Cierra los ojos, pues sabes






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Morirse según lo previsto.

En los sueños, poemas y dibujos hay toda clase de signos de que la gente tiene precogniciones de la muerte. Recuerdo un poema que apareció en el periódico local; lo había escrito una de las personas que murieron cuando a un avión comer­cial se le desprendió una puerta en vuelo. El poema, escrito semanas antes, hablaba de sentirse absorbido en un vacío y hundirse en el mar. Cuando uno lo lee, piensa: «Vaya, pues lo sabía».

Es cierto que hay accidentes, pero a veces la elección de cuándo morimos es nuestra. Así se ve en un artículo llamado «La postergación de la muerte para ocasiones simbólicamente significativas», que se publicó en el Journal of the American Medical Association. Las estadísticas revelan que, en todas las culturas, se muere más gente después de los cumpleaños y los días de fiesta. Cuando tenemos algo que esperar, una ex­pectativa, podemos aferrarnos a ella. Llevamos dentro una voluntad, libramos una lucha para participar en aconteci­mientos importantes. Oigo decir a la gente: «Me voy a morir a las dos, cuando lleguen los niños de California», y realmen­te, así sucede.

Hay personas que han soñado que morían en un avión, o en una fecha determinada, o en un quirófano. Y esto sucede con la suficiente frecuencia como para saber que tenemos el sentido de la intuición.

Si recibes un mensaje así, no subas al avión. Si sueñas que te mueres un jueves en el quirófano, no dejes que te operen ese día. Una señora soñó que en su lápida decía: «Jueves». Decidimos que no la operaría en jueves, y ambos nos sentimos mejor.

Recibí una carta de un hombre que había escrito en el sobre: «Muerte programada». Nadie se muere según lo pro­gramado externamente, sino más bien según la programación personal de su propia vida.

Desde Francia me escribió una enfermera para hablarme de un hombre de treinta años con un cáncer generalizado que quería ver la primera comunión de su hija. El gran día llegó y la niña fue a visitarlo con su vestido de comunión. A pesar de su estado, el padre parecía completamente feliz, y «murió al día siguiente, una vez logrado su objetivo».

Si logras tu objetivo, entonces forma parte de lo previsto. Eso no significa que queramos morir, sino que hay un momento en el que abandonar el cuerpo es la siguiente forma de terapia.

Patricia Zacharias me contó que cuando a su padre le diagnosticaron el cáncer, nadie en la familia quería aceptarlo como un hecho. Después de haber leído mis libros, Patricia los reunió a todos, compartió con ellos su amor y le dijo a su padre que por el hecho de morirse no los estaría abandonan­do. Todos lloraron, se abrazaron, se besaron y se demostraron mutuamente amor durante los últimos días de su padre. En cuanto a él, se sentía en paz. Empezó a tener experiencias extracorporales. Su hija escribe:
Preparó su testamento vital y tomó sus disposiciones para el funeral. Incluso precisó la ropa que quería llevar en su funeral: la chaqueta deportiva verde que usaba para jugar al golf, y las zapatillas de goma que tan cómodas habían sido para él duran­te los últimos meses antes de caer definitivamente en cama. [...] Durante la última semana sentía que iba viajando por un largo túnel que tenía al final una luz brillante de hermosos colores. A mí eso me fascinó, porque mi padre jamás se había expresado de semejante manera.
Otra mujer me mandó lo que su hijo de catorce años, Thomas Connor, escribió en un periódico escolar una sema­na antes de morir:
Hay personas que piensan que la muerte es un gran alivio; creen que la vida es un castigo, y que la muerte es una «prisión mejor» al final de todas las aflicciones de la vida [...]. Pero la vida tiene más momentos altos que bajos [...]. Al final darás la bienvenida a la muerte, no como un medio de escapar de la vida y sus penurias, sino como una recompensa final por todos sus altibajos.
Una semana después de la muerte de Thomas, un pastor habló de él en su sermón. El pastor no lo había conocido, dijo la madre de Thomas, pero de haber sido así, «habría sabido que siempre se acordaba de dar las gracias cuando estaba a punto de cerrar la puerta al irse». El pastor dijo a los fieles:

