Cierra los ojos, pues sabes






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Vive plenamente tu vida.

¿Cómo podemos vivir nuestra vida de la manera que queremos sin sentirnos egoístas? A muchos nos han educado para complacer a los demás, y en ese empeño sofocamos partes de nosotros mismos. Pero vivir nuestra vida no es egoísmo. Pregúntate cómo puedes aportar amor al mundo. Esa debería ser realmente la cuestión.

Somos mortales, y el tiempo de que disponemos sobre la Tierra es limitado. Es probable que no te dediques a pensar cómo aprovechar cada día. Mi definición de cómo aprovechar un día no es preguntarme qué puedo conseguir hoy, sino más bien qué puedo dar hoy. Cuando uno tiene claro de qué manera quiere amar al mundo, vive su vida sin ser egoísta.

Niro Asistent, una mujer a quien le habían dicho que tenía el sida y que le quedaban dieciocho meses de vida, me contó que había escrito el número de días de vida que le que daban y lo había pegado en la nevera, diciéndose que haría de cada uno de esos días algo precioso. No dijo que sería egoísta todos esos días, sino que los haría preciosos. Unos siete años después de la fecha en que se suponía que debía haber muerto, escribió un libro, How I Survive AIDS [Cómo sobrevivo al sida], contando su experiencia. En la actualidad, es seronegativa.

Actúa más bien por amor que por deber, y te sorprenderán los resultados. Si quieres hacer algo por amor, hazlo. Obtendrás tu recompensa. Si por amor dedicas dos horas semanales a hacer cosas por personas con quienes no te une ninguna relación, vivirás una vida más larga y más sana. Si tienes una vela encendida y llego yo con la mía y la enciendo con su llama, tú no te quedarás con menos luz. Pues así es el dar por amor. Pero si estás haciendo lo que no quieres hacer, por puro sentimiento de culpa, terminarás por acortar tu vida. Sería un placer enfermar o morir y liberarse de la carga. Pero la energía del universo no se agota, al igual que la luz de la vela.

Si tus padres te han dicho que quieren que seas médico o maestro, y tú quieres ser actor o escritor, ¿es egoísmo tomar tu propia decisión? No. Es tu vida. Vívela. Conviértete en lo que te gustaría ser. Porque si no lo haces, ¿qué crees que te sucederá y cómo te sentirás contigo y con tu familia? Lo que te digo es que vivas tu vida, no que te limites a existir.

Tullia Forlani Kidde me escribió contándome cómo llegó de Europa a Canadá y finalmente a Estados Unidos. Se casó, terminó una carrera y entonces le diagnosticaron un cáncer, con un pronóstico de seis a doce meses de vida. He aquí lo que cuenta:
Recuerdo cómo me quedé inmóvil, perpleja, incapaz de entender la realidad de lo que sucedía. No dejaba de repetirme que yo había esperado que aquello fuera un comienzo. Poco a poco se me apareció la respuesta: La ayuda tenía que venir de mí misma. Mi cuerpo estaba enfermo y mis emociones fuera de control, pero me di cuenta de que mi alma, la esencia misma de mi ser, estaba entera, intacta. Podía aprender a escuchar mi voz interior, esa sabiduría interna que está siempre ahí, y de la que yo no había hecho caso; había dudado de ella y la había rechazado. Hice de mí misma mi proyecto, mi objetivo inmediato. Había vivido siempre hacia fuera, pero ahora tenía que descubrir un mundo dentro de mí misma, un mundo que no necesitaba de personas, libros ni ninguna otra ayuda externa. Aprendí a escuchar el silencio. Lentamente, el foco de mi atención cambió, se atenuó mi angustia, y fui aceptando mi situación. No necesitaba aprender a morir con dignidad, sino a vivir día a día. Me enseñé a apreciar las pequeñas cosas que estaban a mi alcance, a no dar nada por sentado. Aprendí a perdonarme y a perdonar a los demás, y a dar las gracias desde el fondo de mi corazón. Estaba viva. Hoy. Empecé a mirar el mundo como nunca lo había hecho y a percibir cosas de las que antes no me había dado cuenta. «Saldré adelante»: ese llegó a ser mi lema. En mi corazón, sabía que ya había empezado a sanar.
Para ella, aquello fue un comienzo y un renacimiento. Escribió esa carta catorce años después de que le dijeran que le quedaba un año de vida.

Tengo la esperanza de que, como ella, empieces a vivir tu vida, a escuchar tu voz interior y a encontrar tu verdadero ser, tu auténtico «yo soy», es decir, lo que amas para ti y en ti.

