Es un fuera de serie. Durante años su estilo ha dado lecciones de creatividad y belleza en medio del caos. Un arquitecto, un alquimista; siempre en búsqueda de sentido






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ROGELIO SALMONA
Arquitecto Colombiano nacido en Francia

El arquitecto es, pues, una persona que conjuga todos los tiempos. Pasado, por sus raíces, su formación, sus influencias; presente, por lo que está haciendo, y futuro, por lo que debe anticipar...

Es un fuera de serie. Durante años su estilo ha dado lecciones de creatividad y belleza en medio del caos. Un arquitecto, un alquimista; siempre en búsqueda de sentido.


 

Sergio Otálora Montenegro

En el piso 20 del edificio de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, situado al frente de la Plaza de Toros de Santamaría, en pleno centro de Bogotá, Rogelio Salmona tiene su particular observatorio desde el que se acerca, a través de su arquitectura y de sus signos esotéricos, al misterio del cosmos. Hay ventanales por todos los costados, la ciudad se oye como una respiración sosegada, es un sábado por la tarde repleto de nubes y de lluvia, y al entrar en este centro de secta masónica donde se han cocinado casas, edificios, monumentos, uno se encuentra de pies y manos, en un primer plano a escala natural, con las Torres del Parque, una de las más polémicas obras de Salmona. Caminamos por entre mesas sobre las que hay fragmentos de su nuevo proyecto, son como pedazos de una partitura, da un trazo aquí, pone otro allá, parece un juego de laberintos, y él en el medio, con las imágenes y los fantasmas que rondan la creatividad, luchando con su oficio vital que jamás ha considerado como un trabajo, "trabajo es ir a que le pongan un sello en la notaría", dice, y entonces uno olvida por completo que este hombre de movimientos y actitudes juveniles bordea ya los setenta años.

Repasa un círculo sobre otro círculo encima del papel donde está el jeroglífico misterioso, y sin mirar a su interlocutor, en un tono íntimo, pausado, confiesa que siempre, al final, hay una distancia grande entre lo que se desea y lo que se logra: "Nunca he quedado absolutamente satisfecho de ningún proyecto". Si pudiera dedicarle dos o tres años a una obra, tal vez no le quedarían tantas cosas dentro del tintero, pero es que incluso para él, un artista que expresa su visión del mundo a través de lo arquitectónico, el tiempo es limitado, y en la soledad de su arte hay un momento en el que se toca pared: "Ya no puedo seguir buscando la perfección, porque lo he dado todo, llegué a la meta y se acabó la carrera".

—¿Eso significa un saldo grande de frustración?

—No, porque sé qué pasó, dónde fallé. A veces es doloroso. Hay momentos de gran felicidad, pero al otro día uno siente que esa felicidad se va a caer como una manzana madura y le va a dar un golpe violento. Entonces, hay que volver a empezar.

Sí, por supuesto, otro proyecto, pero siempre el mismo, esa necesidad visceral de expresar en la aparente frialdad de la arquitectura, todo aquello que tantas veces, durante la infancia y la adolescencia, Rogelio Salmona vivió de manera intensa y feliz.

Los árboles no mueren de pie
"A mí Bogotá me parece alegre, de gran belleza en su luz. Lo de ciudad fría y oscura son mitos", dice Salmona, y a sus espaldas, a través de la ventana, este sábado de fin de siglo no ha querido dar tregua: sigue melancólico. Pero también puede ser un sábado soleado de 1945, por ejemplo; Rogelio anda por sus dieciséis años, y en una bicicleta con la que recorre las calles de La Magdalena, donde ahora vive, hay muchos andamios y ladrillos, la ciudad está en obra, él presenció cómo tumbaron un bosque de eucaliptos para construir el barrio, es una marca indeleble, "aún me erizo cuando veo que derriban un árbol. Años después entendí que eso no era normal, no tenía que ser una fatalidad, ¿por qué no se pudo conservar el bosque y al mismo tiempo hacer la urbanización?".

Había aprendido a recorrer la Bogotá de calles angostas y polvorientas, la que "tenía una escala bonita", como recuerda, de parques inmensos y verdes, de cerros que se dejaban explorar; una ciudad manejable, que vivió y amó, porque la descubrió en cada uno de sus espacios sublimes o miserables.

