Platón el Banquete






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PLATÓN




El Banquete


BANQUETE
APOLODORO, AMIGO


172a

APOLODORO. - Me parece que sobre lo que preguntáis estoy preparado. Pues precisamente anteayer subía a la ciu­dad desde mi casa de Falero 1 cuando uno de mis conoci­dos, divisándome por detrás, me llamó desde lejos y, bro­meando 2 a a la vez que me llamaba, dijo:

-¡Eh!, tú, falerense, Apolodoro, espérame.

Yo me detuve y le esperé. Entonces él me dijo:

-
b
Apolodoro, justamente hace poco te andaba buscan­do, porque quiero informarme con detalle de la reunión mantenida por Agatón, Sócrates, Alcibiades y los otros que entonces estuvieron presentes en el banquete, y oír cuáles fueron sus discursos sobre el amor. De hecho, otro que los había oído de Fénix
3, el hijo de Filipo, me los contó y afirmó que también tú los conocías, pero, en realidad, no supo decirme nada con claridad. Así, pues, cuéntame­los tú, ya que eres el más idóneo para informar de los discursos de tu amigo. Pero -continuó- antes dime, ¿es­tuviste tú mismo en esa reunión o no?

Y yo le respondí:

-
c
Evidentemente parece que tu informador no te ha contado nada con claridad, si piensas que esa reunión por la que preguntas ha tenido lugar tan recientemente como para que también yo haya podido estar presente.

-Así, en efecto, lo pensé yo -dijo.

-
173a
¿Pero cómo -le dije- pudiste pensar eso, Glaucón 4? ¿No sabes que, desde hace muchos años, Agatón no ha estado aquí 5, en la ciudad, y que aún no han transcurrido tres años desde que estoy con Sócrates y me propongo ca­da día saber lo que dice o hace? Antes daba vueltas de un sitio a otro al azar y, pese a creer que hacía algo impor­tante, era más desgraciado que cualquier otro, no menos que tú ahora, que piensas que es necesario hacer todo me­nos filosofar.

-No te burles -dijo- y dime cuándo tuvo lugar la reunión ésa.

-Cuando éramos todavía niños -le dije yo- y Aga­tón triunfó con su primera tragedia, al día siguiente de cuando él y los coreutas celebraron el sacrificio por su vic­toria.

-
b
Entonces -dijo-, hace mucho tiempo, según pare­ce. Pero, ¿quién te la contó? ¿Acaso, Sócrates en persona?

-No, ¡por Zeus! -dije yo-, sino el mismo que se la contó a Fénix. Fue un tal Aristodemo, natural de Cida­teneon 6, un hombre bajito, siempre descalzo, que estuvo presente en la reunión y era uno de los mayores admirado­res de Sócrates de aquella época, según me parece. Sin em­bargo, después he preguntado también a Sócrates algunas de las cosas que le oí a Aristodemo y estaba de acuerdo conmigo en que fueron tal como éste me las contó.

-¿Por qué, entonces -dijo Glaucón- no me las cuen­tas tú? Además, el camino que conduce a la ciudad es muy apropiado para hablar y escuchar mientras andamos.

A
c
sí, mientras íbamos caminando hablábamos sobre ello, de suerte que, como dije al principio, no me encuentro sin preparación. Si es menester, pues, que os lo cuente también a vosotros, tendré que hacerlo. Por -lo demás, cuan­do hago yo mismo discursos filosóficos o cuando se los oigo a otros, aparte de creer que saco provecho, también yo disfruto enormemente. Pero cuando oigo otros, espe­cialmente los vuestros, los de los ricos y hombres de nego­cios, personalmente me aburro y siento compasión por vo­sotros, mis amigos, porque creéis hacer algo importante cuando en realidad no estáis haciendo nada. Posiblemente vosotros, por el contrario, pensáis que soy un desgraciado, y creo que tenéis razón; pero yo no es que lo crea de voso­tros, sino que sé muy bien que lo sois.

