Autora: Montse Frias tema la novela picaresca. El lazarillo






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fecha de publicación06.06.2015
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Autora: Montse Frias



TEMA 5. LA NOVELA PICARESCA. EL LAZARILLO


Índice:
5.1. Rasgos esenciales de la novela picaresca

5.1.1. Relato autobiográfico: visión unilateral

5.1.2. Pintura satírica e irónica de los diversos estamentos sociales: carácter itinerante del relato.

5.1.3. Intención moralizante.

5.1.4. Carácter episódico.

5.1.5. Personalidad del pícaro.

5.2. Picaresca y sociedad

    1. EL LAZARILLO DE TORMES

5.3.1. Autoría

5.3.2. Fecha de composición

5.3.3. Fecha de impresión

5.3.4. Forma autobiográfica

5.3.5. Estructura

5.3.6. Realismo y folclore

      1. Sicología de Lázaro

5.3.8. Sicología del autor

5.3.9. Lengua y estilo

5.3.10. La sátira anticlerical

5.3.11. La difusión del Lazarillo

5.3.12. Continuaciones del Lazarillo

5.1. RASGOS ESENCIALES DE LA NOVELA PICARESCA: FORMA AUTOBIOGRÁFICA; VISIÓN DEL PÍCARO RESPECTO DE ALGUNOS ESTAMENTOS SOCIALES.
La publicación del Lazarillo de Tormes (1554) inicia uno de los géneros más representativos de la literatura del Siglo de Oro: la novela picaresca.

Entre esta y la siguiente, el Guzmán de Alfarache, media un lapso de medio siglo. Por encima de la personalidad de cada obra y de los autores, existen una serie de rasgos comunes que permiten hablar de la novela picaresca como algo genuinamente español. A continuación, analizamos los rasgos distintivos.
5.1.1. Relato autobiográfico: visión unilateral
El carácter autobiográfico de la novela picaresca es un hecho indiscutible. Siempre es el protagonista el que nos cuenta sus propias andanzas, ya sea directamente al lector o a una tercera persona. Aparece aquí la noción del antihéroe.

Alimentado de una serie de precedentes literarios y de unas determinadas condiciones sociológicas sale a la luz este personaje de los bajos fondos. Los ideales caballerescos del héroe incorruptible dejan paso a una visión completamente opuesta del mundo. El interés de la obra se va a centrar en torno a las más vulgares realidades de la vida cotidiana, en la lucha por la subsistencia en contra del hambre.

Al ser la obra de un solo protagonista, la visión unilateral del pícaro se nos impone desde el principio hasta el final. Nos ofrece su punto de vista. Los demás personajes quedan subordinados a esta perspectiva. Se nos presentan como “buenos” o “malos” en la medida en que hayan beneficiado o perjudicado al protagonista.

La autobiografía es como el objetivo de una cámara cinematográfica, que enmarca y determina el ángulo de visión. El enfoque manipula la realidad. Desde el primer momento sabemos quién está en posesión de la verdad.

Sin embargo, esta característica no es privativa de la novela picareca sino inherente al relato autobiográfico, al monólogo en definitiva.

Un elemento a tener en cuenta es que el pícaro relata su vida en un “momento determinado”, de forma que el estado que ha alcanzado al final de su trayectoria se proyecta sobre ella y nos ofrece los acontecimientos en función de una experiencia adquirida. El contenido de una novela picaresca es irreversible; todo lo que relata ha sucedido ya y, por tanto, no admite modificación alguna.
5.1.2. Pintura satírica e irónica de los diversos estamentos sociales: carácter itinerante del relato.
El pícaro aspira a vivir en libertad, prescindiendo de todo lujo superfluo, con la intención de trabajar lo menos posible y obtener lo indispensable para su sustento. Si embargo, se ve obligado a seguir algún oficio y elige el que se le antoja más idóneo para conservar su libertad: ponerse al servicio del primero que lo solicite.

