Cierra los ojos, pues sabes






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Cuál es el tratamiento adecuado.
Eres tú quien está en tratamiento, y no simplemente una enfermedad. El tratamiento adecuado es lo que sea mejor para ti en este momento. Y eso, en algunos casos, puede significar incluso interrumpir la terapia o no someterse a ningún tratamiento. Michael Lidington, un joven de quien volveré a hablar más adelante, vio cómo su cáncer reaparecía (hablaré de su poema en la página 156).

-No seguiré con la terapia -le dijo a su madre-. Me voy de campamento.

Durante dos semanas estuvo en un campamento para niños con cáncer. Esa fue su terapia, la mejor elección para él, y su familia fue capaz de aceptarla.

¿Qué es lo que quieres hacer tú? A veces, puede ser una terapia agresiva.

-Me voy a someter a esto -le oí decir a un hombre- porque quiero luchar por mi vida, pero mi hermano, que es médico, no entiende por qué lo hago.

Pues bien, era él quien tenía que elegir, no su hermano.

Lo hacía porque sentía que era lo mejor para él. Quería vivir para ver crecer a su hijo.

Tú puedes decir:

-Esta es mi vida, y no quiero someterme a esta terapia. No es la adecuada para mí. No quiero pasar por algo que tiene estos efectos secundarios y que me va a alterar la vida.

Quizá tú quieras comer sólo verduras, o rezar, o incluso decir que ya te ha llegado la hora.

Cuando a David Puskaric, un apuesto joven, le apareció el cáncer, sus amigos lo llevaron a un cementerio.

-No queremos que estés aquí -le dijeron.

Su familia le dijo que había cuatro buenas razones por las cuales no debía morirse, con lo cual se referían tanto a todos ellos como al propio David. Entonces, él escribió un poema titulado «El año de la desesperación», al cual pertenecen estos versos:
Mi familia y mis amigos me piden que luche por ellos.

No creo que tengan derecho a hacerlo.

Veo la muerte como el final de mi dolor y mi sufrimiento.

Pero, ¿por qué ellos no pueden verlo?

Los médicos y las enfermeras,

la familia y los amigos

me hablan de la quimioterapia

como si fuera algo que me abrazara.

Entonces, ¿por qué ellos no se la toman,

esa repugnante droga?
Cuando conocí a David, le aconsejé que les sugiriera a sus amigos que le donaran médula para un trasplante, y ellos empezaron a entender y a dejar de molestarlo. Le sugerí que explicara a su familia que una de las cuatro razones que le habían dado para someterse a la terapia era apropiada: para salvar su vida y así poder seguir amándolos, pero que uno no hace esas cosas por su padre, su madre y su hermana. Y entonces empezaron a cambiar y a entender, y fueron ellos quienes me enviaron su poema por correo.

Es tu vida, y tienes derecho a decir que no, y a oír la opinión de dieciséis médicos y no hacer caso de lo que te digan. Si, como a la mayoría de las personas, te gusta vivir, querrás ayudarte de todas las maneras posibles, médicas o no. Eso puede significar volverte más espiritual, o que tu familia, tu médico y tú os unáis para echar mano de todos los recursos posibles.

Un estudiante me envió una reproducción de un cuadro de Harry Anderson titulado La consulta, que representa a un paciente en la cama, una enfermera de pie a un lado con una medicina, un médico pensativo en el otro lado de la cama, y a la cabecera de ésta una figura espiritual que toca ligeramente al paciente. Echa mano de todos los recursos que salen en ese cuadro: tú, el médico, la enfermera, tu fe espiritual, las medicinas y todos los tratamientos disponibles.

El tratamiento adecuado no tiene que ver solamente con tu enfermedad. Tú decides. No sientas que tienes que hacer lo que te digan los demás. Por otra parte, lo que me preocupa es que sigas un determinado tratamiento y sufras tantos efectos secundarios que tu familia y el médico digan: «Oh, es demasiado para ti, mejor que no sigamos». Entonces tú puedes relajarte, sonreír y decir: «Muy bien». Si es así como te sientes, no te sometas a ese tratamiento. No estoy tratando de convencerte de que rechaces tu tratamiento, sino de hacerte ver que es algo que puedes discutir y mantener así tu poder. Si vas a pasar los dolores de un parto para obtener un resultado, que sea porque así lo has decidido.

