Sobre el amor a los libros






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RICARDO DE BURY

(RICARDO DE AUNGERVILLE)

Obispo de Durham y Canciller de Inglaterra

FILOBIBLIÓN
MUY HERMOSO TRATADO

SOBRE EL AMOR A LOS LIBROS

El taller de Libros

La Coruña 2007

EL AUTOR



Ricardo de Aungerville; Prelado, bibliófilo, y diplomático ingles, conocido también como Ricardo de Bury por haber nacido en la población de este nombre en el año de 1281.

Siente desde sus tiempos de estudiante en Oxford una gran pasión por los libros.

El rey Eduardo II le confía la educación del príncipe de Gales, el futuro Eduardo III. Llega a ser obispo de Durham (1333), canciller mayor (1334), y tesorero del reino (1337).

Desempeñó muchas embajadas en Francia, Alemania y otros países europeos, que le sirvieron para satisfacer su gran pasión por los libros y para relacionarse con los personajes más eminentes de su tiempo, como el Dante, con el cual sostuvo correspondencia.

Fue autor de varias obras, entre ellas: Orationes ad príncipes; Epistolae familiares y Philobiblión.

Muere en el año 1345, el mismo en que termina la obra que aquí nos ocupa.

PRÓLOGO

Ricardo de Bury, por la divina misericordia prelado de Durham, a todos los fieles de Cristo a quienes llegare el presente escrito les desea perpetua salud en el Señor, exhortándolos a que, en la presencia de Dios, se acuerden siempre de él, tanto mientras viva como después de muerto.

«¿Qué devolveré al Señor por todas las cosas que me ha dado?» (Salmo 115), se pregunta el salmista, invicto rey, excelentísimo entre los profetas, con profundo rendimiento.

Y al formular esta cuestión, plena de agradecimiento, se manifiesta dispuesto a retornar, como deudor por múltiples razones, y ávido de encontrar un consejero más justipreciador: en esto se halla conforme con Aristóteles, el primero entre los filósofos, el cual, en los libros III y VI de sus Éticas, se declara partidario del consejo y prueba que toda cuestión sobre lo que se debe hacer gira alrededor de él.

Verdaderamente que si un profeta tan admirable, vate de los secretos de Dios, cuidaba con tanto esmero de saber cómo podría corresponder, agradecido, a lo que se le había otorgado gratuitamente, ¿qué cosa más digna podemos nosotros de tratar de saber, ansiosos de recibir, colmados con infinidad de beneficios? No puede dudarse que, previa una prudente ponderación y una advertencia grande, habiendo invocado de antemano al Espíritu Santo para que encienda en nuestra meditación un fuego iluminador ardiente, debemos desbrozar con gran cura el camino, para que a su vez nuestra voluntad dé al que todo lo da reverentes gracias por todo lo que recibió; para que el prójimo se sienta aliviado de su carga y para que las obligaciones o penas contraidas por las faltas de los hombres vayan desapareciendo merced al influjo de tan medicinales limosnas.

Así, bien aleccionados por los sentimientos que preceden, con la inspiración del que únicamente previene a la buena voluntad del hombre y la conduce igualmente a un final feliz, y que, faltándonos, nos hace sentirnos incapaces de formular un solo pensamiento y cuyo ha de ser todo cuanto hacemos de bueno, hemos examinado, consultando, además, el parecer de otros, qué servicio de los que realiza la virtud de la piedad ha de ser más agradable a Dios Nuestro Señor y más provechoso que otro cualquiera para la Iglesia de los viadores. Y he aquí que se presenta a nuestra consideración un grupo de estudiantes dignos de lástima y compasión, aun cuando estuviera mejor dicho dignos de predilección, en quienes, por medio del artífice divino, bien por sí mismo, bien por medio de la Naturaleza, arraigaron costumbres muy buenas y conocimientos exquisitos; pero la escasez de medios oprime y la suerte adversa daña de tal modo a unas semillas tan fecundas, que amenazan con secarse, depositadas en un campo tan poco cultivado como lo es el de la juventud.

