Antonio Machado






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fecha de publicación25.09.2015
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CAMPOS DE CASTILLA

ANTONIO MACHADO

CFPA Lluís Castells

Antonio Machado

ANTONIO MACHADO nació en Sevilla, en el palacio de las Due­ñas, en 1875. Su familia pertenecía ideológicamente a la burguesía liberal de finales del siglo xix. A esta familia pertenecieron estu­diosos de la literatura como don Agustín Durán, tío del poeta, y profesores universitarios como su abuelo, Antonio Machado Nú­ñez, que fue rector de la Universidad de Sevilla. El propio padre del poeta, Antonio Machado Álvarez, fue un estudioso del folclo­re popular.

La familia se trasladó a Madrid en 1883 y tanto Antonio como su hermano Manuel asistieron a las clases de la Institución Libre de Enseñanza, de la cual su abuelo había sido cofundador. Sin embargo, Antonio no obtuvo su título de bachiller hasta el año 1900, tras su primer viaje a París acompañado de Manuel. En esta ciudad los dos hermanos trabajaron como traductores para la Editorial Gar­nier y tuvieron oportunidad de conocer a los poetas simbolistas franceses. Un nuevo viaje a París en 1902 le permitió conocer a Rubén Darío, quien se encontraba en la ciudad debido a su trabajo en el consulado de Guatemala. A su vuelta a España publicó la pri­mera edición de Soledades, para la que recibió ayuda económica de la Institución. El libro, compuesto por un núcleo inicial de cua­renta poemas, se amplió en la segunda edición, aparecida en 1907, con otras treinta y seis composiciones y con el nuevo título de Soledades, galerías y otros poemas. Se trata de un libro «teñido de me­lancolía», en palabras del profesor Manuel Alvar, que adoptó del modernismo sólo algunas de sus características, por ejemplo, el sim­bolismo, técnica que Machado nunca abandonó, el recuerdo del mejor romanticismo, a lo Bécquer, y la tendencia al verso largo (alejandrino y octonario). Machado no aceptó en su totalidad los rasgos del modernismo: no hay en su poesía cisnes ni esdrújulos altisonantes. Tampoco el decadentismo ni el dandismo le impre­sionaron. En la edición de 1907 de Soledades retiró todos los poe­mas en que estos rasgos estuvieran más destacados. Aunque no es difícil encontrar algunos rasgos modernistas, la poesía de Soledades tiene como tema principal la búsqueda de sí mismo en el tiempo, en el amor, en la muerte, en el sueño, o en un Dios impreciso.

En 1907, y por consejo de los profesores de la Institución Libre de Enseñanza, Machado preparó oposiciones para profesor de francés de segunda enseñanza. No eran necesarios para ello estudios uni­versitarios en ese momento y Antonio obtuvo plaza en el Institu­to técnico de Soria. Se instaló en esta ciudad, en la pensión que regentaba la señora viuda de Izquierdo, con cuya hija Leonor se casó dos años más tarde. En 1911 la junta de ampliación de estu­dios de la Institución concedió a Machado una beca para seguir en París los cursos del filólogo Bédier y del filósofo Bergson. Los Machado se trasladaron a París, pero en julio de ese mismo año Leonor cayó gravemente enferma y debieron regresar de nuevo a Soria, ya que el clima húmedo de París era perjudicial para la tu­berculosis. Antonio rodeó a Leonor de todos los cuidados posibles, pero ello no impidió su muerte en 1912. Unos meses antes de este hecho se publicó Campos de Castilla.

La muerte de Leonor sumió a Machado en una profunda depre­sión. Solicitó entonces el traslado de Soria con intención de volver a Madrid, donde residían su madre y sus hermanos, pero le conce­dieron el Instituto de Baeza. Las clases y las tertulias con buenos amigos de la ciudad no bastaban para distraer su imaginación, y Machado se matriculó como alumno libre en la Universidad de Madrid para cursar estudios de filosofía, materia por la que siem­pre había sentido un profundo interés. Las lecturas de los grandes maestros de la filosofía alemana, sobre todo Kant, dieron su fruto y Machado se licenció en esta materia. En esta época comenzó a redactar las notas filosóficas que más tarde recibieron el nombre de Los complementarios. La revisión de su primera lírica, a la que tachará de subjetivista, también fue reunida en unas notas que con el nombre de Reflexiones sobre la lírica aparecieron en 1925, en la Revista de Occidente.

