El innombrable Samuel Beckett






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títuloEl innombrable Samuel Beckett
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fecha de publicación12.03.2016
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el momento creando tensiones entre cuatro elementos: el propio escritor como persona, la historia al ser escrita, la capacidad que el escritor tiene de escribir y aquella historia más larga que incluye al escritor desde el punto de vista del autor.

Malone escribe acerca de Sapo —la especie en sí— una historia que tiene sentido universal. Sale Sapo para entrar en el mundo y conoce a los Lamberts; Lambert se ocupa en matar cerdos a cuchilladas, es decir, practica un arte antiguo y mortífero. Después, Sapo se desvanecerá de la historia y aparece Malone, como si aquélla fuera su historia; y, en realidad, ¿cuál es la diferencia?, ¿podrá señalarse una diferencia? Y, conseguido este estadio, ¿entre qué cosas habrá que diferenciar? A Malone lo único que le preocupa son las cosas que necesita: la libreta, el lápiz, el plato y el orinal, cuando, tiene hambre o cuando se apercibe de un urgente espasmo.

Girando en torno a Malone e indistinguibles del mismo, son los Murphys, Merciers, Molloys, Morans y Malones. Este último uso de Malone indica que tal vez éste no sea real o que exista únicamente fuera de sí mismo, sugiriendo además que su presencia como escritor es no-sustancial, simple esparcimiento del autor. Y Malone, ¿existe siquiera él? Y, de ser así, ¿qué es su historia?

En esta trilogía posterior a los horrores de los años de guerra, Beckett se ocupa de los interrogantes acerca de la validez de la misma realidad. En Murphy y Watt, según hemos visto, intentó establecer cierta relación con los objetos reales, a pesar de que éstos permanecían, en su mayor parte, fuera del control del hombre. En la trilogía de postguerra, Beckett ya no separa hombres de objetos, ni lo subjetivo de lo objetivo. Se interroga ahora acerca de si existe siquiera algo llamado existencia y pregunta qué hay dentro y qué fuera. Esta postura, evidentemente acarrea un gambito filosófico tradicional, pero rara vez se ha convertido en materia de la novela hasta tal extremo. Es verdad que Joyce en Finnegans Wake fundió sujeto y objeto, Earwicker con el medio que le rodeaba, pero este acto de fusión indica que el autor cree en las cosas que funde. En cambio Malone pregunta: «¿A cuántos he matado, ya dándoles en la cabeza, ya prendiéndoles fuego? Así de pronto sólo recuerdo cuatro, todos desconocidos, jamás conocí a ninguno». Uno de los que ha matado, reconocemos que bien pudiera ser él mismo, y éste sería el diario de un muerto, la historia de un hipotético Malone escribiendo sobre un Malone muerto.

Malone termina como empezó, siendo su primera línea: «Pronto estaré completamente muerto por fin a pesar de todo». Y su última: «...quiero decir/jamás allí él querrá nunca/nunca nada/allí/ya más...». Malone se desvanece y murmura al salir de la existencia, lloriqueando, declinando camino de la nada. ¿Existió acaso alguna vez? El Innombrable comienza así: «¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?»: todas las preguntas temporales y espaciales que hace el hombre sobre sí mismo para poder identificarse. Y el comienzo es típico del conjunto. El Innombrable es incapaz de orientarse, estando todo su monólogo encaminado a adjudicarse nombre, lugar y tiempo. Dice: «...no pediría otra cosa de mí que saber que lo que oigo no es el sonido inocente y necesario de cosas mudas constreñidas a permanecer, sino la palabrería impregnada de terror del condenado a silencio». La palabrería y el silencio forman los nódulos gemelos de su conducta: se ve constreñido a charlar en tanto que lo que desea es silencio, combinándose una cosa con la otra. Tiene que charlar, ya que únicamente a través del habla determinará que existe; dejar de charlar equivaldría a destruirse. Y, sin embargo, reconoce que la palabrería en sí no conduce a nada. «Entretanto sería estúpido discutir de pronombres y otros elementos de la charlatanería. El sujeto no importa, no lo hay». Aquí hay un encuentro de la gramática con el tema. En otro lugar, sus preocupaciones siguen siendo las mismas: «...dime lo que siento y te diré quién soy». Pero no es así de sencillo. Puesto que él no entenderá lo que le diga la gente cuando le hablen de él. Su identidad debe seguir disfrazada, él debe vivir únicamente de y con palabras, «...no hay necesidad de boca, las palabras están por doquier, dentro de mí, fuera de mí, bien, bien, hace un minuto que yo no tenía cuerpo, las oigo, no hay necesidad de oírlas, no hay necesidad de cabeza, imposible pararlas, imposible parar, estoy en las palabras, hecho de palabras, palabras de otros, qué otros, el lugar también...» Palabras descorporeizadas identifican al Innombrable pero, irónicamente, no existe palabra para su nombre.

