El innombrable Samuel Beckett






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títuloEl innombrable Samuel Beckett
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fecha de publicación12.03.2016
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tertius gaudens, yo en fin, al que habría, que imputarle ese doble fracaso? ¿Veré, finalmente mi rostro iluminado por una sonrisa? Tengo la impresión de que se me evitará ese espectáculo. En ningún momento sé de qué hablo, ni de quién, ni de cuándo, ni de dónde, ni con quién, ni por qué, pero necesitaría a cincuenta forzados para esta siniestra tarea y siempre me faltaría un cincuenta y uno, para cerrar las esposas, eso lo sé, sin saber qué quiere decir. Lo esencial es que no llego nunca a ninguna parte, que no estoy nunca en ninguna parte, ni en Mahood, ni en Worm, ni en mí, importando poco a qué dispensa se debe. Lo esencial es patalear hasta el fin al final de su catgut, mientras haya aguas, orillas y desatado en el cielo un Dios deportivo, para irritar a la criatura, mediante puercos intermediarios. Me he tragado tres anzuelos a la vez y aún tengo hambre. De aquí el jaleo. ¡Qué bien hace saber dónde se está, dónde se permanecerá, sin estar allí! No hay más que descuartizarse tranquilamente, en las delicias de saberse nadie para siempre. Lástima que durante ese tiempo me vea obligado a dar la boca, pues la impide sangrar a gusto, haciendo ñam, ñam. Ellos me llevarán un día a la superficie, lo que pondrá a todo el mundo de acuerdo acerca de que no valía la pena darse tanta, para una víctima tan mediocre, para tan mediocres asesinos. Qué silencio, entonces. Y ahora tratemos de ir a dar una vuelta por la parte de Worm, eso le gustará, a ese querido vomitón. Podré ver bien si el otro me sigue acechando. Pero aún sin eso fallará, no me tendrá, no seré entregado, hablo de Worm, lo juro, el otro no me tuvo, ni fui entregado, se trata del pasado, hasta el presente. Soy ése al que no se tendrá, que no será entregado, que arrastra por entre los bancos, hacia el nuevo día, que se anuncia espléndido, lleno de salvavidas, llamando al náufrago. El tercer sedal cae directamente de las nubes, como plomada, y es para mi alma. Hace buen rato que la habría enganchado a él, si supiera dónde encontrarla. Así pues, somos cuatro, es una partida entre cuatro. Lo sabía, seríamos cien y necesitaríamos ser ciento uno. Nos faltará siempre yo. Worm, o, como estoy tentado de llamarlo, Watt, Worm, ¿qué decir de Worm, que no se ha molestado en hacerse comprender? ¿Qué decir que haga cesar ese rumor de termite, en mi guiñol? ¿Qué decir de él que no pueda decirse igualmente del otro? ¡Mira, quizás al querer ser Worm, seré, al fin, Mahood! Entonces ya no tendré que ser Worm. Es a lo que sin duda llegaré al esforzarme en ser Tartempion. ¡Alto ahí!, puede que me lo perdone, que tenga compasión, que yo me detenga ahí. La aurora no será siempre rosada. Worm, Worm, a nosotros tres, y adelante. Por otra parte, me parece que ya debí, contrariamente a lo que me parece que ya debí decir, realizar algunas tentativas en este sentido. Debería haberlas anotado, aunque no fuera más que en mi cabeza. Pero Worm no puede anotar nada. He aquí en cualquier caso una primera afirmación, quiero decir negación, sobre la cual edificar. Worm no puede anotar nada. Mahood puede anotar. Eso es, sigamos. Sí, lo propio (entre otras cosas) de Mahood es anotar, aun cuando no siempre lo consiga, ciertas cosas, qué digo, todas las cosas, de modo que pueda sacar partido de ellas, para su gobierno.

Y nosotros, efectivamente, le vimos hacerlo, en el patio, en su vasija, en un sentido. Sabía que con sólo que quisiera hablar de Worm me pondría a hablar de Mahood, con ventura y comprensión mayores que nunca. Qué próximo me parece de pronto, bizqueando hacia las medallas del hipófago Decroix. Es la hora del aperitivo, cuando ya los transeúntes se detienen, para leer el menú. Hora deliciosa, sobre todo cuando es, y esto llega, la de la puesta del sol, cuyos últimos rayos, al barrer la calle en enfilada, proyectan sobre mi monumento una sombra interminable, a caballo entre el arroyo y la acera. Antes la contemplaba, cuando tenía más libertad para volverme de la que tengo ahora, desde que me pusieron la argolla. Entonces sabía que allá al final de todo yacía mi cabeza, y que me pasaban por encima, y sobre mis moscas, que no dejaban de seguir deslizándose bonitamente, por el suelo.

Y veía a las gentes subir hacia mí, a lo largo de mi sombra, seguidas de largas sombras temblorosas y fieles. Pues tan pronto me confundo con mi sombra, como no. Y tan pronto no me confundo con mi vasija, como sí. Eso depende de la disposición en que nos hallemos. Y con frecuencia llegaba a no equivocarme, hasta el momento en que, al no estar ya, no me veía. Instante verdaderamente exquisito, que de tanto coincidía, como ya señalé, con el del aperitivo. Pero esta alegría, que en cuanto a mí habría juzgado inofensiva, y sin peligro para los demás, me falta desde que llevo el collar, que me mantiene de cara siempre hacia la reja, por encima justamente del menú, pues es necesario que el cliente pueda organizar su comida sin exponerse a ser aplastado. La carne, en este barrio, es muy estimada, y acuden de lejos desde muy lejos, expresamente para comerla. Hecho esto, se apresuran a irse. A partir de las diez de la noche todo está silencioso, como una tumba, según suele decirse. Esto es lo que se deduce de mis observaciones, acumuladas durante largos años y sometidas al paso de ellos a la inducción. Aquí se mata y se come. Esta noche hay callos. Es un plato de invierno, o de media estación. Margarita vendrá pronto a iluminarme. Se está retrasando. Más de un transeúnte utilizó su encendedor bajo mis narices, refunfuñando, para ver mejor lo que esta vez, para ser más elegante, llamaré la minuta del día. A no ser que le haya sucedido algo a mi bienhechora. No la veré llegar, no oiré sus pasos, a causa de la nieve. Toda la mañana he estado metido en mi funda. Al comienzo de la estación muerta, ella me prepara un nido de trapos, bien amontonados a mi alrededor, para prevenir los enfriamientos. Está blandito. Me pregunto si esta noche me espolvoreará el cráneo con su borlita. Es su último hallazgo. No sabe ya cómo ingeniárselas para aliviarme. ¡Ella quisiera que mis pústulas dejaran de supurar! Si pudiera temblar la tierra. El matadero me engulliría. A través de la reja, al fondo de todo de una abertura entre dos cuerpos de edificio, se me aparece el cielo. Es un trocito del cielo bajo del norte, largo y estrecho. Si pudiera alzar la cabeza, lo vería recortarse en el grueso del firmamento. ¿Qué añadir a estas precisiones? La velada no hizo más que empezar, lo sé, no partamos todavía, no digamos adiós para siempre una vez más a esta mezcolanza. ¿Y si reflexionase, mientras aguardo a que se produzca algo inteligible? Vamos, una vez no hace costumbre. Una idea se presenta casi al instante, quizá me equivoco al no concentrarme más a menudo. Pronto, he de decirla, antes de que se desvanezca. ¿Cómo es que paso inadvertido a la gente? La única que tiene aspecto de percibirme es Magdalena. Concibo que no me advierta el transeúnte