Su condición de criado de seres pertenecientes a diversos estamentos sociales le permite penetrar en la intimidad de estos personajes, mostrándonos su mezquindad y bajeza. De esta forma el pícaro se venga de una sociedad que lo desprecia, mostrándola con toda su crudeza.

El pícaro se sirve de la caricatura como arma más poderosa para la burla. Los personajes que presenta son retratos vivientes de los diversos vicios.

El autor desconocido del Lazarillo da sus primeros toques a este género literario en que un mozalbete de baja extracción se enfrenta a una sociedad hostil con mirada crítica. En esta obra primeriza la intención satírica no ha adquirido toda su crudeza. Impera la ironía, no la amargura ni el resentimiento. Pero con el Guzmán de Alfarache lo que antes era ironía se transforma en sarcasmo.

El pícaro se da cuenta de que los males que le aquejan, a él y a la sociedad, no tienen remedio porque proceden de lo más alto. El pícaro descarga sus iras contra una serie de personajes, encargados de mantener el orden y velar por la justicia, que son los primeros en comprarse por codicia: alguaciles, corregidores, jueces, escribanos, procuradores.

Para esta visión crítica se usa el recurso de convertir al protagonista en mozo de muchos amos. El pícaro se encuentra solo, aislado de esa sociedad que pretende ignorarle. Este sentimiento de soledad y recelo desempeña un papel muy importante en su actitud frente a la sociedad.

El transcurso itinerante del pícaro le permite ponerse en contacto con un número de experiencias más elevado que el que podría obtener en una existencia sedentaria.

Como centro de atracción del mísero caminante se alza la visión de la corte, con su espejismo de riquezas, de lujos y placeres. Lo cierto es que está poblada de individuos absurdos que ocultan la más absoluta banalidad, haciendo del engaño un oficio.

Además de su ensañamiento con la Justicia y sus ministros, también hay que destacar la actitud del pícaro respecto a los curas y los médicos. En el caso de la iglesia hay un comedimiento quizá debido a la presencia de la Inquisición (no hay que olvidar que el Lazarillo fue censurado). En novelas posteriores, el pícaro expresa su elogio hacia los representantes del clero. Así, la sátira antieclesiástica de la picaresca es suave y carente de mala intención.

En cambio, los médicos se convierten en el blanco común de todos los autores. Los cargos contra ellos son: ignorancia, afán de lucro, ridícula pedantería.
5.1.3. Intención moralizante
El factor moralizante, que existe en todas estas obras, en algunas de ellas alcanza tal predominio que lleva a pensar si la narración no será más que un simple pretexto.

La simple autobiografía del pícaro, sin comentario alguno, ya nos ofrece una importante lección. Sólo el juego con un doble plano: pecador arrepentido narra la vida del pecador antes del arrepentimiento, permite salvar la contradicción que existe entre lo que el pícaro dice en sus digresiones y lo que vemos que va haciendo. Este cambio de actitud final, en que el pícaro se retracta de sus acciones pasadas, es esencial para la intención moralizante.

Por otro lado, la lección de desengaño que el pícaro va extrayendo de la vida forma parte de este mismo proceso. Descubre constantemente la diferencia que existe entre la apariencia engañosa y la auténtica realidad.

Además de esta enseñanza implícita existe otra explícita a base de digresiones, en las que el autor da rienda suelta a su pensamiento sobre las distintas materias que afectan al ser humano. Nos habla como si estuviera en posesión absoluta de la verdad, sin temor a equivocarse.

El Lazarillo por ejemplo, carece de esta última fase que se ha apuntado; prescinde por completo de las digresiones y de las anécdotas. La lección que da reside únicamente en la pura autobiografía, en sus experiencias personales.

En el Guzmán, en cambio, lo didáctico y lo moralizante predominan sobre los elementos narrativos, ya que los discursos y digresiones son esenciales al estilo del autor.