En 1919 se trasladó a Segovia, ciudad en la que había de perma­necer hasta 1932. Fueron años de intensa actividad en la recién creada Universidad Popular segoviana, de charlas con amigos artistas (el ceramista Zuloaga, el escultor Emiliano Barral) y de viajes a Ma­drid para visitar a su madre y a sus hermanos. En esta época conoció a Pilar de Valderrama, la «Guiomar» de sus canciones, con quien Machado parece haber mantenido una estrecha relación que la guerra civil rompió.

También fue intensa su actividad literaria. Publicó Nuevas can­ciones (1924), De un cancionero apócrifo (1926) y preparó su dis­curso de ingreso en la Real Academia Española (1927), que trataba de la nueva poesía que empezaba a imponerse, en la que Machado veía valores positivos (antirromanticismo, oposición al subjetivis­mo) y negativos (conceptismo lleno de imágenes alegóricas y abs­tractas).

En Nuevas canciones, Machado pretendió hacer folclore, o más bien «coplas donde se combina cuanto hay en mí de común con el alma que canta y piensa en el pueblo». Componen este libro re­flexiones a manera de proverbios, poesía intimista dedicada al re­cuerdo de Leonor y a un nuevo amor que quizá sea «Guiomar», rememora el paisaje castellano y comienza a cultivar, de acuerdo con su creciente preocupación por España, la poesía social.

Hasta 1936 las publicaciones de Machado son: Canciones a Guio­mar (1929), Recuerdos de sueño, fiebre y duermevela (1933), Últimas lamentaciones de Abel Martín (1933), Siesta (1933), A la manera de Juan de Mairena (1933), Muerte de Abel Martín (1933), Otro clima (1933) y Otras canciones (1936). A partir de 1934 Machado había adoptado la prensa como vehículo de expresión. El público cono­ció a «Juan de Mairena», profesor ficticio, y a «Abel Martín», su seguidor, a través de artículos publicados en el Diario de Madrid y en El Sol.

Al estallar la guerra civil, Machado se puso al lado del gobierno republicano, con el que colaboró en campañas de prensa. Al ini­ciarse el asedio de Madrid, el poeta Rafael Alberti, entre otros, re­comendó a Machado que se trasladase a Valencia con el gobierno. El poeta contaba 61 años y tenía su destino en un instituto de Ma­drid. Acompañado de su madre y de la familia de uno de sus her­manos, se trasladó al pueblecito de Rocafort, en Valencia, y de allí a Barcelona, donde los bombardeos del puerto y del grao de la ciu­dad amenazaron su vida. En enero de 1939, próxima la caída de Barcelona, Machado emprendió con su anciana madre, su herma­no José y su cuñada el camino del destierro. Falleció el 22 de febre­ro de 1939 en el pueblo costero francés de Colliure, donde conti­núa enterrado. Parece que algún manuscrito se perdió durante el viaje. En el verano de 1989, la profesora María Luisa Lobato ha pu­blicado un estudio sobre escritos inéditos de Machado, aunque la crítica no se ha puesto de acuerdo en la valoración de estos textos. Sí queda el recuerdo de los últimos versos que se encontraron en su bolsillo: «Estos días azules y este sol de la infancia».
Carácter. Concepto de la poesía. En el poema «Retrato», el primero de Campos de Castilla, nos ha dejado Machado su retrato de la poesía moral. En él nos habla de sus vivencias infanti­les y juveniles, de su deslumbramiento por la belleza del modernismo y de su actitud ante la poesía. Se define como un hombre bueno, que cuida poco de su aspecto personal, que desea llegar al fin de su vida en paz con la sociedad tras haber sido un modesto ejemplo de honestidad. Todo ello fue cierto. Su sinceridad, al hablar de su propia evolución poética, es una mues­tra de esa honestidad. Deslumbrado por la brillantez del moder­nismo, lo adoptó, pero elimino en seguida todo lo que el movi­miento tenía de externo y hueco. Adoptó el simbolismo porque le permitía establecer un doble sistema expresivo: el que la palabra tiene por sí misma, con sus valores fónicos y musicales propios, y el que el poeta le concede como expresión de su mundo perso­nal. Machado concedió al agua la representación de la vida: las fuen­tes (nacimiento e infancia), los ríos (transcurrir del tiempo), el mar (la muerte). Concedió al caminante el valor de la propia condi­ción del hombre que se busca a sí mismo, a los demás o a Dios, y al camino, el valor de nuestra existencia en este mundo. Cami­nante y camino se complementan, son inseparables, «se hace ca­mino al andar». Galerías y espejos se convienen en etapas del co­nocimiento propio y ajeno. El crepúsculo, el atardecer y cuantas variantes existen del concepto «fin del día», simbolizan esa hora de reflexión en que el hombre se enfrenta a su propia soledad. El naranjo y el limonero se asocian a sus recuerdos infantiles. A ve­ces, el empleo insistente de ciertas metáforas o de ciertas asociacio­nes de palabras se aproxima al valor del símbolo: «cárdenas roque­das», «grises, alcores» o «la curva de ballesta que el Duero traza en torno a Soria», pretenden encerrar la esencia del paisaje castellano y casi lo simbolizan.

