Cierra los ojos, pues sabes






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CARLJUNG


«Acerca de la relación de la psicología analítica con la poesía»
Los símbolos no fluyen del inconsciente para decirnos lo que ya sabemos, sino para mostrarnos lo que todavía tenemos que aprender.

ROBERT JOHNSON

«We» [Nosotros]
Cuando la mente está perturbada, el cuerpo se queja.

El padrino III
La quinta dirección: Adentrarse en la oscuridad.

No puedo dejar de pensar que si todo el dinero que nos hemos gastado en la exploración del espacio exterior lo hubiéramos dedicado a una exploración del espacio interior, para así conocernos más a nosotros mismos, el mundo sería mucho mejor y nosotros más felices. Admiro nuestra curiosi­dad por el sistema solar y todo lo que nos rodea, pero tam­bién me gustaría saber algo sobre nuestros sistemas interiores y lo que hay dentro de nosotros.

A mucha gente le asusta penetrar en su espacio inte­rior. Hacerlo puede parecer amenazante, pero creo que lo que hemos de hacer en la vida es precisamente adentrar nos en esa amenaza, en ese miedo. Me gusta pensar que podemos ir en cinco direcciones: norte, sur, este, oeste y nuestra propia oscuridad. Esa quinta dirección puede ser para nosotros una fuente de grandes conocimientos. Sanar es una obra de la oscuridad. Piensa en cómo se representa el cinco en un dado. El quinto punto, el que está en el centro, es la clave.

Todavía me parece asombroso que cuando recorro facul­tades de Medicina y hospitales, casi todos los médicos me digan que no sabían que en 1933 Carl Jung, al escuchar la narración de un sueño de un paciente, le diagnosticó correctamente un tumor cerebral sin más datos que ese sueño. No tengo idea de por qué no se sabe ni se enseña que los sueños son increíblemente poderosos y constituyen una valiosa fuente de información. Al igual que los dibujos, pueden ayudar a hacer un diagnóstico físico, y pueden cambiar la vida de las personas. Para mí, como médico, es cuestión de rutina preguntar a la gente por sus sueños y sus imágenes, y hacerles dibujar símbolos que puedan servirles de guía.

Si tanto los médicos como los pacientes estuvieran abiertos a esta fuente de información, veríamos más diagnósticos de esta clase. Como médico, yo no vacilo en usar los sueños y los dibujos en mi trabajo, para hacer diagnósticos físicos y para ayudarme a decidir el tipo más adecuado de terapia. Eso no significa que no haga todo lo que me enseñaron a hacer como médico, pero para mí, tanto lo uno como lo otro son una parte importante del proceso.

¿Por qué es tan difícil para la profesión médica aceptar la idea de que la mente influye en el cuerpo, o de que los dos constituyen una unidad? Quizá porque simplemente en la Facultad de Medicina no nos enseñaron que no es posible separar los pensamientos y la mente del cuerpo. Sin embargo, el hecho es que nuestros pensamientos y nuestras creencias nos afectan tanto física como psicológicamente, y que la gente puede cambiar. Estudios recientes han demostrado que incluso los genes son capaces de cambiar.

A veces hay terapeutas que me escriben para hablarme de las investigaciones que han llevado a cabo para su tesis doctoral, que demuestran los efectos beneficiosos de la visualización y las técnicas de relajación tanto sobre los aspectos físicos de una enfermedad como sobre los psicológicos y mentales. Y esto incluye a los niños y a las familias. En la actualidad vemos estos efectos beneficiosos en casos de cáncer, sida, esterilidad, abortos espontáneos y muchas otras enfermedades. La American Cancer Society está ofreciendo cursos de formación en técnicas de atención psicosocial para médicos y enfermeras.

Recientemente tuve un sueño en el cual yo entraba en mi antiguo quirófano. Iba desnudo, y todo el mundo me miraba. Yo les preguntaba: «¿Qué os pasa? ¿Es la primera vez que veis

a un médico desnudo?». Me sentía totalmente cómodo y en paz. El personal del quirófano salía corriendo a buscarme una bata para que me la pusiera, pero no encontraban ninguna. Me desperté pensando en el sueño. Para mí, significaba que estaba dejándome ver, permitiendo que la gente me conociera tal como soy en realidad. No tenía miedo de presentarme desnudo, y me sentía totalmente cómodo; eran los demás quienes se sentían incómodos. No podían encontrar nada que me fuera bien, quizá porque en cierto sentido yo no iba bien con ellos. Me gusta pensar que soy diferente y único. Las iniciales de «Creativo, único, Resuelto y Armonioso» forman la palabra «cura».

