Hasta la mitad del siglo XIX no se conocían de los gnósticos más que los fragmentos con­servados en las obras antignósticas de algunos Padres de la Iglesia. La






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EL GNOSTICISMO

Las fuentes
Hasta la mitad del siglo XIX no se conocían de los gnósticos más que los fragmentos con­servados en las obras antignósticas de algunos Padres de la Iglesia. La adquisición, por parte del Dr. A. Askew en Grecia, a finales del si­glo XVIII, del códice que llevará después su nombre (hoy Cod. Add. 5114 del British Mu­seum), que contiene en lengua copta la obra gnóstica Pistis Sophia, señaló el comienzo de felices descubrimientos de otras obras gnós­ticas en lengua copta. De hecho, a la publi­cación de Pistis Sophia en el 1851, a cargo de J. Petermann, siguió en 1892 la publicación de los escritos gnósticos del Códice Bruciano, a cargo de C. Schmidt, que contienen el Misterio del gran Logos o Libros de Jeú y un escrito mutilado del principio y del fin. En 1896 C. Schmidt daba a conocer a la acade­mia de Berlín el códice de Akhmin, llamado después Papyrus Berolinensis 8502, que con­tiene una parte del Evangelio de María Magda­lena, una breve reseña del Apócrifo de Juan y la Sophia Jesu Christi.

Pasaron cincuenta años, y en 1945-46 se descubrió en una tumba junto al antiguo monasterio pacomiano de Khenoboskion, en los alrededores de la actual aldea de Nag­Hammadi (al pie de la montaña de Gebel-et­-Tarif), a un centenar de kilómetros al norte de Luxor, un ánfora con trece códices de papiro, con cincuenta y tres tratados, todavía en vías de publicación. Buena parte de estos trata­dos, que pretenden datarse alrededor del 400, se pueden dividir provisionalmente, según su contenido, como sigue:
a) Apocalipsis de los profetas de la gnosis desde Seth a Zoroastro: 1, Apocalipsis de Adán (códice V, tratado n.5); 2, Carta de Eugnosto el Dichoso (III, 3; V, 1); 3, Paráfrasis de Shem (VII, 1); 4, Las tres estelas de Seth (VII, 5, 1); 5, Logos segundo del gran Seth (VII, 2).

b) Escritos gnósticos con apariencias cris­tianas o al revés: 1, Hipóstasis de los Arcontes (II, 4); 2, Exégesis sobre el alma (II, 6); 3, EI pensamiento de la gran potencia (VI, 4); 4, Logos segundo del gran Seth (VII, 2); 5, Libro del atleta Tomás (II, 7, 1); 6, Actos de Pedro y de los doce Apóstoles (VI, 1); 7, Apócrifo de Juan (II, 1; III, 1; IV, 1); 8, Sophia de Jesucristo (III, 4); 9, Sobre el origen del mun­do (11, 5; XIII, 2).

c) Evangelios de la gnosis cristianizada: 1, Evangelio de Tomás (II, 2); 2, Evangelio de la Verdad (I, 2); 3, Evangelio de Felipe (II, 3); 4, Apocalipsis de Pablo (V, 2); 5, Primer y se­gundo Apocalipsis de Santiago (V, 3-4); 6, Evangelio de los Egipcios (111, 2; IV, 2); 7, Apocalipsis de Pedro (VII, 3).

d) Escritos "herméticos" (los tres prime­ros son claramente herméticos; los otros tres podrían ser o herméticos o gnósticos): 13 1, Tratado sobre la injusticia (VI, 5); 2, La ora­ción de acción de gracias (VI, 7); 3, Apoca­lipsis de Asclepio (VI, 8); 4, El trueno, la mente perfecta (VI, 2); 5, La auténtica ense­ñanza (VI, 3); 6, Discurso sobre el ogdoada y sobre la enneada (VI, 6).