Al principio se sentía raro en el colegio de los hermanos cristianos, no entendía por qué sus padres, inmigrantes europeos que huían de la Gran Depresión de los años treinta, agnósticos y simpatizantes del socialismo, lo habían metido en esa educación confesional. Pero pronto se fue al Liceo Francés, una casona llena de pinos en la calle 69, era pasar del cielo nublado a la tierra prometida, colegio laico, mixto, "muy democrático y amplio, en el curso éramos mitad hombres, mitad mujeres, y por eso no tengo prejuicios machistas porque desde muy chiquito vi como algo muy natural la relación con el sexo opuesto". La segunda Guerra Mundial arrasaba el Viejo Continente, y en Bogotá el círculo de amigos en el que se movía Salmona, palpitaba con los últimos acontecimientos: al colegio llegaban exiliados polacos, judíos, españoles republicanos. Y los viernes acompañaba a su padre al Teatro Municipal a escuchar a Gaitán, "lo admiré, y lo admiro, era un grito potente en medio de este marasmo político que ha sido Colombia. Me marcó mucho". El 9 de abril de 1948, la geografía íntima que hacía parte de las primeras experiencias de Salmona desapareció: "Ver incendiar lo que uno quiere es doloroso. Yo me fui después de la destrucción".

Su padre estaba muy preocupado por los nuevos acontecimientos, el hijo rebelde podría correr peligro, y entonces Rogelio llegó a París, a trabajar, a caminar de nuevo las calles, las ciudades en pleno florecimiento después de la pesadilla nazi, con la convicción profunda de los primeros años, "del conocimiento nace el amor", afirma, con su tono de confidencia, casi clandestino.

El París de las frutas
Con dos años de arquitectura en la Universidad Nacional, aterrizó en el taller del gran gurú, Charles Edóuard Jeanneret, alias Le Corbusier. En su mapa mental ya había algo de poesía y de literatura, de beligerancia ante las injusticias de este mundo; además, un acercamiento estético a la vida, por ello no era gratuito que su primer impulso hubiera sido estudiar Bellas Artes.

Y claro, llegaba a un medio de efervescencia intelectual, América Latina siempre en la mira, los debates ideológicos, leer todo lo que se le atravesaba, "no leer en París es como estar en un país lleno de frutas y no comérselas", dice. Redescubrió España (su padre era de Cataluña, su madre, del sur de Francia), el islam.



Visitó todas las ciudades que pudo, desde Barcelona hasta el Africa. Asistió a varios cursos de sociología del arte en la escuela de Altos Estudios de la Sorbona, pero sobre todo se metió en el mundo misterioso de las grandes catedrales, cómo fueron construidas, "ese aspecto secreto, casi mágico, de las comunidades que se encargaban, con una escuadra y una plomada, un ritual completo, de romper la gravedad".

Fueron diez años intensos, un extenso trayecto sin límites, que empezó un día con la observación de las grandes obras del Medievo, desde el edificio basilical hasta la catedral gótica, ese proceso largo de transformación en las relaciones del hombre con el mundo y con el cosmos, "lo arquitectónico es la ruta que seguí para encontrar que la modernidad empieza en una nueva percepción del espacio. Habría podido hacer arquitectura sin entender la espacialidad de mi tiempo. Es posible. La gran mayoría de la gente lo hace, pero el que quiera instaurar otro sistema de figuración, de representación y de construcción del espacio, tiene que conocer su evolución, y en qué momento se producen las rupturas".

—Y por esa época también fue trotskista…
—¿Fui?
—¿Sigue siéndolo?
—Uno nunca deja de ser lo que fue.
—Hay mucha gente que sí.
—Pero yo no.
—¿No se resigna?

—Yo no me resigno a nada. Es obvio que no aplicaría las ideas trotskistas en Colombia, ni siquiera cuando estaba en la divulgación de la revolución permanente, una de sus tesis que más me importaba, lo mismo que su concepción de la historia y su lucha contra la dictadura.

—¿Cómo hizo para llegar a Trotski en medio de la arquitectura?

—En medio, no. Uno en medio de la vida llega a muchas cosas. Me impactaron los procesos de Moscú en la era de Stalin, contra Sinoviev y Kamenev, ahí había algo que no era claro. Entré en una librería y me encontré con un libro de Trotski, Su moral y la nuestra, me pareció acertado, estaba prohibido, era la historia de la revolución rusa, un hecho histórico que no podía dejar de interesarme.

