El innombrable Samuel Beckett






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títuloEl innombrable Samuel Beckett
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De nobis ipsis silemus, decididamente ésta hubiera debido ser mi divisa. Pues sí, ellos me dieron asimismo lecciones de latín de pocilga, esto hace bien, hundido en el perjurio. Obsérvese que sólo la nieve, y aun así es menester que sea violenta, me da derecho a la lona. Ninguna otra forma de intemperie despierta en ella el instinto maternal, a mi favor. He intentado hacerle comprender, golpeándome la cabeza con furia contra las paredes del gollete, en el instante en que ella, habiendo disminuido la nieve, me descubrió, que preferiría ser ocultado más a menudo. Al propio tiempo, en señal de descontento, echaba baba. Ella nada comprendió. Me pregunto qué explicación consiguió hallar a ese modo de comportarse. Debió de hablarle a su marido, probablemente para tener que oír que simplemente estuve apunto de ahogarme, mientras que es justamente lo contrario lo que ella hubiera debido oírse decir. Los dos procedimos con torpeza, seamos justos, yo por hacer las señales, y ella por interpretarlas. Esta historia no sirve para nada, casi estoy a punto de creerla. Pero veamos cómo se considera que ha de acabar, esto me volverá a poner las ideas en su sitio. Lo fastidioso es que esa continuación la he olvidado. ¿Pero es que la supe alguna vez? Me pregunto si mi historia no concluye ahí, si Mahood no la detuvo ahí, diciéndome, quién sabe: «He aquí hasta donde has llegado, ya no necesitas de mí». A decir verdad, ellos se han inclinado siempre a este proceder, deteniéndose bruscamente, a la menor señal de aquiescencia por mi parte, dejándome en suspenso, sin otra fuente de renovación que la vida que me imputaron. Y sólo al ver que no soy capaz de desenvolverme reemprenden el hilo de mis infortunios, juzgándome insuficientemente vitalizado todavía para poder conducirlos a buen puerto yo solo. Pero en vez de hallar el punto justo creí observarlo varias veces, y reemprenderme en el lugar en que me depositaron, me toman lejos de allí, y bajo un aspecto muy diferente, con la esperanza quizá de hacerme presumir que me había encargado del intervalo completamente solo, que había vivido sin ninguna clase de ayudas, durante un buen rato, sin saber cómo ni recordar en qué circunstancias, o que estaba muerto, completamente solo, y vuelto a la tierra, por vía vaginal como un verdadero bebé, y llegado a la edad madura y hasta a la senilidad, sin la menor asistencia por su parte y merced únicamente a las indicaciones que me suministraron. Hacerme endosar una vida de hombre no basta, sin duda, es menester que yo ensaye varias generaciones. Pero esto no es seguro. Cuanto ellos me contaron, sin duda se refiere a una existencia única, pues la confusión de identidades no es más que aparente, debido a mi poca aptitud para llevarlas. Cuando llegue a morir por mis propios medios, entonces se hallarán en mejores condiciones de juzgar si me merezco ilustrar otra época, o rehacer la presente, con más avisado espíritu. También me está permitido suponer que el monopiernista manco de hace un instante y el tronco con cabeza de pez en el que estoy actualmente en avería no constituyen ni más ni menos que dos aspectos de una sola y la misma envoltura carnal, toda vez que el alma está ostensiblemente a cubierto de ablaciones y deterioros. Habiendo perdido ya una pierna, es muy posible, en efecto, que pueda perder la otra. Y lo mismo ocurre con los brazos. Transición fácil, en suma. Pero, ¿qué decir de esa otra vejez que me han otorgado, si es que tengo buena memoria, y de esta otra madurez a las cuales no les faltaban ni brazos ni piernas, sino tan sólo la facultad de sacar partido de ellos? ¿Y en cuanto a esa especie de juventud en la que debieron de dejarme