El infinitivo






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VIRGILIO: La Eneida (Traducción de Javier Echave Sustaeta)


  1. ENEAS COMIENZA EL RELATO DE LA CAÍDA DE TROYA

Todos enmudecieron y atentos mantenían el rostro fijo en él.

Entonces desde su alto diván el padre Eneas comenzó a hablar así:

"Imposible expresar con palabras, reina,

la dolorosa historia que me mandas reavivar:

cómo hundieron los dánaos la opulencia de Troya y aquel reino desdichado,

la mayor desventura que llegué, a contemplar

y en que tomé yo mismo parte considerable.

¿Qué mirmidón o dólope o soldado de Ulises, el del alma de piedra,

contando tales cosas lograría poner freno a sus lágrimas?

Además ya va la húmeda noche bajando con presura desde el cielo

y las estrellas que se van poniendo nos invitan al sueño.

Pero si tantas ansias sientes por conocer nuestras desgracias

y escuchar en contadas palabras la agonía de Troya,

por más que recordarlo me horroriza y rehúye su duelo, empezaré.

(Libro II, 1 13)

El texto correspone al libro II de la Eneida, cocretamente a los primeros versos del mismo y

vemos que Eneas comienza el relato de la caída de Troya en poder de los griegos.

Una característica de la poesía épica es el relato de gestas de héroes o personajes míticos

y generalmente cada pueblo cuenta con un gran poema que narra las aventuras de una

especie de héroe nacional, en este caso Eneas, un personaje procedente de la Ilíada

homérica y relacionado míticamente con la fundación de Roma. Aunque nos hallamos ante

una obra de autor (Virgilio) y no de un poema de transmisión oral, siguen manteniéndose los

clichés y el tono solemne que es inherente al género épico.

A cada personaje se asigna un epíteto o una fórmula expresiva que se repite: Ulises será “el

del alma de piedra”, Eneas aparece como “el padre Eneas”, etc…

Se menciona la ciudad de Troya que constituye el eje temático de la Eneida y se relata, en

tono solemne, una empresa bélica: la destrucción de Troya a cargo de los griegos (Dánaos).

Una narración mítica incluye evidentemente personajes y lugares míticos como el propio

Eneas, Ulises o la misma Troya.


  1. CONSTRUCCIÓN DEL CABALLO

Los jefes de los dánaos, quebrantados al cabo por la guerra,

patente la repulsa de los hados -son ya tantos los años transcurridos-,

construyen con el arte divino de Palas un caballo del tamaño de un monte

y entrelazan de planchas de abeto su costado.

Fingen que es una ofrenda votiva por su vuelta. Y se va difundiendo ese rumor.

A escondidas encierran en sus flancos tenebrosos

la flor de sus intrépidos guerreros y llenan hasta el fondo

las enormes cavernas de su vientre de soldados armados.

A la vista de Troya está la isla de Ténedos, sobrado conocida por la fama.

Abundaba en riquezas mientras estuvo en pie el reino de Príamo,

hoy sólo una ensenada, fondeadero traidor para las naves.

Hasta allí se adelantan los dánaos y se ocultan en la playa desierta.

(Libro II, 13 – 25)
Este fragmento, como el anterior, pertenece al libro II y contiene el relato de Eneas, acogido

por la reina fenicia Dido, sobre la caída de Troya y la huida con sus hombres, supervivientes de

la Guerra de Troya, hacia el destierro. El tema bélico: soldados armados, guerreros, guerra y

la estratagema de la construcción del caballo, que permite a los griegos penetrar en Troya y

destruirla, es típico de la épica, así como la mítica empresa de la conquista de Troya en la

que los personajes se ven envueltos.

La alusión a los hados forma parte de los ejes temáticos de la obra ( la predestinación de

Eneas como fundador de la estirpe de la que surgirá Roma).También está presente otro de los

ejes temáticos de La Eneida: los dioses (es el arte divino de Palas el que permite la

construcción del caballo).


  1. ENCUENTRO DE DIDO Y ENEAS

Dido unas veces lleva consigo a Eneas

por el centro de la ciudad. Le muestra la riqueza sidonia y la urbe ya dispuesta.