¿Cómo puedes saber cuál es el tratamiento adecuado? Para mí, hay muchos factores, entre ellos tu intuición. Dibújate en el quirófano, o recibiendo la quimioterapia, o so metiéndote a la radiación, o comiendo ciertas cosas. A veces, un dibujo demuestra que una determinada dieta es una carga. Un hombre hizo un dibujo en el que se veía la cocina de su casa: allí, todo el mundo estaba cabeza abajo. Le pregunté por qué.

-Estoy haciendo una dieta macrobiótica para curarme el cáncer -me respondió-, pero yo odio la macrobiótica, a mi mujer no le gusta preparar esas comidas y mis hijos ni siquiera aparecen a la hora de comer.

Y concluyó:

-Prefiero la quimioterapia.

Pues, muy bien; entonces, adelante con ello.

Luego insistiré en el tema de los sueños, pero es obvio que cuando se trata de escoger entre formas de terapia, pueden ser muy útiles. ¿Cuáles son tus sueños? Anótalos. Una mujer que estaba tratando de decidir si se sometía o no a quimioterapia me escribió que había tenido un sueño en que aparecía su hijo muerto. Soñaba que estaba con su marido en un gran hotel, viejo y oscuro; entonces, de pronto, ella se encontraba en una parte más nueva del mismo edificio con su hijo, que había muerto muchos años antes de un tumor maligno y ahora estaba enseñándole el lugar, muy agradable y bien iluminado. Ambos subían por una luminosa escalera, y ella pensaba que debería estar alojándose en esa parte nueva del hotel. Después se acordaba de su marido y de alguna manera sabía que él no estaría en ese nuevo lugar con ella. El hijo desaparecía, y ella se encontraba fuera del antiguo edificio, sin saber cómo encontrar a su marido. Entonces se despertó. El mensaje era claro: escogió la quimioterapia. Optó por lo que sentía que le daría la vida.

Otra señora soñó que estaba en un edificio donde había un ascensor y una escalera, y ella se quedaba unos momentos indecisa. Después se daba cuenta de que lo mejor para ella era la escalera. Cuando hablamos del sueño, se dio cuenta de que le señalaba que debía confiar más en sí misma y en lo que ella podía lograr que en los movimientos mecánicos para ponerse bien.

Una pregunta que me hacen con mucha frecuencia es: -¿Qué he de hacer para no dejarme vencer por el estrés y el terror de someterme a más análisis y tratamientos?

Te sugiero que, si te cuesta tomar una decisión referente a someterte o no a un tratamiento, llames a mi «menú telefónico». Oirás un mensaje que te ayudará: «Si tu problema es el matrimonio, pulsa el uno. Quimioterapia, el dos. Radiación, el tres. Cirugía, el cuatro. Relaciones, el cinco». Tú pulsas el número adecuado y dices, por ejemplo, que no sabes si te has de someter a la quimioterapia, y la máquina te dice: «No lo hagas». Entonces tú contestas: «Pero hay cosas que me dan miedo. El médico dice que podría morirme si no lo hago». «Pues hazlo», dice la máquina. «Pero es que hay muchos efectos secundarios», respondes tú. «Oh, entonces no lo hagas. » A la cuarta o quinta vez, te ríes y dices: « Creo que tendré que decidirme», y la máquina te responde: «Pues eso mismo. Tienes que decidirte».

Un análisis te proporciona información. Cuanto te hacen análisis u otros exámenes, no renuncias a tu poder, sino que amplías tus conocimientos. Si lo ves como información, no resultan tan alarmantes. Sé que a veces la información que te dan no es precisamente la que te gustaría. Un cáncer puede reaparecer, un cardiograma puede descubrir una enfermedad cardíaca, un análisis de sangre puede mostrar una cifra alta de colesterol o un problema hepático. Pero entonces, la cuestión es qué haces con eso ahora que lo sabes: «Ahora que ya puedo actuar, ¿qué opciones tengo?».

Cuando alguien me pide consejo sobre una decisión que tiene que tomar, yo pregunto cómo se sentirá si después de haber decidido tal o cual cosa el cáncer reaparece. Si me dice que se enfurecerá consigo mismo, entonces le respondo:

-Haz todo lo posible por no enfurecerte contigo mismo. Si te enfureces con otra persona no hay problema, pero recuerda que tienes que vivir contigo.

Está muy bien dejar que tus sentimientos te ayuden a elegir, pero si no puedes decidirte, acuérdate de llamar a mi «menú telefónico».
Cómo te ves durante la terapia y después de ella.
Recuerdo haber oído decir a una señora que no sabía si hacerse una mastectomía. Entonces le pedí que se dibujara a sí misma antes y después de la mastectomía, y los resultados fueron muy interesantes. En el autorretrato en que se mostraba después de la mastectomía, estaba cuidadosamente maquillada y cubierta de joyas, como si tuviera que demostrar su sexualidad y su feminidad. En el otro dibujo no llevaba adorno alguno.

