El innombrable Samuel Beckett






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a giorno sería más indicado, en vista de que no puede cerrar el ojo. No puede apartarlo tampoco, ni bajarlo, ni alzarlo, permanece conectado siempre al mismo pequeño campo, excluidos los beneficios de la acomodación. Pero quizá se haga un día la claridad, poco a poco, o rápidamente, o de golpe, y entonces no se ve demasiado bien cómo podría Worm permanecer, y tampoco se ve demasiado bien cómo podría irse. Pero las situaciones imposibles no pueden prolongarse, indebidamente, como es sabido, porque o bien se disipan o se comprueba que eran posibles después de todo, qué queréis, sin hablar de otras posibilidades. Que se haga la luz, pues, no será forzosamente una catástrofe. O que no se haga nunca, y se prescindirá de ella. Pero esas luces, en plural, que se alzan, se hinchan, caen y se extinguen silbando, recuerdan a una cobra, y quizás es el momento de echarlas en la balanza, para que ésta se incline, al fin. No, todavía no es el momento de hacer tal cosa. No se ve esperanza aquí, eso lo estropearía todo. Que otros esperen, para él, afuera, al fresco, a la claridad, si eso les apetece, o si les pagan para ello, y deben pagarles, no esperan nada, esperan que eso durará, es un buen queso, tienen la mente en otra parte, hombres-ratas, llamando a Judas, todo eso son oraciones, rezan por Worm, rezan a Worm, para que se apiade, se apiade de ellos, se apiade de Worm, llaman piedad a eso, señor nuestro, lo que hay que encajar, por suerte él no entiende nada. Perversa oscuridad, atrás desaparece, sucio farsante. El gris. Qué más aún. Calma, calma, debe haber otra cosa, que vaya con el gris, que va con todo. Debe de haber de todo aquí, como en todos los mundos, un poco de todo. Muy poco, se diría. Además, la cuestión no es esa. Qué viene a hacer el imbécil, ante ese cristalino impotente, es cuanto se trata de imaginar. Un rostro, qué alentador sería, si eso pudiera ser un rostro, de tarde en tarde, siempre el mismo, cambiando metódicamente de expresión, mostrando con sistema lo que puede un verdadero rostro, sin volverse desfigurado, desde la franca alegría hasta la melancólica fijeza del mármol, pasando por los más característicos matices del desencanto, qué agradable sería. Hundido el culo de cerdo de Antonio. Pasando a la distancia conveniente, a la altura conveniente, pongamos que una vez al mes, lo que no sería exorbitante, lentamente, de frente y de perfil, como los criminales. Podría incluso detenerse, "abrir la boca, alegrarse, sorprenderse, mira, mira, balbucear, mascullar, aullar, gemir y finalmente cerrarla, con las mandíbulas apretadas hasta romperse, o abiertas, para dejar pasar la espuma. Esto sería agradable. Como todo. Una presencia al fin. Un visitante, fiel, que tendría su día, su hora, y no se quedara demasiado, que sería fatigoso, ni demasiado poco, que no sería bastante, sino el tiempo justo para que la esperanza pueda nacer, crecer, languidecer y morir, pongamos cinco minutos. La noción del tiempo empezaría a trotarle a Worm, en su chirriante cabezota, ante ese puntual residuo de la imagen de lo eterno, de modo que no tendrá nada que repetir. Noción que traerá consigo, como debe ser, la del espacio, pues ambas se dan la mano, desde hace algún tiempo, en ciertos barrios, es más seguro. Y la partida se habría ganado, perdido, él se hallaría entre nosotros, entre los lugares de reunión, no se sabe cómo, y se diría: «Mira a ese viejo Worm que espera a su novia, y esas flores, se diría que duerme, tú no sabes, pero sí, veamos, ese viejo Worm, que espera a su amor, y esas margaritas, se diría que está muerto». Eso, eso sería algo. Felizmente, no es más que un sueño. Pues no hay rostros aquí, ni nada semejante, nada que revele la alegría de vivir y sus sucedáneos, es menester buscar otra cosa. Una simple cosa, una caja, un trozo de madera, que