Resumen Este artículo tiene una introducción y dos partes. La primera parte argumenta porqué, cuando nos referimos a las técnicas de cultivo que se emplean en la mayor parte de las tierras la Amazonía (es decir,






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títuloResumen Este artículo tiene una introducción y dos partes. La primera parte argumenta porqué, cuando nos referimos a las técnicas de cultivo que se emplean en la mayor parte de las tierras la Amazonía (es decir,
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fecha de publicación05.06.2015
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AGRICULTURA VS. HORTICULTURA, CAMPESINO VS. BOSQUESINO. BALANCE Y PROYECCIÓN.
AGRICULTURE VS. HORTICULTURE, PEASANT VS. FOREST DWELLER. BALANCE AND PROJECTION.
Jorge Gasché, antropólogo y lingüista1
Resumen
Este artículo tiene una introducción y dos partes. La primera parte argumenta porqué, cuando nos referimos a las técnicas de cultivo que se emplean en la mayor parte de las tierras la Amazonía (es decir, en la tierras de altura), el término que se debe usar es “horticultura” y no “agricultura”, este último siendo más o menos adecuado sólo para designar los monocultivos (de arroz, maíz, urena) en las terrazas bajas o medianas (las várzeas, en términos brasileños). Al mismo tiempo, para referirnos a la población que vive en y del bosque y que cultiva sus tierras, debemos hablar de “bosquesinos” y no de “campesinos”. Hacemos la crítica lingüística y pragmática de estos términos a fin de distinguir y poner en evidencia realidades técnicas y ecológicas que el uso indiscriminado de “agricultura” y “campesino” confunde. Esta confusión lleva a concebir proyectos de desarrollo rural inadecuados al medio bosquesino amazónico; de ahí, los fracasos regulares de estos proyectos. La segunda parte muestra cómo remediar al desconocimiento de los sistemas hortícolas y expone los lineamientos de un proyecto de investigación y promoción alternativo que tiene el objetivo de revalorar las prácticas hortícolas bosquesinas y, con ellas, los valores socio-culturales bosquesinos..
Abstract
This article has an introduction and two parts. The first part argues why, when we refer to the cultivation techniques used in most of the Amazon territory, the term to use is "horticulture" and not "agriculture", the latter being more or less appropriate to designate only the monocultures (rice, maize, urena) on the lower or medium terraces (the varzeas, in Brazilian terms) on the river boards. At the same time, to refer to people living in and by means of the forest and cultivating its land, we must speak of "forest dwellers" rather than of "peasants." We criticize linguistically and pragmatically these terms with the purpose to distinguish and highlight technical and ecological realities that the indiscriminate use of "agriculture" and "peasant" is confusing. This confusion leads to a conception of rural development projects for the forest dweller society that is inadequate; hence, the regular failures of these projects. The second part shows the guide-lines of an alternative research project whose objectives are (1) to fill the gap of our ignorance of the horticultural systems and (2) to revalorate the horticultural practices of the forest dwellers and the whole of their socio-cultural values.
Palabras claves
Amazonía, agricultura, horticultura, desarrollo rural, bosquesinos, campesinos, indígenas, sociedad rural amazónica.
Key words
Amazonia, agriculture, horticulture, rural development, forest dwellers, peasants, indians, Amazonian rural society.
1. Introducción2
Cada ciencia tiene su lenguaje especializado para evocar con precisión y coherencia lógica la realidad que está investigando. Las ciencias sociales tienen la misma preocupación de usar términos claramente definidos para circunscribir y nombrar los hechos observables. Una parte de la investigación en las ciencias sociales se dedica a evaluar críticamente ciertos términos en uso, sea en alguna de sus ramas, sea en otras ciencias (pero que tienen relación con las sociales), sea en el lenguaje de todos los días de los responsables del desarrollo. Esta evaluación revela en qué medida los términos usados están adecuados o no a la realidad a la que pretenden referirse y en qué medida habrá que restringir eventualmente su uso a un campo determinado de la realidad, sustituyéndole en otro uso, referente a otro campo de la realidad, otro término. Esto, afín de dar al pensamiento y a la comprensión de la realidad instrumentos de mayor precisión y adecuación. El presente artículo asume esta tarea. Demostraremos que los términos de “agricultura” y de “campesino” son, en la mayoría de los casos, inadecuados para designar las prácticas de cultivo de la tierra y los hombres que la cultivan en la Amazonía baja del Perú. Para evocar estas prácticas y sus actores, conviene hablar de “horticultura” y de “bosquesinos”, y el término de “agricultura” debiérase reservar a pocos cultivos y limitadas extensiones en tierras aluviales de los ríos grandes. Hacemos estas precisiones porque pensamos y decimos que: “con palabras correctas se piensa mejor” y, particularmente, pensando y comprendiendo en términos correctos – es decir, claramente definidos – la realidad rural amazónica, pensaremos también mejor y de manera más realista y adecuada las posibilidades del desarrollo rural amazónico. En la segunda parte definiremos los lineamientos de un gran proyecto de investigación alternativo destinado (1) a remediar a la ignorancia que afecta a los decididores políticos en cuanto a los sistemas hortícolas bosquesinos y (2) a revalorar estos sistemas – y con ellos, el conjunto de valores socio-culturales bosquesinos – como bases sólidas y concretas de un desarrollo rural amazónico sostenible.