por muerto? No estoy en sus pequeños papeles. Sin duda hicieron cuanto estaba en su mano para serme agradables, para sacarme de aquí, con un pretexto cualquiera, en un empleo cualquiera. Lo único que les reprocho es que insistieran. Pues más allá de ellos está quien no me dará por cumplido hasta que ellos no me hayan abandonado, por inutilizable, y me hayan devuelto a mí. Entonces podré, al fin, emplearme en decir dónde estuve y qué fui durante todo ese tiempo perdido. Pero, ¿quién es el que espera eso de mí, si lo adiviné correctamente? ¿Y quiénes son esos otros, de propósitos tan diferentes? Y es hacer el juego plantear estas cuestiones. Sin embargo, ¿es que me las planteaba, en mi recipiente? ¿Es que en la plaza, a menudo de pie todavía y caminando, me interrogaba a mí mismo? Yo disminuía. Disminuyo. Antes, metiendo la cabeza entre los hombros, como reprendido, podía desaparecer. Pronto, al paso con que disminuyo, no tendré ya que darme este trabajo. Y en cuanto a los ojos, no tendré que esforzarme en cerrarlos, para no ver más la luz, pues el recipiente los obtura, a algunas pulgadas. Y no tengo más que dejar ir la frente contra la pared para que la luz llegada de arriba, que por las noches es la de la luna, no se refleje tampoco en esos lindos espejitos azules en los cuales me he mirado a veces, para darles gusto. Error, error, este trabajo y este mal los tendré siempre. Pues la mujer, observando con disgusto que me hundía cada vez más, me hizo subir llenando el fondo de mi vasija con serrín, que cambia todas las semanas, cuando me asea. Es menos duro que la arenisca, pero más sano. Y yo me había acostumbrado a la arenisca. Ahora me acostumbro al serrín. Es una ocupación como otra cualquiera. Nunca pude soportar la inactividad, en la que se debilitan las fuerzas humanas. Y los ojos los cierro y los vuelvo a abrir, los vuelvo a cerrar y los vuelvo a abrir, como en el pasado. Y la cabeza, la meto y la saco, la meto y la saco, como antaño. Y sobre todo al amanecer suelo meterla a menudo, después de haberla dejado fuera toda la noche, y lo hago así con la intención deliberada de plantarle cara a la mujer e inducirla a error. Pues su primera mirada, tras de alzar la cortina, con tanto estrépito, su primera mirada, húmeda todavía de sueño y de lujuria, es para mí. Al no verme, se asusta y se precipita. Pues sólo puede haber sucedido una de estas dos cosas: o me escapé durante la noche, o he vuelto a reducirme. Pero antes de que tenga tiempo de llegar hasta mí, levanto rápidamente la cabeza, como un diablo de resorte, con los ojos desorbitados y fijos en ella. Pues también sé agrandar los ojos, sé cerrarlos y abrirlos y sé agrandarlos o empequeñecerlos, según me dé. Y si me resulta imposible girar la cabeza, a consecuencia de una precoz rigidez del cuello, esto no quiere decir que me encuentre fijo siempre en el mismo sentido. Pues a fuerza de agitarme, llego a hacerle dar a mi tronco el grado de revolución que quiero, y esto lo mismo en un sentido que en el otro. Este jueguecito, que hubiera juzgado inocente, me costó caro, a mí, que me consideraba insolvente. Cierto es que uno no conoce bien sus riquezas, hasta que las pierde. Y sin duda me quedan otras todavía, que no aguardan más que al ladrón para que se me hagan sensibles. Y hoy, si aún sigo pudiendo abrir y cerrar los ojos, ya no me es posible, por culpa de mi carácter inquieto, meter y sacar la cabeza, como en los buenos tiempos de antes. Pues un collar, sujeto a los rebordes de la vasija, me aprieta ahora el cuello, por debajo del mentón. Y mi boca, oculta antes, a la que a menudo apretaba contra el frescor de la piedra, ahora puede verla todo el mundo. Pero también hay que decir que este cambio no deja de suavizarse con ciertas ventajas, de las que no gozaba antes, entre ellas la de poder atrapar moscas. Las cazo con la