas y desiertos; pero Kitchener fue responsable nada menos que del invento del campo de concentración, efectivamente, cuando reemplazó a lord Roberts en la guerra contra las repúblicas bóers (Orange y Transvaal). En esos campos encerró a los colonos con sus familias —judíos diacríticos— después de ocupar Bloemfontein.
Matarife y organizador, básicamente, como Bussi en Tucumán, por eso quitaron a Acdel E. Vilas para ponerlo a él, sus métodos no pueden ser objetados desde un punto de vista militar que no quiere que lo estorben, cuando ha dejado de ser una hipótesis que sirvieron para conservar treinta años más la columna vertebral de la India al ser destacado allí posteriormente.
En 1916, lo hundió una mina (de las que explotan).
[...]
Verdaderamente, la historia de los dos Patos (7), contada así, tan redonda, cuando no todo lo redondo es avellana, ni todos los huevos están frescos, es terrible. ES ARGENTINO. Guísala con la Carta a mis amigos que escribió Walsh sobre la gesta de su hija en «la casa de la calle Corro», arroz del tuyo y de tu hermano, unos trozos de carne de mi vida (¿eso?) allí y me le agregas luego un poco de comino de la vesania aromática del Mamut o la acre de cualquiera de los personajes de la galería de Arlt y ya tienes el plato con su pleno significado de ‘sucursal del infierno sobre la tierra’. Para llamas, las del aburrimiento, el que conoció Imre Kertész y que transcurría, globoso, inflándose sin romperse, en Auschwitz.

ASUNTO: como en cuadro de neoclásico, se puede ir en pelota, mas con escudo bruñido

FECHA: jueves 3 de junio 20.33
No me conoces en mi faceta de libelista, de modo que aquí te mando una muestra de este menda en dos archivos adjuntos.
El primero va dirigido a uno que estudió conmigo en la carrera, el Lado Obscuro, escritor de esos que hacen reír, inventariados a cuenta de Enrique Jardiel Poncela y otros pejesapos felizmente olvidados hoy que la comicidad está en bancarrota, y que interviene en un programa «de libros» de una cadena local, BTV.
El de abajo es el libelo propiamente dicho contra Pere Gimferrer, el académico de mi misma quinta, al que seguramente recordarás o conocerás aunque haya abjurado del castellano para escribir en catalán, lengua en la que es una autoridad.

ASUNTO: Todo lo humano me es ajeno: despedidas a lo tonto

FECHA: viernes 11 de junio 13.32
Da igual quien sea. Por todos oportunamente, cuando debería ser a destiempo, suenan pífanos y la gente se pone luto (8) y saca ampollas en los pies esperando lo que haga falta para que el muerto que los jodió sepa que vinieron.
Elvis Presley, Stalin, Franco, Verdi, Durruti, Saloth Sar Pol Pot, Rodolfo Valentino, da igual quien sea y la latitud en donde se encienda la luz verde que te permite pasar del otro lado, al otro barrio. El signo ideológico lo lava la lluvia. El Leitmotiv de sus canalladas pasa a ser un acorde.
Si Hitler hubiera sido «bueno», si en la coherencia del fascismo no hubiere ido a la guerra, la cual, según los escritos de Trotski, es inherente al desarrollo del capitalismo y el fascismo, que es como su etapa de adultez, si hubiera sido «incoherente» y hubiera envejecido gobernando sólo con lo pillado hasta los acuerdos de Munich de septiembre del 38, el pueblo alemán, agradecido por el irredentismo incruento (menos para los checos, que los detalles no cubren las distancias), y los demás gobiernos europeos, satisfechos con la paz comprada en cuotas, habrían desfilado en su entierro.
Vivíamos en Corrientes y Rodríguez Peña en 1974, enfrente de la pizzería El Gordo Lito en donde hay ahora un cine porno, y con salir a la calle te asomabas a un fiordo de la historia, veías el oleaje de la gente en medio de la avenida, esperando en una cola inmensa también que daba vuelta a la esquina y seguía por Callao que aquel monstruoso disparate avanzara y llegar al Congreso para desfilar también y ver el cadáver del «viejo podrido que quemó el jardín florido», como dice la canción de León Gieco.

ASUNTO: cúpula militar al banquillo

FECHA: domingo 13 de junio 22.23
Heroicamente, este Sánchez chicano lucha mirando a ver si encuentra al enemigo que sale de las llagas y contusiones del desgraciado a quien están apaleando y cuyo dolor administra, como su homónimo, el otro Sánchez, el de Rosario.
¿Ellos mismos pagarán de su sueldo la rala dignidad de soldado roído de estar allí y verlo salir? Regateando una batalla como ésas en que se sahúma la nostalgia de Borges y a falta de un paisaje y una carga de caballería o una oleada de tanques, parece que aún les queda un poco de sitio para ganar medallas en los malolientes «quirófanos» de la tortura. También le gustaba presenciar el esperpento de la derrota de un ser amarrado, desnudo, encapuchado, a merced del absurdo, al general Camps, Pajarito, en su feudo de Puesto Vasco, según algunos de los implicados en el affaire Graiver, y en COT I-Martínez, de visita, en donde Ledesma, Comandante Pedro, se retorcía y olía a grajo, destripado, y vaciaron a Timerman hasta sacar de él ese buen orador que no yerra al hablar.

