Setenta y dos fábulas de Félix María Samaniego






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fecha de publicación04.06.2016
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Setenta y dos fábulas de Félix María Samaniego

II
El pescador y el pez 2

El charlatán 3

El milano y la palomas 4

El parto de los montes 5

El asno y el caballo 6

Las ranas pidiendo rey 7

La zorra y la gallina 8

El león enamorado 9

El congreso de los ratones 10

El charlatán y el rústico 11

El viejo y la muerte 12

El enfermo y el médico 13

La zorra y las uvas 14

La cierva y la viña 15

El asno cargado de reliquias 16

El león y el ratón 17

El grajo vano 18

Los navegantes 19

El asno y el caballo 20

El labrador y la Providencia 21

El cuervo y el zorro 22

El cazador y la perdiz 23

El asno vestido de león 24

La gallina de los huevos de oro 25

El pescador y el pez
Recoge un pescador su red tendida

y saca un pececillo. «Por tu vida

-exclamó el inocente prisionero-,

dame la libertad; sólo la quiero,

mira que no te engaño,

porque ahora soy ruin; dentro de un año

sin duda lograrás el gran consuelo

de pescarme más grande que mi abuelo.

¡Qué! ¿Te burlas? ¿Te ríes de mi llanto?

Sólo por otro tanto

a un hermanito mío

un señor pescador le tiró al río.»

«¿Por otro tanto al río? ¡Qué manía!.

-replicó el pescador-. Pues ¿no sabía

que el refrán castellano

dice: Más vale pájaro en mano...

A sartén te condeno; que mi panza

no se llena jamás con la esperanza.»

El charlatán
«Si cualquiera de ustedes

se da por las paredes

o arroja de un tejado

y queda a bien librar descostillado,

yo me reiré muy bien; importa un pito,

como tenga mi bálsamo exquisito.»

Con esta relación un chacharero

gana mucha opinión y más dinero,

pues el vulgo, pendiente de sus labios,

más quiere a un charlatán que a veinte sabios.

Por esta conveniencia

los hay el día de hoy en toda ciencia

que ocupan igualmente acreditados,

cátedras, academias y tablado .

Prueba de esta verdad será un famoso

doctor en elocuencia, tan copioso

de charlatanería,

que ofreció enseñaría

a hablar discreto cono fecundo pico

en diez anos de término a un borrico.

Sábelo el rey le llama, y al momento

le manda dé lecciones a un jumento;

pero bien entendido

que sería, cumpliendo lo ofrecido,

ricamente premiado;

mas cuando no, que moriría ahorcado.

El doctor asegura nuevamente,

sacar un orador asno elocuente.

Dícele callandito un cortesano:

«Escuche, buen hermano,

su frescura me espanta;

a cáñamo me huele su garganta.»

«No temáis, señor mío

-respondió el charlatán-, pues yo me río.

En diez años de plazo que tenemos,

el rey, el asno o yo ¿no moriremos?

Nadie encuentra embarazo

en dar un largo plazo

a importantes negocios; mas no advierte

que ajusta mal su cuenta sin la muerte

El milano y las palomas
A las tristes palomas un milano

sin poderlas pillar seguía en vano;

mas él a todas horas

servía de lacayo a estas señoras.

Un día, en fin, hambriento e ingenioso,

así les dice: «¿Amáis vuestro reposo,

vuestra seguridad y conveniencia?

Pues creedme en mi conciencia:

en lugar de ser hoy vuestro enemigo,

desde ahora me obligo,

si la banda por rey me aclama luego,

a tenerla en sosiego

sin que de garra o pico tema agravio,

pues tocante a la paz seré un Octavio.»

Las sencillas palomas consintieron;

aclámanle por rey. «¡Viva-dijeron-

nuestro rey el Milano!»

Sin esperar a más, este tirano

sobre un vasallo mísero se planta,

déjale con el viva en la garganta,

y continuando así sus tiranías

acabó con el reino en cuatro días.

Quien al poder se acoja de un malvado,

será, en vez de feliz, un desdichado.

El parto de los montes
Con varios ademanes horrorosos

los montes de parir dieron señales;

consintieron los hombres temerosos

ver nacer los abortos más fatales.

Después que con bramidos espantosos

infundieron pavor a los mortales,

estos montes que al mundo estremecieron,

un ratoncillo fue lo que parieron.

