El innombrable Samuel Beckett






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títuloEl innombrable Samuel Beckett
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Confío en que este preámbulo acabará pronto, a beneficio de la exposición que decidirá de mí. Desgraciadamente temo, como siempre, ir más lejos. Pues ir más lejos es irme de aquí, encontrarme, perderme, desaparecer y volver a empezar, desconocido al principio, después poco a poco tal como siempre, en otro lugar, donde me diré que estuve siempre, del cual no sabré nada, ni nada podré saber, dada la imposibilidad de ver, de moverse, de pensar y de hablar, pero del que poco a poco, pese a estos inconvenientes, sabré algo, lo bastante para averiguar que es el mismo de siempre, el que tiene aires de haber sido hecho para mí pero que no quiere de mí, ése que yo tengo aspecto de querer y que no quiero, de poder preferir, ése del que sin duda no sabré nunca si me engulle o me vomita y que acaso no sea más que el interior de mi cráneo lejano, por donde yo erraba en otro tiempo —ahora estoy fijo—, perdido de pequeñez, o empujando contraías paredes, de mi cabeza, de mis manos, de mis pies, de mi espalda, de mi pecho, y siempre murmurando viejas historias, mi vieja historia, como por primera vez. No hay, pues, que tener miedo. Sin embargo, tengo miedo, miedo de lo que mis palabras harán de mí, de mi escondite, una vez más. ¿Y si hablara para no decir nada, pero absolutamente nada? Así evitaría tal vez estar roído como por una vieja rata ahíta, y con mi camita de baldaquino, una cuna, o bien me haría roer menos deprisa, en mi vieja cuna, y las carnes arrancadas tendrían tiempo de pegarse de nuevo, como en el Cáucaso, antes de volver a ser arrancadas. Pero parece imposible hablar para no decir nada, se cree conseguirlo, pero siempre se olvida algo, un pequeño sí o un pequeño no, lo bastante para exterminar a un regimiento de dragones. Sin embargo no desespero, esta vez —al tiempo que digo quién soy y dónde estoy—, de no perderme, de no partir, de acabar aquí. Lo que impide el milagro es el espíritu de método, al cual estuve acaso un poco excesivamente sometido. Desde luego no me da ni frío ni calor que Prometeo fuera liberado veintinueve mil novecientos setenta años antes de haber purgado su pena. Pues confío en que no exista nada en común entre yo y aquel miserable que se mofó de los dioses, inventó el fuego, desfiguró la arcilla, domesticó al caballo y, en una palabra, obligó a la humanidad. Pero la cosa ha de señalarse. En suma: ¿voy a poder hablar de mí y de este lugar sin suprimirnos? ¿Voy a poder callarme? ¿Existe alguna relación entre estas dos preguntas? Gustan las apuestas. He aquí varias, o quizás una sola.

No me engañan esos Murphy, Molloy y Malone. Me hicieron perder el tiempo, trabajar inútilmente, dejándome hablar de ellos, cuando era menester hablar solamente de mí, al objeto de poder callarme. Pero acabo de decir que he hablado de mí, que estoy hablando de mí. Me río de lo que acabo de decir. Es ahora cuando voy a hablar de mí, por primera vez. Creí obrar bien al hacerme acompañar por esos burros de carga1. Me equivoqué. Ellos no han padecido mis dolores, sus dolores nada son comparados con los míos, sólo una pequeña parte de los míos, esa de la que creí poder desprenderme, para contemplarla. Que se vayan ahora, ellos y los demás, los que me sirvieron, los que aguardan, que me devuelvan lo que les infligí y que desaparezcan de mi vida, de mi recuerdo, de mis vergüenzas y mis temores. Bueno, ya estoy yo solo aquí, nadie gira a mi alrededor, nadie viene hacia mí, ante mí nadie encontró nunca a nadie. Esos no estuvieron nunca. Nunca fueron más que yo y este vacío opaco. ¿Y los ruidos? Ya no, todo está silencioso. ¿Y las luces, con las que contaba tanto? ¿Habrá que apagarlas? Sí, hay que hacerlo, no existen luces aquí. El gris tampoco está; el negro es el que había que decir. No son más que yo, del que no sé nada, sino que nunca hablé de ello, y ese negro, del que tampoco sé nada, sino que es negro, y vacío. He aquí pues eso de que, debiendo hablar, hablaré, hasta que no tenga más que hablar. Dará lo que dé. ¿Y Basilio y consortes? Inexistentes, inventados para explicar ya no sé qué. Ah, sí. Todo mentiras. Dios y los hombres, el día y la naturaleza, los impulsos del corazón y los medios de comprender, soy yo quien cobardemente los ha inventado, sin ayuda de nadie —pues no hay nadie—, para retrasar el momento de hablar de mí. En adelante, se acabó este asunto.

