Yo por my parte hago todo my pussible, porque de cinquenta años a esta parte no me acuerdo que me ayan tomado las dos de la noche en la cama, sy no es estando






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títuloYo por my parte hago todo my pussible, porque de cinquenta años a esta parte no me acuerdo que me ayan tomado las dos de la noche en la cama, sy no es estando
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yo por my parte hago todo my pussible, porque de cinquenta años a esta parte no me acuerdo que me ayan tomado las dos de la noche en la cama, sy no es estando enfermo1. Y ansý ni ay de qué maravillarse el letor de quanto aquí dixere, ny por qué dexarlo de creer, sino alabar a Dios por ello, que yo para mý no pretendo gloria alguna ny alabanga, sino que todas ellas se le den a quien con tan justo título se le deven y las mereçe, como autor de todo lo bueno que en los honbres se hallare.

Digo, pues, que, como los enfermos que estavan en cassa de la Meçina, que eran 70, y los de otras cassas particulares, que todos ellos se curavan con los médicos envinados, por quanto las huéspedas y mugeres que los tenían a cargo eran todas sus conocidas, y, según me dixo la Meçina, le davan y contribuyan la quarta parte de lo que ganavan en su casa, y no permitían que los curase otro syno el que mejor pechava; pues, como estos enfermos todos entendiesen cómo del hospital salían en breve tyenpo sanos y que no moría honbre, determinaron todos de se curar conmigo, porque los sacavan de seis en seis de cada casa cada día para el hoyo y tenían cobrado ya mucho myedo, que éste es el que los hizo entrar por vereda y buscar el remedio.

Llamáronme de parte de los de la Meçina, y no uve bien subido la escalera, quando me salió al encuentro, más brava que un tygre, jurando por tantos y quantos que no avía de visitar enfermo de su cassa; y, como yo los tenía sobrados, fácilmente la dexé a ella y a ellos y me bolbý sin visitar ny uno solamente. Como vieron esto los enfermos, y como lo que se nos prohibe nos causa más antojo y gana de lo conseguir y alcançar2, todos ellos se comentaron a levantar y vistir, diziendo que se querían salir y buscar otra posada o yrse al hospital; lo que visto por la huéspeda, les començó a persuadir que no lo hiziesen y para ello le alegó muchas y muy falsas razones que, como no le aprovechasen, pirmitió que me llamasen y los curase, por lo que le inportava el no dexarlos yr, que era, según me çertificaron, treinta ducados cada día.

Bolbiéronme a llamar; y, salyéndome a reçebir la huéspeda con mejor senblante que la otra vez, me apartó y dixo:

— Señor, todos los dotores que curan en mi casa me dan la quarta parte de lo que le dan los enfermos, y yo hago que les paguen muy bien su trabajo. Sy Vuesa Merced es servido de azer lo mismo, yo me holgaré que cure y que nos aprovechemos todos.

— Los médicos que eso azen —le respondý— son médicos de media vira que, no tenyendo letras ny çiençia para poder ganar por ellas la vida, la ganan mediante esas y otras yndustrias y artifiçios, y eso muy a costa de sus ánimas y aun de la de Vuesa Merced que los llama y de las vidas de los pobres enfermos, pues que los vemos morir cada día de seis en seis y le dexan aquý las arcas con eso poco que tienen, que es otra ganançia por sý.
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— Nunca Dios tal mande —dixo ella—, que, en muriendo el enfermo, vienen luego los maestres y los de su tyerra y nao y cargan las caxas y se las llevan.

— ¿Qué aprovecha, sy las hallan vazías, como cada día se quexan?

— De eso no me espanto, que los enfermos que están cabe ellos les cojen lo que tiene, en viendo que lo veen que pierde el sentido.

— A fe que, sy uviese quién lo solicitase, que se supiese la verdad] y por ventura le costaría caro a quien lo aze.
— ¡Eya! Vaya Vuesa Merced y visítelos y sánelos a todos, que no quiero que me dé nada.