acudiría a colocarse ante él, por un instante, todos los años, cada dos años, una bola, que gravitara no se sabe cómo, ni alrededor de quién, una gruesa piedra, que pasara ante él, cada dos años, cada tres años, esto no tendría importancia, en los primeros tiempos, sin detenerse, no necesitaría detenerse, y sería mejor que nada, porque él la oiría llegar, la oiría alejarse, lo que sería un acontecimiento, y quizá le enseñaría a contar, los minutos y las horas, y a inquietarse, a razonar, a tener paciencia, a perder la paciencia, a volver la cabeza, a aguzar el oído, a girar el ojo, una gruesa piedra, que le abandonaría, y eso sería mejor que nada, en espera de los verdaderos corazones. El corazón se le pondría en marcha, en un vals, oiría valsear su corazón, trabum la la la, trabum la la la, re mi ja do pan pan, que no haría falta formalizarse. Segurísimo. Desgraciadamente hay que atenerse a los hechos, a qué atenerse, a qué agarrarse, cuando todo zozobra, sino a los hechos, cuando los hay, que exceden, al alcance del corazón, qué bonito es eso, del corazón que grita: «El hecho es ése, el hecho es ése», y después más reposadamente, pasado el peligro, por el momento, la continuación, es decir, dado el caso: «No hay madera aquí, ni piedras, o si las hay, el hecho es ése, si las hay es como si no las hubiera, el hecho es ése, nada de vegetales, ni de animales, sólo Worm, de reino desconocido, Worm está ahí, o como si, o como si...». Pero no tan deprisa, es demasiado pronto, para volver allá donde estoy, fracaso, en triunfo, allí donde me espero, tranquilo, en fin, pasablemente, sabiendo, creyendo saber, que no me ha ocurrido nada, que nada me ocurrirá, ni bueno ni malo, susceptible de perderme, lo que sería prematuro. Me veo, veo mi sitio, nada lo indica, nada lo distingue, los otros lugares son míos, todos, si los quiero, pero no quiero más que el mío, nada lo señala, estoy en él tan poco, lo veo, lo noto a mi alrededor, me aprieta, me cubre, si esa voz pudiera detenerse, tan sólo un segundo, me parecería largo, un segundo de silencio. Escucharé, sabré si va a volver, o si se calló de verdad, con lo que quiera que sea, lo sabré. Y escucharé siempre, para intentar avanzar en sus buenas disposiciones, mantenerme en su favor, para estar dispuesto, cuando juzguen oportuno emprenderme de nuevo, o no escucharé más, no escucharé más, es posible que un día no escuche más, sin tener que temerlo peor, es decir, no sé qué puede haber peor, una voz de mujer quizá, no había pensado en ello, podrían alquilar a una soprano. Pero no lo pensemos más, sigamos intentando, si supiera tan sólo lo que quieren, quieren que sea Worm, pero lo he sido, lo fui, ¿qué es lo que no marcha?, lo fui mal, eso debe de ser, no puede ser más que eso, qué queréis que sea, sino eso, no me saqué yo a la luz, a la claridad, en ellos, para oírles decir: «¡Ves, vivo que te ignorabas!». Resistí, eso debe de ser, no había que resistir, pero no noto nada, sí, sí, esa voz, la he resistido, no huí, había que huir, era necesario que Worm huyese, pero dónde, pero cómo, está clavado en su sitio, y era menester que se arrastre, no importa hacia dónde, hacia ellos, hacia el azul, pero cómo hacer, no puede moverse, no se trata forzosamente de lazos, no hay lazos aquí, está como enraizado, son lazos si se quiere, haría falta que la tierra temblase, pero no es la tierra, no se sabe lo que es, es como sargazo, no, es como maleza, tampoco, no importa, haría falta una convulsión, que lo vomite a la luz. Pero qué calma, aparte el discurso, ni un soplo, esto no quiere decir nada, es sospechoso, la calma que precede a la vida, con todo, desde los tiempos, es como fango, lo bien que se está, estaría bien, sin ese ruido, es la vida que quiere volver, no, que quiere que él salga, o son pequeñas burbujas que estallan, a todo alrededor, no, no hay aire aquí, el aire es para que uno se ahogue, el