Cierra los ojos, pues sabes






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Siempre se puede ayudar a los demás.



He oído hablar del arco iris, de las estrellas, del juego de la luz sobre las olas. Me gustaría ver todo eso. Pero mucho más que la vista, desearía que los oídos se me abrieran. La voz de un amigo, los alegres y bulliciosos ruidos del vecindario, las fantasías de Mozart. [...] La vida sin todo esto es mucho más oscura que la ceguera.

HELLEN KELLER
Escuchar sana.

Mientras nuestros hijos crecían, si acudían a mí con sus problemas yo solía sugerirles soluciones: incorpórate a un grupo, busca a un terapeuta, toma vitaminas... Y me decían que no los ayudaba. Pero cuando me sentaba a escucharlos, me daban las gracias por lo que hacía y me decían que los había ayudado mucho.

Lo mismo pasaba en nuestros grupos de terapia. A veces me quedaba ahí aturdido, con la boca abierta, sin decir nada. Y a medida que pasaban los meses, la gente empezaba a agradecerme lo que había hecho. ¿Y qué había hecho yo? No les había dado curas ni respuestas mágicas; simplemente, les había escuchado.

Cuando alguien a quien amas está en dificultades, escúchale. Cuando te sientes terriblemente mal porque no puedes ofrecer una cura, escucha. Cuando no sabes qué ofrecer a tus seres queridos, escucha, escucha y escucha.

A veces pregunto a las personas que participan en mis talleres si preferirían ser ciegas o sordas. Ahora te pido a ti que cierres los ojos y te imagines cómo sería tu mundo si nunca más pudieras volver a ver. Y después de unos minutos, enciende el televisor; quítale el sonido y limítate a ver la imagen. Ahora, piensa cómo sería tu vida si no pudieras oír. No es que la decisión de una persona sea correcta o errónea, ni que sea mejor o peor ser ciego o sordo; todos podemos tener nuestras preferencias. Pero, en mi opinión, la ceguera nos separa de los objetos, mientras que la sordera nos separa de las personas.

Al comienzo de este capítulo he citado las palabras de Hellen Keller, ciega y sorda desde los diecinueve meses. Hellen habla con suma elocuencia del poder de sanación que tiene el hecho de escuchar, cuando dice: « [...] mucho más que la vista, desearía que los oídos se me abrieran». Ya sé que los sordos pueden aprender a oír con el corazón, pero, por favor, ten conciencia del poder que tiene escuchar.

A veces pienso en fundar una compañía aérea llamada «Aerolíneas Terapéuticas», porque si te subes a un avión, te vuelves hacia la persona que tienes a tu lado y le dices: «Yo soy psicólogo, y usted, ¿a qué se dedica?», durante las horas siguientes esa persona te contará todos sus problemas, como si te los derramara encima. Y después, cuando el viaje termine, te dará las gracias. Es decir que Aerolíneas Terapéuticas sería una línea aérea que despega de un aeropuerto local y se pasa dos horas en el aire. En un avión lleno de extraños, nos contaríamos nuestra vida los unos a los otros, y después volveríamos al lugar de partida y todos nos sentiríamos mejor.

No olvides nunca el poder intrínseco en el hecho de escuchar ni el vigor que se proporciona simplemente estando ahí; no para curar al otro, sino para prestarle atención. El mundo necesita gente que sepa escuchar. Imagínate a un niño en brazos de su madre. Como dice Ashley Montagu, es necesario que el mundo sea como una madre amante.
Cuando un niño está enfermo, dale poder.
Piensa un momento en los padres de Hellen Keller. ¿Cómo debieron de reaccionar ante una criatura de diecinueve meses que de pronto se queda ciega y sorda? Esto es algo que todos los padres deberían plantearse. ¿Qué estáis dispuestos a aceptar y por qué estáis dispuestos a esforzaros? Si vuestro hijo tiene cáncer, sida, una lesión cerebral, una enfermedad congénita, ¿estáis dispuestos a trabajar en ello y a no aceptar un veredicto y una sentencia? Esto es importante. Porque si vais a sentiros unos fracasados o a sentir que habéis hecho algo mal si no lográis una curación, entonces quizá lo mejor será que no lo intentéis. Yo sé que no tomaría esta actitud con ninguno de mis hijos; me esforzaría, en cambio, por lograr cualquier cosa que fuera posible.