Estuvimos mirando juntos los dibujos y le dije lo que había observado. Eso la ayudó a abrirse a sus sentimientos y a tomar una decisión basada en sus propias necesidades. Cuando alguien siente que es la decisión adecuada, la cirugía no desfigura: sana. Es verdad que después tu cuerpo puede ser diferente, pero también hay maneras hermosas de mirarlo. Un hombre le dijo a su mujer, después de una mastectomía:

-Ahora puedo poner la mano más cerca de tu corazón. Cuando una mujer se siente desfigurada por la cirugía, se pregunta cómo podrá recuperar su sexualidad y sentirse hermosa y digna de amor. Una parte del proceso es sentir autoestima, amarte a ti misma y permitirte recibir el afecto de quienes te aman. Todo eso te ayuda a darte cuenta de que aún sigues siendo capaz de despertar amor.

Cheryl Parsons Darnell (la autora del poema «Las lecciones de Tejas»), escribió un poema titulado «La geografía de mis cicatrices». En él habla del cambio en la geografía de su cuerpo, alterada por una mastectomía. El poema termina con estos versos:
No es un paisaje perfecto.

No sirve para postales, calendarios ni folletos.

Pero mi marido no ve las grietas de la superficie.

Y yo me veo con sus ojos.

Son los ojos de un nativo

que pasa por alto las cosas

que sólo vería un turista.
Tienes que pensar profundamente en tu identidad. ¿Quién eres? ¿Acaso eres esa parte que te falta en el cuerpo? ¿Hasta tal punto te identificas con él? Hay quienes prefieren morirse antes que renunciar a una parte de su cuerpo. Niegan que algo los está matando porque tienen miedo de perder un órgano o un miembro. Yo no los juzgo, pero me dan pena. No me gusta ver que la gente toma decisiones movida por el miedo.

Yo creo que eres más que esa parte de tu cuerpo. Hay muchas maneras de sentirse una persona sensual, sexual y digna de amor, y todas se inician dentro de ti.

Ya he hablado de Fay, aquella mujer de Toronto tan especial, que fue siempre una luchadora y que me escribió para contarme que una vez, cuando estaba sumergida en un baño de espuma con fragancia de hierbas, mientras escuchaba una de mis cintas, sus dos hijas pequeñas
[...] entraron silenciosamente en el cuarto de baño y, sin decir palabra, empezaron a lavarme como tantas veces había hecho yo con ellas. Pusieron un especial cuidado al frotar la cicatriz de la mastectomía, y después, mientras me lavaban el otro pecho, Leslie dijo: «Sabes, mami, si somos buenas y amamos tu pecho, tal vez éste no enfermará». Por supuesto, me eché a llorar. Las dos niñas me abrazaron y quedaron empapadas.

Luego me dijeron: «Te queremos mucho, mami, así que ponte bien en ese hospital que está tan lejos y tráenos algo cuando vuelvas». ¿Por qué han de ser siempre los niños quienes nos enseñen a los adultos lo preciosos que son la vida y el amor? Tova sigue queriendo llevar mi prótesis a la escuela para mostrarla y explicar para qué sirve.
Tras haber leído esto, creo que es difícil no ver en Fay a una mujer entera. Somos algo más que nuestro cuerpo. Puedes ser bella a los ojos de alguien, aunque te falte una parte del cuerpo.

Eso es, ciertamente, algo que he aprendido del amor. La gente a quien yo amo es hermosa. Y en realidad, eso no tiene nada que ver con su aspecto. Para mí son hermosos, y eso jamás cambiará.
Cuando los demás no te apoyan.

¿Qué sucede cuando no tienes una familia afectuosa? ¿Cómo le dices a un padre o una hermana, un médico o un amante que no te ha apoyado que necesitas apoyo, que te lo brinde? No creo que puedas. Muy excepcional tendría que ser aquel que te escuchara y, simplemente, cambiara. El cambio es un proceso gradual.

Cuando pidas ayuda a los demás, usa siempre la palabra yo. Habla de tus necesidades, de cómo te sientes tú. No les digas qué han de hacer ni los critiques. Entonces podrán responderte sin sentirse incapaces ni juzgados. Si pueden, estarán atentos a tus necesidades. Este consejo también es válido para quien no tiene familia y debe confiar en otras personas.