ASUNTO: Un pavo real [Gregorio Morán] habla de la derrota

FECHA: domingo 20 de junio 18.23
Salgo al cruce de tu observación equivocada «Me llama la atención tu odio por el cadáver de Perón» (miércoles 16) y no es por un arrebato superficial que puntualizo que no es a su cadáver al que le tengo antipatía. El odio es como oro moral, viejo, y no se lo puede andar despilfarrando en pequeñeces que no requieran de estocadas a fondo o ataques con misiles. Además, nadie volvería a creerme si le tuviera odio a un cadáver. Imagínate que aquí ya les resulta difícil creer que, siendo argentino —porcelana sentimental que les repito que no hice nada por romper porque jamás me alcanzó el dinero para comprar—, no sienta simpatía por su persona. Si hay que repoblar la necrofilia no será, desde luego, con políticos; lo haría con poetas. La practiqué con Baudelaire y fue en el cementerio de Montparnasse, en 1988.
Cuando puse «Da igual quien sea», me refería a la generalización que puede hacerse, sobre la base de los doscientos mil que desfilaron para..., ¿para qué?, en la calesita de Reagan, generalización nada torturada, incluso a la reducción general de la inconsecuencia de la mayor parte de la población que, venga quien venga o vaya y muera quien muera, no se pondrá nerviosa en el trance de librar un pulso con sus contradicciones y parar ahí: «No, hasta aquí voy. No comulgaré con todos porque todos van. Descubriré cuál es mi voluntad y la retiraré de lo aprendido. No haré esto o aquello, etc.». Abandonarse a la emoción («El pueblo lo lloraba», ¿y?), participar en el duelo por una presunta gran pérdida, permitir que la «patria» reciba un promedio del dolor y el duelo por la gran pérdida, convierten el aturdimiento de la gente en mercancía que se adquiere mediante letras de pelota, se vende o se traspasa por leasing, y coluden con el olvido organizado que hace posible, cuando la infamia se posa en el fondo, que Bussi salga elegido al retornar la democracia y Menem haya sido, de manera «indescifrable», reelegido.
Tal vez pueda decir esto porque soy un trasterrado (un vocablo que le leí a Nora Catelli), fui un desterrado espiritual todo lo que duró mi adolescencia allí, y siempre un desarraigado. Por alusiones en otros mensajes podrás transferir de algún modo a éste la consideración de que soy un «desnacionalizado», una experiencia similar a la conversión de Pablo. Si J. J. Hernández Arregui me hubiera conocido, le habría perdonado a Borges, prendado de la argentinidad como aquél de la justicia social, sus perseverantes cuanto cándidas salidas de tono de los malcriados Beatles del principio.
Todo esto es admirable si lo cuenta Sinhué el Egipcio en primera persona, pero si lo dice alguien que tuvo un padre peronista deja de serlo. El abismo calculado ahora entre mi padre y yo no habría perecido de hambre si hubiera sobrevivido a Perón. [...]
Mi padre era un peronista en un mundo de peronistas, parafraseando a Morán. Adherence to a rule. Trabajaba en Teléfonos del Estado, en la oficina de Plantel de la calle Hidalgo, en donde la policía política de Perón hizo estragos. Murió en el 54, un año antes de la fuga patriótica en la cañonera, semejante en renunciamiento a la decisión de San Martín de no desembarcar para no ensuciar su sable con la sangre de las guerras civiles y de proseguir su singladura hacia Europa y Boulogne-sur-Mer, la calle donde falleció.
La gente te emociona. Así, haciendo bulto. Emocionarse es pensar despacio.
A mí me impacienta, sobre todo en eso que hiede a doctrina que se erige que es ese «rudo sargento de Infantería» que viste en fotos, el que lloraba el día del gigantesco sepelio. Desentierras lo que es imagen dada a besar en señal de paz, fracción coetánea de una ley inmemorial de la dedicatoria que se viene cumpliendo desde los faraones. Pienso que el sargento pertenecerá, por su rudeza, ¡ja, ja!, a los estamentos más humildes de la población, a los que el populismo de entremés (un solo acto) del «tehuelche ladino», como le llamas —¡epa!, el único tehuelche verdadero fue Patoruzú, uno de mentira—, se volvió, servicialísimo, y «trató bien». Quien procura razonar sobre la fidelidad del que fue bien tratado se encuentra con el fervor y la deficiencia de desconfianza por parte del que fue bien tratado debido a que nunca antes y nadie después volvió a tratarlo bien.