boca, ¡vrrac! ¿Quiere esto decir que todavía conservo los dientes? ¡Haber perdido los miembros y conservar los dientes, qué escarnio! Pero tal cosa me extrañaría. Moscas. Quizá no sean muy alimenticias, ni de sabor muy agradable, pero no es ésa la cuestión, sino otra muy diferente, que nada tiene que ver ni con lo útil ni con lo agradable. También atrapo mariposas nocturnas, atraídas por los farolillos, aunque más difícilmente. Pero no estoy más que en el comienzo, en este nuevo ejercicio, y disto mucho de haber llegado al máximo de mis posibilidades. Ahora, para volver al aspecto sombrío del asunto, diré que este collar, o arandela, de cemento, me estorba mucho, para girar. Lo aprovecho para aprender a estarme quieto. A esta argolla le deberé la dicha de tener siempre ante los ojos, al abrirlos, la misma serie de alucinaciones exactamente, bien es verdad que aproximadas en muchas cosas. En el fondo, sólo hay una cosa que me inquieta, y es la perspectiva de ahorcarme, si llegara a reducirme más. ¡La asfixia! Yo, que siempre fui de tipo respiratorio. Prueba de ello, esta caja torácica que me ha quedado, junto con el abdomen. Yo, que murmuraba, cuando pensaba en ello, con cada inhalación: «He aquí el oxígeno que penetra», y, al expirar, «he aquí las suciedades que se van y la sangre que se vuelve roja». El tinte azul. La obscena protrusión de la lengua. La tumefacción del pene. Qué lástima que ya no tenga brazos, pues algo podría haberse sacado de eso. No, mejor es así. A mi edad, volver a masturbarme, sería indecente. Y, además, no daría nada. Aunque, después de todo, ¿qué sé yo? A fuerza de tracciones con buen ritmo, pensando con todas mis fuerzas en el culo de un caballo, en el instante en que se alza la cola, quién sabe, acaso llegara a cualquier cosita. ¡Cielos, se diría que se mueve! ¿Quiere decirse que no me han cortado? Sin embargo, estaba convencido de que me cortaron. Quizá me confundo, con otras bolsas. Por lo demás, eso ha dejado de moverse. Voy a concentrarme de nuevo. Un percherón. Vamos, vamos, un buen movimiento, veamos, basta de morir, sería lo último, después del trabajo que se tomaron para hacerte vivir. Lo principal está hecho. Bastante te asesinaron, bastante te suicidaron, para que puedas arreglártelas tú solo, como un viejo solterón. Eso es lo que yo me digo. Y añado, sin poder parar: «Abandona esta inercia inmortal, es inadmisible en este medio. Ellos no pueden hacerlo todo. Te pusieron en el buen camino, te dieron la mano hasta el borde del precipicio, ahora te toca a ti, dando el último paso sin ayudas, mostrarles tu reconocimiento». Me gusta este lenguaje lleno de color, estos apostrofes de imágenes tan francas. Es a un paralítico al que arrastraron por entre los esplendores de la naturaleza, y ahora que ya no queda nada que admirar, es menester que salte, para que se pueda decir: «He ahí a otro que vivió». No tienen aspecto de imaginarse que estuve nunca ahí, que estos ojos desencajados, esta boca abierta y la baba en las comisuras de los labios no le deben nada al Golfo de Nápoles, ni a Aubervillers. ¡El último paso! ¿Con qué? Yo, que nunca supe dar el primero. Pero quizá se darían ellos por contentos si aguardase simplemente a que me impulsara el viento. Es lo que prefiero, va conmigo. Pero son ellos los primeros en impacientarse. Es que no hay viento que aguante, sería menester que el acantilado se desplomase. Aún, si me hallara vivo en el interior, cabría esperar un ataque al corazón, o un buen infarto. En general, me rematan con palos, para demostrarse, así como a los comanditarios y a los espectadores, que tuve un comienzo, y una continuación. Después, plantándome el pie en el pecho, donde nada cambió, dicen a los mirones: «Ah, si lo hubierais visto hace cincuenta años, ¡qué dinámico, qué don de gentes!». Todo y sabiendo que todo se ha de volver a empezar. Pero