Yo, del que no sé nada, sé que tengo los ojos abiertos, a causa de las lágrimas que de ellos manan sin cesar. Me sé sentado, con las manos en las rodillas, a causa de la presión contra mis nalgas, contra las plantas de mis pies, contra mis manos, contra mis rodillas. Contra las manos son las rodillas las que presionan, contra las rodillas las manos, pero, ¿qué es lo que presiona contra las nalgas, contra las plantas de los pies? Lo ignoro. Mi espalda no está sostenida. Refiero estos detalles para asegurarme de que no estoy echado de espaldas, con las piernas dobladas y en el aire, con los ojos cerrados. Bueno es asegurarse de la propia posición corporal desde el principio, antes de pasar a cosas más importantes. Pero, ¿qué es lo que indica que miro rectamente hacia delante de mí, como indiqué? Me noto con la espalda erguida, con el cuello erguido y sin torsión, y allá arriba la cabeza, bien asentada, como en su bastoncillo la bola del boliche. Estas comparaciones están fuera de lugar. Después hay el modo de correr de las lágrimas, que me corren por toda la cara, desde los ojos hasta las mandíbulas, e incluso por el cuello, como no lo haría, me parece, por un rostro inclinado, por un rostro invertido. Pero no debo confundir el enderezamiento de la cabeza con el de la mirada, ni el plano vertical con el horizontal. En cualquier caso, esta cuestión es secundaria, porque no veo nada. ¿Estoy vestido? A menudo me he hecho esta pregunta, y en seguida hablaba del sombrero de Malone, del abrigo de Molloy, del traje de Murphy. Si lo estoy, sólo lo es ligeramente. Pues noto que las lágrimas me resbalan por el pecho, por los costados y por toda la espalda. Ah, sí, estoy realmente bañado en lágrimas. Se me acumulan en la barba, y desde allí cuando ya no puede contener más... No, no tengo barba, cabellos tampoco, es una gran bola lisa que llevo sobre los hombros, sin lineamientos, salvo en los ojos, de los que ya sólo quedan las órbitas. Y sin la lejana evidencia de las palmas de mis manos y de las plantas de mis pies, de las que aún no he logrado desembarazarme, no titubearía en afirmar que tengo la forma, si no la consistencia, de un huevo, con dos agujeros en cualquier parte para impedir el estallido. Pues como consistencia, se trata más bien de mucílago. Pero poco a poco, poco a poco, si no nunca llegaré. Pues bien, como posibilidad vestimentaria apenas veo otra cosa, de momento, que unas bandas, con algunos harapos aquí y allá. Tampoco diré más obscenidades. ¿A qué iba yo a tener sexo, si ya no tengo nariz? Todo eso cayó, todas las cosas que sobresalen, con mis ojos, mis cabellos, sin dejar rastro, cayó tan bajo, tan lejos, que no oí nada, quizás eso cae todavía, mis cabellos lentamente como hollín siempre, de la caída de mis orejas ni me enteré. Superfluo, pequeña alma siempre, inventé el amor, la música, el aroma del grosellero silvestre, por esquivarme. Los órganos, un fuera, son fáciles de imaginar; otros, un Dios, son cosa forzada, nos los imaginamos, lo que es fácil, eso calma lo principal, eso adormece, por un instante. Sí, Dios, en él no he creído, fautor de calma, un instante. Ya no haré pausas tampoco. ¿No puedo, pues, conservar nada de cuanto ha llevado mis pobres pensamientos, plegado a mis dichos, mientras me escondía? Voy a secar también, a taponar, estas órbitas chorreantes. Ya está, ya no chorrean, soy una gran bola parlante, hablando de cosas que no existen o que quizás existen, es imposible saberlo, la cuestión no es esa. Ah sí, cambio pronto de estribillo. Y, después de todo, ¿por qué una bola y no otra cosa, y por qué grande? ¿Por qué no un cilindro, un cilindro pequeño? ¿Por qué no un huevo, un huevo mediano? No, no, es la vieja tontería, me sé redondo siempre, sólido y redondo, sin atreverme a decirlo, sin asperezas, sin aberturas, invisible quizás o grande como Sirio. Estas expresiones carecen de sentido. Que sea redondo y duro es lo único que importa, y ciertamente existen razones para ello, que sea redondo y duro, mejor que de una forma irregular cualquiera, susceptible de ahuecarse, de abombarse al azar de los choques, pero se acabaron las razones. Lo demás lo dejo, como ese negro ridículo en el que por un instante creí poderme bañar más dignamente que en el gris. Menudas artimañas esas historias de claridad y oscuridad. Y me las he permitido. Pero, ¿es que ruedo, conforme a mi naturaleza de bola, o estoy en equilibrio en alguna parte, sobre uno de mis innumerables polos? Me siento muy tentado a tratar de saberlo. Menuda tirada de discurso se puede sacar de esa preocupación tan legítima en apariencia. Pero no se me tendría en cuenta. No, entre yo y el derecho al silencio, el reposo vivo, se extiende la misma lección de siempre, esa que sabía bien pero que no quise decir, ignoro por qué, quizá por temor al silencio, o por creer que bastaba decir cualquier cosa, mentiras con preferencia claro está, al objeto de permanecer oculto. Importa poco. Pero ahora voy a decir mi lección, si puedo recordarla. Bajo los cielos, por los caminos, en las ciudades, los bosques, las habitaciones, las montañas, las llanuras, a orillas del mar, sobre las olas y detrás de mis homúnculos, no siempre estuve triste, perdí mi tiempo, renuncié a mis derechos, me esforcé en vano, olvidé mi lección. Después un pequeño infierno a mi modo, no demasiado perverso, con algunos amables condenados a los que largar mis gemidos, algo que suspira de lejos en lejos y a lo lejos esperando por relampagueos, la piedad en llamas, la hora de elevarnos a cenizas. Hablo y hablo, porque es menester, pero no escucho, busco mi lección, la vida mía que en otro tiempo supe y no quise confesar, de aquí tal vez una ligera falta de limpidez en algunos momentos. A lo mejor también esta vez no haré sino buscar mi lección, sin poderla decir, a la par que acompañándome en una lengua que no es la mía. Pero en vez de decir lo que erré al decir, lo que ya no diré, lo que acaso diga, si es que puedo, ¿no sería mejor que dijera otra cosa, incluso si no es aún la que tiene que ser? Voy a intentarlo, voy a intentarlo en otro presente, incluso si no es aún el mío, sin pausas, sin llantos, sin ojos, sin razones. Pongamos, pues, que estoy fijo aunque esto no tenga importancia, que estoy fijo o que al rodar estoy cambiando continuamente, en los aires o en contacto con otra superficie, o que tan pronto ruedo como me detengo, pues no siento nada, ni quietud ni cambio, nada que pueda servir de punto de partida a una