Un día una chica paseaba por el bosque, cuan­do oyó a un cuclillo. Alzó la vista y vio al pája­ro volando de rama en rama y cantando alegre­mente






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títuloUn día una chica paseaba por el bosque, cuan­do oyó a un cuclillo. Alzó la vista y vio al pája­ro volando de rama en rama y cantando alegre­mente
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EL CAMALEÓN Y EL SAPO

Un camaleón dijo a un sapo:

- << Cada uno tiene sus razones en la vida. Yo siempre estoy cambiando de color para no ser atrapado. Tú nunca cambias >>...

EI sapo respondió:

- << Creo que estamos igualmente equivocados los dos >>.

(Trilussa)


ENCONTRAR LA DISTANCIA JUSTA

En un día del frío invierno un grupo de erizos intentó darse calor. Fue imposible por sus púas afila­das Pero el frío les obligaba una y otra vez a juntarse y a separarse, hasta que después de muchos intentos encontraron la distancia justa: ni demasiado lejos, para así poder darse calor, ni demasiado cerca, para no hacerse daño. En la vida y en el trato con las per­sonas, lo importante es saber encontrar la distancia justa.

(A. Schopenhauer)

EL HUERTO ESTÉRIL

Un labrador tenía un huerto en el que quedó libre un poco de tierra tras la sementera. Sin decir nada a su mujer, plantó escarolas tempranas. A su vez, la mujer, sin decir nada a su marido, plantó judías. Cuan­do ambas semillas empezaron a brotar, la mujer arran­caba los brotes de escarola pensando que eran malas hierbas. Otro tanto hacia el marido con las judías lle­vado por el mismo error. Ni crecieron las escarolas, ni se lograron las judías.

(S. Junquera)


EL VALOR DE UNA MANO AMIGA

El día de Acción de Gracias en EE.UU., una maestra de un barrio de marginados pidió a sus alumnos que dibujaran algo por lo que estaban agradecidos. Como era de esperar, la mayoría pintó pavos o mesas con comida o adornos. Un niño, Douglas, dibujó una mano.

Todos sus compañeros y la maestra querían saber a quién representaba aquella mano: ¿Será la de Dios? ¿La de sus padres? ¿La de alguien pode­roso?... El niño, Douglas, desveló el secreto: “es su mano, maestra. Muchas veces en los recreos la he sentido acariciándome. Ha sido una forma de sentir que alguien me quería de verdad”.

Fue el mejor regalo que recibió aquella maestra en un Día de Acción de Gracias.

(Anónimo)
NO PUEDO HACERLO, PAPÁ

Un día, David y su padre estaban cavando en un huerto que había detrás de su casa, cuan­do tropezaron con una gran piedra.

<>, dijo su padre.


<>, dijo David, deseando ser útil.

Empujó y jadeó hasta quedar sin aliento.

<>, dijo, admitiendo su derrota.

<>, respondió su padre. <>.

David lo intentó de nuevo hasta que le dolieron los brazos y estuvo a punto de llorar.

<>, repuso. <>.

<<¿Has hecho realmente todo lo que te parece que puedes hacer?>>, preguntó amablemente su padre. Da­vid asintió con un gesto; pero su padre movió la ca­beza.

<>.

<<¿Qué es lo que he olvidado?>>, preguntó David con­fuso. Su padre sonrió.

<>, afirmó. <
>.

<
>, preguntó David.

El padre y el hijo aunaron sus fuerzas y comenza­ron a empujar. Lentamente, la piedra se movió hasta dejar libre el huerto. David se reía encantado.

<>, dijo.

DOS NO PELEAN SI UNO NO QUIERE
Dos anacoretas vivían juntos sin haber discutido nunca. Uno de ellos dijo: - <>.

- << Si te parece bien, pues adelante, pero no sé cómo empezar >>, repuso el otro.

- << Sencillo: ves este ladrillo, pues yo voy a defender que es mío y no tuyo >>.

- << Ciertamente, repuso el otro, ese ladrillo puede ser tuyo, porque yo no estoy muy seguro de que me pertenezca a mí >>.

