Espiritualidad misionera según la encilica "redemptoris missio"






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ESPIRITUALIDAD MISIONERA SEGÚN LA ENCILICA "REDEMPTORIS MISSIO"

CON REFERENCIA A LA DIMENSIÓN MISIONERA GUADALUPANA
(Mérida, Simposio previo al Congreso Nacional Misionero, 2005)
Juan Esquerda Bifet
Presentación
1. La espiritualidad misionera en el contexto de la encíclica "Redemptoris Missio"
2. Los contenidos de la espiritualidad misionera según la encíclica
3. La actualidad de la espiritualidad misionera a partir de la encíclica
4. Relectura del "hecho guadalupano" a la luz de figuras misioneras mexicanas, como estimulante de la espiritualidad mariana y misionera descrita en "Redemptoris Missio". Una invitación.
* * *
Presentación:
La encíclica Redemptoris Missio podría ser considerada como la herencia misionera de Juan Pablo II. Esta hermosa y rica herencia tiene una marcada dimensión espiritual, en el sentido de que la misión arranca de un encuentro con Cristo y se realiza invitando a todos a este mismo encuentro de fe. El "carisma" misionero del Papa Wojtyla podría concretarse en esta dinámica contemplativa y evangelizadora: del encuentro a la misión.
NOTA: He estudiado esta dinámica en los documentos principales de Juan Pablo II: El carisma misionero de Juan Pablo II: De la experiencia de encuentro con Cristo a la misión: Osservatore Romano (esp.), 17.7.2001, pp.8-11 (recoge datos abundantes de los documentos del Santo Padre sobre su dinámica contemplativa y misionera).
El magisterio de Juan Pablo II fue eminentemente misionero. Desde su primera encíclica (Redemptor Hominis, 1979), indicó la dimensión sin fronteras de la misión. La Iglesia, con su "dinamismo misionero", tiene "conciencia de apertura universal" (RH 4) y se encuentra siempre "en estado de misión" (RH 20). Pero esta llamada era especialmente una invitación el encuentro con Cristo.
En efecto, anunciar a Cristo equivale a presentarlo como "el centro del cosmos y de la historia" (RH 1). Por esto, la única respuesta a las numerosas preguntas que pueden surgir ante las situaciones actuales, es la de mirar a Cristo desde la óptica de un encuentro personal con él: "A él nosotros queremos mirar, porque sólo en él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68)" (RH 7).
En realidad, es el mismo Cristo quien, como en el evangelio, "sale al encuentro del hombre de cada época" (RH 12). Los signos que él ha dejado en su Iglesia, como en el caso del sacramento de la reconciliación, suscitan "un encuentro más personal del hombre con Cristo crucificado que perdona" (RH 20).
La exhortación apostólica Ecclesia in America, acentúa esta misma dinámica al afirmar que "el encuentro con Cristo lleva a evangelizar" (EAm 68). En su último mensaje misionero, con el título de "Misión, pan partido para la vida del mundo" (Domund 2005, firmado en enero 2005), Juan Pablo II afirma: "La Comunidad eclesial, cuando celebra la Eucaristía, de manera especial el domingo, día del Señor, experimenta a la luz de la fe, el valor del encuentro con Cristo resucitado, y adquiere cada vez más conciencia de que el Sacrificio eucarístico es «para todos» (Mt 26, 28)".
En la exhortación Mane nobiscum Domine, como programa para el año eucarístico internacional, Juan Pablo II invitaba a llegar a una experiencia de encuentro con Cristo resucitado, como fuente del espíritu misionero: "Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio" (MD 24).
Esta actitud relacional con Cristo predomina en toda la encíclica Redemptoris Missio, especialmente en el capítulo final, cuando presenta una síntesis orgánica de la "espiritualidad misionera". Bastaría recordar este pequeño fragmento, que, para mí, ha sido el más entusiasmante y esclarecedor: "Precisamente porque es «enviado», el misionero experimenta la presencia consoladora de Cristo, que lo acompaña en todo momento de su vida. «No tengas miedo... porque yo estoy contigo» (Act 18, 9-10). Cristo lo espera en el corazón de cada hombre" (RMi 88).
Ahora bien, en la encíclica que nos ocupa, ¿cuál es el contexto en el que se presenta la espiritualidad misionera? ¿cuáles son sus contenidos? ¿cuál es su actualidad? ¿qué implicaciones misioneras puede tener para México tomando como punto de referencia la Virgen de Guadalupe? Este es el tema que se me confiado para el presente simposio.1

1. LA ESPIRITUALIDAD MISIONERA EN EL CONTEXTO INTERNO DE LA ENCÍCLICA "REDEMPTORIS MISSIO"
La encíclica Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990) recoge la herencia del concilio a los veinticinco años de su celebración (y a los quince años de Evangelii Nuntiandi de Pablo VI). Propiamente es la primera encíclica directamente "misionera" del postconcilio, en cuanto que aborda directamente la evangelización "ad gentes" en continuidad con las encíclicas misionales anteriores y con el decreto misionero del concilio Vaticano II. Invita con urgencia a asumir la propia responsabilidad misionera en las circunstancias actuales.
En los tres primeros capítulos, la encíclica aclara conceptos teológicos que, de no ser entendidos adecuadamente, podrían "debilitar el impulso misionero" (RMi 2): Cristo, único Salvador (I), el Reino de Dios (II), la acción del Espíritu Santo (III). Los capítulos siguientes describen las nuevas situaciones de la misión (IV), los caminos de la evangelización (V), los agentes y responsables (VI), la cooperación concreta (VII), la espiritualidad misionera (VIII).
Se aclaran, pues, algunos conceptos actuales de gran repercusión en el campo misionero y misionológico: la salvación (Cristo único Salvador), la naturaleza misionera de la Iglesia (también de la Iglesia particular), la inculturación, los valores evangélicos, el diálogo, el progreso, el desarrollo, la vocación, formación y cooperación, la espiritualidad misionera, etc. Resalta la presentación de los misión "ad gentes" en relación con los tres "ámbitos" o posibilidades (geográfica, sociológica, cultural), así como la importancia de presentar hoy la experiencia peculiar de la contemplación cristiana.