opinión a este respecto, lo que importaría poco si tuviera algunos conocimientos de orden general y, con ello, el uso de la razón, pero la cosa es que no siento nada, nada, y en cuanto a pensar pienso lo justo para no callarme, lo que no se puede decir que sea pensar. Por consiguiente, no pongamos nada, ni que me muevo, ni que no me muevo, lo que es más seguro, pues esto no tiene importancia, y pasemos a las cosas que la tienen. ¿Cuáles? Esta voz que habla, sabiéndose mentirosa, indiferente a lo que dice, demasiado vieja quizás y demasiado humillada para poder decir alguna vez, finalmente, las palabras que la hagan cesar, sabiéndose inútil, para nada, esta voz que no se escucha, atenta al silencio roto por ella, por donde quizás un día recuperará el prolongado suspiro claro de adviento y de adiós, ¿es, acaso, una voz? No plantearé más preguntas, no hay más preguntas, no conozco ninguna más. Ella sale de mí, me llena, clama contra mis paredes, no es la mía, no puedo detenerla, no puedo evitar que me desgarre, me sacuda, me asedie. No es la mía, no tengo, no tengo voz y debo hablar, es cuanto sé, a esto es a lo que hay que darle vueltas, a propósito de esto debe hablarse, con esta voz que no es la mía, pero que no puede ser más que la mía, pues aquí no hay nadie más, o si hay otros, a los cuales podría pertenecer esta voz, no llegan hasta mí, no diré nada más, no seré más claro. A lo mejor me miran de lejos, no veo en ello inconveniente, toda vez que yo no los veo, como un rostro entre la brasa, que saben está destinado a desmoronarse, pero es demasiado largo, se hace tarde, los ojos se cierran y mañana hay que levantarse pronto. Soy yo pues quien habla, completamente solo, porque no puedo hacer otra cosa. No, estoy mudo. A propósito, si me callase, ¿qué me pasaría? ¿Peor que lo que me pasa? Pero esto siguen siendo preguntas. He aquí lo característico. Ignoro las preguntas y éstas me salen a cada paso de la boca. Creo saber lo que ocurre. Es para que el discurso no se detenga, este discurso inútil que no se me toma en cuenta, que no me reprocha por el silencio de una sílaba. Pero estoy prevenido, no responderé más, no volveré a poner cara de andar buscando. Quizá me veré obligado, para no pararme, a volver a inventar una fantasmagoría, con cabezas, troncos, brazos, piernas y todo lo demás, lanzados a través de la inmutable alternativa de la sombra imperfecta y de la claridad dudosa, como ya me ha ocurrido. Pero tengo fundadas esperanzas de que no. Pero siempre tengo este recurso. Pues con todo y desarrollar mis bufonadas, la última vez que esto me ocurrió, o en la otra que pasa por mí, no he dejado de prestar atención. Me pareció oír murmurar otro medio de salir del paso, y de otro modo más agradable, y hasta pude recoger, sin dejar un solo instante de despachar mis dice, se dice, pregunta y responde, ciertas fórmulas de las más prometedoras y que, en efecto, me prometí poner a contribución en la primera oportunidad, una vez que haya concluido con mi rebaño de excitados. Pero todo ha desaparecido. Pues es difícil hablar, incluso no importa cómo, y al propio tiempo fijar la atención en otra parte, allí donde reside su verdadero interés, tal como un débil murmullo lo define por migajas, como excusándose de no estar muerto. Y lo que me pareció oír entonces, respecto a lo que tenía que hacer y decir, para no tener nada ya que hacer ni que decir, me pareció oírlo apenas, por culpa del ruido que por otra parte estaba a punto de hacer, conforme a los mal comprendidos términos de una oscura condenación. Sin embargo, estuve bastante impresionado por ciertas expresiones para jurarme, sin dejar de gañir, no olvidarlas nunca y, lo que es más, jurarme proceder de tal modo que ellas no engendran otras y que, al hincharse en un todo irrecusable, expulsen de mi boca miserable cualquier otro discurso, de mi boca en vano gastada en vanas ficciones, cualquier otro discurso que el suyo, el bueno al fin, el último al fin. Pero todo lo he olvidado y no he hecho nada, a menos que esté abocado a hacer algo en este instante, cosa que deseo sinceramente. Pues si tal música pudo llegarme cuando me debatía con una pesada historia de moribundos desplazándose, entrechocándose, agitándose allí mismo y cayendo en breves síncopes, ¿no debería, con mucha más razón, hacerse oír ahora, cuando se supone que no estoy embarazado más que conmigo mismo? Pero esto siguen siendo razonamientos. Y he aquí que me estoy deslizando ya, antes de haber llegado al último extremo, hacia el recurso de la fábula. ¿Y si prefiriera decir ba-ba-ba-ba, mientras espero conocer el verdadero empleo de este órgano venerable? Basta de preguntas de razonamientos. Prosigo, después de años. Resulta pues que me callé, que puedo callarme. Y he aquí que vuelve ese ruido. Todo esto no está claro. Digo años, aunque aquí no los hay. La duración importa poco. Años, eso es una idea de Basilio. Largamente, brevemente, es lo mismo. Guardé silencio, que es lo que cuenta, si es que cuenta, y ya no recuerdo si es lo que tiene que contar. Y he aquí que se me escapa de nuevo. Pero qué silencio, amigos míos, pues también yo tengo amigos en algún lugar, lo noto por momentos, en este momento, qué silencio, mis pobres amigos. Y en verdad no todo consiste en guardar silencio, sino que es menester asimismo ver la clase de silencio que se guarda. Yo oí. Tanto como hablar, tanto como hacer. Qué libertad. Presté oídos a lo que debía ser mi voz siempre, tan débil, tan lejana, que era como el mar, como la tierra, un lejano mar en calma, moribundo... No, eso no, no la playa, no la orilla, basta el mar, sobran los guijarros y la arena, sobra la tierra, y también el mar. Decididamente, Basilio adquiere importancia. Voy pues a preferir llamarle Mahood, prefiero eso, soy raro. Él es quien me contaba historias acerca de mí, vivía para mí, salía de mí, volvía a mí, penetraba en mí abrumándome con historias. No sé cómo ocurría esto. Siempre me gustó no saber, pero Mahood me decía que no estaba bien. Él tampoco sabía nada, pero eso le atormentaba. Es su voz la que a menudo, siempre, se ha mezclado con la mía, hasta el punto de cubrirla a veces por entero, hasta el día en que me abandonó por las buenas, o en que ya no quiso abandonarme, no sé. Sí, no sé si está aquí en este momento o sí está lejos, pero no creo engañarme mucho al decir que no tendré que volver a sufrir sus impertinencias. Durante sus ausencias, trataba de recuperarme, de olvidar lo que me había