Acabóse con esto la plática y començé a visitar mis enfermos, con tanto contento y plazer suyo que ya se contavan por sanos. La manera con que se curavan los que tenían fiebres coléricas y ardientes, que mui pocos eran los de otra enfermedad, tengo ya enseñado en algunos discursos de atrás y por eso me escusaré de escrivirla aquý3, mas el que la quisiere, ver muy cunplidamente escrita la hallará en el tratado que hize de las enfermedades patriçias destas tierras, que está a la postre de nuestro libro terçero de la facultad de los sinples medicinales deste4 Reyno de Tyerra Firme y de las yslas a él comarcanas y vezinas. Y agora, en su lugar, contaremos un cuento donoso que, estando visitando aquellos enfermos aquel primero día, suçedió, que passa desta manera.

Vino a esta çyudad de Cartagena, en quanto la flota estava en el Nonbre de Dios, un capitán bizcaýno con un navio suyo cargado de vino de las Yslas de Canaria y, hallando buen despacho, lo vendió todo junto y luego se fue con su navio en demanda de la flota, para cargar de pasageros y yrse en su conpañía a España. Y, como allý no tenía que descargar ny vender ny otra cosa en que entender, andava visitando todos los bizcaýnos que avian enfermado, que de ninguna otra nación avia tantos como dellos; y, estando en casa5 de la Myçina, quando le visitava yo los enfermos, y andando de uno en otro visitando los de su tyerra, llegó a uno boçal y burro, como ellos dizen, y, viéndolo que estava muy temeroso y melancólyco, porque avían dado el sanctíssimo sacramento a diez o doze dellos aquel día y sacado los dos colaterales suyos para el hoyo, estándolo anymando y diziendo a bozes «Joancho, coraje, coraje; y no desmayar, aunque veas venir sacramento a menudo, que Dios es grande!», a esto le respondió el Joancho «Sacramento, no, nada; cruz, diablo»; y, dexándolo el capitán algo animado, passó adelante. Y yo tanbién quiero pasar y concluyr con este discurso, que ya me tiene cansado.

Acabé de visitar en cassa de la Meçina cerca de mediodía y, quando salý bien cansado, me estavan esperando a la puerta, para que fuera a ver otra multitud de enfermos que estavan en cassa de la Castañeda, que era una mulata que bivía junto
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al mesón de los arrieros, que avían ya despedido sus médicos por la misma razón que los de la Meçina y contra voluntad de la huéspeda, que todas ellas se aprovechavan de los males ágenos. Hízoseme pesado, por ser ya tarde y estar cansado, y ansý se lo dilaté para la visita de la tarde. Y, en siendo las dos horas después de mediodía, salý luego a visitar, por poder cunplir con todos; y, visitando6 luego los de la Castañeda, me salió a reçebir a la escalera y, aunque no rehusava ny defendía la entrada y visita como la Myçina, todavía mostrava estar mal contenta de que me uviesen llamado y despedido sus dotores con quien ella se entendía. Y asý, en entrando, me quiso luego esaminar y tentar las coraças, para que viesen que no era tanto el hecho ny obra como la mentyrosa fama lo cantava, y, tomándome por la mano, me metió en un aposento, adonde estava un escavano de un navio, moco de 24 años, que estava desde la noche antes agonyzando, con el pecho alçado y la candela en la mano y un clérigo, su amigo, que avía venydo en su navio, que lo ayudava a bien morir. Y, en entrando, me dixo la mulata:

— Aquý quiero yo ver agora su ciençia y esos mylagros que dizen que aze. Veamos sy le sirvirán de algo, por más que digan que resuçita los muertos.

— Dios sólo —le dixe yo— y sus santos, en su nombre, pueden azer eso, que otro no es bastante.

Y, diziendo esto, le tomé el pulso y vide que lo tenía como un honbre que le están dando garrote, muy rezio y fuerte y muy desygual; y, saltando, pregunté qué tienpo avía que estava enfermo. Dixéronme que avían dycho sus médicos que estava en el seteno.

— ¿Qué remedios le an hecho?

