El innombrable Samuel Beckett






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botulus se hubiera llevado a toda mi familia, no me lo dejaría repetir, lo aceptaba de buen grado, pero a condición de que no se resintiera de ello mi comportamiento. Será preferible que veamos cómo pasaron realmente las cosas, si Mahood decía verdad. Pero a qué iba a haberme mentido, él que de tal modo deseaba asegurarse mi adhesión, a qué en realidad, probablemente a su modo de concebirme. Por temor de apenarme, acaso. Pero lo que nunca comprendieron mis tentadores es que estoy allí para ser apenado.

Todos ellos quisieron, debo decir que según concepciones bastante diversas de lo soportable, que yo exista no teniendo más que una pena, si no moderada, limitada al menos. Incluso me han matado, haciéndome oír que, no pudiendo más, el único recurso que me quedaba era el de desaparecer. ¡No pudiendo más! Era un segundo lo que necesitaba resistir, y después habría tenido para toda la eternidad, con los dedos en las narices. ¡Lo que fueron a buscar como cuerpos duros! Pero el remate ha sido esa historia de Mahood en la que se me representa como embargado por el hecho de haberme desembarazado con tanta facilidad de un montón de consanguíneos, para no hablar de los dos tipos simplemente, uno el maldito que me soltó en el siglo, y el otro, infundibuliforme, en el que traté de vengarme, perpetuándome. A decir verdad, seamos francos al menos, hace ya un buen rato que no sé lo que digo. Cuando se tiene el pensamiento en alguna parte, todo está permitido. Prosigamos, pues, sin temor, como si no hubiera sido nada. Y veamos un poco cómo ocurrieron las cosas realmente, si Mahood decía la verdad, dándome por huérfano, viudo, sin herederos y todo y todo, de una sola vez. Tengo tiempo de hacer saltar en el aire esta feria en la que basta respirar para tener derecho a la asfixia, me desembarazaré bien de ella, no será como las otras veces. Pero no quisiera ser injusto hacia mi difamador. Pues al hacerme retroceder y regresar en la otra dirección, sin haber agotado las posibilidades de la que emprendí, ni por un instante pensaba en un desfallecimiento moral cualquiera de mi parte, como ha podido parecer que quise insinuar, sino únicamente en una sacudida física, seguida de un desagrado del mismo orden, correspondiente a los gritos de mi familia a punto de sucumbir a regañadientes y por los gases nauseabundos, obligándome estos últimos a alejarme, so pena de perder por completo el conocimiento. Restablecida esta versión de los acontecimientos, ya sólo me queda por advertir que no cuesta más que la otra y que igualmente ignora a la criatura que en rigor yo hubiera podido ser acaso, si hubieran sabido tomarme. Veamos ahora cómo ocurrieron las cosas en realidad. Habiendo acabado, esto es, corrido, por hallarme en el interior de la casa —de forma circular, no lo olvidemos, y con solo una habitación en la planta baja que daba directamente a la palestra— concluí mis rotaciones, pisoteando los desfigurados restos de los míos, a éste el rostro, a aquél el vientre, según el azar de su distribución, hundiendo en ellos los extremos de mis muletas, tanto a la llegada como a la partida. Decir que esto me deparó satisfacción sería forzar la verdad. Pues nada me decía hallarme en un terreno tan poco sólido, justamente en el momento en que necesitaba, para mis últimas convulsiones, un suelo firme y sin irregularidades. Me gusta creer, aunque de ello no esté seguro, que en el bajo vientre de mamá fue en el que terminé, durante jornadas enteras, mi largo viaje y desde donde partí para el siguiente. No, esto me da lo mismo. Para el caso también hubiera podido servir el pecho de Isolda, o las partes de papá, o el corazón de uno de los vástagos. Pero, ¿es seguro? ¿Acaso no ingeriría yo, en un arrebato de independencia, lo que del fatal corned beef quedaba? ¿Cuántas veces me dejé caer durante esas etapas al abrigo de la independencia? Pero dejemos todo eso. Nunca estuve más que aquí, nadie me vio salir de aquí nunca. Basta ya de hacer el niño que, a fuerza de oír decir que fue encontrado en una col, acaba por acordarse del rincón del huerto donde ocurrió y de la clase de vida que llevaba allí antes de llegar al mundo. No hablaré más de cuerpos y trayectorias, del cielo y de la tierra, pues no sé de qué se trata. Mil veces me dijeron, explicaron