Una madre me escribió para preguntarme: «¿Cómo puedo aplicar sus ideas a una niña de cuatro años? ¿Cómo puedo tomar lo que usted enseña y adaptarlo a una escala reducida? Usted insiste en que uno controle su vida; pero, ¿cómo puede un niño llegar a hacerlo? ¿Cómo puedo conseguir que la actitud de mi hija hacia sí misma sea lo más positiva posible? ¿Y cómo sabe uno si una criatura de cuatro años está en paz consigo misma y con su entorno? Un niño de cuatro años, ¿no se siente impotente?».

Ante todo, he de decir que los niños han sido mis mejores maestros. Yo empecé especializándome en cirugía pediátrica, y los niños me ayudaron a aprender a ser abierto, sincero y honesto. Así me capacité para tratar de la misma manera a los adultos. Deja, pues, que la sinceridad y la franqueza del niño que llevas dentro te guíen.

Esa madre me hace muchas buenas preguntas, y algunas de mis respuestas provienen de otros padres, que las han descubierto.

Pero ella también puede considerar lo que pregunta sin sentirse abrumada. ¿Cómo se hace eso? Fijándose en qué es lo que proporciona alegría a su hija. Toma una cosa por vez, para dar poder a tu hijo de maneras simples. No te fijes en el «control», sino en la paz mental. Fíjate en el apoyo que puedes dar. Hay muchas cosas que no podemos controlar, pero que podemos superar y manejar.

En el consultorio del médico, si éste quiere que el niño se tienda en la camilla, le dirá que se suba a ella, y el niño puede responderle que no quiere. Pero si el doctor le pregunta si quiere que lo levante o si se anima a subir a la camilla él solo, al niño se le ha concedido cierto poder. Un niño listo, aunque en su fuero interno se resista, se limitará a dirigir al médico una mirada de entendimiento, diciendo para sus adentros: «Vaya, este tío es listo. No sé qué contestarle. Me ha atrapado». Pero otros le responderán:

-Está bien, me subiré yo solo.

Así le demuestran que son capaces de hacerlo. Otra cosa que también puede preguntar el médico es en qué vena quiere el niño que le dé la inyección. Así está confiriendo poder a su joven paciente.

Algunas familias han colgado un gran mural en la pared de la habitación de su hijo en el hospital. Todos los que van a visitar al niño deben hacerle un dibujo. Una familia pedía que cada uno dibujara la silueta de su mano y la firmara. Lo que se consigue con esto, evidentemente, es dar poder al niño. Porque si entra alguien, aunque sea el catedrático de pediatría, diciendo que viene a examinarlo, el niño puede decir: «No, si primero no me haces un dibujo o la silueta de tu mano y me lo firmas».

Es estupendo observar cómo el catedrático se siente inseguro y dice: «Pero es que yo no soy un artista», y el niño le responde: «Entonces no podrás examinarme». De este modo, quien está al mando es el niño. Créeme, así el niño siempre gana y puede irse a casa con un mural lleno de fantásticos dibujos de todas las personas que lo atendieron y lo cuidaron, para enmarcarlo y colgarlo en la pared.

Tu hijo también podría hacer lo que hizo una mujer: insistir en que la gente le pagara, abrazándola o frotándole el cráneo pelado, si querían «palparme los ganglios, auscultar me los pulmones, escuchar el murmullo de mi corazón o hacerme cualquier otra cosa». Un niño puede hacer lo mismo. Un abrazo, una palmadita en la cabeza... la gente puede demostrar su afecto de muchas maneras.