Cuando el Innombrable afirma que «...dónde estoy, no sé, nunca sabré, en el silencio no sabes, tienes que seguir, no puedo seguir, seguiré», hay la imagen de un ciego sin nombre encaminándose por el mundo en una dirección que no conoce, un mundo de cuya existencia ni siquiera está, seguro. Meursault, comparado con él, tiene valores, comprensión (aun siendo desequilibrada y enigmática) y creencias: sabe hacia dónde va, esto es, hacia toda aquella experiencia que haga que sus sentidos experimenten cierta comezón.

Para un personaje de Beckett no existe este sentido de triunfo, por secundario que sea. No hay conciencia de que exista una abstracción como el triunfo. Las abstracciones denotan un mundo donde es posible el heroísmo, y el heroísmo ha sido barrido por generaciones sucesivas de Malones, Murphys, Merciers, Watts e Innombrables. Ellos y Sapo, Macmann y otros como ellos son todo cuanto queda; y, para ellos, el creer en abstracciones querría decir que creen en su propia corporeidad, en la misma medida que nosotros únicamente podemos calibrar una abstracción contraponiéndola a algo real. Una vez más, Beckett pregunta: ¿Qué es real? ¿Qué no lo es? El Innombrable prosigue sin integridad (¿qué es?), sin creencias (¿en qué?), sin identificación (¿cómo se llama?), (¿dónde está?), sin saber por qué es culpable, sin deseo de vivir, sin ninguno de aquellos puntales en que el hombre suele apoyarse. Sobrevive y seguirá sobreviviendo sólo porque su cuerpo sigue funcionando. En un universo que no tiende a nada, y sin contar ni siquiera con un nombre, no hay salvación, puesto que no hay pecado. Y aunque hubiera pecado tampoco habría salvación. Como expresión de la desesperanza de la postguerra, de desesperación cósmica, y más que ninguna otra obra de nuestro tiempo —exceptuando acaso la de Céline— la trilogía de Beckett capta el nihilismo y el pesimismo del hombre que no cree ni en Dios ni en sí mismo. Sus personajes tienen buenas intenciones y, al contrario de los de Céline, no sienten el odio. Pero su destino todavía es peor. Puesto que, por lo menos, el Bardamu de Céline consigue su identificación gracias a aquello que combate, pero a Malone y a Molloy de Beckett se les niega este placer elemental. Cuando odian su vehemencia sólo puede volverse contra ellos mismos, y su lucha por la supervivencia en el destructivo elemento de la no-vida es su único medio de identificación, por desesperanzado que sea y por muy abandonados que se encuentren. Aquel momentáneo y casi ilusorio fulgor de esperanza que ve Camus en el absurdo trabajo de Sísifo, Beckett lo transforma en la desesperada búsqueda del hombre por encontrar respuestas que le serán negadas por siempre jamás.
Frederick R. Karl

Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante. Puede que un día, venga el primer paso, simplemente haya permanecido, donde, en vez de salir, según una vieja costumbre, pasar días y noches lo más lejos posible de casa, lo que no era lejos. Esto pudo empezar así. No me haré más preguntas. Se cree sólo descansar, para actuar mejor después, o sin prejuicio, y he aquí que en muy poco tiempo se encuentra uno en la imposibilidad de volver a hacer nada. Poco importa cómo se produjo eso. Eso, decir eso, sin saber qué. Quizá lo único que hice fue confirmar un viejo estado de cosas. Pero no hice nada. Parece que hablo, y no soy yo, que hablo de mí, y no es de mí. Estas pocas generalizaciones para empezar. ¿Cómo hacer, cómo voy a hacer, qué debo hacer, en la situación en que me hallo, cómo proceder? Por pura aporía o bien por afirmaciones y negaciones invalidadas al propio tiempo, o antes o después. Esto de un modo general. Debe de haber otros aspectos. Si no, sería para desesperar de todo. Pero es para desesperar de todo. Notar, antes de ir más lejos, de pasar adelante, que digo aporía sin saber lo que quiere decir. ¿Se puede ser eféctico si no es queriendo? Lo ignoro. Los síes y los noes, eso es otra cosa, se me volverán a presentar a medida que avance, y el modo de ciscarse encima, antes o después, como un pájaro, sin olvidarse de uno solo. Se dice eso. El hecho parece ser, si en la situación en que me encuentro se puede hablar de hechos, no sólo que voy a tener que hablar de cosas de las que no puedo hablar, sino también lo que aún es más interesante, que yo, lo que aún es más interesante, que yo, ya no sé, lo que no importa. Sin embargo, estoy obligado a hablar. No me callaré nunca. Nunca.