acaso exagere la necesidad que tengo de ellos. Me acuso de inercia, y, sin embargo, me muevo, me movía al menos, ¿habré perdido la oportunidad? Veamos la cabeza. Se diría que algo se mueve en ella, de tanto en tanto. No hay, pues, que desesperar de una congestión cerebral. ¿Todavía más? Los órganos de digestión y de evacuación, aunque perezosos, se agitan de vez en cuando, como lo prueban los cuidados de que soy objeto. Es alentador. Mientras hay vida hay esperanza. De las moscas, en cuanto agentes externos, no hablo más que de memoria. Podrían traerme el tifus. No, eso serían las ratas. He visto algunas, pero tienen a otros gatos a los que fastidiar. ¿Una pequeña tenia? No es interesante. Como quiera que sea, veo que me desalenté demasiado a la ligera. Quizá tengo algo con que darles satisfacción. Pero ya empiezo a dejar de estar en esa calle de desastre que tan bien me hicieron ver: Podría describirla, habría podido hacerlo, hace un instante, como si hubiera estado en ella, tal como ellos me desearon, ciertamente disminuido, no teniendo ya para mucho tiempo, pero con los ojos todavía dispuestos a dejarse impresionar, y una oreja, bastante, y la cabeza bastante obediente, para darme al menos una vaga idea de lo que habría sido menester quitar a cuanto me rodea para que se produjesen el vacío y el silencio. Este lugar donde se alza mi vasija, sobre un plinto, con su guirnalda de farolillos multicolores, y yo dentro, no lo volveré a ver, pues no supe agarrarme a él. Ellos, quizá para variar, harán que me fulmine un rayo, o la maza, una noche de fiesta, y después me envolverán, de prisa, ni visto ni oído, en el sudario, prueba de que sudé. O me harán quitar vivo, separar de allí, para variar, y depositarme en otro sitio, al azar. Y en mi próxima salida, si alguna vez vuelvo a salir, todo será nuevo, todo lo encontraré extraño. Pero poco a poco me acostumbraré, con su ayuda, al lugar, a mí, y poco a poco reaparecerá el viejo problema de cómo vivir, un solo segundo, joven o viejo, sin ayuda, sin guía, la vida que les pertenece. Y como esto me recuerda otras tentativas, en otras condiciones, me plantearé, ayudándome, soplándome ellos, otras cuestiones, como las que acabo de plantearme, acerca de mí, acerca de ellos, acerca de estos saltos de tiempo, de estos cambios de edad, y los medios que poner en práctica para triunfar al fin, allí donde siempre fracasé, con miras a que estén contentos y a que al fin quizá me dejen tranquilo, y en libertad de emplearme a mi modo, tratando de contentar al otro, si es que ese es precisamente mi modo, para que esté contento, y me deje tranquilo, y me conceda libertad, y el derecho al reposo, y al silencio, si tal cosa depende de él. Es mucho esperar de una sola criatura, mucho exigir, tener que empezar por hacer como si ella no existiera, y después como si existiera, antes de tener derecho al reposo allí donde ni está ni deja de estar, y donde se calla la lengua que obliga a tales expresiones. Dos mentiras, dos despojos que llevar hasta el fin, antes de ser tirado, solo, en lo impensable indecible, donde no he dejado de estar, donde ellos no me dejan estar. Eso quizá sea menos reposante de lo que no tengo aspecto de creer, estar solo al fin, sin importunos. Esto no importa, reposo es una palabra de ellos, pensar también. Pero he aquí lo que, según creo, debiera hacerme hablar sin sentido. Sería doloroso caer sobre algo nuevo, sin darme cuenta, que se encendiera otra luz, sin yo advertirlo. Sí, noto que es el momento de mirar atrás, si es que puedo, y de calcular dónde me encuentro, si quiero avanzar. Con solo que supiera lo que he dicho... Bah, estoy tranquilo, no ha podido ocurrir más que una cosa, la misma siempre. No soy de esos que se aventuran a cambiar de estribillo. No tengo más que seguir, como si hubiera algo que hacer, algo empezado, alguna parte