Abanico de Lecturas Fomento a la Lectura






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Abanico de Lecturas Fomento a la Lectura



P R E S E N T A C I Ó N


En el material antológico que se presenta a continuación se recopilan textos de muy diversa índole y versatilidad temática, por ello se le ha denominado Abanico de Lecturas, ya que en él se encuentran textos literarios, informativos, de divulgación científica y divulgación tecnológica, así como textos periodísticos.
Esta antología fue elaborada por el personal del Área de Fomento a la Lectura como respuesta a las acciones emanadas del Programa Nacional de Lectura, con la finalidad de apoyar y fortalecer las actividades que sobre esta fundamental y prioritaria competencia comunicativa, realizan las escuelas oficiales y particulares incorporadas de nuestro subsistema.
En consideración a que en las Bibliotecas Escolares son escasos los títulos de lecturas recreativas, ya que, por lo general, predominan los libros de texto e informativos

–particularmente diccionarios y enciclopedias– o bien, obras literarias cuya extensión no permite su lectura en tiempos reducidos, se creyó pertinente la elaboración de esta antología con textos breves pero completos y con lenguaje accesible, cuyo contenido responda a los intereses y niveles de comprensión de los lectores con quienes se trabajan y con la cual se incrementará el acervo destinado a la Biblioteca de Aula.
En su estructura, el Abanico de Lecturas se presenta en dos volúmenes debido a que se seleccionaron 200 textos diferentes, con la intención de que se lea uno diario y así se tenga material de lectura para los 200 días laborables del calendario escolar.

Asimismo, la diversidad y versatilidad de textos y temáticas, permitirá que todos los docentes, no importando la asignatura que impartan, se involucren en este programa, coadyuven a fomentar la lectura e incidan, con las actividades que se desarrollen antes, durante o después de la realización de la lectura, a la formación de lectores activos.
Al respecto, cabe señalar que en cada una de las lecturas se identifican: el tipo de texto al que pertenecen y el autor, ubicando su nacionalidad y temporalidad. De la misma manera, se creyó conveniente incluir al final de la antología, un glosario en el que se conceptualizan y caracterizan los diferentes tipos de texto seleccionados.

UN DESEO CUMPLIDO
Texto literario: Cuento Rafael Pérez Gay

(1957 - ), México.
Alonso tenía once años y un sueño enorme que ocupaba sus noches: atravesar la frontera de los quince. Detrás de esa línea del tiempo, Alonso imaginaba un paraíso de libertades y poderes casi mágicos: dormirse muy tarde, ir y venir solo por las calles, invitar a una amiga al cine, beberse una cerveza y, si le daba gana, fumarse un cigarrillo en un café mientras hablaba con su amigo el Alce sobre El señor de los Anillos. Pero, de momento, aquel sueño era imposible. Nadie puede avanzar ni retroceder el tiempo como en una grabadora para trasladarse al futuro o regresar al pasado. Puestos a hablar, hay que decir esto: lo ocurrido tiene la ventaja de que puede ser guardado en la memoria como a uno le dé la gana. La tarde en casa del tío Zutano fue un tormento que casi me mata de aburrimiento; el día que mis amigos y yo oímos al grupo de rock Coldplay y jugamos Pure Crime en el game cube del Nintendo forma un edén en la memoria. En cambio, nadie puede recordar el futuro. Es difícil acordarse de lo que hicimos dentro de seis meses. En fin, una tristeza. No se puede ver el porvenir ni regresar al pasado. Así es la vida y nadie, ni la física cuántica, ha podido cambiar esta forma del tiempo.

Como a todos los jóvenes de su edad, a Alonso la escuela le parecía muchas veces un suplicio inmerecido. Una mañana, cuando el despertador lo empujó una vez más a la vigilia, a ese vació raro que se despliega antes de despertar y después de dormir, justo cuando no sabemos quiénes somos, ahí, en ese lugar misterioso, ocurrió lo inaudito.
Durante un rápido desayuno – jugo de naranja, huevos con jamón y pan tostado -, Alonso preguntó:

– ¿Ya se despertó mi papá?

– ¿Te desvelaste otra vez? Sigues dormido – le dijo su madre fumando el primer cigarrillo de la mañana frente al pozo negro de una taza de café –. Es muy temprano para hacer chistes Alonso.