No estaré solo, en los primeros tiempos. Seguro que lo estoy. Solo. Esto se dice pronto. Hay que decir pronto. ¿Y qué sabe uno nunca, en semejante oscuridad? Voy a tener compañía. Para empezar. Algunos títeres. Los suprimiré después. Si es que puedo. ¿Y los objetos? ¿Cuál debe ser la actitud para con los objetos? Ante todo, ¿hay que tenerla? Vaya pregunta. Pero no me oculto que son de prever. Lo mejor es no detenerse en este tema, de antemano. Si, por una u otra razón, se presenta un objeto tenerlo en cuenta. Se dice que donde hay personas hay cosas. ¿Quiere esto decir que al admitir a aquéllas se han de admitir éstas? Habría que verlo. Lo que se ha de evitar, no sé por qué, es el espíritu de sistema. Personas con cosas, personas sin cosas, cosas sin personas, lo mismo da, estoy muy seguro de poder barrer todo eso en muy poco tiempo. No veo cómo. Lo más sencillo sería no empezar. Pero estoy obligado a empezar. Lo que significa que estoy obligado a continuar. Acaso acabaré por estar muy rodeado, en un cajón de sastre. Idas y venidas incesantes, atmósfera de bazar. Estoy tranquilo, id.

Malone está ahí. De su mortal vivacidad quedan pocos rastros. Pasa ante mí por intervalos sin duda regulares, a menos que sea yo el que pasa ante él. No, de una vez por todas, ya no me muevo. Él pasa, inmóvil. Pero se tratará poco de Malone, del que ya no hay nada que esperar. Personalmente no tengo intención de aburrirme. Al verlo a él es cuando me he preguntado si proyectamos una sombra. Imposible saberlo. Él pasa junto a mí, a unos cuantos pies, lentamente, siempre en el mismo sentido. Estoy muy seguro de que es él. Ese sombrero sin alas me parece concluyente. Se aguanta la mandíbula con las dos manos. Pasa sin dirigirme la palabra. A lo mejor es que no me ve. Un día de estos lo interpelaré, diré, no sé, encontraré, cuando sea el momento. No hay días aquí, pero me sirvo de la fórmula. Le veo desde la cabeza hasta la cintura. Se acaba en la cintura, para mí. El busto está erguido. Pero ignoro si está de pie o de rodillas. Quizás esté sentado. Lo veo de perfil. A veces me digo, ¿no se tratará en realidad de Molloy? Tal vez sea Molloy que lleva el sombrero de Malone. Pero es más razonable suponer que se trata de Malone llevando su propio sombrero. Caramba, he aquí el primer objeto, el sombrero de Malone. No le veo otras prendas. En cuanto a Molloy, acaso no esté aquí. ¿Podría estarlo si quisiera yo? El lugar es vasto, sin duda. Débiles luces parecen indicar por momentos una especie de lejanía. A decir verdad, los creo a todos aquí, al menos a partir de Murphy, nos creo a todos aquí, pero hasta el momento no he visto más que a Malone. Otra hipótesis: ellos estuvieron aquí, pero ya no están. Voy a examinarla, a mi modo. ¿Hay otros fondos, más abajo? ¿Unos fondos a los que se llega por éste? Estúpida obsesión de la profundidad. ¿Hay otros lugares previstos para nosotros, de los cuales éste en el que estoy no es más que el pórtico? Y yo que creía haber acabado con los períodos de prueba. No, no, sé que todos estamos aquí para siempre, desde siempre. No me haré más preguntas ya. ¿No se trata, en realidad, del sitio donde se acaba por disiparse? ¿Llegará un día en que Malone no vuelva a pasar ante mí? ¿Llegará un día en que Malone pasará por delante de donde yo estuve? ¿Llegará un día en que otro pasará por delante de donde yo estuve? Carezco de opinión.