día es para cerrar los ojos, allí es adonde él debe ir, donde nunca hay oscuridad, pero tampoco está oscuro aquí, sí, sí, aquí está oscuro, ese gris lo hacen ellos, con sus lámparas. Cuando se marchen, cuando se callen, será oscuro, sin un ruido, sin una luz, pero ellos no se marcharán nunca, sí, se callarán quizá, se marcharán quizás, un día, lentamente tristemente, en fila india, proyectando largas sombras, hacia su amo, que los castigará, o los perdonará, no hay más que eso allá arriba, para los que pierden el castigo, el perdón, los dos, son ellos quienes lo dicen. ¿Qué hicisteis con vuestro material? Lo abandonamos. Pero obligados a decir si taponaron o no los agujeros, ¿taponaron los agujeros, sí o no?, dirán sí y no, o los unos dirán sí y los otros no, al mismo tiempo, pues no saben lo que el amo quiere oír como respuesta a su pregunta. Pero las dos se defienden, las dos preguntas, pues taponaron los agujeros, si se quiere, pero si no se quiere, no los taponaron, pues no supieron qué hacer, al partir, si tenían que taponarlos o, por el contrario, dejarlos abiertos. Entonces ellos fijaron sus largas lámparas allí, en los agujeros, para impedirles que se cerraran solos, es como la arcilla, introdujeron allí sus potentes lámparas encendidas, proyectadas hacia dentro, para que él los crea siempre allí, a pesar del silencio, o para que crea que el gris es cierto, o para que siga sufriendo, por más que ellos no estén ya allí, pues él no sufre sólo por el ruido, sufre también por el gris, por la luz, es menester que así sea, es preferible, o para que ellos puedan volver, si el amo lo exige, sin que él sepa que partieron, como si pudiera saberlo, o sin otro motivo que el suministrado por su ignorancia acerca de lo que debía hacerse, si se tenían que taponar los agujeros o dejar que se cerraran ellos solos, es como la mierda, he aquí al fin, he aquí al fin la frase justa, basta con buscar, basta con equivocarse, para hallar al fin, es una cuestión de eliminación. Y basta sobre los agujeros. El gris no quiere decir nada, el silencio gris no es forzosa y simplemente un buen momento que pasar, pues lo mismo puede ser el bueno que el malo. Pero las lámparas sin criados no brillarán siempre, antes al contrario, se apagarán, poco a poco; sin criados que las vuelvan a cargar, enmudecerán al fin. Entonces reinará lo negro. Pero con el negro ocurre como con el gris, el negro tampoco prueba nada, en cuanto al valor del silencio que, por así decirlo, viene a espesar. Pues ellos pueden volver, al cabo de mucho tiempo de haberse extinguido las luces, tras de haber intercedido durante años ante el amo, sin llegar a convencerle de que no hay nada que hacer, con Worm, para Worm. Entonces se tendrá que volver a empezar todo, es evidente. De modo que no se sabrá nunca, Worm no sabrá nunca, lo mismo si el silencio es negro que gris, nunca se sabrá mientras dure, si es el bueno, o si se trata solamente de un buen momento que pasar, si es que se puede llamar un buen momento a eso, en el que es menester escuchar, acecharlos murmullos de los silencios de antaño, hallarse preparado para la próxima etapa, so pena de atraerse cóleras suplementarias. Pero no hay que confundir a Worm con otro. Aunque esto, llegado el caso, carezca de importancia. Pues quien debió escuchar escuchará siempre, lo mismo si lo ignora que si sabe que nunca más volverá a oír nada. Dicho de otro modo, a ellos les gusta decir de otro modo —esto es indudable y permite ganar tiempo—, el silencio, una vez roto, ya no se recompondrá nunca. ¿No hay, pues, esperanza? Desde luego que no, veamos, qué idea. Sí, acaso, una esperanza pequeña, pero que nunca servirá. Pero se olvida. O si es uno solo se irá completamente solo, hacia su amo, y su alargada sombra le seguirá a través del desierto —es el desierto, primera noticia—, y Worm verá el día en el desierto, el día del desierto, el día en que ellos