Entiendo la exaltación casual de ver unas fotos y descubrir, conforme a la receta surrealista del «encuentro fortuito», a un militar soltando el trapo. No siento cariño por el personaje del cual me das una instantánea. Tampoco piedad. Las pocas líneas que ahora te escribo no sufrirán demora en considerarlo porque, a despecho del caudal que él y yo poseemos supuestamente en común por la condena involuntaria de haber nacido y vivido allá como inquilino biográfico treinta y un años, el personaje me es ajeno. No comparto nada con él y hace que me ponga en guardia el peligro de compartirlo. Por eso el país contará definitivamente con él y no conmigo, que es como tiene que ser. Te lo digo sin vibración dramática, con los ojos bien abiertos y el talante informativo. Y por eso a ti te conmueve que exista un idiota como él. Por eso vives allá, habiéndola sacado liviana en la comunidad de los justos «con la voluntad de derrota / de, no siendo idiota, / practicar a serlo por cariño». Por eso vives allá y yo no.
Con el sargento llorón todo irá sobre ruedas. Cuando llegue el momento, menos de dos años después, de defender a la «patria» de la agresión marxista apátrida, de «los nómadas del odio que levantan sus tiendas de sangre» (¡qué retórica la de Isabelita, López Rega y la CGT!), secará virilmente las lágrimas y los rasgos aislados de su personalidad deshecha por la muerte del líder amado y buchipluma, del padre ausente, del Padre Eterno, serán fortalecidos en una nueva existencia por la cohesión del pisoteo institucional, y él también saldrá a cazar y a pisotear. Quizás el rudo sargento llorón era el mismo que torturaba a tu amigo el Sordo en Campo de Mayo, aquel jefe de la guardia que llega corriendo para apalear a un recluso cuyos espasmos le hacen creer que se está riendo y a quien apodaban el Puma (Miguel Bonasso, Recuerdo de la muerte [edición definitiva], col. Espejo de la Argentina, Buenos Aires, Planeta Argentina, 1994, pp. 293 y 294).
Sería un acontecimiento trascendental, créeme, que a vosotros mismos horrorizaría, que llevaseis a la práctica aquello de lo que, más cerca de la sinceridad que de costumbre, se reprocha al pavo real en el artículo: «[...] en España no sólo no hemos matado al padre, como cualquier generación que se precie, y especialmente la nuestra, que tenía sobradas razones para matarlo, sino que además lo entronizamos».
Comenzaréis a asustaros de vuestra propia obra al daros cuenta de que resulta —como un baño cuando se está cansado y sucio— y de que os vais poniendo paulatinamente mejor.
Comparto, sí, esa intuición, que te habrá sobrevenido al terminar de leer estos dibujos imaginarios, trazados con el pie izquierdo, de que se nota el grave progreso de las más puras esencias del ser reaccionario que continúa en mi desarraigo su ciclo secreto; y para darle margen, te transcribo ahora yo una zumba de entomólogo con que solía desarmar y deleitar al contrincante una amiga anarquista que murió allá asesinada, Inés María Osti, la persona real en quien está inspirado el personaje —habría para ella deshonor en decir ficticio— de la Salamandra Tumultuaria de mi novela La batalla de Ezeiza. La copié al dictado, sin esos terribles ultrajes al contenido y —para quienes estén de su parte— a la forma.
[En un diálogo con Cartulino Chupete (el gordo Raúl), instructor de cuadros, obrero autodidacta y miembro de las FAP, que se suicidó tras aceptar que no iba a poder quebrar el cerco que le había tendido la policía y disparar hasta el último cartucho. ¡Cartulino viejo y peludo!...
LA SALAMANDRA TUMULTUARIA. Mis desavenencias con los peronistas siempre se han correspondido con una diferencia de vocales. (Resignadamente.) Cuando quieren hacer historia, en realidad la hacen de la histeria. Piensan que habrá muchos votos, cuando el problema es que hay muchas botas; que es una cuestión de machos y no de muchos. Por eso llevarán bombos pero no bombas y romperán las bolas, pero ahorrarán las balas.
(pp. 119 y 120.)]