dicho, acerca de mí, acerca de mis infortunios, infortunios ridículos, dolores absurdos, respecto a mi verdadera situación, palabra detestable. Pero su voz seguía dando fe de él, como tejida con la mía, impidiéndome decir quién era yo, lo que yo era, a fin de poder callarme, de no oír más. Y todavía, hoy, para seguir hablando como él, aunque ya no me turba, su voz está aquí, en la mía, pero menos menos. Y no habiendo vuelto a renovarse desaparecerá un día, espero, de la mía, por completo. Pero para ello debo hablar, hablar. Al propio tiempo, no me lo oculto, él puede volver o puede marcharse de nuevo y en seguida volver. Entonces habría que volver a empezarlo todo. Entonces mi voz, la voz, diría: «Mira, voy a contar una historia de Mahood, para aliviarme». Así tendría que ocurrir. Ella diría. Después, ya repuesto, acometería de nuevo la verdad, con fuerzas centuplicadas. Para convencerme de que actuaba con libertad. Pero no sería ya mi voz, ni siquiera en parte. Así es como eso ocurriría. O bien la historia empezaría muy suavemente, de modo insensible, como si de nada se tratase, como si se tratase siempre de mí. Pero yo me habría dormido completamente, con la boca abierta, como de costumbre, tendría el aspecto de costumbre. Y de mi boca abierta, dormida, brotarían mentiras, acerca de mí. No, no dormiría, escucharía, llorando. Pero, ¿se trata, en realidad, de mí en este momento? A veces me parece que sí. Después veo claramente que no. Hago lo que puedo, pero estoy a punto de fracasar, otra vez. No me importa nada fracasar, me gusta, sólo que quisiera callarme. No como acabo de hacerlo, para escuchar mejor. Sino apaciblemente, como vencedor, sin reservas mentales. Eso sería la buena vida, la vida al fin. Mi boca en reposo se llenaría de saliva, mi boca que nunca tiene bastante de ella, la dejaría correr con delicia, babeando de vida, concluido en silencio mi castigo. Hablé, debo hablar, de lección, es castigo lo que había que decir, confundí castigo con lección. Sí, tengo un castigo que cumplir, antes de estar libre, libre de mi baba, libre para callarme, para no oír más, y ya no sé cuál. He aquí, al fin, que doy una idea de mi situación. Se me ha impuesto un castigo, quizás al nacer, quizá para castigarme de haber nacido, o sin ninguna razón especial, porque no se me quiere, y he olvidado en qué consiste. Pero, ¿es que se me ha especificado alguna vez? Aprieta, amigo mío, aprieta muy fuerte, no abuses, pero aprieta un poco más todavía, acaso se trata de ti. A veces me llamo tú, si soy yo el que habla. Quizá tú llegaste al extremo. ¿Después de diez mil palabras? A un extremo, en fin, tras el cual habrá otros. En cuanto a hablarme, no me he hablado bastante, no me escuché bastante, no me respondí bastante ni me consolé bastante, hablé para mi amo, presté oídos a las palabras de mi amo, no llegadas nunca: «Está bien, niño mío, está bien, hijo mío, puedes detenerte, puedes disponer, puedes irte, estás libre, estás perdonado». Palabras no llegadas nunca. Mi amo. He aquí un filón que no hay que perder de vista. Pero por el momento estoy en él —en realidad quizá sean varios, todo un consorcio de tiranos, divididos entre ellos en lo que me concierne, puestos a deliberar desde hace un buen rato de eternidad, escuchándome de tanto en tanto y yéndose después a comer y a jugar a los naipes, en secreto, de balde, por cuenta mía, habrá que aclararlo— castigo, que sin ofender puedo comparar, me parece, a esta lección demasiado pronto abandonada, demasiado inconsideradamente... abandonada, diciéndome que si tengo un castigo que realizar es porque no supe decir mi lección, y que cuando habré concluido mi castigo me quedará por decir mi lección, y que sólo en ese momento tendré derecho a permanecer tranquilamente en mi rincón, babeando y viviendo, con la boca cerrada y la lengua inerte, lejos de todo estorbo y de todo ruido, con la conciencia tranquila, esto es, vacía. Pero esto no me hace adelantar gran cosa. Pues caería sobre el buen castigo, a fuerza de remover vocablos, quedándome por reconstruir la buena lección, a menos que los dos se confundan, lo que evidentemente tampoco es imposible. Curiosa idea, por otra parte, y muy sujeta a caución, esa de una tarea que cumplir antes de poder estar tranquilo. Curiosa tarea la de tener que hablar de uno mismo. Extraña esperanza, vuelta hacia el silencio y la paz. No teniendo más que mi voz, que la voz, puede parecer natural, una vez asimilada la idea de obligación, que vea en ella una cosa cualquiera que decir. Y aún: No teniendo manos, quizás esté obligado a aplaudir, o a llamar al camarero, batiéndolas una contra otra, eso sería más chocante, y no teniendo pies, obligado a bailar la carmañola. Pero supongamos primero, la cuestión es avanzar, después supondremos otra cosa, la cuestión es avanzar un poco más, supongamos que se trata de otra cosa que decir, ausente de cuanto dije hasta ahora. Es una suposición que debe poder defenderse. Pero de eso a querer que se trate de algo acerca de mí, de pronto me parece un poco aventurado. ¿Y si se tratara, en realidad, de alabanzas, cantadas, a mi amo, para que me perdone? ¿O de la confesión de que después de todo yo soy Mahood y que todas esas historias de una persona cuya identidad usurpa Mahood impidiendo que la voz se haga oír, son falsas de punta a punta? Voy a quedarme ahí, por el momento. Son demasiadas perspectivas en tan poco tiempo. Decididamente me parece imposible, en este punto, que prescinda de preguntas, como me prometí. No, solamente me juré no volver a hacerlas. ¿Quién sabe? Caeré, quizá, dentro de poco, en la feliz disposición que las hará imposibles para siempre en mí, no seamos pedantes, en mi espíritu. Pues lo que hago no se hace enteramente sin espíritu. Que no sea el mío, perfectamente de acuerdo, en ello estoy, pero puedo hacerlo, en fin de ello me doy aires. Rica materia, para ser explotada, nutritiva, ah sí, para ser sorbida hasta la médula, endiabladamente propulsora, apasionante por demás, me estremezco de ello, palabra, me estremezco y paso, tengo tiempo, ya olvido, ah sí, eso de que acaba de ser cuestión, al instante, una cosa importante, se fue, volverá, sin pesadumbres, nueva flamante, una desconocida, cuando yo estaría mejor dispuesto, esperemos que así sea, para los rompecabezas de primera hilaza. Cuántos de nosotros desde hace algún tiempo. Abrevio. El amo. Me preocupé poco de él, demasiado poco. También bastante quizás. Este recurso está gastado. Me lo voy a prohibir