- <>.

- << Entonces - replicó el otro - cógelo si así es >>.

Y aquellos anacoretas no lograron discutir nunca.

(Anónimo del s. IV)

EL HOMBRE SANTO Y LOS VIAJEROS EXTRAVIADOS
Un hombre santo se dirigía en peregrinación a un santuario. El viaje era difícil, y mientras a travesaba el bosque se perdió.

Durante varios días intentó encontrar un camino que le sacara del bosque. Recorrió todos los senderos y caminó en todas las direcciones, pero fue todo en vano. Es como si cada vez se metiera más dentro de la oscu­ridad del bosque.

Al fin tropezó con un grupo de trabajadores. Tam­bién ellos andaban perdidos y buscaban el camino de­bido. Al ver al hombre santo se regocijaron.

<<¡Gracias a Dios!>>, se dijeron. <>.

Comenzaron a suplicarle. <>, le instaban. <>.

«No puedo deciros qué sendero debéis tornar, porque también yo lo ando buscando», respondió el hombre santo. «Sólo puedo señalar las sendas que parecen adentrarse más en el bosque. Mirad, exploremos jun­tos, ya que todos buscamos el mismo camino. Todos buscamos el camino que nos conduzca a la libertad y la salvación».
(Una historia india)


DIOS NOS QUIERE SALVAR EN COMUNIDAD

Érase una vez una mujer muy mala, muy mala, que se murió sin dejar tras ella ni una buena acción. Los demonios la echaron al lago de fuego. Pero el Ángel de la Guarda buscaba sin cesar una buena acción que hubiera hecho para presentarla a Dios. Por fin se acor­dó de que una vez dio una cebolla a una mendiga.

Dios le dijo: - << Coge esa misma cebolla, que se aga­rre a ella; si tirando sacas a la mujer del lago, que se vaya al Paraíso; si la cebolla se rompe, que se quede donde está >>.

El Ángel le alarga la cebolla y le dice: - << Toma, agá­rrate y no te sueltes >>. La mujer empezó a tirar con precaución y ya la había sacado casi, cuando los otros pecadores comenzaron a agarrarse de ella para que les sacara, pero la mujer comenzó a quitárselos de encima diciendo: - << La cebolla es mía, no vuestra >>. Nada más decir esto, la cebolla se rompió y la mujer cayó al lago.

(Dostoievski)

«EL VELOZ»

Había una escuela de peces pequeños, que vivían felices en el océano. Uno de ellos tenía dotes tan extraordinarias que sus amigos le dic ron un apodo. Le llamaban <>.

Un día un pez enorme paso junto a la escuela mi­rando a todos como un inocente transeúnte, hasta que, de pronto, se los tragó a todos. A todos excepto a <>, que se las ingenió para escapar.

<> escapó porque, al ser pequeño, era muy cauteloso siempre que veía un pez más grande que él. Era tan rápido y ágil que ponía furiosos a los peces grandes, saltando por encima de ellos y desapareciendo luego como una flecha antes de que pudieran cogerle.

<> estaba resuelto a explorar todas las belle­zas del mundo subterráneo y no quería dejar que el miedo se lo impidiera. Mientras que el resto de sus amigos estaban comiendo, el proseguía valientemente sus viajes de descubrimientos solo.

Mucho tiempo después encontró otra escuela de pe­ces pequeños exactamente igual que la suya. ¡Qué feliz se sintió de encontrar de nuevo compañía! Ellos le es­cuchaban embelesados cuando les describía los espectáculos que había contemplado y los lugares que había visitado. Les habló de la triste suerte de la última es­cuela de la que había formado parte, y ellos admitieron que también tenían miedo de los peces grandes.

Pero <> era listo y había aprendido mucho acerca de cómo sobrevivir en sus solitarios viajes por el océano.

<>, les dijo a los peces pequeños. < seguir vivos y de disfrutar de todo lo que la vida nos ofrece. Debemos unirnos y perma­necer juntos. Agrupémonos de tal manera que parez­camos un pez enorme, y de esa manera infundiremos temor a todos los peces grandes y nos dejarán solos>>.