ASUNTO: El vino de los viajes —puro— preserva

de enfermedades infecciosas (patriotismo, devociones,

dioses populares...).

FECHA: martes 13 de julio 22.19
[...]
3. Si algo podía quedar para infundir dudas acerca de la galantería del análisis «El pueblo lo lloraba» (tu mensaje del miércoles 16 de junio), por faltarme las relaciones cotidianas con la Argentina era normal que fuera hasta el asador de los recuerdos a ver qué grasa había allí que se pudiera aprovechar. Evocar para levantar el muro central de la invectiva. Uno se queda mirando la grasa detenida en la parrilla acanalada, fría, bien dicen, surge algún retraso, pero el beneficio que de sabios es guardarse de maestras de la primaria, las lavativas del alcahuete y los recuerdos del patio del colegio que me dejaría morir de puro enojo si lo volviera a leer al alcaucil bobo boboré de Arturo Capdevila o santo aerolito que cayó del cielo, terminan surgiendo.
Habiendo un gatillo, la bala te la regalan.
Retransmitieron una entrevista que el 6 de mayo Susana Giménez le hizo en su programa al abyecto Maradona.
Fue reconstruido su pasado con adehala, donación de la gloria deportiva que se añade por convenio televisivo al precio de la degradación, para lo cual hubo que recorrer su vida, dedicada con subtítulos a una sola cosa, correr detrás de una pelota, quitársela a otros, perderla, recobrarla —y ya no salgo de aquí porque a esto lo llaman jugar—; y se lo pudo ver morrudo, bezudo, sonriente como un camellero, con la cara pegada a las de sus hijas y su mujer en la foto familiar, con el pelo color zanahoria o mostrándole como un litógrafo a un Fidel azorado su tatuaje en una pierna y el del Che en un brazo.
Resulta tan poco frecuente contemplar la pacífica pendiente que lleva a la idiotez que no debemos prescindir nunca del espectáculo. Pudimos tomar consejo de sus demagógicas frases penosamente hilvanadas, atender a sus pausas que duraban unas doce horas, el bailoteo de los ojos buscando en las paredes la forma de terminar lo que le parecía que había comenzado a decir, ya que lo que la presentadora le había preguntado no había manager que le ayudara a recoger los pedazos del pozo de suspensión y arrobamiento donde había caído.
Le entraban ganas a uno de reclamar: «¡Cordón, por favor!, ¡que alguien enchufe al muñeco!».
Tenía bastante semejanza con un payaso, para insulto de los fellinianos y de los metafísicos: Judas el traidor épico, Tiresias el tebano que nos adivina ciegos, el Calígula de Camus que atenta contra su vida adivinándola, Pierrot-le-fou, Albert Boadella, el Espronceda del canto a Teresa (El diablo mundo), George Sanders, cualquier personaje de Strindberg y, para obtener el respaldo total del autor, Strindberg mismo...
Abandonado por los amigos, explicó su mujer en Salsa rosa, un programa «del corazón» que emite Tele 5 los sábados por la noche, pensando que nos dejaría atónitos con la novedad, con un gran sentido de la indisciplina personal, «el pueblo lo lloraba» cuando a los médicos se les figuraba que no podía estar peor, el pueblo lloraba a su icono, un tipo que no vale nada, pero que no había valido nada antes tampoco.
¿Qué empeño tiene al pueblo en su poder, que compromete su dolor con un infeliz, podrido en plata, el cual pretende, con una bonhomía esperpéntica, inflar su lado patético?
¡Tu rudo sargento llorica ya tiene un comrade-in-arms! ¡Era el naipe que nos faltaba para esa escalera de color!
Merced a una viva reacción, completé la tela de infamia institucional y complicidad colectiva que la falsa simpatía de aquel infeliz había cosido con un torzal de barrio. Vi, como en una pintura mural, a los 4 jinetes del Apocalipsis: Bussi, Maradona, Neustadt y Perón.