y describieron cómo fue todo eso, para qué sirve, los unos tras los otros, con unanimidad perfecta, con las más diversas frases, hasta que tuve aspecto de hallarme verdaderamente al corriente. ¿Quién diría, al oírme, que nunca vi nada, que nada oí sino sus voces? Los hombres, también, ¿qué pudieron sermonearme sobre los hombres, antes incluso de querer asimilarme a ellos? Todo eso de que hablo, con lo que hablo, lo sé por ellos. Por más que quiera, pero que de nada sirve, eso no se acaba. Ahora soy yo el que debo hablar, aunque sea con su lenguaje, será un comienzo, un paso hacia el silencio, hacia el final de la locura, la de tener que hablar y no poder, salvo de cosas que no me conciernen, que no cuentan, en las que no creo, de las que ellos me atiborraron para impedirme decir quién soy, dónde estoy, para impedirme hacer lo que tengo que hacer del único modo en que puedo ponerle fin, de hacer lo que tengo que hacer. Ellos no deben amarme. Ah, me compusieron bien, pero no me han logrado, no del todo, todavía no. Que deponga por ellos, hasta que me consuma, como si uno pudiera consumirse en ese juego, he ahí lo que quieren que haga. No poder abrir la boca ni proclamarlos, a título de congénere, he aquí a lo que creen haberme reducido. Menuda astucia haberme adaptado un lenguaje del que se imaginan que nunca podré servirme sin reconocerme de su tribu. Voy a arreglarles yo su algarabía, de la que nunca entendí nada, no más que de las historias que él acarrea, como perros muertos. Mi incapacidad de absorción, mi facultad de olvido fueron subestimadas por ellos. Querida incomprensión, a ti deberé ser yo, al fin. Pronto no quedará nada de todo eso con lo que me rellenaron. Entonces seré yo el que vomitará al fin, en sonoros reductos e inodoros de famélico, que concluirán en el coma, en un prolongado coma delicioso. Pero, ¿quiénes, ellos? ¿Es que verdaderamente vale la pena que me informe, con mis medios trucados? No, pero ésta no es una razón. En su propio terreno y con sus propias armas los barreré, y con ellos a su títere fracasado. Huellas mías acaso las encuentre en la misma ocasión. Ya está decidido. Pero ¿por qué residuo empezar? Es curioso, ellos dejaron de importunarme desde hace algún tiempo, sí, también ellos me infligieron la noción del tiempo. ¿Qué conclusión sacar de ello, según su método? Mahood se calló, lo que quiere decir que su voz continúa, pero no ha vuelto a renovarse. ¿Se me considera lo bastante untado de excusas para que ya nunca pueda desembarazarme de ellas ni efectuar un gesto incapaz de dar animación a una mascarilla? Pero yo, sin moverme, podría vivir allí dentro, y declararme, siendo el único que me oyera. Sus atributos, de los que me cargaron, los arrastré, como en el carnaval, bajo los missiles. A mí me toca ahora hacer el muerto, a mí al que ellos no supieron hacer nacer, y el caparazón de monstruo que tengo a mi alrededor se pudrirá. Pero se trata cabalmente de una cuestión de voz, cualquier otra metáfora es impropia. Me hincharon con su voz, como un globo, y por más que me vacíe sigue siendo a ellos a los que oigo. ¿Quiénes, ellos? ¿Y por qué nada más, desde hace algún tiempo? Puede que me hayan abandonado, mientras decían: «Por supuesto, nada se puede sacar de él, no insistamos, no es peligroso». Ah, pero un hilillo de voz de hombre forzado, para murmurar lo que su humanidad sofoca, en la mazmorra, agarrotado, en secreto, en suplicio, un ligero jadeo de condenado a vivir, para balbucear lo que es tener que celebrar el confinamiento, atención. Bah, ellos están tranquilos, estoy emparedado por sus vociferaciones, nadie sabrá nunca lo que soy, nadie me lo oirá decir, aunque lo diga, y no lo diré, no podría, pues no tengo más que el lenguaje de ellos, sí, sí, lo diré quizás, aunque sea en su lenguaje, para mí solo, para no haber vivido en vano, y después para poder callarme, si es eso lo que da derecho al silencio, y nada tan seguro, son ellos los que retienen el silencio, los que deciden del silencio, siempre los mismos, de acuerdo, de acuerdo, y qué, me río del silencio, diré lo que soy, para no haber nacido inútilmente, ya les arreglaré yo su algarabía1, después diré cualquier cosa, cuanto ellos quieran, con alegría, por toda la eternidad, en fin, con filosofía. Empezaré diciendo lo que no soy, que es como me enseñaron a proceder, y a continuación