todo, libre para seguir adelante. El amo. Algunas alusiones aquí y allá, como a un sátrapa, para que se me compadezca. Me vistieron y me dieron dinero, he aquí el modo, al pasar. Después, nada más. O el amo de Moran, cuyo nombre no recuerdo. Ah sí, ciertas cosas, hechas para mí, creyendo obrar bien, lleno de dudas, ronco de fatiga, las recuerdo, aunque no siempre las mismas. Pero no he pensado nunca en tratar esta historia un poco a fondo, con ardor tan inútil como por ejemplo la del sometido, que esperaba fuese la mía, próxima a la mía, camino de la mía. Y si ahora pienso en ella, es que desespero de llegar a la mía. Un instante de desaliento, para aprovecharlo. Mi amo, pues, suponiéndolo único en mi imagen, me quiere bien, el pobre, quiere mi bien, y si no tiene aspecto de hacer gran cosa para no desilusionarse, es que no tiene gran cosa que hacer, pues si no lo habría hecho —eso debe de ser, mi ,buen amo, mi poderoso amo, el pobre— hace mucho tiempo. Otra hipótesis: hizo lo necesario, está hecha su voluntad en lo que me concierne (pues quizá tenga otros protegidos) y yo sigo sin saberlo. Casos uno y dos. Voy a inclinarme un poco sobre el primero, si es que puedo. Después me inclinaré sobre el segundo, si aún me mantengo en pie. Esto tiene todo el aire de una anécdota de Mahood. Y, sin embargo, no, todas las historias de Mahood eran sobre mí. Pero inclínate pronto, querido, si no te olvidarás. Hélo aquí, pues, profundamente afligido el pobre, por mi culpa, porque no puede hacer nada, cuando tanto empeño tiene en ello, él, que tiene la costumbre de mandar y de ser obedecido. Hélo aquí, pues, que desde que existo —estado, por lo demás, que le creo capaz de haber suscitado— me conmina a que tenga que estar bien, a mi gusto, con tanto éxito como si se dirigiese a la materia inanimada. Si no está contento de este panegírico, quiero estar... iba a decir colgado, pero esto lo quiero de todos modos, sin restricciones —iba a decir sin constricciones— lo que cortaría el aliento. Desgraciadamente, no tengo cuello. «Quiero que estés bien, ¿oyes?», no deja de repetirme. Y yo, en actitud respetuosa, de responderle: «Yo también, príncipe mío». Le digo esto para darle gusto, ¡tiene un aire tan lastimero! Soy bueno, por la superficie. No, no tenemos conversaciones, él no me suelta nunca una palabra. Sin duda no me eligió, pues no se elige siempre al ilota que uno quiere. Lo que entiende por bien, por mi bien, es asimismo otra historia. Es capaz de querer que yo esté contento, como se ha comprobado, según parece. O querer que yo sirva para algo. O las dos cosas a la par, en un revoltijo increíble. Un poco más de franqueza por su parte, ya que por supuesto mantiene la iniciativa, y quizá todo iría mejor, tanto desde su punto de vista como desde el que él me atribuye. Que se explique de una vez. No es a mí al que le toca dirigirle preguntas, incluso si supiera dónde encontrarlo. Que me haga saber de una vez por todas lo que precisamente quiere de mí, para mí. Lo que quiere es mi bien, ya lo sé, en fin lo digo, con la esperanza de llevarlo a mejores sentimientos, si él existe y si, existiendo, me escucha. Pero, ¿qué bien? Pues deben de existir varios. El supremo, quizá. Que me lo aclare, en fin, es todo lo que le pido, para que tenga yo al menos la satisfacción de saber en qué dejo desear. Si quiere que diga algo —para mi bien, por supuesto— que me diga qué exactamente y lo gritaré al momento. Claro que a lo mejor me lo ha dicho ya cien veces. Y bien, no tiene más que decírmelo la vez ciento una, y prestaré atención. Pero quizá me confunda al abrumarlo, mi buen amo, quizá no es el único como yo, mi buen amo, ni esté libre como yo, sino asociado a otros, todos ellos tan buenos como él, queriendo mi bien como él, pero con opiniones divergentes acerca de este último. Todos los días, allá arriba, en los días, varias veces al día, desde la hora convenida hasta la hora convenida, con todo convenido salvo lo que conviene hacer conmigo, se reúnen, acerca de mí. A menos que se trate de suplentes, encargados de elaborar un proyecto de común acuerdo. Que durante ese tiempo yo siga siendo lo que siempre fui, ciertamente es preferible a una decisión coja, quién sabe si adoptada sólo por mayoría absoluta, o salida de un vil empate. Durante ese tiempo también ellos sufren, cada uno según sus posibilidades, debido a que yo no esté bien. Ahora basta de esto. Puedo seguir concibiendo que esto no les ablande, y peor para mí. Caramba, una sugerencia, mientras pienso en ello, antes de emplearme mejor: ¿Y si ellos, por resignación, me liberasen? Quizás esto me hiciera bien. No veo cómo. Tal vez podría callarme, definitivamente. No, todo esto no es serio, soy libre, abandonado. He aquí lo que de nuevo lo echa a perder todo. El propio Mahood me ha abandonado, estoy tranquilo. Toda esta historia de tarea que cumplir, para poder pararme, de frases que decir, de verdad que hallar, para poder decirla, para poder pararme, de tarea impuesta, rezuma, descuidada, olvidada, por hallar, por satisfacer, para no tener que hablar más ni oír más, la he inventado yo con la esperanza de consolarme, de ayudarme a proseguir, de creerme en algún sitio, moviéndome, entre un principio y un fin, tan pronto avanzando como retrocediendo, o desviándome, pero en fin de cuentas ganando siempre terreno. Eliminémoslo. Nada tengo que hacer, es decir, nada de particular. Tengo que hablar, esto es vago. Tengo que hablar, no teniendo nada que decir, sino las palabras de los otros. Tengo que hablar, no sabiendo ni queriendo hablar. Nadie me obliga a ello, no hay nadie, es un accidente, un hecho. Nada podrá dispensarme nunca de ello, no hay nada, nada que descubrir, nada que disminuya lo que por decir queda, tengo la mar por beber, por consiguiente hay un mar. No haber sido engañado hubiera sido lo mejor para mí, lo mejor que hubiera hecho, haber sido engañado, no habiéndolo querido, creyendo no serlo, sabiendo que lo soy, no engañándome acerca de que no lo estoy. Pues como quiera que sea, esto no marcha, debería marchar, pero no. Es un suplicio recargado, imposible de pensar, de aislar, de sentir, de sufrir, sí, insufrible también, sufro mal también, incluso esto lo hago mal también, como una vieja pava muñéndose de pie, con la espalda cargada de polluelos, acechada por las ratas. Pronto, lo que sigue. Sobre todo nada de gritos, sino urbanidad, saber morir mientras los otros ríen, los oigo desde aquí, eso chirría como espinas, no, es