A
d

e
MGO. - Siempre eres el mismo, Apolodoro, pues siempre hablas mal de ti y de los demás, y me parece que, excepto a Sócrates, consideras unos desgraciados absoluta mente a todos, empezando por ti mismo. De dónde reci­biste el sobrenombre de «blando»
7, yo no lo sé, pues en tus palabras siempre eres así y te irritas contigo mismo y con los demás, salvo con Sócrates.

APOL. - Queridísimo amigo, realmente está claro que, al pensar así sobre mí mismo y sobre vosotros, resulto un loco y deliro.

AM. - No vale la pena, Apolodoro, discutir ahora so­bre esto. Pero lo que te hemos pedido, no lo hagas de otra manera y cuéntanos cuáles fueron los discursos.

A
174a
POL. - Pues bien, fueron más o menos los siguien­tes... Pero, mejor, intentaré contároslos desde el principio, como Aristodemo los contó.

Me dijo, en efecto, Aristodemo que se había tropezado con Sócrates, lavado y con las sandalias puestas, lo cual éste hacía pocas veces, y que al preguntarle adónde iba tan elegante le respondió:

-
b
A la comida en casa de Agatón. Pues ayer logré es­quivarlo en la celebración de su victoria, horrorizado por la aglomeración. Pero convine en que hoy haría acto de presencia y ésa es la razón por la que me he arreglado así, para ir elegante junto a un hombre elegante. Pero tú, dijo, ¿querrías ir al banquete sin ser invitado?

Y yo, dijo Aristodemo, le contesté:

-Como tú ordenes.

-
c
Entonces sígueme, dijo Sócrates, para aniquilar el pro­verbio cambiándolo en el sentido de que, después de todo, también «los buenos van espontáneamente a las comidas de los buenos»
8. Homero, ciertamente, parece no sólo ha­ber aniquilado este proverbio, sino también haberse burla­do de él, ya que al hacer a Agamenón un hombre extraor­dinariamente valiente en los asuntos de la guerra y a Menelao un «blando guerrero»9, cuando Agamenón es­taba celebrando un sacrificio y ofreciendo un banquete, hizo venir a Menelao al festín sin ser invitado, él que era peor, al banquete del mejor.

A
d
l oír esto, me dijo Aristodemo que respondió: -Pues tal vez yo, que soy un mediocre, correré el ries­go también, no como tú dices, Sócrates, sino como dice Homero, de ir sin ser invitado a la comida de un hombre sabio. Mira, pues, si me llevas, qué vas a decir en tu de­fensa, puesto que yo, ten por cierto, no voy a reconocer haber ido sin invitación, sino invitado por ti.

-«Juntos los dos -dijo- marchando por el camino» 10 deliberaremos lo que vamos a decir. Vayamos, pues.

Tal fue, más o menos -contó Aristodemo-, el diálo­go que sostuvieron cuando se pusieron en marcha. Enton­ces Sócrates, concentrando de alguna manera el pensamiento en sí mismo 11, se quedó rezagado durante el camino y como aquél le esperara, le mandó seguir adelante. Cuando estuvo en la casa de Agátón, se encontró la puerta abierta y dijo que allí le sucedió algo gracioso 12. Del interior de la casa salió a su encuentro de inmediato uno de los escla­vos que lo llevó a donde estaban reclinados los demás, sor­prendiéndoles cuando estaban ya a punto de comer. Y ape­nas lo vio Agatón, le dijo:

-
e
Aristodemo, llegas a tiempo para comer con noso­tros. Pero si has venido por alguna otra razón, déjalo para otro momento, pues también ayer te anduve buscando pa­ra invitarte y no me fue posible verte. Pero, ¿cómo no nos traes a Sócrates?

Y yo -dijo Aristodemo- me vuelvo y veo que Sócra­tes no me sigue por ninguna parte. Entonces le dije que yo realmente había venido con Sócrates, invitado por él a comer allí.

-Pues haces bien, dijo Agatón. Pero, ¿dónde está Só­crates?

-
175a
Hasta hace un momento venía detrás de mí y tam­bién yo me pregunto dónde puede estar.