En sus Proverbios y en sus textos en prosa las preocupaciones de Machado son abiertamente filosóficas: Dios, el problema del co­nocimiento, la relación con los demás (la llamada «teoría de la otre­dad»). Procedente de sus maestros regeneracionistas es su preocu­pación por España (preocupación moral que a veces le aconseja la revolución violenta a pesar de su natural serenidad) y su amor por el paisaje, que le hace conocer perfectamente el nombre de árbo­les, plantas y flores.

Preocupaciones filosóficas y valores simbólicos le hicieron defi­nir la poesía, en 1917, como «una honda palpitación del espíritu, lo que pone ci alma, si es que algo pone (...) en respuesta al contac­to del mundo». En 1925, en Reflexiones sobre la lírica Machado de­finía la poesía como «palabra esencial en el tiempo», palabras que repitió en el prólogo de los poemas que envió a Gerardo Diego para su Antología de 1931 y que se entienden cuando Machado ex­plica que el poeta, que se siente angustiado por su origen y por la certeza de la muerte, escribe su obra para tratar de librar de la fugacidad el mundo que le rodea y a sí mismo.


CAMPOS DE CASTILLA



Estética



En el primer poema, «Retrato», Machado nos comenta

su concepto de la poesía en el momento de publicar su libro:
«Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar»
y más adelante:
«¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

el verso como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.»
Se refiere a su abandono del modernismo, del que habla con un cierto desprecio, aunque confiesa haberlo aprendido en su fuente directa, la poesía francesa. Lo que Machado parece no apreciar es aquello en lo que se ha convenido el modernismo: «un coro de tenores hue­cos» o «un coro de grillos que cantan a la luna», y prefiere sustituirlo por una poesía «preo­cupada», dada su condición de regeneracionista. como buen alumno de la Institución Libre de Enseñanza y de su fundador Don Francisco Giner de los Ríos, para quien la obra de arte —y la poesía lo es— debía respetar las normas estéticas vigentes, pero debía también hacerse eco de la civilización en que nace y de sus problemas.

Así pues, Machado se comporta como lo habían hecho en prosa los hombres del 98, de quienes se considera discípulo, y más que una estética nos propone una ética en Campos de Castilla:

«Y al cabo, nada os debo, debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.»
Es decir, el poeta no se sirve de los demás, sino que tras cumplir rigurosamente sus deberes como hombre y como ciudadano, desea ser el portavoz de la conciencia colectiva, aunque también nos habla de sus experiencias y de sus dolores individuales.