2. La horticultura del bosquesino
El bosquesino es el habitante rural de la selva amazónica que vive en el bosque y del bosque y sus aguas. El bosquesino caza, pesca, recolecta materias primas vegetales y minerales, frutos silvestres, miel, insectos y ciertos animales acuáticos (churos, cangrejos, camarones). Además, practica la horticultura, o, para usar un término corriente en la antropología, el cultivo de corte y quema o rozo y quema.3 Con los productos cultivados o recolectados confecciona artesanías, construye viviendas, cocina comidas y practica sus “fiestas” o “rituales”, que son parte de la expresión de sus valores sociales. Hoy en día, una parte de su producción – de toda índole – es comercializada (a veces al interior de la comunidad, por medio de regatones, en visitas de turistas o en los mercados de ciudades cercanas o más lejanas) y el dinero está en uso – en distintas cantidades – en todas las comunidades bosquesinas.4
Lamentablemente, los funcionarios de diferentes ministerios, los políticos y los desarrollistas siguen hablando de “agricultura”, cuando se refieren al trabajo de la tierra de los bosquesinos. Al mismo tiempo en que las marcas más visibles de las culturas indígenas desaparecen, tienen la tendencia de hablar de “campesinos”, cuando deberían hablar de “bosquesinos”. Esta terminología – agricultura, campesino – crea confusión en la medida en que borra diferencias significativas entre prácticas de cultivo y asimila las prácticas de cultivo propiamente amazónicas a prácticas de cultivo que se dan en otros medios naturales y en otras latitudes.
En la Amazonía peruana, el 7% de los suelos son aluviales, lo que significa que durante las inundaciones anuales se deposita limo fértil en las riberas de los ríos grandes que bajan de los Andes acarreando materias ricas en minerales de origen volcánico. De esta manera, la fertilidad de estas tierras ribereñas se renueva anualmente y permite el cultivo periódico regular – sólo interrumpido por las crecientes del “invierno”.
El 93% de las tierras amazónicas son tierras de altura, de alto grado de acidez, arcillosas y arenosas, de escasa materia orgánica (humus) y, desde luego, de baja fertilidad. Lo que permite el cultivo – transitorio – de estas tierras no es la fertilidad del suelo, sino la que les aporta la vegetación en pie (el bosque, la purma), cuando es tumbada y quemada; la presencia de las cenizas, además, disminuye temporalmente la acidez de estos suelos haciéndolos más propicios para el cultivo. En estas tierras de altura, los pueblos indígenas han desarrollado distintos sistemas de cultivo que, mayormente, han sido estudiados por los antropólogos (ver, p.ej., el estudio sintético de Cerón [1991]) y, escasamente, por algún agrónomo curioso. La misma ciencia agronómica en las universidades amazónicas, los ingenieros agrónomos y los extensionistas agrícolas del Ministerio los ignoran o tienen de ellos una visión general y simplista, considerando la “chacra” como la señal de una técnica rudimentaria o primitiva de cultivo.
Para referirnos a estas técnicas de cultivo, diversas según las tradiciones étnicas y particularmente adaptadas a los suelos pobres que cubren la casi totalidad de la Amazonía, cabe mejor usar la palabra “horticultura” (del latín hortus, esp. huerta, huerto) que “agricultura”, y eso por las siguientes razones:
“Agricultura” se deriva de la palabra latín ager que significa el campo abierto que se puede aprovechar permanentemente haciendo rotar las diferentes especies de cultivo, intercalando eventualmente un año de barbecho con cultivo de forraje para ayudar a la regeneración de la fertilidad o garantizando ésta con abono químico como en las grandes plantaciones de maíz, algodón y caña de azúcar. El agricultor que cultiva el campo abierto es el “campesino”. En el campo abierto se siembra una sola especie; se practica, entonces, el monocultivo; y la siembra es masiva y homogénea por lo que ha sido posible mecanizarla. La siembra masiva y homogénea de una sola especie sobre una gran superficie supone que el suelo también sea homogéneo para producir de manera igual en toda la extensión del terreno. Homogeneidad del suelo, manejo de fertilidad permanente, monocultivo, trato masivo y uniforme a las semillas y prioridad acordada a la cantidad producida son las características más resaltantes de la agricultura.