La adoración que planea en las pancartas, que riñe y rivaliza con Dios, llamando de ese modo a Diego Armando Maradona, es menos impetuosa pero tan del un ojo tuerta con Beckham aquí, como se recomienda a europeos más contenidos, puesto que son menos pobres que un hincha americano. «Diego, eres DIOS», se leía en una la semana que lo daban por muerto. Las velas por el homicidio inconsciente del Jehová aprendido y su Hijo de catálogo durante toda esa semana que el Pelusa, el Golden Boy (como le decían a William Holden), desesperaba de vivir legitimaron la suplantación y el reemplazo y la televisión estuvo allí para demostrarlo.
Se va la vida en rehacer dioses no habiendo terminado de derribar y deshacer al principal. Beckham parece que en el fondo no es querido, suscita muchas envidias y la prensa o una parte de ella, al menos, se ha conjurado y existe una campaña —se ve, es notorio— para aniquilarlo. Esa parte de la prensa está haciendo lo posible para deshacerlo. A Maradona, en cambio, no lo ayudaron a deshacerse. Para Beckham, todo fue venir a España, fichar por el Real Madrid y empezar a irle las cosas mal. Victoria Adams, su mujer, no se adapta al país ni le gusta y al país tampoco le gusta ella. Al tipo le aparecen primeras amantes y segundas que quieren ascender a primeras, y terceras. Como las garrapatas al ganado y las chinches a las camas de la «mili». El tipo no rinde. Se habla de que la mujer quiere separarse, con lo que su fortuna, que no es moco de pavo, quedaría partida y chafada.
Todas estas fluctuaciones en la aflicción o el favor de la gente, que para ti o para mí podrían ser minucias, le dan a Beckham en el eje porque vive de su imagen, esa invención de la que viven los dioses. Acabar con David Beckham cuando Beckham quiere que lo dejen en paz o resucitar a Diego Armando Maradona cuando éste es insuficiente para vivir y ha quedado medio tarado para hablar le presuponen al periodismo televisado un poder mayor, un poder inconcebible en cuanto a que se logra espiando con la cámara por encima de una tapia y que el periodismo escrito, en consecuencia, no tuvo.
El fútbol como juego —porque creo que es un juego, ¿no?— no me interesa, todo lo que rodea al fútbol lo tacho de artificial y necio, como la discusión, incluso las peleas sobre estrategias equivocadas y goles que debieron meterse por una no menos necia ley de la causalidad. Pero como el pueblo elige adorar dioses y elige siempre dioses tarados y con menos humanidad que la Biblia, me quedo con el Mono Burgos, con Germán Burgos, portero (allá el arquero) del Athletic de Madrid. Con ésta no hago una elección de jugador sino de ser humano.
Te digo, Speedy Jota-Jota, al ver el programa retransmitido de Susana Giménez siento la irresistible atracción hacia lo nórdico desabrigado, me pregunto: ¿Por qué no me hicieron nacer en Dinamarca? Hacer derivar la formación del carácter nacional del infantilismo de erigir dioses puede estar poniendo de manifiesto, alternativamente, una inteligencia rapada y un frío acto de heroísmo que engrandece a quien lo hace, dado que se va a buscar a los dioses al punto más bajo del escalafón. Pero no tendría que ser necesario, viejo, y, sin embargo, sigue siendo necesario. Y no tendría que serlo; tendría que ser ridículo, existiendo la conciencia.
Los daneses, como pueblo, como carácter, parecen inventados. No están en la OTAN. Fueron invadidos, pero marchan solos. Rechazan la conjetura de la vanidad por no necesitar a nadie. Los daneses son islas de conciencia.