De aquí resulta que, según frase de Boecio, «queda oculta en tinieblas la virtud resplandeciente», y las lámparas se limitan a permanecer debajo del celemín, sino que, por carencia de aceite, se apagan completamente; de este modo el campo primaveral se agosta antes de la recolección, el grano se transforma en cizaña, las vides se agrazan, los olivos se truecan en acebuches salvajes, las ramas jóvenes se marchitan, y los que hubieren podido ser pilares de la Iglesia por su capacidad y agudeza de ingenio, se ven obligados a abandonar los centros de enseñanza.

Solamente la miseria, madrastra fatal, aparta de sus labios el vaso de la filosofía, cuyo dulce néctar habían probado con una sed ardiente, más ardiente que el mismo placer; las artes mecánicas acogen en su seno fatalmente a los que con disposición para las artes liberales y para el estudio de las Sagradas Escrituras se hallan de tal modo desprovistos de medios, que tienen que abandonar sus vocaciones a impulso cruel del sustentamiento, como apostatando de los dones que la Providencia divina les atribuyó; y esto va en perjuicio de la Iglesia y en menosprecio del clero.

Nuestra madre la Iglesia se ve compelida a abortar a los hijos que engendrara; y aún más: a desprenderse del informe feto y, por no usar los pequeños discursos con que se satisfaría la Naturaleza, pierde a sus criaturas, a las que en el día de mañana se podrían convertir en campeones aguerridos de la fe. ¡Qué pronto e inoportunamente se rompe la trama en las manos de quien la urdió! ¡De qué modo se eclipsa el sol en la inmaculada aurora y cómo el planeta que recorría su camino vuelve atrás y, despreciando su naturaleza de estrella, mengua con presteza y se precipita en los abismos! ¿Puede contemplar nuestra piedad algo más lamentable? ¿Puede cosa alguna conmover nuestras fibras de misericordia? ¿Acaso algo puede llevar el calor a un corazón congelado más que la contemplación de algo semejante?

Sin embargo, variando radicalmente la dirección de nuestra argumentación, podemos recordar, y a ello nos invitan hechos pasados, ¡cuán provechoso fue para la república cristiana la formación de los estudiantes, no en las delicias de Sardanápalo ni en las riquezas de Creso, sino merced al favor otorgado a los que lo habían menester, a los cuales se concedió un cierto estado de bienestar en su carrera! ¡Cuántos contemporáneos nuestros y cuántos personajes históricos, sin linaje, sin hacienda y sí apoyados únicamente en la misericordia de los buenos, llegaron, por méritos propios, a desempeñar cátedras apostólicas y gobernaron con grande bondad más tarde a los súbditos, doblegando a los grandes y soberbios, y trabajando esforzadamente por la libertad de la Iglesia!

Por esta razón, habiendo examinado bajo todos los aspectos las miserias humanas y cuenta habida de esas cavilaciones tan piadosas, nuestra voluntad se inclina a dispensar auxilio a esos seres tan desgraciados que prometen ser tan provechosos para la Iglesia, y también a proveerles del necesario sustento y más principalmente aún de los libros pertinentes a sus estudios. Para esto, que debe de ser muy agradable al Señor, trabajamos sin darnos tregua y con todos los desvelos desde hace mucho tiempo. Y, en verdad, este amor nos ha extasiado tan fuertemente, que nos aparta de los demás negocios temporales y nos abrasa con la pasión irresistible de adquirir libros. Con el fin, pues, de que a nuestros coetáneos y a los venideros se les aparezca claro nuestro propósito, y para que callen los labios de los que yerran, acordamos escribir este pequeño tratado en el característico estilo llano de la época en que vivimos; pues no cuadraría con nuestro propósito y sería ridículo, al decir de los retóricos, emplear brillante estilo sobre materia tan simple.

Este tratado purificará de todo exceso nuestro amor a los libros, mostrará el alcance de nuestros desvelos y aclarará las particularidades de nuestro trabajo, que dividimos en veinte capítulos. Y dado que trata de modo muy principal del amor a los libros, nos complació designarlo, a la manera de los clásicos latinos, con el nombre griego de Filobiblión.