El olor de la arquitectura
Ninguno de sus compañeros optó por el exilio. Hubiera podido quedarse en París; los discípulos de Le Corbusier estaban muy cotizados en Europa, pero su sitio se hallaba en Bogotá, la ciudad que ahora, a principio de los años sesenta, ya sentía envuelta en un proceso acelerado aunque incipiente de deterioro de sus espacios públicos y de su calidad de vida.


Nueva Santa Fe, uno de los mejores ejemplos de la "salmoniana" relación entre espacios abiertos y cerrados

Aquí llegó con su propia percepción del oficio: "Una permanente recreación de lo que otros ya han creado; una forma de ver el mundo, de transformarlo, de construirlo. Una propuesta de espacios, finalmente poéticos, donde la gente vive. Si la arquitectura se impone, está mal, es lo que hacen los 'fachos' para demostrar la fuerza de un orden o de una ideología. La arquitectura que me interesa es la que yo descubro a medida que la quiero".

Por lo tanto, Rogelio Salmona siente que hace parte de una tradición milenaria, de una cultura, de un tiempo, de la poética del espacio, "es el asombro que uno tiene ante el cosmos, ante su inmensidad, porque no hay nada más religioso que la arquitectura".

Y desde este sitio, sobre el "techo" de su última obra, el edificio de postgrados de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional, se siente a fondo la necesidad de poner en evidencia el espacio, "aquí habrá una escalera, la hubiera podido meter en cualquier lado. ¿Ve ese verde bellísimo que forma parte de la ciudad? Es una transparencia, quería enmarcar esa imagen. Uno siempre está escogiendo, es como la música, se eligen las notas". Parece raro, él le dice a su ingeniero "esto quedó como un si bemol, y yo quiero un la mayor", pero no lo es, porque también la arquitectura tiene ritmo, y lo inspira de verdad Béla Bartók. Sin música no diseña, es un extraño diálogo.

Entonces, viene el sello Salmona, "la relación entre el espacio abierto y el cerrado, las transparencias, la bipolaridad entre la lejanía y la cercanía; el ritual de subir y bajar, de encontrar quicios, umbrales, patios, ladrillos; el paisaje que aparece y desaparece a medida que uno se mueve. La arquitectura que involucra el cuerpo entero, eso me ha interesado siempre", remata. Cada nueva obra significa, en esencia, volver a acercarse al misterio del espacio, entenderlo al menos un poco, para después entrar en una complejidad mayor. Y partir casi de cero.

"Este edificio se deja recorrer por todas partes", dice con el tono suyo de confidencia.

—¿Y los ladrones?

—Cuando los edificios se recorren sin obstáculos, la seguridad es la libertad. Cuando uno cierra por todas partes es cuando se mete el ladrón.

—¿Cree que la inseguridad se la inventaron?

—Lo que se inventaron fue el encerramiento. Nunca hay un robo en la mitad de una plaza. Vivir en un gueto no significa mayor seguridad: a usted lo pueden violar adentro. Los conjuntos cerrados son lo peor que le ha pasado a Bogotá: son una falacia. Las alcaldías, las administraciones, no han sabido que hacer una ciudad es tener una idea poética de ciudad, no es decir "aquí hay un basurero, arréglenselas como puedan, el transporte pasa por aquí, ochenta rutas por el mismo sitio, todas piratas".

Pero desde el piso 20, Bogotá es ya un reguero de pequeñas luces que se encienden y se apagan. Salmona sabe que es una ciudad destruida ("aunque algún día la sociedad civil tendrá que reaccionar") pero al mismo tiempo el sitio que más ama y por el que ha entregado lo mejor de su obra. Lleva ya diez lustros de oficio, y aún habla de él como si apenas hubiera empezado ayer con sus veinte años entre pecho y espalda, con el lápiz en la mano, la mirada clavada en el papel y el tono secreto de una confesión de monje medieval: "La verdad es que la arquitectura me cuesta mucho trabajo".