Después del Guzmán perdura el afán moralizante, pero sin alcanzar la densidad de esta obra.

Valbuena Prat hace una clasificación de la novela picaresca en tres grupos distintos:


  • El primer grupo está constituido por aquellas novelas (Lazarillo) exentas de sermones morales, aunque se extrae una lección de desengaño. Pertenecen, además de la mencionada, el Buscón, La hija de la Celestina, Vida y hechos de Estebanillo González, Vida de don Gregorio Guadaña.

  • El segundo grupo logra una perfecta fusión de ética y picaresca. Pertenece el Guzmán, El donado hablador, aquí los elementos doctrinales dominan sobre los picarescos.

  • El tercer grupo está formado por obra donde lo moral y lo picaresco están mezclados. Como ejemplo, está La pícara Justina, en que la doctrina se presenta en los “aprovechamientos”, al final de cada capítulo, amén de las sentencias en boca de la protagonista. También pertenece Marcos de Obregón.


Hay que preguntarse a qué se debe la presencia en la picaresca del elemento moralizante. Algunos autores afirman que la Iglesia tuvo mucho que ver en el florecimiento de la picaresca. Parker afirma que surge como resultado de la animadversión que los hombres de la Iglesia sienten hacia las novelas pastoriles y de caballerías (esto se refiere al período iniciado por Guzmán de Alfarache).

Herrero García apunta el hecho de que la mayor parte de los autores de la picaresca había escrito también obras de carácter religioso.

Era imprescindible contrarrestar las malas enseñanzas, añadiendo sermones y disquisiciones que las convirtieran en provechosas y posibilitaran la moralidad a contrario.
5.1.4. Carácter episódico
El protagonismo del pícaro es total y absoluto, no sólo porque nos imponga su criterio, sino además porque su figura es lo único que da coherencia a la obra. El pícaro está siempre presente.

La sucesión de episodios convierte a la novela picaresca en una estructura abierta. Son obras que pueden prolongarse o acortarse a voluntad; siempre es posible intercalar una nueva aventura o suprimirla.

Todos los datos que debamos conocer para comprender mejor la novela irán referidos exclusivamente a la figura del protagonista, ya que es la única que ofrece continuidad.
5.1.5. Personalidad del pícaro
Valbuena Prat ofrece dos retratos muy expresivos del pícaro:


  • El primero responde a la del pícaro por excelencia, lanzado por la pendiente de la mala vida, cuando ya ha abierto los ojos ante el engaño del mundo y está dispuesto a sobrevivir como fuere. Esta evolución se ve en Guzmán de Alfarache.

  • El segundo es la comparación del pícaro con el zorro del Roman de Renart, siempre en guardia con sus astucias e ingenio que constituyen un factor muy importante de su personalidad, gracias al cual puede sobrevivir a pesar de las circunstancias adversas. El Lazarillo sería un ejemplo.


Otro aspecto a considerar es el de la honra, que se refleja vista desde diferentes puntos de vista. Desde el punto de vista de la honra como derecho al respeto de sus semejantes, el pícaro es consciente de que la dignidad humana es un bien inalienable, de origen divino. Se establece un contraste entre el pícaro-protagonista y el pícaro-narrador, que defiende la sociedad estamental. El propio autor se debate entre la idea de que el hombre no merece nada (pícaro-narrador) y la de que lo merece todo (pícaro-protagonista). El autor proyecta sobre ellos sus deseos y sus frustraciones aceptadas .Desde la honra como apariencia y vanidad, el ser considerado como un señor, al pícaro le importa poco. Se ríe de la honra mundana, algo claro en el episodio del escudero en el Lazarillo; se burla de los hidalgos, pero lo cierto es que desearía ser uno de ellos. No cree en esa honra, pero le hace falta para vivir.
Otro aspecto es el de la ascendencia familiar. Es víctima inocente de unos pecados que él no ha cometido. Sus padres son pobres o han tenido una conducta deshonesta. Esta deshonra la arrastran los hijos durante toda su vida. El hecho de que el pícaro cuente sus antecedentes familiares es para justificarse; es un proceso de autojusitficación del pecador arrepentido (Bataillon).

