Ginzburg narra la historia de un molinero friulano basándose, principalmente, en los expedientes de los dos procesos en que se vio involucrado al ser acusado






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títuloGinzburg narra la historia de un molinero friulano basándose, principalmente, en los expedientes de los dos procesos en que se vio involucrado al ser acusado
fecha de publicación04.06.2016
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En  El queso y los gusanos, Ginzburg narra la historia de un molinero friulano basándose, principalmente, en los expedientes de los dos procesos en que se vio involucrado al ser acusado de herejía. Estas fuentes, con quince años de diferencia, facilitan un elocuente panorama de sus ideas y sentimientos, de sus fantasías y aspiraciones. Ginzburg, además, basa su investigación en otros documentos que aportan información sobre las actividades económicas y la vida de los hijos de este molinero; incluso. dispone de algunas páginas autógrafas y de una lista parcial de sus lecturas.
El objetivo de autor es reconstruir un fragmento de lo que se conoce como cultura de las clases subalternas o cultura popular a través de la aproximación a la cosmogonía de un sujeto. Las confesiones del molinero permiten entrever un caudal no explorado de creencias populares y de oscuras mitologías campesinas que Ginzburg interpreta de forma cautelosa incidiendo, a la vez, en contraejemplos que lo llevan a consolidar su argumentación. Como bien señala Spivak (1994), los subalternos no pueden hablar; por eso, el investigador poscolonial que decide reconstruir su voz asume una gran responsabilidad en el sentido de determinar y diferenciar lo que se dice de lo que no se dijo, y de lo que se le impidió decir.
Ante el problema de las fuentes, Ginzburg señala que el hecho de que una fuente no sea “objetiva” no significa que sea inutilizable. Si la documentación ofrece la posibilidad de reconstruir no solo masas diversas, sino personalidades individuales, sería absurdo rechazarla. Para el autor es incuestionable que en un individuo mediocre, carente en sí de relieve, pueda escrutarse, como en un microcosmos, las características de un estrato social en un determinado periodo histórico. En ese sentido, un caso límite como el del molinero Menocchio puede ser no solo abordable sino representativo.

 

Contexto sociocultural
Dos acontecimientos históricos sientan las bases del contexto en el cual surge la figura de Menocchio: la invención de la imprenta y la Reforma. La imprenta le otorga la posibilidad de confrontar los libros con la tradición oral en la que se había criado y le provee de las palabras para resolver el conglomerado de ideas y fantasías que sentía en su fuero interno. La Reforma le otorga audacia para comunicar sus sentimientos al cura del pueblo, a sus paisanos, a los inquisidores. Con la Contrarreforma, en cambio, se inicia una época altamente caracterizada por la rigidez jerárquica, el adoctrinamiento paternalista de las masas, la erradicación de la cultura popular, la marginación más o menos violenta de las minorías y los grupos disidentes.
Respecto a su ciudad, Friuli, en la segunda mitad del siglo XVI era una sociedad con características arcaicas muy marcadas. La única preocupación de la República fue la de crear un equilibrio de fuerzas para neutralizar las tendencias disgregadoras de la nobleza feudal del Friuli, ya que las grandes familias mantenían aún un peso preponderante en la región. Se da, entonces, una acentuación de las diferencias sociales impulsadas por la revolución de los precios. Pero la crisis decisiva se había producido unas décadas atrás con las revueltas campesinas y el reino anabaptista de Münster. Fue entonces cuando se les plantea dramáticamente a las clases dominantes el imperativo de recuperar, también en lo ideológico, a las masas populares que amenazaban con sustraerse a cualquier forma de control desde arriba, pero manteniendo, incluso acentuando, las distancias sociales.
Por encima de las gradaciones jerárquicas había una contraposición fundamental entre “superiores” y “hombres pobres”, y Menocchio era consciente de que formaba parte de los pobres. Además consideraba que la jerarquía eclesiástica era la principal encarnación de la opresión. El caso de Menocchio se inscribe sobre un fondo de represión y de aniquilamiento de la cultura popular manifestadas a través de la intensificación de los procesos de brujería y el rígido control de grupos marginales como vagabundos y gitanos.