Da a conocer tus necesidades a los demás, y cambia la forma en que respondes a su comportamiento, de modo que

cuando no te brinden su apoyo reacciones de diferente manera. Puedes hacerles saber que no eres el mismo viejo felpudo siempre dispuesto a aguantar un comportamiento que no te brinda apoyo alguno. En lugar de seguir con tu vieja y malsana pauta de conducta, puedes decir que no a algo que no quieres hacer. Si tú cambias, haces que las personas que te rodean también cambien.

Puedes dejar en claro que los demás no tienen por qué sentirse impotentes. Lo que les estás pidiendo no es que curen tu problema, sino que sean capaces de ayudarte y cuidar de ti. Puedes pedirles que te escuchen, o que te den un abrazo, para que se sientan autorizados a ayudarte de estas maneras tan sencillas. La razón de que se distancien puede ser, en parte, que se sienten impotentes. Si les resulta difícil tratar contigo, hazles saber que, así como tú puedes decir que no a algo, ellos también pueden hacerlo. Infórmales de lo que te pasa y lo que necesitas, y empieza así a abrir las líneas de comunicación.

Porque el problema es, principalmente, de comunicación. ¿Dejas que la gente sepa lo que necesitas? Si no pueden satisfacer tus necesidades por su propia incapacidad, es probable que nunca cambien, y tienes que aceptarlo. Basta con que hagan lo que puedan, quizá ayudándote de alguna manera práctica: llevarte en coche, llamarte, visitarte o acompañarte a comprar. Y si te están agotando las fuerzas, exclúyelos de tu vida. Tan importante como conseguir que te ayuden, es lograr que los que te están consumiendo salgan de tu vida. No es que dejes de amarlos, pero tendrás que pedirles que se vayan.

Es triste y lamentable, pero algunas personas no son capaces de ser la clase de gente que necesitamos. Lo mejor que puedes hacer es aceptarlo y no desperdiciar energía en conflictos; más bien, busca a otras personas que te puedan apoyar.

Pero si has tomado la firme decisión de cambiar a los demás, cambia tú primero y modifica tu comportamiento, y entonces ellos también tendrán que cambiar.

A veces, la mejor respuesta es paradójica: puedes responder al estilo de la persona que te molesta. Si alguien te dice que por tu aspecto parece que sólo te quedara un mes de vida, dile que probablemente no te queda más que una semana. Esa persona tendrá que espabilarse y alcanzar un equilibrio adecuado entre la esperanza y la realidad.

¿Qué haces con los que te dicen que están seguros de que te sentirás perfectamente durante los tratamientos? ¿Cómo les respondes? Cuando alguien te dice esto, lo que en realidad está diciendo es que no podría soportar oírte decir otra cosa. Como esa persona necesita negar la situación, te silencia. No sabe qué hacer con tus dificultades. Pero es probable que si sigues tranquilizándola, eso te fatigue y sólo sirva para deprimirte más. Si a mí alguien me dijera que tengo un aspecto estupendo, sin preguntarme cómo me siento en realidad, le contestaría: «Pues mira, me siento como si estuviera a punto de morirme». Puede ser que entonces la persona me escuche de verdad y me deje hablar de mis miedos y de mis problemas. Lo cierto es que cuando compartes tus sentimientos, es menos probable que tengas problemas con el tratamiento.

He recibido una carta de una mujer que hace muchos años que se enfrenta a una enfermedad crónica. Al principio, su marido la apoyaba, pero hace poco le ha pedido el divorcio, porque ha encontrado a una mujer más joven y quiere estar con ella. En la carta, esta mujer me pregunta cómo puede redescubrir la esperanza y la energía necesarias para sanar. Mi respuesta es esta:

Pues yo diría que si en el pasado tuviste el coraje y la energía necesarios para hacer lo que hiciste, serás capaz de redescubrirlos. Pero ahora pon la energía en ti misma, esa energía que solías poner en la relación con tu marido y en el intento de apoyarte en él. Eso significará enfrentarte con tus emociones y con los dolores de parto que darán nacimiento a una manera nueva de ser tú. No te aferres al dolor, ni siquiera a la otra persona que te está vaciando. Veo en muchas mujeres un miedo a ser independientes que es incluso mayor que el miedo a su enfermedad. Hay personas que se han negado a participar en nuestros grupos porque tenían miedo de hacer un dibujo. Una mujer hizo que su hijo de diez años se lo hiciera. Conozco a mujeres que han dicho:

-Volví a casa y cambié, pero mi marido empezó a sentir dolores en el pecho y tuvo que ser ingresado en el hospital, así que volveré a mi antigua manera de ser, que es más fácil. Me quedaré con el cáncer.