Así, la conducta del pícaro está prefijada desde antes de su nacimiento. No obstante, Parker deja bien asentada la no criminalidad del pícaro. En la novela picaresca reina el fraude y el engaño, la treta ingeniosa y la burla, pero no la violencia. A este respecto hay que tener en cuenta la adecuación de la picaresca al espíritu de la Contrarreforma y la fiscalización de la Iglesia, además de la convención literaria. Ésta exige que los asuntos realistas que giran en torno a personajes de baja estofa sean cómicos.

González Palencia apunta que la joya más preciada para el pícaro es la libertad, gracias a la cual, a pesar de los sinsabores de su vida, llega a sentirse feliz en algunas ocasiones. Otro aspecto es el de que suelen ser misóginos o, al menos, miran con frialdad las relaciones eróticas. Entre los placeres de que disfruta el pícaro no entra el sexo sino la comida y la bebida por encima de todo.

En cuando a su aspecto físico, no existe en él deformidad ni fealdad, a lo sumo excesiva flaqueza. Lo único que le caracteriza es su aspecto andrajoso y sucio.

5.2. PICARESCA Y SOCIEDAD
Siempre se ha considerado la novela picaresca como un documento social que refleja fielmente el mundo de la época.

Junto a la cara brillante de la España Imperial había otra mucho más sórdida: la del elevado número de menesterosos que acudían a las grandes ciudades en busca de algún medio de vida.

Félix Brun ha hecho un estudio sobre la sociología de la novela picaresca, cuyas tesis se pueden resumir así:


  1. La novela picaresca es una toma de conciencia de la desintegración del mundo feudal en España.

  2. La miseria, que es un reflejo de las crisis sociales, no es más que un pretexto de la picaresca. El personaje más importante es el hidalgo arruinado y no el campesino que tiene que abandonar el campo o el aventurero desocupado. A mediados del s. XVI, en el Lazarillo, el hidalgo todavía conserva, aunque arruinado, un resto de dignidad. Ya en el s. XVII, en el Buscón, el hidalgo es víctima de la parodia: ha perdido su dignidad humana para convertirse en un fantoche.

  3. La relación entre la novela de caballerías y la picaresca es la de tesis y antítesis. Ésta última es esencialmente negativa, destructiva y reproduce la estructura de aquélla. Ni el héroe ni el antihéroe tienen una misión social concreta sino que andan en busca de aventuras. La síntesis de estos dos mundos habría que buscarla en Cervantes.


5.3. EL LAZARILLO DE TORMES



5.3.1. Autoría
Se han hecho especulaciones pero falta una prueba definitiva.

En 1605 Fray José de Siguenza en su Historia de la orden de San Jerónimo lo atribuye a Fray Juan de Ortega, general de esta orden entre 1552 y 1555. A. Blecua pone en tela de jucio la atribución; en cambio Bataillon se lamenta de que no se ha dedicado a este testimonio la atención debida. Concluye que no es imposible que escribiera una obra anticlerical, antes o después de ingresar en la orden, ya que en el ambiente de los monjes reformados e instruidos la crítica contra los clérigos de vida disoluta y exentos de caridad, era muy libre.

En 1607 el belga Valerio Andrés Taxandro en su Catalogus clarorum Hispaniae Scriptorum y en 1608 el jesuita, Andrés Schott en Hisapaniae Bibliotheca lo atribuyen a Diego Hurtado de Mendoza. Esta hipótesis fue la que más prosperó. Alberto Blecua concluye que no es viable, porque surgió tardíamente sin prueba ninguna y por que extraña el silencio del editor de las poesías de Mendoza en 1610 y de su biógrafo.