lo atraparán, es el mismo que en todas partes ellos dicen que no, lo dicen más puro, más claro, habláis de un asunto, oh, no se trata forzosamente del Sahara, hay otros, lo que cuenta es el ozono, habrá necesidad de ozono, en los primeros tiempos, ah, sí, en los últimos también, es algo que esteriliza. El amo. Si ellos fueran x habría necesidad de un x-más-uno. Pero, ¿para qué sirve, en fin de cuentas, ese ojo lívido? Para ver la luz, ellos llaman a eso ver, lo que es bueno, pues le hace sufrir, ellos llaman a eso sufrir, saben qué es sufrir, saben hacer sufrir, se les ha dicho, el amo les ha dicho: «Haced esto, haced aquello, le veréis retorcerse, le oiréis llorar». Él llora, es un hecho, oh, no muy sólido, hay que apresurarse

a aprovecharlo. Pero de retorcimientos, ni por esas. Pero hay que decir una cosa: eso no hizo más que empezar, aunque hace tiempo que dura, ellos no se desanimarán, fortalecidos con la fuerte palabra del gran taciturno, que ellos no apresarán nunca. Esa es su tarea, esas son sus atribuciones, ¿qué puede importarles que dé o no resultado? Bastante se ha hablado de ellos, sólo hablan de ellos, es forzoso, todo está en ellos, sin ellos no habría nada, ni siquiera Worm, que es una idea suya, una frase suya, al hablar de ellos, bastante se ha hablado de ellos. Pero ese gris, esa luz, si pudiera evitar esa luz, que le hace sufrir, ¿no es evidente que sufriría más a cada paso, en cualquier dirección que avanzase, puesto que está en el centro y volvería forzosamente a él, al centro, al cabo de cuarenta o cincuenta vanas tentativas? No, esto no es evidente. Pues es evidente que la luz bajaría a cada paso que diera, hacia ella, pues ellos velarían por que así fuese, para que, creyéndose en el buen camino, volviera al recinto. Entonces se produciría el deslumbramiento, la captura, el pean. Toda vez que sufre hay esperanza, incluso si no la necesitan para hacerlo sufrir. Pero, ¿cómo pueden saber ellos que sufre? ¿Acaso lo ven? Dicen que sí. Pero es imposible. ¿Le oyen? Desde luego que no. Él no hace ruido. Pero quizá sí, al llorar. Como quiera que sea, están tranquilos, con razón o sin ella, pues él sufre, y es así gracias a ellos. Oh, no lo bastante aún, pero se ha de ir poco a poco. Un exceso de severidad, llegados aquí, podría oscurecerle el entendimiento para siempre. Otra cosa. El problema es delicado. ¿Qué hay de los efectos de la costumbre? Ellos pueden combatirlos alzando la voz, forzando su claridad. Pero, ¿y si en vez de sufrir menos, a medida que el tiempo pasa, sigue precisamente sufriendo tanto como el primer día? Tal cosa debe ser posible. ¿Y si en vez de sufrir menos, o tanto como el primer día, sufre más a medida que pasa el tiempo, cada vez más, a medida que se efectúa el traspaso del porvenir incambiante al incambiable pasado? Otra cosa, pero en el mismo orden de ideas. El asunto es espinoso. ¿No es preferible la pleamar de un sufrimiento a aquél cuyas fluctuaciones hacen creer a cada momento que, después de todo, acaso no dure siempre? Esto depende del fin perseguido. ¿Es decir? Un leve movimiento de impaciencia, de parte del paciente. Gracias. Es el fin inmediato. Después vendrán otros. Después se le enseñará a estarse tranquilo. Entre tanto que al menos se agite, que se tire por el suelo, qué demonios, ya que no le queda otro remedio, cualquiera que sea, para romper la monotonía. No dejan, no, Dios mío, los quemados vivos, cuando no están atados, de precipitarse en todos sentidos, sin método, chisporroteando, en busca de un poco de frescor. Los hay cuya sangre fría les lleva hasta a defenestrarse. No se le pide tanto. Que descubra por sí solo los bálsamos de la huida ante sí mismo, eso es todo, no irá lejos, no necesitará ir lejos. Que no cuente más que consigo mismo para paliar lo que es, sin que él intervenga para nada. Que haga como el húsar, subiéndose a una silla para mejor ajustarse el penacho