Dios da a cada alma una vida nueva. Y Dios miró y vio delante de sí un alma y dijo: «Es una vida corta, sólo catorce años, pero han sido unos buenos años». Y el alma respondió: «Oh, qué bien. Perfecto. Lo acepto». Y, dando un salto, echó a correr colina abajo hacia las puertas. Y tan pronto como había arran­cado, se detuvo de un patinazo y se volvió hacia Dios, que ni por un instante había apartado los ojos de él. «Y gracias -le gritó-, gracias. »
Una mujer dijo de su padre:
Su enfermedad continuaba progresando, pero yo tenía la sensa­ción de que él seguiría vivo durante cuatro meses más porque se avecinaban días especiales en los que quería participar. [...] Durante dos semanas estuvo hablando de lo poco que faltaba para nuestro gran día. Tuvimos un hermoso aniversario, con una gran cena, brindis con champán y pastel, que mi hermana sirvió con gran amor. Él comió y parecía estar bien. Después [de la celebración] se volvió a la cama y ya no se levantó. Sufrió intensos dolores cinco días antes de morir, y se pregun­taba por qué seguía con vida, por qué los ángeles no se le ha­bían aparecido todavía. juntos decidimos que la razón de que el Señor aún no se lo hubiera llevado era que nos estaba prepa­rando a nosotros para aceptar su ausencia y dejarlo en Sus manos. Ese jueves nos reunió, habló todo el día, tuvo unas fuerzas excepcionales para su estado y compartió abiertamente su amor con nosotros y con su Señor. Eso le dio ocasión de mostrarnos cómo se sentía, mediante abrazos y lágrimas. Esa noche se le aparecieron dos ángeles a los pies de la cama. Entonces nos dijo que a la mañana siguiente ya no estaría aquí. Murió a las 11.25 de ese día.
Estoy seguro de que la desaparición del dolor en el caso de este hombre se relaciona con la falta de conflicto y con la paz que sentían todas las personas implicadas. Dime ahora si ponerse una bolsa en la cabeza o respirar monóxido de car­bono para morir puede hacer eso por una familia.
Las medidas extraordinarias.

Recientemente, en una conferencia, me preguntaron qué pienso de la eutanasia. De alguna manera, yo nunca siento que el suicidio activo sea apropiado. Cuando el cuerpo está cansado y ya no funciona, creo que lo adecuado es irse, dejar de nutrir ese cuerpo y permitirle que se muera. Eso es diferente de ponerse una pistola en la sien. Creo que el suicidio puede dejar a toda una familia con el men­saje de que, ante la adversidad, la consigna es abando­nar.

Cuando mueres de un modo natural dejas detrás algo de ti. El que se suicida deja un vacío y no enseña a los demás nada sobre la vida y el hecho de vivir.

No me gusta ver que la gente se suicida por algo a lo que tiene miedo. No me opongo a que se ayude a morir a la gente, en el sentido de que si alguien ha dicho que sufre y está dispuesto para irse, se impida que la familia o las enfer­meras lo regañen diciéndole que se acabe la comida.

-Si estoy en el hospital para morirme, ¿por qué me tengo que terminar la comida? -preguntó un hombre.

También se puede ayudar a los moribundos sedándolos para que no sientan dolor, y puedan relajarse y dejarse ir. En ese sentido he ayudado yo a la gente. Les he ayudado a des­prenderse de la culpa y a no sentirse unos fracasados.

Creo que si devolviéramos a la gente la decisión y el poder, dejaríamos de preocuparnos por la necesidad de suici­darnos porque tememos que nos aparezca una enfermedad de Alzheimer o algo que nos produzca dolor.

El verdadero mensaje es: no tengas miedo del futuro. Cuando estés listo, haz que todos lo sepan. Recuerda que cuando en Irlanda unos hombres iniciaron una huelga de hambre, sin comer ni beber, la muerte tardó alrededor de veintitrés días en llegar. Bueno, pues si puedes dejar de comer y de beber y morirte al cabo de veintitrés días, ¿de qué tienes miedo? ¿Qué podría pasarte?

Lo que podría pasarte es que viniera alguien, te metiera a la fuerza un tubo por la garganta, empezara a someterte a ali­mentación forzada y te impidiera morir. Pues entonces, redacta y firma un Testamento Vital, deja que todo el mundo sepa lo que quieres, y no tendrás que suicidarte. Puedes limi­tarte a dejar de vivir y permitir que el proceso se realice por sí solo.

Para muchas personas, esto forma parte del problema. Cuando vemos que un libro sobre cómo suicidarse se con­vierte en un éxito de ventas, hemos de darnos cuenta de que la gente siente que ha perdido su poder. Están tan preocupa­dos por la vida que tienen miedo de no poder controlar su muerte. ¿Qué le diría tu suicidio a tu familia? ¿Qué legado se deja al morir respirando monóxido de carbono?

