Capítulo 4: una actitud bíblica sobre el divorcio






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El Matrimonio

J.E. Adams

MATRIMONIO
DIVORCIO
Y NUEVO
MATRIMONIO
INTRODUCCIÓN
Éste no es un libro sobre el matrimonio en sentido primario, aunque he tenido que decir mu­cho sobre el matrimonio (para más detalles ver mi libro Vida cristiana en el hogar. No hay manera de hablar sobre el divorcio y el nuevo casamiento sin discutir primero el matrimonio.1 No quiero decir que hayamos de tratar el matrimonio de modo exhaustivo, pero hay necesidad de conside­rar los principios básicos. Sin esto como fondo, es difícil ver el punto de vista bíblico sobre el divor­cio y el nuevo casamiento.

Los temas tratados en este libro implican cuestiones de gran interés para la Iglesia. Si bien no todos los problemas pueden ser resueltos en estas páginas, espero que el lector estará de acuerdo en que se resuelven bastantes. Debido a que los asuntos del divorcio y el nuevo casamien­to han sido evitados en el pasado reciente, hay poco material sustantivo a disposición. Los co­mentaristas lo discuten brevemente, de paso, cuando tocan los pasajes pertinentes en la Biblia. De vez en cuando se oye algún sermón que toca algunas de las cuestiones fáciles. Pero, de modo fundamental, la dirección de la Iglesia ha ido a la deriva, y los miembros la han seguido.

Cuando hace veinticinco años empecé oficial­mente mi ministerio como pastor de una iglesia en la sección occidental de Pennsylvania, los cris­tianos apenas hablaban del divorcio y el nuevo casamiento. No es que estas cuestiones fueran tabú; es que no parecía que fuera necesario. Apar­te del libro de John Murray, virtualmente nadie escribía sobre estas cuestiones. Hoy, naturalmen­te, los estantes de las librerías cristianas están atiborrados de libros sobre el matrimonio y el di­vorcio, aunque uno pierde las ganas de seguir le­yendo la mayoría de ellos una vez ha dado una ojeada a varias páginas. Pero en aquellos tiempos las cosas eran así. ¿Por qué?.

No veíamos la necesidad de discutir la familia por cierto número de razones. En primer lugar, estábamos liados en una lucha de vida o muerte con el modernismo o liberalismo, y estábamos perdiendo la mayoría de las batallas. Las institu­ciones cristianas a docenas caían en mano moder­nistas; los conservadores eran echados de sus igle­sias, en tanto que las denominaciones, una tras otra, pasaban bajo el control de líderes no creyen­tes. La radio (la TV religiosa estaba sólo en su co­mienzo) pertenecía a los modernistas. Los evolu­cionistas iban a la cabeza. Los conservadores es­taban sentados frente a sus iglesias, caídos y ven­dándose las heridas. La lucha era encarnizada por todas partes, y pocos los recursos o el personal. En realidad, en comparación con la abundancia de materiales de hoy, se publicaban muy pocos li­bros de cristianos. Las grandes editoriales las di­rigían los modernistas, y modernista era el perso­nal. Los editores conservadores eran pocos y pe­queños, y el mercado conservador era escaso. Los cristianos que creían en la Biblia eran una peque­ña minoría.

Los conservadores estaban a la última pregun­ta. Y en aquellos días, gran parte de ellos eran dispensacionalistas, del tipo de los que decían: «Pronto habrá llegado el fin. Ésta es la hora undé­cima. Si podemos resistir por un año o dos, el Se­ñor vendrá dentro de poco.» Esto significaba que se hacían muy pocos planes de largo alcance, y no había nadie a la ofensiva, activo, agresivo; había, pues, una preocupación mínima sobre las fami­lias.

Unido a estas actitudes estaba el hecho de que no quedaban muchos recursos, tiempo o energía para producir. Lo que quedaba se utilizaba en la defensa. Algunas cosas tenían que ser sacrifica­das. Por desgracia, lo que se procuraba cultivar eran cosas distintas de las que trata este libro.

En tanto que esta explicación no excusa a la Iglesia, sí explica por qué toda una generación (la mía) creció con una instrucción muy escasa o nin­guna sobre la vida cristiana (en general) y el ma­trimonio y la familia (en particular). No nos que­daba más recurso que avanzar dando tropiezos, no siempre por el camino recto, cuando teníamos que aprender lo que ahora podemos pasar a la próxima generación.

El ministro joven que empieza hoy vive en una era totalmente diferente. La situación ha cambia­do radicalmente. La verdadera iglesia está ahora encima; son los modernistas que van de capa caí­da. Los conservadores ahora tienen los recursos máximos y avanzan hacia adelante. Los semina­rios están a rebosar de estudiantes, y hay libros sobre todas las fases de la vida. (En realidad, el problema hoy es abrirse paso entre la plétora de publicaciones para descubrir lo que vale la pena.)

