Cierra los ojos, pues sabes






descargar 0.65 Mb.
títuloCierra los ojos, pues sabes
página14/17
fecha de publicación28.01.2016
tamaño0.65 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Documentos > Documentos
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   17

La toma de decisiones.

Cuando termino de dar una conferencia, es frecuente que la gente se acerque a hacerme preguntas, e incluso hay quienes me han dicho:

-No quiero robarle tiempo, así que, por favor, en treinta segundos dígame qué puedo hacer con mi vida.

Y yo les respondo:

-¿Cómo puede usted tener una opinión tan pobre de sí mismo como para pedirme que decida por usted qué hacer con su vida, y además en treinta segundos?

Pero son personas asustadas e inseguras, y creo que la pregunta se refiere en realidad a la toma de decisiones. Puede ser que quien me hace esta pregunta tenga que tomar una decisión vital en ese momento: dónde vivir, o qué tratamien­to seguir.

Lo que me hace pensar es por qué hay personas que qui­sieran que yo tomase esa decisión por ellas. Una de las cosas que he observado en los pacientes excepcionales es que no tienen miedo de tomar decisiones. Se dan cuenta de que se trata de su vida, y se hacen cargo de ella. No piensan: «Esto estará bien si me cura y dentro de cinco años estoy sano». Lo que cuenta es lo que está bien ahora. No les importa volver a orientar su vida ni cambiar sus decisiones. Pero cuando los pacientes tienen miedo de encontrar su camino, acuden a mí para pedirme que les ilumine la ruta. Y si yo tomara una decisión y después no les gustara, el malo de la película sería yo.

No tengas tan pobre opinión de ti dejando que sean otros quienes tomen tus decisiones. ¿Conocen ellos tu historia como para hacerlo? La respuesta es: «No».

Me doy cuenta de que lo que en realidad pide la gente son esperanzas. Y eso puedo dárselo. Es más fácil sentirse cómodo y ser sincero dando esperanzas que tomando deci­siones sobre la vida de otra persona. Cada uno de nosotros es único, y nadie conoce el futuro. De modo que si la gente está dispuesta a afrontar el reto y emprender la lucha, ahí estoy yo con ellos.

En el Hartford Courant del 14 de mayo de 1990, apareció un artículo de Colin McEnroe sobre una mujer llamada Deborah Burton, que estaba embarazada y se enteró de que tenía cáncer. Las opciones eran muchas, e incluían no hacer nada con el cáncer y tener el bebé, abortar o someterse a una quimioterapia de dosis bajas y continuar con el embarazo. Ninguna decisión era fácil de tomar, y los posibles perjuicios eran graves. Deborah cuenta que en ella surgieron estas palabras: «Abrázate a la vida», pronunciadas casi como una ple­garia. Y prosigue:
Yo sabía lo que quería mi corazón, pero lo difícil era eso: abra­zarme a aquello, sintiendo que mi corazón y yo estábamos bien [...].

Con respecto a las decisiones «erróneas», yo tengo la sen­sación de que la gente las toma en niveles inferiores a aquel donde realmente están, y entonces tienen resonancias en el futuro. Yo quería tomar la mía en el nivel más alto posible.
Y yo diría que estas son las palabras clave. Hay que tomar todas las decisiones en el nivel más alto posible, afirmar la vida -la tuya y la de los demás- y seguir avanzando.
¿Es justa la vida?

A veces pregunto a la gente, ya sea en las reuniones de la Wellness Society o en encuentros médicos y psicológicos, si creen que la vida es justa, y siempre la mayoría responden que no. Cuando hablo con estudiantes de medicina en el momento de graduarse, trato de hacer que reflexionen diciéndoles: «Si la vida no es justa, no salgáis al mundo a ayudar a que la gente viva más. Ayudadles a morir más pron­to, para que no tengan que soportar la injusticia». Muchos se van con aire confundido e intrigado, porque lo que hago es obligarles a clarificar su papel.