La encíclica ha respondido principalmente a cuatro preocupaciones teológicas actuales, aclarando conceptos y contenidos: la salvación en Cristo, la presencia del Logos en el mundo, el Reino y la acción del Espíritu Santo en las culturas y religiones. "La Iglesia tiene un inmenso patrimonio espiritual para ofrecer a la humanidad: en Cristo, que se proclama «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6)" (RMi 38).
Ahora bien, si comenzamos la lectura de la encíclica, a partir de las afirmaciones finales contenidas en el capítulo sobre la espiritualidad misionera, nos encontramos con una clave que, es, al mismo tiempo, cristológica, pneumatológica, mariana y eclesiológica: "Toda la Iglesia es invitada a vivir más profundamente el misterio de Cristo", reuniéndose en Cenáculo "con María y como María", para recibir nuevas gracias del Espíritu Santo y poder responder a los grandes desafíos de la evangelización actual (RMi 92). Ello es debido a que "la actividad misionera exige una espiritualidad específica, que concierne particularmente a quienes Dios ha llamado a ser misioneros" (RMi 87).
Desde las primeras palabras, esta nueva encíclica misionera hace una llamada a una vida espiritual fuerte por parte de los apóstoles y de toda la comunidad eclesial, para poder presentar ante el mundo el testimonio de las Bienaventuranzas y la propia experiencia de Dios (RMi 1, 3, 11, 42, 87-91). Este es el nuevo "areópago que hay que evangelizar" (RMi 38), como el desafío mayor que se presenta en el campo de la evangelización.
La encíclica presenta la misión como anuncio y comunicación de una vida nueva en Cristo. La acción evangelizadora va unida a la vivencia comprometida: "La misión es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros... He aquí por qué la misión, además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros" (RMi 11).
En esta perspectiva, se comprende que "la venida del Espíritu Santo convierte (a los apóstoles) en testigos o profetas (cfr. Act 1, 8; 2, 17-18), infundiéndoles una serena audacia que les impulsa a transmitir a los demás su experiencia de Jesús y la esperanza que los anima" (RMi 24). La acción misionera se concreta, pues, en una actitud profunda de experiencia de encuentro con Cristo en sí mismo, que pasa a ser encuentro con él en los hermanos, en la creación y en la historia.
Si es verdad que el tema "espiritualidad misionera" ocupa el último capítulo de la encíclica "Redemptoris Missio", no obstante, se puede considerar como el hilo conductor de toda la encíclica. En efecto, si la actividad misionera tiene como "único fin servir al hombre, revelándole el amor de Dios que se ha manifestado en Jesucristo" (RMi 2), esa actividad no será posible mientras esta "novedad de vida, traída por Cristo" no sea "vivida por sus discípulos" (RMi 7). Ello es debido a que "el hombre contemporáneo cree más en los testigos que en los maestros... el testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de misión" (RMi 42).
Por esto, Juan Pablo II podía afirmar como conclusión y con un tono fuertemente esperanzador: "Nunca como hoy la Iglesia ha tenido la oportunidad de hacer llegar el Evangelio, con el testimonio y la palabra, a todos los hombres y a todos los pueblos. Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo" (RMi 92).
Así se puede comprender mejor, por qué uno de los textos conciliares más citados por Juan Pablo II, es el n. 22 de la Constitución conciliar "Gaudium et Spes", sobre la Iglesia y el mundo actual. El hombre sólo puede descifrar el sentido de su vida en relación con Cristo: "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado". Sólo Cristo "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación". El encuentro del hombre con Cristo se fundamenta y se hace posible en la realidad de la Encarnación: "El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (GS 22).2

2. LOS CONTENIDOS DE LA ESPIRITUALIDAD MISIONERA SEGÚN LA ENCÍCLICA
La encíclica se mueve en diversas dimensiones estrechamente relacionadas: trinitaria, cristológica, pneumatológica, eclesiológica, antropológica, sociológica, pastoral y espiritual. El dimensión "espiritual" significa la vivencia, a modo de "vida según el Espíritu" (cfr. Gal 5,25), de la misma misión en todas sus otras dimensiones. La misión se debe, se puede y se quiere vivir, en sintonía con Cristo, es decir, vivir lo que uno es ("apóstol", "misionero")) y lo que uno hace ("misión", "evangelización"). Es, pues, relación personal con Cristo, imitación, prolongación, transformación propia, vivencia, disponibilidad, generosidad...3
El decreto conciliar Ad Gentes describe las virtudes del misionero (AG 23-24) e insta a adquirir una formación espiritual (AG 25). Invita a vivir una "vida realmente evangélica", expresada en fidelidad generosa a la llamada, de suerte que los apóstoles sean coherentes con las exigencias de la misión. Por esto "han de renovar su espíritu constantemente" (AG 24) y adquirir "una especial formación espiritual y moral" (AG 25). Imbuido de esta "vida espiritual", el misionero hará posible que "la vida de Jesús obre en aquellos a los que es enviado" (AG 25).
Evangelii Nuntiandi presenta un conjunto de "actitudes interiores" del apóstol (EN 74-80): fidelidad a la vocación (EN 74), fidelidad al Espíritu Santo (EN 75), autenticidad y testimonio (EN 76), unidad y fraternidad (EN 77), servicio de la verdad (EN 78), caridad apostólica (EN 79-80).
La primera afirmación del capítulo VIII de la encíclica Redemptoris Missio es precisamente sobre la existencia de la espiritualidad misionera como "espiritualidad específica": "La actividad misionera exige una espiritualidad específica, que concierne particularmente a quienes Dios ha llamado a ser misioneros" (RMi 87).4
En la espiritualidad misionera, tal como se describe en el capítulo VIII de la encíclica Redemptoris Missio, destaca la "plena docilidad al Espíritu" (RMi 87), "la comunión íntima con Cristo" (RMi 88), la "caridad apostólica" concretada en "amor a la Iglesia" (RMi 89). De ahí se deduce que "la llamada a la misión deriva, de por sí, de la llamada a la santidad" (RMi 90). La consecuencia es clara: "anunciar a Cristo de modo creíble" (RMi 91) "exige una espiritualidad específica" (RMi 87).