que pasa apresurado, huyendo o persiguiendo. Pero, ¿y esos mirones que acuden a escuchar los gritos de dolor de las reses y que, visiblemente ociosos, se pasean arriba y abajo en espera de que comience la matanza? Pero, ¿y esos hambrientos a los que la colocación del menú obliga, lo quieran o no, a hallarse literalmente nariz contra nariz conmigo, ante mi aliento? Pero, ¿y esos niños que se encaminan hacia la zona y se vuelven, ávidos de distracciones? Hasta un rostro humano, acabado de lavar y con unos cuantos cabellos encima, debería a mi parecer, labrarse un bonito éxito de curiosidad, en una situación como la del mío. ¿Será por pudor, por miedo a molestar, por lo que se simula ignorar mi existencia? Pero ésa es una delicadeza de sentimientos que difícilmente puede ser asignada a los perros que acuden a orinar contra mi morada, sin que parezcan darse cuenta de que allí dentro hay piel y huesos. No puede ser sino que también carezco de olor. Y, sin embargo, si alguien debiera tener algún olor, tendría que ser yo. En estas condiciones, ¿cómo puede esperar Mahood que me comporte normalmente? Las moscas dan fe de mí, si se quiere, pero, ¿hasta qué punto? No, en tanto no haya recibido aclaraciones a este respecto, o mientras nadie más que Magdalena haya advertido mi presencia, me será imposible creer cuanto se dice de mí, lo suficiente para proseguir mi número. Tanto más cuanto que ese testimonio que reclamo, y sin el cual fracasarán indefectiblemente todos los proyectos que para mí se forjaron, pronto ya no me hallaré ni en condiciones de recibirlo, a tal extremo disminuyen mis facultades, desde hace algún tiempo. Se trata, evidentemente, de un principio de cambio que puede llevarnos lejos. Pero aunque muera, en el mejor de los casos, sin haberme podido creer en vida, se me paga para saber que no es eso lo que ellos desean para mí. Pues esto me ha sucedido ya varias veces, sin que me concedieran ni un momento de respiro, entre las lombrices, antes de resucitarme. Pero, ¿quién puede saber lo que, esta vez, me reserva el porvenir? Que decline a tumba abierta como ser sensible y pensante es, de todos modos, excelente cosa. Acaso un día un señor que pase del brazo de su novia, justamente en el instante en que la agonía estará a punto de ofrecerme una última idea del dispositivo temporal, observe, lo bastante alto para que yo pueda oírlo: «Pero, veamos, este hombre no se encuentra bien, ¡hay que llamar una ambulancia!». Así, de un solo tiro, cuando todo parecía que iba a empezar de nuevo, los dos pájaros prescritos. Estaré muerto, pero habré vivido. A menos que a ese señor se le suponga víctima de una alucinación. Sí, para que no quede ninguna duda, será menester que su futura tenga tiempo de contestarle: «Es cierto, amor mío, se diría que va a expirar». Allí me quedaré. Y naceré al fin en un último suspiro, o en uno de esos hipos que, ay, con demasiada frecuencia rebasan la solemnidad de la defunción. Mahood, conocí a un médico que sostenía que el último suspiro, desde el punto de vista estrictamente científico, no podía salir más que por el ano, y que a este orificio es al que la familia debería presentar el espejo, antes de abrir el testamento. Como quiera que sea, y sin entrar en estos detalles macabros, me equivoqué de medio a medio al suponer que la muerte en sí misma constituía un indicio, o incluso una fuerte presunción, en favor de una vida anterior. Y yo, por mi parte, no deseo abandonar este mundo en el que ellos tratan de meterme sin una seguridad de haberlo intentado como la que me daría por ejemplo un puntapié en el trasero, o un beso, no importa la clase de atención que sea, toda vez que no puedo sospechar que sea yo su autor. No, ya no lo deseo, pues sé que esto de nada sirve, nada cambia, a nada pone fin. Pero que dos terceras partes me adviertan, con toda objetividad, ahí, delante de mí, y yo me encargo de lo demás. Qué claro y sencillo se vuelve todo, cuando se abren los ojos hacia el interior, a condición desde luego de previamente haberlos asomado afuera, para mejor gozar del contraste. Aun no pudiendo más, me ocuparía de detenerme en tan buena vía. Pues no volvería a empezar en seguida, ah, no. Luego, basta de esa p. primera persona, acaba uno por hartarse, no se trata de ella, voy a concitarme molestias. Pero tampoco se trata de Mahood, todavía no. De Worm, menos aún. Bah, poco importa el pronombre, con tal de que no se le engañe. Luego, se adquiere la costumbre. Más tarde veremos. ¿Dónde estoy? Ah, sí, en las delicias de lo claro y simple. Intentemos mezclarle a esa pobre Magdalena, tan buena para mí. Tantas atenciones, tanto empecinamiento en observarme, que son los que me impiden ver una prueba suficiente de mi presencia real, en la calle Brancion, extraña isla. ¿Me desembarazaría ella de mis miserables excrementos todos los domingos, me haría un nido al acercarse el invierno, me protegería de la nieve, me cambiaría el serrín, derramaría sal sobre mi cabeza enferma —confío en no haber olvidado nada—, si yo no estuviera allí? ¿Me habría puesto un collar, subido sobre un plinto y festoneado de farolillos sin la certidumbre de que tengo consistencia? Qué feliz me sentiría si pudiera rendirme a esta evidencia y que, al fin, se hiciera la justicia que comporta. Desgraciadamente, la considero de las más dudosas, por no decir inadmisibles. ¿Qué creer de esos cuidados que desde hace algún tiempo redobla a mi sitio, sino que revelan una gran confusión? Qué diferencia con su calma de los primeros tiempos, en que no la veía más que una vez por semana. Digámoslo claro, esta mujer está perdiendo la fe en mí. Y trata de retrasar el instante en que al fin tendrá que confesarse su error al venir a cada momento a ver si me dejo persuadir, sobre el terreno. Hasta la creencia en Dios, dicho sea con toda modestia, se pierde a veces a consecuencia, según parece, de haber redoblado el celo y la observancia. Aquí me permitiré un distingo (pienso siempre). Que mi santuario esté realmente ahí, no pienso negarlo, es cosa que no me concierne, aunque la presencia en un lugar semejante, acerca de cuya realidad tampoco me propongo discutir, de una urna tan vasta, me parece poco probable. No. Dudo únicamente de que yo esté dentro. Es más fácil elevar un templo que hacer que el objeto del culto descienda a él. Pero yo confundo torno y contorno. He aquí adonde conducen los distingos. Da lo mismo. Ella me quiere, siempre lo noté. Tiene necesidad de mí. Por más que tenga un comercio, un jardín, marido y tal vez hijos, hay en ella un vacío que sólo yo puedo colmar. En condiciones tales no puede sorprender que tenga visiones. En un momento dado, creí ver en ella a una pariente próxima, madre, hermana, hija, qué sé yo, incluso a una esposa, a punto de secuestrarme. Es decir, que Mahood, al ver el poco caso que hacía de su pieza maestra, me insufló esta hipótesis, agregando: «Yo no he dicho nada». Por otra parte, no es tan absurda como a primera vista parece. Incluso reabsorbe ciertas rarezas que aún no me habían impresionado, en el momento de su emisión, entre otras cosas la de mi existencia a los ojos de la gente no advertida, es decir, de todo el mundo. Pero admitiendo que se eligiera