CAPÍTULO I
ALABANZA DE LA SABIDURÍA Y DE

LOS LIBROS EN QUE RESIDE

El tesoro de la sabiduría y de la ciencia, tan apasionadamente deseable, y que todos los hombres naturalmente apetecen, supera infinitamente a cualquier riqueza humana. Comparados con él, las piedras preciosas carecen de valor, la plata no es más que cieno y el oro no es sino fina arena. Este tesoro, con su esplendor, oscurece la luz del sol y de la luna, y su dulzura admirable es tal, que ante ella la miel y el maná se tornan amargos al paladar.

¡Oh valor de la sabiduría, que no se debilita por el transcurso del tiempo; virtud siempre floreciente, que disipa todos los malos humores de aquellos que los poseen! ¡Oh celestial don de la magnanimidad divina, otorgado por el Creador de la propia luz para elevar hasta el firmamento el espíritu humano! Tú eres el alimento sagrado de la inteligencia; los que te comen sienten aún hambre; los que te beben sienten aún sed. Encantas por tu armonía las almas de los que languidecen y el que te oye jamas se ve turbado. Tú eres la mesura y la regla de las costumbres, y el que a ti se atiene jamás pecará. «¡Por ti reinan los reyes, y decretan los legisladores leyes justas!» (1).

Aquellos que, gracias a ti, deponiendo al punto su primitiva rudeza, educando su lenguaje y su espíritu arrancando las espinas de sus vicios alcanzan la cumbre de las alabanzas y llegan a ser los padres de la patria y los consejeros de los príncipes, sin ti hubiesen tenido que utilizar sus facultades en el azadón y el arado, o, como el hijo pródigo, en apacentar puercos.

¿Por qué, pues, dilectísimo tesoro, te ocultas tan profundamente? ¿Dónde pueden encontrarte los espíritus turbados? Sin duda alguna has fijado tu tabernáculo apetecible en los libros, entre los que te colocó el Altísimo, luz de luz, libro de la vida. Allí, quienquiera que te busque, te encuentra y te posee, y tú respondes tanto más prontamente cuanto con más ardor se te solicita. Los querubines despliegan sus alas sobre los libros y elevan la inteligencia de los estudiantes, cuyas miradas se extienden de un polo al otro, desde el orto del sol hasta su ocaso, desde el Norte hasta el mar meridional.

En los libros se aprende a amar y a conocer al Dios altísimo e incomprensible: en ellos la naturaleza de las cosas celestes, terrestres e inferiores, se muestra con evidencia; en ellos se ven los derechos por los que todo Gobierno se rige, se distinguen las funciones de la jerarquía celestial y el poder usurpador de los demonios, conocimientos no inferiores a las ideas de Platón y que la cátedra de Catón no enseñaba.

En los libros veo a los muertos como si fuesen vivos; preveo el porvenir; en los libros se reglamentan cosas de la guerra y surgen los derechos de la paz. Todo se corrompe y destruye con el tiempo; Saturno no cesa de devorar lo que engendra, y, sin duda, toda la gloria del mundo se desvanecería en el olvido si, como remedio, no hubiese dado Dios a los mortales el libro. Alejandro, el dominador del universo; César el invasor del orbe y de la república, que, gracias a su astucia y a su pericia guerrera, fue el primero en reunir un imperio bajo el poder de un solo hombre; el leal Fabricio y el rígido Catón carecerían hoy día de recuerdo si los libros no les hubieran prestado su testimonio. ¡Cuántas torres derruidas, cuántas ciudades desaparecidas se hallarían hoy en el olvido! El privilegio de reyes y papas de ser conocidos por la posteridad se lo deben a los libros. Tolomeo afirma que el libro concluido comunica al autor su inmortalidad. De este modo se expresa en el prólogo de su Almagesto: «Aquel que vivifica la ciencia no muere jamás.» ¿Quién podría apreciar con justicia lo que en otra especie valdría el tesoro infinito de los libros, gracias al cual los sabios vates amplían el dominio de la antigüedad y de los tiempos modernos? Verdad victoriosa por doquier, por cima del Rey, del vino y de las mujeres, y cuyo culto da a los que la veneran el privilegio de la santidad. Ruta sin retorno, vida sin fin, a la que el doso Boecio atribuye el don de ser triple por el pensamiento, la palabra y los escritos. En efecto, estos dones parecen residir en los libros más útilmente y fructificar allí más fecundos para el progreso. La verdad emitida por la voz, ¿no perece acaso al extinguirse el sonido?; y la verdad escondida en la mente, ¿no es, en verdad, una sabiduría esotérica, un tesoro invisible? Por el contrario, la verdad que brilla en los libros es aprehendida fácilmente por los sentidos; se manifiesta por la vista cuando se lee; por el oído, cuando se oye leer, y, en cierto modo, por el tacto, cuando se la transcribe, se la corrige y se la conserva. La verdad recóndita es, sin duda, una noble posesión del alma; pero como carece de compañía, no parece tan agradable como cuando puede ser juzgada por el oído y por la vista. La verdad de la voz el oído la percibe clara, pero únicamente, y, sustrayéndose a la vista, que nos muestra a la vez los varios aspectos y diferencias de las cosas, solamente llega a nosotros por una delicadísima vibración y termina cuando apenas ha comenzado.