En la Amazonía encontramos prácticas de cultivo que se asemejan a la agricultura tal como la acabamos de definir sólo en las terrazas medianas y bajas de las riberas aluviales de los ríos grandes, es decir, en esta franja muy limitada de tierras fertilizadas anualmente por las crecientes. Allí se pueden sembrar arroz, maíz, urena y plátano en monocultivo y regando las semillas “al voleo”, es decir, masivamente, la relativa homogeneidad de los depósitos aluviales garantizando un desarrollo más o menos homogéneo del sembrío. Hasta aquí conviene el término de agricultura. Lo que, sin embargo, diferencia esta agricultura en los barreales amazónicos de la agricultura en la Costa o en los continentes templados es el mayor riesgo. Por un lado, una creciente más temprana a lo previsto puede aniquilar la cosecha, – y la irregularidad de las crecientes es una probabilidad permanente en la Amazonía. Por otro lado, los depósitos aluviales pueden cambiar de sitio; un terreno fértil puede ser llevado por la corriente o ser cubierto de arena y volverse incultivable; y en otro sitio puede aparecer una playa fértil, donde el año anterior no había. Por eso, en este medio natural, los certificados de posesión nunca pueden significar una propiedad permanente.
Estamos aquí tocando un rasgo característico general del paisaje fluvial de las grandes llanuras de inundación amazónicas (llamadas “várzeas” en el Brasil): su inestabilidad, los cambios en los contornos terrestres inmersos y emersos. La vegetación – las restingas, el bosque inundable: la “tahuampa” – gracias a su arraigamiento en la tierra, resiste hasta cierto punto a la erosión por la corriente. Pero cuando la orilla se desbroza y cuando la cubierta forestal se quita de los bajiales y restingas, la erosión actúa con toda su fuerza y modifica más rápidamente el paisaje. Éste se vuelve inestable, y su uso siempre más problemático y arriesgado.
Pero volvamos al tema de la “horticultura”: los sistemas de cultivo adaptados a las tierras pobres de altura y creados por los pueblos indígenas. Para quien ha observado como se prepara, siembra y cuida una “chacra”, debe parecer evidente que esta manera de cultivar la tierra no corresponde a lo que más arriba hemos definido como “agricultura”. La “chacra” no es un campo permanentemente abierto, más bien es un “claro” transitorio, generalmente de tres años de duración, en un medio forestal, primario o secundario (“purma”). Una cosecha de plátano y máximo dos cosechas de yuca fijan el límite de la producción de panllevar. Los árboles frutales, en cambio, siguen produciendo cuando la chacra está abandonada para que se regenere el bosque en forma de “purma”, ya que, como antes dijimos, es la vegetación en pie la que vuelve a dar fertilidad a la parcela cultivada. Más vieja es la purma, mayor fertilidad tendrá la chacra que en ella se vuelve a establecer; más rápida es la rotación entre la fase de “purma” y la “chacra”, menos fértil es el terreno, más raquítica la yuca. La fase boscosa – la “purma” – hace posible que un terreno cultivado una vez (“chacra”) vuelva a ser productivo. La fase boscosa es parte constitutiva de los sistemas de cultivo en los suelos pobres de altura (Balée & Gely 1989, Denevan & Padoch 1988, 1990, Hödl & Gasché 1981, Sastre 1975). La agricultura, como la hemos definido, no conlleva fase boscosa.
Al mirar el territorio de una comunidad bosquesina desde el aire, observamos unos claros – las chacras – en medio de un mosaico de formaciones vegetales secundarias (“purmas”) de diferentes edades que indican diferentes grados de avance de la regeneración de la fertilidad para el futuro nuevo uso hortícola. Se nos presenta a la vista, entonces, un paisaje muy diferente de cualquier paisaje “agrícola” en la costa o en los países templados del Norte. Es de admirar que esta diferencia fundamental no haya llamado la atención de los agrónomos amazónicos.