ocultarme en la vía pública, ¿a qué haberse molestado tanto para que mi cabeza esté montada en forma de alfiler e iluminada artísticamente a partir de la caída de la noche? Me diréis que importa poco el pronombre, que lo que cuenta es el resultado. Una cosa aún. Esta mujer nunca, que yo sepa, me dirigió la palabra. Si se me ocurrió decir lo contrario, me equivoqué. Si tal cosa me ocurre más adelante, me equivocaré. A menos que me equivoque en este momento. Archívese de todos modos, en apoyo de la tesis que se desee. Ni una frase afectuosa nunca, ni una reprimenda. ¿Por temor a señalarme a los otros? ¿O por temor a disipar el espejismo? Resumo. Se acerca el día en que tendrá que negarme, ella, mi única fiel. Nada ha ocurrido. Los farolillos siguen apagados siempre. ¿Se trata de la misma noche? Quizá pasó la hora de comer. Margarita pudo venir, partir, regresar, volver a partir, como de costumbre, sin que me diera cuenta. Quizá brillé con todas mis luces, un buen rato, sin advertirlo. Sin embargo, algo hay que cambió. La noche no es como de costumbre. No porque vea estrellas, pues es raro que una estrella aparezca allá, en el estrecho cielo que alcanzo a ver. No porque no vea nada, ni siquiera la reja, como me ocurrió con frecuencia. No es tampoco a causa del silencio, pues éste es un rincón silencioso durante la noche. Y estoy medio sordo. No es la primera vez que en vano aguzo el oído en dirección a los establos. De pronto relinchará un caballo. Entonces sabré que no ha cambiado nada. O veré pasar la linterna del guardián, a la altura de la rodilla, en el patio. Se ha de tener paciencia. Hace frío, esta mañana nevó, y no siento el aire frío en mi cabeza. Quizás estoy todavía bajo la lona, quizá volvió ella a ponerme la lona, por temor a que en la noche volviera a nevar, mientras yo reflexionaba. Pero esta sensación que tanto me gusta, de la lona pesando sobre mi cabeza, tampoco la experimento. ¿Se habrá vuelto insensible mi cabeza? ¿Habré tenido un ataque mientras reflexionaba? Lo ignoro. Aguardaré con paciencia, sin hacerme preguntas, concentrando mi atención. Han pasado horas, debe ser de día nuevamente, nada ha cambiado, no oigo nada, no veo nada, mi cabeza no siente nada. Los puse ante sus responsabilidades, y quizá me soltaron. Pues este sentimiento de estar encerrado del todo, sin que nada me toque, es nuevo. El serrín ya no presiona contra mis muñones, ya no sé dónde termino. Abandoné, ayer, el mundo de Mahood, la calle, el figón, la matanza, la estatua, y a través de la reja, el cielo como un lápiz de pizarra. Ya no oigo los gritos de las reses, ni el tintineo de los tenedores y los vasos, ni las exclamaciones de los matarifes encolerizados, ni la letanía de los platos y los precios. Ya no habrá mujer que quiera en vano que yo viva, mi sombra no oscurecerá el suelo por la tarde. Se acabaron las historias de Mahood, pues comprendió que no podían referirse a mí. Él abandonó, yo soy el que gana, aunque hice cuanto pude por perder, para serle agradable y quedar en paz. ¿Al ganar tendré paz? Se diría que no, pues no parece que vaya a callarme Además, todas esa suposiciones sin duda son erróneas. Quizá se me lance, armado de mis armas mejores, al asalto de la inmortalidad. Pero importa más saber lo que va a ocurrir, para advertirlo, conforme a mi función. No hay que olvidar, como a veces olvido, que todo es cuestión de voz. Lo que ocurre, son palabras. Digo lo que me dicen que diga, con la esperanza de que un día se cansarán de hablarme. Sólo lo que digo mal, por no tener oreja, ni cabeza, ni memoria. Ahora oigo que me dicen que es la voz de Worm que empieza y transmito la noticia, por lo que vale. ¿Se creerán que creo que soy yo el que habla? También esto es de ellos, para hacerme creer que tengo un yo mío y puedo hablar de él, como ellos del suyo. También es una trampa, para de, de ponto, crrac, me encuentre entre los vivos. Lo que les cuesta explicarme es el medio de caer dentro. Nunca darán razón de mi tontería. ¿Por qué me hablan así? Quizás al atravesarme cambian ciertas cosas, las cosas importantes, y nada pueden para evitarlo. ¿Creen que creo que soy yo el que hace estas preguntas? También esto es suyo. Un tanto adulterado tal vez. No digo que sea éste el buen método. No digo que no acabarán por vencerme Bien lo quisiera, para se me deje. Lo fatigante es esta caza, esos ladridos interminables. Las imágenes se imaginan que forzándome las imágenes acabarán por hacerme caer en la trampa. Como las madres que silban para que el bebé no coja una nefritis. Ellos, sí, todos ellos se encuentran ahora en el mismo saco. Le toca jugar a Worm, se le ha pasado la mano, y le deseo que disfrute mucho. Decir que le creí hostil a lo que intentaron hacer conmigo. Decir que vi en él, si no yo, un paso hacia mí. Conducirme a ser él, que es el anti-Mahood, para a continuación decirme: «Pero, ¿qué hago, sino vivir un poco, con la única vida posible?». He aquí la estratagema. O convencerme de ser mediante el absurdo de no poder ser. Desgraciadamente, de nada me sirve estar prevenido, si es que lo estoy, pues nunca lo estoy largo tiempo. Por lo demás, le deseo mucho éxito en su valerosa empresa. Y hasta colaboraría con él, como con Mahood y consortes, dentro de mis posibilidades, no pudiendo obrar de otro modo, y conociendo mis posibilidades. Decir que Worm no sabe quién es, dónde está, qué ocurre, es decir demasiado poco. Lo que ignora es que haya algo que saber. Sus sentidos no le informan de nada, ni acerca de él ni acerca de lo demás, y esta distinción le es ajena. No sintiendo nada ni sabiendo nada, existe sin embargo, pero no para él, si no para los hombres, pues son los hombres los que lo conciben y los que dicen: «Worm está ahí, puesto que lo concebimos», como si no pudiera haber otra existencia que la concebida, ni siquiera la de aquel que la vive. Los hombres. Uno solo, después otros. Uno solo vuelto hacia lo todoimpotente, lo todoignorante, que es su obsesión, y después hacia otros. Hacia aquel del que quiere ser el alimento, él, el hambriento, y el cual, no teniendo nada del hombre, no tiene otra cosa, no tiene nada, no es nada. Venido al mundo sin nacer, morando en él sin vivir, no esperando morir, epicentro de alegrías, de penas, de calma. Lo más real que se cree tener es lo que se tiene de menos cambiante. Ese de fuera de la vida que tiene la larga vida vana quiere que no se haya cesado de ser. Que no ahorre la furia de hablar, de pensar, de saber lo que se es, lo que se era, durante el sueño desatinado; allá arriba, bajo el cielo, saliendo por la noche. Ese que se ignora y se calla ese que ignorando calla, y no habiendo podido ser ya no se esfuerza en ello. Quien se rodea de aquel en quien se reconoce y le envía la misma mueca de siempre. Gracias por estas nociones primeras. Son alentadoras. Y no se ha terminado. El que busca su verdadero rostro, que se tranquilice, pues lo hallará, convulso de inquietud, con los ojos desorbitados. El que quiere haber vivido, mientras vivía, que se tranquilice, pues la vida le dirá cómo: He aquí serios apaciguamientos. Worm, sé Worm, verás que es imposible, qué guante de terciopelo, un poco gastado en las falanges, a fuerza de golpear. Bah, hagamos