La Biblia dice que Dios nos habla en sueños y visiones. Creo que deberíamos prestar atención a nuestros sueños y símbolos para ver qué nos dicen sobre nuestros conocimientos más profundos, tanto en el nivel psicológico como en el físico, para que podamos ponernos en contacto con esta importante, creativa e inteligente energía.

Algunas religiones nos advierten que si cerramos los ojos y creamos imágenes, se nos puede aparecer el Diablo. A mí me preocupa más la probabilidad de que algunos no se encuentren nunca con Dios. Pienso que si se nos aparece el Diablo, podemos reconocerlo.
Las imágenes y los sueños pueden ayudar a sanar el cuerpo.

No importa que nos estemos preguntando con quién casarnos, qué carrera seguir o qué está sucediendo en nuestro cuerpo: la respuesta nos la dará el inconsciente, si sabemos interpretar sus imágenes.

Algunos símbolos son colectivos o universales: todos los compartimos, y tomamos conciencia de ellos gracias a los temas comunes que aparecen en los mitos. Otros símbolos son individuales, y cada cual debe determinar su significado por la forma en que se relacionan con su vida.

Puede ser difícil para uno interpretar por sí solo sus propios símbolos. Es más fácil trabajar con alguien bien preparado, de manera que esa persona pueda actuar como guía: preferentemente un terapeuta junguiano o alguien experto en la técnica de la visualización. Lee sobre el trabajo con los sueños, los mitos y los cuentos de hadas, lleva un registro de tus sueños y símbolos, y observa la frecuencia con que se repiten imágenes y pautas. Cuando se trata de tus propios símbolos, el experto eres tú. Déjate guiar por ellos.

Las imágenes pueden ayudarnos a elegir una terapia. A una mujer a quien le habían practicado una mastectomía radical por un cáncer de mama, le hicieron una biopsia y se enteró de que tenía metástasis en muchos puntos del hígado. Una de las enfermeras le dio mis libros y mis cintas. Ella me escribió para decirme que un día estaba descansando en el sofá, sin pensar en nada conscientemente, cuando vio:
[...] a un grupo de cruzados con armadura, montados en caballos blancos, que bajaban como un torrente por una colina, luchando con unos seres sucios e inmundos, y venciéndolos [...]. Me di cuenta de que mi cuerpo estaba tratando de decirme que necesitaba trabajar con imágenes. Recordé que usted decía que uno de sus pacientes había usado burbujas [...]. Entonces empecé a visualizarlas, pero las armé con fregonas, cubos y escobas. Añadí algunos martillos y escoplos para las células cancerosas más cabezonas, para que inmediatamente pudieran venir las aspiradoras.
Algún tiempo después, cuando la ingresaron en el hospital con fiebre alta y un recuento de leucocitos muy bajo, sus imágenes cambiaron espontáneamente. No podía ver otra cosa sino un largo tubo del que salían burbujas. El cirujano le dijo que su recuento había subido a 5.000.
Me dijo que los glóbulos blancos se fabricaban en el hueso. Yo dejé de escucharle y exclamé: «¡En el hueso, que es como un tubo! ». De pronto lo vi muy claro. Mi cuerpo me decía que se estaban produciendo un montón de glóbulos blancos, y por eso las burbujas salían en avalancha del tubo.
Se fue a casa, siguió trabajando con las imágenes, y varias semanas después fue a ver a su oncólogo:
Mientras él estaba leyendo mi último escáner, le vi mover involuntariamente la cabeza hacia mi gráfica, como si le sorprendiera lo que estaba leyendo, y me puse a rezar en silencio. Después se volvió hacia mí y me dijo: «El hígado está limpio». Di las gracias a Dios, me levanté de un salto y a punto estuve de tirar a ese encanto de hombre al suelo en mi empeño de abrazarlo. Y le dije que yo pensaba que era un milagro, debido a dos cosas: la oración, y tal vez la quimioterapia.
Una mujer llamada Ruth Richman me escribió por un dolor intenso que tenía en el bajo vientre. Los médicos la trataban con analgésicos y hormonas. En su carta me decía:
Me di cuenta de que mi cuerpo sabía lo que estaba pasando, y de que lo mejor para mí era escucharlo. Después de dos o tres meses de hablar conmigo misma y de cultivar mi receptividad mental para sus mensajes, tuve un sueño. Me desperté cuatro veces durante la noche, pero cada vez que me dormía volvía al mismo sueño. Había un hombre muy agradable y nada amenazador que llevaba un cuchillo. El cuchillo me asustaba, pero el hombre no. En el cuchillo no había sangre, y el sueño no era sangriento. El hombre no me atacaba. No hacía más que estar ahí. Fuera a donde fuese, se me aparecía él con el cuchillo. Cuando me desperté por última vez, me senté en la cama y me puse a pensar en ese sueño tan raro, hasta que súbitamente lo entendí. Supe con certeza que iba a necesitar cirugía, que era lo que debía hacer y que todo iría bien.