Piensa en una época de tu niñez en la que hicieras lo que te encantaba hacer, y recuerda cómo volaban los días. Las horas parecían minutos. Cuando amas tu trabajo, cuando amas tu vida, cada día es así. Puedes recuperar esa sensación de vivir plenamente en el momento. El Reino de los Cielos está abierto para los niños, y tú puedes encontrar tu Cielo sobre la Tierra si vuelves a tu naturaleza infantil.

Mucho es lo que podemos aprender de los cuentos y los mitos. En «El vestido nuevo del emperador», el niño exclama que el emperador va desnudo, y su padre lo apoya. El padre podría haberle dado un coscorrón, diciéndole que no le hiciera pasar vergüenza, y que nunca más lo llevaría a un desfile. Pero, en cambio, dice: «Escuchad al inocente», y el pueblo asiente, susurrando: «El emperador va desnudo».

Es un comportamiento que también he podido observar en mi consulta. A mí me encanta cuando los niños entran y me dicen: «Tú no tienes ni un pelo en la cabeza», y los padres se esfuerzan en hacerles callar: « ¡Chsss! No digas nada». Y es algo tan obvio: lo tienen ahí delante, y sin embargo los adultos se empeñan en no verlo. Se sienten incómodos. Su capacidad de amar y de comunicarse está bloqueada, pero la del niño no.

Joseph Campbell, en una entrevista publicada en An Open Life [Una vida abierta], nos cuenta lo que Friedrich Nietzsche dijo:
Hay tres etapas para el espíritu. La primera es la del camello, que se arrodilla y dice: «Pon la carga sobre mí». Esta es la condición de la juventud y del aprendizaje. Cuando el camello está bien cargado, vuelve a levantarse y sale al desierto. Este es el lugar donde ha de estar solo para encontrarse, y allí se transforma en león, cuya función y hazaña es matar al dragón. El nombre de ese dragón es Obedecerás. En cada una de sus escamas está escrita una ley; algunas datan del año 2000 a.C., otras son de los periódicos de ayer. Cuando el camello está bien cargado, el león es potente y mata al dragón. Ya veis que hay dos cosas muy diferentes. Una es la sumisión, la obediencia, el aprendizaje; la otra es la fuerza y la autoafirmación, y cuando el dragón ha muerto, el león se transforma en un niño; en palabras de Nietzsche, «una rueda que gira a partir de su propio centro». Eso es lo que representa el niño en este lenguaje místico. El ser humano ha recuperado la espontaneidad, la inocencia y la inconsciencia de los reglamentos que tan maravillosas son en la niñez. El pequeño que le dice cosas absolutamente desconcertantes al extraño que está de visita en tu casa, eso es el niño. No el niño obediente, sino el inocente que es espontáneo, y que tiene el coraje de vivir sus impulsos.
Déjate guiar por ese espíritu infantil que hay dentro de ti. Al permitirte ser quien realmente eres, puedes sanar el espíritu y el cuerpo.

Es necesario que seamos capaces de completar todas las etapas de la evolución que nos detalla Campbell. Y necesitamos aprender a vivir no en función del futuro, ni para lamentar el pasado, sino en el presente.
Vuelve a poner en hora tu reloj: Aprende a vivir en el momento.

Para volver a poner en hora tu reloj viene bien que seas una persona un poco rara y que oigas voces que te hablan dentro de la cabeza. A mí eso me sucede con frecuencia, pero las voces me ayudan a no convertirme en una víctima. (Una vez le conté esto a una señora que me regaló un distintivo que dice: «Espero que no le moleste el ruido que me hace la cabeza».) Cuando estoy en una reunión profesional o en un taller, pienso en lo que quiero compartir. Si estoy preocupado por lo que pensará la gente y tengo miedo de hablar libre y abiertamente, cuando me levanto para tomar la palabra, una voz me dice: «Podrías morirte mientras regresas a casa». Y' como yo sé que si me sucediera eso me sentiría muy mal por no haber compartido lo que tenía en el corazón, pues lo digo, porque así sé que, si no sobrevivo, por lo menos habré dicho lo que necesitaba decir. Lo que sientan los demás o lo que puedan decir los críticos es problema suyo, no mío. La conciencia que tengas de tu propia mortalidad puede salvarte de la timidez. (Pero si haces lo mismo para ganarte el aplauso del público y de los críticos, sólo conseguirás volverte más vulnerable.)

Una muchacha solía trabajar conmigo cuando era estudiante de medicina. Su familia me escribió para decirme que, cuando estaba a punto de empezar su práctica como médico, la picó una avispa. Un amigo que la fue a visitar a su casa la encontró en estado de shock y la llevó a la unidad de cuidados intensivos del hospital local, pero tres días después murió de un shock anafiláctico. Siempre pienso en esa chica cuando recuerdo lo incierta que es la vida, y cómo deberíamos todos esforzarnos por vivir en el presente, que en realidad es lo único que tenemos.