También me preguntan por el otro aspecto de la cuestión: -¿En qué condiciones han de recurrir los médicos a «medidas extraordinarias» para mantener la vida?

Si te lo piensas, incluso un trasplante de corazón se puede considerar una medida extraordinaria. Empezamos este siglo rezando para que Dios nos salvara de la difteria, y estamos a punto de terminarlo pidiéndole que nos dé un donante para un trasplante de corazón. ¿Qué es una medi­da extraordinaria? Yo diría que tiene mucho que ver con el individuo. Si yo sigo sintiendo que soy capaz de amar y de hacer una aportación al mundo, sí que me gustaría que se tomaran medidas extraordinarias para mantenerme con vida.

Sé de un caso en que un juez se negó a permitir que se dejara morir a una señora en coma, como lo pedían el mari­do y el médico de la enferma. Hoy esa señora está bien y vive con normalidad. A mí me parece apropiado usar las medidas necesarias para mantener con vida a la gente.

Por otra parte, si me siento cansado y dolorido, una alimentación endovenosa podría ser una medida extraordinaria, y yo puedo negarme a recibirla.

Es decir que lo de «extraordinario» tiene que ver con la etapa que el paciente ha alcanzado en su vida. Hay cosas que yo, como médico, no podría hacer por alguien que tiene noventa años, y que sí haría con mucha facilidad por alguien de diez. Pero también he intentado resucitar a un paciente de noventa años porque sabía que estaba dispuesto a seguir peleando por su vida.

La American Association for Retired Persons [asociación estadounidense de jubilados] señala que el tratamiento del cáncer en los ancianos es diferente del que se utiliza en personas más jóvenes, y que es probable que a los mayores no se los esté tratando de la forma adecuada. Creo que esto tiene mucho que ver con el individuo, con el tipo de «dolores de parto» que esa persona esté dispuesta a soportar a su edad. No es simplemente cuestión de reprochar a la profesión médica que no trate de la forma adecuada a la gente. Quizá los médicos piensen en los ancianos como personas, y recu­rran a tratamientos menos enérgicos porque creen que el remedio podría ser peor que la enfermedad.

Lo mejor sería que cada uno de nosotros hiciera una lista de lo que entiende por «extraordinario», aclarando si con ello se alude a respiración asistida, trasplantes, alimentación endovenosa o lo que fuere, y se la mostrara a sus familiares y a sus médicos. Por lo menos podemos darle a la gente una idea de lo que pensamos y lo que consideramos importante para vivir, porque alguien a quien se hace volver del otro lado puede preguntar por qué no lo dejan en paz, si lo que él quería era morirse, y otro que ha perdido uno o más miem­bros, o que está tetrapléjico, quizá quiera seguir colaborando en el mundo y se sentirá feliz de estar vivo.
El amor permanece con nosotros.

«En esencia, llevamos con nosotros el amor que hemos reci­bido, mucho después de que la fuente de ese amor haya desaparecido ya de nuestra vida», dice John M. Schneider en un artículo publicado en Noetic Sciences Review.
Fue Gandhi quien expresó que el dolor por la pérdida de un ser amado era quizás el mayor de nuestros engaños, porque dentro de nosotros mantenemos el carácter esencial de esa rela­ción. El hecho de que sea solamente la forma, no la sustancia, lo que se pierde, es algo que la mayoría de nosotros sólo pode­mos apreciar como consecuencia de la experiencia y del duelo, y no en vez del duelo.
En nuestras reuniones de grupo, en la semana siguiente a la muerte de alguno de los miembros que realmente ha vivi­do, que ha asumido sus desafíos y se ha enfrentado a sus aflicciones, he visto una cordialidad, una integridad y una plenitud especiales en la habitación, a pesar de que esa per­sona se haya ido. Y cuando eso no se ha producido, se siente un vacío, porque no podemos completar la vida de alguien que se ha ido.

Michael Lidington, el joven del que ya he hablado, a quien le reapareció el cáncer, escribió un poema que, se­gún su voluntad, su hermano Ryan leyó durante el funeral como su último mensaje:
Atrévete
¿No hubo acaso un tiempo

en que un hombre podía ser un hombre

y una mujer podía ser una mujer

y cada uno podía vivir sin el mundo?
Veo un mundo en que el desastre está anunciado.