a ese que no ve más que las estrellas. Y que empiece el apresto de este trabajo, que así se ha vuelto tras de tanto manoseo, blandamente extendido como el primer día. Pero se trata únicamente de una cuestión de voz, debiendo descartarse cualquier otra imagen. Que ella me recorra, al fin, la buena, la última, la de aquel que carece de ella, según propia confesión. ¿Creerán ellos dormirme con sus esclarecimientos de garganta? ¿Qué me puede importar, que triunfe o que fracase? La empresa no es mía. Si quieren que triunfe, fracasaré, el asunto es tenerlos detrás de mí. ¿Hay una sola frase mía en lo que digo? No, yo no tengo voz, no tengo vela en este entierro. Es una de las razones por las que me he confundido con Worm. Pero tampoco tengo razones, ninguna razón, soy como Worm, sin voz ni razón, soy Worm, no, si fuera Worm no lo sabría, no lo diría, no diría nada, esas voces no son mías, ni esos pensamientos, sino de los enemigos que me habitan. Que me hacen decir que no puedo ser Worm, el inexpugnable. Que me hacen decir que lo soy quizá, como lo son ellos. Que me hacen decir que, no pudiendo serlo, lo tengo que ser. Que no habiendo podido ser Mahood, como hubiera podido, tengo que ser Worm, como no podré. Pero, ¿son siempre ellos los que dicen que, no habiendo podido ser Worm, seré Mahood, de oficio, de retrueque? Como si —y un breve silencio— como si hubiera crecido lo bastante para comprender con media palabra ciertas cosas, pero no, necesito explicaciones, para todo, y aun así, no comprendo, de este modo los desalentaré, al fin, con mi estupidez, son ellos quienes lo dicen, para dormirme, para que me crea más estúpido de lo que soy. ¿Son ellos siempre los que dicen que, habiéndome vuelto Worm, contra cuanto pudiera esperarse, seré al fin Mahood, comprobado Worm como Mahood, una vez que se es él? Ah, con sólo que quisieran empezar, que hiciesen de mí lo que quieren, que consigan hacer de mí esta vez lo que quieren, estoy dispuesto a ser cuanto quieran, pues estoy harto de ser materia, materia, manoseada sin cesar en vano. O que renunciando a la guerra me abandonen, en montón, en un montón tal que nunca se da con el bastante loco para querer darle forma. Pero no están de acuerdo, por más que todos sean de la misma opinión, no saben lo que quieren hacer de mí, no saben dónde estoy, ni cómo soy, soy como polvo, quieren hacer un monigote de polvo. He aquí que dejan que se adueñe de ellos el desaliento. Para mecerme, para embaucarme, es para lo que me parece oírme decir, yo al fin, a mí al fin, que sólo pueden ser ellos quienes hablan así, que sólo puedo ser yo quien así hablo. Ah, cómo quisiera descubrirme una voz en este concierto, sería el término de sus esfuerzos, y de los míos. «Ha hablado, cree haber hablado, es de los nuestros, ahora, pronto, callemos todos, todos.» A ello se deben todos esos breves silencios, para que yo los rompa. Creen que no soporto el silencio, que el horror al silencio me obligará un día a romperlo, no importa cómo. Por eso se interrumpen a cada instante, para tratar de reducirme al silencio. Pero no se atreven a permanecer callados mucho tiempo, pues todo se les podría ir a tierra. Es cierto que no me gustan esos agujeros hacia los cuales se inclinan todos, al acecho de un murmullo de hombre. Eso no es el silencio, eso son trampas, en las que nada mejor pido que caer, emitiendo el gritito que puede pasar por humano, como el tití herido, el primero y el último, y desaparecer, seriamente, habiéndolo emitido. En fin, si llegan a hacerme prestar una voz a Worm, en un momento de euforia, quién sabe, tal vez la haga mía, en un momento de confusión. Está la apuesta en juego. Pero ellos no llegarán a ello. ¿Es que pudieron hacer hablar a Mahood? Me parece que no. Creo que Murphy hablaba de tanto en tanto, los demás también quizá, no me acuerdo, pero estaba mal hecho, pues yo veía al ventrílocuo. Noto que eso va a empezar. Deben considerarme lo bastante embrutecido, con sus historias de ser y de existencia. Sí, ahora que olvidé quién es Worm, cómo es, dónde está y qué hace, me voy a poner a serlo. Todo antes que esas frases de patizambo. Pronto, un lugar. Sin acceso, sin salida, un lugar seguro. No como el Edén. Y Worm dentro. No sintiendo nada, no sabiendo nada, no pudiendo nada, no queriendo nada. Hasta el momento en que él escucha ese ruido que ya no cesará. Entonces será el fin, Worm ya no está. Se sabe, pero no se dice, se dice que es el despertar, el principio, de Worm, pues hay que hablar, ahora hay que hablar de Worm, hay que poder hacerlo. Ya no es él, pero hagamos como si lo siguiera siendo, cuya oreja se agita, abandonándolo a la mala suerte, a los medios de conjurarla, con ojo avizor, con la cabeza que se afana. Sí, llamemos a eso Worm, para poder gritar al término del engaño. Pero sigue tratándose de la vida, la vida por todas partes y siempre, de la que habla todo el mundo, la única posible. Ese pobre Worm, que se creía otro, él que no creía nada, y he ahí que parece confundirse con un detenido por vida, o con un demente. ¿O soy yo? Éste es mi primer pensamiento, tras una vida al acecho. De esta pregunta, dejada sin respuesta, saltaré a otras, de orden más personal, más adelante. Acabaré, quizás, antes de llegar al coma, por considerarme vivo, técnicamente hablando. Pero procedamos por orden. Me esforzaré cuanto pueda, como siempre, ya que no me es posible otra cosa. Me dejaré hacer, más cadáver que nunca. Así, recibidas por el oído, o gritadas por el ano, con una bocina, así devolveré las palabras por la boca, en toda su pureza, y en el mismo orden, en la medida que me sea posible. Este infame titubeo, entre la llegada y la partida, ese ligero retraso impuesto a la evacuación, es asunto que considero mío, es cuanto puedo hacer. De un solo golpe la verdad, al fin, sobre mí me destrozará, a reserva siempre de que ellos no se pongan a farfullar de nuevo. Escucho. Basta de aplazamientos. Soy Worm, es decir, que no lo soy ya, puesto que de pronto oigo. Pero esto lo olvidaré, en el calor de la miseria, olvidaré que ya no soy Worm, sino una especie de Toussaint Louverture1, de décima zona, con lo que ellos no dejan de contar. Worm, percibo ese ruido que ya no se detendrá, mientras acuso una cierta diversidad, en lo hondo de una monotonía sin nombre. Al cabo de no sé qué eternidad, no se me ha dicho, tengo la inteligencia lo suficientemente exasperada para saber que es una voz y que, en la naturaleza en la que puedo envanecerme de tener ya un pie, hay ruidos más desagradables, que no tardarán en hacerse oír. Tras esto, ¿cómo explicar que carecía de predisposiciones para la condición humana? Qué camino recorrido después de ese primer infortunio. Cuántos nervios arrancados en vivo al embotamiento, con el terror correspondiente, y con el fuego en el cerebro. Tardó mucho, mucho, en organizarse el desollamiento. Saber que, bah, eso no es nada. Una estupidez. La suerte común. Una diversión. Que no es eterna. De la que es menester apresurarse a gozar. Se me ha hablado de rosas. Acabaré por percibir su olor, que así ocurre con ellas. Acto seguido cargarán el acento en las espinas. Qué prodigiosa diversidad. Éstas, será menester que vengan a clavármelas, como