Una vez que uno acepta, literalmente, que podría morirse antes de llegar a casa, empieza a sentirse libre para actuar de una manera que dice: «Así soy yo, y así es como deseo hacer mi aportación». Insisto en que no es egoísmo. Cuando aceptas tu mortalidad, en tu vida hay más humor y más amor. El sentimiento de tu propia mortalidad favorece un comportamiento saludable y humorístico, y deja ver, en vez de esconderlas, tu individualidad y tu peculiaridad.

Yo le pido a la gente que aprenda a vivir en pequeños segmentos de tiempo, porque veo una y otra vez que las personas felices viven en el momento, y están, en cierto sentido, acercándose tanto como es posible al Cielo sobre la Tierra. Cuando podemos empezar a vivir sin estar siempre pendientes del reloj y a disfrutar simplemente del aquí y ahora, cambiamos, y nuestro cuerpo también cambia. Una mujer me contó que el día en que tuvo súbitamente la sensación de vivir en el momento estaba sentada en una silla junto a una ventana abierta por donde entraba la brisa. Por primera vez en su vida tomó conciencia de que sentía el aire sobre la piel. Antes de ese momento filtraba esas impresiones porque estaba viviendo para el futuro, concentrándose en lo que habia de venir. Otra mujer, que estaba a punto de suicidarse, se fijó de pronto en la nieve y en el cielo azul, y esa belleza le salvó la vida.

Vivir en el momento no significa que uno no pueda organizar las cosas ni hacer planes para el futuro. Pero cuando tus planes se ven modificados, tal vez Dios esté tratando de hacer que sigas el ritmo del universo, procurando que te pongas en contacto con tu lado intuitivo.

Un hombre me contó que, una vez que se hubo jubilado, «de pronto, la gente empezó a hablar conmigo en las tiendas, y los perros a mostrarse más amistosos». Por supuesto, lo que pasaba era que él, sin darse cuenta, había cambiado y se mostraba ahora más abierto.

Recuerdo haberme quedado perplejo, en un curso universitario de filosofía y religión, ante la afirmación de san Agustín de que para ver hay que amar... Yo pensaba que el amor era ciego. Más adelante, me di cuenta de que los amantes están abiertos al mundo. Si uno se puede mantener abierto, aceptará las cosas cuando las vea, e incluso si no entiende por qué ha pasado algo, sabrá que ha sucedido y podrá tomar nota de ello y observarlo en vez de rechazarlo. Como decía Carl Jung: «No podemos cambiar nada a menos que lo aceptemos».

Si estamos abiertos a nuevas verdades, nos pueden suceder cosas espontáneas e inesperadas; los misterios pueden resolverse. Son tantos los descubrimientos hechos accidentalmente, mientras los científicos iban en pos de alguna otra cosa... Allí, a un lado, había una pequeña verdad junto a la cual podrían haber pasado precipitadamente sin verla, si no hubieran tenido el espíritu abierto. Mi hijo Jeffrey dijo un día de alguien que tenía «una mente demasiado cerrada» para ser un científico. Me pareció un comentario estupendo; expresa el hecho de que, si nos cerramos ante lo que sea, la religión, la enfermedad o la ciencia, jamás aprenderemos. Me refiero a estar abiertos ante el misterio, no ante la magia o los milagros. La magia y los milagros no se prestan a las soluciones. Los misterios sí, y algún día los tendremos todos resueltos.

He recibido cartas de personas que están en prisión y que optan por vivir una vida de sanación. Un hombre me escribió: «Yo me sentía condenado a muerte y me quedaba sentado esperándola. Ahora dedico ocho horas diarias a hacer un trabajo pesado (cargar a pulso bloques de hormigón) y pienso con mucha ilusión en el mañana. En vez de esperar la muerte, ahora espero vivir».

Tú puedes estar en la cárcel o ser prisionero de tu propio cuerpo, pero la opción de vivir depende de ti y no de lo que te rodea. Si esperas a salir de la prisión o que te vuelva a crecer el pelo para vivir, estás postergando la vida.

Los que sufren son mis grandes maestros. Ve a buscarlos en cárceles y hospitales, y pregúntales por qué quieren vivir. Yo he recorrido muchos pasillos de hospital, y he entrado en las habitaciones de personas que tenían cosas que a mí me daban miedo para preguntarles por qué querían vivir y cómo se las arreglaban. Siempre fueron sinceras y se mostraron dispuestas a colaborar. Algunas me decían: «Siéntese, que se lo contaré». Otras me decían que volviera, que me prepararían una lista. Lo que me impresionó fue que las listas no contenían páginas de análisis filosófico sobre el significado de la vida, sino que hablaban de cosas muy simples... «Pinté un cuadro», decía una mujer sin dedos, que tenía que trabajar con el pincel atado a la mano. «Miré por la ventana, y el día era hermoso. » «La enfermera me hizo un masaje en la espalda.» «Me llamó mi familia para decirme que me vendrían a ver.» Y así seguían las listas, con cosas sencillas y cotidianas. Y yo empecé a darme cuenta de que eso es, realmente, la vida.