Inventa juegos para tu hijo. Escríbele una canción o un poema; píntale un cuadro, y no te olvides de sembrar humor en su interior. Deja que sea infantil, escúchale y aprende de él. Así te dejará saber cómo se siente. No tengas miedo de usar palabras como «cáncer». No le digas a la gente que no hable, porque entonces, para protegerte, el niño dejará de hablar.

Permítele también que sea creativo, que escriba un libro para otros niños con cáncer. Recuerdo una vez que varias enfermeras vinieron a decirme que tenían dieciséis adolescentes que estaban muy enfermos, y no sabían cómo brindarles apoyo ni qué hacer.

-Poned a esos jóvenes y a sus familias a escribir un libro para otros adolescentes y sus familias.

Seis meses después recibí un libro maravilloso, que es una inspiración para cualquiera, y estoy seguro de que fue una gran ayuda para sanar a esas familias.

Usa dibujos para descubrir cómo se siente tu hijo con el tratamiento. Una familia -la madre, el padre y la hija adolescente- vino a mi despacho con un dibujo que la chica había hecho de su terapia. Los padres decían que ya no quería volver al hospital para seguir con el tratamiento. El dibujo la mostraba blandiendo una lanza y diciendo: «Os odio». En él, con flechas que apuntaban hacia ella, la chica había escrito las palabras «calva», «fea» y «horrible». En un ángulo del dibujo había una célula cancerosa, que lloraba y pedía socorro. Cuando le pregunté a la niña a quién odiaba, me respondió:

-Odio a los médicos. Me dejaron pelada, fea y horrible. La muchacha simpatizaba más con el cáncer, y quería clavarles la lanza a los médicos. Para los padres, aquello fue una lucha. ¿Cómo hacer que un hijo que odia a los médicos siga con el tratamiento? Eso es lo que puede suceder si no dejamos participar al niño.

Y lo podemos lograr con algo tan simple como administrarle la quimioterapia el lunes y no el viernes, para que así pueda estar con sus amigos durante el fin de semana, en vez de pasarlo sintiéndose mal. También podemos hacer que en la escuela se organice un programa para maestros y alumnos, con el fin de ayudarles a entender y a apoyar a los compañeros que tienen cáncer.

Recuerda que los niños son muy sugestionables, es decir que puedes usar las sugerencias como un método terapéutico. Dale a tu hijo «píldoras para el apetito» o frótale la cabeza con un ungüento «que hace crecer el pelo». Cosas así pueden hacerle cambiar de actitud. Déjale hablar con compañeros de escuela que hayan tenido cáncer. Estoy seguro de que tu hijo no es el único, y de que se apoyarán los unos a los otros. Es maravilloso hablar con niños que han tenido cáncer, y si les preguntas qué harían por otro niño como ellos, te dirán lo bien que lo defenderían. Entonces, reúne a estos niños, que ellos se ayudarán a sanar mutuamente.

Uníos tú y tu familia a organizaciones de ayuda mutua formadas por personas afectadas por el mismo problema; entonces podréis compartir vuestra experiencia con ellas y conseguir que los niños se brinden un mutuo apoyo. Hazle saber al médico lo que estáis haciendo. Si un día vas con tu hijo al médico y éste dice que el recuento de glóbulos blancos ha bajado y no lo someterá a quimioterapia, quizás el niño responda:

-Pero si no me hacen el tratamiento me moriré.

Tú puedes recordarle entonces que hay otros recursos, y hablarle de cómo la dieta que sigue, las vitaminas que toma y las visualizaciones que practica también lo mantienen fuerte.

¿Cómo puedes saber si un niño de cuatro años está tranquilo? Yo te diría que le preguntes por lo que siente y lo que sueña, y que observes sus dibujos. Si tu hogar está lleno de amor, si los padres os amáis y le amáis, el niño estará en paz. Entonces, pregúntate si estás en paz. Si tu hijo recibe amor, encontrará la paz.