El sujeto
El molinero era conocido como Menocchio. Se trataba de un friulano de nombre Domenico Scandella, de quien se deduce nació en 1532. Estaba casado y era padre de siete hijos. Se desempeñaba como molendero, carpintero, entre otras cosas. Se consideraba “pobrísimo” con solo dos molinos en alquiler y dos campos como aparcero. No obstante, los hechos demuestran que exageraba. En 1581 había sido alcalde de su municipio y de las villas circundantes, dos años después fue denunciado al Santo Oficio por haber pronunciado palabras “heréticas e impías” sobre Cristo, al intentar difundir sus opiniones.
Menocchio fue condenado a abjurar públicamente todas las herejías sostenidas, a cumplir diversas penitencias saludables, a llevar de por vida un “hábito”. Durante casi dos años Menocchio estuvo encerrado en la cárcel de Concordia. El 18 de enero de 1586, su hijo Ziannuto presentó en nombre de los hermanos y de la madre una súplica al obispo Matteo Sañudo y al inquisidor de Aquileia y Concordia. La súplica la había escrito el propio Menocchio; se logró que su sentencia fuese conmutada y, aunque tenía que cumplir una serie de restricciones, volvió a ocupar su puesto en la comunidad. Prueba de ello es que en 1590 fue nombrado otra vez camarero.
Sin embargo, Ginzburg señala que en el contenido de la súplica mediaba la intervención de algún abogado, pues Menocchio se había expresado de modo muy distinto dos años atrás, al escribir su propia defensa. Además, luego, a pesar del proceso, de la infamante abjuración, de la cárcel, de las clamorosas manifestaciones de arrepentimiento, Menocchio volvió a sostener las antiguas opiniones, de las que, evidentemente, nunca había renegado. Ya no eran sólo los habitantes de Montereale los que se contaban unos a otros las cosas que decía Menocchio. La fama de este molinero había trascendido el ámbito restringido del pueblo. A finales de junio de 1599, Menocchio fue arrestado y encarcelado en Aviano, poco después fue trasladado a Portogruaro. Habían transcurrido más de quince años desde la primera vez que Menocchio fue interrogado por el Santo Oficio. Menocchio era ahora un viejo: delgado, cabello blanco, barba gris tirando a blanca, vestido como siempre de molinero, ropas y gorro color gris claro. Tenía 67 años cuando fue declarado reincidente por unanimidad. El proceso estaba cerrado. Sin embargo, previo a su muerte, se dictaminó que el reo fuera sometido a tortura para arrancarle los nombres de sus cómplices.

Ideología de Menocchio
Con una terminología embebida de cristianismo, de neoplatonismo, de filosofía escolástica, Menocchio intentaba expresar el materialismo elemental, instintivo, de generaciones y generaciones de campesinos. Ginzburg denomina a esto la “eclesiología de Menocchio” y considera que es posible de reconstruir de forma bastante precisa en base a las afirmaciones que hizo en los interrogatorios de Portogruaro. El autor habla de reconstrucción porque una lectura rápida del discurso de Menocchio deja ver muchas imprecisiones y hasta contradicciones. No obstante, Ginzburg asume una interpretación del mismo basándose en el contexto histórico y sociocultural de la época. Con magnifica solvencia, el autor se transporta a Friuli de fines del siglo XVI y explica de manera coherente la ideología que el molinero deja entrever durante los interrogatorios a los que es sometido. Aunque la mayoría de sus interpretaciones se fundamentan en conjeturas, Ginzburg también realiza contraargumentaciones y las responde de manera tal que consolida su dialéctica.
Menocchio estaba convencido de que las jerarquías existentes en su sociedad eran la constatación de la opresión que ejercían los ricos sobre los pobres. Poseía una ideología religiosa, según la cual afirmaba la presencia en todos los hombres de un espíritu llamado “Espíritu santo” o “espíritu de Dios”. Menocchio creía en la igualdad y argumentaba que si el espíritu de Dios está en todos los individuos, no debería haber diferencias entre ellos, y hasta un molinero podría aspirar a exponer las verdades de la fe al papa, a un rey, a un príncipe, porque tiene en su interior el espíritu que Dios ha dado a todos. De ese modo, para Menocchio, la concienciación de los derechos individuales se articulaba en un plano específicamente religioso.