de su gorro, sería lo de menos. No necesita razonar, sólo sufrir, siempre del mismo modo, nunca menos, nunca más, sin esperanza de tregua, sin esperanza de consumirse, no se trata de nada más complicado que eso. No hace falta razonar, para no esperar. Venga, pues, la monotonía, es más estimulante. Pero, ¿cómo asegurarla? No importa, no importa, ellos hacen cuanto pueden, con sus pobres recursos, una voz, un poco de claridad, los pobres, esa es su tarea, dicen: «No se acostumbra, no cede, nosotros no sabemos nada, lo mismo da, es un buen medio, no tenemos más que seguir, acabará por comprender, acabará por estremecerse, se producirá el leve reflejo, un cambio en el ojo, habrá aparecido la oleada que lo arrojará de entre nosotros». Tampoco se puede decir que sea vida andar buscando ojos sin hallarlos nunca, acechar la queja que nunca sobreviene. Sin embargo, es su vida. Está ahí, dice el amo, en alguna parte, haced lo que os digo, traédmelo, me falta para mi gloria. Pero un último esfuerzo, uno más, tal vez sea el último, hay que proceder cada vez como si fuera la última, es el único medio de no retroceder. Un gran tazón de aire infecto y hop adelante, para volverse en seguida. Adelante. Se dice pronto. Pero, ¿dónde está adelante? ¿Y para hacer qué? Pandilla de falsos maniáticos, venga, ellos saben que no sé nada, que lo olvido todo, a medida que... No son gran astucia estas pequeñas pausas. Cuando ellos se callan, yo también. Transcurrido un segundo. Llevo un segundo de retraso con respecto a ellos, retengo el segundo, tal como me fue dado, mientras recibo el siguiente, con el cual tampoco tengo nada que hacer. No dispongo de un instante que pueda decir mío, y quieren ellos que sepa en qué ocuparme. Ah, bien sé en qué me ocuparía si la cabeza me obedeciese. Que repitan lo que voy a hacer, suponiendo que lo hayan dicho nunca, si es que quieren que tenga aspecto de ocuparme en ello. Ese tono, esos términos, para que yo los crea de mí. Siempre las mismas argucias, desde que se les metió en la cabeza que mi existencia sólo es cuestión de tiempo. Creo que tengo ausencias, que hay frases enteras que se saltan, no, enteras no. Acaso no advertí el sentido oculto de la historia. Aunque no lo comprendiera lo habría dicho, no se me pide otra cosa, me lo habrían tenido en cuenta, con ocasión de mi próximo juicio, caramba, me juzgan de tanto en tanto, son personas serias. Sabré, acaso diré algún día lo que hice mal. ¿Cuántos somos, en fin de cuentas? ¿Y quién habla en este instante? ¿Y a quién? ¿Y de qué? Tan dificultosas preguntas no sirven para nada. Que al fin me pongan en la boca algo con qué salvarme, con qué condenarme, y que no se hables más, que no se hable más. Pero éste es mi castigo, por mi castigo me juzgan, lo purgo mal, como un cerdo, mudo, sin comprender, mudo, sin el uso de otra palabra que la suya. Será el calabozo, es el calabozo, siempre fue el calabozo, lo oigo todo, todo lo que dicen, es el único ruido, como si fuera yo el que hablase, a solas, en voz alta, se acaba por no saber nada ya, por no saber de dónde llega una voz que no se detiene nunca. Tal vez haya otros aquí, conmigo, está oscuro, como tiene que ser, no se trata forzosamente de mazmorras particulares, o acaso haya otro, quizá tenga yo un compañero de infortunio, al que le gusta hablar, o que debe hablar, así, para nada, ante él, pero no creo, ¿qué es lo que no creo?, que tenga un compañero de infortunio, eso es, me sorprendería que su animosidad llegara a tal extremo, ellos dicen que eso me sorprendería. De tanto en tanto tengo que atravesar una suma de tiempo considerable, con los ojos abiertos. Y, sin embargo, todo es continuo, no me voy, no vuelvo. ¿No se tratará, en el fondo, de insomnios, de medios insomnios? Pero nada cambia nunca. Es decir, que se olvida. Agujeros, siempre los hubo, es la voz que se detiene, es la voz que ya no llega, ¿qué puede