Finalista del Premio Primavera de Novela Espasa Calpe 2002 con su obra






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títuloFinalista del Premio Primavera de Novela Espasa Calpe 2002 con su obra
fecha de publicación12.09.2015
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Andres Neuman. Buenos Aires 1977.Nacionalizado español, vive en Granada y actualmente finaliza estudios de Filología Hispánica. Ha publicado Barriloche, El Jugador de billar, El que espera, El último minuto, ha sido Finalista del Premio Primavera de Novela Espasa Calpe 2002 con su obra La vida en las ventanas y Premio Hiperión de poesía por su obra El Tobogán. Más información en nuestra sección de Entrevistas.

 

Mi infancia son recuerdos de un patio con gravilla. Gritos desaforados. Mucho viento. La inminencia de un timbre. Los zapatos demasiado justos. Y algo más. Qué. Una pelota. De plástico anaranjado, o de cuero muy frágil, casi descosida.
Yo no sabía, por entonces, que a la pelota debía llamársela balón. Además, como estudiaba francés en el colegio, semejante mote me habría parecido una blasfemia o una concesión algo afeminada. Y en la escuela, señores, había que ser macho. Había que ser tan macho, tan rabioso y tan bestia, que el balón, no sé si me comprenden, de ningún modo podía ser masculino.
A mí, qué quieren que les diga, el fútbol me salvó de muchas cosas. De ser el púber tísico, aspirante a poeta, al que todos martirizan en el patio. De no poder intercambiar más de tres o cuatro gruñidos vagamente sintácticos con la mayoría de la especie masculina; esa especie brusca y hermética con la que rara vez conseguía encontrarme cómodo. El fútbol me salvó, también, del riesgo de ignorar el cuerpo, tendente como era a elucubrar y a soñar despierto. El fútbol me enseñó que, en la vida, si uno echa a correr debe hacerlo hacia adelante. Que a la belleza, casi siempre, le ponen zancadillas. Y me enseñó, desde luego, que no conviene hacer la guerra solo, y que el enemigo, ay, es siempre demasiado parecido a nosotros. Cada vez que me preguntan qué habría sido de mí de no ser escritor, cuando estoy a punto de responder que nada en absoluto -un escritor de veras, como sabía Rilke, es incapaz de imaginarse un destino distinto a la escritura-, me viene a la mente un sueño infantil que duró algunos años. De modo que carraspeo, sonrío y replico: quizás habría sido futbolista.
Una de las cosas que más nervioso me han puesto siempre, al discutir sobre fútbol, es esa batería de lugares comunes que tienen más o menos que ver con la virilidad de los jugadores. Esa extraña regla de tres inversa por la cual, para los madridistas, Geremi es más digno de respeto que Guti; o por la cual, para poner un ejemplo de la otra acera, a Luis Enrique le tienen más paciencia que a Rivaldo. Lo mismo sucedía en Argentina -y me temo que seguirá sucediendo siempre, en todos lados- cuando yo era un niño, hincha febril de Boca Juniors, y tenía que soportar las críticas que casi cada domingo recibía mi jugador predilecto: Carlos Daniel Tapia, el Chino Tapia. Un futbolista exquisito, zurdo, pequeño de envergadura pero con esa electricidad diabólica que sólo tienen los mediapuntas para pensar y decidir entre un campo de minas. El Chino Tapia era audaz en la conducción, visionario para los espacios y, sobre todo, generoso en el último pase. Solía regatear hacia el interior y entregar el balón afianzando el tobillo, cortando la pelota, colocando el pie muy paralelo e irguiéndose de súbito. Una maravilla, no sé si lo están viendo. Tampoco era raro que el Chino Tapia marcase algún gol de falta o en una imprevista jugada personal. Y, sin embargo, domingo tras domingo, uno tenía que soportar que sus mayores exclamaran: ¡Tapia, parecés una bailarina! O, infaltablemente, si algún toque genial no prosperaba: éste es un maricón, carajo.