Yo siento que la vida es absolutamente justa. Lo único que necesitamos es volver a definir las reglas. Las dificulta­des, los problemas, el dolor y las pérdidas vienen con la vida. Entonces, nuestra pregunta ha de ser cómo enfrentarnos con todo eso. ¿Podemos usar esas cosas como nuevas orientacio­nes e incluso considerarlas como regalos?

«Tenemos que encontrar el regalo que encierra el sufri­miento», decía Katherine Mansfield en una de sus cartas. Y añadía: «No podemos darnos el lujo de semejante derroche de sentimiento; hemos de aprender del sufrimiento».

Hace muchos años me di cuenta de que las personas real­mente felices no lo son porque hayan tenido buena suerte, sino porque esa es la actitud que escogen.

En el hospital yo solía entregar insignias a todos los que trabajaban allí cuando veía que difundían amor y felicidad a su alrededor. Me acercaba a ellos para pedirles que me dijeran su nombre. Estoy seguro de que la mayoría pensaban: «Vaya, un médico. Si quiere saber mi nombre, debo de estar haciendo algo mal y va a presentar un informe». Entonces, se limitaban a decirme cómo se llamaban, y al cabo de un mes, yo les traía como regalo una insignia con un arco iris y su nombre grabados. (De esa manera terminamos por crear en el hospital un grupo subversivo de personas que aman.)

Un día me acerqué a una secretaria que siempre estaba ro­deada de gente feliz y le dije que me gustaría saber su nombre. -¿Por qué? -me preguntó.

-Porque quiero hacerle un regalo. Usted crea una atmós­fera de felicidad a su alrededor, y me gustaría agradecérselo.

-Siéntese, que tengo algo que contarle -me respondió ella-. Hace dos años que estoy aquí. Cuando acepté el traba­jo, firmé un contrato y empecé a trabajar; inmediatamente me encontré rodeada de personas desdichadas. Me refiero a los médicos y las enfermeras; los pacientes no eran un pro­blema. Entonces, a la hora de comer me fui a la oficina de personal y dije que no quería ese trabajo y que me iba. Me dijeron que no podía irme sin avisar con dos semanas de anticipación. Les contesté que les avisaba entonces y que me iría dos semanas después. Todos los días me levantaba sin­tiéndome desdichada, hasta el último día de las dos semanas, y entonces me levanté tan contenta de que fuera mi último día que fui a trabajar sintiéndome feliz. Y al final del día me di cuenta de que toda la gente que estaba a mi alrededor se sentía feliz. Entonces, en vez de irme, decidí que siempre vendría a trabajar contenta.

Y esa es una opción que todos tenemos. Debemos darnos cuenta de que la alegría y la luz se crean dentro de nosotros; no nos vienen de fuera.

En cierto sentido, el curso mismo de la vida es injusto para todos. Una solución que se me ha ocurrido para este problema es vivir la vida hacia atrás. Podríamos empezar por morirnos y sacarnos eso de encima, y entonces iríamos reju­veneciendo. Encontré un poema maravilloso que habla de ello. Es de Norm Glass y apareció en un folleto informativo del Life Center de Indianápolis:
La vida al revés
La vida es dura.

Tienes que dedicarle mucho tiempo,

incluidos los fines de semana,

¿y con qué te encuentras al final de ella?

Con la muerte, vaya recompensa.

Creo que el ciclo de la vida está al revés.

Primero tendrías que morirte y salir del paso.

Entonces, vivir veinte años en un hogar de ancianos,

de donde te echan cuando has rejuvenecido demasiado.

Te regalan un reloj de oro, luego vas a trabajar,

y trabajas cuarenta años, hasta que seas

lo bastante joven para gozar de tu jubilación.

Entonces vas a la universidad,

y te diviertes hasta el momento del bachillerato.

Te vuelves un chiquillo y juegas,

no tienes responsabilidades.