http://www.arquicol.com/slec/salmona.htm
Arquitecto bogotano (1929). Rogelio Salmona inició estudios de arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, y los interrumpió en 1948 para viajar a París, donde trabajó en el estudio de Le Corbusier (seudónimo de Charles Edouard Jeanneret-Gris) por casi diez años. A su regreso a Colombia formó parte de un grupo de distinguidos arquitectos bogotanos empeñados en superar las limitaciones del funcionalismo y explorar alternativas diferentes para la arquitectura colombiana. La primera de sus obras que causó impacto en el medio profesional fue el conjunto de apartamentos El Polo, proyectado conjuntamente con el arquitecto Guillermo Bermúdez Umaña en 1959, por encargo del Banco Central Hipotecario. El tratamiento urbanístico del conjunto, la volumetría de los edificios, el uso masivo del ladrillo y el tratamiento del espacio interior de las viviendas fueron insólitos en su momento y abrieron posibilidades para nuevas exploraciones arquitectónicas. En la década del setenta, Salmona desarrolló en Bogotá una serie de proyectos de carácter exploratorio, entre los que se destacan el Colegio de Bachillerato de la Universidad Libre (1962), el conjunto de viviendas Fundación Cristiana (1963) y la sede para la Sociedad Colombiana de Arquitectos (1961-1970). Entre 1964 y 1970 proyectó la que sería su primera obra de repercusión internacional, el conjunto de apartamentos El Parque. Este conjunto, localizado en el centro de la ciudad, en un terreno contiguo al Parque de la Independencia y a la Plaza de Toros de Santamaría, fue polémico por su planteamiento formal, basado en una geometría radial, en el escalonamiento volumétrico y en el enriquecimiento mediante balcones de la textura visual de los edificios. La implantación urbana, con su gran generosidad en los espacios públicos, es hoy reconocida como uno de los principales aportes del conjunto a la ciudad. En la casa Alba (Bogotá, 1969), Salmona inició el estudio de las posibilidades organizativas, espaciales y estéticas del patio, que habrían de influir decisivamente en la obra posterior a El Parque. La casa Franm, en Tabio, Cundinamarca (1977), fue organizada en un esquema alrededor de dos patios interiores. La espacialidad de los patios encadenados por diagonales se expresó con toda su fuerza en el proyecto para el Centro Jorge Eliécer Gaitán (1983), aún sin concluir. En el Centro Gaitán se aprecia, además, el manejo singular de las relaciones entre volumen y espacio libre, mediante el uso de rampas y terrazas como parte esencial del edificio. Una variación de ese esquema se aplicó en el Museo Quimbaya en Armernia (1984), obra distinguida con el Premio Nacional de Arquitectura en 1988. La Casa de Huéspedes Ilustres en Cartagena, proyectada entre 1978 y 1982, fue reconocida como el proyecto latinoamericano más importante realizado en la década del ochenta. En esta obra se sintetizan algunos de los planteamientos precedentes, en especial el manejo de los patios y de las terrazas. A ello se añade el manejo del agua y de la vegetación como parte de la arquitectura. La construcción en gruesos muros de piedra coralina evoca la mampostería de las fortificaciones cartageneras, sin asumirlas como modelo. Las cubiertas abovedadas y los pisos en ladrillo otorgan un carácter de especial austeridad a los recintos interiores. La Casa de Huéspedes obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura en 1986.

En la obra de Salmona proyectada entre 1980 y 1990 sé aprecia la consolidación de sus planteamientos anteriores y la exploración de nuevas rutas. Dos proyectos realizados en compañía de otros profesionales en dos centros históricos, muestran la extensión de esas búsquedas, en especial el manejo de patios y corredores como elementos articuladores y especialmente significativos. La sede para la Fundación para la Educación Superior (FES) en Cali, obra proyectada conjuntamente con los arquitectos Pedro Alberto Mejía, Raúl H. Ortiz y Jaime Vélez, obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura en 1990. En el conjunto de edificios Nueva Santafé de Bogotá, proyectado conjuntamente con Jaime Camacho, Julián Guerrero, Pedro A. Mejía y Arturo Robledo, se trabajó a escala de sector urbano, con los patios como espacios libres al interior de las manzanas. El proyecto para la sede del Archivo General de la Nación se inició en 1989 y el primero de sus dos edificios se inauguró en 1992. Esta obra marca nuevamente un giro significativo en la evolución arquitectónica de Salmona; es, al mismo tiempo, una síntesis y la apertura de nuevas posibilidades. Los dos edificios que componen el conjunto plantean opciones diferentes en el manejo del espacio, de la iluminación y de la escala. El conjunto, de extraordinaria claridad geométrica, muestra un regocijo en el detalle que contrasta con la austeridad de obras anteriores. Rogelio Salmona es la figura más sobresaliente en el panorama arquitectónico colombiano contemporáneo y uno de los arquitectos más destacados y valorados en América Latina. Su interés por la ciudad, su activismo en la defensa del espacio público y de los valores culturales y ambientales del entorno, y su actitud polémica lo sitúan como personaje prominente en los encuentros y debates sobre arquitectura y urbanismo en América y Europa [Ver tomo 6, Arte, pp. 202-203].
http://www.banrep.gov.co/blaavirtual/letra-b/biogcircu/salmroge.htm