Un joven que hablaba elocuentemente de vivir el momento era Mark Rakowski, que jugaba al fútbol americano en Colgate, la universidad donde yo estudiaba, pero enfermó de leucemia poco después de graduarse. Su ex entrenador de fútbol y director de atletismo, Fred Dunlap, y la mujer de éste contaron la historia de Mark en el periódico de la universidad. Describieron cómo este joven siempre había impresionado a los miembros del equipo de fútbol con su energía y su voluntad de vivir, y explicaron que le querían conceder un galardón. Como él no podía recibirlo en el estadio, ya que no habría sido prudente exponerlo al contacto con la multitud por su bajo recuento de glóbulos blancos debido a la quimioterapia, se lo entregaron en los vestuarios antes del partido. Mark dijo a los jugadores:
Cuando yo jugaba al fútbol siempre creí que daba todo lo que tenía en cada partido, especialmente durante mi último año. Pero ahora que ya no juego, sé que no era así; simplemente me lo parecía. Ahora que ya he dejado de jugar, daría cualquier cosa por volver a hacerlo y entregarme totalmente. Algún día vosotros podéis sentir lo mismo. Entonces, hoy, no os dejéis nada aquí. Dejadlo todo afuera, en el campo.
Es innecesario decir que todos se emplearon a fondo, y ganaron el partido al equipo contrario por 22-20.

Tiempo después Mark murió debido a las complicaciones surgidas tras un trasplante de médula, pero hay muchas personas que no lo olvidarán jamás, ni a él ni su ejemplo.

Y eso es lo que yo comparto contigo, amigo mío, amiga mía. Juega plenamente tu partido.

Vive como si te estuvieras muriendo; escribe como si te estuvieras muriendo. En un artículo aparecido en el New York Times Book Review del 28 de mayo de 1989, titulado «Write Till You Drop» [Escribe hasta que no puedas más], Annie Dillard decía:
Escribe como si te estuvieras muriendo. Al mismo tiempo, da por sentado que escribes para un público compuesto únicamente de pacientes terminales. Al fin y al cabo, ¿no es eso cierto? ¿Qué te pondrías a escribir si supieras que has de morir pronto? ¿Qué le podrías decir a un moribundo que no lo enfureciera por su trivialidad?
A mí me gusta usar este ejercicio en mis talleres, y ahora te pregunto: ¿Qué escribirías sobre el tema si supieras que no te quedan más de seis meses de vida? ¿Qué querrías compartir con otras personas para ponerte en contacto con los sentimientos que llevas profundamente sepultados dentro de ti? Cuando hacemos esto, todos empezamos a concentrarnos en lo que más amamos.

Haz una pausa; cierra los ojos. En la oscuridad puedes perder la vista ordinaria y adquirir visión interior. Hellen Keller solía preguntar a la gente: «Si tuvieras tres días para ver, ¿qué elegirías ver en esos días?». Creo que tu elección te enseñará qué es lo que amas de verdad en tu vida.
La identificación de tus verdaderos sentimientos.

A la mayoría de las personas les resulta difícil identificar lo que verdaderamente les alegra, lo que necesitan y desean, porque han dejado de prestar atención a sus sentimientos. Cuando le preguntas a un niño qué es lo que le gustaría hacer hoy, o qué quiere ser cuando sea mayor, obtienes respuestas. Cuando mis cinco hijos eran pequeños y estábamos todos de vacaciones, yo solía preguntarles: «¿Qué os gustaría hacer hoy?», y obtenía entre treinta y cuarenta respuestas. Al llegar la noche no habíamos hecho más que veintiocho cosas, yo estaba agotado, y ellos alborotados. Tuve que aprender a dejar de preguntarles. Entonces, cada día les proponía alguna actividad que podía ser grata para todos e invariablemente la aceptaban. Estaban abiertos e interesados en todas las posibilidades. Pregúntale a un adulto qué le gustaría hacer hoy, y lo más probable es que te diga: «Pues, no sé. ¿A ti qué te parece?». Y si tú sugieres algo, te responderá: «Bueno, está bien, si tú quieres».