Hay autores que en voces misteriosas,

estilo fanfarrón y campanudo,

nos anuncian ideas portentosas;

pero suele a menudo

ser el gran parto de su pensamiento,

después de tanto ruido, sólo viento.

El asno y el caballo
«¡Ah, quién fuese caballo!

-un asno melancólico decía-.

Entonces sí que nadie me vería.

flaco, triste y fatal como me hallo.

Tal vez un caballero

me mantendría ocioso y bien comido,

dándose su merced por muy servido

con corvetas y saltos de carnero.

Trátanme ahora como vil y bajo;

de risa sirve mi contraria suerte;

quien me apalea más, más se divierte,

y menos como cuanto más trabajo.

No es posible encontrar sobre la tierra

infeliz como yo.» Tal se juzgaba,

cuando al caballo ve cómo pasaba

con su jinete y armas a la guerra.

Entonces conoció su desatino;

rióse de corvetas y regalos,

y dijo: «Que trabaje y lluevan palos;

no me saquen los dioses de pollino.»

Las ranas pidiendo rey
Sin rey vivía libre, independiente,

el pueblo de las ranas felizmente.

La amable libertad sólo reinaba

en la inmensa laguna que habitaba:

mas las ranas al fin un rey quisieron,

y a Júpiter excelso lo pidieron.

Conoce el dios la súplica importuna

y arroja un rey de palo a la laguna.

Debió de ser sin duda un buen pedazo,

pues dio Su Majestad tan buen porrazo,

que el ruido atemoriza al reino todo.

Cada cual se zambulle en agua o lodo,

y quedan en silencio tan profundo

cual si no hubiese ranas en el mundo.

Una de ellas asoma la cabeza,

y viendo a la real pieza,

publica que el monarca es un zoquete.

Congrégase la turba, y por juguete

le desprecian, le ensucian con el cieno

y piden otro rey, que aquél no es bueno.

El padre de los dioses, irritado,

envía un culebrón, que a diente airado,

muerde, traga. castiga

y a la mísera grey al punto obliga

a recurrir al dios humildemente.

«Padeced -les responde -eternamente;

que así castigo a aquel que no examina

si su solicitud será su ruina.»

La zorra y la gallina
Una zorra cazando,

de corral en corral iba saltando.

A favor de la noche en una aldea

oyó al gallo cantar. ¡Maldito sea!

Agachada y sin ruido,

a merced del olfato y del oído,

marcha, llega. y oliendo a un agujero,

«Éste es», dice, y se cuela al gallinero.

Las aves se alborotan, menos una,

que estaba en cesta como niño en cuna

enferma gravemente.

Mirándola la zorra astutamente,

le pregunta: «¿Qué es eso, pobrecita?

¿Cuál es tu enfermedad? ¿Tienes pepita?

Habla. ¿Cómo lo pasas, desdichada?»

La enferma le responde apresurada:

«Muy mal me va, señora, en este instante;

muy bien si usted se quita de delante.»

¡Cuántas veces se vende un enemigo,

como gato por liebre, por amigo!

Al oír su fingido cumplimiento

respondiérale yo para escarmiento:

¡Muy mal me va, señor, en este instante;

muy bien si usted se quita de delante!
El león enamorado
Amaba un león a una zagala hermosa;

pidióla por esposa .

a su padre, pastor, urbanamente.

El hombre, temeroso, mas prudente,

le respondió: «Seor, en mi conciencia

que la muchacha logra conveniencia;

pero la pobrecita, acostumbrada

a no salir del prado y la majada

entre la mansa oveja y el cordero,

recelará tal vez que seas fiero.

No obstante, bien podremos, si consientes,

cortar tus uñas y limar tus dientes,

y así verá que tiene tu grandeza

cosas de majestad, no de fiereza.»

Consiente el manso león enamorado,

y el buen hombre le deja desarmado.

Da luego un silbido,

llegan el Matalobos y Atrevido,

perros de su cabaña; de esta suerte

al indefenso león dieron la muerte

Un cuarto apostaré a que en este instante

dice hablando del león algún amante,

que de la misma muerte haría gala

con tal que se le diese la zagala:

Deja, Fabio, el amor; déjalo luego;

mas hablo en vano, porque siempre ciego,

no ves el desengaño,

y así te entrega a tu propio daño.

El congreso de los ratones
Desde el gran Zapirón el blanco y rubio

que después de las aguas del diluvio

fue padre universal de todo gato,

ha sido Miauragato

quien más sangrientamente

persiguió a la infeliz ratona gente.