Rico califica de “harto inverosímil” la atribución propuesta por Fonger de Haan a favor de Lope de Rueda. Bataillon apunta que, de admitirlo, no podríamos explicar el anonimato.

Arturo Marasso insinúa la vaga posibilidad de que su autor fuera el docto humanista Pedro de Rúa.

José Mª Asensio, al publicar en 1867 la Representación de la historia evangélica del capítulo nono de Sant Juan de Sebastián de Horozco, observa la semejanza que existe entre una aventura del Lazarillo y las de un personaje de igual nombre y también mozo de ciego que aparece en el Cancionero de Horozco. Este argumento presenta dos graves problemas: ambos autores pueden basarse en una fuente folclórica anterior y, además, no se conoce la fecha de edición del Cancionero, porque lo que incluso podría ser posterior.

Manuel J. Asensio la ha atribuido a Juan de Valdés. Es tópico designar al Lazarillo como modelo del estilo preconizado por Valdés en el Diálogo de la lengua.

Más recientemente Rumeau la ha atribuido al humanista Hernán Núñez de Toledo, el Comendador griego. Se apoya en algunas coincidencias entre el prólogo de nuestra novela y la glosa del toledano a las Trescientas de Juan de Mena. El propio Rumeau reconoce la imposibilidad de concluir nada definitivo.
5.3.2. Fecha de composición
Son dos básicamente los datos de que disponemos. Se nos dice que el padre del protagonista muere en la expedición de los Gelves, cuando él tiene ocho años; más tarde, cuando ya está casado, se habla de las cortes celebradas en Toledo. El problema está en que hubo dos expediciones: una en 1510 y otra en 1520; asimismo se celebraron dos sesiones de cortes: en 1525 y en 1538-39.

Bataillon concluye que se trata de la expedición de 1520 y de las cortes de 1538-39. El libro se escribiría a partir de esta fecha. Por otra parte, el ambiente social que refleja es el de la década de 1540-1550, cuando el ayuntamiento de Toledo decide expulsar a los mendigos forasteros, hecho que recoge el Lazarillo.

Aunque en esto no existe unanimidad. Manuel J. Asensio, J. Caso González se inclinan por la datación más temprana. Márquez Villanueva y Rico por la tardía. A. Blecua se inclina por los años más próximos a la impresión.
5.3.3. Fecha de impresión
Se conocen tres primeras ediciones de 1554. En 1555 aparece una nueva edición. Las tres de 1554 presentan muchas variantes entre sí. Se ha podido observar que exisitía una edición anterior perdida, X, de la que derivaría una de las tres ediciones, de Burgos, y otra, igualmente perdida, Y, de la que derivarían las otras dos, de Amberes y Alcalá. Estas dos perdidas datan de 1553 ó 1552.

5.3.4. Forma autobiográfica
Ya en el prólogo se nos anuncia que se trata de un relato autobiográfico. Toda la acción es retrospectiva y conduce a la explicación del “caso” de cuyos detalles quiere enterarse la persona desconocida a la que dirige Lázaro su carta.

Son muchos los autores que se han dedicado a indagar los posibles antecedentes del relato autobiográfico. Entre los muchos señalados, cabe detacar El asno de oro de Apuleyo, así como el Spill de Jaume Roig.

Mayor semejanza existe entre el Lazarillo y las llamadas “cartas de redacción” que dan cuenta de los hechos acaecidos como las de Colón o Hernán Cortés; tienen en común la forma epistolar y la autobiografía.

Lázaro Carreter ha analizado un tipo de cartas frecuente en el Renacimiento; las cartas-coloquio, de tono desenfadado y llenas de dichos ingeniosos, en las que se relata también un “caso” personal real o fingido. Aunque la obra en cuestión es más que esto, pero pudo inspirarse.