– ¿Cuál chiste? ¿No va a bajar mi papá?

– Despierta, Alonso. Tu papá esta en su casa; si quieres verlo, llámale cuando regreses de la escuela.
Se sabe que cuando un anhelo se cumple, queda una vacante en el territorio de los deseos. Ese día quedaba un espacio vacío en la provincia de las ilusiones, pues a Alonso se le había cumplido su deseo: de un día para otro tenía dieciséis años y un examen de trigonometría en la preparatoria. Entre las once de la noche y las seis de la mañana de un día de febrero, su madre había envejecido cinco años. Sus padres se habían separado dos años atrás, él iba y venía libre por las calles y se dormía muy tarde. Un sueño realizado. Pero una ley importante del deseo dice que mientras se cumple algún sueño en el mundo, otros se desvanecen y se pierden para siempre.
Alonso despejó en su examen la incógnita de un ángulo mediante las fórmulas de senos y cosenos, pero el enigma de su vida no tenía solución esa mañana fugaz en que el tiempo se rompió como un cristal cuando se estrella en el suelo. La trigonometría cerraba la serie de exámenes de primero de preparatoria. Al salir de la escuela, el Alce le invitó una cerveza a Alonso.

– Perdí cinco años de mi vida –le dijo Alonso en voz baja, como quien refiere un secreto y una vergüenza al mismo tiempo.

– ¿Te metiste una traca, Alo?

– Nada, Alce. Te lo digo en serio: de un día a otro me salté cinco años.

– Si no te metiste nada, entonces te volviste loco.

Alonso sintió una vaga congoja, unas ganas extrañas de volver a la infancia, a la noche de febrero en que tenía once años, pero nunca encontró ese reino perdido; se fue para siempre, como una maleta que nunca llega a ningún aeropuerto. A lo mejor hay un lugar en donde guardan muchas maletas que contienen años perdidos.
No sé si lo han adivinado. El tiempo pasó y ahora Alonso escribe estas líneas. Entre otras cosas, la edad le ha enseñado que el único paraíso posible se encuentra en el presente.




LA NIÑA DE GUATEMALA
Texto literario: Poema José Martí

(1853-1895), Cuba.


Quiero, a la sombra de un ala,

contar este cuento en flor:

la niña de Guatemala,

la que se murió de amor.
Eran de lirios los ramos,

y las orlas de reseda

y de jazmín; la enterramos

en una caja de seda...
Ella dio al desmemoriado

una almohadilla de dolor;

él volvió, volvió casado;

ella se murió de amor.
Iban cargándola en andas

obispos y embajadores;

detrás iba el pueblo en tandas,

todo cargado de flores...
Ella, por volverlo a ver,

salió a verlo al mirador;

él volvió con su mujer;

ella se murió de amor.
Como de bronce candente

al beso de despedida

era su frente ¡la frente

que más he amado en mi vida!
Se entró de tarde en el río,

la sacó muerta el doctor;

dicen que murió de frío;

yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada

la pusieron en dos bancos;

besé su mano afilada,

besé sus zapatos blancos.
Callado, al obscurecer,

me llamó el enterrador;

¡nunca más he vuelto a ver

a la que murió de amor!

EL CHATO BARRIOS

Texto literario: Narración Anecdótica Ángel de Campo, Micrós

(1868 – 1908), México.