Además, durante toda esa época, estuve rogándole a Dios que me orientara. Pedí hora a mi ginecólogo. De un modo racional y con franqueza, le dije que quería que me extirpara el ovario izquierdo. Analizamos todas mis opciones y nos pusimos de acuerdo en la cirugía. Yo entré en la sala con la seguridad de que estaba haciendo lo que debía. Me sacaron la trompa y el ovario izquierdos, y el útero. Cuando llegó el informe del patólogo, comprobamos que en el lado izquierdo del útero tenía un tumor benigno que crecía rápidamente.
Ruth recordaba que antes de operarse le había contado su sueño a una amiga, y le había dicho que el hombre «no era amenazador, sino una persona benigna», y añadió:
No me di cuenta de la importancia de esto hasta que llegó el informe del patólogo. Mi cuerpo lo había sabido todo el tiempo, y lo único que yo tuve que hacer fue escucharlo.
Mary Deane-Scalora me contó que, cuando contrajo una miastenia grave, el médico le dijo que habría que extirparle el timo. Pero ella le respondió que el timo era el jardín de infancia del sistema inmunitario y que no quería que se lo extirparan en ese momento. A medida que la enfermedad avanzaba, se fue sintiendo cada vez más débil. Finalmente, ella y su marido hablaron de los posibles tratamientos, esperando que el inconsciente de Mary le diera alguna orientación mediante un sueño. He aquí lo que ella me contó:

-Aquella noche tuve un sueño. Veía que tenía el timo gris, con unas extensiones que parecían dedos y se curvaban hacia dentro. Al día siguiente, sin decirle lo que había soñado, le pregunté a mi médico qué aspecto tiene un timo normal. Él me lo describió, y entonces vi que el mío no era normal, y le pedí que me lo extirpara.

Después de la timectomía, cuando le retiraron los tubos y pudo volver a hablar, Mary le preguntó al cirujano qué aspecto tenía su timo. Él levantó la mano, curvó los dedos y dijo: -Pues, era gris y tenía extensiones que parecían dedos.

Evidentemente, lo que hizo el sueño fue ayudarla a optar por la cirugía, haciéndole saber que era la terapia adecuada para ella, no una agresión ni una mutilación. El timo contenía un timoma maligno.
Los dibujos también son mensajes.
Los dibujos son, como los sueños, mensajes de nuestro interior, y también se los puede usar para sanar. Yo sé que con una caja de lápices de colores puedo ir a cualquier parte del mundo y comunicarme con la gente, porque compartimos un mismo origen. Pero es importante que te des cuenta de que las imágenes deben ser las tuyas propias. Por ejemplo, antes he mencionado a una mujer que soñó con caballeros que iban con armadura, pero para otra persona esa imagen podría representar un conflicto.

A un cuáquero le resultaría difícil matar un cáncer, y necesitaría sanar mediante la no violencia y el amor.

Un amigo le había sugerido a una mujer que tenía un gran tumor en el pecho que usara perros como símbolo de sus glóbulos blancos, pero ella se sentía incómoda con esa imagen. En cambio, se imaginó que el tumor era un bloque de hielo, y visualizó su terapia y su espiritualidad como el calor del sol que penetraba en su cuerpo. El tumor se derritió totalmente.

También los niños poseen sus propias imágenes. Algunos no tienen inconveniente en librar guerras contra su enfermedad: dibujan dragones que devoran las células cancerosas, o ejércitos que las atacan y destruyen. O ponen su enfermedad en una sartén y la fríen. Tenemos que dejar que cada persona se exprese de la manera que le es peculiar y propia.

En mi condición de guía, puedo hacer críticas constructivas. Un problema con que me he encontrado es que a veces la gente describe de cierta manera el dibujo que quiere hacer, pero lo hace de otra. Recuerdo a un hombre que hablaba de centenares de miles de glóbulos blancos que atacaban a un centenar de células cancerosas, pero cuando hizo el dibujo, había muchas células cancerosas y un solo glóbulo blanco. O sea que es importante mirar lo que realmente se dibuja.

A veces me valgo de dibujos para ayudar a que la familia entienda ciertos conceptos. Cuando alguien siente que no tiene el suficiente apoyo de su familia, o que el tratamiento que sigue es tóxico o destructivo, puede enzarzarse en discusiones intelectuales. Pero cuando la familia ve los símbolos que dibuja la persona -que está sola o aislada, o que es un esqueleto en un ataúd-, entonces podemos realmente comunicarnos y afrontar la situación.