importar?, acaso sea importante, el resultado es el mismo, pero a lo mejor, excepcionalmente, no cuenta. Ah, resoluciones. Me encerraron aquí, ahora intentan hacerme salir, para encerrarme en otro lugar, o para soltarme, son capaces de ponerme en la puerta, sólo para ver qué haré. Adosados a la reja, con los brazos cruzados y las piernas cruzadas, me observarían. O bien no han hecho más que hallarme aquí, cuando llegaron, o mucho tiempo después. No soy yo quien les interesa, sino el lugar, quieren el lugar, para uno de ellos. Qué queréis, hay que especular, especular, hasta dar con la especulación que es la buena. Cuando todo se calle, cuando todo se detenga, será que se dijeron las palabras, las que importaba decir, no se necesitará saber cuáles, no se podrá saber cuáles, estarán allí en alguna parte, en el montón, en el oleaje, no forzosamente las últimas, es menester que sean avaladas por quien de derecho —esto lleva tiempo, dista mucho—, quien de derecho es el amo, se le lleva el atestado, todos los atestados, él conoce las frases que cuentan, las eligió él, entre tanto la voz prosigue, mientras se va hacia él, mientras él busca, mientras volvemos hacia nosotros, con el veredicto, las frases continúan, las malas, las falsas, hasta que llega la orden de detenerlo todo, o de proseguirlo todo, no es inútil, todo proseguirá a solas, hasta que llegue la orden de detenerlo todo. Ellos acaso estén allí dentro, en alguna parte, en lo que acaban de decir, las frases que necesitaban decir, no son forzosamente numerosas. Dicen «ellos» cuando hablan de ellos, para que crea que soy yo el que hablo. O bien digo «ellos» cuando hablo de no sé quién, para que crea que no soy yo el que hablo. O quizá se trata del silencio desde que parte el mensajero hasta que regresa con la orden del amo, ésta: «Continuad». Pues existen prolongados silencios, de tanto en tanto, verdaderos armisticios, durante los cuales les oigo murmurar, tal vez murmurando algunos: «Se acabó, esta vez dimos en el clavo». Y otros: «Hay que volver a empezarlo todo, en otros términos, o en los mismos términos, pero ordenados diferentemente». Así pues, reposo durante todos ellos, si es que a eso se le puede llamar reposo, donde se espera, de conocer su suerte, mientras se dice: «Acaso no sea eso». Mientras se dice: «¿De dónde proceden esas frases que me salen de la boca y qué significan?». No, no diciendo nada, pues las frases ya no llegan, si es que a eso se le puede llamar una espera, en la que no hay razón, en la que se escucha, sin razón, como desde el principio, porque un día nos pusimos a escuchar, porque ya no podemos detenernos, lo que no es una razón, si puede llamarse a eso un reposo. Pero, ¿qué historia es esa de no poder morir, ni vivir, ni nacer? Algún papel tiene que desempeñar esta historia de permanecer donde uno se encuentra, muriendo, viviendo, naciendo, sin poder avanzar, ni retroceder, ignorando de dónde vinimos, dónde estamos, adonde vamos, y que sea posible estar en otra parte, estar de otro modo, sin suponer nada, sin preguntarse nada, no se puede, se está ahí, no sabemos quién, no sabemos dónde, la cosa sigue ahí, nada cambia en ella, en torno a ella, aparentemente, aparentemente. Es menester aguardar el fin, es menester que el fin llegue, y en el fin será, en el fin al fin será acaso la misma cosa que antes, que durante el largo tiempo en que era menester ir hacia ella, o alejarse de ella, o aguardarla temblando, o alegremente, avisado, resignado, habiendo hecho bastante, sido bastante, lo mismo, para quien no supo hacer nada, ser nada. Si pudiera cesar esa voz, que no casa con nada, que impide ser nada, en parte alguna, lo impide mal, apenas, apenas lo bastante para hacer que dure esta pequeña llama amarilla que se proyecta débilmente por todos lados, anhelante, como para tratar de desprenderse de su mecha, curiosa llamita, que no había que encender, o que de