A estos textos originales, fuentes primarias del gnosticismo, cuya lista completa ofrece­mos en la nota 1, debemos añadir las obras antignósticas de algunos Padres de la Iglesia, como fuentes secundarias, es decir, en cuanto que contienen indicaciones, citas, fragmentos o incluso escritos gnósticos más o menos com­pletos. Los descubrimientos de Nag-Hamma­di, a pesar de poner en segundo plano estas fuentes patrísticas, no les han privado, sin em­bargo, de su valor. También el juicio dado sobre ellos anteriormente ha quedado mejo­rado por el hecho de que ahora se pueden verificar las noticias dadas por ellos sobre los textos originales. Con todo, esto no significa que los Padres hayan conocido plenamente a los gnósticos o que ellos puedan orientamos completamente sobre sus adversarios. No con­viene olvidar que ellos ponen en primer plano, y sobre todo dan espacio, a lo que para ellos es abstruso, repugnante y herético. A pesar de estos límites, las noticias dadas por los Padres sobre el gnosticismo son de un valor excepcional. Las obras principales son las siguien­tes: el Adversus haereses, de Ireneo; los Philosophumena, de Hipólito; el De praescrip­tione haereticorum, de Tertuliano; el De anima, Adversus Valentinianos, Adversus Marcionem y Adversus Hermogenem, del mismo autor, y el Panarion, de Epifanio.

Los términos "gnosis" y "gnosticismo"
"Gnosticismo" es el hecho histórico deter­minado por la existencia en el siglo II de un complejo de doctrinas y de sectas que todos acordaron en llamar gnosticismo. "Gnosis", sin embargo, es el "conocimiento de los miste­rios divinos reservados a una élite”.

El térmi­no "gnosticismo" comporta esencialmente las siguientes características: 1) Concepción de la presencia en el hombre de una chispa divina que procede del mundo divino, que ha caído en este mundo sometido al destino, al naci­miento y a la muerte, y que debe ser desper­tada por la contrapartida de su yo interior para ser reintegrada finalmente. 2) Esta idea está fundada en la concepción de una "degra­dación" de lo divino, cuya periferia llamada muchas veces Sophia o Ennoia debía entrar fatalmente en crisis y producir este mundo, del que no puede, por otra parte, desentenderse porque en él debe recuperar el pneuma (concepción dualista sobre un trasfondo mo­nístico, que se expresa con un doble movi­miento de degradación y de reintegración). 3) No toda "gnosis" es "gnosticismo", sino sólo aquella que implica la idea de la connatura­lidad divina de la chispa que debe ser reanima­da y reintegrada: esta gnosis del gnosticismo implica la identidad divina del que conoce (el gnóstico), de lo conocido (la sustancia divina de su Yo trascendente) y del medio con el que conoce (la gnosis como facultad divina implí­cita que debe ser avivada y actualizada).

Hay una "gnosis" cristiana, que podemos definir como el conocimiento de Dios y de sus misterios, fundada en la fe y en la tradición de la Iglesia y en la interpretación espiritual de la Sagrada Escritura, con la tendencia a distin­guirse de la fe y de la interpretación literal de la Escritura del simple fiel. La "gnosis" cris­tiana tendrá su mayor desarrollo y acomo­dación en el siglo III, sobre todo con Cle­mente de Alejandría y Orígenes, poniendo al desnudo el problema del desacuerdo entre fe popular y ciencia teológica.

De la gnosis cristiana se distingue la gnosis heterodoxa o no cristiana, una gnosis del gnosticismo. De hecho, el término "gnosti­cismo" será tomado a lo largo de nuestro tra­tado para señalar aquel determinado complejo de doctrinas y sectas del siglo II que comba­tieron los Padres. El problema está en saber si fue combatido como no cristiano, que des­de fuera amenazaba al cristianismo, o si, por el contrario, fue combatido como una herejía que, nacida dentro del cristianismo, compro­metía su integridad y pureza. Estamos en el problema del origen del gnosticismo; proble­ma éste íntimamente ligado al de su defini­ción y naturaleza. Tratemos ante todo del origen.
El origen del gnosticismo
La brevísima definición del gnosticismo dada por Harnack, "aguda helenización del cristianismo", puede considerarse como lema de la corriente de estudiosos que afirman el origen griego-helenístico del gnosticismo. C. Schneider define el "espíritu" del gnosti­cismo como "exclusivamente griego y preva­lentemente platónico". Para él, el gnosticismo forma parte de la historia del tardío plato­nismo, y es una ramificación suya, aunque totalmente especial. El, con todo, no ex­cluye una infiltración irania. Con el mismo esquema, Leisegang ve el origen del gnosti­cismo en la combinación del elemento griego como forma y del elemento oriental como contenido. Todo el modo de pensar, de dedu­cir y especular, la forma entera y la estructura espiritual del sistema son griegos; la materia elaborada es en gran parte oriental. Para Lei­segang, pues, el gnosticismo tiene, por una parte, si se consideran sus componentes, dos raíces, y, por otra, un único origen en la fu­sión de las características esenciales de esos componentes suyos.