El salón de nuestra escuela estaba inconocible, salón de escuela de barrio que, gracias a muebles alquilados, había perdido su aspecto lamentable de otras veces. El heno y las ramas de ciprés, colocadas profusamente a lo largo de las manchadas paredes, banderas tricolores de papel y águilas empleadas para fiestas cívicas, servían de altar a grandes retratos de Hidalgo, Juárez y otros héroes, amén del Corazón de Jesús iluminado, inmediatamente arriba de una esfera terrestre cubierta de crespón,
Barrido el piso de ladrillos y en vez de bancas, triple hilera de sillas austriacas que, arrancando de la mesa, cubierta por un tápalo chino, terminaba junto a la puerta de la dirección.
Era el día de premios, ese gran día para la infancia de aquellos rumbos, luminoso día para los padres de familia y de constante preocupación para el señor Quiroz (q.e.p.d.) y su ayudante, el paupérrimo cuanto simpático Borbolla.
Recuerdo que dos días duraba la compostura del salón, en la cual tomaban parte activa vecinos, la criada y aquellos alumnos que se distinguían por su juicio y mayor edad.
Las economías del año se empleaban en comprar libros baratos y en imprimir los diplomas cuya idea –una matrona rodeaba de chicuelos que cargaban escolares atributos- pertenecía a Borbolla.
Libros y diplomas, atados con listones de color, se hacinaban a la mesa a los lados de un tintero de porcelana; dos candelabros con velas jamás encendidas y amarillentas ya, y un par de bustos de yeso, representando a Minerva el uno y a Minerva también el otro.
Se alquilaba un piano y en él lucía sus anuales adelantos la señorita Peredo, tanto en el piano como en el canto. Era el factótum, y desempeñaba todo lo concerniente a la parte musical, inclusive el acompañamiento de las fantasías que sobre viejas óperas ejecutaba un antiguo tocador de flauta, Bibiano Armenta.
Hénos aquí desde las siete de la mañana, muy lavados, con traje nuevo los unos, cepillado y remendado los otros, sin adorno alguno los más. Pobres niños de barrio, hijos de porteros, artesanos y gente arrancada, que no podían hacer más gasto que el de medio real: cuartilla para pomada y cuartilla para betún. Pero el traje, ¿qué importaba? Todos éramos felices, y sin parpadear, colgándonos los pies, nos sentábamos en las altas bancas con los brazos cruzados, contemplando un sillón, miembro de no sé qué ajuar de reps verde, en que debía tomar asiento, frente a la mesa, un eclesiástico me parece que canónigo o cura de la parroquia, que siempre presidía el acto y era el gran personaje.
Llegaban las familias sin que nadie se moviese: señoras de enaguas ruidosas y rebozo nuevo, papás de fieltro o sombrero ancho con ruidosos zapatos y que cruzaban sobre la barriga las manos o se acariciaban las rodillas; niñas de profusos rizos y vestiditos de lana... Las personas distinguidas eran invitadas por el señor Quiroz para tomar asiento en la primera fila, en la que, vestida de blanco, con zapatos bajos, listones tricolores y pelo espolvoreado con partículas de oro o hilos de escarcha, estaba ya la señorita Peredo, muy tiesa y empuñando el enorme rollo de piezas de música.
Sordo y elocuente murmullo se levantaba del salón, cuando se presentaban en escena la familia de Isidoro Cañas; el señor Quiroz bajaba las escaleras, Borbolla se apoderaba de una de las niñas, los hombres se ponían en pie y las mujeres miraban con respeto casi, a la familia que vestía de seda, usaba costosos sombreros, claros guantes y deslumbrantes abanicos.
Isidorito separábase de la familia para ocupar su puesto en la banca, y todos lo mirábamos de hito en hito; cada año estrenaba traje y cada año se sacaba el premio y cada año se lo disputaba ¡oh, coincidencia! el chato Barrios, hijo del carbonero de la esquina, el más feo y desarrapado alumno de la escuela.
En nuestros corazones de rapazuelos de cinco años, influía la elegancia en sumo grado, y veíamos a Isidorito, no como a un simple condiscípulo, sino como aun ser colocado en más alta esfera. Su traje nuevo, su cuello enorme y blanquísimo, la corbata de seda, el cinturón de charol brillante con hebilla de metal, las medias restiradas a rayas azules, las botitas hasta media pierna, el pelo rizado ad hoc y los diminutos guantes, hacían de él un héroe de la fiesta... Con razón parecíamos los demás un atajo de indios, mal vestidos, mal peinados y con una actitud de gentes sin educación.
El señor Quiroz le hacía un cariño y daba conversación a la familia en actitud de hombre juicioso, cruzando los dedos, dando vueltas al pulgar, semiinclinado y con leve sonrisa que entreabría sus labios.