Hay dos libros que pueden ayudar al lector a interpretar dibujos: Life Paints Its Own Span [La vida pinta su -propia gama], de Susan Bach, y The Secret World of Drawings, de Gregg Furth.

Susan Bach, una terapeuta junguiana residente en Londres, trabaja con niños que se enfrentan a enfermedades graves y les hace hacer dibujos espontáneos. Después mira los dibujos con los niños y les pide que hablen de lo que han dibujado. Al igual que yo, Susan ha visto en los dibujos que los niños a menudo saben cuándo están enfermos, si el tratamiento funcionará, si van a sobrevivir... Todo esto está ahí, en el papel. A veces podemos ver estas cosas a partir de los símbolos de los niños, incluso sin que ellos ni sus familiares estén allí para interpretarlos.

El trabajo realizado por Bach y Furth ayudará al lector a entender la importancia de usar ciertos colores en los dibujos, y del emplazamiento de los objetos en la página. También se puede alcanzar una comprensión intuitiva de los dibujos simplemente poniéndoles la fecha, guardándolos y volviendo a mirarlos algunas semanas o meses después. A veces hay una configuración, un color, un símbolo o una evolución de los objetos que le saltará a uno a la vista más adelante, aunque al principio tal vez no lo haya advertido. Aunque ya tengo mucha experiencia en este campo, sigo aprendiendo de mis dibujos: el inconsciente asume el control, y tú no comprendes lo que has vertido sobre el papel hasta que vuelves a ello más tarde y lo consideras intelectualmente. Lo mismo vale para lo que ves (o lo que no ves) en una página impresa.

A medida que cambiamos interiormente, también cambian nuestros dibujos. La doctora Rachel Naomi Remen, una médica maravillosa, publicó un artículo titulado «El espíritu, recurso para sanar» en el número de otoño de 1988 de Noetic Sciences Review. Allí describe a un paciente que tenía cáncer en una pierna, y se la amputaron para salvarle la vida. Este hombre, de veinticuatro años, estaba muy amargado y furioso. Tenía una profunda sensación de injusticia y aborrecía a las personas sanas. Dice la doctora Remen:
Después de trabajar durante un par de años con este hombre, vi en él un cambio profundo. Empezó a «salir de sí mismo», a visitar a otros pacientes del hospital que habían sufrido graves pérdidas físicas, y a contarme cosas maravillosas de esas visitas. Una vez visitó a una joven casi de su misma edad. Era un día caluroso, él había estado corriendo y, como llevaba pantalones cortos, cuando entró en la habitación de la muchacha se le veía la pierna artificial. Ella estaba tan deprimida por la pérdida de ambos pechos que ni siquiera lo miró ni le prestó atención. Las enfermeras le habían dejado la radio encendida, probablemente para levantarle el ánimo. Entonces, con el fin de que la chica le prestara atención, él se desató la pierna, la dejó caer al suelo con gran estrépito y empezó a bailar por la habitación con la otra, chasqueando los dedos al compás de la música. Ella lo miró con asombro y después estalló en una carcajada y le dijo:

-Hombre, si tú puedes bailar, yo puedo cantar.
Al finalizar una terapia, tú y el paciente hacéis una revisión, y el paciente habla de lo que fue importante para él y tú le dices lo que fue importante para ti como terapeuta al trabajar con él. Un paciente y yo estábamos haciendo la revisión de nuestros dos años de trabajo cuando abrí su fichero y, al encontrar varios dibujos que él había hecho, se los devolví. «Mira esto», le dije. Al comienzo de nuestro trabajo, le había sugerido que hiciera un dibujo de su cuerpo, y él había cogido un lápiz negro y había dibujado un florero, atravesado de arriba abajo por una profunda rajadura. Con su lápiz negro había insistido repetidas veces sobre la rajadura, mientras apretaba furiosamente los dientes. Fue algo muy doloroso, porque me parecía que ese florero nunca podría volver a estar entero. Jamás podría retener el agua. Esa era la imagen que él tenía de su cuerpo.

Ahora, dos años después, le devolví el dibujo. Lo miró y dijo: «Éste no está acabado». «¿Por qué no lo terminas?», le sugerí, ofreciéndole la caja de lápices de colores. Entonces, sonriendo, tomó un lápiz amarillo y, poniendo el dedo sobre la rajadura, comentó: «Mira, por aquí es por donde entra la luz». Y con el lápiz amarillo dibujó el rayo de luz que se abría paso en su cuerpo a través de la rajadura.

