Los Evangelios de Tomás, Felipe y la Verdad






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Metalogos:
Los Evangelios de Tomás, Felipe y la Verdad

Proyecto Copto Ecuménico
t.mn-t.son77m-.pe.xristos
www.metalog.org

Atenas 2006

______

Traductor y editor: Paterson Brown, Lic. (Amherst), D.Fil. (Londres)
Vilcabamba, Loja, Ecuador; Semana Santa 2006
edit@metalog.org
(impreso I.96, internet I.98, revisado IV.06)

____________

Esta versión castellana ha sido revisada por:
Higinio Alas Gómez, Profesor Emérito de Ciencias Religiosas, la Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica;
José Cascant Ribelles (Doctor en Sagrada Teología, Navarra), antes Rector del Seminario Mayor de Chosica, El Perú;
y Dr. Pedro José Chamizo Domínguez, Profesor de Filosofía del Lenguaje, la Universidad de Málaga, España.




«¡Maravillad a lo presente!»— Las Transmisiones del Apóstol Matías

Introducción

       En diciembre del año 1945 dos campesinos egipcios musulmanes, Muhámad Alí al-Samán y su hermano Jalífah Alí, encontraron más de 1.100 páginas de antiguos manuscritos en papiro, enterrados junto al acantilado oriental en el valle del Alto Nilo. Los textos eran traducciones de originales griegos al copto, que era la etapa helenística de la antigua lengua faraónica. Ésta evolucionó después de la conquista por Alejandro Magno en el 332 a.C. y posteriormente fue reemplazada por el árabe como la lengua vernácula egipcia después de la conquista musulmana en el 640 d.C. Así pues, el copto se convirtió en la lengua de la iglesia egipcia primitiva y permanece como su lenguaje litúrgico hasta hoy día.
        El yacimiento de este descubrimiento, al otro lado del río del pueblo moderno de Nag Hamadi, ya era famoso como el pueblo en la antigüedad llamado  (‘pastizal de gansos’), donde, en el 320 d.C., San Pacomio fundó el primer monasterio cristiano. Poco menos de medio siglo después, en el 367 d.C., los monjes locales copiaron unos 45 escritos religiosos y filosóficos diversos— entre los que se encuentran los evangelios de Tomás, Felipe y la Verdad, además de una parte de la República de Platón— en una docena de códices encuadernados en cuero. Esta biblioteca entera fue cuidadosamente sellada en una urna y escondida cerca, entre las rocas, donde permaneció sin descubrirse durante casi 1.600 años. Estos papiros, vistos por primera vez por eruditos en marzo de 1946 (Jacques Schwarz y Charles Kuentz, Códice II, en una tienda de antigüedades de El Cairo), se han conservado desde 1952 en el Museo Copto del Cairo Antiguo. La edición fotográfica más temprana del manuscrito del importantísimo Códice II, fue editada por el Dr. Pahor Labib (El Cairo: Departamento Gubernamental de Antigüedades, 1956).

        El autor del Evangelio de Tomás se presenta como Santo Tomás el apóstol, uno de los doce. El documento consta de una colección de más de cien dichos y diálogos cortos del Salvador, sin conexión narrativa. Algunos de estos dichos fueron citados como Escritura por autores cristianos en la antigüedad— por ejemplo, los Dichos 2 22 27 37 por Clemente de Alejandría (hacia 150-211 d.C.) en su Stromata (Remiendos)— aunque sin atribución explícita a Tomás. Últimamente, hace 100 años en Oxyrhynchus de Egipto se encontraron algunos fragmentos de lo que ya sabemos es una versión previa de Tomás en griego, por la paleografía fechada así: PapOx 1 (Tom 26-33 y 77), 200 d.C.; PapOx 654 (Tom Prologo y 1-7), 250 d.C. [en exposición en la Galería John Ritblat de la nueva Biblioteca Británica en Saint Pancras, Londres]; PapOx 655 (Tom 36-39), 250 d.C.— véase Biblio.10. El descubrimiento más reciente de la versión copta de Tomás, nos ha permitido por fin tener acceso a este evangelio en su totalidad. Pruebas adicionales, como el asíndeton en logion 6, revelan una fuente semítica anterior (véase Guillamont, Comentarios Eruditos Recientes). Como se indica en el artículo de prensa abajo citado, casi todos los eruditos bíblicos que han estado estudiando este documento desde su primera publicación, han concluido que Tomás debe ser aceptado como un verdadero quinto evangelio, de una autoridad igual a la de San Juan y los sinópticos. Es particularmente de interés que varios de los logia en Tomás (12 24 28 37) son evidentemente dichos de la post resurrección.
        El Evangelio de Felipe— como se puede inferir de sus dichos 51 82 84 98 101 137 139— se compuso al menos en parte después del 70 d.C. por San Felipe llamado el evangelista (no el apóstol), que aparece en los Hechos de los Apóstoles en 6:1-6 8:4-40 21:8-14. No hay ni una referencia ni una cita previa conocida de este complejo texto, que consiste en una serie elegante de reflexiones sobre la tradición abrahámica, sobre Israel y el Mesías encarnado, mientras que elabora una metafísica de idealismo espiritual.
        El Evangelio de la Verdad se compuso alrededor del año 150 d.C. por Valentín, el famoso santo de Alejandría (nacido hacia 100 d.C.). Se trata de una entretejida meditación continua sobre el Logos— pero hasta el descubrimiento de Nag Hamadi no se conocía ni una frase sobreviviente de esta noble composición. (Una versión inglesa preliminar de otro texto de Nag Hamadi, que también podría ser por Valentín: www.metalog.org/files/supremacy.txt)