La cultura escrita ya no era una marca distintiva de pocos sino que se extendía hasta fronteras inimaginables con la invención de la imprenta. Así, algunos de los conceptos cruciales, algunos de los temas más debatidos de la tradición cultural de la antigüedad y de la Edad Media, llegaron a Menocchio a través de un compendio pobre y desordenado como el Florilegio de la Biblia. Ginzburg considera este hecho trascendental, pues el texto proveyó a Menocchio de los instrumentos lingüísticos y conceptuales con que elaborar y expresar su visión del mundo. Además, con su método expositivo basado, al modo escolástico, en el enunciado y la inmediata refutación de las opiniones erróneas, contribuyó evidentemente a desencadenar la hambrienta curiosidad intelectual del molinero. Sin embargo, los instrumentos lingüísticos y conceptuales que pudo procurarse no eran neutros ni inocentes.
En el complejo cuadro religioso de la Europa del siglo XVI, la ideología de Menocchio se aproximaría en muchos puntos a la posición de los anabaptistas. La insistencia sobre la sencillez de la palabra de Dios, el rechazo de las imágenes sagradas, de las ceremonias y de los sacramentos, la negación de la divinidad de Cristo, su adhesión a una religiosidad práctica basada en las obras, la polémica de tintes pauperistas contra las “pompas” eclesiásticas, la exaltación de la tolerancia, son elementos característicos del radicalismo religioso de los anabaptistas. Sin embargo, a pesar de las analogías señaladas, Ginzburg señala que Menocchio no fue un anabaptista porque, en su discurso, formula un concepto positivo sobre la misa, la eucaristía y, dentro de ciertos límites, sobre la confesión, aspectos inconcebibles para un anabaptista.
 Cosmogonía de Menocchio
Menocchio expone su singularísima cosmogonía de la siguiente manera: «Yo he dicho que […] todo era un caos, es decir, tierra, aire, agua y fuego juntos; y aquel volumen poco a poco formó una masa, como se hace el queso con la leche y en él se forman gusanos, y éstos fueron los ángeles; y la santísima majestad quiso que aquello fuese Dios y los ángeles; y entre aquel número de ángeles también estaba […] Luzbel […]. Aquel Luzbel quiso hacerse señor comparándose al rey, que era la majestad de Dios, y por su soberbia Dios mandó que fuera echado del cielo con todos sus órdenes y compañía; y así Dios hizo después a Adán y Eva, y al pueblo, en gran multitud, para llenar los sitios de los ángeles echados. Y como dicha multitud no cumplía los mandamientos de Dios, mandó a su hijo, al cual prendieron los judíos y fue crucificado».
            La contextualización histórica y la confirmación de las fuentes con los datos registrados en el interrogatorio que se le hace a Menocchio le permiten a Ginzburg reconstruir la compleja estratificación de la cosmogonía de este campesino friulano. Comienza ésta apartándose en seguida del relato del Génesis y de su interpretación ortodoxa, para afirmar la existencia de un caos primordial. Ginzburg señala que el término “caos” es un término culto y que Menocchio lo aprendió, probablemente, de un libro al que se referiría casualmente durante el segundo proceso: el Supplementum supplementi delle croniche del eremita Jacopo Filippo Foresti. Esta crónica comienza con la creación del mundo, pero enlaza la idea de la Biblia con la visión de Ovidio, exponiendo una cosmogonía más ovidiana que bíblica.
La idea de un caos primigenio, de una “materia espesa e indigesta” pudo haber conmocionado profundamente a Menocchio, quien intentó comunicar estas cosas a sus paisanos. El autor señala que, a fuerza de circular de boca en boca, el razonamiento de Menocchio se había simplificado y deformado. De ese modo, una palabra difícil como “caos” había desaparecido siendo sustituida por una variante más ortodoxa: “al principio este mundo no era nada”.
De manera análoga, la secuencia queso–gusanos–ángeles–santísima majestad–Dios el más poderoso de los ángeles–hombres se había abreviado en la transmisión, quedando reducida a la de queso–gusanos–hombres–Dios el más poderoso de los hombres. Por otro lado, en la versión de Menocchio faltaba la referencia a la espuma batida del agua del mar. No obstante, Ginzburg indica que el desarrollo del proceso llega a demostrar claramente que Menocchio estaba dispuesto a cambiar este o aquel elemento de su cosmogonía, dejando intacta la característica esencial: el rechazo a atribuir la creación del mundo a la divinidad, junto a la obstinada y reiterada proposición del elemento en apariencia más extraño: el queso, los gusanos–ángeles nacidos del queso.