Lo cierto es que obligada

de su persecución, la desdichada

en Ratópolis tuvo un Congreso.

Propuso el elocuente Roequeso

echarle un cascabel y de esa suerte

al ruido escaparían de la muerte.

El proyecto aprobaron uno a uno.

¿Quién lo ha de ejecutar? Eso, ninguno.

«Yo soy corto de vista. » «Yo muy viejo.»

« Yo gotoso » -decían. El consejo

se acabó como muchos en el mundo:

proponen un proyecto sin segundo;

lo aprueban; hacen otro; ¡qué portento!

Pero ¿la ejecución?... Ahí está el cuento.

El charlatán y el rústico
«!Lo que jamás se ha visto ni se ha oído

verán ustedes; atención les pido.»

Así decía un charlatán famoso.

cercado de un concurso numeroso.

En efecto, quedando todo el mundo

en silencio profundo,

remedó a un cochinillo de tal modo,

que el auditorio todo,

creyendo que le tiene y que le tapa,

atumultuado grita: ¡Fuera capa!

Descubrióse, y al ver que nada había,

con vítores le aclaman a porfía.

«Pardiez-dijo un patán-que yo prometo

para mañana, hablando con respeto,

hacer el puerco más perfectamente;

si no, que me lo claven en la frente.».

Con risa prometió la concurrencia

a burlarse del payo su asistencia.

Llegó la hora; todos acudieron.

No bien al charlatán gruñir oyeron

gentes a su favor preocupadas.

¡Viva!, dicen al son de la palmadas.

Sube después el rústico al tablado

con un bulto en la capa y embozado;

imita al charlatán en la postura

de fingir que un lechón tapar procura;

mas estaba la gracia en que era el bulto

un marranillo que tenía oculto.

Tírale callandito de la oreja;

gruñendo en tiple el animal se queja;

pero al creer que es remedo el tal gruñido,

aquí se oía un ¡fuera!, allí un silbido,

y todo el mundo queda

en que es el otro quien mejor remeda.

El rústico descubre su marrano;

al público lo enseña, y dice ufano:

«¿Así juzgan ustedes?

¡O preocupación y cuánto puedes!»

El viejo y la muerte
Entre montes, por áspero camino,

tropezando con una y otra peña,

iba un viejo cargado con su leña,

maldiciendo su mísero destino.

Al fin cayó, y viéndose de suerte

que apenas levantarse ya podía,

llamaba con colérica porfía

una, dos y tres veces a la muerte.

Armada de guadaña, en esqueleto

la Parca se le ofrece en aquel punto;

pero el viejo, temiendo ser difunto,

lleno más de temor que de respeto, .

trémulo la decía. y balbuciente:

¡Yo..., señora.., os llamé desesperado;

pero...» .Acaba; ¿qué quieres, desdichado?»

«Que me carguéis la leña solamente.»

Tenga paciencia quien se cree infelice,

que aun en la situación más lamentable

es la vida del hombre siempre amable:

el viejo de la leña nos lo dice.

El enfermo y el médico
Un miserable enfermo se moría,

y el médico importuno le decía:

«Usted se muere, yo se lo confieso;

pero por la alta ciencia que profeso,

conozco y le aseguro firmemente

que ya estuviera sano

si se hubiese acudido má temprano

con el benigno clíster detergente.»

El triste enfermo que le estaba oyendo

volvió la espalda al médico diciendo:

«Señor Galeno, su consejo alabo;

al asno muerto, la cebada al rabo.»

Todo varón prudente

aconseja en el tiempo conveniente;

que es hacer de la ciencia vano alarde

dar el consejo cuando llega tarde.

La zorra y las uvas
Es voz común que a más del mediodía,

en ayunas la Zorra iba cazando;

halla una parra, quédase mirando

de la alta vid el fruto que pendía.

Causábala mil ansias y congojas

no alcanzar a las uvas con la garra,

al mostrar a sus dientes la alta parra

negros racimos entre verdes hojas.

Miró, saltó y anduvo en probaduras,

pero vio el imposible ya de fijo.

Entonces fue cuando la Zorra dijo:

«No las quiero comer. No están maduras.»

No por eso te muestres impaciente,

si se te frustra, Fabio, algún intento:

aplica bien el cuento,

y di: «No están maduras», frescamente.