Y, con todo —incluso con este cambio—, ha habido pocos libros sobre el divorcio y el nuevo casamiento, virtualmente ninguno bueno, aparte de los mencionados en -el prefacio. Hay libros anecdóticos, que nos cuentan las luchas y tribula­ciones de los matrimonios naufragados, sermones que denuncian el divorcio, pero todavía hay pocas obras que consideren estas materias exegética y teológicamente. Los pastores, como resultado, es­tán desorientados. Sus consejos de iglesia son confusos. Los seminarios, en gran parte, esquivan el tema, y el público cristiano está totalmente perplejo. Incluso muchas cuestiones sobre el ma­trimonio quedan todavía por clarificar.

Añádanse a esta confusión todas las nociones eclécticas importadas de origen psicológico o psico-terapéutico pagano, y rocíense con algunas ideas populares junto con algunos conferencian­tes bien intencionados (pero equivocados), y ten­dremos todos los ingredientes necesarios para un brebaje más bien áspero al paladar. Hay más li­bros que psicologizan las Escrituras cuando dis­cuten el divorcio, que libros que hagan una exégesis seria en su intento de comprenderlo y expli­carlo. Es evidente, pues, que la necesidad de estos materiales es grande.

Pero esto no es todo. Hubo un tiempo en que el pensamiento de la Iglesia (equivocadamente) creía que podía depender de la sociedad en gene­ral para dar apoyo e instruir a los jóvenes sobre el matrimonio.2 Los educadores, los políticos, los líderes populares, y casi todo el mundo (incluidos los departamentos de policía), en aquel entonces adoptaban una posición clara y explícita en favor del matrimonio y contra el divorcio. El matrimo­nio y la familia en nuestro país tenían asientos en primera fila, junto a la maternidad, la bandera norteamericana y la tarta de manzana. Así, toda una generación (o dos) creció sabiendo que estaba a favor del matrimonio, aunque no sabía por qué. Bíblicamente éramos analfabetos respecto a la fa­milia, el matrimonio, el divorcio y el nuevo casa­miento.

Hoy se ven muchas diferencias: la gente ya no piensa tanto que la bandera norteamericana, la maternidad y la tarta de manzana sean intangibles. Los jóvenes han visto quemar la bandera, los adherentes a la ERA y las lesbias han denunciado la maternidad, y espero que el FDA o el cirujano ge­neral, uno de esos días, vaya a prohibir la tarta de manzana como «peligrosa para la salud». Los tiem­pos han cambiado. La familia no ha quedado inmune; junto con otros valores axiomáticos, el suyo ha sido puesto en duda. En realidad, la fami­lia está sometida a serios asaltos; ¡no es de extra­ñar que haya tantos divorcios!

Los matrimonios de tipo abierto y otra docena de variedades son defendidos en las escuelas; los programas de TV han popularizado el divorcio y el nuevo casamiento, lo han hecho aceptable y aún lo glorifican; y a los jóvenes se les dice que el matrimonio es una invención humana y que aho­ra ya no es necesario cuando hemos llegado a la «mayoría de edad». Se nos dice que ha dejado de ser útil y que en el mejor de los casos es inofen­sivo, si bien innecesario, un vestigio o reliquia del pasado. Estamos ya más allá de la necesidad de un matrimonio para que controle la vida huma­na. Si hoy es más conveniente no casarse, cuando ya no somos tan cándidos sobre los métodos anti­conceptivos, pues uno deja de casarse. Después de todo, el matrimonio tiene sus inconvenientes, ¿no? Y si el hombre lo inventó como una conveniencia, ahora que están a disposición la píldora y los abortos a petición legales, el hombre puede prescindir del matrimonio, pues ya no es necesa­rio.

Bajo esta clase de ataque por parte de teólogos modernistas, los políticos, maestros, médicos y otros, la juventud cristiana está confusa. Han cre­cido sin una instrucción bíblica sólida, positiva, sobre el matrimonio, tanto de sus padres como de la Iglesia, y ahora sucumben al bombardeo de estas ideas negativas sobre el matrimonio y la fa­milia.

Esta nueva situación exige una nueva respues­ta de la Iglesia y del hogar cristiano. Hemos de aprender a discutir los elementos básicos del ma­trimonio y del divorcio. Ya no podemos seguir de­pendiendo de instituciones sociales para que lo hagan por nosotros. (En realidad nunca han podi­do. Siempre han apoyado el matrimonio por razo­nes no bíblicas y, por tanto, han sembrado la se­milla de su destrucción.) Si no lo hacemos noso­tros, podemos estar seguros de que el mundo les va a enseñar sus ideologías. Y ahora que el mun­do ha salido de su escondrijo, abiertamente ex­presa las ideas de la «nueva normalidad» que ya estaban presentes antes, pero debajo de la mesa. Es imposible, pues, que los cristianos se queden mano sobre mano en tanto que nuestra juventud va siendo corrompida.