Ginzburg defiende la cosmogonía de Menocchio, señalando que en realidad esta no había sido extraída de los libros que leía. La insistente alusión al queso y los gusanos desempeñaba una función puramente analógico–explicativa. La experiencia cotidiana del nacimiento de gusanos en el queso putrefacto servía a Menocchio para explicar el nacimiento de seres vivos —siendo los primeros, los más perfectos, los ángeles— a partir del caos, de la materia “espesa e indigesta”, sin recurrir a la intervención divina. Para Menocchio, el caos precedía a la “santísima majestad”, tampoco muy bien definida; del caos nacieron los primeros seres vivos —los ángeles, y el propio Dios que era el mayor de ellos— por generación espontánea, “producidos por la natura”.
El autor caracteriza la cosmogonía de Menocchio como sustancialmente materialista y tendencialmente científica debido a que la doctrina de la generación espontánea de la vida a partir de lo inanimado era compartida por todos los doctos de la época. Por lo tanto, la versión que ofrecía Menocchio era indudablemente más científica que la doctrina creacionista de la Iglesia, calcada sobre el relato del Génesis.
Ahora bien, resaltar una analogía entre la coagulación del queso y el aumento de densidad de la nebulosa destinada a formar el globo terráqueo, a nosotros puede parecemos obvio. Pero no lo era para Menocchio. Tras una denodada exploración del tema, Ginzburg afirma que el molinero hacía eco inconscientemente de mitos antiquísimos y remotos. No obstante, Menocchio hablaba de un queso bien real, nada mítico; el queso que había visto hacer, o que quizás él mismo había hecho, en innumerables ocasiones.
Pero aún así, Ginzburg considera pertinente no excluir la idea de que estamos ante una de las pruebas, fragmentaria y casi extinta, de la existencia de una tradición cosmológica milenaria que, por encima de diferencias de lenguaje, conjuga el mito con la ciencia. Para el autor, la cosmogonía de Menocchio se inserta en un terreno casi inexplorado de relaciones y migraciones culturales. Por eso, resulta curioso que la metáfora del queso que gira reaparezca, un siglo después del proceso de Menocchio, en un libro en el que el teólogo inglés Thomas Burnet intentaba acordar las Escrituras con la ciencia de la época. Ginzburg advierte que puede que se tratara de un eco, aunque inconsciente, de aquella antigua cosmología india a la que Burnet no dejaba de dedicar algunas páginas en su libro. El autor insta a no descartar esta hipótesis, pues en aquellos años, y precisamente en Friuli, se difundía un culto de trasfondo chamánico como el de los benandanti.
Volviendo a la cosmogonía de Menocchio, este no creía que el mundo hubiera sido creado por Dios. Además, negaba explícitamente el pecado original. Para él, Cristo era simplemente un hombre. Por ello, con toda coherencia, era ajeno a la idea del milenarismo religioso. El “mundo nuevo” que deseaba era una realidad exclusivamente humana, alcanzable con medios humanos. Durante el segundo juicio le preguntaron si había vuelto a tener dudas sobre las cuestiones por las que le habían condenado, y en vez de negarlo rotundamente, lo admitió. Una vez más volvía a actuar en su mente la fuerza corrosiva de la analogía. La realidad total, para Menocchio, era inmanente: una realidad unitaria, aunque variada en sus manifestaciones, surcada por espíritus, embebida de divinidad. Por eso afirmaba que el fuego era Dios. La convicción más profunda de Menocchio era que “Dios es uno, y es el mundo”.
Cultura escrita y cultura oral
Menocchio era orgullosamente consciente de la originalidad de sus ideas: por ello deseaba exponerlas a las más altas autoridades religiosas y seculares; pero, al mismo tiempo, sentía la necesidad de apoderarse de la cultura de sus adversarios. Comprendía que la escritura, y la capacidad de apoderarse de la cultura escrita y transmitirla, son fuentes de poder.