La espiritualidad misionera se puede resumir como vida de santidad en relación a la misión: "La llamada a la misión deriva, de por sí, de la llamada a la santidad... La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión... La espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la santidad. El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos" (RMi 90).
Los contenidos de la espiritualidad misionera, tal como queda descrita en el último capítulo de la encíclica Redemptoris Missio, se puede sintetizar clasificándola según diversas dimensiones. En pocas palabras se podría decir que, puesto que en Cristo se manifiesta el designio salvífico de Dios Amor uno y trino, la espiritualidad misionera equivale a la actitud misionera del mismo Cristo, el Hijo de Dios hecho nuestro Salvador.
Siguiendo los numerales del cap.VIII de la encíclica, podemos hablar de dimensión cristológica, pneumatológica, eclesiológica, pastoral, antropológica, contemplativa y mariana.
La dimensión cristológica de la espiritualidad misionera es también vivencia, con Cristo, de la dimensión teológica y trinitaria. Se concreta en la relación personal con él, imitación y seguimiento: "Nota esencial de la espiritualidad misionera es la comunión íntima con Cristo: no se puede comprender y vivir la misión, si no es con referencia a Cristo, en cuanto enviado a evangelizar" (RMi 88). El sufrimiento de la humanidad y del mismo apóstol se ilumina con la cruz del Señor: "La misión recorre este mismo camino y tiene su punto de llegada a los pies de la cruz" (ibídem).
Cuando se vive la relación personal con Cristo, brota espontáneamente la recta comprensión de la misión y la disponibilidad para la misma. La dimensión cristológica de la misión se comprende y vive a partir de una profunda espiritualidad. Especialmente se concreta en la experiencia de la presencia de Cristo en la vida del apóstol: "Precisamente porque es «enviado», el misionero experimenta la presencia consoladora de Cristo, que lo acompaña en todo momento de su vida. «No tengas miedo... porque yo estoy contigo» (Act 18, 9-10). Cristo lo espera en el corazón de cada hombre" (RMi 88).
La dimensión pneumatológica de la espiritualidad misionera se concreta en el discernimiento y fidelidad al Espíritu Santo. "Esta espiritualidad se expresa, ante todo, viviendo con plena docilidad al Espíritu; ella compromete a dejarse plasmar interiormente por él, para hacerse cada vez más semejante a Cristo" (RMi 87). A partir de esta docilidad, se presentan "los dones de fortaleza y discernimiento", como "rasgos esenciales de la espiritualidad misionera" (ibídem).
La misión, también y especialmente en las circunstancias actuales, "exige la valentía y la luz del Espíritu" (RMi 87). En la nueva situación de la Iglesia y de la sociedad, "conviene escrutar las vías misteriosas del Espíritu y dejarse guiar por él hasta la verdad completa (cfr. Jn 16,13)" (ibídem).
La dimensión eclesiológica de la espiritualidad misionera se expresa en amor a la Iglesia como la ama Cristo. Esta será la garantía de la misión: "Quien tiene espíritu misionero siente el ardor de Cristo por las almas y ama a la Iglesia, como Cristo" (RMi 89). Es este sentido o "espíritu de la Iglesia", el que hace descubrir y vivir "su apertura y atención a todos los pueblos y a todos los hombres" (ibídem).
La eclesiología, también en su dimensión misionera, no se puede elaborar sin el "sentido" y amor de Iglesia. "Lo mismo que Cristo, el misionero debe amar a la Iglesia... (Ef 5,25). Este amor, hasta dar la vida, es para el misionero un punto de referencia. Sólo un amor profundo por la Iglesia puede sostener el celo del misionero; su preocupación cotidiana -como dice san Pablo- es la «solicitud por todas las Iglesia» (2Cor 11,28). Para todo misionero y toda comunidad, la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia" (RMI 89).
La dimensión pastoral de la espiritualidad está en la línea de la "caridad apostólica": "La espiritualidad misionera se caracteriza, además, por la caridad apostólica" (RMi 89). Es la misma caridad pastoral de "Cristo, el Buen Pastor, que conoce sus ovejas, las busca y ofrece su vida por ellas (cfr. Jn 10)" (ibídem). Se traduce en el "celo por las almas, que se inspira en la caridad misma de Cristo, y que está hecha de atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad, interés por los problemas de la gente" (RMi 89). Por esto, "el misionero es el hombre de la caridad" (ibídem).
La dimensión antropológica de la espiritualidad está en estrecha relación con Cristo "que conocía lo que hay en el hombre (Jn 2,25), amaba a todos ofreciéndoles la redención, y sufría cuando ésta era rechazada" (RMi 89). Todos los temas misioneros son una llamada a esta espiritualidad de "encarnación" y de cercanía: "La actividad misionera tiene como único fin servir al hombre, revelándole el amor de Dios que se ha manifestado en Jesucristo" (RMi 2). De este modo, "el misionero es el «hermano universal», lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención... particularmente a los más pequeños y pobres" (RMi 89). "En cuanto tal, supera las fronteras y las divisiones de raza, casta e ideología: es signo del amor de Dios en el mundo, que es amor sin exclusión ni preferencia" (RMi 89).
La dimensión contemplativa se concreta en poder "transmitir a los demás" la propia "experiencia de Jesús" (RMi 24). "El futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación. El misionero, sino es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble" (RMi 91). El encuentro global de hoy con todas las religiones y culturas, reclama misioneros que puedan decir como los Apóstoles: "Lo que contemplamos ... acerca de la Palabra de vida, os lo anunciamos" (1Jn 1, 1-3).
Todas estas dimensiones reclaman una disponibilidad de apertura generosa a las nuevas gracias de Dios. Es decir, son una exigencia de santidad y de contemplación. "La llamada a la misión deriva, de por sí, de la llamada a la santidad... La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión... La espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la santidad. El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos" (RMi 90; cfr. 91). La Iglesia quiere vivir estas dimensiones "con María y como María" (RMi 92, dimensión mariana, que veremos en el último apartado del presente estudio).