Si examinamos el suelo que cultivan los horticultores y horticultoras amazónicos, nos damos rápidamente cuenta que éste no corresponde a lo que comúnmente se llama “tierra agrícola”, es decir un suelo en que predomina el humus, tierra negra de origen orgánico. El suelo de una chacra tiene una muy delgada capa de materia orgánica, enriquecida de manera muy desigual por las cenizas que resultan de la quema, con acumulación de cenizas en los puntos de shunteo, y debajo de ella se encuentran arcilla o greda o una mezcla de las dos (suelo franco-arcilloso o franco-arenoso). Pero fuera de estas características, hay que mencionar la presencia de una densa red de raíces y raicillas que atestiguan en el suelo la presencia permanente del bosque o de la purma tumbada. Son estas raíces las que contaminan los cultivos con sus micorrhizas, hongos microscópicos, que trasmiten a los vegetales – silvestres, luego cultivados – los nutrientes de los restos vegetales (hojarasca etc.) caídos en el suelo directamente, es decir, sin que el proceso de fermentación y descomposición tenga que intervenir para liberarlos. La presencia y actividad de los micorrhizas en el bosque amazónico son responsables de la circulación acelerada de los nutrientes en comparación con la que se observa en otras latitudes y climas. Y ellas también explican en parte la delgadez de la capa orgánica de los suelos del bosque. Este mecanismo de transmisión directa de nutrientes desde la materia vegetal a las plantas vivas también beneficia a los cultivos. La horticultura bosquesina, desde luego, está estrechamente vinculada a uno de los factores biológicos fundamentales del funcionamiento de los ecosistemas del bosque.
Las raíces siempre presentes en el suelo, las semillas de especies forestales que no se han muerto en la quema y las cepas de árboles capaces de rebrotar permanecen en la chacra como un potencial de regeneración del bosque que, junto con otras semillas aportadas por el viento, las aves y otros animales, se realiza plenamente a partir del momento en que se efectúan las últimas cosechas y se abandona la chacra. Las especies exigentes de luz y de crecimiento rápido se desarrollan primero y caracterizan las asociaciones vegetales típicas de las purmas jóvenes. Las especies propias al bosque primario y de crecimiento lento bajo sombra se desarrollan debajo de la purma y empiezan a dominar recién cuando las especies secundarias han alcanzado su máximo desarrollo y degeneran, abriendo espacios de luz a la especies primarias. Todo este proceso de regeneración del bosque – que en las comunidades sedentarias de hoy ya no se da, porque las chacras rotan en las purmas de diferentes edades – reconstituye la fuente de la fertilidad de las chacras, – fertilidad variable hoy en día en función de la edad de la formación vegetal secundaria.
Pero a la regeneración de la fertilidad natural en la fase boscosa (“purma”) en los sistemas hortícolas amazónicos no se limita la diferencia de éstos en comparación con los sistemas agrícolas. Una característica que justifica con mayor peso el uso del término “horticultura” consiste en el trato individual que la chacarera da a cada planta que siembra. No observamos siembra masiva como en la agricultura que riega – hoy mecánicamente – las semillas sobre toda la superficie cultivada. Cada estaca de yuca, cada mashque de plátano, cada plántula de pijuayo, cada semilla de algún árbol frutal, cada raíz tuberosa de sachapapa, daledale o achira y hasta los granos de maíz agrupados por tres o cuatro son sembrados individualmente en un punto escogido por la chacarera o los mingueros comprometidos con la siembra de una chacra. De esta manera, la sembradora o el sembrador toman en cuenta la heterogeneidad del suelo y la distribución desigual de las cenizas en la superficie de la chacra. Este trato individual propiciado a los cultivos se asemeja claramente al trato que el horticultor da a las semillas o plantones de verduras. De la misma manera, el trato a las plantas y productos es individual en el momento del deshierbe y de la cosecha.