Rogelio Salmona (París 1927), nuestro mejor arquitecto, ha sido dos veces finalista del Premio Mies van der Rohe de Latinoamérica, cinco veces premiado en las Bienales de Arquitectura Colombiana; Premio Taller de América, Medalla al Mérito Cultural, Premio de la Fundación Príncipe Clauss de Holanda y Premio de la II Bienal Iberoamericana de Arquitectura e Ingeniería Civil.

Mitad español y francés, entró niño al Liceo Francés de Bogotá. Sus profesores europeos lo interesaron por el arte y en 1947 ingresó a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, tomando teoría con el arquitecto alemán Leopoldo Rother. Allí conoció a Le Corbusier, el gran arquitecto francés, cuando vino para el Plan Director de Bogotá, y al irse a París, a consecuencia del 9 de abril de 1948, trabajó para él varios años al tiempo que seguía sociología del arte con Pierre Francastel. En 1953 viajó por el sur de Francia, España y norte de África, y finalmente estuvo unos meses con el arquitecto Jean Prouvé.

A su regreso, en 1958, dio clases de historia y luego de diseño en la Universidad de los Andes, en donde validó su titulo después de ejercer algunos años y de realizar con Guillermo Bermúdez su primera gran obra: los Apartamentos del Polo. Seguirán Las Torres del Parque, la más importante, la Casa de Huéspedes Ilustres, en Cartagena, en la que el recuerdo de Granada se hace por primera vez evidente, y que le da fama internacional; el Museo Quimbaya en Armenia, la mas difícil, el Archivo General de la Nación, la mas bella, y la Biblioteca Virgilio Barco, la mas alabada. En Cali queda por ahora el Edificio Marulanda, del inicio de su carrera, y el de la FES, hoy Centro Cultural de Cali (con P. Mejía, J. Velez y R. H. Ortiz) que pese a su discutible ladrillo es el mejor de los últimos años en la ciudad. Su ya vasta obra comenzó con el elogio a un proyecto de 1959 de Fernando Martínez y termino por cambiar la buena arquitectura en Colombia. Desafortunadamente muchos arquitectos del país no han asumido su constante preocupación por la ciudad, las tradiciones edilicias y la ética profesional, sino apenas imitado su ladrillo aparente, el que en algunas manos torpes se volvió oportunista, repetitivo o arbitrario.

El empleo crítico de formas, técnicas y usos tradicionales ha permitido a algunos arquitectos del llamado Tercer Mundo construir alternativas autónomas utilizando materiales propios y tecnologías posibles, que reconocen y valorizan el patrimonio construido, consideran el clima y califican el paisaje. Sus formas y significados le encuentran nuevas expresiones a la tradición o la reinterpretan poéticamente para hacerla partícipe de nuevas situaciones. Es la búsqueda de Salmona y de Luis Barragán en México, Hassan Fathy en Egipto, Sir Geofrey Bawa en Sri Lanka, Charles Correa y Raj Rewal en la India, Sedad Eldem en Turquía y otros en Marruecos, Corea, Singapore, Indonesia y también, por supuesto, en Hispanoamérica.

Cuando la Escuela de Arquitectura de la Universidad del Valle lo propuso hace unos años para un Doctorado Honoris Causa preguntaron en el Consejo Académico quien era y qué había hecho por la comarca. Poco después la Universidad Nacional se lo otorgó y hoy recibe la Medalla Alvar Aalto de la Asociación Finlandesa de Arquitectos lo que lo acerca al Premio Imperial del Japón y al Pritzker.
http://sobrearquitectura.com/cgi-bin/tema.cgi?ndf=61&p=2



Torres del Parque

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