Borbolla, incomodado por el estrecho jaquet y la corbata refractaria a guardar el sitio conveniente, abría el piano, sacudía las teclas, y al sonar un mi bemol por casualidad, reinaba el silencio; veía el eclesiástico el reloj y tín, sonaba el timbre, oíase ruido de sillas y bancas, cruzábamos los brazos al sentir la severa mirada de Borbolla, que con los ojos parecía decirnos: “Compostura, señores”.
Poníase en pie el señor Quiroz y leía la memoria que terminaba siempre con estas frases:

“Réstame sólo, respetable público, daros las gracias por la asistencia a esta solemnidad, y en particular a aquellas personas (la niña Peredo y el flautista Armenta) que han contribuido con sus altas dotes a la solemnidad del acto. He dicho”.
Mirábamos a Borbolla para ver si era tiempo de aplaudir, y aplaudíamos con rabia lanzando un ¡viva! al señor Quiroz, que respondíamos nosotros mismos.
Stella confidente, leía el eclesiástico en un papel pequeño, y la niña Peredo, con voz trémula que parecía arrancada por nervioso dolor, gorgoreaba la fantasía. Tornábamos a ver a Borbolla y aplaudíamos lanzando el ¡viva la señorita Peredo! que se nos había enseñado.
“Fábula en francés por el niño Isidoro Cañas”. Nuestro director palidecía, Borbolla dejaba que se pronunciara la corbata y la familia de Isidorito se conmovía; avanzaba el muchachillo, miraba a todos lados, sacudía la cabeza poniéndose en el pecho el rollo de papel atado con un listón y gritaba:
Maitre corbeau sur un arbre perché… tenuit a son bec, un gromage. Cada palabra acompañábala con un ademán especial: parecía arrancarse un botón del saco, dándose antes un golpe de pecho, y al concluir sonaban nutridos aplausos; abría la boca el eclesiástico, respiraba el señor Quiroz, sonreía Borbolla, se refugiaba Isidorito en las faldas de su madre y gritábamos: “¡Viva el niño Cañas!”
Desde ese momento Isidorito era el héroe y lo besaban las señoras cuando, tropezando, podía apenas cargar los grandes libros que había merecido como premio... y envidiábamos a Isidorito.
Mención honorífica, leía Borbolla con voz clara, al alumno Rito Barrios, y oíase en las bancas estudiantiles un rumor: “Ándale, chato, chato Barrios, a ti te toca”; pero el muchacho no se atrevía a pararse y había necesidad de que Quiroz, con voz amable, le dijera:

– Señor Barrios, acérquese usted...
Y un muchacho descalzo, de blusa hecha jirones, mordiéndose un dedo, arrastrando el sombrero de petate y viendo a todos lados con cara de imbécil, cruzaba el salón: las gentes lo miraban con lástima, los niños con desprecio, y unos ojos empapados en lágrimas lo seguían, los de una mujer que ocupaba la última fila, perdida en la multitud: su madre; y el chato Barrios, aquel modelo, en el último grado de desconcierto, olvidando público y lugar, pegaba la carrera de la mesa a su asiento.
Me acuerdo que sentía no sé qué dolor, no sé qué tristeza al mirar a Barrios; inexplicable amargura de cosas aún no comprendidas, cuando paseaba mi observación de niño, ya de Isidorito al Chato y viceversa. Isidorito, que vestía bien; Isidorito, que decía una tontería y no le pegaban; Isidorito, estudiaba menos; Isidorito, que usaba reloj, y el Chato que llegaba al colegio antes que otro; el Chato, que aprendía la lección en un segundo; el Chato, que vivía en una carbonería; el Chato, que iba al colegio de balde; el Chato... que era muy infeliz...
He visto, después de muchos años, aquellos diplomas: el de Isidorito se ostentaba sobre el bufete de un abogado, su padre, encerrado en un marco desdorado, como si acusara una ironía del ayer comparado con el de hoy, denunciando el favoritismo de otra época y la imbecilidad actual, que es la cualidad notable de mi antiguo compañero de escuela. Alguien me dijo, no lo sé, que los premios del Chato iban al empeño; y ese Chato es un muchacho de traje hecho jirones, que estudia en libros prestados, vive en un suburbio, jamás falta a clases y parece prometer... Cuando tal me dicen, pienso en el pasado, porque no ignoro cuál es la vida del que no posee más que un libro y un mendrugo; lucha por elevarse del cieno en que vive, perseguido por esa amargura que se encarna en todos los enemigos de la pobreza; pero me consuela saber que de ese barro amasado con lágrimas, de esa lucha con el hambre, de esa humillación continua, de esa plebe infeliz y pisoteada surgen las testas coronadas de los sabios que, os lo juro, valen más que esos muñecos de porcelana, esos juguetes de tocador, que en la comedia humana se llaman Isidorito Cañas.

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