Los peces pequeños se agruparon en forma de un pez, con <> delante como el ojo vigilante de una criatura simulada. Viajando en formación, exploraron el mar felices y tranquilos. A partir de entonces, los peces grandes les temían y respetaban.


LA UNIÓN HACE LA FUERZA

Érase una bella catedral con un gran crucero. Deba­jo, el Altar Mayor. Los sacerdotes que la regentaban no estaban de acuerdo en concelebrar. Cada cual se valió para construir sus pequeñas capillitas laterales. Después de un tiempo, el crucero se desplomó al no observar los sacerdotes las grietas que día a día se habían comenzado a formar.. Y al desplomarse el cru­cero, con él las pequeñas capillitas laterales.

(J. Fernández)

DÍA DE LA LUZ

En una noche bien oscura hubo de salir una perso­na a atravesar un bosque denso.

Llevaba un cirio en la mano y en el corazón un miedo grande a que el viento de la noche terminase con su luz.

Antes que amaneciera era imprescindible haber ter­minado la travesía. Si no, quien le esperaba para lle­varlo lejos, marcharía sin ella. Aquella persona iba preocupada por llegar a tiempo. Delante, muchos kilómetros, pocas horas, camino duro y oscuro y un miedo importante a caer.

Y aquella persona anduva ligera en el bosque; con la corta luz de su cirio descubrió la senda, protegió con su mano la llama de la vela del viento y se aden­tró entre los árboles.

Tan pendiente iba de su luz pequeña que ni tiempo le quedaba para mirar a los lados del camino. Sólo veía la senda y la luz. Caminó así rato y rato. No lleva­ba mal ritmo. Parecía que sí llegaría antes de amane­cer al otro lado del bosque.

Algo más tarde se puso a andar otra persona

Debería marcha más ligero; pues tenía menos tiem­po para el mismo camino.

Los últimos que le vieron la tarde aquella, pensaron que pudiera ocurrir que se tomase la marcha con demasiada alegría y llegase tarde.

El caso es que, después que arrancó la primera persona - demasiado después, decían algunos -, se levan­tó y entró en el bosque.

Claro, el primero ya iba muy adelante.

Buscó la senda, protegió con su mano la llama de la vela del viento... y miró alrededor, pues le pareció oir el ruido de alguien.

Mal iba de tiempo, mas se acercó para ver. Tumba­do y dormido estaba un hombre. Tenía cerca una vela apagada. Se la encendió. La aproximó a su rostro y con el reflejo de la luz se despertó este hombre que había desistido de caminar, porque le faltaba la llama de su cirio.

Le dijo: - << ¡Pronto, camina!, >>. Se puso en pie y le acompañó. Ya eran dos.

Otro vio lo que pasaba. También acercó su vela. Ya eran tres, pero no andaban.

Veían mejor. Por fin marcharon algo más ligeros. Aquella triple luz alertó a otros dormidos que reclama­ron lumbre para sus cirios. La repartieron los tres. Antes pasó con una pequeña luz, pero no les oyó.

Ya eran muchos y avanzaban. Parecía una proce­sión. Gente nueva se incorporaba: los que tuvieron miedo de ir solos. Los que descuidaron su luz que se apagó. Los que no tuvieron vela nunca.

Uno descuidó un instante su cirio encendido y el viento le dejó a oscuras. Un joven que caminaba a su lado enseguida acercó su luz y pronto brillaron sus dos luces además de las de todos.

Se veía ahora muy bien el camino. Se avanzaba lige­ro.

Cuando quedaba poco tiempo para amanecer, los primeros de este trío de luz divisaron una chispa delante. Era aquella persona que salió primera, que cuidaba mucho su pequeña luz, que miraba su cami­no solo.

Llegó junto a ella el grupo, que ahora cantaba. Le rodearon todos. Le hicieron mirar alrededor. También consiguieron que riera.

No se pararon. Cuando llegó el sol habían llegado todos.

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