Cuando no estás en contacto con tus sentimientos, es probable que te resulte difícil distinguir entre una diversión sana y una adicción malsana. Pero si puedes estar en contacto con tus cualidades de niño, el cuerpo te hará saber si estás eligiendo lo adecuado y si tus sentimientos son auténticos. Una diversión sana te hace sentir bien, aunque pueda fatigarte. Una adicción malsana te controla, y sientes que te arrastra, lo quieras o no. Esto puede referirse a una sustancia, pero también a tu trabajo, o a las cosas que haces por otras personas y que llegan a controlar tu vida hasta escamoteártela. Nada de esto puede sustituir al amor. Si hablas con voluntarios, con gente que está dispuesta a ser útil, y hablas también con adictos, y les preguntas a éstos cómo se sienten tras haber tomado una droga, y a los voluntarios cómo se sienten después de haber ayudado a alguien por amor, las respuestas serán parecidas. Tanto los unos como los otros se sentirán «en las alturas». Pero es mucho más saludable conseguirlo ayudando a la gente que tomando drogas. En el primer caso, se experimenta una mejoría tanto física como psicológica. (Como dice Bobbie: «Hazlo por la salud».)

Una adicción malsana puede haber empezado siendo algo saludable. Conozco a personas que empezaron a hacer jogging porque es bueno para la salud y se sentían bien al hacer ejercicio. Pero al cabo de un tiempo me enteraba de que se estaban preparando para algún maratón, entrenándose compulsivamente un montón de horas diarias y arruinándose la vida. Y eso es malsano.

A las adicciones -entre las cuales se puede incluir el consumo de drogas, la fiebre de ganar dinero, los entrenamientos deportivos de muchas horas diarias y multitud de otras cosas- se las puede considerar como un medio de obtener amor y otros sentimientos que habría que conseguir de maneras más saludables. Entonces no son, en realidad, más que sustitutos del amor que quisiéramos tener. Cuando éramos niños no pudimos controlar la fuente del amor, e intentamos hacerlo ahora.

En su libro Escape From Intimacy [Escapar de la intimidad], Ann Wilson Schaef describe así su trabajo con la adicción: «Con frecuencia, el adicto confunde la responsabilidad con la rendición de cuentas y la culpa, y el adicto a las relaciones amorosas, al sexo o al romance, no quiere que lo culpen. Los que trabajamos en la recuperación de los adictos sabemos que asumir la responsabilidad significa ser dueño de la propia vida».

No sustituyas por las drogas a los padres que desearías haber tenido o el amor que no recibiste. Sal en busca del amor. El amor está en tu interior: empieza por amarte a ti. Piensa en lo que responderías si Dios te dijera: «Quiero que seas feliz durante el resto de tu vida». ¿Qué harías para conseguirlo? Responder a esto es difícil para la mayoría de los adultos. Si yo les dijera: «Has terminado tu carrera, has obtenido una beca y has ganado una fortuna, ¿qué quieres hacer?», responderían que no lo saben.

Esta pregunta tenía un significado especial para Jeanne Prevo, una mujer a quien conocí hace años y que me escribió diciéndome:
Querido Bernie:

En junio de 1982 vine a Connecticut para verlo, y usted me enseñó a salvar mi vida. Me dio esperanzas cuando me decían que no había ninguna. Me cuidó cuando yo estaba desesperada, calva y muy, muy enferma. Me llamó, me escribió y me dio el valor de enfrentarme con el cáncer y librar una guerra agresiva contra él. Y me enseñó a ganar. Me mostró el tercer camino. Desde junio de 1982 me he sometido a trece intervenciones quirúrgicas, pero sigo trabajando como maestra de educación especial. La junta de Educación y mi director me mantuvieron en mi puesto incluso cuando estaba en una silla de ruedas, cuando caminaba con andador o con un bastón, y cuando usaba peluca. Mis alumnos y yo trabajamos juntos con recíproco amor. Ahora tengo otra vez todo el pelo, las pestañas, una cadera nueva, otra colostomía, nuevas prótesis de silicona y nada de cáncer. Puedo ir en bicicleta e incluso bailar. ¿Recuerda cuando me preguntó qué haría si Dios quería que yo fuera feliz durante el resto de mi vida? No supe responderle. Durante los últimos ocho años he ido encontrando de muchas maneras esa respuesta. Tengo su foto sobre el escritorio para darme ánimos, su cinta de meditación en la grabadora, su libro sobre la mesa, y en el corazón, amor y compasión por los que sufren. En el hospital fui transmitiendo sus enseñanzas a innumerables personas que me pedían ayuda. Usted me dijo que me volviera real como el conejo de terciopelo del cuento, y, Bernie, tengo las articulaciones flojas y he perdido la forma, pero soy real y estoy viva. Que Dios lo bendiga.
Observe que me escribe: «Usted me enseñó a salvar mi vida», no «Usted me salvó la vida». Ella conservó su poder. En el cuento «El conejo de terciopelo», el conejo le pregunta al caballo de piel qué significa ser «real», y el caballo le dice:
Real no es la forma en que estás hecho. Es algo que te pasa. Cuando un niño te ama durante mucho, mucho tiempo, no solamente para jugar contigo, sino que realmente te ama, entonces tú te vuelves real [...]. No es algo que te suceda de pronto; te va pasando, y lleva mucho tiempo. Por eso no es frecuente que les suceda a quienes se rompen fácilmente o a los que tienen los bordes filosos, ni a los que hay que tratar con mucho cuidado. En general, cuando llegas a ser real, te han arrancado casi todo el pelo a fuerza de caricias, y se te han caído los ojos, y tienes todas las articulaciones flojas y estás todo un desastre. Pero nada de eso importa, porque una vez que eres real ya no puedes ser feo, excepto para la gente que no comprende.
Cómo tratar con el enojo.