En épocas anteriores, cuando teníamos enta­blada la batalla con el modernismo, cuando los recursos eran tan limitados y cuando la sociedad abiertamente apoyaba algo similar a los ideales cristianos del matrimonio y el divorcio, podía ser fácil dejar dormir toda la cuestión. Además, como había tan poco divorcio, en general (y especial­mente en la Iglesia), el divorcio representaba una tentación en la cual la Iglesia no se creía que iba a tropezar. El creyente cansado de luchar podía fácilmente razonar (con alguna justificación): «¿Por qué defenderse contra el perro si está dur­miendo? ¿Quién lucha contra la familia, después de todo? ¿Por qué preocuparse de este tema?» Pero, aunque entonces no era del todo erróneo ha­blar de esta forma, ¿quién puede dejar de ver que hoy es falso? La guerra que luchamos hoy es en un frente distinto: el frente pasa por el hogar.

En cierta forma, pues, estamos en mejores condiciones que nunca antes. Este ataque más abierto, menos sutil, sobre la familia, ha forzado a la Iglesia a volver a la Biblia y renovar el estudio del matrimonio y el divorcio, que había sido des­cuidado durante tanto tiempo. Esto, desde el pun­to de vista de su responsabilidad, es algo bueno (aunque las razones de la presión que se le hace son muy tristes).

A menos que nos lancemos ahora a mostrar lo que tenemos —ya no podemos esperar más—, todos los valores cristianos quedarán arrastrados. Y la próxima generación de cristianos va a crecer como los infieles, siguiendo sus sentimientos so­bre estas materias, en vez de seguir sus responsa­bilidades bíblicas.

Consideremos ahora un factor más. En aque­llos días, yendo hacia atrás todo lo que puedo re­cordar, muchas iglesias no trataban los asuntos del divorcio y el nuevo casamiento, porque (como apunté) esta cuestión no tenía importancia. El di­vorcio era virtualmente desconocido entre cristia­nos hasta hace unos veinticinco años. Por ello, la Iglesia podía cerrar los ojos sobre el tema. Era conveniente, porque el divorcio estaba embrolla­do y los pasajes bíblicos no se mostraban fáciles de entender. Entonces, también, los nuevos con vertidos eran pocos, de modo que había menos personas ya divorciadas que entraban en la Igle­sia, de las que entran hoy. Además, la sociedad (como hemos dicho) no veía con buenos ojos el di­vorcio, y las leyes presentes hacían el divorcio di­fícil, de modo que también había menos fuera de la Iglesia. Las iglesias conservadoras, respaldadas por esta postura ética de la sociedad, en general, tenían muy pocos casos que resolver. En general seguían una política de no intervención. Había al­gunas excepciones, naturalmente. Pero, en con­junto, las iglesias conservadoras se mantenían en una ignorancia feliz, por encima de estos asuntos sórdidos y mundanos, y no tenían por qué dedicar tiempo y sudor a estudiar y resolver los proble­mas desconcertantes y desagradables relaciona­dos con toda esta área. Pero hubo un rudo desper­tar cuando las cosas dieron media vuelta; la nue­va moralidad sacó ventaja y se proclamó victorio­sa, y la Iglesia, pillada desprevenida, no supo qué decir.

La Iglesia pudo fácilmente mantener su acti­tud de «yo soy más santo que tú» cuando había tan pocos casos con que enfrentarse (o sea, que podían ser esquivados). Estos casos solían darse en vidas que habían naufragado, después de todo. Y se pensaba: «¿No son estos casos sospechosos?»

Algunos divorciados consiguieron sobrevivir a este tratamiento por su cuenta. Otros se fueron, ¿quién sabe adonde? Muchos se eliminaron de la primera fila, nada de cargos, de enseñar, incluso de cantar en coros, porque eran «divorciados», y, así, pasaron a ser ciudadanos de segunda clase en el reino de Dios.3

Y la mayoría de pastores nunca, en ningún caso y bajo ninguna circunstancia, volvía a casar a las personas divorciadas; ésta era la actitud ge­neral. Los pastores defendían con éxito sus posi­ciones atrincheradas en métodos y reglas, o sea, política operativa: «Me sabe mal, pero nosotros no casamos a las personas divorciadas.» No se ha­cía pregunta alguna sobre el pasado; había ocu­rrido un divorcio y ¡esto era bastante! Este tipo de actitud no ha desaparecido del todo. Hoy per­siste todavía en algunos puntos, y ciertamente va siendo reforzada por medio de enseñanzas que circulan por todo el país.