Así considerada, la estética de Campos de Castilla se puede estimar un tanto fuera de la moda de su tiempo, ya que para 1917, fecha de la segunda edición del libro, los demás poetas (piénsese, por ejemplo, en Juan Ramón Jiménez) han abandonado también el modernismo, pero para perseguir la poesía pura expresada en verso libre.

Tampoco es del todo correcto considerar a Machado un escritor del 98 que se expresa en verso. Su actitud personal terminó estando comprometida con unos valores que le llevaron al destierro, mientras que los hombres del 98 fueron combativos en su juventud pero derivaron después hacia posturas más conservadoras. Para Machado la poesía fue cada vez más un medio de comunicación personal y social. Y esta idea está ya presente en Campos de Castilla. En el estudio particular de cada poema se verá también cómo Machado va perfilando su posterior definición de la poesía como «palabra esencial en el tiempo> (véase, por ejemplo, «A un olmo seco»). -


Contexto



Campos de Castilla apareció por primera vez en 1912, unos meses antes de morir Leonor, en la Editorial Renacimiento de Madrid. Machado confesó después que el éxito del libro le consoló en muchas ocasiones y que incluso le apartó de alguna tentación de suicidio. En 1917 apareció de nuevo en la edición de sus Poesías completas, incrementado con algunos poemas. Es, pues, un libro de poemas sujeto a revisión por el propio autor, redactado en tres ciudades diferentes: Soria, Madrid y Baeza.

El estado de ánimo de Machado es muy diferente a la hora de escribir unos y otros poe­mas. Mientras que los referidos a Soria y a su paisaje revelan un Machado maduro y sereno, preocupado por el bienestar de España e impresionado por el paisaje de Soria, los que se refieren a Leonor revelan, primero, la preocupación por su salud y, después, la tristeza por su muerte. Los escritos en Baeza, además de subrayar las diferencias entre Andalucía y Casti­lla, elevan a ésta a un nivel espiritualizado por el recuerdo. Se observa también la influencia de los estudios de filosofía que cursó Machado en Baeza y que hicieron girar su poesía cada vez más hacia la preocupación filosófica. Como dato curioso puede añadirse que el poema más antiguo del libro es «A orillas del Duero», que debía estar compuesto des e 1907 y que podría considerarse el núcleo inicial de la serie dedicada a Castilla.


Métrica



Campos de Castilla está compuesto por cincuenta y cinco poemas, algunos de los cuales están a su vez divididos en partes numeradas. Bajo los títulos «Proverbios y Cantares» y «Pa­rábolas» se reúnen una serie de poemas breves que también van numerados y se incluye la versión en prosa de «La Tierra de Alvargonzález», que no es objeto de estudio en este aparta­do. Estos cincuenta y cinco poemas presentan una gran variedad métrica. Predomina en los primeros del libro el verso largo, de influencia modernista, sobre todo, el alejandrino («Re­trato», «A orillas del Duero», «Por tierras de España», «El hospicio»), para pasar después a la combinación de versos de siete y once sílabas, la célebre silva de romance, tan querida por Machado, y a la combinación de versos de ocho y cuatro sílabas, en la que también parece expresarse con comodidad. Pocas veces emplea la estrofa tradicional, pero hay un so­neto («Adiós») y el extensísimo romance «La Tierra de Alvargonzález», que presenta la no­vedad de estar dividido en diez partes o cantos, a su vez fragmentados. Machado emplea con frecuencia las estrofas mixtas y las de pie quebrado, y en muchas ocasiones la polimetría. Aunque sus estrofas son abiertas, es decir, de número no prefijado de versos, su tendencia más habitual es agrupar los versos de cuatro en cuatro, formando cuartetos, serventesios o parejas de pareados, lo que da la sensación de una gran libertad, es decir, de que el verso está siempre sometido a la idea, y no al contrario. En cuanto a la acentuación de los versos, es con frecuencia aguda. Estos versos acentuados en la última sílaba, intercalados entre otros de acentuación llana, contribuyen a crear una sensación de musicalidad interior, de ritmo medido, que no cae nunca en la machaconería, aunque algunos consonantes no sean muy afortunados. En general, el conjunto resulta melódico, dentro de una sencillez ya muy lejana de los grandes efectos sonoros modernistas.