3. LA ACTUALIDAD DE LA ESPIRITUALIDAD MISIONERA A PARTIR DE LA ENCÍCLICA
La actualidad de la espiritualidad misionera, tal como queda descrita en Redemptoris Missio, es de suma actualidad. Desde el año 1990 (fecha de la publicación de la encíclica), el tema de la espiritualidad misionera ha llegado a ser un tema frecuente en las exposiciones. El problema consiste en si de verdad se ha usado bien el término "espiritualidad misionera" o tal vez ha llegado a ser como una moda.
Hay que reconocer que el tema de la "espiritualidad misionera" ha sufrido una evolución rápida y también imprecisa. Primero se ha pasado del desconocimiento del término, a una aceptación y concesión de carta de ciudadanía (en torno al concilio y a Evangelii Nuntiandi). En ese primer momento de la aceptación, fueron muy pocos los autores que hablaron del tema. Posteriormente (a partir de la Redemptoris Missio), el tema ha venido generalizándose y también se ha aplicado a campos que ya no son propiamente de la espiritualidad misionera. Hoy es frecuente oir hablar del tema o encontrar estudios sobre el mismo. No siempre se encuadra correctamente. Cuando un tema pasa a ser de "actualidad" (o quizá de moda), frecuentemente es señal de que se ha comenzado a desvirtuar.
No raras veces se aplica el término "espiritualidad misionera" al estilo de pastoral: más profética, más litúrgica, más diaconal o de servicios de caridad, etc. Estos campos de pastoral son esenciales para la evangelización; cada evangelizador tiene sus preferencias y su estilo. Pero la "espiritualidad" propiamente dicha tiene otro significado.
Así como hay que distinguir la espiritualidad cristiana (o teología espiritual) de la teología pastoral, de modo parecido hay que distinguir entre espiritualidad misionera y acción evangelizadora. No obstante, los dos niveles de la misión están íntimamente relacionados y se postulan mutuamente.
Cualquier tema teológico puede estudiarse en su naturaleza, en su aplicación práctica y en su vivencia. En el caso de la "misión" o evangelización, la teología dogmática estudia la naturaleza de la misión, mientras que la pastoral estudia la acción evangelizadora, y la espiritualidad reflexiona sobre las actitudes que hay que tomar por parte del evangelizador y de la comunidad evangelizadora. La espiritualidad misionera estudia esta dimensión vivencial de la misión, que llevará necesariamente a comprender y aplicar mejor los principios dogmáticos y las consecuencias pastorales.
Si no se tiene en cuenta la espiritualidad misionera en cuanto tal, entonces muchas reflexiones teológicas pastorales corren el riesgo de quedarse en aspectos teóricos, e incluso a veces en ideas discutibles sobre la misión. Por esto, afirma Novo Millennio inneunte, que, además da la teología sistemática, hay que estudiar la teología que han vivido los santos y, en nuestro caso, los santos misioneros: "Además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la « teología vivida » de los Santos" (NMi 27).
Las dimensiones de la espiritualidad misionera, tal como se desprende de la encíclica Redemptoris Missio (y que hemos resumido en el apartado anterior), coinciden con las dimensiones o perspectivas de la misión "ad gentes": dimensión trinitaria, teológica, salvífica (cumplir los designios salvíficos según el plan de Dios Amor); cristológica (encuentro, seguimiento, relación personal, imitación, configuración con Cristo); pnematológica (fidelidad a la acción del Espíritu Santo; eclesiológica-mariológica ("comunión", amor y sentido de Iglesia); pastoral (profética, litúrgica, diaconal); antropológica (compromiso fraterno de inserción en la situación concreta), etc.
Los datos básicos de la espiritualidad misionera no se pueden inventar apriorísticamente, sino que deben desprenderse de la figura del Buen Pastor, que se transparenta a través de las figuras misioneras de todas las épocas, desde Pedro y Pablo hasta nuestros días. Para poder delinear una temática concreta, a base de análisis y síntesis, habrá que referirse a esos datos fundamentales como fuente de toda reflexión teológica sobre la espiritualidad misionera.
El mismo Espíritu Santo que guió la vida del Buen Pastor y de los Apóstoles, ha ido señalando, a través de la historia, otros matices peculiares, para responder a situaciones nuevas. En las figuras históricas, experiencias y documentos, es necesario discernir lo que tiene valor permanente y, al mismo tiempo, valorar en sus justos términos lo que es pasajero, secundario e incluso limitado o erróneo. A cada época hay que juzgarla dentro de su misma perspectiva histórica. Los "hechos de gracia" de todo momento histórico van siempre acompañados de signos pobres y limitados.
A partir de la realidad misionera (histórica y actual), emergen figuras e instituciones que subrayan algunos elementos esenciales de la misión, de modo que se pueda hablar de espiritualidad misionera peculiar. A veces son carismas fundacionales o carismas misioneros específicos, los cuales ponen el acento en diversos factores: el concepto de misión, la metodología apostólica y, especialmente, las virtudes del apóstol y el estilo de vida comunitaria del grupo.
Un estudio sobre la espiritualidad misionera puede desarrollarse en doble sentido: deductivo e inductivo. El sentido deductivo parte de grandes principios teóricos y operativos: naturaleza, niveles, alcance, aplicaciones, medios, etc., de la espiritualidad misionera El sentido inductivo parte de realidades concretas: situación, historia, dificultades, antropología, cultura, Iglesia local o particular, documentos magisteriales, etc. El mejor método es siempre de síntesis de ambos sentidos, el deductivo y el inductivo.
De este modo, a partir de la figura del Buen Pastor y de los Apóstoles, se pasa a las realidades misioneras concretas, iluminadas por el mensaje evangélico predicado por la Iglesia, según el estilo de vida de los santos misioneros, siguiendo líneas de espiritualidad y virtudes concretas, en el contexto de carismas, instituciones o servicios misioneros, con los medios comunes y peculiares de espiritualidad.