¿Pero qué libros había leído Menocchio? Ginzburg cita los siguientes: 1) la Biblia en lengua vulgar, 2) El Florilegio de la Biblia, 3) Il Lucidario della Madonna, 4) Il Lucendario (sic, por Legendario.) de santi, 5) Historia del Giudicio, 6) Il cavallier Zuanne de Mandavilla, 7) Il Sogno dil Caravia, 8) Il Supplimento delle cronache, 9) Lunario al modo di Italia calculato composto nella citta di Pesaro dal eccmo, 10) el Decamerón de Boccaccio, 11) posiblemente el Corán. Ginzburg lamenta que no haya una lista completa de los libros que poseyó o leyó, pues eso habría facilitado un panorama más variado de su pensamiento. No obstante, este manojo de títulos, fragmentario y unilateral, permite algunas consideraciones como esclarecer de qué manera Menocchio había llegado a formular lo que uno de sus paisanos definía como “opiniones fantásticas”.
Ginzburg advierte que no se puede considerar estos libros como fuentes, en el sentido mecánico del término, porque la orientación de la investigación evidencia la agresiva originalidad de la lectura que de ellos hace Menocchio. Por lo tanto, más importante que el texto es la clave de lectura; el tamiz que Menocchio interponía inconscientemente entre él y la página impresa pone de relieve ciertos pasajes y oculta otros. Ginzburg se refiere a la cultura oral. Fue el encuentro de la página impresa con la cultura oral, de la que era depositario, lo que indujo a Menocchio a formular —primero a sí mismo, luego a sus paisanos, y hasta a los jueces— “las opiniones... sacadas de su cerebro”.
Había textos que habían significado mucho para Menocchio; entre ellos, según su propio testimonio, El caballero Zuanne de Mandavilla, es decir, los Viajes de sir John Mandeville. Sin duda el contenido de la primera parte influyó enormemente en él, aunque mayor fascinación habría ejercido sobre Menocchio la larga exposición de Mandeville sobre la religión de Mahoma. Del segundo proceso se deduce que intentó satisfacer su curiosidad sobre el tema leyendo directamente el Corán, que a mediados del siglo XVI ya había sido traducido al italiano. Pero ya en los viajes de Mandeville, Menocchio había podido aprender algunas de las tesis sostenidas por los mahometanos, concordantes en parte con ciertas afirmaciones suyas. Según el Corán, decía Mandeville, “entre todos los profetas Jesús fue el mejor y más propenso a Dios”. Y Menocchio hacía eco de ello. También, en el Mandeville, Menocchio había podido leer un rechazo muy claro de la crucifixión de Cristo, considerada imposible por ser contradictoria con la justicia divina. En las palabras del sultán, Menocchio pudo hallar a lo sumo una confirmación y una legitimación de su despiadada crítica de la Iglesia.
La contrastación entre los textos y las reacciones de Menocchio inducen a Ginzburg, en cada caso, a postular una clave de lectura que él poseía soterrada, y que su relación con uno u otro grupo de herejes no basta para explicar. Menocchio trituraba y reelaboraba sus lecturas al margen de cualquier modelo preestablecido. Sus afirmaciones más desenfadadas tienen origen en textos inocuos como los Viajes de Mandeville o la Historia del Giudicio. No obstante, no es el libro como tal, sino el choque entre página impresa y cultura oral lo que formaba en la cabeza de Menocchio una mezcla explosiva.
Así pues, vemos aflorar en los discursos de Menocchio, como de una grieta en el terreno, un estrato cultural profundo tan insólito que resulta casi incomprensible. Para que esta cultura distinta pudiese salir a la luz, tuvieron que producirse la Reforma y la difusión de la imprenta. Gracias a la primera, un sencillo molinero había podido pensar en tomar la palabra y decir sus propias opiniones sobre la Iglesia y sobre el mundo. Gracias a la segunda, dispuso de palabras para expresar la oscura e inarticulada visión del mundo que bullía en su fuero interno. En las frases o retazos de frases arrancadas a los libros encontró los instrumentos para formular y defender durante años sus propias ideas, primero ante sus paisanos, luego ante los jueces armados de doctrina y de poder. De este modo, afirma Ginzburg, había vivido en primera persona el salto histórico, de alcance incalculable, que separa el lenguaje gesticulado, murmurado, chillado, propio de la cultura oral, de aquel otro, carente de entonación y cristalizado sobre el papel, propio de la cultura escrita.