imposible, soy yo el que aulla, lejos tras mi disertación. Así pues no importa lo que sea. Ni siquiera las historias de Mahood son no importa qué, siendo también extrañas, no sé a qué, a mi país, que no conozco, no más que a ese donde los hombres van y vienen, en el suyo, por pistas que hicieron ellos mismos, para poder ir a visitarse con mayor comodidad y prontitud, alumbrados por luces numerosas y variadas chorreando en la oscuridad por turno, de modo que nunca está oscuro ni desierto, lo que debe ser terrible. Sea. Nada de no importa qué, pero todo cómo, así es. Mahood. Antes de él había otros, tomándose por mí. Debe de ser una sinecura que pasa de padres a hijos, a juzgar por su aire de familia. Mahood no es peor que sus predecesores. Pero antes de bosquejar su retrato, en pie, pues no tiene más que uno, mi próximo representante en existencia será un culo de escudilla1, está decidido, la escudilla en la cabeza y el culo en el polvo, pegado a Tellus2 la de las mil tetas, para mayor suavidad. Mira, es una idea, una más: casi llegaré quizás, a fuerza de mutilaciones, de aquí a una quincena de generaciones de hombre, a hacer figura de mí, entre los viandantes. Entre tanto, esta caricatura es Mahood. ¿Qué iba a decir? Es lo mismo, diré otra cosa. ¿Y si después de todo no fuéramos más que uno, como él quiere, pese a mis negativas? ¿Y si yo hubiera pasado por donde según él pasé, en vez de haber permanecido aquí, intentando aprovecharme de su ausencia para poner orden en mi asunto? ¿Aquí, en mi país, qué hace Mahood aquí, cómo lo pasa aquí? Héme lanzado a una vana historia, henos aquí frente a frente, Mahood y yo, si es que somos dos, como digo. No lo he visto, no lo veo. Él me dijo cómo es, cómo soy, todos me lo dijeron, lo que debe entrar plenamente en sus atribuciones. No basta que yo sepa qué hago, es menester que sepa también cómo soy. Esta vez no tengo más que una pierna, con todo y haber rejuvenecido, según parece. Esto forma parte del programa. Habiéndome conducido al artículo de la muerte, a la gangrena senil, me quitan una pierna y ¡jop! héme aquí de nuevo en pie y entremetiéndome por todas partes, como un joven, en busca de un escondrijo. Una sola pierna y luego otros signos distintivos, humanos desde luego, pero no exageradamente, para no asustarme, para que me deje seducir: «Acabará por resignarse, acabará por confesar», he aquí la consigna. «Ensayemos esta vez con un cráneo de pez, con pelo apenas, a lo mejor se deja tentar», debieron decirse. «Con la pierna única casi en medio, esto podría sonreírle». Los pobres. Me injertarían un ano artificial en la palma de la no nada más estar allí, viviendo su vida de hombre casi, hombre justamente, de hombre bastante para poderlo de verdad, a su imagen, un día, una vez cumplidos mis avatares. Sin embargo, alguna vez me pareció que yo estaba allí, en los lugares incriminados, desplomándome bajo mis atributos de señor de la creación, desesperado de clamar la consunción, cercado de un azul de espinaca zumbando de contento. Sí, más de una vez he estado a punto de tomarme por el otro, hasta el punto de sufrir como él, por un momento. Entonces ellos descorcharon el champaña: ¡Es de los nuestros! ¡Verduzco de angustia! ¡Un verdadero terrícola! ¡Ahogado en la clorofila! ¡Rozando los mataderos! Esto se les debió de quedar en el estómago. Muy mezquinos misioneros en el fondo, al servicio de lo efímero reactualizado. Ven, cordero mío, a retozar con nosotros, que esto se pasa pronto, ya lo verás, justo el tiempo de juguetear con una cordera, es una golosina. El amor, he ahí una trampa que no ha fallado nunca, yo he debido enganchar siempre a alguien. Y en esta clase de W. C. es en la que he llegado a creerme y hasta a bajarme los pantalones. El mismo Mahood ha estado a punto de pillarme más de una vez. He sido él un momento, cojeando en sus muletas a través de una naturaleza —no nos engañemos— más bien enjuta y, además, seamos justos, poco poblada al principio. Me detengo tras cada golpe de muleta, sólo el tiempo necesario para devorar un narcótico y medir el camino recorrido, y el que falta por recorrer. Mi cabeza está allí también, ancha en su base, de sienes calvas y rematada en forma de caballete de tejado ápice del edificio, salpicada de largos pelos flotantes como los que crecen en los lunares. No hay nada que hacer, estoy dulcemente bien informado. Confesad que era tentador. Dije un momento, quizá fueran años. Después, retiré mi adhesión, pues eso se volvía grosero. Había dado ya una buena decena de pasos si se pueden llamar así, desde luego no en línea recta, sino siguiendo una curva muy pronunciada que, aunque acaso no me llevara a mi punto de partida precisamente, parecía destinada a hacer que lo rozase muy de cerca, a poco que me mantuviera en ella. Probablemente me metí en una especie de espiral invertida, quiero decir una espiral cuyos anillos, en vez de ir ampliándose, se fueran reduciendo, hasta ya no poder continuarse, visto el espacio de especie en el que se consideró que debía hallarme. En aquel momento, ante la imposibilidad material de ir más lejos, sin duda debía estar obligado a detenerme, libre en rigor para en seguida reanudar la marcha en sentido inverso, o mucho después, desatornillándome en cierto modo, después de haberme atornillado bien. Lo que habría constituido una experiencia de gran interés y novedad, si es cierto, como me he dejado decir, no pudiendo hacer otra cosa, que hasta el camino más desvaído tiene muy otro aspecto, muy otro desvaído, al volver que al ir, y viceversa. Es inútil desviarse, sé un montón de cosas. Pero aquí se presenta una dificultad. Pues si a fuerza de enroscarme, permítaseme esta elipse —lo que no me ocurre a menudo—, si a fuerza de enroscarme, pues valía la pena querer ir más deprisa, si a fuerza de enroscarme tenía fatalmente que concluir por encontrarme clavado, incapaz de ir más lejos so pena de disminuir de volumen o de penetrar literalmente en mí mismo, y sin embargo forzado —la palabra no es bastante fuerte— a inmovilizarme, por contra una vez lanzado en el otro sentido, ¿no debería normalmente desarrollarme hasta el infinito, sin que nada pueda nunca ponerle fin, toda vez que el espacio en que se me echó es globular, a menos que se trate de la tierra, lo que da lo mismo, yo me entiendo? Pero, ¿dónde está, en fin de cuentas, la dificultad? Juraría que había una en aquel momento. Sin contar con que muy bien podría, en cualquier momento, en uno cualquiera, hallarme