Temas
El propio Machado distinguió cuatro grupos de temas en Campos de Castilla en 1917:


  1. Poesías de lo eterno humano.

  2. De preocupación patriótica.

  3. Del amor a la naturaleza.

  4. Reflexiones acerca de los enigmas del hombre y del mundo.


A esta clasificación, lógicamente respetable, habría que añadir los temas estrictamente per­sonales en los que se podría separar un «Cancionero a Leonor» y la serie de «Elogios» a dis­tintos escritores amigos que cierra el libro.

A “Poesías de lo eterno humano” pertenecen poemas como «La tierra de Alvargonzález», «Un criminal» o «Un loco».

A “De preocupación patriótica”, «A orillas del Duero», «Por tierras de España», «El hospicio», «El Dios ibero» y toda la serie escrita en Baeza: «El mañana efímero», «Una España joven», las «Coplas a la muerte de Don Guido», «Del pasado efímero» y algunos de los proverbios y cantares.

En “Del amor a la naturaleza” encontramos todo el conjunto bellísimo titulado «Campos de Soria» y los dedica­dos a otros paisajes como el de Baeza y el Guardarrama.

Las “reflexiones acerca de los enigmas del hombre y el mundo” engloban la mayor parte de los «Proverbios y cantares», las «Parábolas» y poemas como el titulado «Poema de un día», escrito en Baeza, donde se hacen patentes sus lecturas de Kant, Bergson y Miguel de Unamuno, de quien se confiesa admirador.

El cancionero a Leonor es un cancionero post mortem escrito prácticamente en Baeza, ex­cepto el conocido «A un olmo seco», que parece haber sido redactado aún en vida de Leo­nor. El núcleo de este cancionero estaría compuesto por los poemas CX VIII, Clxx, CXX, CXXI, CXII, CXIII, CXXXIV, CXXV, CXXVI, CXXVII y constituyen, junto con el «Re­trato», el grupo de temas íntimos más líricamente emocionado del libro.

En cuanto a la serie de «Elogios», tiene el valor de ser una muestra de las relaciones de Machado con otros escritores: su maestro, don Francisco Giner de los Ríos, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Azorín, el crítico y filólogo Narciso Alonso Cortés, etc. Machado se dirige a ellos con admiración y respeto demostrando esa condición de «hombre bueno» que él mismo se reconoce.
Estructura interna
Salvo el cancionero a Leonor, en el que los poemas aparecen, como hemos señalado, en orden correlativo, no puede hablarse de que exista una estructura interna o principio orde­nador en Campos de Castilla. El orden de los poemas, que Machado no alteró demasiado al incluidos en las obras completas, es el de las vivencias del autor. Él había clasificado, como se ha dicho, los poemas temáticamente, aumentando cada una de esas partes, qué ya tenían un lugar en la primera redacción del libro, á medida que los componía, pero, en mu­chas ocasiones, los temas aparecen mezclados, por ejemplo, entre los «Elogios» aparece, «Es­paña en paz», un alegato contra la Primera Guerra Mundial, o «Una España joven», que pertenece al grupo que él mismo llamó de «preocupación patriótica».

Lo que establece una cierta unidad en la obra es el tono de poesía preocupada, que es co­mún a todo el libro y que, sin restarle variedad, proporciona una visión global del mundo interior y exterior de Machado entre 1907 y 1917.

Recursos estilísticos
Ya hemos comentado cómo Campos de Castilla supone un abandono del aparato externo del modernismo y una búsqueda de tonos más íntimos y profundos. No necesita este tipo de poesía de grandes recursos sonoros ni de aparato retórico, basta con unas «pocas palabra verdaderas», como dice el propio Machado. Sin embargo, la lengua poética se diferencia de la coloquial o de la científica por el empleo de ciertos recursos que aumentan su poder ex­presivo y Machado no desdeña estos recursos. Veamos algunos de ellos:

Anáforas (repetición periódica de cienos elementos del verso):
«¡Álamos del amor que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas,

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!»