Rico concluye que el motivo de usar esta forma por parte del autor es que hasta el momento la prosa narrativa no había dedicado su atención a personajes insignificantes, de baja calidad. La carta autobiográfica era una forma literaria que le permitía abordar el relato de una vida carente de brillo.

Evidentemente, el uso de la ficción autobiográfica no implica que el autor nos esté narrando su propia vida, como es natural.

5.3.5. Estructura
Toda la estructura de la obra está supeditada al famoso “caso” que se nos anuncia en el prólogo. Al hilo del relato Lázaro va haciendo referencias a su status presente, de donde resulta que todo lo que nos cuenta conduce a un mismo punto: seguir la trayectoria que le lleva desde una situación humilde y vergonzosa a lo que él llama “la cumbre de toda buena fortuna”.

Rico subraya el triple papel estructural de las apelaciones al destinatario: precisar el carácter epistolar de la obra, proyectar sobre el protagonista del caso fragmentos de su vida pasada y reforzar la sensación de historicidad y verosimilitud.

Dentro de la estructuración del libro en capítulos salta a la vista la desproporción que hay entre unos y otros. La mayor parte de la obra recoge las aventuras que Lázaro vive entre los doce y los catorce años. Reconstruye aquellos hechos capitales que consituyen el fundamento de su persona y la justificación de su trayectoria vital.

Los tres primeros capítulos son mucho más extensos y se detienen en todo tipo de detalles. Los capítulos IV y VI contrastan con los anteriores por su brevedad, esquematismo y ausencia de detalles. Como elemento intermedio está el capítulo V, el del buldero, en el que el Lazarillo deja de ser protagonista para convertirse en narrador de las escenas que contempla.

En los tres primeros capítulos tienen una estructura bien trabada que se refleja en ciertas simetrías y en un evidente proceso climático. Cada uno de sus amos es más avaro que el anterior. El colmo de su desventura viene en el III porque no sólo no recibe dinero de su amo sino que tiene que pedir limosna por él; la única diferencia es que el hidalgo logra despertar la simpatía de Lázaro.

Otra progresión es que en el primer capítulo Lázaro abandona a su amo; en el segundo, éste lo despide y en el tercero es el amo quien le abandona a él.

A partir de aquí se pierde la unidad. El tiempo progresa de una forma más rápida. En el sexto capítulo, pasan varios años de su vida hasta el momento en que escribe la carta.

Lázaro Carreter llega a la conclusión de que la gradación de los primeros capítulos es característica del cuento tradicional. En el resto, ya no importan las relaciones entre una y otra aventura. En realidad su proceso de aprendizaje se ha consumado ya y su personalidad está formada.



      1. Realismo y folclore


Bataillon no vacila en excluir toda interpretación “ingenuamente realista” ya que el autor se sirve constantemente de material folclórico. Incluso los personajes que pasan por ser prototipos de una clase significativa de la sociedad española, como por ejemplo el hidalgo, se apoyan en una tradición popular.

No cabe duda de que, aunque el autor tome elementos del folclore, la elaboración artística es suya.

Cabría discutir hasta qué punto esas aportaciones folclóricas obstaculizan el realismo de la novela. A. Blecua cree que los personajes de la obra pertenecen a la realidad española del momento pero están vistos a través del tamiz de la tradición que traza figuras esquemáticas y caricaturescas.

Nos encontramos ante un tipo de novela realista que no se ajusta a los postulados del realismo decimonónico y que sólo puede ser considerada como tal en la medida en que se contrapone a los géneros no realistas. Lo que sí hace es situar al protagonista en u marco real y dotar al relato de tal coherencia y verosimilitud que parece la reconstrucción de una historia vivida.



      1. Sicología de Lázaro


A lo largo de la obra asistimos al proceso de adaptación y aprendizaje del protagonista. Un hito clave en su formación es su estancia con el ciego; el golpe contra la cabeza del toro hace que Lázaro despierte de su inocencia infantil. Lázaro irá aguzando su ingenio y discurriendo las tretas necesarias para poder subsistir.