ASUNTO: sigo, sigue con el índice

el índice del gorilismo.

Una escala técnica.

FECHA: jueves 22 de julio 20.20
Navarro entre tozudos, para que aprenda

la Muerte,

«irá pateando el cajón» cuando descienda

(lo dice, digo dijo, Dick):
[...]
Tiene, tiene que ver que la noticia de la masacre de los comunistas griegos a manos de los «paracas» británicos te la ofrezca para discusión / consideración [...].
Y tiene, tiene que ver la masacre de esos luchadores con la desmovilización de los mambíes, aparentemente desmentida la pertinencia por el espacio y el tiempo.
No te rasques la cabeza.
Mambíes y partisanos fueron engañados, y por eso puse en un inciso «todos como chinos», por los aliados que, con sus buenos sentimientos, acudían a «liberarlos». Tal vez tener encerrados a los pueblos en compartimientos geográficos estancos te dificulta apreciar la conexión supratemporal y espacial entre griegos y mambíes de un vistazo. Yo lo consigo. Aunque lejos geográficamente, la fórmula de la lejanía, y de la idiosincrasia, lengua, etc., en ambos me es indiferente: están menoscabados por la multiplicación matemática infinita de las condiciones de sumisión que establece el imperialismo para las republiquetas de morondanga que surgen del caos de una independencia acechada. Están marchitos por razones de proximidad. Ayuda reírse un poco de la inteligencia que firma categorías y preceptúa que cese bruscamente la atención con el «qué tiene que ver con...». Quizá no hayas vuelto a estudiarlo desde este punto de vista, que la explotación que les tienen preparada a los pueblos con el cebo de su transformación se cumple en proximidad.
Los poetas suelen darse cuenta antes que nosotros. Como no quiero ver a nadie morir de hambre de argumentos, y a ti menos, me estuve acordando de unos versos de Nicolás Guillén que hacían furor entre los izquierdistas de los años sesenta. Se pueden traer al punto y aplicar a la causa común de mambíes y griegos aproximados por una parecida o idéntica situación de explotación que los conjuga: «Si hoy yanqui, ayer española, sí, señor. / La tierra que nos tocó / siempre el pobre la encontró / si hoy yanqui, ayer española, ¡cómo no!...» (de Mi patria es dulce por fuera).
No te preocupes, nadie sabe muy bien de qué estoy hablando... nunca. No obstante, seguiste el hilo cuando intercalas el ejemplo del mariscal Tito y se te agigantó de pronto la comprensión.
[...]
Claro que pondría a la dupla Menéndez, o el triplete. Porque eran tres. Pero ya no serían 4 y el Apocalipsis, sino el Apocalipsis sin compromisos políticos, sin más. Podrían ir otros. Podría ir Mariano Grondona. Monseñor Bonamin. Monseñor Adolfo Tortolo. Lorenzo Miguel. El padre Christian Von Wernich. Martha Lynch. Tita Merello. Reutemann, el que hizo cuanto pudo, y Rucci, que pudo hacer lo que quiso (que tiene una calle en Ciudadela, la que se llamaba cuando yo era chico Peribebuy).
Lo puse a Menem y después lo quité. La verdad que se peleaban por ir.
El Menéndez que se alzó contra Perón en el 51 y que formaba parte de la llamada «trenza de Caballería», en la que estaba también Lanusse, no era el padre del jefe de La Perla. Era su tío. Creo que los militares, como tú o como yo, y el cansancio que produce a los argentinos soportar la vileza de su nombre verdadero parece ser la causa, tienen más de un apodo. Abundan los de dos, y está la laxitud de tres por los que no se calentaba Massera: Negro, Cero y coara (desglosado: comandante de la armada argentina o de la República Argentina). Al Menéndez del campo de concentración cordobés de La Perla le decían la Hiena, así como a Camps, insisto por extravagancia, le decían también Pajarito.
El «único mérito» de Maradona no fue jugar al fútbol «mejor que nadie, etc.», como el de Palito Ortega no fue cantar mal —«Escalofrío siento, mi amor, cuando ba-ai-las... el twist», su primera canción, lo prueba, con ese cloqueo de amplificación oratoria, que no defecto— y casarse con Evangelina Jacinta Pichimahuida, la hija del viejo Salazar de Biedma y Méndez de Andes. Los símbolos llegan para bendecir un régimen. Denostar a Gatica, preferir a Prada, advertía contra la miopía, contra la desgracia de perder la perspectiva que tenía el pueblo, que adoraba a Gatica, cuya filiación la conocemos. Era un buen peronista. De manera que una idea de identificación habitual hará que el pueblo se incline, sacando a escena una sucesión de correctas elecciones. El pueblo es peronista, Gatica lo es, el pueblo adora a Gatica por ser el símbolo que concentra el acierto partidista. La más preciosa de las materias primas, para la propaganda, es esta inocente veracidad en la comprobación de que es un «hijo del pueblo», de que salió de él. Con ello la propaganda disimula la amenaza principal, llegar también a comprobar que se es cómplice.
Hubo directores de cine, escritores, músicos, actores, que se marcharon de Alemania y que fueron condenados a la horca nominal por la responsabilidad sin sombra de duda de los que se quedaban, Thomas Mann y su hermano mayor Heinrich, Adorno, Marlene Dietrich o Fritz Lang, por ejemplo. Hubo atletas que permanecieron en sus puestos e hicieron más grandes los Juegos Olímpicos de 1936 junto a Leni Riefenstahl para El triunfo de la voluntad. No va a ser el caso de Maradona, que jugará «mejor que nadie» en el Barça, en los primeros ochenta, pero siempre como el «argentino que juega al fútbol mejor que nadie». Su argentinidad en el exterior no correspondió sino al brillo del deportista autómata individualista embolsadólares, el símbolo que hacía más argentino al régimen, no importa cuán sanguinario fuese. Su histerismo sanguinario era momentáneo: todos los canas y milicos adoran a Maradona.