ante una pared, un árbol o cualquier otro obstáculo, que por supuesto me estaría formalmente prohibido contornear, lo que cortaría en seco mis rotaciones tan eficazmente como la especie de calambre de que acababa de ser víctima. Pero parece ser que con el tiempo se pueden quitar los obstáculos, y seguir adelante, pero no yo, a mí me pararían de golpe, si viviera entre ellos. Pero incluso sin obstáculos, pasado el ecuador me parece que se debería volver a girar hacia dentro, por la fuerza de las cosas, sin dejar de proseguir el camino, ésta es la idea que tengo. En el momento de que hablo, cuando me tomé por Mahood, debía yo estar dando la vuelta al mundo, de lo que sólo tenía para algunos siglos. Mi ruina fisiológica abonaría esta hipótesis, pues quizá había dejado mi pierna en el océano Pacífico, que digo quizá, la había dejado allí, frente a Sumatra, en las selvas rojas de raflesia hediendo a carroña, no, eso es el océano índico, qué enciclopedia, en fin por allí. En suma, regresaba al redil, ciertamente disminuido, y llamado sin duda a serlo más, antes de volver a ver a mis padres y a mi mujer, a los míos, y de estrechar en mis brazos —logré conservar los dos— a mis hijos, nacidos durante mi ausencia. Me hallaba en una especie de patio o de saltadero, rodeado de altas murallas, con el piso formado por una mezcla de tierra y de ceniza, y esto me parecía grato tras las vastas extensiones abiertas y móviles que había recorrido, si se me había informado bien. Me sentía casi en seguridad. En medio del patio se alzaba una minúscula rotonda, sin ventanas, pero bien provista de saeteras. Pero no estaba bien seguro de reconocerla, pues hacía mucho tiempo, según me dije, que había partido. He aquí el abra que nunca debí abandonar, aquí me esperan mis queridos ausentes, con paciencia, y yo también debo ser paciente. Allí dentro un rebullir de pepé, memé, mamá y los ocho o nueve mocosos. Con los ojos pegados a las rendijas seguían mis esfuerzos, de corazón conmigo. A medida que yo giraba por el exterior, ellos giraban por el interior, descontada la diferencia de curvatura. Durante la noche, por turno, me observaban con ayuda de un proyector. Así giraban las estaciones. Los niños crecían, los períodos de Ptomaïna iban empalideciendo, los viejos se acechaban diciéndose: «Seré yo quien te entierre, serás tú quien me enterrará». Desde que estaba allí tenían un tema de conversación, y hasta de discusión, el mismo que antes, cuando me fui, incluso tal vez un interés en la vida, el mismo que antes. El tiempo les parecía más corto. «¿Y si le echáramos algo de comer?» «No, no, no hay que molestarlo.» No querían romper mi impulso, hacia ellos. «Está irreconocible.» «Es verdad, y, sin embargo, se le reconoce.» Ellos, que de ordinario no se respondían nunca, mis padres, mi mujer, la que me había elegido, cuando tuvo pretendientes. «Algunas primaveras más y nos será devuelto.» «¿Dónde lo pondré? ¿En el sótano?» ¿No estaré, después de todo, en el sótano? «¿Qué le ocurre para detenerse todo el tiempo?» «Oh, siempre ha sido así, siempre lo hemos conocido así, deteniéndose siempre, ¿no es cierto, pepe?» «Es cierto, nunca quieto, deteniéndose siempre.» Según Mahood, yo no llegué nunca, es decir, que todos murieron antes, sucumbiendo los once o doce que eran por ingerir conservas echadas a perder, en medio de atroces sufrimientos. Incomodado por sus aullidos, primero, después por el hedor de putrefacción, retrocedí en mi camino. Pero no anticipemos, si no nunca llegaríamos. Por otra parte, ya no soy yo. «Quién sabe si llegará alguna vez, al paso que va.» «Diríase que, desde el año pasado, va más despacio.» «Oh, las últimas vueltas han ido deprisa.» La pierna que me faltaba les era indiferente. A lo mejor ya no la tenía cuando partí. «¿Y si le tiráramos una esponja?» «No, no, no hay que distraerlo.» Por la noche, después de cenar, mientras mi mujer me vigilaba, los viejos le contaban mi vida a los niños adormilados. Resultaba una velada hogareña. Era un procedimiento de los que le gustan a Mahood ese de hacer intervenir testimonios de los llamados independientes, en apoyo de mi existencia histórica. Concluido el fragmento, todos cantaban un himno: «Salvo y sano en los brazos de Jesús», por ejemplo, o bien, «Jesús, amante de mi alma, déjame refugiar en tu seno», por ejemplo. Después, se iban a acostar, excepto aquel a quien le tocaba estar de centinela. No siempre estaban de acuerdo los viejos en lo que a mí se refiere, pero coincidían en que fui un hermoso bebé, muy al principio, durante quince días o tres semanas. «Sin embargo, se trató de un hermoso bebé», así concluían invariablemente sus relatos. A menudo era uno de los niños el que, aprovechándose de una pausa en la narración durante la cual mis padres se sumían en sus recuerdos, lanzaba a modo de cierre la frase consagrada: «Sin embargo, se trataba de un hermoso bebé». Risas claras e inocentes, de aquellos a quienes el sueño no había vencido aún, saludaban la colocación prematura de este final. Y los propios narradores, bruscamente arrancados de sus tristes pensamientos, no podían contenerse de sonreír. Después todos, salvo mi madre, a la que fatigaba estar de pie, se levantaban entonando el «Dulce Jesús, manso y suave», por ejemplo, o bien «Mi Jesús único, mi Jesús todo, óyeme cuando te llamo», por ejemplo. Él también debió de haber sido un hermoso bebé. Entonces, mi mujer comunicaba las últimas noticias, para que se las llevaran al lecho. «Ahí está caminando otra vez hacia atrás», o «Se ha puesto a rascarse», o «Ha hecho el cangrejo durante sus buenos diez minutos», o «Venid pronto, está de rodillas», lo que evidentemente valía la pena ir a ver. Era de rigor que se le preguntase si yo avanzaba de todos modos, si a pesar de todo en conjunto avanzaba, los que no dormían ya no habrían querido acostarse sin estar seguros de que yo no perdía pie. Ptoto los tranquilizaba. La cosa era concluyente, toda vez que me había movido. Toda vez que me acercaba, dado que no permanecía quieto, no había por qué inquietarse. Estaba lanzado, no había motivo para que de pronto me pusiera a alejarme, no era mi estilo. Entonces todos, cuando se habían besado y deseado buenas noches, un sueño reparador, se retiraban, salvo el centinela. «¿Y si lo llamáramos?» Pobre papá, él hubiera querido alentarme de viva voz. «Aguanta bien, muchacho, es el último invierno.» Pero viendo mi esfuerzo, el esfuerzo que me imponía, no le dejaban, pretextando que no era el