adonde ir. Todo se reduce a una cuestión de palabras, no hay que olvidarlo, no lo he olvidado. Tuve que decirlo, puesto que lo digo. Tengo que hablar de cierto modo, con calor quizá, todo es posible, ante todo del que no soy, como si fuera él, y después, como si fuera él, del que soy. Antes de poder, etc. Es una cuestión de voz, de voz que prolongar, de buena manera cuando ellos se detienen, exprofeso, para probarme, como en este instante la que quiere, en términos generales, que yo esté con vida. La buena manera, el calor, la desenvoltura, la fe, como si fuera mi voz diciendo palabras mías, palabras que me digan con vida, pues en ella es en la que ellos quieren que esté, no sé por qué, con sus miles de millones de seres vivos y sus trillones de muertos, eso no les basta, también yo tengo que ir, con mi pequeña convulsión, a gemir, a llorar, a hipar, a sonreír en el amor al prójimo y los beneficios de la razón. Pero la buena manera, ésa la ignoro. Esta sarta de estupideces se la debo, desde luego, a ellos, y ese murmullo que me ahoga fueron ellos los que me hincharon de él. Y esto sale así tal cual, no tengo más que bostezar, es a ellos a los que oigo, viejas seguridades aseguradas, en las que nada puedo cambiar. Un loro, ellos cayeron sobre un pico de loro. Si me hubieran dicho lo que tenía que decir, para que se me aprobase, forzosamente lo diría antes o después. ¡Vamos, pues! Sería demasiado fácil, no estaría en ello el corazón, y es menester que también el corazón me salga por la boca, envuelto en un vómito de palabrería, entonces tendría, al fin, aspecto de creerme, ya no se trataría de palabras al aire. En fin, no perdamos la esperanza, llegaré a eso quizá, de un modo completamente mecánico, a la fuerza de tener abierta la boca y mala la sangre. Pero la otra voz, de aquel que no siente esta pasión por el reino animal, de aquel que guarda noticias mías, ¿cuál es su contenido? Héme aquí bien embarazado. Pues sobre mí propiamente dicho, yo me entiendo, me parece que aún no se me ha dicho nada. ¿Cabe hablar de una voz, en tales condiciones? A buen seguro que no. Sin embargo, lo hago. Por lo demás, hay que revisar, corregir y desmentir toda esa historia de voces. No por no oír nada dejo de ser objeto de comunicaciones. ¿Por qué no llamar a eso voces, toda vez que se sabe que no es nada? Pero, según parece hay límites. Esperémoslos, con confianza. Nada pues acerca de mí. Es decir, ninguna relación seguida. Todo lo más débiles, llamadas, de tarde en tarde: «¡Óyeme! ¡Vuelve en ti!». Resulta pues, que tiene algo que decirme. Pero ni el menor informe, sino que, por supuesto, no estoy en condiciones de recibir ninguno, toda vez que no estoy allí, lo que ya sabía. No he dejado de observar, en un momento de receptividad excepcional, que estas súplicas toman el mismo vehículo que Mahood y consortes emplearon para sus transportes. Es sospechoso. Es decir, sería sospechoso si aún esperase, de sus revelaciones futuras, un valor cualquiera, en relación con esos otros de los que no cesan de abrumarme desde que se les metió en la cabeza que yo haría mejor existiendo. Pero estoy de vuelta de esa dulce esperanza, no más tarde que en seguida, si no me falla la memoria. Dos trabajos en suma, que distinguir quizá, como la mina de la cantera, en cuanto a la clase de esfuerzo que se ha de realizar, pero idénticamente pobres en atractivos, o en interés. Yo. ¿Quién? El galeote, precipitándose hacía las columnas de Hércules, el cual durante la noche, burlando la vigilancia del cómitre, suelta el remo y se arrastra por entre los bancos, hacia levante, llamando a la tempestad. Sólo que ya no la llamo. Sí, sí, todavía soy un suplicante. Esto me pasará, de aquí al último viaje, por este mar de plomo. Me confundo con la otra locura, la de querer conocer, de querer acordarse de su fechoría. En eso no se me sorprenderá