hacerlo había que alimentar, o que de hacerlo había que apagar, había que apagarla, había que dejarla apagar. Las lamentaciones os apresuran, os acercan al fin del mundo, las lamentaciones de lo que es, de lo que fue, no son las mismas, si, las mismas, no se sabe, no se sabe lo que ocurre, lo que ocurrió, acaso son las mismas, las mismas lamentaciones, lo que os conduce hacia el fin de las lamentaciones. Pero un poco de brío, es el momento, un poco de ánimo, eso no dará nada, ni siquiera un paso, eso no importa nada, no somos tenderos, y qué sabe uno nunca, no. Tal vez Mahood salga de su urna y se dirija hacia Pigalle, arrastrándose y cantando: «Llego, llego, alma de mi alma». O bien Worm, ese bueno de Worm, quizá no pueda más, de no poder nada, de no poder más, no habría que olvidarlo. Yo en su lugar le soltaría las ratas, ratas de agua, de cloaca, son las mejores, oh, no demasiadas, una docena, una quincena, quizás eso le decidiera a largarse, y qué introducción a sus atributos futuros. No, sería en vano, una rata no viviría allí ni un segundo. Pero revisemos ese ojo, ahí es donde hay que buscar. Un poco rosado tal vez, el blanco del ojo, a fuerza de orinar, es un fulgor que nos atreveríamos a llamar de inteligencia. Aparte esto, siempre es el mismo. Un poco más saliente quizá, más parafimósicamente globuloso. Tiene aspecto de escuchar. Se gasta, es forzoso, se empaña, habría que apresurarse a ofrecerle algo con que salir decididamente de su órbita, al cabo de diez años sería demasiado tarde. En lo que ellos se equivocan es en hablar de Worm, como si existiera realmente, en un lugar determinado, cuando lo que ocurre es que todo eso no está más que en estado de proyecto. Pero es demasiado tarde ahora para volver sobre ello. Que lleguen por de pronto hasta el fin de su error, después podrán ocuparse de nuevo de la cuestión, evitando comprometerse con el empleo irreflexivo de términos, si no de nociones, accesibles al entendimiento. Igualmente el caso de Mahood ha sido insuficientemente estudiado. Puede sentirse la necesidad de tales criaturas, admitiendo que éstas sean dos, e incluso puede presentirse su posibilidad, sin que a su respecto haya que lanzarse a tristes y ciegos discursos. Un poco más de reflexión les habría hecho ver que la hora de hablar, lejos de haber sonado, sin duda no sonará nunca. Pero ellos están obligados a hablar, les está prohibido detenerse. Que no hablen, pues, de otra cosa, de algo cuya existencia parece en algún modo establecida, de algo acerca de lo cual se puede charlar sin que, cada treinta o cuarenta mil palabras, se tenga que enrojecer por haber empleado locuciones semejantes, y que, en fin, garantía suprema, ya hizo que funcionaran las lenguas mejor ahorcadas de todos los tiempos, eso sería preferible. Es el viejo cuento, quieren distraerse, mientras se deciden, no, no distraerse, calmarse, tampoco, consolarse, menos aún, no importa, de modo que no hacen ni una cosa ni otra, ni lo que quieren, sin saber qué es, ni la oscura tarea a la que están obligados, el viejo cuento. ¿Verdad que no parecen los mismos que dentro de un momento? Qué queréis, tampoco ellos saben quiénes son, dónde están, lo que hacen, ni por qué eso marcha tan mal, tan abominablemente mal, eso debe ser. Entonces construyen hipótesis que se derrumban las unas sobre las otras, lo que es humano, una langosta sería incapaz de ello. Todos somos hermosos mientras estemos, estemos alojados en la misma enseña, no, perezca una idea semejante, somos hermosos cada cual a su modo personal. Yo mismo he sido guachapeado escandalosamente, ellos deben empezar por darse cuenta de ello, yo, de quien todo depende, más aún alrededor de quien, mucho mejor aún, alrededor de quien, hombre-vasija, gira todo, en vacío, pero sí, no protestéis, gira todo, es una cabeza, estoy en una cabeza, qué iluminación,
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