Aquella afrenta al sentido común y, por qué no decirlo, al más elemental respeto por la estética, la he visto repetida desde entonces una y otra vez, en todos los órdenes de la vida. El riesgo, la imaginación y la sutileza son valores que aterran a las bestias guardianas del orden, la seguridad y los cojones. Y por cierto que, durante el mundial de México, el niño que yo era recibió otra triste lección: los generosos suelen terminar en el banquillo. Al Chino Tapia le tocó ser suplente en todos los partidos. Salió un rato a charlar con la pelota contra Corea y, si no recuerdo mal, jugó una media hora contra Inglaterra. Fatalmente, el altruista Chino decidió no prestarle el protagonismo a nadie y disparó con la zurda desde fuera del área; el balón dio en el poste, y luego se marchó hacia un costado; en aquel mismo instante, Tapia se lesionó en la ingle.
(Claro que, no sigamos ocultándolo, el Chino fue suplente, sí, pero de un asteroide llamado Maradona.)
Los mundiales. Quimeras babilónicas que se repiten, como mucho, tres meses por década. Con tanta espera, es más fácil soñar. Y me atrevería a afirmar que, en Argentina, los mundiales son otra cosa. Un acontecimiento que tiene menos que ver con el fútbol que con otras cosas como el pisoteado orgullo nacional, las ansias de venganza histórica o la distracción política. En España no es tan corriente encontrar a un aficionado cuyo sueño consista en golear a Inglaterra en revancha por el desastre de la Armada Invencible, o que aguarde impaciente el partido en el que darle un baño al imperio alemán, pongamos por caso. Si a eso añadimos que, por el momento, para los españoles las finales mundialistas no son más que esos partidos internacionales que se siguen sin demasiado ardor por la televisión, se comprende la diferencia de dimensión entre las selecciones de un país y otro. En Argentina, desgraciadamente, las proezas en el césped han servido en más de una ocasión para cubrir el ruido de las torturas en los sótanos.
Ése fue mi primer mundial, aunque ya no me acuerde: Argentina 78. Nuestra selección era fantástica como nunca y, probablemente, no mereció ganar. Pero Videla necesitaba un gol urgente para su genocidio, aunque fuese en fuera de juego y contra cualquier reglamento. El pueblo argentino se echó entonces a la calle, a celebrar que pronto no habría nada que celebrar, excepto funerales sin cadáveres. Por eso fue, quizá, tan simbólico el título conquistado ocho años después, en México 86. La sensación de la gente era, más o menos, que después de las Malvinas (Mundial 82) y del horror habían llegado la paz, la democracia y Maradona. Sus goles contra Inglaterra habían tenido lugar, incluso, en el orden exacto: primero se había burlado de la prepotente estatura de Shilton, el portero inglés, estirando el antebrazo en la cima del salto; y después, por si quedaban dudas, le había demostrado al ejército defensivo inglés de qué color era la bandera del talento. Qué útiles, en el campo y fuera de él, que son los enemigos: como escribió Eduardo Galeano sobre los árbitros en El fútbol a sol y sombra, cuanto más se odian, más se necesitan. Por eso Maradona, además de un imposible cuento fantástico en diez segundos, con aquel gol zigzagueante acababa de escribir, sin saberlo, el nuevo Martín Fierro. Todo un poema épico que, además de ser relatado hasta la saciedad en las calles, venía a terminar de dibujar el espejismo de la reconstrucción nacional.
(Ni que decir tiene que, años más tarde, al coincidir la barbarie política de Menem con la caída a los infiernos del dios Diego, el paralelismo siguió siendo perturbadoramente fácil.)
Me recuerdo, tras el mundial de México, hojeando la prensa en busca de reportajes sobre la selección. Y recuerdo también aquellas fotos de aquel anciano que, con el tiempo, se me iría también divinizando. Aquel anciano cuyo rostro, entonces, no reconocí del todo. Las noticias alternaban fútbol y literatura. El mes de agosto de 1986 iba entibiándose. Maradona acababa de levantar la copa, y Borges acababa de agachar la cabeza. Por aquel entonces, leía yo novelas de aventuras, de misterio o de terror. Dentro del colegio -donde no había alumnas- buscaba una amiga en la pelota. Fuera de él, pasaba muchas horas en los potreros emulando al dios Diego o, más modestamente, al Chino Tapia. Son muchos los domingos que recuerdo parecidos a aquel cuento de Roberto Fontanarrosa, ése en el que decenas de personajes sólo atienden a una cosa, el balón, para finalmente contemplar cómo su día se pincha en una rama o se pierde detrás de algún coche.