De modo que todo esto hemos de tenerlo en cuenta como fondo para nuestra discusión. Es así que hemos llegado al punto en que estamos. Bien, y si es así, ¿dónde estamos?

Vivimos en una cultura ambiental en transi­ción. Vivimos en unos días en que todos los valo­res son discutidos (tanto dentro como fuera de la Iglesia). Han sido arrancados de raíz, echados al aire, y ahora empiezan a posarse como una ensa­lada mezclada toda ella.


  1. Los cristianos están confusos. No saben se­guro lo que han de creer.

  2. No saben lo que es tradición y lo que es bíblico.

  3. Quieren rechazar las tradiciones de los hombres en favor de una posición más bíblica.

  4. Pero no saben dónde hallar la ayuda que necesitan. Personalmente, esto me gusta a mí.



Hay oportunidades para pensar bíblica­mente, de nuevo, sin los estorbos de prejuicios, que realmente no tienen base para que sean acep­tados por personas que quieren pensar de modo bíblico. Es un momento magnífico en que minis­trar la palabra. Con todo, tiene sus propias tenta­ciones. El radicalismo —de la clase que lo echa todo, lo bueno y lo malo— prospera en períodos así. El miedo al radicalismo, por otra parte, aho­ga los cambios buenos y el verdadero progreso en el pensamiento. Pero no hemos de permitir que los extremos impidan el progreso en entender y aplicar las Escrituras. La gran ventaja de un pe­ríodo así es que los cristianos conservadores están dispuestos a prestar atención seria a los nuevos puntos de vista, con tal que sean realmente bíbli­cos. Mi propósito en este libro es explorar las Es­crituras y llegar a posiciones más concretas y más definidas de carácter bíblico. Quiero ser tan bíbli­co como pueda. El lector puede decidir si lo he conseguido o no.

No hay otra posibilidad. La Iglesia está su­friendo. Las personas divorciadas son una avalan­cha en nuestras congregaciones. Los nuevos casa­mientos tienen lugar por todas partes. ¿Es recto? ¿Es malo? ¿Sobre qué base se trata a las personas divorciadas? Estas preguntas y otras muchas simi­lares no pueden ya ser descartadas, no se puede hacer a los mismos oídos sordos. Por el hecho de que creo tener algunas respuestas (aunque no todas), considero que no debo abstenerme en in­tentar aclarar tantos problemas como pueda. El lector tiene en las manos el fruto de mis esfuer­zos.

Dije antes que me gusta el hecho de que la Iglesia no puede ya evitar tratar esta área durante más tiempo. Esto es verdad; la frecuencia de las preguntas y la enormidad del problema presente ha llevado a innumerables peticiones de que se escriba un libro así.

Reconozco que este libro llega demasiado tar­de para ayudar a muchos. Pero quizá podemos re­cobrar algo y evitar más traspiés.

Reconozco, también, que hay muchas perso­nas que preferirían barrer el problema dejando todo el polvo bajo la alfombra. Este hecho no va a detenernos. Ni debería frenarnos el peligro im­plicado. Hablo de peligro a propósito. Hay algu­nos —quizá más de lo que parece— para los cua­les ésta es la más explosiva de todas las cuestio­nes. La murmuración, el cisma, incluso el adulte­rio (tal como ellos lo ven), todo les parece perdo­nable; pero ¿el divorcio? ¡Nunca! Es un asunto al­tamente cargado de pasión para ellos, y pasan un mal rato incluso reconsiderando de nuevo lo que la Biblia tiene por decir sobre el divorcio y el nue­vo casamiento debido a sus emociones exacerba­das. Es por esto que hay algún peligro al escribir sobre el divorcio y el nuevo casamiento. Desearía que si el lector es uno de estos cuyos sentimientos sobre el tema son intensos, hiciera por lo menos tres cosas:


  1. No me descartara sin más. Me escuchara y considerara seriamente lo que tengo que decir, aunque luego lo rechace.

  2. Reconociera que mi deseo es honrar a Cristo siendo tan escritural como me sea posible.

  3. Tratara de poner los prejuicios a un lado y doblegara sus emociones al leer.


Por amor de la Iglesia de Cristo tengo que es­cribir, cueste lo que cueste.

Naturalmente, esto es sólo parte de la historia. Hay muchos —un número creciente— que no se contentan con esconder la cabeza bajo la arena. Quieren saber lo que enseña la Biblia sobre estos asuntos y cómo pueden poner en vigor esta ense­ñanza al aconsejar a otros y en sus propias vidas. Es para éstos que he escrito especialmente este libro.
***

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