Este documento es el resultado del trabajo de los obispos de Latinoamérica durante la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano






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En la sociedad internacional

Tanto el desequilibrio de la sociedad internacional como la necesidad de salvaguardar el carácter trascendente de la persona humana en un nuevo orden internacional, hacen que la Iglesia urja la proclamación y el esfuerzo por hacer realidad ciertos derechos como:

El derecho a una convivencia internacional justa entre las naciones, con pleno respeto a su autodeterminación económica, política, social y cultural.

El derecho de cada nación a defender y promover sus propios intereses frente a las empresas transnacionales, haciéndose necesaria la elaboración a nivel internacional de un estatuto que regule las actividades de dichas empresas.

El derecho a una nueva cooperación internacional que revise las condiciones originales de dicha cooperación.

El derecho a un nuevo orden internacional con los valores humanos de solidaridad y de justicia.

Este nuevo orden internacional evitará una sociedad edificada sobre criterios neomalthusianos; se fundará en las legítimas necesidades sociales del hombre; asumirá un sano pluralismo con la adecuada representación de las minorías y los grupos intermedios, a fin de que él mismo no sea un círculo cerrado de naciones; preservará el patrimonio común de la humanidad y en especial los océanos.

Finalmente, los excedentes económicos, los ahorros provenientes del desarme y cualquiera otra riqueza sobre la que, aun a nivel internacional, pesa la «hipoteca social», deberán ser utilizados socialmente, asegurando al acceso inmediato y libre de los más débiles a su desarrollo integral.

En especial reconociendo que los pueblos latinoamericanos tienen tantos valores, necesidades, dificultades y esperanzas en común, se debe promover una legítima integración que supere los egoísmos y los estrechos nacionalismos y respete la legítima autonomía de cada pueblo, su integridad territorial, etc., y promueva la autolimitación de los gastos de armamentos.

4.4. Servicios

La Iglesia, además del anuncio de la dignidad de la persona humana, de sus derechos y deberes y de la denuncia de los atropellos al hombre, tiene que ejercer una acción de servicio como parte integrante de su misión evangelizadora y misionera. Ella debe crear en común con todos los hombres de fe y buena voluntad, una conciencia ética en torno a los grandes problemas internacionales. Por lo tanto:

- Da testimonio evangélico de Dios presente en la historia y despierta en el hombre una actitud abierta a la comunión y a la participación.

- Establece en su ámbito organismos de acción social y promoción humana.

- Suple en la medida de sus posibilidades las lagunas y ausencias de los poderes públicos y de las organizaciones sociales.

- Convoca la comunidad humana para que se revisen y orienten las instituciones internacionales y se creen nuevas formas de protección que basadas en la justicia, garanticen la promoción auténticamente humana de la creciente muchedumbre de los desamparados.

Se recomienda la colaboración entre Conferencias Episcopales para el estudio de problemas pastorales, especialmente en cuanto a la justicia, que desbordan el nivel nacional.

Corresponde en particular a la acción de la Iglesia, frente a los anónimos sociales, el deber de acogerlos y asistirlos, de restaurar su dignidad y su rostro humano «porque cuando un hombre es herido en su dignidad, toda la Iglesia sufre» (Pablo VI, Enero de 1977).

La Iglesia debe propiciar el que este grupo flotante de la humanidad se reintegre socialmente, sin perder sus propios valores; debe velar por la restauración plena de sus derechos; debe colaborar para que quienes no existen legalmente posean la necesaria documentación a fin de que todos tengan acceso al desarrollo integral, que la dignidad de hombre y de hijo de Dios merece. Así ella cooperará a garantizar al hombre una existencia digna que lo capacite para realizarse al interior de la familia y de la sociedad.

Es también necesaria la acción de la Iglesia para que los desubicados y marginados de nuestro tiempo no se constituyan permanentemente en ciudadanos de segunda clase, puesto que son sujetos de derecho con legítimas aspiraciones sociales y tienen derecho a una adecuada atención pastoral, según los documentos pontificios y las orientaciones propuestas en las reuniones latinoamericanas sobre pastoral de migraciones.

La Iglesia hace un urgente llamado a la conciencia de los pueblos y también a las organizaciones humanitarias para que:

- Se fortalezca y se generalice el derecho de asilo, institución genuinamente latinoamericana (tratado de Río de Janeiro, 1942), forma actual de la protección que brindaba antes la Iglesia;

- los países amplíen sus cuotas de recepción de refugiados y emigrantes y se agilice la implementación de los acuerdos y mecanismos de integración competentes en estas acciones;

- se ataque la raíz del problema ocupacional, con políticas específicas de tenencia de la tierra, de producción y de comercialización, que cubran las necesidades urgentes de la población y que fijen al trabajador en su medio;

- se aliente la concurrencia fraterna de las naciones en ocasión de catástrofe;

- se posibilite la amnistía como signo de reconciliación para conseguir la paz, de acuerdo con la invitación de Pablo VI en la proclamación del Año Santo de 1975;

- se creen centros de defensa de la persona humana que trabajen con el objeto de «que se quiten barreras de explotación hechas frecuentemente de egoísmos intolerables y contra los que se estrellan sus mejores esfuerzos de promoción» (Juan Pablo II, Alocución Oaxaca 5).

A todas las personas afligidas y a los que sufren por la violación de sus derechos, les hacemos llegar nuestra palabra de comprensión y aliento. Exhortamos a los responsables del bien común a que con decidida voluntad pongan todo su empeño en remediar las causas que generan estas situaciones y a que creen las condiciones necesarias para una convivencia auténticamente humana.
Opciones pastorales
El examen de los núcleos anteriores nos ha puesto delante de los grandes desafíos que el Continente latinoamericano ofrece a su Evangelización presente y futura.