       En los primeros años después del descubrimiento de estos documentos y antes de que los eruditos pudieran escudriñarlos suficientemente, era habitual describirlos colectivamente como ‘gnósticos’ (así p.ej. Grant y Freedman [1960], en Comentarios Eruditos Recientes). Éste ha sido siempre un término genérico para la mezcla mediterránea de movimientos religiosos esencialmente anti-sensoriales de los primeros siglos d.C., y así desdichadamente al principio fue usado como un cajón de sastre para meter en él a todos los diversos escritos de Nag Hamadi. La investigación ulterior, no obstante, ha mostrado que ni Tomás ni Felipe ni el Evangelio de la Verdad se pueden encasillar correctamente así, puesto que cada uno de ellos afirma explícitamente la realidad de nuestras encarnaciones físicas, junto con su contexto histórico (incluso, notablemente, la crucifixión). El ‘gnosticismo’— sea oriental, platónico, de las religiones de misterio o teosófico — considera por definición al universo sensible (incluso nuestras vidas encarnadas además de toda la historia humana, bíblica o no) como inherentemente ilusorio y por eso maligno. El Antiguo Testamento, en cambio— el cual Cristo ciertamente aceptó en los evangelios canónicos— sostiene que el campo entero de los cinco sentidos no es ni irreal ni malo sino creado divinamente y bueno: así, entre un sinfín de ejemplos, Gén 1:31 (‘todo cuanto había hecho [Dios], era bueno en gran manera’) y Lc 24:39 (‘carne [y] huesos como ... yo tengo’). Un estudio cuidadoso de los tres evangelios coptos, lo deja bien claro que pertenecen inequívocamente a esta tradición bíblica de ningún modo gnóstica; véase Com.1, abajo.