— Tomado á tres xaraves y lo an sangrado dos vczes de los bracos.

— ¿Purgóse?

— No; que aguardavan a que pasase el seteno, porque era muy rezia la calentura.

— ¿Qué comió?

— De una ave.

— Y beber, ¿qué bebía?

— Qué avía de beber, sino su vino como los demás, aunque a éste se lo mandavan dar aguado por la grande fiebre; y eso creo que lo mató, que deve estar pasmado.

— Harto más lo está ella y quien se lo mandó dar —le dixe.

Y, mandándole descubrir el vientre, se lo hallé hinchado, hecho un atanbor; pregunté quánto avía que no se proveya, dixo que el día antes le avía echado una melezina y que no avía hecho con ella cosa.

— Pues denme papel y tinta y apártenle el Cristo y la vela, que pulso tiene para' no morir en todo el día.
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Diéronme recaudo, y reçétele una onça de girypliega y otra de benedicta y drama y media de polvos de coloquíntida, y díxele que tomase un quartillo de talvina de afrecho, sin azeite ny otra cosa, y que deslyese en ella aquello que traerían de la botica y le echasen una melezina con ello, que fuese tybio y no más caliente, por que la detuvyese. Dixo, aziendo donayre y burla de todo:

— El asno muerto, la çevada al rabo. Y ¿toda ésa es su çiençia y habilidad?, y ¿no sabe otra cosa más que azelle?; porque melezinas más de 40 le an echado, y harto mejores que ésa, de vino y alhuzema y. otras del cozimiento de muchas yervas santas y buenas con yemas de huevos y azeites de mil maneras; que eso que Vuesa Merced manda los niños lo saben.

— Eso no será ella, niña, en su vida, por más bachillera que sea.

— Pues en verda[d] que no tengo 18 años, aquý donde me ve.

— Lo peor que tyene es eso, ser tan moça y parecer vieja.

— Pues ¿en qué parezco vieja?

— En ese gesto que tiene ahumado, como melón ynvernizo.

— Pues déme con qué se me adereçe, sy tanto, como dizen, sabe, y seremos amigos y le ynbiaré una hojaldre muy regalada que coma mañana.

— De mejor gana se lo diré, por que no me la ynbie; que entenderé que trae el Diablo en el cuerpo.

Estando en estos requiebros, llegó el recaudo de la botica y hize que delante de mý le echase la melezina, teniéndole otra persona las piernas altas, por que no se le saliese y entrase bien adentro. Echada que fue la melezina, me salý a visitar los demás enfermos que allý avía y, avyéndome tardado en la visita poco más de una hora, pregunté sy avía obrado el de la melezina y dixéronme que mucho; entré a verlo y hallé que se estava la mulata dando a myl diablos, que le avía ensuziado la cama y toda la ropa y casa, de suerte que tuvo bien que linpiar, lleguéle a tomar el pulso y estava más ordenado y el pecho se le avía sosegado. Díxele a la mulata que le hyziese un caldo esforçado, por el orden que atrás enseñamos7, y que, en estando para tomarlo, se lo fuese dando de dos a dos horas en poca cantidad y que lo linpiase y le vistiese ropa linpia, que, sy viviese, él lo pagaría todo, que moço era.

— No espere yo otro —respondió—, porque ya él está más en el otro mundo que en éste.

Entonces dixe al clérigo, su amigo, que lo hiziese beneficiar, porque tenía mucha esperança de su vida, que muchos de aquéllos avía Dios resuçitado por mi .mano y tanbién resuçitaría éste; dixo que sý haría y con esto me fuy a visitar.

Acabado que uve de visitar, ya después de la oración, hallé al clérigo que me estava esperando a la puerta de my posada y díxome:
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— ¿Qué es aquello que Vuesa Merced echó al escrivano en aquella melezina?, que se va por sý como un cesto roto.

— ¿Que tanto á obrado como eso?