a ese pobre Jesús. No, yo no necesito a nadie, empezarán a brotarme bajo el trasero, ellas solas, un día en que tendré la impresión de flotar por encima de mi condición. Un puñado de espinas, y el aire embalsamado. Pero no anticipemos. Aún dejo que desear, no tengo ningún oficio, ninguno. Mirad, todavía no sé desplazarme, ni localmente en relación a mí, ni globalmente, en relación al excremento. No sé quererlo, lo quiero en vano. Lo que no procede de mí no tiene más que dirigirse a otra parte. Lo mismo en cuanto al entendimiento, no lo tengo aún lo bastante elástico para que pueda funcionar salvo en casos de la máxima urgencia, como al manifestarse un dolor violento por primera vez. Una cuestión de semántica, por ejemplo, susceptible de activar la marcha del tiempo, sería incapaz de concentrarme. Para otros los goces de la especulación impersonal y desinteresada, en la que la duración queda abolida. Yo no pienso, si es que se trata de ese enloquecimiento vertiginoso como de la colmena a la que se ahuma, que rebasa un cierto grado de terror. ¿Quiere esto decir que cada vez estoy menos expuesto a ello, merced a la costumbre? Sería conocer mal la extensión del repertorio en que estoy sumergido y que, según parece, no es nada en comparación con lo que me aguarda, al salir del noviciado. Esas luces, que brillan bajo a lo lejos, y después se empinan, se dilatan y caen sobre mí, cegadoras, para absorberme, no son más que un ejemplo. Por mucho que las conozca, siempre me dan que pensar. Que invariablemente hasta el presente en el último momento, cuando justamente he empezado a encoger, se extingan, humeando y silbando, lo mismo da, se acabó mi flema. Y en mi cabeza, que empiezo a situar bien, allá arriba y un poco a la derecha, las chispas crepitan y caen muertas de las paredes. A veces me digo que también yo estoy en una cabeza, es el temor quien me lo hace decir, y el deseo de hallarme en seguridad, rodeado por todas partes de huesos espesos. Y añado que me equivoco al dejarme asustar por los pensamientos de otro, acuchillando mi cielo con luces inofensivas y asediándome de rumores que nada significan. Pero cada cosa a su tiempo. Y a menudo duerme todo, como cuando yo era verdaderamente Worm, prescindiendo de esa voz que me ha desnaturalizado, que no se detiene nunca, pero que con frecuencia se vuelve confusa y titubeante, como si fuera a abandonarme. Pero es sólo un instante de desfallecimiento, salvo que se quiera así deliberadamente, para enseñarme a esperar. Y es curioso: metido como estoy, en la juvenil abyección a que me condujeron, me parece recordar cómo era cuando era Worm, antes de ser entregado a ellos. Por eso tentado estoy de decir: «Después de todo soy Worm desde luego»; tentado estoy a creer que ha podido llegar adonde yo he llegado. Pero falló. Pero ellos no dejarán de hallar otro medio, menos pueril, para hacerme aceptar, como lo acepto, que no dejo de ser ése que me llaman. O aguardarán, contando con la fatiga, a hostigarme más y más, para hacer que olvide del todo ése al que no se puede convertir en lo que me han convertido, sin hablar de ayer, sin hablar de mañana. Y, sin embargo, me parece recordar, y que no lo olvidaré nunca, como era yo cuando era él, antes de que todo se volviera confuso. Pero esto es imposible, claro está, porque Worm no podía saber cómo era, ni quién era, así es como ellos quieren que razone. Y también me parece, lo que es más deplorable todavía, que podría volver a serlo con sólo que me dejaran en paz. Esta transmisión es, en verdad, excelente. Me pregunto si esto no conducirá a algo. Si pueden parar de hablar para no decir nada, esperando pararse sin más. ¿Nada? Se dice pronto. No soy quién para juzgar. ¿Con qué juzgaría? Sigue tratándose de una provocación. Ellos quieren que me impaciente, que al dejar de pronto de poseerme me precipite en su ayuda. Qué improbable es todo esto. A veces me digo, me dicen, Worm me dice, poco importa quién, que mis proveedores son varios, cuatro o cinco. No hay armonía, sin embargo, sino encabalgamiento. Acaso se trate en realidad del mismo sucio individuo que se entretiene en parecer múltiple, cambiando de registro, de acento, de tono, de estupidez. A menos de que sea realmente así. Un anzuelo oxidado y desnudo, tal vez lo aceptase. Pero todas esas golosinas. Además, también existen prolongados silencios, de tarde en tarde, muy muy tarde, durante los cuales, al no oír ya nada, nada digo ya. Es decir, que al aguzar los oídos oigo murmurar. Pero no es para mí, sino para ellos solos, concertándose de nuevo. No oigo lo que dicen, lo único que sé es que están allí siempre, que no han acabado conmigo. Se ha apartado un poco. Se trata de secretos. O se trata de uno solo, es él, aconsejándose a sí mismo, refunfuñando, mordisqueándose el bigote, poniendo a punto una nueva serie de enormidades. ¡Yo, escuchando a las puertas, cuando se hace el silencio! Ah, ellos me han arreglado. Pero es con la esperanza de que ya no hay nadie. Pero no es ahora el momento de hablar de ello. Bueno. ¿De qué es el momento de hablar? De Worm, al fin. Bueno. Para empezar, hay que remontarse a sus orígenes, y, con miras a continuar, seguirlo pacientemente, por las diversas fases, procurando mostrar su fatal concatenación, que han hecho lo que soy. Después notas día por día, hasta que yo capitule. Y para concluir el pean entonado y danzado por la víctima, a modo de vagido. Eso si es que no hay dificultad. Mahood, no supe morir. Worm, ¿voy a ser obligado a nacer? El problema es el mismo. Pero acaso no se trata de la misma persona, después de todo. El futuro se lo dirá, él tiene buenas espaldas. Pero sigamos remontándonos, después rodaremos. En realidad habría que decirlo a la inversa. Pero si se tuviera que decir todo lo que tendría que decirse. Hacia arriba y hacia abajo, lo mismo da, empiezo por la oreja, es excelente. Antes está la noche de los tiempos. Mientras que después, qué claridad. Héme aquí, en todo caso, detenido en mis orígenes, como tema de conversación se entiende, que es lo único que cuenta. Toda vez que se puede decir. Otro está en ruta, todo marcha bien. Aún tengo para mil años, quizá. No importa. Él está en ruta. Empiezo a conocer los seres. Me pregunto si no podría escabullirme por abajo, una mañana, con el desayuno. No, no puedo moverme, todavía no. Tan pronto en una cabeza, como en un vientre es curioso, o en parte alguna en particular. Quizá se trate del agujero de Botal, cuando todo palpita y forcejea a mi alrededor. Cebos, cebos. Tendré yo un amigo, entre ellos, que sacuda tristemente la cabeza, no diciendo nada o sólo, de tanto en tanto: «Dejemos, dejemos». Se puede ser antes de empezar, es en lo que ellos están. Las raíces han de venir con ello. Esos tiempos que corren, que galopan, son los que dormían, los mismos. Y el silencio contra el cual chillan en vano y que un día se restablecerá, es el mismo que antes. Un poco desollado, se diría, en tránsito. Por supuesto que yo, que estoy en ruta, con las velas llenas de palabras, soy también ese antepasado impensable del que nada puede decirse. Pero de él hablaré quizás, y de los impenetrables tiempos en que era él, cuando ellos se habrán callado, convencidos