Otros casos
Ginzburg complementa la información sobre Menocchio con otros casos similares que podrían consolidar la hipótesis de una subcultura campesina hasta hoy desconocida. Unos veinte años antes del proceso instruido contra Menocchio, un aldeano desconocido de la campiña de Lucca, oculto tras el pseudónimo de Scolio, habló de sus propias visiones en un extenso poema de argumento religioso y moral, salpicado de ecos dantescos: el Settennario. El tema central, insistentemente reiterado, es que las diversas religiones poseen un núcleo común constituido por los diez mandamientos. Ginzburg informa que, en el caso de Menocchio, se entrevé una actitud libre y agresiva, decidida a ajustar cuentas con la cultura de las clases dominantes; en el caso de Scolio, se vislubra una posición más cerrada, que agota la propia carga polémica en la condena moralista de la cultura ciudadana y en el anhelo de una sociedad igualitaria y patriarcal.
Más cercana a la figura de Menocchio es la de otro molinero, Pellegrino Baroni, llamado Pighino, el gordo. Hablaba el mismo lenguaje, respiraba la misma cultura y vivía en un pueblecito de los Apeninos de Modena: Savignano sul Panaro. En 1570, fue procesado por el Santo Oficio de Ferrara, pero nueve años antes ya había sido obligado a abjurar ciertos errores en materia de fe.
El 6 de julio de 1601 se reportó, por un tal Donato Serótino, que en Pordenone había un cierto hombre llamado Marcato, o Marco, el cual sostenía que muerto el cuerpo moría también el alma. Ginzburg señala que ya se sabe muchas cosas de Menocchio, pero de otros tantos como él, que vivieron y murieron sin dejar huellas, tal vez nunca se sepa nada.


Conclusiones 

Como señala Zavala (1991), refiriéndose a los aportes de Bajtin, la heteroglosia alude a la diferenciación y estratificación social del lenguaje; es decir, existe un lenguaje de clases sociales. En ese sentido, a pesar de la profunda diferencia de lenguaje, Ginzburg saca a la luz sorprendentes analogías entre las tendencias de fondo de la cultura campesina que intenta reconstruir y las de sectores más avanzados de la alta cultura del siglo XVI.
El autor señala que explicar estas analogías mediante la simple difusión de arriba abajo, significa aceptar sin más la tesis, insostenible, según la cual las ideas nacen exclusivamente en el seno de las clases dominantes. El rechazo de esta explicación simplista implica, por otra parte, una hipótesis mucho más compleja sobre las relaciones que se producen durante este período entre cultura de las clases dominantes y cultura de las clases subalternas. En ese sentido, los procesos ejercidos sobre Menocchio y la defensa de sus ideas permiten un primer acercamiento a estas relaciones, aunque la visión que nos ofrece Ginzburg no pase de ser un conjunto de conjeturas.
En el primer proceso, Menocchio nunca se había referido a revelaciones sobrenaturales. Por el contrario, en el segundo, aludió a experiencias de tipo místico. Aunque no hay pruebas contundentes al respecto, Ginzburg señala que quizás había hecho mella en él la lectura del famoso Corán. Un texto tan ajeno a su experiencia y a su cultura debería resultarle indescifrable y, precisamente por ello, inducirle a proyectar sobre la página ideas y fantasías.
Menocchio proyectaba sobre la página impresa elementos extraídos de la tradición oral. Es esa tradición, profundamente enraizada en la campiña europea, lo que explica la tenaz persistencia de una religión campesina intolerante ante dogmas y ceremonias, vinculada más bien a los ritmos de la naturaleza, fundamentalmente precristiana. Menocchio no pretendía revelaciones o iluminaciones especiales. En sus discursos situaba siempre en primer plano el propio raciocinio.
Menocchio da un paso adelante respecto al texto al razonar deductivamente como en: si Dios es el prójimo, «porque dijo ‘yo era aquel pobre’», es más importante amar al prójimo que amar a Dios. En sus discursos aflora muchas veces una reducción tendencial, aunque clarísima, de la religión a la moralidad. Deformaba agresivamente el texto. Al formular preguntas hacía a los libros, iba mucho más allá de la página impresa. Por eso, Ginzburg señala que su método de aproximación a la lectura, sus afirmaciones retorcidas y laboriosas son signo inequívoco de una reelaboración original, que, sin embargo, no procedía del vacío, pues en ella confluyen, en modos y formas todavía por precisar, corrientes doctas y corrientes populares.

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