Empieza a hablarle y se le cortan las palabras. Ya al caer de la tarde

le invita a otro banquete como aquél y pide una vez más en su delirio

oír los infortunios de Ilión. Y mientras habla, está pendiente

de nuevo, embebecida, de su boca. Después al separarse, cuando va reduciendo

en su giro la luna su luz palidecida y ya invitan al sueño las estrellas

que van cayendo, sola en la mansión vacía se entristece y de pechos

se echa sobre el diván que él ha dejado.

Ausente de él está escuchando y está viendo al ausente.

0 retiene en su regazo a Ascanio prendada su alma del parecido con su padre por si logra engañar así un amor imposible de expresar con palabras.

(Libro IV, 74 85)
Este fragmento corresponde al libro IV y, concretamente, al momento del nacimiento del amor

de Dido hacia Eneas, amor que se torna apasionado y proyecta sobre la obra épica una

atmósfera trágica propia de una obra del griego Eurípides.

El tono dramático se consigue por el recurso del lenguaje solemne propio de la épica, y el

episodio forma parte de las aventuras y desventuras del personaje mítico y héroe nacional,

Eneas.

Se mencionan personajes míticos como Eneas y la propia Dido, fundadora fenicia de

Cartago.


  1. JUNO PROPICIA LA UNIÓN AMOROSA ENTRE DIDO Y ENEAS

El niño Ascanio disfruta en la hondonada

incitando al galope a su fogoso potro;

ya logra adelantar a unos en la carrera, ya aventaja a los otros.

Pide ansioso que irrumpa entre la tímida manada un espumeante jabalí

o que un fulvo león baje de la montaña.

En tanto empieza el cielo a estremecerse en confuso zumbido fragoroso.

Le sigue un turbión de agua mezclado de granizo. La comitiva tiria

y los mozos troyanos y el dardanio nieto de Venus, todos desbandados

van huyendo a través de los campos en busca cada cual de amparo a su terror. Los torrentes irrumpen desatados de los montes. En una misma cueva

buscan refugio Dido y el caudillo troyano. Dan la señal la Tierra, la primera,

y Juno, valedora de las nupcias.

Brillaron luminarias en el cielo, testigo de la unión:

Ulularon las ninfas en las cumbres de los montes.

Fue aquél el primer día de muerte, fue la causa de los males.

Dido ya no se cuida de apariencias ni atiende a su buen nombre,

ni se imagina el suyo amor furtivo. Lo llama matrimonio.

(Libro IV, 155   170)
Este fragmento corresponde al libro IV de la Eneida (el más dramático) y, concretamente, al

episodio de la tormenta y la cueva. En él interviene la diosa Juno aún airada con los troyanos

desde el conocido asunto de la manzana de la discordia, en el que Paris (príncipe troyano)

eligió a Venus como la más bella de las diosas. Su interés en propiciar el enamoramiento entre

Eneas y Dido estaría relacionado con la posibilidad de entorpecer su destino impidiendo su

viaje hacia Italia y reteniéndolo en Cartago.

La temática es, por tanto, de tipo épico, tratándose de las aventuras ( en este caso amorosas;

el amor es otro de los ejes temáticos de La Eneida)) de un personaje mítico. Se emplean los

típicos clichés para mencionar a los personajes: “el niño Ascanio”,” el dardanio nieto de

Venus”, ( Ascanio es hijo de Eneas y por tanto nieto de Anquises y de Venus), Juno, “valedora

de las nupcias”, etc…)

Se emplea un tono solemne que se acentúa con la intervención divina y el carácter trágico

que tendrán las consecuencias del enamoramiento de Dido por Eneas (muerte de Dido).


  1. SÚPLICAS DE DIDO ANTE LA INMINENTE MARCHA DE ENEAS

“Por ti me odian los pueblos de Ubia y los jefes númidas y los tirios

me son hostiles, por ti he perdido el honor, mi fama de antes,

aquella que me alzaba a las estrellas.

¿En qué manos me dejas en trance ya de muerte, huésped mío,

sólo este nombre ya me queda de mi esposo? ¿A qué aguardo?