Pero, más allá de los conceptos (por válidos que sean), la espiritualidad misionera debe dejar traslucir el misterio de Dios Amor manifestado en Cristo, que llama a la contemplación de la Palabra, al seguimiento evangélico, a la vida de comunión eclesial y a la disponibilidad misionera. Todavía cabe distinguir en el proceso de profundización de los conceptos, si se trata de la espiritualidad misionera de todo cristiano, del apóstol en general o del misionero en particular (vocación misionera específica, carisma misionero peculiar, etc.).
Ante el proceso de una nueva evangelización, la espiritualidad misionera corresponde al "nuevo fervor de los apóstoles", para responder a las nuevas situaciones misionológicas y a las nuevas gracias del Espíritu Santo en el inicio de un tercer milenio del cristianismo.
El "espíritu" o "espiritualidad" no es simplemente interiorización, sino un camino de verdadera libertad (cfr. Gal 5,13; Jn 18,32), que pasa por el corazón y que se dirige a la realidad integral del hombre y de su historia personal y comunitaria. La espiritualidad cristiana se hace inserción ("encarnación") en la realidad, a imitación del Hijo de Dios hecho hombre, armonizando de este modo un proceso de inmanencia que es, al mismo tiempo, de trascendencia y de esperanza.
El problema más urgente de la evangelización actual es el encuentro entre las diversas experiencias religiosas, como auténtica experiencia del mismo Dios que ha ido sembrando las "semillas del Verbo" en todas las culturas y religiones. Se podría decir, pues, que la espiritualidad misionera se concreta hoy especialmente en el testimonio de la experiencia de Dios (traducida en anuncio, servicios de caridad, etc.), por parte del apóstol, como fidelidad a la acción actual del Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo, para que las semillas del Verbo lleguen a "su madurez en Cristo" (RMi 28).
La espiritualidad misionera, que consiste en "actitudes interiores" del apóstol (EN 74) y en "la comunión íntima con Cristo" (RMi 88), es la base indispensable para discernir y afrontar la problemática misionera actual, a la luz del evangelio. La acción evangelizadora reclama una actitud relacional con Cristo, vivida en dimensión trinitaria: en el Espíritu, por Cristo, al Padre (cfr. Ef 2,18). La evangelización tiene, pues, dimensión "espiritual" de sintonía con los planes salvíficos del Padre, de relación personal con Cristo y de fidelidad a la acción del Espíritu Santo.
El camino de perfección se hace, por su misma naturaleza, camino de misión. Por el hecho de ser testigo del "misterio" de Dios Amor y servidor de la "comunión" eclesial, el cristiano se hace disponible para la "misión". No habría espiritualidad cristiana sin referencia vivencial (afectiva y efectiva) a la Iglesia misterio, comunión y misión (cfr. RMi 89). El camino de la "espiritualidad" y perfección se hace servicio de la "Iglesia sacramento universal de salvación" (LG 48; AG 1).
Con esta espiritualidad misionera se disuelve la dicotomía entre vida interior y misión. La vivencia de la espiritualidad se convierte en sensibilidad respecto a las situaciones humanas concretas y actuales, a la luz del evangelio. Entonces se adquiere un verdadero sentido de la historia humana, afrontando los acontecimientos con los criterios, escala de valores y actitudes de Cristo Buen Pastor, en la perspectiva de las bienaventuranzas (cfr. RMi 60 y 91). De esta espiritualidad nace espontáneamente el sentido de comunión fraterna y el compromiso misionero, para orientar toda la humanidad hacia la verdad de Cristo y, por tanto, hacia el amor, la solidaridad, la libertad, la igualdad, la justicia y la paz.
Se trata, pues, de una espiritualidad que deriva de la misión y que tiene como objetivo la misión, realizada al estilo de Cristo evangelizador que ha querido prolongarse en la Iglesia evangelizadora, bajo la acción del Espíritu Santo. Se pueden distinguir todavía diversos niveles concretos para aplicar la espiritualidad misionera: dimensión misionera de toda la espiritualidad cristiana, espiritualidad del cristiano en general, del apóstol en general, de cada vocación cristiana específica (laical, religiosa, sacerdotal), del misionero "ad gentes", urgencias y retos actuales...
El temario que se desprende de los documentos magisteriales y especialmente de Redemptoris Missio, podría dar pie a una elaboración más sistemática, como la siguiente: fidelidad al Espíritu Santo (en la misión de Cristo confiada a los Apóstoles y según los planes salvíficos del Padre), vocación misionera, comunidad (fraternidad) apostólica, las virtudes concretas que derivan de la caridad pastoral, la oración como experiencia cristiana de Dios, el sentido y amor de Iglesia misterio-comunión-misión, la figura de María como Tipo de la Iglesia misionera.

4. RELECTURA DEL "HECHO GUADALUPANO" A LA LUZ DE FIGURAS MISIONERAS MEXICANAS, COMO ESTIMULANTE DE LA ESPIRITUALIDAD MARIANA Y MISIONERA DESCRITA EN "REDEMPTORIS MISSIO". UNA INVITACIÓN.
En la descripción de la dimensión mariana de la espiritualidad misionera, según la encíclica Redemptoris Missio, se encuentra una afirmación tomada de concilio Vaticano II (LG 65), en la que se invita al misionero a tener el "amor materno" de María: "María es el ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres" (RMi 92; cfr. LG 65).