Interrogaciones retóricas (preguntas que no esperan respuesta):
«¿No beberán un día en vuestros senos

los que mañana labrarán la tierra?»


Personificaciones (se atribuyen a los objetos o a las ideas cualidades humanas):
«La primavera pasa

dejando entre las hierbas olorosas

sus diminutas margaritas blancas.»


Apóstrofes (dirigirse a cosas a personas vehementemente):
«¿Oh sí! Conmigo vais, campos de Soria,

tardes tranquilas, montes de violeta,

alamedas del río, verde sueño

del suelo gris y de la parda tierra,

agria melancolía

de la ciudad decrépita.

Me habéis llegado al alma,

¿o acaso estabais en el fondo de ella?»

Epifonemas (cerrar las composiciones con una frase rotunda que sintetice el contenido):
«¡Oh fin de una aristocracia!

La barba canosa y lacia

sobre el pecho,

metido en tosco sayal,

las yertas manos en cruz

¡tan formal!

el caballero andaluz.»

Adjetivación. Machado utiliza el adjetivo en su función habitual de individualizar al sus­tantivo. Con ello no se limita a retratar la realidad, sino a interpretarla a su particular modo para transmitirla convertida en pieza de arte. El arte de Machado es impresionista en las des­cripciones y resulta particularmente emotivo en el empleo de los adjetivos de color: los pla­teados, los grises, los cárdenos, tos blancos, los verdes, el color añil, que utilizados a grandes pinceladas, constituyen conjuntos evocadores:
«¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, oscuros encinares,

ariscos pedregales, calvas sierras,

caminos blancos y álamos del río,

tardes de Soria, mística y guerrera,

hoy siento por vosotros, en el fondo

del corazón, tristeza,

tristeza que es amor!

¡Campos de Soria

donde parece que las rocas sueñan,

conmigo vais! ¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas!...»
Metáforas. En la metáfora, tomando como base la semejanza entre seres, se trata de susti­tuir la realidad objetiva por una realidad artística. Muchas veces la sustitución no es total y los elementos real e imaginario simplemente se comparan utilizando el símil. Machado utiliza ambas figuras, símiles y metáforas, teniendo como elemento comparativo la forma de los objetos:
«Guadalquivir, como un alfange roto

y disperso, reluce y espejea,»

o bien en el texto antes citado:
«grises alcores, cárdenas roquedas

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria,...»

Otras figuras. Machado utiliza otras figuras, como la sinestesia («agrias cumbres») o la hipérbole («mil Guadarramas y mil soles vienen»), pero en la mayoría de los casos se limita a utilizar el poder evocador del sustantivo matizado mediante adjetivos. Estos sustantivos pertenecen al léxico habitual, a veces al vocabulario tradicional campesino, y muy pocas ve­ces aparece el léxico culto habitual entre los modernistas. Palabras como «adamantino», em­pleada por Rubén Darío, o «poma» (manzana o fruta en general) se encuentran en muy po­cas ocasiones en Campos de Castilla.

Ya señalamos, al hablar del simbolismo en Machado, cuáles son sus palabras-símbolo pre­feridas (la tarde, el camino, el naranjo, el río, el mar, etc.). Nos remitimos a esta exposición, pero no debe olvidarse que Machado fue siempre un poeta. simbolista y que estos símbolos se refieren a sus graves preocupaciones personales: el ser, en general, su propio ser, la dificul­tad del conocimiento y la comunicación, y el problema del tiempo, la muerte y Dios.

Bibliografía
VARIOS: Antonio Machado, edición de A. Gullón y Allen W. Phillips, Madrid, Ed. Taurus, 1973.

VARIOS: Antonio Machado, verso a verso. Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1975.

AGUIRRE, J. M. Antonio Machado, poeta simbolista. Madrid, Ed. Taurus, 1973.

SÁNCHEZ BARBUDO, Antonio: Los poemas de Antonio Machado, Barcelona, Ed. Lumen, 1969.

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