Si yo no fuera insensible, su barba me daría lástima. Cae en dos delgadas torcidas de longitud desigual, a una y otra parte de la barbilla. ¿Hubo un tiempo en que también yo me volvía así? No, siempre he estado sentado en este mismo lugar, con las manos en las rodillas, mirando ante mí como un gran-duque en una pajarera. Las lágrimas corren por mis mejillas sin que experimente la necesidad de entornar los ojos. ¿Qué me hace llorar así? De tanto en tanto. No hay nada aquí que pueda entristecer. Tal vez se trate de cerebro licuado. En todo caso, la felicidad pasada se me ha ido completamente de la memoria, si es que alguna vez estuvo presente en ella. Si realizo otras funciones naturales, es porque quiero. Nada me lo impide nunca. Sin embargo, estoy inquieto. Nada cambia aquí desde que aquí estoy, pero no me atrevo a deducir de ello que nada cambiará nunca. Veamos un poco adonde conducen estas consideraciones. Estoy, desde que estoy, aquí, aseguradas en otra parte por terceros mis apariciones. Durante este tiempo todo ha ocurrido en la mayor calma, en el más perfecto orden, fuera de algunas manifestaciones cuyo sentido se me escapa. No, no es que se me escape su sentido, pues igualmente se me escapa el mío. Todo aquí, no, no lo diré, porque no puedo. No le debo a nadie mi existencia, esas luces no son de las que iluminan o arden. Sin ir a ninguna parte, sin venir de ninguna parte, Malone pasa. ¿De dónde me llegan estas nociones de antepasados, de casas donde se enciende, y tantas otras? He buscado por todas partes. Y todas estas preguntas que me dirijo. No es por espíritu de curiosidad. No puedo callarme. No necesito saber nada de mí. Aquí todo está claro. No, todo no está claro. Pero es menester que la explanación se realice. Entonces se inventan oscuridades. Se trata de retórica. ¿Qué tienen, pues, de tan raro, de desplazado casi, estas luces a las que nada les pido que signifiquen? ¿Es su irregularidad, su inestabilidad, su brillantez intensa unas veces y pálida otras, pero que nunca va más allá de la potencia de una o dos bujías? Malone, por su parte, aparece y desaparece con una exactitud maquinal, siempre a la misma distancia de mí, con la misma rapidez, en el mismo sentido, en la misma actitud. Pero el juego de luces es verdaderamente imprevisible. Hay que decir que probablemente pasarían por completo inadvertidas a unos ojos menos avisados que los míos. Pero, ¿acaso no escapan, en ciertos momentos, incluso a los míos? Quizá son luces permanentes y fijas, percibidas por mí con vacilación y por intermitencias. Confío en que tendré ocasión de volver sobre este asunto. Pero ya ahora diría, para mayor seguridad, que espero mucho de estas luces, como por otra parte de cualquier elemento análogo de incertidumbre verosímil, para que me ayude a continuar y eventualmente a decidir. Dicho esto, prosigo, he de hacerlo. Sí, que es lo que decía, ¿puedo deducir, del perfecto estado hasta ahora de este lugar, que será siempre así? Puedo, evidentemente. Pero el solo hecho de hacerme esta pregunta me da que pensar. Por mucho que me diga que esta pregunta no tiene otro objeto que alimentar el discurso en un momento dado, en el que corre peligro de desvanecerse, esta excelente explicación no me satisface. ¿Acaso soy víctima de una verdadera preocupación, como si se dijera de una necesidad de saber? Lo ignoro. Voy a probar otra cosa. Si un día debiera intervenir un cambio, originado por un principio de desorden sobrevenido ya, o en camino, entonces, ¿qué? Esto parece depender del cambio en cuestión. Pero no, aquí todo cambio sería funesto, me devolvería, acto seguido, a la calle de la Gaité. Otra cosa. ¿No ha cambiado nada verdaderamente desde que estoy aquí? Con franqueza, puesta la mano sobre el corazón, no esperad, que yo sepa, nada. Pero el lugar, ya lo indiqué, tal vez sea grande, lo mismo que puede no tener más que doce pies de diámetro. En lo que se refiere a poder reconocer sus confines, ambos casos son válidos. Me gusta creer que ocupo su centro, pero nada menos seguro. En cierto sentido, mejor sería que estuviera sentado en el borde, puesto que miro siempre en la misma dirección. Pero desde luego no es éste el caso. Pues si así fuera, Malone, al girar a mi alrededor, como lo hace, saldría del recinto en cada una de sus revoluciones, lo que manifiestamente es imposible. Pero, ¿gira verdaderamente, o es que no hace sino pasar ante mí, en línea recta? No, gira, lo noto, y lo hace alrededor de mí, como el planeta alrededor del sol. Si hiciera ruido, no dejaría de oírlo, a la derecha, a mis espaldas o a la izquierda, antes de verlo de nuevo. Pero no hace ningún ruido, pues no estoy sordo, tengo la certeza de ello, es decir, casi la certeza. Por último, entre el centro y el borde hay margen, y muy bien puedo estar situado en algún lugar entre los dos. Igualmente es posible, no me lo oculto, que también yo me vea arrastrado a un movimiento perpetuo, en compañía de Malone, como la tierra con su luna. Entonces, me habría quejado sin motivo del desorden de las luces, simple efecto de mi obstinación en suponerlas siempre las mismas y vistas siempre desde el mismo punto. Todo es posible, o casi. Pero lo más sencillo, realmente, es considerarme fijo en el centro de este lugar, cualesquiera que sean su forma y su extensión. Esto es también, sin duda, lo más agradable para mí. En suma: nada, aparentemente, ha cambiado desde que estoy aquí; el desorden de las luces puede ser una ilusión; temer de cualquier cambio; inquietud incomprensible.
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