Por eso los chupados tuvieron que salir a festejar con los captores, todos juntos en 1978, el efímero estrellato de la Argentina deudora, corrupta y pisoteada que ganaba el Mundial. Terrible como lo cuenta Graciela Beatriz Daleo en La voluntad, tomo III, últimas páginas.
Por eso el fútbol «se lo comió todo», denuncia la canción de León Gieco.
Me podrás decir que ni Menotti ni Maradona tenían la culpa; parece aun mejor la transfiguración de la nacionalidad en penitencia, opacar la argentinidad en señal de luto, no comer de lo que es abominable en el orden de la naturaleza jurídica.
No examinaré ahora en qué medida constituye la ocultación ojerosa una señal de luto, pero fue lo que hicieron Cipe Lincovsky y Luis Politti. Creo que se te escapa la clave simbólica del mosaico, el hilo de la sarta subterránea que los ensarta: vecino, policía, hincha de fútbol, delator, patotero, ciudadano linchador de todas las tiranías.
Barrio.
Barrio «de cuyo nombre no quiero acordarme», cantera de la Mazorca, de Vichy, de los Estados Unidos de Truman y Eisenhower. Los hermana el calderón que en la escritura musical suma los valores de las notas y asegura la continuidad en el compás.
Se aparean, iguales a imágenes del arte bizantino en la revancha que estalla a través de los patios de conventillo como en la estrechez de la mandorla.
Propendemos a los resultados agradables al término de un razonamiento, a las contigüidades reales que armonizan con prejuicios de la representación verbal, a la eliminación de la disparidad; a precavernos con el «qué tiene que ver con...» de lo único que puedo concebir como sentido profundo de la complicidad que aquella noche Cristina Zucker lanzó a una lectura directa con las dos clases de desaparecidos: los muertos y los que se callaron. A ellos habría que agregar los que siguieron sintiéndose argentinos y jugaron a la pelota o cantaron mal para celebrar una nacionalidad que moralmente ha dejado de existir.
Debo resaltar aquí otro error muy frecuente. Los peronistas, o los ex del peronismo que componen, en realidad, su reserva moral habiendo roto con Perón sin solucionar nada, se han pasado la vida esforzándose en marcar posiciones, LA POSICIÓN, y un itinerario equidistante de las dos posiciones que falsearon el mundo durante la guerra fría. «Ni yanquis, ni marxistas» fue el estruendo que nos mantuvo informados de un plagio con el encanto de un descubrimiento, de una independencia en sus propios términos. Pese a ese derecho a una libertad de opinión que los peronistas invocaban para ellos, no mostraron ninguna sensibilidad en considerar que podían sentirla o aspirar a tenerla sus adversarios y tampoco se molestaron en sopesar las reparaciones nacionalistas que podían abrigar los que no eran como ellos. Los que no sentían la necesidad básica de fundirse con las proposiciones de la «doctrina nacional y popular».
Creo que a estas alturas es imposible aprender a concentrarse en desentrañar las simplezas de maniqueísmo de los peronistas antediluvianos que aún deben de quedar y de sus herederos. ¿A quiénes van a analizar, o qué? Tan cuidadosos en que los demás los busquen en una periferia imposible, defendiendo por instinto la tercera posición, no admiten que pueda haber un tercer tipo de ciudadano que no sea liberal como José Alfredo Martínez de Hoz, o como Eduardo [Israel] Goligorsky —un liberal, judío, en la Argentina aferrada a un viejo y honorable antisemitismo, ¡esto sí es sentimiento de culpabilidad!—, ni máquina sensible a la adhesión por la mano de la mayoría, porque es la mayoría la que advierte los cambios.
Tiene que ser gorila.
A la fuerza.
Si para que no te disguste, si para tranquilizar o anestesiar tu maniqueísmo, necesitas dirigirme una ojeada y no preocuparte más de ello, abstengámonos de todo razonamiento y me visto de gorilón. Gorilón, que era ya tiempo de ponerme a la derecha. A la derecha de la izquierda, como Röhm con la ragnarök. En paz, pajarito.
Todo lo que me cuentas del fútbol y tus padecimientos en la infancia porque perdía San Lorenzo me suena a un curso completo de chino y es el ejemplo más obvio de la ajenidad y la falta de correspondencia. ¿Una «manera de forjar el carácter»? La manera de forjar el carácter era ignorarlo todo sobre el fútbol, ser un patadura y negarse a jugar al fútbol, querer ser, por supuesto y además, un patadura para diferenciarse de ellos, para triunfar de ellos, y encima que te dieran una patada en el culo por jugar mal. Eso sí forja el carácter, pajarito.
Contar historias de prisa, hacer de Scheherazade para que no te sodomizaran.
Esto sí forja el carácter.
Que el Día de Reyes en la calle te partan los juguetes para que los puedas disfrutar.
Esto sí forja el carácter.
Masturbarse salvaje, forzosa, colectivamente en los fondos de una carpintería o en un baldío.
Esto sí forja el carácter.
Que te chiste el policía que está de guardia, al pasar por enfrente de la seccional 13.ª, porque se aburre.
Esto sí forja el carácter.
Llegar a tu casa, dando un rodeo de Ulises para eludir a las barras bravas.
Esto sí forja el carácter.
Que te escarnezcan por llevar una camisa floreada a la moda de Portobello Road.
—¡Mujercita! ¡Mariquita!
—¡Cácenlo vivo!
Esto sí forja el carácter.
Que suba en Nazca una patota al tranvía 84 y comiencen a azotar a los pasajeros con una correa de transmisión de un motor de coche, rota.
Esto sí forja el carácter.
La ignominia, la humillación, ambas monótonas, indefinidamente renovadas,
aquella falta de distancia