Te conviertes en un niño pequeño

que vuelve a entrar en el útero

y se pasa los últimos nueve meses flotando.

Y terminas por ser un resplandor en los ojos de alguien.
En los talleres, me gusta bromear diciendo que he sido un asesor exterior de la junta de Directores del Cielo; que todos los años Dios selecciona a tres hombres y tres mujeres para que La ayuden a mantenerse al día en los temas de actualidad, y que al final de ese año nos da a cada uno una placa con el siguiente recordatorio: «No te sientas total, per­sonal, irrevocable y eternamente responsable de todo. Ese es mi trabajo». La placa lleva su firma: «Dios». Creo que este mensaje puede hacer que todos nos sintamos mejor y algo aliviados de nuestra carga.
No hay pecados imperdonables.

En mi libro Paz, amor y autocuración conté que una vez tuve un sueño en que me decían que leyera el poema The Rime of the Ancient Maríner, de Samuel Taylor Coleridge. Cuando fui a la librería a buscarlo, sobre el mostrador había un hermoso ejemplar ilustrado. No creo que fuera una coincidencia. Cogí el libro y me puse a mirarlo, pensando qué sería lo que nece­sitaba saber. Y hacia el final, me saltaron a la vista estos versos:
Reza bien quien bien ama

al hombre, a la bestia y al pájaro.

Y reza mejor quien mejor ama

todas las cosas, grandes y pequeñas;

pues el buen Dios, que nos ama,

las hizo, y Él las ama.
Me di cuenta, en primer lugar, de que aquello me estaba diciendo que para el amor de Dios no hay excepciones, y que no debería haberlas para los hombres en nuestro recíproco amor. La regla del amor y el perdón no tiene excepciones: si optamos por el amor, debemos amar a todo el mundo.

Otra parte del poema también me impresionó. El viejo marinero está sentado con el albatros muerto alrededor del cuello:
En ese mismo instante pude rezar;

y libre entonces, de mi cuello

se desprendió el albatros, hundiéndose

como plomo en el mar.
Cuando leí estos versos, supe que mediante todo lo que nos sucede, un recurso se pone a nuestro alcance. Dios reside en cada uno de nosotros.

En relación con esto, quiero hacer una puntualización sobre un malentendido con respecto a algo que dije en el pasado.

Emmet Fox afirmó que toda enfermedad puede superarse cuando hay el suficiente amor. Podríamos, entonces, ser muy críticos con algunas personas, diciendo que no amaron lo suficiente. Pero lo que tanto él como yo intentamos decir es que, en cierto sentido, la enfermedad fundamental que todos padecemos es no amarnos lo suficiente. Y la razón de ello puede ser que no hayamos sido amados, y por eso somos incapaces de amar a los demás. Esto es una enfermedad.

Conozco a personas que sufren diversas enfermedades que ponen en peligro su vida, con muchas partes del cuerpo funcionalmente incapacitadas, y que sin embargo llevan una vida de amor y son una inspiración y un ejemplo increíbles para los demás. Este es el punto que intento destacar. No que no hayas amado lo suficiente, sino que tu cuerpo no limite tu capacidad de amar, y que si te enfrentas con problemas que son una amenaza para tu vida, o estás tetrapléjico o una gra­nada de mano te ha volado brazos y piernas, todavía seas capaz de amar y de seguir funcionando. La esencia de esta verdad está contenida en una cita en el libro ya mencionado del doctor Richard Selzer Down from Troy: A Doctor Comes of Age. Su padre, médico de medicina general, decía que la ver­dadera buena salud es la capacidad de arreglárselas sin ella.

En Paz, amor y autocuración mencioné también a un pas­tor protestante que en un sermón habló del episodio en que jeremías mira al alfarero y la forma en que éste vuelve a modelar la arcilla. El pastor terminó el sermón diciendo: «No hay más que un pecado imperdonable, y es desentenderte de la vida cuando has arruinado las cosas». El mensaje era que no debemos abandonar; hemos de reelaborar las cosas, reha­cerlas, pero jamás abandonar.