lo que soy, cosa iniciada ya y que no tengo más que proseguir desde donde me dejé asustar. No soy, ¿es menester decirlo?, ni Murphy, ni Watt, ni Mercier —no, no quiero volver a nombrarlos— ni ninguno de los otros, de los cuales he olvidado hasta los nombres, que me dijeron que yo era ellos, que debía intentar serlo, a la fuerza, por miedo, para no reconocerme, ninguna relación. Nunca deseé, ni busqué, ni sufrí, nunca nada conocido de todo eso, nunca tuve objetos, nunca adversarios, nunca sentidos, nunca cabeza. Pero dejémoslo estar. Es inútil negar ni rebatir lo que tan bien sé, una cosa tan fácil de decir y que en el fondo no se reduce sino a seguir hablando todavía y siempre como ellos entienden que hablo, es decir, sobre ellos, aunque sea maldiciéndolos, negándolos. Que ellos existan como se obstinan en querer que yo haga, es posible, no tengo por qué saberlo, carezco de opinión, si hubieran sabido enseñarme a desear desearía que sí. Imposible salir del paso sin nombrarlos; ellos y sus trucos, eso es lo que hay que considerar. Lo mismo que contar una historia de Mahood sin otra forma de proceso, dándola, como la he recibido, por mía. Mira, es una idea. Para hastiarme un poco más. Voy a recitarla. Entre tanto veré la continuación que ha de dársele a mi propio asunto, reemprendiéndolo desde donde tuvo que interrumpirlo, a la fuerza, por temor, por falta de habilidad. Será la última vez. Voy a tener aspecto de decidirme de buen grado. Eso los dormirá, en caso de que se propusieran refrescarme la memoria, acerca de mi modo de comportarme, allá arriba, en la isla, en medio de mis compatriotas correligionarios, contemporáneos y camaradas. Entre tanto veré lo que tengo que hacer, para manifestarme. Ellos no verán nada. Pero empecemos por ver un poco quiénes son, esa pandilla de enfurecidos, que se pretende que Dios me envía para mi bien. A decir verdad... No, primero la historia. Para que mi mareo se colme. La isla, estoy en la isla, no he abandonado nunca la isla, pobre de mí. Creí entender que me pasaba la vida dando la vuelta al mundo, en espiral. Error, donde no ceso de dar vueltas es en la isla. Lo único que conozco es la isla, nada más. Y tampoco la conozco, pues nunca tuve fuerzas para mirarla. Cuando llego a la orilla, me vuelvo, hacia el interior. Mi camino no es una espiral, también en esto me engañé, sino giros irregulares, unas veces bruscos y breves, como valseando, otras de una amplitud de parábola, abarcando turbas enteras, y otras entre las dos, en alguna parte, y orientados invariablemente no importa cómo, según el pánico del momento. Pero en la época de que hablo se acabó de esa vida activa, no me muevo ni volveré a moverme nunca más, a menos que sea impulsado por un tercero. En efecto, del gran viajero que fui, de rodillas en los últimos tiempos, y después arrastrándome y rodando, no queda más que el tronco (en estado lamentable), coronado por la consabida cabeza, que es la parte de mí cuya descripción mejor he captado y retenido. Metido, a modo de ramo, en el fondo de una vasija profunda, cuyos bordes me llegan hasta la boca, al lado de una calle poco transitada junto a los mataderos, estoy en reposo, al fin. Al girar, no diré la cabeza, sino los ojos, que poseen facultad autónoma de giro, puedo ver la estatua del propagador de la carne de caballo, un busto. Sus ojos de piedra, sin pupilas, están fijos en mí. Son cuatro, con los de mi creador, que están en todas partes, no vayáis a creer que me considero favorecido. Aunque no esté exactamente en regla, la policía me tolera. Sabe que, hallándome en la imposibilidad de articular palabras, no me aprovecharé deslealmente de mi situación para sublevar a la población contra sus dirigentes, mediante inflamados discursos en las horas de mayor afluencia, o para murmurar frases subversivas, llegada la noche, a los transeúntes retrasados y borrachos. Ella tampoco ignora que, al estar sin miembros, salvo el viril, que ya no lo es, no haré ademanes que puedan ser interpretados como incitadores a la limosna, delito penalizado con un período de reclusión. El hecho es que no molesto a nadie, como no sea a esa categoría de personas hipersensibles que ven ocasiones de escándalo y de indignación en todas partes. Pero el riesgo es mínimo. Pues se trata de personas que evitan el barrio, por temor a sentirse mal ante el espectáculo de