momento de darme un empujón. Pero, ¿cuáles eran mis propios sentimientos en todo aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Con qué? ¿En qué condiciones morales me debatía? Estaba entregado por entero —cito a Mahood— a mi asunto, sin preocuparme de saber en qué precisamente, y hasta aproximadamente, ese asunto consistía. Para mí se trataba de mantenerme, no pudiendo hacer otra cosa, en el movimiento que se me había impuesto, en la medida de mis medios declinantes. Esta obligación y la casi imposibilidad en que me hallaba de cumplirla, acaparándome de modo mecánico, con exclusión especialmente del libre ejercicio de la inteligencia y la sensibilidad, me hacían parecer una vieja caballería de carga o de tiro que ni siquiera piensa ya en el establo y cuyos instintos y capacidad de observación no se encuentran ya en condiciones de indicarle si se acerca o se aleja de él. Entre otras cuestiones, la de saber cómo son posibles tales estados de cosas hacía tiempo que había dejado de preocuparme. Este patético cuadro de mi situación no estaba hecho para desagradarme y al recordarlo me pregunto todavía si no habría dejado de ser yo, como Mahood me lo aseguraba, quien daba vueltas, en efecto, en aquel patio. Bien provisto de analgésicos, los usaba ampliamente, sin llegar, obstante, a ingerir la dosis mortal que habría cortado en seco mi función, cualquiera que ésta pudiera ser. Con todo, habiendo observado y creído reconocer el lugar, ya ni siquiera pensaba en los queridos seres que, en la creciente agitación de la espera, lo llenaban a más no poder. Aunque muy cerca, a vuelo de pájaro, del punto muerto, no apresuraba el paso. Sin duda habría podido hacerlo, pero debía contenerme, si quería llegar. No me importaba, pero estaba obligado a esforzarme para llegar. Un objetivo deseable, aunque nunca tuve tiempo de reflexionar sobre ello. Ir hacia adelante, llamo a eso hacia adelante, siempre he ido hacia adelante, si no en línea recta, al menos según la figura que se me había asignado. En mi vida no ha habido sitio para nada más. Siempre es Mahood el que habla. No me he parado nunca. Las paradas que hice no cuentan pues eran para poder seguir. No las utilizaba para meditar acerca de mi situación, sino para frotarme lo mejor que podía con bálsamo tranquilo, por ejemplo, o para ponerme una inyección de láudano, operaciones incómodas para el que no tiene más que una pierna. A menudo se decía «Ha caído», cuando en realidad me había desplomado deliberadamente para poder soltar mis muletas y tener las manos libres para cuidarme convenientemente. La verdad que es difícil, para el que sólo tiene una pierna, tirarse por tierra, hablando con propiedad, sobre todo cuando la cabeza anda débil, la cosa corre prisa y la pierna que queda está debilitada a fuerza de no servirse de ella. Lo más sencillo es soltar las muletas y desplomarse. Que es lo que yo hacía. Tenían, pues, razón al decir que me había caído, no se engañaban mucho. También me sucedió que caí sin querer, pero no a menudo, no a menudo, a un viejo de la vieja1 como yo, os imagináis, no le pasa a menudo eso de caerse sin querer, se deja caer a tiempo. En fin, de pie o por el suelo, prodigándome los cuidados indispensables, esperando que el dolor disminuyera, acechando el instante de poderme poner otra vez en movimiento, me detenía, si se quiere, pero no como se imaginaban ellos cuando decían «Se ha vuelto a parar, no llegará nunca». Cuando penetraré en esa casa, si tal cosa llega a sucederme alguna vez, será para seguir dando vueltas, más deprisa cada vez, más crispado cada vez, como un perro estreñido, o agusanado, haciendo caer los muebles, en medio de los míos que tratan de besarme, hasta que, catapultado en el sentido inverso a impulsos de una torsión suprema, me marche de nuevo sin haberles dado las buenas noches. Decididamente voy a prestarme un poco todavía a esta historia, pues no es imposible que haya algo de verdad dentro de todo eso. Viendo probablemente que permanecía escéptico, Mahood dejó caer como quien no hace la cosa que no sólo me faltaba una pierna, sino también un brazo. En cuanto a la muleta correspondiente, al parecer conservaba yo lo bastante de axila para sostenerla y maniobrar, ayudándome con mi único pie para hacer avanzar su extremo cada vez que era necesario. Pero lo que me chocó profundamente, hasta el punto de hacer nacer en mi espíritu, tal como por lo demás Mahood lo había disfrazado, dudas invencibles, fue la sugerencia de que el infeliz llegado hasta los míos y puesto al alcance de mi conocimiento primeramente por el ruido de su agonía, y después por el hedor de sus cadáveres, me había hecho desandar camino. A partir de aquel momento ya no podía seguirle. Voy a explicar por qué, lo que me permitirá pensar en otra cosa y ante todo en el medio de alcanzarme, allí donde me espero, aunque apenas tenga ganas, pero es mi única oportunidad, así lo creo al menos, mi única oportunidad de callarme, de al fin hablar un poco sin mentir, si es eso lo que ellos quieren, para no tener que hablar más. Daré tres o cuatro de mis razones, eso me bastará. En primer lugar, mi familia, el hecho en sí de tener una familia ya habría debido ponerme la mosca tras la oreja, por momentos, y el deseo de haberme debatido, incluso brevemente, incluso débilmente, en la gran tromba animada que va desde los primeros protozoarios hasta los hombres más recientes que... No, paréntesis. Vuelvo a empezar. Mi familia. En primer lugar no tenía nada que ver con cuanto yo hacía. Habiendo partido de aquel sitio, lo normal era que regresara a él, dada la exactitud de mi navegación. Y mi familia se habría podido mudar durante mi ausencia, e instalarse a cien leguas de allí, sin que yo me hubiera apartado el grosor de un cabello de mis remolinos. En cuanto a los gritos de dolor y los hedores de descomposición, suponiéndome capaz de haberlos advertido, me habrían parecido completamente normales en el orden natural de las cosas, tal como aprendí a conocerlo. Si cada vez hubiera necesitado volverme ante tales manifestaciones, no habría ido lejos. A mí, al que sólo lavaban superficialmente las lluvias, cuya cabeza, si no la boca, estaba llena de imprecaciones, primero me habría sido menester volverme de mí. Después de todo quizás era eso lo que hacía. Así se explicaría mi marcha vagamente circular. Mentiras, mentiras, no tenía que conocer, ni juzgar, ni maldecir, sino ir. Que el bacilo
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