Varias personas me escribieron para decirme que no hay ningún pecado imperdonable. Y estoy de acuerdo con ellas. Lo que tú haces no es imperdonable. Dios no es el problema. Si tú le preguntaras: «Dios, ¿puedes perdonarme?», su respuesta sería: «Sí, para eso estoy». Pero tú debes perdonarte y perdo­nar a los demás, y buscar su perdón. Dios no es el problema.

Lo mismo se expresa también en el Corán, donde Dios dice:
Oh, mis servidores, que habéis sido demasiado duros con vuestras almas, con vosotros mismos, no desesperéis de la misericordia de Dios, porque Dios perdona todos los pecados.
Yo creo que Dios es mucho más liberal que la gente. Si un individuo está dispuesto a aprender de lo que ha hecho, ¿quiénes somos los humanos para negarle el perdón? Lo que nos hace cultivar el resentimiento son nuestros problemas y nuestra amargura.

Lo único que puede salvar a la gente y al mundo el que nos perdonemos y nos amemos los unos a los otros. Entonces puede producirse la sanación. Esto no significa que tenga que gustarme todo lo que tú hayas hecho. Pero si no te perdono, eso quiere decir que hay cosas que tampoco puedo perdonar­me a mí mismo. Todo es perdonable una vez que se entiende por qué la gente es como es.

La Biblia cuenta que Jesús le dijo a un paralítico: «Tus pecados te son perdonados». Él sabía que lo importante era sanar la vida, porque una vida se puede sanar, aunque la enfermedad no se cure. Alguien con parálisis cerebral o para­plejia o cáncer o sida puede seguir existiendo en el contexto de una vida sanada.

Joseph Heller escribió (con su amigo Speed Vogel) un libro llamado No Laughing Matter [No es cosa de risa], sobre su experiencia con una parálisis debida a una enfermedad del sistema nervioso. En él habla de las visitas de muchos ami­gos, entre ellos Mel Brooks, que al entrar en su habitación le dijo: «En nombre de Jesús, ¡levántate y anda!». Heller hizo todo lo que pudo, pero fracasó. Mel Brooks aseguró que al decírselo pensaba que sería como una inyección de energía. Yo escribí a Mel para decirle que la próxima vez que quiera ayudar a un amigo le diga: «Tus pecados te son perdonados».

Yo sé hasta qué punto necesitamos que nos perdonen por nuestros actos para poder empezar a vivir en paz o para morir pacíficamente. He recorrido una residencia de ancianos diciendo: «Tus pecados te son perdonados», y la gente se tranquiliza mucho al oír estas palabras.

Edward Salisbury, que ha tenido algunas experiencias de casi muerte, ha consagrado su vida a cuidar ancianos y enfer­mos, y me escribió después de una ocasión en que yo había hablado del poder de sanación de estas palabras. Me dijo que a comienzos de la década de los ochenta él trabajaba de las 15 a las 23 horas como ayudante de enfermería en un hogar para ancianos, prestando los cuidados más básicos a los resi­dentes que al parecer esperaban ya la muerte, y tenía la cos­tumbre de dar las buenas noches a algunos pacientes que insistían en que no se fuera sin saludarlos.