los animales, que en su mayoría ven la ciudad por primera vez, yendo hacia el hacha. Desde este punto de vista el lugar está bien elegido, desde mi punto de vista. Pero incluso los bastante desequilibrados para quedar sorprendidos al verme, quiero decir sobresaltados, y una ocasión de descontento. Héme aquí situado y su aptitud para la felicidad, no tienen más que mirarme por segunda vez, los que puedan resolverse a ello, para tranquilizarse en seguida. Pues mi rostro sólo reflejaba la satisfacción del que goza de un reposo merecido. Es cierto que la mayor parte del tiempo mi boca estaba oculta, y mis párpados cerrados. Ah, sí, tan pronto es el pasado como el presente. Y sólo, sin duda, el estado de mi cráneo, cubierto de pústulas y de moscas azules, forzosamente numerosas en estos parajes, me impedía ser objeto de envidia para algunos, y una ocasión de descontento. Héme aquí situado, como espero. Una vez por semana se me sacaba de mi recipiente, con objeto de vaciarlo. Este cuidado incumbía a la dueña del figón de enfrente, que lo cumplía de buen grado, sin rechistar, con todo y tratarme a veces con afecto de «asquerosito», pues tenía una huerta. Sin tener exactamente algo que ver con ella, no le era del todo indiferente, eso se notaba, y antes de volverme a colocar en mi sitio aprovechaba que yo tenía la boca al descubierto para meterme en ella un pedazo de pan blando o un hueso con médula. Y cuando nevaba a más y mejor, venía a ponerme encima una lona impermeable. Fue allí dentro, al calor y al abrigo, donde conocí el beneficio de las lágrimas, preguntándome a qué las debía, pues no me hallaba conmovido. Y esto no una vez, sino cada vez que se me enlonaba, es decir, varias veces al año. Sí, aquello era fatal, apenas puesta la lona, y acallados los precipitados pasos de mi bienhechora, las lágrimas empezaban a correr. ¿Ha de verse, había de verse en ellas el efecto de la gratitud? Pero, en tal caso, ¿no me habría sentido reconocido? Por otra parte, advertí oscuramente que, si ella cuidaba de tal modo de mí, no era únicamente por bondad, o yo habría entendido mal en qué consiste la bondad, cuando me lo explicaron. Pues aparte de los servicios que yo prestaba a sus lechugas, constituía un punto de referencia para su establecimiento e incluso una especie de reclamo, mucho más eficaz que, por ejemplo, un monigote de cartón, barrigudo de perfil y, visto de frente, de una delgadez desoladora. Que ella no se engañaba al respecto se deduce del cuidado que puso en contornear mi habitáculo con farolillos que hacían un efecto muy bonito en el crepúsculo y, con mucho mayor motivo, por la noche. Y para que los transeúntes pudieran descifrar más cómodamente la minuta que estaba pegada a mi habitáculo, hizo montar éste sobre un plinto, a costa suya. Es así como pude saber que sus nabos en salsa son peores que antes, pero que, como contrapartida, sus zanahorias, también en salsa, son mejores que antaño. La salsa no ha cambiado. Es ése un lenguaje que comprendo casi, son esas ideas claras y simples en las que me es posible apoyarme, y no pido otro alimento espiritual. Un nabo sé sobre poco más o menos a qué se parece, y una zanahoria también, sobre todo la mediana o de Nantes. Creo captar en ciertos momentos el matiz diferencial entre lo malo y lo que es menos malo. Y si en realidad se me escapa el alcance de los términos de ayer y de hoy, esto le resta muy poco al placer que siento de asimilar lo principal. De sus lechugas, por ejemplo, sólo oí hablar bien siempre. Sí, represento para ella un pequeño capital, y si yo llegara a morir quedaría, estoy persuadido de ello, sinceramente disgustada. He aquí alguien que debería serme una preciosa ayuda. Me satisface imaginar que llegado el momento del fatal desenlace, pagada al fin mi deuda con la naturaleza, ella se opondrá a que se lleven, del lugar que ocupa en este instante, la vieja vasija donde habré consumido mis vicisitudes. Y quizá haga poner, en el lugar donde se ve hoy una parte de mi cabeza, un melón, o una calabaza, o una gruesa pina tropical con su pequeña mata de pelos, o mejor aún, no sé por qué, un nabo de Suecia, en recuerdo mío. Así no desapareceré por completo, como les ocurre con tanta frecuencia a los que entierran. Pero no me he puesto a mentir, una vez más, para hablar de ella.
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