¿A que venga mi hermano Pigmalión

a arrumbar mi ciudad o a que el getulo Jarbas se me lleve cautiva?

Si antes que me abandones a lo menos me hubiera nacido un hijo tuyo,

si viera en mis salones retozar un Eneas pequeñuelo, que a pesar de todo reflejase en su rostro los rasgos de tu rostro,

no, no me sentiría burlada, abandonada por entero”.

Le habla así. Él siguiendo el consejo de Júpiter mantiene inmóviles los ojos

y acalla a duras penas su dolor en lo hondo de su pecho.

(Libro IV, 320 332)
En este texto, perteneciente al libro IV de la Eneida, Eneas se encuentra ante el dilema de

seguir la inclinación de sus sentimientos amorosos por Dido o de continuar su viaje hacia el

objetivo de la fundación de Roma para el que está “predestinado”. Dido, enamorada

locamente de Eneas, intenta retenerlo a su lado jugando el papel que conviene a los designios

de Juno (impedir que Eneas continúe su viaje hacia Italia). Júpiter manda a Mercurio a

recordar a Eneas cuál es su destino y el reino que lo espera. Observamos en este fragmento

que la obra épica reviste tintes de tragedia en momentos en que el héroe de la epopeya se ve

forzado a rechazar las demandas de su amor, presionado por “el consejo de Júpiter” (debe

obedecer a los dioses y seguir con su destino), lo que lo hace aparecer a los ojos de Dido

como frío, impasible y sólo atento a la voluntad de los dioses.



  1. ENFURECIMIENTO Y DESMAYO DE DIDO ANTE LA RESPUESTA DE ENEAS

“¡Traidor, tú no has tenido por madre diosa alguna, ni provienes

la estirpe de Dárdano! Te ha engendrado

el horrendo Cáucaso entre los filos de sus riscos.

Tigres hircanas te han criado a sus ubres.

Pero ¿a qué disimulo? ¿0 qué ofensa mayor

espero todavía? ¿Ha tenido un gemido siquiera ante mi llanto?

¿Ha vuelto a mí los ojos? ¿Acaso se ha ablandado y ha vertido una lágrima

o se ha compadecido de quien le ama? ¿Qué maldad ponderaré primero?

Vete, sigue a favor del viento a Italia. Ve en busca de tu reino por las olas.

Espero, por supuesto, si tiene algún poder la justicia divina, que hallarás tu castigo, ahogado entre las rocas. Y que invoques entonces

el nombre de Dido muchas veces

Se va y se hurta a su vista

y le deja medroso y vacilante a punto de decirle muchas cosas.

Recogen las sirvientas su cuerpo desmayado, la llevan a su tálamo de mármol

y la acuestan en el lecho.

(Libro IV, 364 – 392, con supresión de algunos versos)

Ante la pasividad mostrada por Eneas frente a las súplicas de Dido, en este fragmento,

perteneciente al libro IV, la reina entra en una fase de enfurecimiento maldiciendo a Eneas,

que obedeciendo las consignas divinas, escapa con sus compañeros sin atender sus

desesperadas demandas y sin atreverse a decirle nada de sus sentimientos hacia ella.

Este desenlace, que anuncia una posible tragedia, forma, sin embargo, parte de un conjunto

épico, con intervención de personajes míticos, como el propio Eneas, la misma Dido, el

Dárdano: fundador legendario de Troya e hijo de Zeus, etc… Asimismo, se hace mención a su

épico viaje y a su destino manifiesto: la fundación de un reino que continuaría la tradición de la

mítica ciudad de Troya.

Eneas, preso de su destino, continúa su épica misión huyendo ante el impetuoso amor de

Dido que, despechada, llega a mostrar un fondo de crueldad, deseándole que naufrague y muera ahogado.



  1. MUERTE DE DIDO

En tanto, Dido temblando, arrebatada por su horrendo designio,

revirando los ojos inyectados en sangre, jaspeadas las trémulas mejillas,

pálida por la muerte ya inminente, irrumpe por la puerta en el patio del palacio

y sube enloquecida a lo alto de la pira y desenvaina la espada de¡ troyano,

prenda que no pidió con ese fin.