También, así como el horticultor en su parcela alterna filas de lechugas con filas de rabanitos, de zanahorias, de tomates etc., la chacarera crea en la chacra manchales de diversas asociaciones de cultivo: manchales mono-específicos: p.ej. tabaco, coca, maní; manchales bi-específicos, p.ej., yuca y plátano, yuca y maíz, yuca y coca; manchales tri-específicos: yuca, plátano y maíz o yuca, maíz y pijuayo, etc.; y, más allá, asociaciones vegetales más complejas, si consideramos la presencia de otros tubérculos y árboles frutales sembrados y la caña de azúcar. Los especialistas han apreciado el así practicado policultivo o cultivo mixto en las chacras de altura como particularmente apto a proteger la calidad del suelo. Se ha dicho que la chacra “imita” el bosque en pequeña escala (Geertz 1968, Boster 1983, Vickers 1983). La compleja arquitectura del follaje, en diferentes niveles de altura, de las variadas especies cultivadas protege el suelo contra el impacto de las lluvias y, de esta manera, de la lixiviación de los minerales y la erosión, a cuya disminución también contribuyen las raíces intrincadas de las especies mezcladas. El follaje también abriga el suelo del máximo calentamiento del sol que destruye la vida de los microorganismos del suelo y su sombra inhibe hasta cierto punto el crecimiento de las malezas que necesitan mayor cantidad de luz (heliófilas = “que aman el sol”). Al asociar cultivos con diferentes requerimientos nutritivos en densidades adecuadas, determinadas por la experiencia y la experimentación, los cultivos aprovechan los nutrientes disponibles más de manera complementaria que entrando en competencia mutua. De esta manera, los suelos conocidamente pobres de las tierras de altura son aprovechados de una manera más racional que por un monocultivo, que explota los nutrientes de manera unilateral.
Cada chacra de altura es un mosaico de manchales de diversos tipos de asociaciones vegetales que el observador tiene que descifrar para comprender la lógica hortícola de las diferentes tradiciones hortícolas locales que, generalmente, remontan a la milenaria experiencia de los pueblos indígenas, que han domesticado los cultivos o los han adoptado de vecinos y que han creado, cada uno, su sistema de cultivo en base a sus experimentaciones y los valores asociados a las especies cultivadas. De ahí que, en el presente, existe todo un campo de investigación sobre estas diversas técnicas hortícolas, y los cultivos que implican, que han demostrado manejar de la manera racional y sostenible los recursos naturales (suelo y bosque), sin destruir el bosque, sino permitiendo su regeneración natural.
Lamentablemente, los agrónomos que trabajan en la Amazonía – con escasa excepción – han prestado muy poca atención a las prácticas hortícolas de manejo racional y sostenible de los bosquesinos, que, por ser más orientadas hacia la calidad de la producción (la diversidad) que hacia la cantidad (el mercado), les parecen “atrasadas”, “primitivas” o “rudimentarias”. Nuevamente, los prejuicios de nuestras élites intelectuales se arraigan en valores sociales distintos de los bosquesinos, los que estas élites ignoran o no están dispuestas a reconocer y aceptar como base de otro tipo de desarrollo que responda a los valores de la población rural y no a los de los habitantes urbanos y que sea adaptado a las características propias de la productividad natural amazónica. Si bien es cierto que la diversidad de cultivos en las chacras tiene tendencia a disminuir porque ciertas chacareras se limitan a sembrar cultivos que se pueden vender en el mercado, esta tendencia se nota mayormente – ¡mas no exclusivamente! – a lo largo de los ríos grandes, en la cercanía de las ciudades y en terrenos aluviales (con especies de corto ciclo vegetativo). En estos terrenos más fértiles los méritos ecológicos de los sistemas asociativos (policultivo) son menos pertinentes que en las tierras pobres de las alturas. En las poblaciones que hacen sus chacras en altura se puede seguir investigando la muy diversa herencia de la experimentación hortícola de los pueblos originarios que sigue practicándose en una gran variedad de sistemas hortícolas y cuyas conservadoras son, en primer instancia, las mujeres chacareras. Pero aún en estos sistemas observamos, en algunos lugares, cierta tendencia al empobrecimiento de la diversidad de cultivos en las chacras, lo que no sólo se debe a cierta preferencia dada a la producción para el mercado, sino también a los efectos de una educación escolar que no valora el saber y manejo hortícola tradicional de las mujeres – como podría hacerlo, enseñando sus méritos ecológicos – sino más bien divulga y valora el espejismo de la vida urbana, que da un estatus social inferior a la chacarera y valora la secretaria o la guía de turistas, etc (Echeverri 2008).