La Escuela de la Historia de las Religiones, sin embargo, ya en sus fundadores Wilhelm Bousset y Richard Reitzenstein, ha contri­buido con su fama a difundir la opinión del origen oriental del gnosticismo. Con esta ex­presión, "origen oriental", se quiere indicar la preponderancia de los influjos orientales, a los que naturalmente se une, en el ámbito del sin­cretismo helenístico, el influjo griego. De he­cho, sólo con la unión de estos dos factores surge el gnosticismo. En efecto, leemos en Bousset: "Parece que el gnosticismo ha sur­gido sólo como consecuencia de una mesco­lanza de la doctrina genuinamente persa de las dos divinidades (principios) enemigas y en lu­cha entre sí con la concepción griega de la supremacía de los ideales espirituales en los enfrentamientos del mundo sensible y mate­rial. Sólo por la confluencia en una de las dos visiones pesimistas del mundo podía surgir el absoluto y desesperado dualismo y pesimismo del gnosticismo." A diferencia de Bousset, que sostiene pesimismo y dualismo como componentes fundamentales, Reitzenstein ve la esencia del gnosticismo en el individualismo y universalismo; por consiguiente, él afirma que el gnosticismo es la propagación natural de la religión oriental en la diáspora, consti­tuye el punto culminante de su desarrollo individualista y al mismo tiempo universal, y es por esto, en un cierto sentido, el último estadio del helenismo.

Un buen número de investigadores se orientan hoy, sin embargo, hacia la opinión del ori­gen hebreo o judeo-cristiano del gnosticis­mo. El gnosticismo del siglo II no proviene, según el parecer de Peterson, ni del hele­nismo ni de la religión zoroástrica. Los gnós­ticos se sirven, de una parte, de la terminolo­gía e ideología filosófica griega y, por otra, de los símbolos ideológicos de la religión persa de Zoroastro sólo para hacer comprensible y propagar la propia doctrina en el mundo helenístico o persa. Un ejemplo de esta adapta­ción de lenguaje y de símbolos nos lo da el maniqueísmo, que en Occidente se servía de la terminología griega; en Irán, del vocabulario zoroástrico; en India, de indio, y en Chi­na, del chino. El origen del gnosticismo del siglo II debe buscarse, pues, en su propio espacio geográfico: Siria occidental y oriental (Me­sopotamia) y Egipto, es decir, el ambiente de lengua aramea. Esto significa por lo menos que al principio el gnosticismo fue obra de judíos o de judeo-cristianos. Al argumento del medio de comunicación y al geográfico, Pe­terson añade después el del contenido: el fundamento del dualismo gnóstico se encuen­tra en el judaísmo tardío y, precisamente, en la doctrina de las dos inclinaciones, la buena y la mala, que se disputan al hombre. Por últi­mo, concluye Peterson: "El origen del gnosti­cismo, pues, no debe explicarse como un mo­vimiento anónimo de sincretismo de varias religiones, sino que se comprende sólo como el desarrollo lógico de un dualismo antropo­lógico que identificaba el pecado original con la concupiscencia y enmarcaba la concupis­cencia, hecha potencia cósmica, en el esquema del pensamiento apocalíptico." Por consi­guiente, los primeros escritos gnósticos deben buscarse en la literatura judía apocalíptica.

El problema del origen del gnosticismo es, pues, bastante complejo para que se le quiera resolver en el estado actual de la investiga­ción. En relación a lo ya dicho en el primer volumen, creemos, sin embargo, que el gnos­ticismo no es sólo un producto del sincretis­mo judío, o tal vez de ciertas manifestaciones marginales del judaísmo, sino que también es otro tanto, por lo menos, un producto del sincretismo helenístico, un producto, en suma nacido en aquella incierta frontera en­ el judaísmo y el helenismo propio de fina­les de la vieja era y principios de la nueva, casi al mismo tiempo que el cristianismo, pero independiente de él. En el ambiente sirio occidental-oriental y en el ambiente egipcio, andando el tiempo, la visión gnóstica del mun­do y del hombre puede decirse que estaba en aire. Bastó la intuición de un hombre (como podría ser Simón Mago) y la chispa que de él cayó sobre un grupo para provocar el incen­dio.