más. Esto está bien para los recién salidos de la condenación. Dicho esto, no lo pensemos más, no volvamos a pensar en nada, no pensemos nunca más. Los unos son varios, el otro único, único en solicitarme. Hablan la misma lengua, la única que aprendí. Me dijeron que existen otras. No las echo en falta. Toda vez que así se rompe el silencio, sólo puede tratarse de una cosa. Órdenes, ruegos, amenazas, elogios, reproches, razones. Elogios, sí, me permití afirmar que realizaba progresos. «Está bien, muchacho, esto será todo por hoy, vuélvete a tu noche y hasta mañana». Y héme aquí con mi barba blanca, sentado entre los niños, diciendo cualquier cosa, por miedo de ser golpeado. Moriré en preparatorio, cargado de años y de trabajos de castigo, vuelto muy pequeño, como cuando tenía porvenir, con las piernas al aire, vestido con mi vieja blusa negra, mojándome el pantalón. «Alumno Mahood, por veinticinco milésima vez, ¿qué es un mamífero?» Y caeré muerto tieso, consumido por los rudimentos. Pero habré hecho progresos, ellos me lo dijeron, sólo que no bastantes, no bastantes. Ah. ¿Dónde estaba, de mis deberes? Olvido. Esto, mi falta de memoria, ha sido fatal para mi buena formación. Es cierto. «Alumno Mahood, repita conmigo: El hombre es un mamífero superior.» No podía. Siempre se trataba de mamíferos, en esta colección de fieras. Entre nosotros, tenéis que reconocerlo, ¿qué podía importarle al alumno Mahood que el hombre fuera esto mejor que aquello? En fin, se ha de suponer que no perdió nada con ello, pues he aquí que todo eso rezuma, desbloqueado por la pesadilla. Es el desastre. Voy a desquitarme, de los mamíferos, veo eso aquí, antes de despertarme. Pronto, una mamá, la chuparé hasta secarla, pizcándole yo mismo los pezones. Pero tendré que darle un nombre a ese solitario. Sin nombres propios no hay salvación. Así pues, lo llamaré Worm. Era hora. Worm. No me gusta, pero apenas si puedo escoger. Será mi nombre también, en el momento oportuno, cuando ya no tenga que llamarme Mahood, si esto llega a ocurrir. Antes de Mahood hubo otros como él de la misma raza y creencia, armados del mismo tridente. Pero Worm es el primero de su especie. Eso se dice. Es que no lo conozco. Cansado, renunciando a levantarme, acaso él también se haga reemplazar, ya puestos los jalones. Aún no ha tenido la palabra, el pobre. Murmura, no dejé de oír su murmullo, mientras los otros disertaban. Ha sobrevivido a todos ellos, también a Mahood, si Mahood ya no existe. Aún le oigo, fiel, suplicándome que apacigüe esa lengua muerta de los vivos. Es lo que creo entender, por el tono, que no cambia. Si pudiera callarme comprendería mejor, lo que quiere de mí, quiere que yo exista, que diga: «¡Que se ponga a tronar, al fin!» Pero no, es menester que me calle, que retenga el aliento. Pero no debí entender bien. Pues si Mahood se callaba, Worm también se callaría. Acepto que se me pida lo imposible, ¿qué otra cosa se me podría pedir? ¡Pues lo absurdo! A mí, al que ellos redujeron a la razón. Es cierto que ese pobre Worm no cuenta. ¿Qué sé yo? Pero concluyamos nuestro pensamiento, antes de ensuciar encima. Pues si soy Mahood, también soy Worm. Plof. O si todavía no soy Worm, lo seré, al no ser ya Mahood. Plof. Vengamos ahora a las cosas serias. No, todavía no. Otro cuento de la Tía Mahood quizá, para acabar de embrutecerme. No vale la pena, ya saldrá cuando sea hora, el disco está ahí, por toda la eternidad. Sí, sus grandes frases deben salir también, es carbón en bruto. También trataré, es seguro, del problema de la libertad, en el momento preestablecido. Pero quizá me precipité demasiado al contraponer a esos dos promotores de fracaso. ¿No es culpa del uno si no puedo ser el otro? Se hallan, pues, en connivencia. He aquí como se ha de razonar vivamente. ¿O existirá un
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