-Esclavo, ordenó Agatón, busca y trae aquí a Sócra­tes. Y tú, Aristodemo, dijo, reclínate junto a Erixímaco 13.

Y cuando el esclavo le estaba lavando -continuó Aristodemo- para que se acomodara, llegó otro esclavo anunciando:

-El Sócrates que decís se ha alejado y se ha quedado plantado en el portal de los vecinos. Aunque le estoy lla­mando, no quiere entrar.

-Es un poco extraño lo que dices, dijo Agatón. Llá­malo y no lo dejes escapar.

E
b
ntonces intervino Aristodemo -según contó-, di­ciendo:

-De ninguna manera. Dejadle quieto, pues esto es una de sus costumbres. A veces se aparta y se queda plantado dondequiera que se encuentre. Vendrá enseguida, supon­go. No le molestéis y dejadle tranquilo.

-
c
Pues así debe hacerse, si te parece -me dijo Aristo­demo que respondió Agatón-. Pero a nosotros, a los demás, servidnos la comida, esclavos. Poned libremente so bre la mesa lo que queráis, puesto que nadie os estará vigi­lando, lo cual jamás hasta hoy he hecho. Así, pues, imagi­nad ahora que yo y los demás, aquí presentes, hemos sido invitados a comer por vosotros y tratadnos con cuidado a fin de que podamos elogiaros
14.

Después de esto -dijo Aristodemo-, se pusieron a co­mer, pero Sócrates no entraba. Agatón ordenó en repeti­das ocasiones ir a buscarlo, pero Aristodemo no lo consen tía. Finalmente, llegó Sócrates sin que, en contra de su costumbre, hubiera transcurrido mucho tiempo, sino, más o menos, cuando estaban en mitad de la comida. Entonces Agatón, que estaba reclinado solo en el último extremo, según me contó Aristodemo, dijo:

-
d
Aquí, Sócrates, échate junto a mí, para que también yo en contacto contigo goce de esa sabia idea que se te presentó en el portal. Pues es evidente que la encontraste y la tienes, ya que, de otro modo, no te hubieras retirado antes.

Sócrates se sentó y dijo:

-Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una co­sa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera de lo más lleno a lo más vacío de nosotros, como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de la más llena a la más vacía 15. Pues si la sabiduría se comporta también así, valoro muy alto el estar reclina­do junto a ti, porque pienso que me llenaría de tu mucha y hermosa sabiduría. La mía, seguramente, es mediocre, o incluso ilusoria como un sueño, mientras que la tuya es brillante y capaz de mucho crecimiento, dado que desde tu juventud ha resplandecido con tanto fulgor y se ha puesto de manifiesto anteayer en presencia de más de treinta mil griegos como testigos 16.

-
e

176a
Eres un exagerado, Sócrates, contestó Agatón. Mas este litigio sobre la sabiduría lo resolveremos tú y yo un poco más tarde, y
Dioniso 17 será nuestro juez. Ahora, en cambio, presta atención primero a la comida.

A continuación -siguió contándome Aristodemo-, después que Sócrates se hubo reclinado y comieron él y los demás, hicieron libaciones y, tras haber cantado a la divinidad y haber hecho las otras cosas de costumbre, se dedicaron a la bebida 18. Entonces, Pausanias -dijo Aristodemo- empezó a hablar en los siguientes términos:

-Bien, señores, ¿de qué manera beberemos con mayor comodidad? 19. En lo que a mí se refiere, os puedo decir que me encuentro francamente muy mal por la bebida de ayer y necesito un respiro. Y pienso que del mismo modo la mayoría de vosotros, ya que ayer estuvisteis también presentes. Mirad, pues, de qué manera podríamos beber lo más cómodo posible.

-
b
Ésa es -dijo entonces Aristófanes- una buena idea, Pausanias, la de asegurarnos por todos los medios un cier­to placer para nuestra bebida, ya que también yo soy de los que ayer estuvieron hecho una sopa.