        Los cánones del Nuevo Testamento de la iglesia occidental (católica/protestante), ortodoxa, copta, armenia, etíope y siria/nestoriana difieren significativamente entre sí— y esos listados incluso fueron discutidos por las diversas ramas del cristianismo hasta muchos siglos d.C.; antes había solamente opiniones diversas recordadas por una variedad de individuos mucho tiempo después de la era apostólica, referentes no sólo a los textos generalmente aceptados hoy día, sino también a escritos como la Epístola de Bernabé, el Pastor de Hermas, el Evangelio de los Egipcios, el Evangelio de los Hebreos (en el cual Cristo se refiere a la Espíritu Santa como su Madre), las Tradiciones de Matías, el Apocalipsis de Pedro, la Didakhê y los Hechos de Pablo. Así, el Códice Sinaítico, de mediados del siglo IV, incluye tanto Bernabé como el Pastor de Hermas, mientras que el Códice Alejandrino, de primeros del siglo V, contiene I y II Clemente además de los Salmos de Salomón. No hubo ningún concilio de la Iglesia sobre el canon del NT hasta el Sínodo de Laodicea (363 d.C.), el cual de hecho rechazó el Apocalipsis de San Juan. Doce siglos después (!), se estableció por fin el canon occidental por el Concilio de Trento (1546 d.C.), el cual definió la lista actual de 27 libros como un artículo de la fe católica (aunque los concilios episcopales nunca han pretendido ser infalibles; el voto en Trento fue de 24 contra 15, con 16 abstenciones)— y que fue también aceptada por las varias iglesias protestantes. Las diversas iglesias orientales tienen historias igualmente complicadas para establecer sus cánones respectivos del NT: así, el canon armenio incluye un III Corintios paulino; el NT copto contiene I y II Clemente; el Peshita nestoriano excluye II y III Juan, Judas y el Apocalipsis; la Biblia etíope añade unos libros llamados los Sínodos, la Epístola de Pedro a Clemente, el Libro de la Alianza y la Didascalia; y ¡el Apocalipsis de San Juan todavía no se incluye en la Biblia ortodoxa griega! (véase Biblio.35)
        No obstante, es de destacar que los Evangelios de Tomás, Felipe y la Verdad evidentemente no eran conocidos por ninguna de esas tradiciones en el momento de sus intentos por establecer un canon del NT, pues jamás se mencionaron durante sus prolongadas deliberaciones— y por ello ni siquiera se tuvieron en cuenta para ser incluidos en sus listas respectivas. En todo caso, el concepto de un canon ciertamente nunca fue inventado para excluir la posible inspiración de descubrimientos posteriores de textos o de ágrafa aislados (Lc 1:1, Jn 21:25).
        Lo que sucediera durante los primeros tres siglos y medio d.C., antes de los intentos eclesiásticos más tempranos para establecer un canon, es notoriamente oscuro, pues los mesiánicos del evangelio original fueron finalmente suplantados por los ‘cristianos’ paulinos (Hch 11:25-26). Así por un lado, la Epístola de Bernabé (a fines del siglo I) permanece ignorante de los evangelios históricos; y por otro lado, Justino Mártir (a mediados del siglo II) no muestra ningún conocimiento de los escritos de Pablo— apuntando a una cisma continuando entre las tradiciones petrina y paulina. Clemente de Alejandría e Ireneo de Lyón, a fines del siglo II, son los primeros autores que citan explícitamente tanto a los evangelios como a Pablo. He intentado analizar el fundamento de esta dicotomía en ‘La paradoja de Pablo’, Com.5, abajo. Referente a ese período de formación, una lectura esencial es el estudio magistral de Walter Bauer, La ortodoxia y la herejía en el cristianismo más temprano (Tübingen 1934, Philadelphia 1971).
        Las traducciones de los textos son tan literales y tan líricas como he podido hacerlas. Cualesquiera irregularidades gramaticales que se encuentren (p.ej. los tiempos verbales en Tom 109), están en el texto copto mismo. Las reconstrucciones textuales plausibles aparecen entre [corchetes], mientras que las adiciones editoriales aparecen entre (paréntesis). ‘[...]’ indica los lugares donde no se puede interpolar, dado el deterioro del papiro. Las variantes griegas de Oxyrhynchus de Tomás aparecen entre {llaves}. Las notas puestas al final de cada logion se indican en sobrescrito¹, las situadas al final del texto en curso con un circulito°. Las citas bíblicas enumeradas son esenciales para la comprensión de los dichos en su contexto bíblico, y se ruega al lector que las consulte en cada caso; las paralelas explícitas a Tomás en los sinópticos se indican aparte con un signo de igualdad=, para que el lector no busque lo previamente conocido. En la antigüedad, por supuesto, no había minúsculas y así para representar el hebreo, el griego y el copto, no he usado aquí sus letras cursivas correspondientes sino sus formas clásicas, que son más fáciles de leer para los no eruditos. Por su parte, al traducir tales textos antiguos a las lenguas modernas, es casi imposible poner mayúsculas de manera consistente y adecuada; pido la buena voluntad del lector con respecto a esto. Por todo, ‘P...’ se liga a los números de párrafo en la Gramática de Plumley, ‘C...’ a los números de página en el Diccionario de Crum (Biblio.4+5).
        En lugar de la forma griega, Jesús (), he usado la aramea original: Yeshúa ((w#y), que significa ‘Yahweh Salvador’, es decir ‘Él-Es Salvador’ (Fel 20a). ‘SOY’ representa la autodemonimación divina de Éx 3:14: hebreo hyh) (ahyh), griego , copto anok pe (Tom 13; P306).