al fin de que no naceré nunca, a falta de haberme dejado concebir. Sí, hablaré de él quizás, un instante, como en un eco, burlón, antes de reunirme con él, con ése del que no se supo separarme. Por otra parte, ellos flojean ya, eso se nota. Pero es una simulación, para que yerre al llenarme de alegría, como así ocurre entre ellos, y para que, bajo los efectos de la pena, acepte sus condiciones, para tener una paz coja. Pero yo no quiero hacer nada, cosa que a cada momento parecen olvidar. No puedo llenarme de alegría y no puedo apenarme, pues por más que me hayan explicado cómo se hacen tales cosas, y en qué circunstancias, nada entendí. ¿Y qué condiciones? No sé lo que ellos quieren. Lo digo, pero no lo sé. Emito sonidos, mejor cada vez según me parece. Si esto no les basta, nada puedo hacer. Si hablo de una cabeza, a propósito de mí, es que oí hablar de ella. Pero basta de decir siempre lo mismo. Esperan que esto cambiará un día, es normal. Que un día él me hará crecer en la tráquea o en otro lugar cualquiera de la trayectoria un lindo abceso con una idea dentro, punto de partida de una infección generalizada. Lo que me permitirá regocijarme como otro cualquiera, con conocimiento de causa. Y pronto no seré más que una red de fístulas acarreando el pus bienhechor de la razón. Ah, si fuera de carne, como de buen grado desean creer, no digo, quizá no sería tan estúpido como eso, su pequeña idea. Dicen que tengo daño, a imagen de la verdadera carne pensante, pero nada siento. Mahood, yo sentía un poco, por momentos, pero, ¿en qué les ha hecho avanzar tal cosa? No, harían mejor en buscar otra. Sentía la argolla, las moscas, el serrín bajo mis muñones, la lona encima de mi cráneo, en el momento en que de ellos se me informaba. Pero, ¿es esto una vida, eso, que se disipa en cuanto se pasa a otro asunto? No veo por qué no. Pero ellos debieron considerar que no. Son demasiado difíciles, piden demasiado. Quieren que me duela la nuca, prueba irrefutable de animación, mientras oigo hablar del cielo. Me quieren sabio, sabiendo que me duele la nuca, que las moscas me devoran y que el cielo no lo puede hacer cambiar. No cesan de flagelarme, sin parar, cada vez más fuerte, y acabaré por tener aspecto de saber a qué atenerme. Incluso podrían descansar de tanto en tanto sin que yo pare de gritar. Pues me habrían prevenido, antes de empezar. Hay que gritar, oyes, si no eso no prueba nada. Y al final, deshechos de fatiga, o no pudiendo más de vejez, y al cesar mis gritos por falta de alimento, podrían declararme muerto, con todas las apariencias de veracidad. Y yo no necesitaría moverme para merecer que digan, dándose golpecitos el uno al otro, como para hacer caer el polvo, con sus viejas manos secas y cansadas: «No se moverá más». Sería demasiado sencillo. Hace falta el cielo y no sé qué más aún, luces, luminarias, la esperanza trimestral, el juego de las consolaciones. Pero cerremos este paréntesis, para poder declarar, con buen ánimo, abierto el siguiente. El ruido. ¿Cuánto tiempo fui pura oreja? Respuesta: hasta el momento en que ya no podía seguir siendo así, por ser demasiado hermoso, en relación con lo que sigue. Esos millones de sonidos diversos, siempre los mismos, repitiéndose sin cesar, es lo único que se necesita para que se os forme una cabeza, al principio un botón, antes de volverse enorme, silencioso, y después impedimenta, cuando le toque el turno a los ojos, y peor que el mal, célula del mal. Pero aquí conviene seguir sin detenerse. Poco importa el dispositivo, toda vez que llego a decir, antes de perder el oído: «Es una voz y me habla». Es cuestión de preguntar, envalentonado, si no se trata de la mía. Se ha de convenir, poco importa cómo, que carezco de ella. Pasar del frío al calor, oscuramente, de lo helado a lo hirviente, de efectos similares. Es una partida, él partió, ellos no me ven, pero me oyen, jadeando, fijo aquí, no saben que estoy fijo. Él sabe que se trata de palabras, no sabe si son las suyas, así empieza esto, nadie se detuvo nunca en tan buena vía, un día se los hará suyos, creyéndose solo, lejos de todos, fuera del alcance de cualquier voz, y llegará un día en que ellos le hablen. Sí, sé que son palabras, hubo un tiempo en que lo ignoraba, como sigo ignorando que se trata de las mías. Pueden, pues, esperar. De ser ellos me bastaría saber lo que sé, no quisiera saber nada más que lo que oigo, que no es el ruido inocente y forzado de las cosas mudas en su necesidad de persistir, sino el aterrorizado parloteo de los condenados al silencio. Tendré compasión, me daré por descargado, no me obstinaré en hacerme parecer mi propio verdugo. Pero ellos son severos, glotones, tanto, si no más, que cuando yo hacía de Mahood. ¡Esto antes que ceder a sus exigencias! Es que no he dicho nada todavía. Captado por el oído, eso me sale en seguida por la boca, o por el otro oído, que también es una posibilidad. Es inútil multiplicar las ocasiones de error. Dos agujeros y yo en medio, ligeramente taponado. O uno solo, de entrada y de salida, donde se atropellan las palabras, como hormigas, apresuradas, indiferentes, no trayendo nada, no llevándose nada, demasiado débiles para socavar. No volveré a decir yo, nunca más lo diré, es demasiado estúpido. Lo sustituiré, cada vez que lo oiga, por la tercera persona, si pienso en ello. Si es que esto les divierte. Nada cambiará. No hay más que yo, yo que no estoy allí, donde estoy. Y de uno. Palabras, dice que sabe que son palabras. Pero, ¿cómo puede saberlo, él que nunca escuchó otra cosa? Esto está claro. Pero, ¿y esas luces que se apagan silbando? Es cierto. Y con ello otra cosa, muchas otras cosas, a las cuales la abundancia de materias desgraciadamente vedó hasta ahora la menor alusión. Héte aquí que respira, ya no le queda más que ahogarse. El pecho se hincha, se hunde, el trabajo de desgaste va por buen camino, lo siniestro se extiende de arriba abajo, pronto tendrá piernas, la posibilidad de arrastrarse. Es falso, no respira aún, no respirará nunca. Entonces, ¿qué ruidito es ese, socarronamente agitado, que recuerda el soplo vital, a quienes por él están consumidos? Es un mal ejemplo. ¿Y esas luces que silban al extinguirse? Más bien se trata de una carcajada que se extingue, ante el espectáculo de su pavor, de su decepción. Que esté inundado de claridad, y después sumido de nuevo en lo oscuro, se le debe antojar de una gracia irresistible. Pero desde el tiempo que hace que están allí, todo alrededor, pudieron abrir un agujero, en el tabique, un agujerito, por el que mirar, por turno. Y esas luces, quizá son las que ellos proyectan sobre él, de tanto en tanto, para poder ver los progresos que realiza. Pero este asunto de las luces merece ser tratado aparte, tan curioso es, y habrá de hacerse detenidamente, con la cabeza descansada, y lo estará, en la primera ocasión, cuando ya no corra prisa, cuando se haya serenado la cabeza. Resolución veintitrés. ¿Qué sacar en conclusión? ¿Que el único ruido que haya tenido Worm es de bocas, palabras, eructos, risas, succiones, saliveos y gorgoteos diversos? Ciertamente. Sin olvidar el quejido del aire doblándose bajo la carga. Se instruye, es lo esencial. Cuando más adelante rugirá en