En las sociedades indígenas tradicionales, el trabajo y la producción hortícolas de la mujer son altamente valorados (Descola 1989, Griffith 2001). Una chacra con alta diversidad de cultivos, limpia de malezas y produciendo grandes tubérculos y frutos son un orgullo para la mujer y le dan prestigio social. Las mujeres chacareras son interesadas en conseguir nuevas semillas y experimentar con ellas. Todavía hoy en día se puede observar que mujeres que viajan a grandes distancias, cuando regresan a su comunidad, llevan semillas nuevas para sembrarlas en sus huertas o chacras. Que la escuela hasta ahora no ha sabido valorar el trabajo hortícola bosquesino es otra razón más de la alienación que la sociedad dominante inflige a la sociedad bosquesina al desvalorar el arte hortícola, creativo y fuente de orgullo y prestigio, con el argumento que esta horticultura (o, como dicen los “ingenieros”, esta “agricultura”) no produce en cantidad suficiente para el mercado y, desde luego, no es una fuente de “desarrollo” y “progreso” (tales como ellos se los imaginan). Y este juicio se fundamenta nuevamente en la ignorancia de estos profesionales urbanos, que, como todos los consumidores citadinos, desconocen la gran variedad de productos que, en vez de dejarlos eliminar en función de una demanda muy limitada de productos en el mercado, deberían promoverlos en el mercado urbano, enriqueciendo por sus valores alimenticios y sabores diferentes la alimentación del poblador urbano, amazónico o costeño y, creando de esta manera une nueva demanda, ofrecer una salida al mercado que incitaría a los bosquesinos a mantener y enriquecer la diversidad de cultivos tan propicia para el aprovechamiento racional de los suelos pobres de altura que cubren el 93% de la Amazonía.
¿Cuándo veremos que el Gobierno regional o una institución de investigación amazónica tomará la iniciativa de crear un banco genético de todos los cultivos y sus variedades seleccionados (desde los tubérculos hasta los frutales) por los pueblos indígenas amazónicos y que siguen propagándose en las chacras bosquesinas de hoy? ¿Cuándo los investigadores amazónicos empezarán a dedicarse a describir todas estas especies y sus variedades y a analizar sus valores gustativos y alimenticios? ¿A caso no son estos recursos naturales domesticados, frutos de cientos de años de trabajo de observación y selección y actualmente disponibles en las chacras bosquesinas, los que son el potencial de un desarrollo propiamente amazónico? Son un potencial, pero las élites profesionales y los políticos, hasta la fecha, prefieren ignorarlo. Ellos se despiertan recién cuando un cultivo, por la iniciativa de un industrial, ha conseguido mercado, como ocurrió con el “sacha-inchi” (Plukenetia volubilis), pero no son capaces de anticipar el mercado investigando este potencial y promoviéndolo.5
Vemos hoy en día a los “expertos” de nuestra sociedad predicando – ¡inclusive a los bosquesinos que siempre los han practicado! – la sostenibilidad y el manejo racional de los recursos naturales, cuando, por otro lado y al mismo tiempo, con su ideología mercantil y monetarizada y su sistema educativo que la difunde, apuntan a destruir los manejos racionales, que siempre se han dado y que se siguen dando en gran extensión y que ignoran, en vez de inspirarse de ellos y valorizarlos. La alienación de las élites amazónicas a su propia realidad regional es tan grande que no perciben ni siquiera la contradicción en sus propósitos. Esta alienación – y no el “subdesarrollo” o la “pobreza” – es un gran drama, al que sólo una mayor toma de conciencia y mejor información objetiva (no sesgada por prejuicios dominantes) pueden remediar. Este artículo es parte del esfuerzo informativo necesario para combatir esta alienación y poner los pies en la tierra, en esta tierra amazónica, bosquesina.
En resumen, el bosquesino se distingue del “campesino” (que cultiva el campo abierto), por un lado, por no practicar la agricultura en campo abierto (del latín: ager), o sólo marginalmente en los barreales, sino una horticultura en forma de policultivo o cultivo mixto (Hames 1983, Gasché 2002, 2006) con patrones de siembra diferenciados, un tratamiento individual a cada planta sembrada y una fase de regeneración del bosque (secundario: “purma”) para fertilizar un suelo agotado, y, por otro lado, por utilizar el bosque y las purmas para el abastecimiento en alimentos, medicinas y materias primas para su vivienda y artesanía y el bosque y sus aguas para la obtención de la mayor parte de sus insumos proteínicos y gran parte de los vitamínicos.