Cuando tomas conciencia de tus sentimientos, uno de los más fuertes con que te puedes encontrar es el enojo. ¿Cómo tratar con él no sólo la primera vez que irrumpe, sino a lo largo de todo el proceso de sanar y mantenerte bien?

Puede que tengas un montón de razones para haberte enfurecido con el mundo, pero es necesario canalizar ese enojo de maneras saludables y en un ambiente seguro para que puedas sanar interiormente.

El enojo es una señal. El cuerpo, el corazón y la mente te dicen que algo está invadiendo tu territorio, que algo está pisoteando tu sensación de ser verdaderamente tú. Si tienes conciencia de tu enojo, puedes decidir qué hacer con él. El sistema inmunitario es la manifestación interna de una saludable cólera, que se moviliza para defenderte.

La vida está llena de dificultades, y la cuestión es cómo las encaramos. Para empezar, es necesario que expresemos nuestros sentimientos ante ellas. Como dice un amigo experto en informática: «Cuando entra basura, sale basura. Pero si la basura sale, puede entrar el amor». Necesitas hacer un lugar en tu vida para la paz y el amor, y para expresar la «basura». ¿Cómo? Una manera es llevar un diario. Como dijo el psicólogo James Pennebaker en su libro Opening Up [Abriéndose], si escribes un diario sobre tus traumas y los sentimientos más profundos que abrigas con respecto a ellos, la experiencia puede ser una forma de sanar.

Lleva un diario. Anota tus sentimientos, día a día. Toma notas para mantenerte consciente de tus sentimientos. Somos increíblemente eficaces para suprimir cosas. Pero cuando lo hacemos, las emociones siguen estando dentro de nosotros y afectándonos. Es algo que aprendí hace muchísimo tiempo. Durante el día, yo acostumbraba a tomar notas sobre las cosas que veía en el hospital y que me emocionaban. Después, por la noche, no podía recordar a qué se referían las notas. Era muy eficiente para bloquear y excluir todo lo que me perturbaba. Por eso empecé a tomar notas más completas, porque lo que quería era poder enfrentarme a mis sentimientos. Es importante que nos «destapemos» por dentro, que dejemos aflorar nuestros sentimientos, porque si no se quedarán atascados en nuestro interior, hasta que un día el cuerpo se empeñe en que les prestemos atención.

Únete a un grupo que se esté concentrando en el mismo problema con el que tú te enfrentas: alcoholismo, cáncer, sida, excesos en la comida, divorcio, la enfermedad o la muerte de tu pareja o de algún otro ser querido... Puedes hablar con las personas que forman el grupo y compartir con ellas tus sentimientos. Sabrán por experiencia qué es lo que estás pasando, y que pueden disciplinarte, amarte, apoyarte y mostrarse exigentes contigo para que tomes las decisiones apropiadas en el momento adecuado. A veces es difícil compartir lo que sientes con los miembros de la familia, porque de alguna manera quieren «curar» la situación. Y tú tienes que recordarles que cuando expresas enfado o miedo, no les estás pidiendo que lo curen todo, sino que estén ahí para apoyarte física y emocionalmente, por ejemplo dándote un abrazo para que sientan que han hecho por ti algo más que escucharte. Si te preguntan cómo estás, puedes decirles: «Estoy a 8, o a 6». La regla podría ser que si estás por debajo de un 8, siempre te den un abrazo. Entonces no se sentirán impotentes. Podrán escucharte, tocarte, apoyarte.

Comparte con sinceridad tus sentimientos. Cuando te pregunten cómo estás, no respondas automáticamente con una sonrisa y diciendo: «Bien». Si estás bien, estupendo. Pero suprimir tus sentimientos es destructivo, de modo que haz el favor de no enmascararte tras una sonrisa estereotipada para negar lo que te está pasando, y así confundir a tu cuerpo. Eso no es ni pensamiento positivo ni auténtica paz mental.