Vivo en una fantasía desde los tiempos de antaño.

A la gente no le importan las sedas ni el oro.

Nadie es malo, nadie está en libertad condicional.
Vine a este extraño mundo sin distinguir arriba ni abajo.

Es un mundo de independencia donde la gente necesita amar.

Haz lo que yo he hecho y enfréntate al mundo

sin dar nada por sentado, y sabiendo a dónde vas.
Libérate de tus restricciones físicas, no te fíes de nada.

Este mundo material no triunfará sin el amor de Dios.

Mucha gente te quiere; no estarían aquí por ti, si no.

Créeme, cualquier cosa es mejor que nadie.
Sécate las lágrimas, que yo me lo paso bien.

Haz lo que yo hice y acepta el mayor reto de tu vida.

Ya ves, yo vencí en el duelo. Gané.

Pronto estaré en un lugar mejor, sin odio ni enfermedad.
Siempre estoy contigo, así que no quiero ver

ni una lágrima en tu cara.

Tú puedes derrotar al mundo.

Por eso te desafío. Atrévete.
Michael Charles Lidington murió en paz, en su casa. Tenía quince años. Después del elogio fúnebre, las canciones y los poemas que le dedicaron, él tuvo la última palabra.

La profesora C. Regina Kelley, una escultora que enseña en la Escuela de Arte de Maine, ha iniciado un curso como parte del Programa para Enfermos Terminales de su comuni­dad. Dice Regina:
En las culturas tradicionales, la gente iba al médico brujo no sólo por sus propios problemas, sino para devolver la armonía a su familia y a su comunidad. Cuando se considera una enfer­medad bajo esta luz, la sanación se produce muchas veces aun cuando el paciente se muera.
Esto es algo que he podido ver una y otra vez. Uno puede dejar plenitud detrás de sí. Familias enteras pueden sanar por obra del proceso de la muerte de un individuo, merced a lo que dieron tanto en un sentido espiritual como, a veces, tam­bién en un sentido físico.
Si quieres vivir eternamente, ama a alguien.

Una conclusión dichosa.

Ahora me gustaría explicarte dos historias que han sido importantes para mí en mi intento de entender qué es la vida y para qué estamos aquí. Una de ellas se refiere a mi padre, que murió hace poco.

El 23 de junio de 1991, cuando él murió, supe que somos capaces de realizar todas las cosas de las que he hablado en este libro. Se fue un domingo, a las tres de la tarde, con una sonrisa en los labios, rodeado de todas las personas que lo amaban y que habían podido estar con él. El domingo por la mañana, cuando nos acercamos a su lecho, le pedí a mi madre que me contara cómo se habían conoci­do, qué era lo que había unido a esas dos personas y las había llevado a fundar una familia. Y ella inició un relato lleno de humor.

Un día, mientras pasaba las vacaciones con su familia en Coney Island, Nueva York, estaba sentada en la playa con algunas chicas que no conocía.

-Después supe que su reputación no era muy envidiable -contó.

Mi padre, que también estaba de vacaciones con su fami­lia, llegó a la playa con otros adolescentes. Tiraron una mone­da al aire para ver quién se quedaba con qué chica. Y, como dijo mi madre:

-Tu padre perdió; le toqué yo.

Pues bien, ahí empezamos a reírnos. Yo observaba cómo mi padre iba adquiriendo mejor color a medida que el relato avanzaba, y le apareció una sonrisa en los labios. Tenía la sensación de que en cualquier momento podía abrir los ojos y decir:

-He cambiado de idea; este mundo es muy divertido, y he decidido que hoy todavía no me iré.

Pero finalmente llegó mi hija Carolyn. Era la última per­sona que podía llegar a verlo en su lecho, ya que los demás nietos estaban repartidos por todo el país. Mi padre no lo sabía conscientemente porque estaba casi en estado de coma, pero creo que en un nivel más profundo se dio cuenta de quién llegaba.

-Aquí está Carolyn -dijo Bobbie, y en ese momento mi padre exhaló su último suspiro y murió con una sonrisa en el rostro.

Fue un increíble regalo para todos nosotros, en especial para sus hijos y nietos, que ahora no tenemos razón algu­na para temer a la muerte. Uno de mis hijos me preguntó si así era la muerte.

-Así es como debería ser, pero lamentablemente, por lo general no es así -le dije.