Una mujer, la señora D., había intimado mucho con él y con frecuencia le preguntaba si creía en el perdón. Hacía más de seis años que no podía caminar, y él solía pasarla de la silla de ruedas a la cama. Todas las noches, antes de dormir­se, ella esperaba que él la arropara y le diera el beso de las buenas noches. Los dos tenían largas conversaciones sobre Dios, la muerte y la familia.
Una noche, cuando iba ya hacia mi coche, sintiéndome exhausto y agradecido de haber terminado el trabajo, oí un grito largo y doloroso que salía de la ventana que daba sobre el aparcamiento, y que me detuvo en seco. Me di cuenta de que no le había dado las buenas noches a la señora D.
Se dirigió entonces a su habitación y la encontró sentada en su cama, muy erguida, alterada y con aspecto angustiado. La anciana lo regañó y después le pidió que se quedara un momento con ella.
Mientras hablábamos, me di cuenta de que quería contarme cosas de gran importancia para ella. Me preguntó si creía que Dios lo perdona todo. Yo había hablado con ella y con otras personas de mis experiencias de casi muerte, y de mi absoluta certeza de que Dios es todo amor y misericordia. Como me di cuenta de que ella se sentía muy avergonzada y culpable, la tranquilicé diciéndole que nada de lo que ella pudiera haber hecho le impediría recibir el Amor y la Gracia de Dios.

-Cuando yo era joven -me contó-, robé la vajilla de plata de mis padres para poder fugarme con mi novio. Jamás volví a hablar con ellos, y me siento muy mal y muy avergonzada. Nunca le he contado esto a nadie, y temo que Dios no quiera perdonarme.

Me incliné hacia ella y le dije:

-Yo sé que Dios la perdona. Él la conoce, y lo único que quiere es que usted conozca su amor.
Salisbury la metió en la cama y se fue. Al día siguiente, cuando entró a trabajar, el administrador y la jefa de enfer­meras le estaban esperando y le preguntaron qué le había dicho la noche anterior a la señora D. Él respondió que ha­bían estado hablando del amor y del perdón. Entonces le contaron que, alrededor de las dos de la madrugada, la seño­ra D. había recorrido andando todo el pasillo que iba desde su habitación a la sala de enfermeras para dejar sobre el mos­trador su Biblia y su dentadura postiza, diciendo que ya no volvería a necesitarlas. Les dio las gracias, volvió andando sin ayuda a su cama, se acostó y murió.

Murió con la mente en paz. Evidentemente, el perdón le ayudó a sanar su vida. Espero que todos seamos capaces de perdonarnos, porque Dios, ciertamente, ya nos ha perdonado. Y hablo de perdonarnos para que podamos vivir plena­mente, aceptando todo lo que hay en nosotros; no para poder terminar nuestra vida, sino para poder empezarla.
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   17

similar:

Cierra los ojos, pues sabes iconCierra los ojos, pues sabes
«supervivientes»? Esas mujeres me estaban enseñando qué era vivir, me demostraban que yo no tenía las respuestas, porque no me había...

Cierra los ojos, pues sabes iconTexto samuel t. Coleridge
«¡Deteneos! ¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco! 21 Tres círculos trazad en torno suyo y los ojos cerrad con miedo sacro 22,...

Cierra los ojos, pues sabes iconKubla Kanh o una visión de un sueño
«¡Deteneos! ¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco! 21 Tres círculos trazad en torno suyo y los ojos cerrad con miedo sacro 22,...

Cierra los ojos, pues sabes iconObra completa. A los hermanos de Efraín
«Lo que ahí falta tú lo sabes: podrás leer hasta lo que mis lágrimas han borrado». ¡Dulce y triste misión! Leedlas, pues, y si suspendéis...

Cierra los ojos, pues sabes icon¿Quién es Juan Esteban Aristizábal Vásquez? ¿Sabes? Es cantante,...

Cierra los ojos, pues sabes iconSe llama poesía todo aquello que cierra la puerta a los imbéciles

Cierra los ojos, pues sabes icon1. “No, tú no sabes abrir los capullos y convertirlos en flores

Cierra los ojos, pues sabes iconEl siglo XVI se cierra en España con el fallecimiento de Felipe II,...

Cierra los ojos, pues sabes iconBrocklehurst: ¿Sabes a dónde van los que se portan mal cuando se mueren? Jane

Cierra los ojos, pues sabes iconEl mundo de los espías está desapareciendo. La Oficina Central cierra...






© 2015
contactos
l.exam-10.com