La cierva y la viña
Huyendo de enemigos cazadores

una cierva ligera,

siente ya, fatigada en la carrera,

más cercanos los perros y ojeadores

N o viendo la infeliz algún seguro

y vecino paraje

de gruta o de ramaje,

crece su timidez, crece su apuro.

Al fin, sacando fuerzas de flaqueza,.

continúa la fuga presurosa,

halla al paso una viña muy frondosa,

y en lo espeso se oculta con presteza.

Cambia el susto y pesar en alegría

viéndose a paz ya salvo en tan buena hora:

olvida el bien, y de su defensora

los frescos verdes pámpanos comía.

Mas ¡ay!, que de esta suerte,

quitando ella las hojas de delante,

abrió paso a la flecha penetrante,

y el listo cazador le dio la muerte.

Castigó con la pena merecida

el justo cielo a la cierva ingrata.

Mas ¿qué puede esperar el que maltrata

al mismo que le está dando la vida?

El asno cargado de reliquias
De reliquias cargado

un asno recibía adoraciones,

como si a él se hubiesen consagrado

reverencias, inciensos y oraciones.

En lo vano, lo grave y lo severo

que se manifestaba,

hubo quien conoció que se engañaba,

y le dijo: «yo infiero

de vuestra vanidad vuestra locura:

el reverente culto que procura

tributar cada cual este momento,

no es dirigido a vos, señor jumento,

que sólo va en honor, aunque lo tientas,

de la sagrada carga que sustentas.»

Cuando un hombre sin mérito estuviere

en elevado empleo o gran riqueza,

y se ensoberbeciere

porque todos le bajan la cabeza

para que su locura no prosiga,

tema encontrar tal vez con quien le diga:

«Señor jumento, no se engría tanto,

que si besan la peana es por el santo.»

El león y el ratón
Estaba un ratoncillo aprisionado

en las garras de un león. El desdichado

en la tal ratonera no fue preso

por ladrón de tocino ni de queso,

sino porque con otros molestaba

al león, que en su retiro descansaba.

Pide perdón, llorando su insolencia;.

responde el rey con majestuoso tono

-no dijera más Tito-: «Te perdono.»

Poco después, cazando el león, tropieza

en una red oculta en la maleza;

quiere salir, mas queda prisionero;

atronando la selva ruge fiero.

El libre ratoncillo que lo siente,

corriendo llega, roe diligente

los nudos de la red de tal manera,

que al fin rompió los grillos de la fiera.

Conviene al poderoso

para los infelices ser piadoso;

tal vez se pueda ver necesitado

del auxilio de aquel más desdichado.

El grajo vano
Con las plumas de un pavo

un grajo se vistió: pomposo y bravo

en medio de los pavos se pasea.

La manada lo advierte, le rodea;

todos le pican, burlan y le envían...

¿dónde, si ni los grajos le querían?

¡Cuánto ha que repetimos este cuento

sin que haya en los plagiarios escarmiento!

Los navegantes
Lloraban unos tristes pasajeros,

viendo su pobre nave combatida

de recias olas y de vientos fieros,

ya casi sumergida,

cuando súbitamente

el viento calma, el cielo se serena,

y la afligida gente

convierte en risa la pasada pena.

Mas el piloto estuvo muy sereno

tanto en la tempestad como en bonanza;

pues sabe que lo malo y que lo bueno

está sujeto a súbita mudanza.

El asno y el caballo
Iban, mas no sé adónde ciertamente,

un caballo y un asno juntamente;

éste cargado, pero aquél sin carga.

El grave peso, la carrera larga,

causaron al borrico tal fatiga,

que la necesidad misma le obliga

a dar en tierra. «Amigo compañero,.

no puedo más -decía-; yo me muero;

repartamos la carga y será poca;

si no, se me va el alma por la boca.»

Dice el otro: «Revienta enhorabuena;

¿por eso he de sufrir la carga ajena?

¡Gran bestia seré yo si tal hiciere!

¡Miren y qué borrico se me muere!»

Tan justamente se quejó el jumento,

que expiró el infeliz en el momento.

El caballo conoce su pecado,

pues tuvo que llevar, mal de su grado,

los fardos y aparejos, todo junto,

ítem más el pellejo del difunto.

Juan, alivia en sus penas al vecino;

y él, cuando tú las tengas, déte ayuda;

si no lo hacéis así, tened sin duda

que seréis el caballo y el pollino.