entre los vivos y los muertos

desde la más tierna infancia.
Esto sí forja el carácter.
Una bofetada en el patio del colegio, un empujón que te tira al suelo, una zancadilla que te hace volar o la promesa de una paliza de eccehomo a la salida... porque no hay otra cosa mejor que hacer.
Esto sí forja el carácter.
Bien mirado, no hay acontecimiento que no tenga su lado bueno, ¡ja, ja! (Aquí, ríete conmigo.)
Lo siento, Maradona no es adorado en Cataluña. El dios local dentudo es Ronaldinho, no es Maradona. ¿Y si nos secuestraran «encapuchados con cimitarra» en Iraq? Diría: «América..., el Che..., Tiradentes, Caupolicán, Zapata y Marlon Brando. ¡Arriba Ferro!..., habibi!, habibi!».
¿A que no? ¿A que sí?

ASUNTO: Curiosidades arqueológicas (III)

FECHA: martes 3 de agosto 20.56
Fusi es catedrático de historia en la Complutense. Reyes Mate es miembro del Instituto de Filosofía del CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas).
Algunos personajes de la política que descollaron cuando tú ya te habías acostado en la Argentina y habías apagado las luces concernientes a España. No estarás familiarizado con ellos.
Julio Anguita, el Califa Rojo; apodado de esa manera tan privada que absorbe como una esponja los pequeños detalles por haber sido alcalde (intendente) de la ciudad de Córdoba, Andalucía, de pasado y arquitectura árabes, tómale el pulso, y Rojo porque fue secretario (patrón) del partido comunista. Perdió a un hijo periodista en la invasión de Iraq, no hace mucho. Se retiró de la política activa, que en España significa sacrificar el programa de la inteligencia a la modestia, y volvió a su trabajo de profesor de historia en la secundaria.
Conservar estos recortes sin proponértelo, algunos con más de diez años a las espaldas, brinda acabada la muestra de que no acontece cosa digna entre los consumados pedantes que llegan a ser los que se tienen por analistas políticos y trabajan de eso en los diarios. Verás que en su artículo Reyes Mate recurre a una profecía —con la cremación posterior del profeta—, según la cual, por un vector de fatalismo y hazle la señal al mono, las dos izquierdas profesionales, la del PSOE y la de Izquierda Unida (el partido comunista sobreviviente malviviente, con otro nombre), tendrían obligatoriamente que entenderse.
De risa.
Hoy Zapatero, el de la cara de títere, practica una socialdemocracia de socio o socialismo como juego de palabras que tiene enfrente una oposición meramente resentida —ni siquiera un enemigo— y a Izquierda Unida sólo la votan los tucanes del zoológico.

Notas
(1) Comisario general Alberto Villar. Asesor del dictador Banzer en Bolivia. Entrenado por la AID. Uno de los promotores de la Triple A. Fue la presa más codiciada de la guerrilla. El viernes 1 de noviembre de 1974, voló en pedazos con su mujer cuando paseaba en su barco particular por el Tigre. Perón lo había nombrado jefe de la Policía Federal.
(2) El Periódico de Catalunya, jueves 22 de enero de 2004, pág. 88.
(3) Aguerre falleció en el trayecto de la cama al suelo la madrugada del miércoles 2 de noviembre de 2005.
(4) Mensaje en el que surge un trozo de su apodo, el de Oiseau Rouge, que él se puso y yo le traduje. Quedó completado en el punto 2 del mensaje del miércoles 25 de febrero de esta manera: «...como no le declaréis la guerra a Noruega por reivindicar límites, como decían Les Luthiers en una actuación, hace años, y queméis las existencias de Gloster Meteor y de Pulquis, te vamos a poner en el catálogo junto al avión ese con empenajes horizontales (los estabilizadores) y derivas verticales para que te puedas sustentar cuando vayas por el aire de culo con los tres trabajos eventuales. Vas a ir con el nombre de Jota-Jota Speedy Oiseau Rouge, cuatro ametralladoras instaladas Browning cal. 50, barquilla para cohetes trazadores con cabeza buscadora (opcional)».
(5) Es del 99. ¿Contó allá con la aprobación de la puericultura para que el espectador pudiese verla? Recuerdo el caso de ¡Che!, de Richard Fleischer, con Jack Palance haciendo de Fidel Castro ¡y Omar Sharif del Che Guevara! La daban en el Suipacha, estaba en la calle con la entrada en la mano, anunciaron bomba y la función se suspendió... PARA SIEMPRE.
Aquí la vi la primera vez en el antiguo Verdi. Abrieron hace unos años en la calle Torrijos, en la misma manzana pero opuesta a la calle Verdi, un conglomerado al que también le pusieron Verdi, pero para distinguirlo del Verdi original se llama Verdi Park y son como tres o cuatro salas más.
La segunda vez la saqué de un videoclub para verla con mi hijo y que pudiese documentar el alivio de no haber nacido en el infierno.
(6) José Antonio Alonso Simón.
(7) Escribe Oiseau Rouge: «En cuanto a su hermano, el Pato Varieté [Ricardo Zucker] de la UES, fui a visitarlo tan pronto llegué a Madrid, en agosto de 1978. Lo llamábamos así para distinguirlo de su amigo, del otro Pato, un pato feo e intelectual, Isaac Drykas, el Pato Fellini. Cuando el Pato Fellini se tomó la pastilla de cianuro, su mujer, Maca, se encontraba embarazada de una niña y enseguida formó pareja con el Pato Varieté.
»Es la historia más triste que conocí en toda mi vida. Mejor te la cuento mañana...» (Historia triste, martes 18 de mayo).
(8) Había muerto Ronald Reagan y el funeral fue parecido a los de Perón y Franco.
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