En este tipo de prácticas y actividades hortícolas consisten los saberes y el saber-hacer bosquesinos. Nuestra visión de un desarrollo rural amazónico – que, en realidad, está en las manos de los bosquesinos, aunque en la ciudad “nosotros” lo podamos “imaginar” – debe entonces tomar estas prácticas, saberes y saber-hacer como punto de partida positivo para concebir alternativas. Pues son estos saberes y saber-hacer los que hasta hoy han garantizado el aprovechamiento del bosque sin destrucción, es decir, de manera sostenible, – mientras que todas las propuestas que emanen de la ciudad, de los “ingenieros” y sociólogos urbanos, nunca han dado la prueba ni de su sostenibilidad ecológica ni de su durabilidad social (de lo que testimonian las ruinas de proyectos que encontramos en un gran número de comunidades). En vez de destruir estas base de manejo y conocimientos positivos, que, ellos sí, han dado sus pruebas, hay que aprender a conocerlos e inspirarse de ellos para, eventualmente, aconsejar a los bosquesinos para diversificarlos, perfeccionarlos y promoverlos, revalorándolos en la enseñanza escolar y gracias a una mayor salida de los productos diversos al mercado con precios alentadores. Presentamos en el siguiente acápite la propuesta de un proyecto alternativo que pretende remediar a la situación que hemos criticado. Con esta propuesta queremos responder de anetemano al reproche que se suele formular a los antropólogos y sociólogos, dicendo que ellos sólo saben criticar, mas nunca proponen alternativas concretas.
3. Un proyecto alternativo de valoración de la horticultura bosquesina.
¿Cómo, entonces, remediar al gran vacío de conocimiento y de documentación respecto a la horticultura amazónica que afecta a los intelectuales, los políticos y los decididores amazónicos? Formularemos las tareas principales que quedan pendientes, después de lo previamente expuesto, y que investigadores amazónicos de varias disciplinas deberían asumir en el marco de un gran proyecto destinado a registrar, conservar, divulgar y enriquecer los sistemas de cultivo bosquesinos, con todo lo que ello implica de diversidades “étnicas”, especies y variedades de cultivo, patrones de siembra, adaptaciones a diversas condiciones edafológicas y socio-culturales, etc. Este proyecto deberá ser financiado por organismos nacionales – Gobiernos Regionales, IIAP, CONCYTEC, etc. – por tratarse de la recuperación, conservación y proyección hacia el futuro de acervos culturales de este país, es decir, de un patrimonio amazónico y nacional del cual las regiones amazónicas y el gobierno central deben responsabilizarse y no organismos foráneos interesados en exportar y aprovechar la riqueza de la biodiversidad genética que los cultígenos amazónicos y sus variedades (los cultivares) representan. El proyecto, al mismo tiempo, tendrá la obligación de registrar la propiedad intelectual de los pueblos autóctonos de los que provienen las muestras recogidas, identificadas, registradas y conservadas en forma de genoplasma y en plantaciones experimentales.
Este proyecto implicará una serie de actividades y varias disciplinas científicas, que deberán complementarse dentro de una visión pluridisciplinaria unificada – socio-cultural y ecológica – de la problemática horticultural amazónica. Mencionamos, a título de sugerencias, las siguientes actividades:
(1) Recolección en forma de muestra de herbario y en forma viva (para su propagación en la huerta experimental y para la conservación del germoplasma) de todas las variedades de cultivos, con nombres locales, descripción botánica, registro de sus usos e investigación de sus cualidades alimenticias, gustativas, medicinales y técnicas. – En este rubro, las especies o variedades semi-cultivadas (ocasionalmente trasplantadas del bosque a una huerta o chacra) merecen especial atención, ya que permiten comprender los procesos de selección y domesticación

(2) Análisis genético para diferenciar variedades y trazar, eventualmente, su origen.

(3) Estudio de los sistemas de cultivo, que son sistemas socio-culturales fundados sobre un paisaje (territorio, bosque, ríos, cochas…) y sus recursos naturalmente disponibles y culturalmente accesibles. En este rubro, importa tomar en cuenta y distinguir el terreno hortícola, destinado a las chacras y al ciclo de regeneración de la fertilidad, y el territorio, dentro del cual se sitúa el terreno hortícola, pero que es mucho más amplio, puesto que asegura a los horticultores el aceso a los recursos forestales (materias primas) y proteínicos (caza y pesca).

Esta clase de estudio es compleja y exige la elaboración de un marco teórico sintético, capaz de articular el potencial natural del paisaje con los valores sociales y los saberes y el saber-hacer (técnicas) bosquesinos. En la medida en que las técnicas de cultivo se aplican a menudo en el marco de la solidaridad laboral (trabajo grupal, “·minga”…) y que el uso de las tierras reposa sobre reglas bosquesinas de posesión y acceso a tierra, vemos en seguida que el componente social está siempre implícito en el modo de producción hortícola.

Las prácticas hortícolas en toda su diversidad deben documentarse con videos y fotografías.