El labrador y la Providencia
Un labrador cansado

en el ardiente estío,

debajo de una encina

reposaba pacífico y tranquilo.

Desde su dulce estancia

miraba agradecido

el bien con que la tierra

premiaba sus penosos ejercicios.

Entre mil producciones,

hijas de su cultivo,

veía calabazas,

melones por los suelos esparcidos.

«¿Por qué la Providencia

-decía entre sí mismo-puso

a la ruin bellota

en elevado, preeminente sitio?

¡Cuánto mejor sería

que, trocando el destino,

pendiesen de las ramas

calabazas, melones y pepinos!»

Bien oportunamente

al tiempo que esto dijo,

cayendo una bellota

le pegó en las narices de improviso.

«¡Pardiez! prorrumpió entonces

el labrador sencillo-.

Si lo que fue bellota

algún gordo melón hubiera sido,

desde luego pudiera

tomar a buen partido.

en caso semejante

quedar desnarigado, pero vivo.»

Aquí la Providencia

manifestarle quiso

que supo a cada cosa

señalar sabiamente su destino.

A mayor bien del hombre

todo está repartido;

preso el pez en su concha

y libre por el aire el pajarillo.

El cuervo y el zorro
En la rama de un árbol,

bien ufano y contento,

con un queso en el pico

estaba el señor cuervo.

Del olor atraído

un zorro muy maestro,

le dijo estas palabras,

o poco más o menos:

«Tenga usted buenos días,

señor cuervo, mi dueño;

vaya que estáis donoso,

mono, lindo en extremo;

yo no gasto lisonjas,

y digo lo que siento;

que si a tu bella traza

corresponde el gorjeo,

juro a la diosa Ceres,

siendo testigo el cielo,

que tú serás el fénix

de sus vastos imperios.»

Al oír un discurso

tan dulce y halagüeño

de vanidad llevado,

quiso cantar el cuervo.

Abrió su negro pico,

dejó caer el queso;

el muy astuto zorro,

después de haberlo preso,

le dijo: «Señor bobo,

pues sin otro alimento,

quedáis con alabanzas

tan hinchado y repleto,

digerid las lisonjas

mientras yo como el queso.»

Quien oye aduladores,

nunca espere otro premio.

El cazador y la perdiz
Una perdiz en celo reclamada

vino a ser en la red aprisionada.

Al cazador la mísera decía:

«Si me das libertad, en este día

te he de proporcionar un gran consuelo:

por ese campo extenderé mi vuelo;

juntaré a mis amigas en bandada,

que guiaré a tus redes engañadas

y tendrás, sin costarte dos ochavos,

doce perdices como doce pavos.»

«¡Engañar y vender a tus amigas!

¿y así crees que me obligas?

-respondió el cazador-. Pues no, señora;

muere y paga la pena de traidora.»

La perdiz fue bien muerta; no es dudable:

la traición, aun soñada, es detestable.
El asno vestido de león
Un asno disfrazado

con una grande piel de león andaba;

por su temible aspecto, casi estaba

desierto el bosque, solitario el prado;

pero quiso el destino

que le llegase a ver desde el molino

la punta de una oreja el molinero.

Armado entonces de un garrote fiero

dale de palos, llévalo a su casa;

divúlgase al contorno lo que pasa;

llegan todos a ver en el instante

al que habían temido león reinante,

y haciendo mofa de su idea necia,

quien más le respetó, más le desprecia.

Desde que oí del asno contar esto,

dos ochavos apuesto,

si es que Pedro Fernández no se deja

de andar con el disfraz de caballero,

a vueltas del vestido y del sombrero,

que le han de ver la punta de la oreja.

La gallina de los huevos de oro
Érase una gallina que ponía

un huevo de oro al dueño cada día.

Aun con tanta ganancia mal contento,

quiso el rico avariento

descubrir de una vez la mina de oro,

y hallar en menos tiempo más tesoro

Matóla; abrióla el vientre de contado;

pero, después de haberla registrado,

¿qué sucedió? que muerta la gallina,

perdió su huevo de oro y no halló mina.

¡Cuántos hay que teniendo lo bastante,

enriquecerse quieren al instante,

abrazando proyectos

a veces de tan rápidos efectos,

que sólo en pocos meses,

cuando se contemplaban ya marqueses,

contando sus millones,

se vieron en la calle sin calzones!



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