Precisamente esta invitación me ha hecho pensar en la relación con la actitud materna de María en su aparición del Tepeyac. Dice el documento de Santo Domingo: "Su figura maternal fue decisiva para que los hombres y mujeres de América Latina se reconocieran en su dignidad de hijos de Dios. María es el sello distintivo de la cultura de nuestro continente. Madre y educadora del naciente pueblo latinoamericano, en Santa María de Guadalupe, a través del Beato Juan Diego, se «ofrece un gran ejemplo de Evangelización perfectamente inculturada». Nos ha precedido en la peregrinación de la fe... Con alegría y agradecimiento acogemos el don inmenso de su maternidad, su ternura y protección, y aspiramos a amarla del mismo modo como Jesucristo la amó. Por eso la invocamos como Estrella de la Primera y de la Nueva Evangelización" (Documento de Santo Domingo 15).5
El mismo Papa Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Ecclesia in America, ofrece afirmaciones clarividentes respecto a la relación de la Virgen de Guadalupe con todo el proceso de evangelización en América Latina: "¿Cómo no poner de relieve el papel que la Virgen tiene respecto a la Iglesia peregrina en América, en camino al encuentro con el Señor? En efecto, la Santísima Virgen, de manera especial, está ligada al nacimiento de la Iglesia en la historia de los pueblos de América, que por María llegaron al encuentro con el Señor. En todas las partes del Continente la presencia de la Madre de Dios ha sido muy intensa desde los días de la primera evangelización, gracias a la labor de los misioneros... Desde los orígenes —en su advocación de Guadalupe— María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión" (EAm 11).6
Ahora bien, desde finales del siglo XIX y en el decurso de todo el siglo XX, han surgido en México numerosas figuras apostólicas y espirituales, cuyo punto de referencia explícito y vivencial fue la Santísima Virgen en su advocación de Guadalupe.
Este hecho de gracia es un tesoro espiritual que conviene estudiar mejor y darlo a conocer, puesto que ya es una herencia o patrimonio común de toda la Iglesia. Entre las figuras de fuerte inspiración guadalupana, destacan los mártires mexicanos, especialmente del siglo XX, que dieron la vida invocando a "Cristo Rey" y a la Virgen de Guadalupe.7
La actitud contemplativa y misionera de diversas figuras mexicanas refleja algo que es muy actual y que merecería un estudio más detenido. Pero deberían estudiarse en la relación que ellos encontraron entre la Virgen de Guadalupe y la evangelización. Se trata, en efecto, de sentirse responsables, como cristianos mexicanos, para comunicar a "todos los pueblos" ("ad gentes") la experiencia de que la imagen mariana de Guadalupe es "un gran ejemplo de Evangelización perfectamente inculturada" (Documento de Santo Domingo 15; es cita literal de Juan Pablo II, como hemos visto más arriba). En cada país y según diversas invocaciones, la figura de María ha de ir llegando al corazón del pueblo, en su cultura y en sus vivencias, para garantizar la autenticidad del evangelio respetando, al mismo tiempo, los contenidos culturales. Es una deuda que tiene la Iglesia de México con la Iglesia universal, deuda que podrá saldarse adecuadamente con una aplicación generosa a la misión "ad gentes".
Entre todas las figuras aludidas, quiero señalar una, a modo de ejemplo. M. María Inés-Teresa Arias (1904-1981) es una figura modelada de modo especial en relación con la Virgen de Guadalupe y en vistas a la evangelización sin fronteras. Es interesante estudiar cómo la vivencia de esta actitud filial en relación con la Santísima Virgen de Guadalupe, ayudó a M.Inés a armonizar la contemplación con una entrega total a la acción apostólica. La misión tiene sentido de maternidad, especialmente en relación a maternidad de María y como concretización de la maternidad de la Iglesia misionera. "Ser madre de las almas", es una expresión conocida. Para M. Inés era un modo de imitar la ternura materna de la Virgen de Guadalupe.8
En su vida encontramos momentos de profunda experiencia de la cercanía de la Virgen Morena del Tepeyac:
1º) Ante el cuadro de la Virgen de Guadalupe en la parroquia de San Miguel de Guadalajara (durante los días anteriores a su fiesta: 12 diciembre 1924), donde redescubrió y reafirmó su vocación contemplativa y misionera.9
2º) Recibiendo una especial promesa de protección para su entrega misionera, ante el cuadro guadalupano de la capilla del monasterio el día de su profesión temporal (12 de diciembre de 1930).10
3º) Compromentiéndose a hacer conocer y amar a la Virgen de Guadalupe (12 de diciembre de 1930) o como dice ella misma: "Hacerla amar del mundo entero a ella, a mi Gualupita, a mi Morenita, a mi Reina" (Ejercicios, p.460). El propósito (transformado en voto el año 1934) lo describe ella misma con estas palabras: "Y fue entonces, en el día de mi profesión temporal: el 12 de diciembre de 1930, cuando le prometí hacerla amar del mundo entero, a ella, a mi Gualupita, a mi Morenita, a mi reina. Me parece que se va acercando el día en que esto se realizará, en que la dulce Morenita será la reina y la Madre de las Naciones paganas, y que esas Naciones brindarán a la reina de los mexicanos y su propia reina, como trofeos de sus victorias, sus propias banderas".11
En el mismo año en que emitió el voto de hacer conocer y amar a la Santísima Virgen de Guadalupe, durante la fiesta de la Anunciación de María (25 marzo 1934), M. Inés había hecho, junto con su "padre" (parece que sería el padre espiritual) el voto de esclava de María. En el texto aparece el fuerte deseo de que María sea conocida y amada de toda la humanidad: "Quisiéramos extender tu reinado de amor en el mundo entero" (Estudios, "Ave Maria gratia plena", p.288). Para ello es necesario vivir en sintonía con el corazón de la Santísima Virgen: "Déjanos Madre, que vertamos en el tuyo nuestro corazón todo entero" (ibídem, p.289)
En la fórmula de la oración dirigida a María, pide la celebración de un "Congreso Internacional Eucarístico Guadalupano": "Sabemos tu amor de predilección por tu pequeñito México; sabemos que solo tú has detenido la mano de Dios para que no nos aniquile por tan enormes pecados; y aunque también nosotros somos pobres pecadores, te damos nuestra vida con todos sus sufrimientos, sus goces, sus méritos y sus mismas faltas, porque se salve tu México, porque se salve la juventud y la niñez a quienes llevan al abismo; y te pedimos confiados, Morenita querida, que el próximo congreso internacional que se celebre, sea en tu pobre y abatido México, quien triunfante ya, ofrezca a su Dios este testimonio de su amor y de su gratitud, pero queremos que sea, Madre, un congreso internacional eucarístico guadalupano" (Estudios, ibídem, p.289).