— Yo le diré que tanto, que le avernos ya mudado dos vezes camisa y ropa, y bolbió agora de nuevo a echar como dos açunbres de un humor leonado, con que hinchió otra vez todo el aposento y la cama con tener enbaxo de sý un cañamazo tres vezes doblado, que no ay quien ally pueda estar y la huéspeda está dada a perros, que más quisiera que ya fuera muerto.

— Eso creo yo muí bien. ¿Y el enfermo á buelto?

— No á buelto ny tiene más mejoría8 que quexarse de quando en quando.

— Sy él se quexa, no aya miedo que se muera. Vaya Vuesa Merced y haga que le den, de dos a dos horas, media escudilla del caldo que le mandé azer y déxenlo obrar quanto quisiere, que esas cámaras, después de Dios, lo tienen de bolber al mundo.

Fuese el padre y, quando llegó, halló el enfermo que ya hablava; quedó atónito y espantado de verlo, porque, como Plinio Júnior dize9, tanto son las cosas más maravillosas y admirables quanto menos esperança se tiene dellas.

Luego al otro día de mañana lo hallé sin calentura y, dándole açucar rosado tres o quatro días y untándole el hígado con ungüento sandalino y azeite violado, partes yguales, por que no bolbiese a criar aquella colora requemada, de que avía arrojado tanta qua[n]tidad, y le causase otra recaýda tan mala como la primera, que peor no podía ser; y por la misma razón lo hize lavar dende a pocos días con el lavatorio que atrás dexamos reçetado10, y con esto prosiguió su jornada y officio que traýa y bolbió a su tyerra sano y bueno, pero tan medroso de avcr visto las orejas al lobo que nunca después bolbió más en las flotas.

No era en aquel tienpo nuestra espongilla ny el uso della manifestada, que, a serlo, ella hiziera con más façilidad todo aquello que aquella melezina hizo, como lo á hecho después acá en más de 200 enfermos que estavan, como él, en el cabo de Finis Terrae, y de algunos dellos daremos notiçia en los discursos siguientes; pero, en su defeto, buen sostituto es la melezina que dicho avernos. Agora, pues, quiero satisfazer al letor, que estará dudoso y deseoso de saber por qué tazón en esta melezina no echamos azeite ny las demás cosas que suelen entrar en las otras, la qual no es otra sino por que dexe atraer y purgar valerosamente la coloquíntida, corno para semejantes cassos conviene, porque tiene tal qualidad que en mezclándole azeyte o qualquiera otra grosura luego pierde su fuerça y no aze efeto; y como allí fue menester que se doblase en vez de desmynuirse, le añydimos su quantidad y la de los letuarios que echamos con ella, para que atraxesen con
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fuerça aquel mal humor que estava matando el enfermo y lo librase de la muerte, en cuya garganta estava ya, como lo hizo.

Aviendo, pues, cargado sobre mý todos los enfermos, aunque más contra my voluntad que por negoçiaçyón ny diligencia que para ello hiziese, como azen algunos que conpran, como Aluisio Mundela dize11, los enfermos, para ganar por este camyno autoridad y crédito con que después azen su herida; y, viendo los dotores envinados que ya no les servía la flor ny se podían aprovechar della, porque no tenían ya un enfermo ny más de la flota, acordaron de bolberse a Panamá, de adonde avían venydo y adonde avía muchos deçendientes y apassionados de Cabreros que defendían su secta y heregía y estavan allý, como en otra Genebra, seguros, que nayde se la osava cpntradizir ny reprovar. Y ansý desanpararon la flota a medio camyno y se fueron menos cargados de los despojos, que de los desdichados enfermos cogýan, de lo que otras vezes solían, dexándome solo con el dotor Horta, el qual se conformó luego conmygo y me dixo que me sobrava razón, sino que no lo avía osado dezir hasta entonçes «propter metum judeorum», con lo qual le fue harto más bien que a ellos, que, partiendo con él de los enfermos, que no podía yo con todos, le dy tanbién el orden como los avía de curar que para lo de adelante le valió mucho. Y ansý fue aquella flota una comedia que, començando triste, acabó alegremente y con buen sucesso.

Finís.

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