La verdad escrita en el libro se presenta, por el contrario, a nuestra curiosidad sin interrupciones, de una manera permanente, y por el camino espiritual de los ojos, vestíbulos del sentido común y antesala de la imaginación, penetra en el palacio de la inteligencia, donde se compenetra con la memoria, para procrear la eterna verdad del pensamiento.

Es preciso poner de relieve, por último, cuán gran comodidad haya en los libros la ciencia, qué de secretos profundos hay en ellos y con qué seguridad descubrimos nuestra tamaña ignorancia sin rubor. Los libros son los maestros que nos instruyen sin brutalidad, sin gritos ni cólera, sin remuneración. Si nos acercamos a ellos, jamas los encontramos dormidos; si les formulamos una cuestión, no nos ocultan sus ideas; si nos equivocamos, no nos dirigen reproches. ¡Oh libros, vosotros que poseéis, solos, la libertad!, ¡qué dais a todos aquellos que os piden y que manumitís a quienes os han consagrado un culto fiel!, qué de cosas habéis inspirado a los sabios con una gracia celestial por medio de la escritura. Pues vosotros sois esas profundas grutas de la sabiduría hacia las que el sabio encaminaba a su hijo para que desenterrara los tesoros que encerraban. Vosotros sois esos pozos de agua vivificante que el padre Abraham excavó antes que nadie, que Isaac desescombró y que los hebreos se esforzaron por colmar siempre. Sois, efectivamente, las espigas deliciosas, llenas de granos, que las manos apostólicas deben segar para alimentar a las almas hambrientas. Sois las urnas de oro en las que se contiene el maná y las piedras de donde sale la sagrada miel. Los senos ubérrimos de la leche de la vida, provistos en todo momento de abundantes reservas. Sois el árbol de la vida y el río de cuatro brazos del Paraíso,(2) donde la mente humana reposa y el árido intelecto penetra para fecundizarse. Sois el arca de Noé, la escala de Jacob y el canal en que deben penetrar las creaciones de los contemplativos. Sois las piedras del testimonio, los potes vacíos que sirvieron para colocar las lámparas de Gedeón, las alforjas de David, de donde saldrán las piedras pulidas que matarán a Goliat. Sois los áureos vasos del templo, las armas de la milicia de los clérigos que reducen a la impotencia a los perversos; olivos fértiles, vides de Cugadi, (3) higueras que no se secarán, lámparas ardientes; en fin, todo lo mejor que pudiéramos encontrar en las Escrituras para oponerles por vía de comparación, si es que está permitido hablar figuradamente.