Todos podemos beneficiarnos de estas técnicas. Son una fuente de poder, y conducen a la transformación porque provienen de nuestro interior. Siempre tengo la sensación de que cuando miras tu propio dibujo y descubres algo, es como si se encendiera una bombilla.

-Vaya -dice la gente-, esta es mi verdad, mi mensaje.

Y es mucho más fácil de aceptar que las palabras de una autoridad externa.
Tus emociones son químicas.

La risa y la dicha pueden significar, para todas las células del cuerpo, un mensaje sanador que refuerza la vida, mientras que la vergüenza, la culpa y la desesperación pueden generar mensajes destructivos. Tus emociones son químicas. Es fascinante la forma en que determinados pensamientos provocan cambios en el cuerpo. Si eres feliz, tu cuerpo lo sabe, y si te deprimes y pierdes la esperanza, también. Y cuando me refiero al cuerpo estoy hablando de la médula espinal, del revestimiento de los vasos sanguíneos, del hígado... Cada órgano participa en la felicidad o en la tristeza. La conciencia y el conocimiento se dan a nivel de la membrana celular. (La neurofisióloga Candace Pert ha trabajado con los neuropéptidos, y esencialmente cree que el conocimiento y la conciencia terminarán por ser localizados en la membrana celular.)

Sabemos que las personas felices tienen un conjunto de neuropéptidos (hormonas) en la sangre diferente del que presentan las personas deprimidas, coléricas o ansiosas. Nuestro sistema nervioso y otros sistemas orgánicos se comunican, por mediación de los neuropéptidos, con todas las células del cuerpo. Nuestros sentimientos viscerales, la forma en que encaramos la vida, el número de glóbulos blancos que producimos, la rapidez con que cicatriza una herida, son todas cosas que están vinculadas entre sí.

Frances Hodgson Burnett lo describe muy bien en The Secret Garden, * el libro favorito de mi mujer desde que estaba en la escuela primaria, y que yo también he leído hace poco:
Una de las cosas nuevas que la gente empezó a descubrir en este último siglo es que los pensamientos -los meros pensamientos- son tan poderosos como baterías eléctricas: tan buenos para ti como puede ser el sol, o tan malos como el veneno. Dejar que un mal pensamiento o uno triste se te meta en la cabeza es tan peligroso como que penetre en tu cuerpo el estreptococo productor de la escarlatina. Si dejas que se quede en tu interior, es probable que ya no te liberes de él en toda tu vida.
Si visualizas un cambio corporal (no es necesario que sepas anatomía para que la imagen sea satisfactoria), tu cuerpo responderá. Si te imaginas que afluye más sangre a tu pierna herida, así será efectivamente. La mente y el cuerpo no son dos entidades separadas, sino una: somos una unidad. La mente y el cuerpo se comunican no sólo mediante las emociones, sino también por medio de la visualización y la meditación, que pueden proporcionarnos otra vía de acceso al inconsciente, a nuestro verdadero camino y a la sanación.
Lo que sucede durante la meditación.

Creo que es importante interrumpir nuestra actividad de cuando en cuando para meditar, rezar o visualizar, lo cual constituirá un intervalo de sanación. No me importa cómo lo llames. No te estoy pidiendo que hagas algo en lo que puedes fracasar o que no quieras hacer. Déjate guiar por una cinta grabada o simplemente escucha música, mira unas flores o di una plegaria. Pero te ruego que cada pocas horas te concedas un rato para abrirte al conocimiento y la sanación que hay en tu interior.

Un día, durante un taller, estábamos haciendo un ejercicio de meditación; después, una mujer dijo que había tenido miedo.

-Mientras estaba meditando y haciendo «un viaje por dentro de mí misma», como usted sugirió, me sentí amenazada y con ganas de llorar. ¿Por qué?

Creo que somos muchos los que hemos llegado a ser excelentes en esa habilidad de mantener tapados nuestros sentimientos, para no enfrentarnos a ellos. Cuando empezamos a meditar y a relajar el control consciente, es como si los fuéramos «destapando». Las cosas que llevamos acumuladas dentro empiezan a salir.

Cuando sucede eso, las personas se descontrolan al aflorar sus emociones, y puede ser que lloren. No se trata necesariamente de que salgan a la superficie episodios trágicos o sobrecogedores, sino de que la meditación es una liberación, y lo que queremos es «mantener el control».

Sin embargo, la idea de que mantenemos el control es errónea, porque en un nivel profundo, en nuestro inconsciente, todavía seguimos sufriendo por todo lo que hemos reprimido. A pesar de que está ahí para ayudarnos y guiarnos, casi todos tenemos miedo de prestar atención a este maravilloso instrumento que es el inconsciente, y de utilizarlo.