4º) Interesándose activamente en el cuarto centenario de las apariciones (1931) y en la celebración del 50º de la coronación (1945). M. Inés fue una gran promotora del Hecho Guadalupano en su dimensión misionera.
En el año 1931, cuarto centenario de las apariciones, M. Inés escribió, en el recogimiento de su claustro, un documento ("Todo por Jesús, con María"), donde ofrece algunas directrices para ayudar al pueblo mexicano a vivir la fe imitando a María especialmente en su advocación de Guadalupe.
Después de constatar los aspectos negativos de la situación mexicana (todavía con las consecuencias de la persecución), invita especialmente a los educadores y madres cristianas a proteger a la juventud y a la niñez. Ofrece unas líneas prácticas de vida cristiana, sencillas y asequibles. Refleja su propia vida espiritual, que sabe afrontar los trabajos con espíritu de fe. Invita a una espiritualidad eucarística y mariana, experimentando la presencia y la mediación de María (cfr. Estudios, pp.302-304: "Todo por Jesús con María")
Ella misma se compromete a colaborar a que los mexicanos sepan vivir del mensaje guadalupano: "Concédeme encantadora Morenita, que tu Pueblo te ame con estos transportes de ternura y confianza; y perdóname, el amor de Patria me hace agregar «Que en ninguna Nación seas tan intensamente amada como en esta muy tuya», para que así como se ha dicho de ti respecto de nosotros «Non fecit taliter omni natione», puedan las demás naciones decir respecto de México contigo. No se ha visto amor mas ardiente por la Reina del cielo que en esta Nación" (Estudios, p.305).
Y expresa sus ardientes deseos misioneros con esta afirmación cristológica: "Y permíteme Madre; que sin dejar de ser absolutamente tuyos mis sacrificios, acciones y oraciones, se los entregue también absolutamente a Jesús. Contigo trabajaré por los intereses de tu Hijo, y con él por los tuyos... ¿No será entre otros, un hermoso homenaje de amor y gratitud que el pueblo mexicano ofrezca a su excelsa Reina en el cuarto centenario de sus apariciones?" (Estudios, pp.205-206)
En el año 1945, año jubilar guadalupano, 50º de la coronación (1895-1945), traza un programa vocacional, invitando a los jóvenes a descubrir una posible vocación misionera. El documento tiene este título "En homenaje de filial amor y eterno agradecimiento a la Virgen del Tepeyac". En él presenta con amplitud la dimensión misionera guadalupana.12
Lo primero que observamos en este documento ("En Homenaje"...) es su convicción de que la imagen de la Virgen de Guadalupe tiene un atractivo especial para pueblos y culturas no cristianas. La figura materna de María, llena de ternura y compasión, no podrá menos de atraer a todos los corazones todavía no cristianos. Obsérvense las intuiciones femeninas y maternas de M.Inés:
"Tengo una convicción íntima que me llena de dulzura, el pensar que bastará solamente que los infieles contemplen su bella, su cautivadora imagen y que ella pose en sus corazones la tierna mirada de sus dulces ojos, llenos de compasión, para que queden prendados, enamorados de la virtud, con su alma abierta a recibir las efusiones del Espíritu Santo y dispuestos a escuchar la doctrina cristiana que los hará aptos para recibir los Stos. Sacramentos"... (Estudios, p.309).
El primer escudo que M.Inés delineó para el Instituto misionero, contiene la figura de la Virgen de Guadalupe, como invitándola a acompañarnos en la tarea misionera ("si vienes conmigo, yo voy"):
"En nuestro escudo, junto con las devociones preferidas que serán nuestra alma y nuestra característica, está María de Guadalupe, y a ella van dirigidas estas palabras, como un grito de reto y de absoluto abandono en sus maternales brazos; Si venis mecum, vadam, que se ostentan en la parte superior del escudo" (ibídem).
La figura de la Morenita sobresale por su "dulce mirada" materna, que infunde valor misionero:
"A la derecha destaca, tierna y amorosa, la imagen de la adorada Morenita, inspirándonos con su actitud y su dulce mirada, la confianza de que están llenos nuestros corazones e infundiendo en ellos la audacia santa que los llevará hasta las más apartadas regiones de la gentilidad, para hacer conocer a todos los hombres su amor y su misericor­dia"(ibídem).13
En este mismo documento ("En homenaje"...) podemos observar que se anticipa a los tiempos, puesto que entonces no se hablaba de América misionera. Hace alusión a tres temas que convendría desarrollar: 1º) "América, continente de María; 2º) Expansión de la vida de culto y devoción marianos desde América al mundo; 3º) Pueblos paganos que aun exigen ser evangelizados". Ella afirma que son "tres temas a tratar, de los muchos que se proponen en este congreso mariano internacional" (ibídem, p.110).14
Según M.Inés, América tiene una vocación misionera incontestable, debido a su experiencia mariana guadalupana:
"América, continente de María: Sí, ella lo escogió por suyo. Al verlo desde el cielo tan pequeñito... concibió el deseo inmenso de abrazarlo contra su corazón para darle calor y vida; y como sus deseos son órdenes para su obedientísimo Hijo Jesús, acrecentándose este deseo por la fuerza del amor maternal, bajó sin demora: Quiso hollar con sus virginales plantas la tierra de Anáhuac que tantos abrojos de penalidades había de producir para el hijo pequeñito que le acababa de nacer; ¡por eso le amó y le ama con singular ternura!... Se dirige al más pequeño de los indios, de los más despreciados, porque lo pequeño, lo humilde atrae sus miradas de predilección. Todos sabemos los diálogos sostenidos por la Madre del verdadero Dios y el feliz Juan Diego, en las cuatro apariciones que se fueron sucediendo del 9 al 12 de aquel para siempre memorable diciembre de 1531, que tan íntima comunicación estableció con el cielo y la tierra predilecta de la gran Señora: Anáhuac" (ibídem, pp.310-311).