Lázaro, como todos los pícaros, aspira al ascenso social y a salir de la situación en que se encuentra, aunque sólo sea satisfaciendo las necesidades elementales.

A Lázaro no le interesan las apariencias mundanas. Prescinde de la honra como apariencia ante la galería pero sí le interesa el honor como posibilidad de actuación. Cuenta su vida para justificar su situación.

No se puede decir que haya un fuerte cambio de personalidad en la actitud final de Lázaro.



      1. Sicología del autor


El autor plantea un quid pro quo que deja en ridículo al personaje ante el lector ya que dice que está en la cumbre de la fortuna cuando se ve deshonrado por su mujer y tiene uno de los oficios menos brillantes de la escala social.

La pretensión del autor es ambigua y depende de quien fuera y de su situación personal.

Pudiera ser cristiano viejo que desde su status social se riera del que intenta escalar, al describir como un éxito lo que en realidad es una deshonra.

Por el contrario, pudiera ser un cristiano nuevo. Esta hipótesis es muy posible ya que el planteamiento de la novela es tan crítico que resulta más propio de una actitud de oposición que del mantenimiento de un status.
En definitiva, es una obra sutilmente ambigua y no se pueden sacar conclusiones. Posiblemente sea a un tiempo un desplante a la sociedad y una ironía respecto al personaje que preconiza una nueva forma de vida.



      1. Lengua y estilo


El Lazarillo es un prodigio de equilibrio entre un lenguaje coloquial y un cierto artificio que se manifiesta en determinados giros.

Teniendo en cuenta que es el propio Lázaro quien nos habla de sus aventuras y desventuras, difícilmente podemos creer que fuera acertado emplear un lenguaje refinado y elegante.

Todo hace pensar que el autor era una persona relativamente culta, al menos esto parece desprenderse de algunas alusiones a las Sagradas Escrituras, a Plinio, a Cicerón, a Ovidio. Quede bien claro que la erudición jamás traspasa los límites de lo conveniente.

La lengua imita el habla cotidiana de las gentes de su clase. No es raro encontrar cacofonías, tan habituales en el lenguaje coloquial (cap.I). Usa la lengua que habla el vulgo, pero discreta y digna, sin caer en palabras malsonantes. Está plagado de locuciones de corte popular y de refranes.

Por lo que se refiere a la trabazón sintáctica, presenta todos los descuidos propios del lenguaje coloquial, con gran abundancia de anacolutos.

Rico analiza algunos de los recursos más habituales en la obra. Se utiliza con frecuencia el polisíndeton, las construcciones gerundivas, de participio y de infinitivo, nominales o preposicionales, zeugmas, varios casos de paranomasia, políptoton, aliteración e hipérbaton y juegos de palabras ingeniosos.



      1. La sátira anticlerical


A la cuestión de una ideología erasmista en el Lazarillo se cuenta con el voto en contra de una autoridad en la materia: Marcel Bataillon, que insiste que se debe interpretar como un libro de burlas.

Sin embargo, hay quien encuentra matices erasmistas. Los rasgos que más suelen vincularse con el erasmismo son dos: la burla que deja traslucir en el episodio del buldero hacia la devoción lacrimógena, de carácter peyorativo. El otro es la frecuente alusión a la falta de caridad que se advierte precisamente en aquéllos que más debieran cultivarla; es éste uno de los campos de batalla del erasmismo.

Cinco son los personajes a través de los cuales se encauza la sátira antieclesiástica que hace acto de presencia en todo el libro. El clérigo avaro, que se convierte en una especie de caricatura y se encuentra en el bloque más interesante del libro; el fraile de la Merced y el capellán, que son unas sombras que sirven para insistir una vez más en los defectos del clero; el arcipreste de San Salvador, que es una especie de punto y aparte y que es el responsable de la deshonra final de Lázaro.3

Y el buldero, farsante que, movido por el afán de lucro, no vacila en defraudar la buena fe de las gentes sencillas, vendiéndoles bulas a costa de los mayores embelecos; llega incluso a fingir un milagro.