Bobbie empezó a observar que los números tenían un papel clave en muchos de los dibujos que hacia la gente en nuestros talleres. El número de árboles que hay en un cuadro, la hora y los minutos en que alguien dibujó las manecillas de un reloj, la cantidad de rayos del sol... pueden ayudar a las personas a descubrir cosas que han estado encerradas dentro de ellas. «Con respecto a ello -dijo Carl Jung-, siempre me he encontrado frente al enigma del número natural. Tengo la nítida sensación de que el número es una clave del misterio, algo que se descubre en no menor medida que se lo inventa. Es tanto cantidad como significado. » Un libro excelente sobre este tema es Number and Tíme [Número y tiempo], de Marie-Louise von Franz (Northwestern Press, 1974).

Si estás con un grupo de personas en una sesión de fantasía guiada, recuerda que eres libre de no seguir las sugerencias de quien la dirige si algo es difícil o traumático para ti y no estás en condiciones de afrontarlo.

Si una meditación te sugiere que estás en la playa, disfrutando del rumor de las olas y del sol, pero un miembro de tu familia se ahogó en el océano, esa meditación no va a ser muy agradable para ti. Una meditación debe ser adecuada para quien la hace.

Puedes interrumpirla. No es obligatorio que sigas a quien la dirige. Puedes abrir los ojos, o visualizar alguna otra cosa. Quien manda en las imágenes eres tú.

¿Y si no eres una persona visual?

-¿Qué hace usted con la gente a quien le cuesta visualizar? -me preguntó una mujer-. Yo pienso en conversaciones, estudio lenguas, lo proceso todo verbalmente. La música me gusta, pero no la encuentro terapéutica. ¿Hay alguna manera de usar el lenguaje para visualizar?

Es lo que hacen los dramaturgos. Arthur Miller dijo en una entrevista que mientras trabaja en una obra oye hablar a los personajes dentro de su cabeza, y va escribiendo lo que dicen. Una persona verbal puede escoger una oración breve o un mantra, y repetirlo. Eso le ayudará a relajarse.

También puedes hablar contigo, con tu cuerpo. Se le puede pedir al corazón que no lata tan rápido. Imagínate que te estás columpiando, lo que sugiere un ritmo constante, y tal vez así el corazón vuelva a ese ritmo. Esto no implica necesariamente crear una imagen; se trata de describir un proceso, y para las personas verbales puede ser un recurso eficaz.

Hay quienes tienen un gran sentido visual, otros son principalmente auditivos, otros olfativos o táctiles. No te condenes al fracaso procurando usar sentidos o técnicas que no son los adecuados para ti. Escucha tus palabras. ¿Sueles hablar de «ver», de «ponerte en contacto con», o de «escuchar»? Entender tu propio lenguaje te ayudará a descubrir cuál es tu tipo sensorial.

Si te interesa visualizar y tienes dificultades para hacerlo, un terapeuta que trabaje con el arte o con la hipnosis puede ayudarte a abrir esas áreas. Todos somos capaces de utilizar estas técnicas, que pueden ser adaptadas a nuestras necesidades.

Conozco a personas que han usado el piano como parte de su visualización; al igual que Fay, literalmente han hecho que la actividad de tocar el piano se convierta en su visualización. En este caso, la sanación proviene de la paz y la belleza que proporciona tocar. A un batería puede sanarlo la música, a un artista lo que ve, a otra persona un cambio de sentimientos.

El solo hecho de estar inmóvil y en silencio puede ser también una meditación. Eso es algo que aprendí hace muchos años, cuando me lesioné la espalda. Estaba impaciente por hacer cosas, pero poco a poco me di cuenta de que tenía que aprender a estar quieto para sanar, y comprender que estar quieto es hacer algo.

Para algunos de nosotros, esto puede ser lo más difícil que jamás hayamos tenido que aprender. Sentimos que lo único que vale en nuestra vida es lo que hacemos, no quiénes somos. Pero al ser nosotros mismos estamos haciendo algo importante. Estar quieto, cuidando de uno mismo, es una actividad. A veces lo más valioso que puedes hacer es simplemente esperar, descansar, estar inmóvil y dejarte sanar. (Si lo encuentras difícil de hacer, puedo extenderte una receta.)

La belleza de la quietud y la tranquilidad me hace pensar en estos versículos de la Biblia:
Y he aquí que iba a pasar el Señor. Entonces se levantó un viento huracanado y violento que partía los montes y quebraba las peñas; pero el Señor no estaba en aquel viento. Después del huracán, hubo un terremoto; pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Después del terremoto, llegó el fuego; pero el Señor no estaba en aquel fuego. Y tras el fuego, surgió el murmullo de una suave brisa.