CAPÍTULO II
DE CÓMO LOS LIBROS DEBEN SER PREFERIDOS

A LAS RIQUEZAS Y A LOS PLACERES

Si se juzga acerca del valor de una cosa según el grado en que es amada, el presente capítulo demostrará que el valor de los libros es inefable; pero ello de nada servirá al lector para sacar una conclusión, pues nosotros no nos servimos de demostraciones en cuestiones morales, acordándonos que Aristóteles, en su Etica y en su Metafísica, proclama el hecho de que el hombre busca la certeza según le pida la naturaleza de la cosa que haya reconocido. Ni Cicerón argumenta apoyado en Euclides, ni este último basa su autoridad en el sabio romano. Ciertamente, nosotros nos esforzamos en convencer de que ya sea por la lógica, ya por la retórica, en una naturaleza inmaterial, en la que el espíritu –que es el amor– no puede engendrar más que el amor, los libros deben ser estimados sobre todas las riquezas y los placeres, cualesquieran que éstos sean. Y esto, en primer lugar, por que los libros encierran más sabiduría de la que los mortales puedan concebir. Y la sabiduría menosprecia las riquezas, como se demuestra en el presente capítulo. Aristóteles, al plantearse en el libro III «Acerca de los problemas» (Problema décimo) la siguiente cuestión: «¿Por qué los antiguos que en las academias y juegos públicos otorgaban recompensas a los más capaces no tomaban en cuenta la sabiduría?», la resuelve así: «En los ejercicios gimnásticos el primer premio es superior a la hazaña realizada. Y como entonces se concuerda, en decir que la sabiduría es lo mejor, no se le puede asignar lógicamente ninguna recompensa. Así, pues, la sabiduría está por encima de las riquezas y los placeres. »

El ignorante negará que la amistad sea preferible a la fortuna, aunque el sabio atestigüe así. Sin embargo, el filósofo venera la verdad por encima de la amistad, el justo Zorobabel (4) la valora sobre todas las cosas. Los placeres quedan por debajo de la verdad. Pero los libros sagrados contienen y conservan la verdad; es más: ellos mismos son la verdad escrita (prescindiendo de su estructura material, que es independiente de su contenido). Por todo ello, las riquezas, de cualquier especie que sean, están por debajo de los libros, incluso la clase de riqueza más estimable: la formada por los amigos, como lo confirma Boecio en el segundo libro de su de sonsolatione philosophiae. A pesar de ello, Aristóteles prefiere la verdad de los libros, sobre todo considerando que las riquezas no parecen tener otro objeto que el servir de sustento al cuerpo. Se puede decir con certeza que la verdad de los libros es la perfección de la razón, la cual es, hablando con propiedad, «el bien del hombre». Es por demás evidente que para el hombre que se sirve de su razón los libros deben serle más estimables que la fortuna, pues lo que proteja la fe con más firmeza, lo que sirva para propagarla más y para anunciarla con más claridad lo que más amado debe ser por el creyente. Evidentemente o Señor, con el designio de hacer notar la verdad escrita en los libros, responde al tentador para deshacer su argumentación: «Está escrito»(5). En fin, nadie duda que la dicha está por encima de las riquezas o precisamente la dicha consiste en la contemplación de las verdades de la sabiduría por medio de la inteligencia, operación de la facultas más noble y elevada que poseemos y que es, según el príncipe de los filósofos, Aristóteles, en el libro IV de su Ética, a Nicómano, la más delectable de todas las obras después de la virtud; y añade que, por su pureza y solidez, la filosofía es la fuente de admirables placeres. La contemplación de la verdad no es perfecta más que cuando se hace a través de los libros, pues la meditación momentánea sobre las verdades examinadas, continuada por un acto de la inteligencia, no sufre interrupción alguna. Por esto los libros parecen ser los más inmediatos instrumentos de la felicidad especulativa. Aristóteles, verdadero sol de la verdad física, concluye en su elección de métodos que es preferible filosofar que enriquecerse. Aunque en el libro tercero de su Tópicos conceda que la necesidad puede obligar al indigente, según las circunstancias, a preferir la fortuna a la filosofía.

Si se recuerda, como probamos en el capítulo precedente, que los libros constituyen el más cómodo de los maestros, se convendrá sin grandes esfuerzos que merecen el amor y la consideración debida a los profesores. Por fin, como todos los hombres, por instinto, desean aprender y gracias a los libros podemos adquirir la ciencia de la verdad, ciencia preferible a todas las riquezas, ¿quién es el hombre que, obedeciendo a una ley natural, no esta obsesionado por la pasión de los libros? Aunque veamos que los puercos desdeñan las perlas, el sentimiento del sabio no se debe alterar por ello y debe recoger las perlas que se le ofrecen. Una biblioteca repleta de sabiduría es más preciosa que todas las riquezas, y nada, por muy apetecible que sea, puede comparársele. Así, quienquiera que sienta en sí una ardiente predilección por la felicidad, la sabiduría, la ciencia e incluso la fe debe sentirse irresistiblemente atraído por los libros.

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