Es triste oír decir cosas así a la gente. ¿Por qué no habrías tú de tener la oportunidad de vivir una vida plena?

No tengas miedo de estar sola. Si puedes aceptar la enfermedad, puedes aceptar la pérdida de tu marido. Es probable que estés mejor sin ese hombre, incapaz de comprometerse con un crecimiento sano y con tu vida. También puede ser que no quiera enfrentarse con la idea de perder a un ser querido. Otra mujer no es una amenaza para él porque no le interesa tan profundamente.

Sí, el cambio asusta. Quizá no tengas la antigua «seguridad», pero no puedo dejar de insistir en que eres capaz. Todos somos capaces. Una y otra vez me quedo impresionado por mujeres a quienes veo abrumadas por un miedo enorme, y sin embargo cuando las vuelvo a encontrar unos años después de un acontecimiento traumático, se han encontrado a ellas mismas y son felices. Se han enfrentado con sus miedos; la vida se ha convertido en un desafío para ellas. En algunos casos, sus propios hijos me han comentado:

-Nuestra madre nos preocupa; con todas las cosas que está haciendo, como practicar deportes acuáticos y meterse activamente en política, cuando antes tenía miedo de salir cuando llovía y era incapaz de hacer un cheque.

Descúbrete; ayúdate a nacer. Deja que tu vieja personalidad se vaya, y date permiso para vivir. Porque si vives aferrándote a alguien, no estás viviendo. Lo que mantiene esa relación no es un compromiso sano, sino el miedo. Conságrate tu vida a ti, no de manera egoísta, sino amándote y amando a los demás. Entrégate al amor.
El trato con el dolor.

A veces la gente habla de su intento de «vencer» el dolor, y de la energía que le exige. Pero lo que importa es sanar tu vida y no intentar vencer algo, con lo cual lo único que conseguirás será agotarte. Cuando una vida ha sanado y está libre de conflicto, el dolor es manejable. Haz que sea tu maestro. Aprende de él, escúchalo.

¿Qué es el dolor? ¿Cómo lo experimentas? Anota las palabras que describen bien tu dolor: te estruja, te oprime, te acuchilla, te quema. Haz una lista de todas las cosas de tu vida que te están estrujando, oprimiendo, apuñalando, quemando. Afronta esos problemas. Esto te ayudará a sanar tu vida, y el dolor disminuirá; lo podrás controlar. Deja que el amor penetre en la zona dolorosa.

A veces, es útil ver si en el dolor hay una pauta. Puede haber momentos en que te diga que dejes lo que estás haciendo: no esperes a que el dolor te dé permiso para des cansar. Si hay cosas que no quieres hacer, entonces di que no. No es necesario que te duela algo para ser libre. A veces, pregunto a la gente qué es lo que el cáncer les da permiso para hacer. Lo hago porque una vez una mujer me dijo:

-Yo estaba enfadada con usted por sugerir que tal vez obtenía algún beneficio de mi enfermedad. ¿Qué necesidad tenía yo de una enfermedad? Y después se me ocurrió cambiar la pregunta por otra: «¿Qué es lo que el cáncer me ha dado permiso para hacer?».

Empieza a darte cuenta de que no necesitas enfermar o sufrir dolor para satisfacer tus necesidades. Sustituye la palabra cáncer por dolor y pregúntate: «¿Qué es lo que el dolor me da permiso para hacer?». ¿No ir al trabajo? Veo a personas que sienten dolor después de una operación, y cuando las declaran incapacitadas, se les pasa. Lo que realmente querían era dejar de hacer tal o cual trabajo.

Considera todas las cosas que pueden ayudarte. Procura alcanzar la paz mental. Entonces, «vencerás» tu dolor y tus miedos: no con un trabajo que quema tus energías, sino con una paz interior que las sana y las restablece.
No estamos incapacitados, somos capaces.

En uno de mis talleres, participó un hombre que había salido gravemente herido de un accidente de automóvil, y dijo:

-A menudo, mi experiencia como persona discapacitada es que la gente me mira con la boca abierta, o bien aparta la mirada. ¿Cómo puedo convivir con esto, o modificarlo?