Y hundiendo rostro y labios en su lecho:

"Moriré, sin venganza, pero muero.

Así, aún me agrada descender a las sombras. ¡Que los ojos del dárdano cruel desde alta mar se embeban de estas llamas y se lleve en el alma

el presagio de mi muerte!" Fueron sus últimas palabras. Hablaba todavía

cuando ¡a ven volcarse sobre el hierro sus doncellas y ven la, espada

espumando sangre que se le esparce por las manos.

(Libro IV, 642 – 646 y 658 664)

Seguimos con un fragmento del libro IV de la Eneida. Llega el desenlace trágico conjugando

dos de los ejes temáticos de esta obra épica : amor y sufrimiento.

Dido, reuniendo en su papel los rasgos propios de una heroína trágica, decide, en un ambiente

propio de una tragedia de Eurípides, poner fin a su vida, víctima del amor que siente por el

héroe épico y del sufrimiento por el rechazo de éste a sus súplicas, que debe continuar su

viaje para realizar la misión encomendada por los dioses.

Se usa un tono solemne con léxico y expresiones de tono elevado : pira (por hoguera), hierro

(por espada), jaspeadas las trémulas mejillas, horrendo designio, etc…

Se usan clichés para nombrar a algunos personajes : Eneas aparece como “el dárdano cruel”.

El final del fragmento constituye un discurso en el que Dido lanza sobre Eneas una maldición.



  1. CARONTE

Guarda el paso y las aguas de este río un horrendo barquero, Caronte;

espanta su escamosa mugre. Tiende por su mentón

cana madeja su abundante barba. Inmóviles las llamas de sus ojos.

Cuelga sórdida capa de sus hombros prendida con un nudo.

El solo con su pértiga va impulsando la barca y maneja las velas

y transporta a los muertos en su sombrío esquife. Es ya anciano,

pero luce la lozana y verdecida ancianidad de un dios.

A su barca agolpábase la turba allí esparcida por la orilla:

madres, esposos, héroes magnánimos cumplida ya su vida,

y niños y doncellas y mozos tendidos en la pira

ante los mismos ojos de sus padres.

(Libro VI, 297 – 308)
En el libro VI, al que pertenece el fragmento, se narra el descenso de Eneas a los infiernos (

como otros héroes míticos y mitológicos) y allí se encuentra con su padre, Anquises, que le

muestra a sus futuros descendientes así como el grandioso porvenir de Roma.

Usando un lenguaje solemne ( sombrío esquife, sórdida capa, escamosa mugre, héroes

magnánimos) el autor hace un retrato bastante impresionante del barquero que conduce a las almas a

través de la laguna Estigia.



  1. ENCUENTRO DE DIDO Y ENEAS EN LOS INFIERNOS

(Eneas) le habló así con dulce acento:

“¡Infortunada Dido, con que era cierta la noticia

que me había llegado de tu muerte,

que te habías quitado la vida con la espada!

¿He sido yo, ¡ay!, la causa de esa muerte? Por los astros te lo juro,

por los dioses de lo alto, por lo que hay de sagrado

 si algo existe  en lo hondo de la tierra,

contra mi voluntad, reina, dejé tus playas. El mandato divino que me obliga

a caminar ahora por estas sombras,

por entre un abrojal hediondo en el abismo de la noche,

me forzó a someterme a su imperio. Más no pude pensar

que iba a causarte tan profundo dolor con mi partida.

(Libro VI, 455 – 464)

En este fragmento del libro VI, Eneas, que, siguiendo el mandato de los dioses, había

abandonado a Dido (lo que ocasionó el suicidio de ésta), baja, también por designio divino a

los infiernos para conocer el futuro de su pueblo y en esta bajada se encuentra con el alma de

Dido. Ahora, el héroe de la epopeya no es un puro guerrero como el Aquiles griego de la Ilíada,

sino que se muestra más bien como un héroe religioso, humano, desgarrado por una tragedia

interior al haberse visto obligado a elegir entre su destino y sus sentimientos.