Ya he hablado de Jason Gaes, que escribió ese hermoso libro titulado Mi libro para niños con cáncer, que ha ayudado tanto a los niños como a los adultos, y que yo suelo citar en mis talleres. Jason convirtió su enfermedad en un don. Entre otras cosas, escribió lo siguiente:

Si puedes, consigue un cartel que diga: «Señor, ayúdame a recordar que hoy no me va a pasar nada que entre Tú y yo no podamos arreglar». Cuélgalo en tu habitación y léelo por la noche, cuando tengas miedo. Y si el miedo no se va, ve a hablar con tu madre y pídele que te abrace o te acaricie el pelo...

A veces, cuando te sientes mal después del tratamiento, no puedes ir a la escuela, pero trata de hacer los deberes, porque tienes que hacerlos todos para después poder ser médico. Y yo voy a ser un médico que cuida niños con cáncer para poder decirles cómo es eso.

Lo que Jason cuenta en una página, yo necesito un libro entero para explicarlo, porque él es un nativo. También ha sido uno de mis maestros... aunque mi ortografía sea mejor que la suya.

Otro chico que me ha conmovido muchísimo es Michael Lidington. Después de que una doctora le dijo que ya no podía hacer nada más por él, y salió de la habitación conteniendo el llanto, Michael le dijo a su madre que él jamás querría ser médico. Ella le preguntó por qué, y Michael respondió:

-Porque no quiero tener que decirle nunca eso a un chico.

Después, cuando su cáncer remitió, escribió un poema titulado «¡Gané! »:
El cáncer se ha ido, y soy libre otra vez.

He decidido que no saldré por esa puerta.

Me iré de este lugar cuando llegue el momento,

durante el día o ya muy entrada la noche,

pero si no estoy preparado, ¡seguro que lucharé!
Mi familia y mis amigos me han ayudado en todo momento,

aunque durante mucho tiempo no sabían qué hacer.

Si supieran que yo haría lo mismo por ellos,

comprenderían que son las piedras más preciosas de mi vida.
Nadie entenderá jamás del todo

el dolor que nutre la pluma con que escribo.

Yo sé que ellos quisieran, desearían entender...

Pero hasta que no puedan hacerlo,

estoy solo en esta tierra.
Ya es hora de que mi vida siga adelante

para desprenderme de la plaga que hace tanto que llevo encima.

Ya es hora de que vuelva a la vida,

de torcer este recodo del camino.
Os agradezco que os preocupéis tanto por mí,

pero no voy a morirme, ya os lo he dicho.
Y cogedme de la mano quienes lo necesitéis,

que por esta tierra salvaje yo os guiaré.
Le dije a Michael que su poema me gustaba, pero no el título, porque él era un ganador por su lucha y su actitud, independientemente de que el cáncer reapareciera o no.

Y el cáncer reapareció, pero un poema que él escribió para que su hermano lo leyera durante su funeral contenía el mensaje que yo había querido hacerle entender (véase p.259).

Creo que el amor destierra todas las enfermedades, y que en realidad, la única enfermedad es la ausencia de amor. Si no puedes entenderlo, habla con dos personas que estén enfermas, una que reciba amor y otra que no. No digo esto para generar culpa, ni para hacerte sentir que «no has amado lo suficiente», sino para que podamos entender qué es sanar de verdad. La esperanza, la sensación de control y la seguridad de los padres, son todos factores que consuelan al niño. Si lo aman, el niño está a salvo, porque no puede sucederle nada que le dé miedo. Y eso incluye la enfermedad y la muerte. Como dijo un pequeño:

-Mi madre estaba cuando nací, y estará también cuando me muera.

Imagínate a un niño con una enfermedad que pone en peligro su vida, tendido en una cama en el hospital, y a sus padres junto a él. ¿Está bien ese niño? ¿Está sanado? ¿Será capaz de enfrentarse con cualquier cosa que suceda? Para mí, sí, gracias al amor que lo envuelve y que rodea a su familia.

Cuando tú estás ahí, tu hijo puede afrontar las dificultades y las transformaciones rodeado de amor.
La relación amorosa cuando uno de los miembros de la pareja está enfermo.