Al oírles -me dijo Aristodemo-, Erixímaco, el hijo de Acúmeno, intervino diciendo:

-En verdad, decís bien, pero todavía necesito oír de uno de vosotros en qué grado de fortaleza se encuentra Agatón para beber.

-En ninguno -respondió éste-; tampoco yo me sien­to fuerte.

-
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d
Sería un regalo de Hermes 20, según parece, para nosotros -continuó Erixímaco-, no sólo para mí y para Aristodemo, sino también para Fedro y para éstos, el que vosotros, los más fuertes en beber, renunciéis ahora, pues, en verdad, nosotros siempre somos flojos. Hago, en cam­bio, una excepción de Sócrates, ya que es capaz de ambas cosas 21, de modo que le dará lo mismo cualquiera de las dos que hagamos. En consecuencia, dado que me parece que ninguno de los presentes está resuelto a beber mucho vino, tal vez yo resultara menos desagradable si os dijera la verdad sobre qué cosa es el embriagarse. En mi opinión, creo, en efecto, que está perfectamente comprobado por la medicina que la embriaguez es una cosa nociva para los hombres. Así que, ni yo mismo quisiera de buen grado beber demasiado, ni se lo aconsejaría a otro, sobre todo cuando uno tiene todavía resaca del día anterior.

-
e
En realidad -me contó Aristodemo que dijo inte­rrumpiéndole Fedro, natural de Mirrinunte-, yo, por mi parte, te suelo obedecer, especialmente en las cosas que dices sobre medicina; pero ahora, si deliberan bien, te obe­decerán también los demás.

Al oír esto, todos estuvieron de acuerdo en celebrar la reunión presente, no para embriagarse, sino simplemente bebiendo al gusto de cada uno.

-Pues bien -dijo Erixímaco-, ya que se ha decidido beber la cantidad que cada uno quiera y que nada sea for­zoso, la siguiente cosa que propongo es dejar marchar a la flautista 22 que acaba de entrar, que toque la flauta para sí misma o, si quiere, para las mujeres de ahí dentro, y que nosotros pasemos el tiempo de hoy en mutuos discur­sos. Y con qué clase de discursos, es lo que deseo expone­ros, si queréis.

T
177a
odos afirmaron que querían y le exhortaron a que hiciera su propuesta. Entonces Erixímaco dijo:

-
b

c
El principio de mi discurso es como la
Melanipa de Eurípides, pues «no es mío el relato» 23 que voy a decir, sino de Fedro, aquí presente. Fedro, efectivamente, me es tá diciendo una y otra vez con indignación: «¿No es extra­ño, Erixímaco, que, mientras algunos otros dioses tienen himnos y peanes compuestos por los poetas, a Eros, en cambio, que es un dios tan antiguo y tan importante, ni siquiera uno solo de tantos poetas que han existido le haya compuesto jamas encomio alguno? 24. Y si quieres, por otro lado, reparar en los buenos sofistas, escriben en prosa elo­gios de Heracles y de otros, como hace el magnífico Pródi­co 25. Pero esto, en realidad, no es tan sorprendente, pues yo mismo me he encontrado ya con cierto libro de un sa­bio en el que aparecía la sal con un admirable elogio por su utilidad 26. Y otras cosas parecidas las puedes ver elo­giadas en abundancia. ¡Que se haya puesto tanto afán en semejantes cosas y que ningún hombre se haya atrevido hasta el día de hoy a celebrar dignamente a Eros! ¡Tan descuidado ha estado tan importante dios!» En esto me parece que Fedro tiene realmente razón. En consecuencia, deseo, por un lado, ofrecerle mi contribución y hacerle un favor, y, por otro, creo que es oportuno en esta ocasión que nosotros, los presentes, honremos a este dios. Así, pues, si os parece bien también a vosotros, tendríamos en los discursos suficiente materia de ocupación. Pienso, por tanto, que cada uno de nosotros debe decir un discurso, de izquierda a derecha, lo más hermoso que pueda como elogio de Eros y que empiece primero Fedro, ya que tam­bién está situado el primero y es, a la vez, el padre de la idea 27.

-
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