la tierra la tempestad cubriendo momentáneamente la libre expresión de las opiniones, sabrá de donde regresa, que no es el fin del mundo. No, allí donde no puede instruirse, la cabeza no puede funcionar, no sabe más que el primer día, no hace más que oír y sufrir, sin comprender, eso debe ser posible. Le ha salido una cabeza, después la oreja, para que rabie mejor, eso debe de ser. La cabeza está allí, pegada a la oreja, llena tan sólo de rabia, es cuanto importa, de momento. Es un transformador, en el que el ruido se vuelve furia y temor, sin la ayuda de la razón. Es cuanto se necesita, de momento. Más adelante, cuando hayamos salido de ahí, nos ocuparemos de las circunvoluciones. ¿Por qué la voz humana, en tales condiciones? ¿Mejor ella que aullidos de hiena o martillazos? Respuesta: para que no tenga demasiado miedo, cuando vea retorcerse verdaderos labios. Tienen respuesta para todo, están entre ellos. Y, además, les gusta hablar, saben que es la peor de las burlas, para el que no se halla prevenido. Son numerosos, en derredor, tal vez asidos de las manos, cadena sin fin, asidos los eslabones, hablando por turno. Dan giros, por sacudidas, lo que hace que la palabra venga siempre del mismo lado. Pero a menudo todos hablan al mismo tiempo, todos dicen al mismo tiempo precisamente lo mismo, pero tan perfectamente conjuntados que se diría que es una sola voz, una sola boca, si no se supiera que sólo Dios puede estar al mismo tiempo en todas partes. Se diría, pero no Worm, que no dice nada, no sabe nada, aún. También por turno utilizan la mirilla, los que quieren. Mientras uno habla, otro mira, sin duda aquel que debe hablar a continuación y cuyas observaciones no es forzoso que, dado el caso, dejen de estar relacionadas con lo que haya visto, dado el caso, es decir, si lo que haya visto le interesó hasta el punto de parecerle digno de mención, aunque ésta sea oblicua. Pero, ¿qué es lo que esperan, haciendo eso, desde que lo hacen? Pues es difícil no creerlos animados de una esperanza cualquiera. ¿Y cuál es la naturaleza del cambio cuyos progresos acechan, pegando un ojo al agujero y cerrando el otro? No actúan así con miras pedagógicas, desde luego. No se trata de enseñarle algo, de momento. Esta lengua de catequista, meliflua y biliosa, es la única que saben hablar. Cuanto, por el instante, piden es que se vaya, que trate de irse, lejos de ese ruido lacinante. Adondequiera que se vaya, estando en el centro, irá hacia ellos. Se encuentra, pues, en el centro, he aquí al fin un indicio del más alto interés, poco importa de qué. Ellos miran, para ver si se ha movido. No es más que un montón informe, sin rostro, capaz de reflejar la historia de un tormento, pero cuyo aderezo, más o menos de amontonado, de agazapado, es, sin duda, expresivo, para especialistas, y les permite calcular las posibilidades de verlo pronto saltar, o partir insensiblemente, desangrándose, como un herido de muerte. En el montón, un ojo huraño, caballuno, abierto siempre; ellos necesitan un ojo, le ven un ojo. Adondequiera que vaya irá hacia ellos, hacia el estribillo que entonarán, sabiéndolo en marcha, o hacia ellos que se callarán, sabiéndolo en marcha, o hacia la voz que se hará más suave, como si se alejara, para que crea haber obrado bien, al ponerse en marcha, o hacia la voz que se hará más suave, como si se alejara, para que él no se detenga, en tan buena vía, para que crea alejarse de ellos, pero no lo bastante todavía, mientras se acerca, cada vez más. No, él no puede creer nada, ni juzgar nada, pero las especies de carnes que posee actuarán por él, intentarán encaminarse adonde parece estar la paz, se dejarán caer cuando no sufran ya, o cuando sufran menos, o cuando no puedan más. Entonces volverá la voz, débil al principio, pero menos cada vez, procedente de allí hacia donde ellos quieren que se aleje, para que se crea perseguido y reemprenda su camino, hacia ellos. Así lo conducirán hasta el tabique, y hasta el punto preciso de éste en que se hicieron agujeros, para pasar los brazos y apoderarse de él. Qué físico es todo esto. Llegado allí, no pudiendo ir más lejos, a causa del obstáculo, y no pudiendo más sin más, y no necesitando ir más lejos, de momento, a causa del gran silencio que se habrá producido, él se dejará caer, suponiendo que estuviera de pie, pero incluso un reptil se puede dejar caer, tras una prolongada huida, que tal puede decirse, sin impropiedad. Se dejará caer, será su primer rincón, su primera experiencia de sostén vertical, de abrigo vertical, en apoyo de los del suelo. Algo debe representar, en tanto llega al adormecimiento, sentir un apoyo, sentir un escudo, no ya por una sola de sus seis caras, sino por dos, por primera vez, no sentirse expuesto ya más que por sólo cuatro lados, esperando adormecerse. Pero esta alegría Worm no la conocerá más que oscuramente, siendo como es menos que un animal, antes de volver a ser lo que era, o poco menos, antes del comienzo de la prehistoria. Entonces lo agarrarán y se lo llevarán con ellos. Pues si pudieron hacer un agujerito para el ojo, y después otros mayores para los brazos, podrán hacer uno mayor todavía para pasar por él a Worm, que no debe de ser muy grande, de la oscuridad a la luz. Pero a qué hablar de lo que hagan cuando Worm se ponga en marcha, para, infaliblemente, llevárselo con ellos, puesto que él no puede ponerse en marcha, pese a desearlo a menudo, si es que al hablar de él se puede hablar de deseo, y no se puede, no se debería, pero así es como se tiene que hablar de él, como se le tiene que hablar, como si estuviera en vida, como si pudiera comprender, aun cuando esto no sirva para nada, y para nada sirve. Y es una suerte para él que no pueda moverse, aunque sufra, pues sería firmar su sentencia de vida moverse de donde está, en busca de un poco de calma, de un poco del silencio de antes. Pero quizá se moverá un día, el día en que el ligero esfuerzo de los primeros tiempos, infinitamente débil, se habrá convertido, a fuerza de renovarse, en un gran esfuerzo, lo bastante fuerte para arrancarlo de allí. O tal vez lo soltarán un día, soltándose la mano, taponando los agujeros y dirigiéndose, en fila india, hacia ocupaciones más fructíferas. Pues es menester que esto se decida, que se incline la balanza de un lado o del otro. No, no se puede pasar así la vida, sin poder vivir, sin poder hacer vivir, y morir inútilmente, no habiendo sido ni hecho nada. Es curioso que no vayan a buscarlo a su sitio, puesto que parecen tener acceso a él. No se atreven. El aire en el fondo del cual yace no se hizo para ellos, pero quieren que él respire el de ellos. Quizá soltando allí un perro, con la misión de conducirlo a ellos. Pero un perro tampoco viviría allí ni un segundo. Quizá por medio de un palo largo, con un gancho en la punta. Es que el recinto es vasto, y mira, está lejos de ellos, demasiado lejos para que se pueda llegar hasta él, ni siquiera con un escobón. Esa mancha minúscula, sola en medio del abismo, es él. Ahí está ahora en un abismo. Se habrá intentado todo. Dicen que lo ven, es una mancha lo que ven, y dicen que es él. Tal vez lo sea. Dicen que él les oye, pero no saben nada, los oye quizá, sí él oye, es la