Se describen los diversos detalles de la aparición guadalupana, destacando los detalles de cercanía materna (que hoy llamamos "inculturación"): "La pintura milagrosa de la imagen en la tilma de Juan Diego y las palabras que la Señora dijera al bendito indio, son un idilio, un poema de ternura sin igual... un asimilarse, por así decir, las miserias de nuestra raza, un dársenos por entero, queriendo ella misma vestirse con el regional, típico trajes de nuestras indias ricas" (ibídem).
El fruto de conversiones, después de la aparición de María a Juan Diego, no se hizo esperar, puesto que "la reina del cielo, la Inmaculada que quería asentar sus reales en la colina del Tepeyac, para ser desde allí nuestra reina, nuestra Madre, nuestro consuelo, nuestra guía, al tomar posesión oficial, por así decir, de nuestra tierra, se había adueñado también de nuestros corazones, injertando en ellos, con el amor a Dios, el deseo de la virtud" (ibídem).
La consecuencia a que llega M.Inés es que América es "el continente de María" y, por esto, debe mantenerse fiel a la fe cristiana. El paso al cristianismo por parte de América fue debido principalmente a la Santísima Virgen de Guadalupe. "Ella formó nuestra Nación, ella modeló nuestra raza, ella puso en nuestro corazón el fuego sagrado de Dios e hizo desarrollar en él las virtudes cristianas, injertándole en lo más profundo, la fe" (ibídem).
Pero el compromiso misionero por parte de América (y de México en particular) es muy claro y lógico, y a ello se comprometen especialmente los miembros del nuevo Instituto misionero:
"Que la Virgen Morena sea amada, venerada en todas las Naciones del mundo, que ella conciba a Cristo en las almas para que, por su mediación, todas se salven, viniendo al conocimiento de la verdad, y que un día podamos ofrendarle oficialmente las banderas de todas las Naciones, que de hinojos se postrarán a sus virginales plantas, aquí, cabe la imagen bendita del Tepeyac, para que sobre todas ellas se pose su dulce mirada, para que a todas ellas las esconda en el huequecito que dejan sus manecitas juntas, así como nos ha escondido a nosotros, su Xocoyotl" (Estudios, p.312).
El documento merece una atenta lectura en todos sus contenidos. M.Inés quiere llegar, con toda su familia misionera y con toda la Iglesia, a hacer conocer y amar a la Virgen de Guadalupe par parte de todos los pueblos. Desea ver a todos los pueblos siguiendo el ejemplo de fe de María. La familia misionera de M.Inés quiere imitar el "calor maternal" y el "mismo espíritu" de María, es decir, "aquel su amor que la hizo descender del cielo a esta tierra de Anáhuac, para acoger, tierna y cariñosa, al pequeñito hijo que le había nacido" (Estudios, p.313)
El objetivo es siempre de dimensión cristológica, es decir, la expansión del Reino de Cristo: "El, sí, el Rey de la Gloria hará pronto, a no dudarlo, su entrada triunfal, por medio de María de Guadalupe, que irá a prepararle el camino en las Naciones paganas, «pues cuanto más abundó el pecado, tanto más sobre­abundará la gracia» (Rom 5,20)" (ibídem, p.316-317).
La experiencia personal guadalupana de M.Inés es eminentemente contemplativa y misionera, porque tiene como punto de referencia la ternura materna de María mostrada al indio Juan Diego, el cual era un símbolo de todo ser humano, pobre y olvidado, que está esperando la salvación de Cristo Redentor.
El celo misionero es un contagio del amor materno de María de Guadalupe: "Al esconderme en María, al fijar mis ojos enamorados en la hermosísi­ma efigie que ella misma nos dejó pintada con sus maternales manos, ¡de qué no me siento capaz!... ella será mi aliento, mi fuerza, mi escudo; ella será el timonel de la débil barquichuela que debe llevar a remotas tierras la fe de su Hijo" (Experiencias, p. 146, fol 582).
María de Guadalupe lleva a sus hijos a la Eucaristía: "Donde esté María de Guadalupe estará Jesús y Jesús manifiesto (en su custodia)" (Experiencias, 1943, p.117-118, fol.554-555). El título mariano de Guadalupe, por su profundo sentido misionero, será como "imán" que atraiga a todos los corazones y a todos los pueblos a la "conversión" a Cristo (Experiencias, Diario 1944, p.130-131, fol.566-567). No se trata de ideas frías o de calculadora, sino de la "ternura" materna de María: "Esos pueblos te esperan; quieren que los llames tus pequeñitos, tus delicados, tus xocoyotls... quieren poder llamarte: Madre " (ibídem).
M. Inés se imaginaba a los misioneros y misioneras entre las manecitas y dentro del corazón de la Virgen de Guadalupe (cfr. Ejercicios 1950, p.468, fol.894).El ideal misionero guadalupano es eminentemente eucarístico, aprendido de "la dulce Madre del Tepeyac, misionera por excelencia". Efectivamente, los misioneros "beberán la savia divina a los pies de Jesús sacramento y le llevaran a todas partes a donde vayan, e invitarán a todos a postrarse a sus pies para adorarle; y llevarán también, por qué no decirlo?, a la madre de este Dios Sacramentado, a la dulce Madre del Tepeyac, misionera por excelencia de nuestras tierras mexicanas" (La Eucaristía y las Misiones, en: Consejos, fol.1398).
El ardiente deseo misionero se concreta en estas palabras guadalupanas: "Por rendir a los pies de la Inmaculada del Tepeyac, por tremolar cabe su altar las banderas de los pueblos paganos, entregándoselas como vasallaje de amor y gratitud, no escatimaría ningún sacrificio, ninguna pena, ninguna humillación, pues estaría segura que, al constituirse ella su patrona, su abogada, su Madre, aquellos pueblos, uno a uno, y las almas todas una a una, se convertirían a Dios". Así "aquellas naciones" podrán llegar a tener la misma experiencia de México, cuya fe en Cristo se hizo realidad "porque en el Tepeyac tenemos a nuestra Madre amorosa que nos ama, como a su hijito tierno y delicado, y por lo mismo nos protege con singular ternura" (Experiencias, Diario 1944, p.131).15

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