Está claro, sin embargo, que, aun habiendo cambiado mucho el gnosticismo del helenismo y del judaísmo, creó algo nuevo, un sistema tal como para poner en serio peligro la exis­tencia misma del cristianismo, su competidor. De hecho, el gnosticismo, surgido fuera del cristianismo, aun infiltrándose algo en él en el siglo II, permanece sustancialmente, más que un pseudocristianismo, como un no cristianis­mo, y como tal fue combatido por la Iglesia.

La doctrina

Hay algunos principios fundamentales que son comunes a casi todos los sistemas gnósticos. Aquí hacemos brevemente referencia a ellos con algunas características que, presentes en un sistema gnóstico principal, tienen un valor, por así decirlo, típico.


  1. El punto de partida


¿Quiénes éramos? ¿Qué hemos llegado a ser? ¿Dónde estábamos? ¿Adónde hemos sido arrojados? ¿Adónde vamos tan de prisa? ¿De qué hemos sido librados? ¿Qué es la generación? ¿Y la regeneración?
El punto de partida del gnosticismo es el problema del hombre, de su origen, de su na­turaleza y de su fin. Este problema tiene su origen en una visión del mundo, del hombre y de Dios, grandiosa y al mismo tiempo terrible: una altísima idea de Dios prestada del mono­teísmo judío y traducida en expresiones que indican su infinita distancia de la naturaleza y del tumulto de los seres materiales (el gran Silencio, y el Abismo); una idea muy baja de la materia concebida como in­trínsecamente mala por causa sobre todo de sus efectos en el corazón del hombre que, ape­gándose a ella, se pervierte y aleja de Dios. El problema del hombre se refleja y multiplica en otros problemas: a) ¿Cuál es el origen de la materia? ¿Ha podido nunca un Dios perfecto crear un ser malvado por naturaleza? b) ¿Cuál es el origen del mal en el mundo y en el hombre? ¿Es quizás Dios mismo el que lo ha infundido en la naturaleza? c) ¿Puede liberarse el hombre del mal? ¿Cómo se librará el hombre del mundo material y cómo se hará partícipe del mundo espiritual, del mundo divino? ¿Quién es el Salvador y en qué con­siste la salvación? d) ¿Cuál es el criterio de comprensión y juicio para entender la situa­ción actual del hombre y del mundo? ¿Tal criterio puede demostrarse como verdad reve­lada? En la base de la problemática gnóstica, pues, como postulado inicial de todo el sistema gnóstico, se halla el dualismo, la oposición en­tre Dios y la materia, entre lo divino y lo anti­divino.

En general este no es un dualismo radi­cal, pues tiene en realidad un substrato monís­tico. Aun siendo incompatibles y opuestos Dios y el mundo material, también es verdad que el mundo ha tenido su origen en Dios por emanación: no una emanación cuyo último producto está unido a su principio a través de una cadena ininterrumpida de seres interme­dios, sino una emanación que ha sufrido una brusca interrupción a causa de una "caída", que ha provocado, como un salto de cualidad, desde el mundo de las emanaciones divinas (divinidades y eones emanados de ella) al mundo de las emanaciones antidivinas (Demiur­go, Arcontes, cosmos, materia), ambas en degradación progresiva. Se trata de un dualis­mo anticósmico y escatológico (Jonás): el mal es este mundo, cuya sustancia no ha sido crea­da por Dios, y el mundo excluye a Dios todo cuanto puede, mientras Dios pone fin al poder del mundo sobre el hombre en espera de poner fin al mundo mismo. Este dualismo se traduce con respecto al mundo y al hombre en un dualismo cosmológico y antropológico, es decir, en oposición de la chispa divina, caída o infundida desde arriba en el espíritu del hombre, al mundo y al cuerpo o al hombre mismo como tal.

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