¿Cuál es la respuesta que los cristianos estamos llamados a dar a esa realidad? ¿Cuáles son las líneas y criterios de una verdadera y auténtica Evangelización para América Latina? ¿Cuáles son las opciones pastorales fundamentales para que el Evangelio sea acontecimiento actual con toda su vitalidad y fuerza original?

Las opciones pastorales son el proceso de elección que mediante la ponderación y el análisis de las realidades positivas y negativas, vistas a la luz del Evangelio, permiten escoger y descubrir la respuesta pastoral a los desafíos puestos a la Evangelización.

Las comisiones, en sus respectivos temas, ya dieron una respuesta. No es necesario repetirla. En este último apartado, a manera de conclusión, deseamos solamente presentar las grandes líneas u opciones claves. Es, ante todo, un espíritu, una característica que debe enmarcar la Evangelización en nuestro continente radicalmente cristiano, pero donde la fe, como vivencia total y norma de vida, no tiene la incidencia que sería de desear en la conducta personal y social de muchos cristianos. Las formas de injusticia que debilitan y violentan nuestra convivencia social y que se manifiestan especialmente en la extrema pobreza, en el atropello a la dignidad de la persona y en las violaciones de los derechos humanos, ponen de manifiesto que la fe no ha alcanzado aún entre nosotros su plena madurez. Las mismas culturas vivas en el continente y la nueva civilización que se va formando por el influjo del mundo técnico -científico, con tendencia fuertemente secularista, piden un empeño más evangélico de los cristianos y una actitud de diálogo permanente.

Por eso, hoy y mañana en América Latina los cristianos, en nuestra calidad de Pueblo de Dios, enviados para ser germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación, necesitamos ser una comunidad que viva la comunión de la Trinidad y sea signo y presencia de Cristo muerto y resucitado que reconcilia a los hombres con el Padre en el Espíritu, a los hombres entre sí y al mundo con su Creador. «Todo es vuestro y vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1Cor 3, 23). «Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (1Cor 15, 28).

Optamos por:

Una Iglesia -sacramento de comunión, que en una historia marcada por los conflictos, aporta energías irreemplazables para promover la reconciliación y la unidad solidaria de nuestros pueblos.

Una Iglesia servidora que prolonga a través de los tiempos al Cristo -Siervo de Yahvé por los diversos ministerios y carismas.

Una Iglesia misionera que anuncia gozosamente al hombre de hoy que es hijo de Dios en Cristo; se compromete en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres (el servicio de la paz y de la justicia es un ministerio esencial de la Iglesia) y se inserta solidaria en la actividad apostólica de la Iglesia Universal, en íntima comunión con el sucesor de Pedro. Ser misionero y apóstol es condición del cristiano.

Esas actitudes fundamentales del ser pastoral de nuestras Iglesias en el continente exigen una Iglesia en proceso permanente de evangelización, una Iglesia evangelizada que escucha, profundiza y encarna la Palabra y una Iglesia evangelizadora que testimonia, proclama y celebra esa Palabra de Dios, el Evangelio, Jesucristo en la vida, y ayuda a construir una nueva sociedad en total fidelidad a Cristo y al hombre en el Espíritu Santo, denunciando las situaciones de pecado, llamando a la conversión y comprometiendo a los creyentes en la acción transformadora del mundo.

Planificación pastoral

El camino práctico para realizar concretamente esas opciones pastorales fundamentales de evangelización es el de una pastoral planificada.

La acción pastoral planificada es la respuesta específica, consciente e intencional, a las necesidades de la evangelización. Deberá realizarse en un proceso de participación en todos los niveles de las comunidades y personas interesadas, educándolas en la metodología de análisis de la realidad, para la reflexión sobre dicha realidad a partir del Evangelio; la opción por los objetivos y los medios más aptos y su uso más racional para la acción evangelizadora.

El hombre nuevo

Es necesario crear en el hombre latinoamericano una sana conciencia moral, sentido evangélico crítico frente a la realidad, espíritu comunitario y compromiso social. Todo ello hará posible una participación libre y responsable, en comunión fraterna y dialogante para la construcción de la nueva sociedad verdaderamente humana y penetrada de valores evangélicos. Ella ha de ser modelada en la comunidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y debe ser respuesta a los sufrimientos y aspiraciones de nuestros pueblos, llenos de esperanza que no podrá ser defraudada.

Signos de esperanza y alegría

A Dios gracias, actualmente hay mucha vitalidad evangelizadora en nuestro Continente:

Las comunidades eclesiales de base en comunión con sus Pastores.

Los movimientos de apostolado seglar organizados, como matrimonios, juventud y otros.

La conciencia más aguda de los seglares respecto de su identidad y misión eclesial.

Los nuevos ministerios y servicios.

La acción pastoral comunitaria intensa de los sacerdotes, los religiosos y las religiosas en las zonas más pobres.

La presencia de los Obispos cada vez mayor y más sencilla entre el pueblo.

La colegialidad episcopal más vivida.

La sed de Dios y su búsqueda en la oración y contemplación a imitación de María, que guardaba en su corazón las palabras y hechos de su Hijo.

La conciencia creciente de la dignidad del hombre en su visión cristiana, son otros tantos signos de esperanza y alegría para quien está inmerso en el misterio pascual de Cristo y sabe que solamente el Evangelio vivido y proclamado, a imitación de él, lleva a la auténtica y total liberación de la humanidad: «Ningún otro nombre fue dado a los hombres en el cual puedan ser salvos sino el nombre de Jesucristo» (Hch 4, 12).

Él es plenitud de todo el ser. Sólo en Cristo el hombre encuentra su alegría perfecta.

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