Si no expresas tus sentimientos, y en particular el enojo, es probable que termines resintiéndote, odiando y convirtiéndote algún día en un asesino, en potencia o real. Si no expresas tu rabia, se te quedará dentro, creándote una depresión e incluso una enfermedad, y además, controlándote. Ya encontrará alguna salida... pero destructiva.

Si alguien me dice que está enojado conmigo y con lo que escribo, me parece estupendo, porque esa persona se está comunicando. Recibo cartas de gente muy enfadada, muchas de ellas anónimas, lo cual es una pena, porque entonces no podemos comunicarnos, sanarnos ni cambiarnos el uno al otro. Una mujer que conocí me contó que arrojó mi libro contra la pared y que la enfermera le dijo: «A Bernie le encantaría eso». Mientras me lo explicaba, la interrumpí para decirle «Estupendo», y los dos nos sonreímos cuando me contó lo que le había dicho la enfermera. Esa es una energía con la que podemos trabajar.

Una manera de usar tu energía es hacer un ejercicio físico repetitivo, que puede ser casi como una meditación. Mientras llevas a cabo una actividad rítmica en la que está implicado el cuerpo, afloran los pensamientos y los sentimientos, y entonces se puede hacer algo con ellos. No importa si caminas, corres, nadas, bailas, trabajas en el jardín o haces ejercicios en una silla si es necesario, pero trata de poner el cuerpo en movimiento y te sorprenderán los resultados.

Yo medito todas las mañanas cuando salgo a correr. Entonces suelen aparecer ideas y sentimientos a los que no me he enfrentado, y puedo completar asuntos que estaban pendientes. Hay una libertad y un conocimiento que parecen apoderarse de ti cuando te encuentras en ese estado, que te ayuda a resolver dificultades. Entonces se es más creativo.

Si durante el día se te van acumulando sentimientos que no has expresado, es importante tener un período de transición o intervalo de sanación antes de volver, por la noche, a tu vida hogareña (por ejemplo regresar a casa caminando desde la estación o desde el despacho, o escuchar una cinta mientras conduces el coche). Es necesario que encuentres alguna manera de aflojar la presión, para que tu vida y tu familia no se resientan.

Un amigo mío, que era barman, sabía que su trabajo era en gran medida una psicoterapia. Mucha gente hacía una escala en el bar al salir de la oficina, antes de volver a casa. Y no iban realmente a beber una copa, sino a hablar con él. Búscate a alguien con quien hablar. No necesitas tomar nada para aturdirte, porque las drogas no te ayudan a afrontar los verdaderos problemas. Al llegar a casa, no hay nada de malo en decir a la familia que necesitas unos momentos para estar a solas. Cuando yo regresaba a casa desde el hospital y todos se me echaban encima para contarme lo interesante o lo difícil que había sido el día, muchas veces yo no podía manejar bien la situación a causa de lo que había vivido yo ese día. No hay nada de malo en decir que necesitas estar un momento a solas, en tu habitación. Cierra la puerta. Haz algo a solas y para ti. Cámbiate de ropa. Disminuye tu ritmo. Sal a cortar el césped. Limpia la casa. Enfráscate en algo que te haga perder la noción del tiempo. Eso te permitirá pasar a un estado más receptivo para los que te rodean.

He conocido a terapeutas que trabajan con la música, la poesía o el arte, y ayudan a personas hospitalizadas a usar su energía y su rabia para crear una canción, un poema, un dibujo o un cuadro. De esta manera les ayudan a sanar, en la medida en que su dolor y otros sentimientos pueden aflorar a través de esos medios de expresión. El arte me hizo mucho bien cuando, en mi condición de médico, sentía un increíble dolor emocional. Aprendí que podía llegar a casa, ponerme cualquier ropa vieja e irme a pintar a la habitación que había dispuesto para ello en el sótano. Los niños se reunían a mi alrededor y nos poníamos a pintar todos juntos. En pocas horas, aquella experiencia me cambiaba.

Con frecuencia, la gente se empeña en decirle a uno cómo debería sentirse. Es triste que haya personas tan vacías de sentimientos que piensen que han de sentirse como los demás les dicen. Recuerdo a la asistenta social que fue a visitar a una familia que yo atendía y les dijo que deberían estar enojados y no lo estaban. Como ya se habían enfrentado a todos los problemas, no tenían por qué estar enojados, pero se enfadaron con la asistenta social, que se quedó muy contenta porque finalmente se habían enojado.

No te preocupes por lo que se supone que tienes que sentir; limítate a sentirlo. No juzgues tus sentimientos; a los sentimientos no hay que juzgarlos. Si te estás preguntando qué hacer con ellos, las mejores personas con quienes hablar del tema son aquellas que verdaderamente pueden entenderte, que han pasado por lo mismo y se han enfrentado con los mismos sentimientos. ¿Dónde encontrar a esas personas? ¿Cómo crear un grupo?
Cómo encontrar o iniciar un grupo de apoyo.