1 Reyes 19, 11-12



Por favor, escucha ese murmullo.
El poder de los símbolos.

Un hombre me escribió para hablarme de una experiencia que había tenido en el hospital. Según las predicciones, le quedaban unos seis meses de vida y debía pensar en poner sus asuntos en orden. El pronóstico lo dejó sin ninguna esperanza. El médico se lo había dicho en un pequeño consultorio subterráneo, tras lo cual lo transportaron de nuevo a su habitación por un largo pasillo. «Ese recorrido -contaba él en la carta- se convirtió en la metáfora visual y física de mi plena recuperación.»

A continuación explicaba que la primera mitad del pasillo que llevaba del edificio de oncología al del hospital iba en descenso más o menos hasta la mitad de su recorrido, y después volvía a subir gradualmente al aproximarse al hospital:
Mientras me llevaban pendiente abajo al salir del edificio de oncología, mi estado emocional no podría haber sido más bajo. Parecía como si mi vida se estuviera hundiendo a mi alrededor, y sin embargo, al llegar al punto más bajo del pasillo, miré hacia adelante y me di cuenta de que la parte que quedaba era ascendente. En ese momento fue una pequeñez, pero también fue la chispa de inspiración y de esperanza que yo necesitaba. La decisión de ir hacia arriba era mía, y decidí vivir. A partir de entonces, a pesar de una segunda operación y de seis semanas de radiación, supe en lo más hondo de mi corazón que recobraría la salud.
Veinte años más tarde, ese hombre está bien.

Lo que importa es lo que él «supo en lo más hondo de su corazón». Todo se inicia con una creencia... que llega hasta la última célula del cuerpo. Para que algo suceda, has de creerlo.

Desde entonces, ese hombre se ha convertido en instructor de cursos de meditación trascendental, y está pensando en organizar un curso de comunicación para médicos. No siente que los médicos sean diferentes, en cierto sentido, de los abogados, los contables o los ingenieros: todos nos hemos formado en los aspectos externos de nuestro trabajo y hemos adquirido la información que necesitamos tener, pero no hemos aprendido cómo comunicársela a la gente. Yo, ciertamente, estoy de acuerdo con él y con el hecho de que nuestras palabras y nuestros símbolos pueden sanarnos. (Como veremos más adelante, también lo opuesto es válido: podemos destruir a la gente con nuestras palabras y nuestros símbolos.)

Isaacsen Bright es una mujer que describió cómo soñó con una gruta en donde piedras y helechos rodeaban un estanque encantador. Ella se arrojaba al agua, que estaba tibia y deliciosa, burbujeante y transparente.
Yo extendía las plantas de los pies para dejar que saliera por ellas todo lo que ya no me servía para nada, aquello de lo que necesitaba deshacerme. Y me sumergía y chapoteaba. Al mirar hacia arriba vi una señal que decía: «Estoy bien». Me quedé encantada. Qué amable por su parte hacer eso por mí. Volvía a sumergirme y a salir. Y la señal decía: «Estoy bien». Sabía que había encontrado mi centro, mi fuente, mi «yo soy». Y me sumergía más profundamente para limpiarme. Me sentía rica. Cuando subí eché un vistazo a mi izquierda, y a lo lejos pude ver todas las opciones que se habían presentado desde el principio de los tiempos y habían culminado en mí. Veía mi propio carácter sagrado en todos y cada uno de nosotros y en la forma en que cada cual es también la suma de tantísimas opciones.
Es maravilloso cuando la voz interior nos permite saber, mediante imágenes como ésta, que somos hermosos y dignos de amor, y que podemos aceptar esto en un nivel profundo de nuestro ser.

Judy Hogan me escribió esto sobre un símbolo que tenía un especial significado para ella:
El primer signo que recibí diciéndome que iba por buen camino, y que éste sería algo grandioso independientemente del resultado, fue una alcachofa de mi huerta. Mi marido y yo cultivamos fresas, alcachofas, perejil, ruibarbo, patatas y verduras para ensalada en una pequeña huerta. Una helada nos había quemado las alcachofas y durante dos años se nos habían malogrado las plantas nuevas. Sin embargo ese año, entre el trajín de la familia, el trabajo y nuestras obligaciones comunitarias, habíamos conseguido cultivar plantas fuertes, y una de ellas tenía una flor. Yo había prometido que la dejaría madurar como había hecho con nuestras plantas más logradas.