        Por último, he adjuntado cinco ensayos a título de comentario: (1) ‘¿Son gnósticos los evangelios coptos?’, una demostración formal que no se pueden clasificarlos así; (2) ‘La Espíritu Maternal’, sobre el género de #dqh xwr [ruaj ha-qodesh, Espíritu la-Santa] en las lenguas semíticas; (3) ‘Teogénesis’, acerca de la sugerencia de Felipe, que la transgresión humana original consistió en la pretensión de producir a los niños, en vez de aceptarlos como engendrados únicamente por Dios; (4) ‘Ángel e imagen’, acerca de estos dos conceptos primarios encontrados en las nuevas escrituras, junto con su estructura metafísica subyacente de un idealismo espiritual; y (5) ‘La paradoja de Pablo’, un análisis filosófico de las evidentes discrepancias entre los evangelios canónicos y la teología de Saulo de Tarso, junto con un resumen de críticas similares por muchos individuos a través de los siglos.
        Esta edición en castellano es básicamente una traducción de la versión en inglés, que preparé directamente del copto. Como es bien sabido, cualquier traducción debería ser revisada por alguien que tenga la lengua terminal como su lengua nativa. Por ello, Clara Luz García Salazar me ha ayudado en cada etapa de la versión castellana de esta tarea; al principio utilicé también el programa, Spanish Assistant 1.00a (MicroTac Software, 1993); luego, la traducción preliminar fue corregida con esmero por Higinio Alas Gómez, Profesor Emérito de la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión, la Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica, y por José Cascant Ribelles (Doctor en Sagrada Teología, Navarra), anteriormente Rector del Seminario Mayor de Chosica, El Perú; por último, ha sido revisada detenidamente una y otra vez por el Dr. Pedro Chamizo Domínguez, Profesor de Filosofía del Lenguaje, la Universidad de Málaga, España (véase Biblio.33)— todos ellos han corregido innumerables errores en la versión castellana, además de sugerir muchos mejoramientos estilísticos, con objeto de que el lector capte con claridad el sentido del copto. Debo agradecerles también a dos de mis profesores universitarios: al poeta Robert Frost, por su consejo de participar solamente en lo que es digno del tiempo de uno; y al Prof. William E. Kennick, por su ejemplo de los estándares más altos de la teología filosófica. También estoy en deuda con Bertrand Russell, en el tiempo en que yo era estudiante en Londres y tuve la oportunidad de manifestarme con él en la Campaña por el Desarme Nuclear, por su intrépido ejemplo en enfrentarse al Sistema— sea político, militar o religioso— por amor de la verdad. Buena parte de este trabajo lo hice mientras que estuve invitado en muchas universidades tanto estatales como privadas, además de seminarios y comunidades religiosas tanto católicos como protestantes, en todas partes de Latinoamérica; y también de las facultades de filosofía, de teología ortodoxa y de informática en la Universidad de Atenas— por su hospitalidad fraternal estoy profundamente agradecido. La ayuda técnica referente al Internet, ha sido bondadosamente facilitada por Ioannis Georgiadis, del Centro de Informática de la Universidad de Atenas.
        Los evangelios canónicos tienen que ser el paradigma para valorar cualquier ‘evangelio’ recién descubierto. Es decir, nuestros criterios para investigar tal texto han de ser tanto su consistencia interna como su origen externo en relación a los cuatro textos que, en primer lugar, proveen la definición ostensiva¹ del solo término ‘evangelio’. Por tanto: ¿son Tomás, Felipe y Valentín teológicamente consistentes con los sinópticos y Juan? ¿Vienen todos del mismo contexto histórico general y ambiente arqueológico en la antigüedad? ¿Indica el análisis que los textos nuevos son conceptual y empíricamente consistentes con los cuatro evangelios canónicos? ¿Parecen ser, en todo, del mismo Logos? He concluido que un examen lo bastante cuidadoso proporciona una respuesta afirmativa a todas estas preguntas. Así es el propósito de esta edición— junto con los textos coptos, el diccionario y la gramática, disponibles en la Red— proveer al lector los recursos para llevar a cabo para sí mismo una investigación completa de estas escrituras extraordinarias. (¹definición ostensiva: definir un término por medio de indicar un referente ejemplar o paradigmático)
        Se ha sugerido a menudo que estos nuevos escritos son básicamente mezclas, producidas por una serie de desconocidos mucho después de los acontecimientos a que pretenden corresponder. Sin embargo, la explicación más simple aquí (en función del famoso Principio de Economía, de Guillermo de Ockham: «No se deben multiplicar los entes sin necesidad») no es una larga tradición oral seguida por numerosas redacciones escritas; la explicación más simple es que estas tres escrituras fueron compuestas originalmente por el apóstol Tomás, Felipe el evangelista y Valentín de Alejandría, y que nos llegan básicamente intactas y bien traducidas al copto del arameo, hebreo o griego originales. No hay ninguna razón en absoluto para proponer una hipótesis más compleja aquí. Así, siguiendo el ejemplo de la Metafísica de Aristóteles (llamada así con posterioridad a su autor por Andrónico de Rodas), he llamado a esta colección de nuevas escrituras ‘Metalogos’— es decir, ‘Más Logos’.
        En resumen, estos evangelios nuevos son seguramente el descubrimiento más maravilloso que se podría imaginar— ¡!

— Paterson Brown, Lic. (Amherst), D.Fil. (Londres)
Vilcabamba, Loja, Ecuador; Semana Santa 2006
edit@metalog.org


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