¿Cómo podéis continuar, tu pareja y tú, manteniendo una relación amorosa plena cuando uno de los dos está enfermo? Ante todo, tenéis que considerar una cuestión previa: ¿Qué es una relación amorosa plena? ¿Qué es «hacer el amor»? Jamás olvidaré a una mujer con una distensión abdominal que decía:

-Para abrazarnos, mi marido y yo unimos hombros y rodillas rodeando mi vientre.

Eso era realmente hacer el amor.

Por lo tanto, la relación amorosa es contacto, es tocar. Hay que recordar que el tacto cambia nuestra fisiología. Los recién nacidos a quienes se tiene en brazos aumentan más de peso que los bebés a los que se alimenta igual pero no se los acaricia. El contacto les hace saber que los aman, y eso les cambia el metabolismo. Hay que entender que cuando se toca a un ser querido, éste cambia, y que las caricias influyen en el cuerpo. Entre los adolescentes ingresados en un pabellón psiquiátrico, los que recibían masaje tenían menos angustia que los demás. Hasta el personal de la sala les tenía envidia.

El contacto altera los neuropéptidos. Yo suelo interrumpir mis conferencias nocturnas -que duran un par de horas haciendo que la gente se ponga de pie y que cada cual le dé un masaje en el cuello y los hombros a la persona que tiene al lado; después quien ha recibido el masaje le devuelve el favor a quien se lo ha dado. Con frecuencia, esto va seguido de un aplauso espontáneo y yo les pregunto por qué lo hacen. Creo que lo que aplauden es la forma en que se sienten después de haber sido tocados. Lo triste es que se entienda tan poco cuál es el papel que desempeña el tacto. La Universidad de Miami ha abierto un Instituto del Tacto, y poco a poco vamos haciendo del masaje terapéutico una profesión reconocida en el ámbito sanitario. Sin embargo, la mayoría de los estados no lo reconocen, y creo que es de vital importancia que nos demos cuenta de que el tacto tiene un valioso papel en nuestras interacciones y en el proceso de sanación.

Con respecto a la actividad sexual, lo primero que pregunto a todo el mundo es cómo se siente consigo y con su cuerpo. Quiero que sepas que nadie es rechazado. Te puede faltar un pecho, quizá te hayan hecho una colostomía o una operación de próstata, te resulte difícil tener una erección o tengas sequedad vaginal... Si uno se siente feo, indigno de amor o incapaz de funcionar, esto afectará a su deseo de participar en una relación amorosa.

Si a tu pareja no le apetece hacer el amor, intenta no sentirlo como un desaire o un rechazo. Hazle saber cuáles son tus necesidades. Toca a esa persona, ya sea tu amante o tu cónyuge. Dile que la aceptas tal como es y que quieres tocar su cuerpo, que esto significa mucho para ti. Asegúrale que ella -o él- no es su enfermedad. Como dijo una mujer: «Yo no soy lo que hay de feo en mi enfermedad». Sabes que hay belleza en esa persona; entonces, tócala, y deja que el amor aflore. Las diferentes posiciones pueden ayudar, y también preguntar a tu pareja qué le gustaría hacer. Pregúntale cómo puedes participar, cómo puedes ayudar, para que se sienta a gusto con su cuerpo, para que se dé cuenta de que las cosas en realidad no son muy diferentes, haya o no una enfermedad. Demuéstrale amor, hazle sentir que te importa. Cuando un hombre de cabello y barba abundantes sale del cuarto de baño afeitado y con el pelo corto, mira a su mujer a quien la quimioterapia ha dejado sin cabello y le dice: «Y ahora, ¿qué?», ella se ríe, y la actitud de él la sana instantáneamente. Si haces cosas como ésta, aunque el contacto sexual pueda ser difícil o imposible, siempre se puede hacer el amor. Incluso en las ocasiones en que faltan los órganos que intervienen en la actividad sexual, podemos satisfacer a nuestra pareja a pesar de que nuestra participación no pueda ser completa. De este modo brindas amor y placer a alguien a quien quieres de verdad. Y es algo que se da cuando la relación ha llegado a un nivel muy profundo de compromiso y de entrega.
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