Hay muchas maneras de encontrar un grupo de apoyo, entre ellas ponerse en contacto, telefónicamente o por carta, con organizaciones de autoayuda, que te proporcionarán información sobre los grupos que haya en tu barrio. Lo mismo pueden hacer algunos organismos gubernamentales y organizaciones de voluntarios. Pregunta a otras personas que tengan los mismos problemas que tú, y a tu médico.

Echa un vistazo a los tableros de anuncios de tu vecindario, de las tiendas de naturismo y dietética y de las iglesias para ver si hay información sobre el tipo de reuniones que te interesan.

Si lo deseas con vehemencia, encontrarás lo que estás buscando. Y si en tu barrio no hay ningún grupo así, inicia uno. El comienzo puede ser tan simple como poner un anuncio en el periódico o en algún tablero informativo, pidiendo que, si hay otras personas con el mismo problema a quienes les gustaría reunirse para hablar de ello, te llamen. Pero, en general, es conveniente contar con alguien con la formación necesaria para coordinar el grupo de tal manera que las reuniones, sin dejar de ser cálidas y afectuosas, obliguen a las personas que participen en ellas a enfrentarse consigo mismas en la medida necesaria para que puedan cambiar. Y como no querrás encontrarte trabajando con un grupo de víctimas, puedes darle a la gente algo para hacer antes de permitirles que entren en el grupo; puede ser leer un libro, hacer un dibujo o contestar un cuestionario. Te sorprenderá la cantidad de personas que te dirán que no, porque no quieren hacer el esfuerzo o tienen miedo a fracasar. Yo he recibido cartas en que la gente me dice: «Me habría unido a alguno de sus grupos, pero le tengo más miedo al arte que al cáncer».

En Estados Unidos, ECaP y otras organizaciones ofrecen sesiones de formación para quienes quieran dirigir grupos. Generalmente, un profesional con formación sanitaria es el más capacitado para hacerlo, de modo que intenta encontrar alguno que te ayude. Pero si no los hay en tu vecindario, reuníos varias personas con el fin de prepararos para dirigir el grupo.

Instala a la gente en tu sala de estar y anímalos para que hablen. Pero recuerda que se trata de un grupo de apoyo y disciplina, y que, por lo tanto, debe ayudarte a hacerte cargo de tu vida y a encarar tus sentimientos y tus miedos, para que así dejes de temer el futuro.

Hay muchos grupos que, sin abordar especificamente tu problema, aun así pueden ayudarte. Si estamos realmente tratando de ayudarnos los unos a los otros, ¿qué importancia tiene cuál sea el dolor que lleva a cada cual a una reunión? Puede ser el cáncer, el alcoholismo, la drogadicción, la pérdida de un ser querido... Son muchas las tragedias que pueden acercarnos. En alguna medida, podemos compartir nuestro dolor y ayudarnos los unos a los otros.

También pueden serte útiles los grupos informales o sociales de los que ya formas parte. Todos tenemos penas y aflicciones. Comparte tu herida. A veces, cuando les cuentas

a los demás lo que realmente está pasando en tu corazón, te sorprende el apoyo que recibes y la profundidad de los pensamientos y sentimientos de muchas personas en su propia vida privada. Mira, pues, a tu alrededor para darte cuenta de cuáles son los grupos de los que ya formas parte y ver si no los podrías llevar a un nivel más profundo.

A veces, personas que se han conocido en alguno de nuestros talleres o que han compartido habitación en un hospital han mantenido luego el contacto. Tal como señaló un joven en uno de nuestros talleres, una de las cosas que hacemos en ellos es dar permiso a las personas para que hablen las unas con las otras de un modo íntimo y apoyándose mutuamente.

Sé que una terapia adecuada, ya sea de grupo o individual, puede prolongar la supervivencia. Sin embargo, la terapia de grupo puede tener más efectos secundarios que la quimioterapia. Con ello quiero decir que se necesita valor para cambiar. Estar dispuesto a hacerlo puede ser más difícil y estresante que exponerse a diversos tratamientos químicos o mecánicos. Recuerda que te estás «destapando» por dentro; hazlo en un ambiente seguro. Los otros miembros del grupo te ayudarán a enfrentarte con lo que salga, y la vida jamás te pondrá frente a nada que no puedas manejar.

Volvemos al hecho de que si compartes tu experiencia vital, tienes a alguien que te escuche y se te da la oportunidad de expresar tus sentimientos, todo eso influirá en tu supervivencia y tu calidad de vida.

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