Son parte de este estudio: el levantamiento topográfico de las chacras y purmas (con la caracterización de los suelos y la vegetación en pié) a fin de hacer un mapa ecológico del manejo de los recursos naturales; el inventario de los cultivos de las chacras (biodiversidad domesticada); definición del policultivo en cada chacra (asociaciones de cultivos); medición de los patrones y la densidad de siembra; los utensilios, los gestos, la organización y división del trabajo hortícola (y su relación con la vida social en el seno de toda la comunidad);6 las plagas y los factores que las propagan, resp. las inhiben; las fases de regeneración de la fertilidad (caracterización pedológica, botánica y faunística) y los ritmos de rotación de las chacras (con evaluación de los niveles de fertilidad alcanzados por la regeneración); cultivos (y especies silvestres) recientemente introducidos en chacras o huertas y las modalidades de su transferencia, adopción, adaptación y difusión.

(4) En función de los diagnósticos alimenticios, gustativos, medicinales y técnicos, promoción en el mercado de los cultivos recogidos a fin de dar a los bosquesinos nuevas posibilidades de venta. Se trata de comercializar diversidad, no cantidad.

(5) Estudio de las condiciones y elaboración de propuestas para (re-)diversificar la horticultura con cultivos comercializables, sean éstos de origen nativo o foráneo pero ecológica, técnica y socialmente adaptables al sistema hortícola local.

(6) Registro en INDECOPI de las especies y variedades cultivadas y semi-cultivadas como propiedad intelectual de los pueblos que las han domesticado.
El proyecto propuesto deberá abarcar el mayor número posible de áreas o cuencas de la Amazonía peruana, que se deberán seleccionar en función de la historia étnica, ya que ella es la portadora de las tradiciones hortícolas (y con eso, de la diversidad), las que se mantienen aun cuando, por ejemplo, un pueblo haya perdido su lengua. Las técnicas se transmiten mayormente por imitación gestual y no verbalmente (o sólo de manera accesoria).
Para que toda la documentación y todos los conocimientos recabados sean comparables y se resfuercen mutuamente en una comprensión global de la realidad hortícola amazónica, es necesario que las investigaciones sigan el mismo modelo y método en todas las zonas.
Además – y eso es un punto crucial – el proyecto debe ser concebido de tal forma que los comuneros de todas las zonas, incluyendo las escuelas, los maestros y los alumnos, sean lo actores principales, que dan a conocer a la sociedad urbana y a la Nación su manera de manejar sosteniblemente los recursos hortícolas de la Selva, asegurándose al mismo tiempo la propiedad intelectual de su acervo cultural. Fomentado y subvencionado por el Estado, este proyecto significará para los bosquesinos el reconocimiento y la valoración “oficiales” de los saberes y el saber-hacer bosquesinos. La participación de las escuelas revalorará el trabajo de la chacra, tanto del lado femenino como del lado masculino, por sus calidades conservadoras (“sostenibles”) intrínsicas y por las nuevas posibilidades de diversificación y de comercialización, a fin de animar a los jóvenes de promover el “progreso” en su comunidad y no buscarlo en la ciudad. En este sentido, se deberá prever en el currículo escolar regional, como tema recurrente, la horticultura bosquesina y la evaluación de sus ventajas ecológicas, “sostenibles”, cuyo trato dará lugar a la participación de las escuelas en las observaciones, explicaciones, interpretaciones y prácticas iniciadas y animadas por el proycto. Por sus propuestas, prácticas y discursos explicativos y motivadores, vinculados a capacitaciones específicas en experimentación, observación e interpretación de fenómenos ecológicos, técnicos y socio-culturales, el proyecto significa un aporte considerable a la formación de una nueva generación de bosquesinos que será consciente y orgullosa del valor de sus tradiciones horticulturales para la conservación de los recursos naturales y ecosistemas amazónicos porque ha comprendido sus ventajas ecológicas y sabe enriquecer o (re-)diversificar sus sistemas hortícolas en vista de nuevas y mayores oportunidades comerciales.
Es evidente que este proyecto no es un asunto sectorial, sino que significa un compromiso político de más alto nivel con un proceso de revaloración de la sociedad bosquesina y de sus bases existenciales – naturales, técnicas, socio-culturales – que hasta la fecha no han sido reconocidas como dignas de consideración y relegadas al oprobio del “subdesarrollo” y “atraso”. Ahora que la “sostenibilidad” es una palabra de moda, además de ser una preocupación mundial, es el momento de revisar nuestros prejuicios y revalorar el tipo de sociedad que siempre la ha practicado. De esta manera, se hará justicia al componente social más concretamente arraigado en las tierras y bosques amazónicos: el bosquesino, un pilar fundamental de la “identidad amazónica”, pero hasta ahora menospreciado, ignorado e incomprendido.


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