Por eso te pido que pienses que también tú puedes morir con una sonrisa. Es muy sencillo. Tu familia y tus amigos te rodean, y te vuelves hacia ellos, diciéndoles que cuenten cosas de vuestra vida en común. Ahora bien, si hay un silen­cio total, estás en un apuro. Por eso te prevengo que vayas haciendo ahora alguna de esas cosas infantiles y maravillosas que todo el mundo recordará y atesorará. Es evidente que la clave de esto, y de cómo vivir día a día, es vivir en el momento... no «entre» esto y lo otro, ni en un sentido limitado, sino ahora mismo.

Aquellos recuerdos de mi padre me ayudaron a ir des­prendiéndome de mi duelo. Algo más me ayudó también. Una mujer que vino a un taller me había dado un libro llamado Poems That Touch the Heart [Poemas que llegan al corazón), una antología recopilada por A. L. Alexander. Un día, alrededor de una semana después de la muerte de mi padre, en que me sentía abrumado por el dolor, la triste­za y la pérdida, eché mano del libro y lo abrí. Me encontré con un relato poético llamado «La vela apagada», de Strickland Gillilan.

Se trata de un hombre que es incapaz de reaccionar des­pués de la muerte de su hija y que no puede sobreponerse ni hacer nada. Un día se va a dormir y sueña que está en el Cielo, donde todos los niños desfilan con velas encendidas, salvo una pequeña, la última de la fila, que la lleva apagada. El hombre corre hacia ella y, al acercarse, se da cuenta de que es su hija. Cuando llega a su lado, le pregunta:

-¿Cómo es, cariño, que tu vela es la única que no está encendida?

-Padre -responde ella-, me la encienden una y otra vez, pero tus lágrimas siempre me la apagan.

Aquello me ayudó a liberarme de la carga y a seguir viviendo.

Aprendí que la alegría es la mejor forma del recuerdo. Piensa qué es lo que puedes hacer para morir con alegría en el corazón, sabiendo que has vivido plenamente y que has hecho todo lo que viniste a hacer a este mundo.

Lo que te pido es que empieces a estar totalmente presen­te, y que dejes de representar un papel. No actúes: sé. Cultiva tu relación de sanación con los médicos, con tus compañeros, tu pareja y tus amigos, de manera que tu matrimonio y tus otras relaciones sean relaciones de sanación en las cuales se crea algo más grande, de tal modo que ya no tengas que esconderte ni sepultar tus sentimientos.

Sé que puedes seguir sanándote y dándote a luz. El parto puede ser difícil, pero si alguien te acompaña mientras vas dilatando, el proceso se hace mucho menos doloroso. Tú res­pondes a ese amor, ese cuidado y ese apoyo.

Comprende que Dios está presente en ese viaje. Si la pala­bra «Dios» te resulta incómoda, sustitúyela por «Amor», por­que cuando amas, Dios, La hayas invitado o no, forma parte de tu vida.

Y cuando te canses, recuerda dejarte caer hacia arriba.
ECaP (Exceptional Cancer Patients)

ECaP (Exceptional Cancer Patients) es la organización no lucrativa fundada por el doctor Siegel en 1978. En el área de Connecticut, ECaP ofrece un programa clínico con sesiones de grupo de apoyo conducidas por psicoterapeutas. A ellas pueden concurrir personas que padezcan cáncer, sida u otras enfermedades crónicas o que pongan en peligro su vida, como complemento al tratamiento médico que hayan elegi­do. Además, todos los años ECaP patrocina varios talleres dirigidos por el doctor Siegel, que están abiertos a cualquiera, tenga o no problemas de salud.

ECaP ofrece servicios como talleres de formación para monitores de grupos de apoyo, y otros de consulta para pro­fesionales sanitarios. Publica una guía de recursos con valiosa información, en la que se incluye la fecha y la hora de los talleres del doctor Siegel, información médica y más de cien­to cincuenta listas de servicios de apoyo y de las sedes regio­nales existentes.

Todos los libros del doctor Siegel, así como las cintas de video y casetes en que aparece, se pueden pedir a ECaP, que también distribuye muchos otros libros y cintas de visualización guiada realizados por otros conocidos expertos en sanación. Para hacer un pedido, solicitar el envío gratuito de un catálogo de libros y cintas u obtener información adicio­nal, por favor escriba o llame a:

ECaP

1302 Chapel Street

New Haven, CT 06511

Tel. (203) 865 8392

USA





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