Un día de fines de septiembre me di cuenta de que la planta que tenía la flor se estaba muriendo. Me sentí culpable por no haber prestado más atención a este problema, porque estaba claro que nos quedaríamos sin la planta. Sin embargo, el fin de semana que descubrí aquello fue justo después de haber empezado la escuela y cuando había planeado hacer conservas con las frutas y verduras en mi tiempo «extra». No tenía tiempo ni siquiera para hacer eso, porque estaba agotada por el esfuerzo de comenzar el año escolar. (Yo enseñaba en dos escuelas, con un horario absurdamente exigente.)

Entonces, en un impulso, corté la alcachofa y fui a tirarla a la basura, con gran tristeza, no tanto por la pérdida de la planta como por el hecho de que mi vida estuviera tan sujeta a horarios y tan sometida a prisas que ya no me quedara el tiempo durante el cual en años anteriores habría salvado la alcachofa y encontrado algún lugar para ella en la casa. Me quedé durante diez minutos o más ante el cubo de la basura, con la dolorosa revelación de que esa parte de mí que yo consideraba la mejor, porque abarcaba la vida y la naturaleza y reconocía la espiritualidad del amplio diseño del mundo y de mi lugar en él, estaba casi muerta. La había rechazado durante tanto tiempo que ese día apenas pude encontrar, muy hondo dentro de mí, un leve estremecimiento. Me di cuenta de que si seguía así, jamás volvería a ser yo. Aunque la postergación de mis proyectos artísticos y de todo lo que sentía como mi segunda naturaleza a causa de los hijos, la familia y las responsabilidades externas tocaba a su fin, porque mi hijo menor ya estaría en la universidad al año siguiente, allí mismo, entonces, con la alcachofa muerta en la mano, supe que nunca iba a conseguirlo, que el daño era prácticamente irreparable.

En un acceso de furia, pánico y esperanza, cogí la alcachofa prometiéndome solemnemente que la llevaría a la escuela para que una amiga que enseña a pintar a la acuarela pudiera usarla para una naturaleza muerta. Era un mínimo gesto, pero se trataba de un comienzo, un clamor desesperado dirigido a mí misma para que salvara esa parte de mí que había desechado, y que era mi propio ser.

El lunes llevé la alcachofa a la escuela y la dejé sobre el escritorio de mi amiga. Me sentía feliz de que ella pudiera usarla y de que la alcachofa tuviera un hogar. Sus pétalos estrecha mente cerrados y su forma y su color especiales serían un desafío para los alumnos y proporcionarían tanto un nuevo motivo de interés como una textura original a sus pinturas.
Ese miércoles, Judy y su amiga fueron a una conferencia sobre arte en Portland, donde Judy también vio a su médico. Al día siguiente supo que tenía cáncer de ovario y se sometió a cirugía. Después de llevarla al hospital, su amiga se quedó con ella hasta que llegó el marido de Judy Cuando la amiga regresó a la escuela, allí, sobre el escritorio, estaba la alcachofa, en flor, plenamente abierta. Esa misma semana, el marido de Judy se la llevó al hospital, en una lata de atún pintada por la maestra de arte. Cuando Judy Hogan vio la alcachofa, dijo que era una señal de que, aunque las cosas parezcan desalentadoras, siempre hay esperanza. «Había tiempo para que yo floreciera, aunque los acontecimientos recientes apuntaban a la parte cercenada de mi espíritu que yacía en el fondo de la basura. »

Esto es lo que yo siento: si puedes seguir siendo una alcachofa, no cuestionas tus estadísticas ni tus probabilidades. Creo que esa es, en parte, la razón de que esta señora aún siga viva. La alcachofa le mostró lo que son capaces de hacer el espíritu y la naturaleza.
En su libro Inner Worh [Trabajo interior], Robert A. Johnson dice que Carl Jung creía que Dios necesita agentes humanos para ayudarle en la encarnación de su creación. Tal como observó Thomas Mann en José y sus hermanos, «Dios necesitaba la escalera del sueño de Jacob como un camino para ir y venir entre el cielo y la tierra». Las visiones de los seres humanos construyen escaleras como ésta y transmiten información al consciente colectivo de la humanidad. No se requiere ninguna clase de «factibilidad» que vaya más allá de esto.
Sigue luchando por lograr tu objetivo personal. Quizá te parezca que está fuera de tu alcance, pero un día puede aparecer una escalera y tú puedes trepar por ella para alcanzarlo.

Para mí, se trata de un círculo completo. Todos formamos parte del mismo sistema. La mente, el cuerpo y el espíritu están integrados, y en nuestras visualizaciones podemos encontrar la presencia del amor y de la espiritualidad. Podemos darnos permiso para potenciarnos, para inducir la autocuración por medio de los aspectos creativos de la poesía, la música, el arte y las imágenes, y dejar que operen dentro de nosotros para ayudar a curar nuestra enfermedad y a sanar nuestra vida.

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