única certidumbre, Worm oye, y con todo, no es esa la palabra, pero puede pasar, debe pasar. Ellos lo dominan, pues, según las últimas noticias, será menester que él trepe, para llegar hasta ellos. Bah, eso cambiará todavía. Las pendientes que se reúnen en él son suaves, se aplanan bajo él, no es una reunión, no es un abismo, no se ha arrastrado, un poco más y se encontrará posado en una eminencia. Ellos no saben ya qué decir, para poder creer en él, ni qué inventar, para asegurarse, no ven nada, ven algo gris, como humo inmóvil, uniforme, donde él podría hallarse, si es necesario que esté en algún sitio, donde juraron que se hallaba, adonde lanzan sus voces, una tras otra, en espera de desalojarlo, de oírlo mover, de verlo aparecer, al alcance de sus bicheros, de sus garras, de sus ganchos, de sus garfios, salvado al fin, cobrado al fin. Y después basta de ellos, terminó su papel, no, todavía no, hay que conservarlos, todavía servirán, dejémoslos ahí, girando alrededor, lanzando sus gritos, a través del agujero, pues también debe de haber un agujero para los gritos. ¿De seguro que es a ellos a los que oye? ¿Se tiene realmente necesidad de ellos para que él pueda oír, de ellos y de fantoches análogos? Basta de concesiones al espíritu de geometría. Oye, un punto es todo, él que está solo, y mudo, perdido en la humareda, no se trata de humo de verdad, pues no hay fuego, pero nada importa, curioso infierno, sin caldear, sin nadie, quizá sea el paraíso, quizá sea la luz del paraíso, y la soledad, y esa voz la de los bienaventurados que interceden, invisibles, por los vivos y por los muertos, todo es posible. No es la tierra, y esto es lo único que cuenta, no puede ser la tierra, no puede ser un agujero en la tierra, habitado sólo por Worm, o por otros si se quiere, tendidos como él, no lejos de él, mudos, inquebrantables, ni esta voz es la de quienes lloran, desean, llaman, olvidan, lo que explicaría su incoherencia, todo es posible. Sí, lo mismo da, él sabe que es una voz, no se sabe cómo, no se sabe nada, él no comprende nada en ella, comprende un poco, casi nada, es incomprensible, pero lo necesita, vale más que comprenda un poco, casi nada, como un perro al que se le echan siempre las mismas basuras, las mismas órdenes, las mismas amenazas, las mismas lagoterías. Esto queda zanjado. Se podrá concluir. Pero ese ojo, dejémoslo también ese ojo, es para ver, ese gran ojo huraño negro y blanco, húmedo, es para llorar, para que a ello se habitúe, antes de llegar a Killarney. ¿Qué hace con él? No hace nada, lo mantiene abierto, el ojo permanece abierto, es un ojo sin párpados, no se necesitan párpados aquí, donde no pasa nada, o pasa tan poco, podría prescindir de ellos, de los infrecuentes espectáculos, si pudiera parpadear, si pudiera cerrarlo, pero ya sabemos cómo es, no volvería a abrirlo. Las lágrimas manan de él casi sin cesar, no se sabe por qué, no se sabe nada, si es de rabia, si es de pena, es así, quizá sea la voz la que lo hace llorar, de rabia, o de otra pasión cualquiera, o de tener que ver, de tanto en tanto, alguna cosa, quizá sea eso, quizá llora para no ver, aunque parece difícil atribuirle una iniciativa tan enérgica. Se humaniza, el tipo, saldrá perdiendo, si no abre el ojo, si no presta atención, y con qué prestaría atención, con qué se formaría siquiera una pálida idea de la condición en que ellos lo van a poner, con sus orejas, sus ojos, sus lágrimas y una especie de cráneo en el que todo puede ocurrir. Su fuerza, su única fuerza consiste en no comprender nada, en no poder prestar atención, en no comprender qué quieren, en no saber que están allí, en no sentir nada, ah, pero cuidado, él siente, sufre, el ruido le hace sufrir, y lo sabe, sabe que es una voz, y comprende algunas expresiones, algunas entonaciones, todo eso es malo, malo, aunque no tanto, son ellos quienes lo dicen, pero no saben nada, lo dicen porque lo desean, quizás él no sepa nada, quizá no sufre por nada, y ese ojo sea una fantasía más. Oye, es cierto, siguen siendo ellos quienes lo dicen, pero se ha de aceptar así, vale más aceptarlo. Worm oye, es cuanto puede afirmarse, mientras que hubo un tiempo en que no oía, ellos dicen que es el mismo, ha cambiado, pues, es grave, grávido, no importa hasta dónde pueda ir, confiemos en él. El ojo también, por supuesto, es para hacerlo huir, para que se asuste, lo bastante para que rompa sus lazos, ellos le llaman a eso lazos, quieren librarle de ellos, hay que ver lo que hay que oír, quizá sean lágrimas de hilaridad. En fin, lleguemos hasta el fin, casi debemos estar, veamos qué tienen para ofrecerle en cuestión de espantajos. ¿Quiénes? No habléis todos a la par, que eso tampoco sirve para nada. Todo se resolverá, ya avanzada la noche, cuando ya no habrá nadie y volverá a caer el silencio. Es inútil discutir, de aquí allá acerca de los pronombres y de otras partes de la charlatanería. Poco importa el tema, no lo hay. Estando Worm en singular, de tal modo se presentó, ellos están en plural, para evitar la confusión, pues hay que evitar la confusión, en espera de que todo se confunda. Quizá no sean más que uno solo, uno solo también valdría para el caso, pero podría confundirse con su víctima, lo que sería abominable, una verdadera masturbación. Esto avanza, esto avanza. En cuanto espectáculo, parece flojo. Pero puede saberse, sin estar, sin vivir, ellos llaman a eso vivir, la chispa está, para ellos, no tiene más que brotar, con sólo predicar encima, acabará en antorcha viva, alaridos comprendidos. Entonces podrán callarse, sin tener que temerle a un silencio molesto, de muerte según se dice, por donde pasan los ángeles, una verdadera tortura. Decididamente al ojo le cuesta ceder. Los ruidos son algo que corre, atraviesa las murallas, pero, ¿se puede decir lo mismo de las apariencias? Desde luego no, en general. Pero el caso es más bien particular. En cuanto a cuáles son, se ha de intentar saber de qué se trata, salvo engañarse. Este gris primero, considerado deprimente sin duda. Sin embargo, tiene amarillo dentro, también se diría que rosado, es un bello gris de esos de los que se dice que van bien con todo, orinado y caliente. Se ve, el ojo lo prueba, pero no del todo, sin precisiones superfluas, condenadas a ser desmentidas. Un hombre se preguntaría dónde acaba su reino, su ojo se esforzaría en sondear las tinieblas, daría lo que fuera por tener una piedra, un brazo y dedos que sepan asir y soltar, en el momento oportuno, una piedra, muchas piedras, o para poder gritar y, mientras cuenta los minutos, esperar que su grito vuelva, y él de cierto sufriría por no tener ni voz ni otro missile, ni miembros que le obedezcan, doblándose y estirándose a la voz de mando, y quizá lamentara ser hombre en tales condiciones, es decir, una cabeza abandonada a sus únicos viejos recursos. Pero Worm sufre únicamente por el ruido que le impide ser como era antes, pequeña diferencia. Si es que es el mismo, y ellos lo sostienen. Y si no lo es, no importa, sufre como sufrió siempre, por el ruido que no impide nada, lo que debe ser hacedero. Ese gris en cualquier caso no debe añadir gran cosa a su esfuerzo, para ello el
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