En el fragmento, Eneas se justifica ante Dido, y alude al mandato divino como la razón de su

abandono, razón que ha causado la presencia de la infortunada enamorada en el reino de los

muertos. Eneas se muestra, así, como un prisionero de su destino, convertido en esclavo

del deber.

Se utilizan expresiones solemnes en el juramento para convencer a Dido de que la abandonó

contra su voluntad: “por los astros, por los dioses de lo alto, por lo que hay de sagrado en lo

hondo de la tierra”



  1. LA TRANSMIGRACIÓN DE LAS ALMAS

En esto, avista Eneas en un valle apartado un bosque solitario,

resonante su fronda de susurros, y ve el río Leteo que fluye por delante

de aquel lugar de paz. En tomo a su corriente revolaban las almas

de tribus y de pueblos incontables, como por las praderas en el claro sosiego

del estío las abejas van posando su vuelo en cada flor y se derraman

en tomo a la blancura de los lirios. Resuena su zumbido

por toda la campiña. Eneas a su vista inesperada, ignorando lo que es,

pregunta por su causa, qué río es el que tiene allí delante

y quiénes son aquellos que llenan apiñados sus riberas.

A esto su padre Anquises: "Son las almas

a que destina el hado a vivir otra vez en nuevos cuerpos.

A orillas del Leteo están bebiendo el agua que libra de cuidados

e infunde pleno olvido del pasado”.

(Libro VI, 703 – 715)

En este texto y dentro del mismo libro VI, y, por tanto, aún en el mundo de los muertos, se

desarrolla el diálogo entre dos personajes míticos: Eneas y su padre Anquises en un

ambiente también mítico: el río Leteo, el del olvido. El autor sitúa a los personajes en una

especie de “locus amoenus”, un jardín de las delicias donde las almas son reencarnadas y

beben el agua del Leteo para vivir , luego, en otros cuerpos una nueva vida terrenal.

Todo ello puede insertarse en uno de los ejes temáticos de la Eneída: la predestinación, el

destino, el hado que en este caso destina a las almas a una nueva vida.



  1. ANQUISES PREDICE LA GLORIA DE SU DESCENDENCIA Y LA DE ROMA

Ahora vuelve los ojos

y contempla a este pueblo, tus romanos. Éste es César, ésta es la numerosa

descendencia de Julo destinada a subir a la región que cubre el ancho cielo.

Éste es, éste el que vienes oyendo tantas veces que te está prometido,

Augusto César, de divino origen, que fundará de nuevo la edad de oro

en los campos del Lacio en que Saturno reinó un día

y extenderá su imperio hasta los garamantes y los indios,

a la tierra que yace más allá de los astros, allende los caminos

que en su curso del año el sol recorre, en donde Atlante,

el portador del cielo, hace girar en sus hombros la bóveda celeste

tachonada de estrellas rutilantes. Ya ahora ante su llegada empavorecen

oráculos divinos el reino del mar Caspio y la región del lago Meotis.

Los repliegues de las siete bocas del Nilo se estremecen de terror.

(Libro VI, 787 800)
Utilizando el recurso de la bajada a los infiernos, en este fragmento del libro VI de la Eneida,

Virgilio presenta hechos históricos posteriores a Eneas, ya que el alma de Anquises, su padre,

le anticipa las hazañas de sus descendientes y el destino glorioso que le está reservado a

Roma, haciendo al personaje conocedor de su propio destino y del futuro que se hará posible

por sus acciones.

Virgilio glorifica la familia de los Julios cantando el origen divino de Augusto. A través del

episodio se vincula la familia real con Eneas, insistiendo en el origen divino de los Julios como

descendientes de los reyes de Alba Longa, sucesores de Julo o Ascanio y emparentados, por

tanto, con Venus y Marte.

Además de su origen divino, ensalza también su glorioso destino como fundador de una nueva

edad de oro”.

Se utilizan expresiones tipo cliché : Atlante, “el portador del cielo” o Augusto César, “de divino

origen”. Se hace mención a personajes y lugares míticos y se utiliza un lenguaje de tono

elevado: bóveda celeste tachonada de estrellas rutilantes, empavorecen oráculos divinos, se

estremecen de terror…
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