Mi respuesta es que no se puede cambiar a los demás. Sólo puedes cambiarte a ti. Puedes empezar a verte no como alguien discapacitado, sino como una persona, como alguien que está entero a pesar de que alguna o algunas partes de su cuerpo estén alteradas, o falten, o no funcionen. Si cambias la imagen que tienes de ti, eso afectará también a la forma en que te traten los demás, y serás una persona completa.

Has de saber, sin embargo, que habrá quienes siempre te tendrán miedo, porque tú representas lo que podría sucederles, y tienen miedo de no ser capaces de afrontarlo. Tal vez te rehúyan y nunca lleguen a conocerte como persona. Eso es algo que simplemente tienes que aceptar. El problema no está en ti, sino en ellos.

Pero también están los que, aunque puedan asustarse, te observarán. Cuando eres capaz de arreglártelas con tu discapacidad, te conviertes en un sanador y un maestro. Hay personas que han hecho que mi miedo desapareciera porque me doy cuenta de que yo sería capaz de hacer lo que ellas están haciendo pese a su desgracia. Me pasa con el tetrapléjico que sostiene un pincel en la boca y pinta, y con el ciego que no tiene miedo de ir al aeropuerto y subir a un avión, o de esquiar en los Juegos Paralímpicos; en la medida en que estas personas encuentran y siguen su camino y no temen al mundo, me liberan del miedo. Están, simplemente, mostrándonos que no hay desgracia que los seres humanos no seamos capaces de afrontar. Un ciego puede ser más desenvuelto y saber hacerse valer mejor con su perro guía que yo con mi visión normal.

Es mucho lo que pueden enseñarnos los animales. La doctora Donna Lindner, cirujana veterinaria, antes de ingresar en el hospital para una mastectomía, me escribió lo siguiente:
Es mucho lo que los pacientes humanos podríamos aprender de los pacientes animales. ¡Tienen tanta resistencia que constantemente me siento humillada por su coraje! A un perro se le puede amputar una pata o la mitad de la mandíbula, y en uno o dos días ya está tratando de caminar y de comer y de lamerle la cara a su dueño. Es como si los animales lo vieran todo mucho más claro que nosotros, que intuitivamente entendieran que la pérdida de una parte del cuerpo no hace que uno deje de ser especial para sus amigos y su familia, y que las cosas simples son las que más importan. Lo único que quieren es estar abrigados y alimentados, dormir al sol y amar y ser amados. Quizás yo no añadiría otra necesidad que la de realizar aquello que uno vino a hacer a este mundo, y en realidad es probable que ellos también lo hagan, que hayan sido enviados aquí para amar y ser amados, y quizás incluso para enseñarnos unas cuantas cosas.
Yo simplemente pregunto a la gente:

-¿Por qué quieres vivir? ¿Cómo te las arreglas para seguir amando en estas condiciones?

Un hombre me ayudó a entenderlo cuando me dijo: -No estamos incapacitados, somos capaces.

Carol Guion escribió un artículo sobre un joven, llamado John McGough, en el número de otoño de 1992 de Noetic Scíences Review. John nació en 1957 con el síndrome de Down. Todo el mundo trató de convencer a su madre de que lo dejara en el hospital, pero ella sentía que «lo que tenía que hacer» era cuidar de él. John es un joven notable, lleno de amor por su familia (es el segundo de siete hijos) y que con frecuencia sorprende a sus vecinos con la simpatía que les muestra en los momentos difíciles.
Durante una discusión que se produjo en la familia sobre el significado de la palabra «retardado», John dio su definición: «Si no puedes dejar que tu amor fluya, no puedes comunicarte y no te das cuenta de quién eres, eso es lo que yo llamo ser retardado. Algunas personas son sólo un poquito retardadas. Entonces yo puedo ayudarlas, porque sienten curiosidad por mí. Se comunican conmigo y su amor fluye. Entonces eso les funciona, si quieren. Se dan más cuenta».
¿Cómo vives si tienes una discapacidad? ¿Cómo la cambias? Te cambias a ti y cambias tu actitud ante la vida. A medida que la imagen que tienes de ti cambia, también cambiará la imagen que los demás tienen de ti, y las relaciones que tienes con ellos. Tú no intentas cambiar a los demás. Sólo sus dificultades y su dolor los transformarán. Nada que tú digas ni hagas específicamente los cambiará, excepto quizás el hecho de que al vivir tu vida y ser un ejemplo, un faro o una antorcha, puedes ayudarles a iluminar su camino.

4

La exploración del espacio interior:

Cuerpo, mente y espíritu.
Las imágenes son [...] puentes tendidos hacia una orilla invisible.
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