Un elemento que llama la atención es la presencia de algunas alusiones irreverentes al sacramento de la Eucaristía.

De cualquier modo, todo parece indicar que el tema religioso no surge al azar sino con la intención de ahondar en él y dar pie a la sátira.



      1. La difusión del Lazarillo


Algunos autores (Cejador) manifiestan que el Lazarillo fue un libro muy popular, leído por personas de la más diversa condición social y cultural. Sin embargo, otros desmienten esta información basándose en la distancia en años entre las impresiones de 1555 y 1573. Otros (Rico) afirman que fue popular en la España de Felipe II. Cree que la inclusión en el Índice de libros prohibidos de 1599 tenía que dificultar su impresión. A pesar de todo la obra circulaba en copias manuscritas y pliegos sueltos.

Chevalier profundiza en el aspecto sociológico del fenómeno. Considera que ni los cortesanos y caballeros, ni las personas instruidas supieron apreciar esta obrita, en la que veían un relato divertido.

Pero si entró a formar parte de la tradición popular fue porque circuló por vía oral. Su difusión fue tan grande como el influjo que ejerció en las letras españolas. Lázaro Carreter ya ha señalado que es el preludio de la creación del Quijote.



      1. Continuaciones del Lazarillo


En 1555 aparece en Amberes, como obra anónima, la Segunda parte de Lazarillo de Tormes, con mayor extensión de la primera. No tiene ninguna relación con el Lazarillo ni con lo que luego será la novela picaresca. Lázaro toma parte en la expedición organizada en 1541 por Carlos V contra Argel. Su galera naufraga y desciende al fondo del mar; en una cueva submarina es transformado en atún. Es sugestiva la comparación de la estructura social de los atunes con la humana, pero el autor carece del ingenio suficiente y no sabe imprimir al relato la gracia que era de esperar. Lázaro se casa y tiene hijos. Más tarde cae en las redes de unos pescadores y al llegar a tierra recobra su primitivo aspecto. En los dos episodios finales va a Sevilla y a Toledo, con lo que se recupera en alguna medida el ambiente de la primera parte. Termina la obra con su presencia en la universidad de Salamanca, donde tiene que contestar a todas las preguntas que le hace el rector. Esta técnica de preguntas y respuestas tiene una larga tradición en Europa. Lo lamentable del caso es que el autor no sabe aprovechar bien un recurso tan sugestivo y las preguntas y respuestas muestran una evidente falta de ingenio. La obra, carente de verosimilitud, entra dentro del género lucianesco (Asno de Oro), en el momento en que éste alcanza su apogeo. La obra fue acogida con la mayor frialdad.

Juan de Luna publica en 1620 su Segunda parte de Lazarillo de Tormes, con el deseo de contradecir las mentiras que se narran en el mencionado. Esta continuación es más interesante y está más acorde con el género picaresco.

Otras continuaciones serían: Lazarillo de Manzanares (1617), de Juan Cortés de Tolosa, más cerca de Quevedo y su Buscón.

Otras obras curiosas del mismo tema y/o nombre: The life and death of young Lazarillo (1688), en Londres; el Lazarillo de Badalona (1742), escrito en verso, siendo una guía de la ciudad que le da nombre; Lazarillo de ciegos caminantes (1773), de Calixto Bustamante Carlos, Concolorcovo, que es una descripicón de los itinerarios de Buenos Aires a Lima; el Lazarillo del Duero (1898), de Joaquín del Barco, en verso; el Lazarillo español (1911) y las Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944) de Camilo José Cela.

BIBLIOGRAFIA:
Pedraza Jiménez, Felipe B. y Milagros Rodríguez Cáceres: Manual de literatura española. Tafalla, Cénlit. Tomo II

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