Mundiales. Como Italia 90, mi último mundial argentino, en el que la selección llegó, nuevamente, a jugar la final contra Alemania. Aquel mundial había sido la crónica de una decadencia anunciada: el equipo nacional era casi el mismo, pero cuatro años más desencantado; y su tótem, Maradona, no era el mismo sino uno más gordo, lesionado y mascando quizá su inminente tragedia. Aquélla fue una triste manera de despedirme del país y del gran fútbol. Poco después mi familia abandonó Argentina y, para el mundial siguiente, el equipo que veía por la televisión, al calor del verano, vestía de rojo e invocaba una vaporosa furia como principal argumento ganador.
Jorge Valdano, que es quien mejor comprende (como lo supo Grecia) que el deporte es un síntoma de muchas otras cosas, publicó hace unos años el primer tomo de ese acto de redención que fueron los Cuentos de fútbol. El año anterior, en 1994, había tenido lugar el siguiente mundial en Estados Unidos. Aquél fue el segundo adiós de Maradona, que, como todos los mitos, nunca se retiraba del todo. Y lo más curioso es que, acaso sin saberlo, en el mismo año de la consagración de Maradona, Valdano había escrito un  artículo en la Revista de Occidente que, en cierto modo, definía la fatalidad de su compañero de selección. Al margen del asombro que causó que un futbolista conviviese con la élite intelectual en las páginas de una publicación académica, aquel artículo sobre el miedo escénico comenzaba afirmando que “el jugador es un actor obligado a representar una obra desconocida frente a un adversario que se empeña en impedírselo”. Eso fue, precisamente, lo que le sucedió al 10 argentino: personaje adorado, actor de sí mismo sobre el césped, él estaba obligado a desempeñar cada partido su papel de genio. Y, como alguna vez le he oído decir a Valdano, ser Maradona no debía de ser fácil para Maradona. Ahora bien, ¿quién le impidió serlo hasta el final, quién se empeñó en que Diego dejase de ser él? Propongo tres posibles respuestas, todas ciertas a mi juicio: los defensas rivales; la FIFA y sus extraños reglamentos, que toleran o castigan según a quién, según qué y según cuándo; y Maradona mismo. Su personaje escénico.
Muy distinto, hoy día, resulta ya el personaje de los mejores futbolistas nacionales. Con la excepción de esa suerte de poeta parnasiano que es Tristán, los ídolos españoles se comportan como deben dentro y fuera del campo. Por eso nunca caerán como otros ídolos pero, tal vez por eso, tampoco volarán nunca tan alto. Y así como el mundial 90 se perdió por torpeza; el 94, porque Julio Salinas no es el díscolo Baggio; en el 98 la furia no valió ni para ser más bestias que los duros centrales paraguayos; ¿y ahora? Ahora, en 2002, tal vez se apueste firme por el riesgo. Para no ganar, mejor haber jugado como Holanda en el último campeonato. Raúl no es Maradona, pero el esbelto fenómeno de Madrid tampoco sufrirá el atroz miedo escénico de tener que meterle un gol al mundo. Suerte, entonces. Que defiendan con orden, sí. Pero, sobre todo, que dejen que Raúl, junto con Valerón y Tristán, escriban los partidos a seis piernas. Sólo así podremos mirar los partidos con otros ojos, y perseguir los viajes imprevistos del balón, y acaso ver por fin una final sin bostezar, pendientes de las estrellas sobre el césped. Y sólo así, tal vez, podamos al fin sentirnos como los poco viriles pero sin duda felices amantes de aquel poema de Rilke -David y Saúl- y exclamar frente a la pelota: somos casi como un astro que gira.
Nota del Autor.- Este artículo ha sido publicado también en la revista literaria MERCURIO.

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