Ceremonia del adiós






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fecha de publicación08.09.2015
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Ceremonia del adiós
Por Simeón Martín Rubio

El Marqués de Santillana, en su Carta Prohemio al condestable Don Pero de Portugal nos definió la poesía como fingimiento de cosas cubiertas e veladas con muy fermosa cobertura. Yo no pretendo fingir, sino disimular, cubrir mis emociones con la poesía de los demás. Salinas hablo de “la voz a ti debida”. Yo, en este caso, debo la voz a todos, si queréis, mejor, hablo con la voz de vuestras voces. Cada vez que utilice la voz de los demás usaré la cursiva. Excuso remitir a las fuentes por sobradamente conocidas.

Viernes, 17 de junio 2011

San Ismael.


Un viernes más con las hojas en la mano, antes de un banquete, aunque en el de hoy, en lugar del cocer y contar lo pasado en la semana, lo hacemos desde años, hablemos del guiso de una vida.
Sabes que llega un día en el que el suelo que pisas se convierte en pared y que ese día te gustaría, como a Machado, estar ligero de equipaje y olvidado en el forro del abrigo el papelillo hecho pliegues que añore esos días azules, ese sol de la infancia.
Sabes también que has jugado a imaginar ese final, ese día pared, con un decorado espectacular, siempre te sale el hombre de teatro que llevas dentro, sumido en un “mar de luto” como en “La casa de Bernarda Alba “de Federico, o convertido en estatua o en emisora de radio, como en “El relevo” de Celaya
Sabes que en ese momento de despedidas y reconocimientos hay que dar las gracias. Imposible imaginar este largo recorrido sin el apoyo decidido e impagable de mis mujeres: Pilar, Leticia y Gisela, que me han hecho cómodo el caminar y a cuyo almo reposo me encomiendo.
Me gustaría saber cantar para, con voz de tango, confesar que acuden a mi mente recuerdos de otros tiempos, de los bellos momentos que antaño disfruté, que han sido muchísimos.
Esa realidad memorable sólo se explica por la presencia en la ventura de la vida de tantos amigos que han entendido que la educación no se abría ni se cerraba en el aula. Sin ellos, no tendría sentido esta ceremonia.
Con ellos con vosotros, he aprendido que el verbo formar es una palabra que soporta muchos prefijos: informar, conformar, reformar, deformar, transformar, etc.
Me habéis enseñado que la vida, como una copa de vino hay que beberla gota a gota. Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte, nos dejó dicho el gaucho Martín Fierro.
Los tragos de la vida que me han acompañado hasta esta pausa, a esta posada, a este descanso, a esta ataraxia, tras andar muchos caminos, aunque no

existan aunque se haga el camino al andar o, aunque el camino que serpea y débilmente blanquea se enturbie y desaparezca.
La vida-camino, la vida a tragos, la vida-pasión, cuya espina me niego a arrancarme para no tener que lamentar el silencio del corazón.
Un camino plagado de hitos que han dirigido mis pasos hacia este ocaso: 40 años, 3 centros, 4000 alumnos, 700 colegas, 300 banquetes, 100 montajes teatrales, 25 veces Monteoscuro y otras tantas Valdetajo, los jueves del clavo y los ranchos y cenas en las riberas de la Huecha, las cenas de San Juan y Navidad.
Confieso que he vivido. Que como Pulgarcito he procurado dejar mis piedras o, como les dice el Santo de Barbastro a los chicos de la obra, he intentado dejar poso. Todo menos dejar presentes sucesiones de difunto.
Humana obra de misericordia,

enseñar al que quiere saber el que no sabe.

Qué aprendizaje hermoso de inocencia,

de ciencia y de paciencia,

y cuánto respirar, beber poesía,

poesía alumna, mi única maestra,

mi juventud perenne. Oh, gracias.”
Los siempre trece o diecisiete

hacen florecer siempre cada curso

el árbol del maestro y del poeta;

de un maestro todo dudas”
Carmen, cántico, coro,

cantad conmigo, uníos a mi júbilo,

pues por vosotros y vosotras vivo.
Sigo con mi canción interrumpida: Me toca ahora el emprender la retirada, debo alejarme de la buena muchachada.
A aqueste bien os llamo, amigos a quien amo sobre todo tesoro. Ayudadme a que no deje la memoria donde ardía.
Me voy y me retiro, de cuanto simple amé rompí los lazos, venid y ved el alto fin que aspiro antes que el tiempo muera en nuestros brazos.
Un ángulo me basta entre mis lares,

un libro y un amigo,

un sueño breve,

que no perturben dudas mis pesares.
Quiero acabar con unos versos rotundos:

El día que yo me vaya, dejadme el balcón abierto.

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