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«¿Cómo hacemos que alguien entienda un poema o un tema musical?»

Apuntes sobre la estética de Wittgenstein

Lucas Soares


(Universidad de Buenos Aires - CONICET)

«La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético»

Borges1
Dos años antes de su muerte, en una observación de 1949, Wittgenstein apuntaba: «Los problemas científicos pueden interesarme, pero nunca apresarme realmente. Esto lo hacen sólo los problemas conceptuales y estéticos. En el fondo, la solución de los problemas científicos me es indiferente; pero no la de los otros problemas»2. El problema que nos plantea esta observación es que Wittgenstein no hizo en su obra más que esporádicas referencias sobre cuestiones estéticas. Su pensamiento al respecto no arriba a una teoría coherente, sino más bien a un borroso conjunto de apuntes. Dada la naturaleza del objeto, la empresa se torna un tanto complicada. Tengo que referirme a los rasgos característicos de un ámbito acerca del cual Wittgenstein apenas esboza algo en sus escritos. No queda otra que hacer apuntes sobre apuntes.

1. En el Tractatus Wittgenstein focalizaba el problema cardinal de la filosofía en la delimitación entre lo decible-pensable y lo indecible-impensable3. Tras el andamiaje lógico-lingüístico, reservaba así un lugar privilegiado para lo indecible4. Pero más allá de una proposición que destacaba su identidad con la ética5 y de otra que previamente vinculaba los conceptos centrales de ambos ámbitos6, poco y nada extraemos del Tractatus acerca de la experiencia estética. Sólo la postulación de su carácter inefable y trascendental, y su confinamiento, junto con lo ético y lo religioso, dentro del área de existencia mostrable de lo místico7.

Detengámonos en esa frontera del Tractatus: como sobre lo estético no podemos hablar, hay que callar. Pero si atendemos al conjunto de su obra, ¿ha sido Wittgenstein realmente consecuente con aquel silencio impuesto a lo estético? Basándome en escritos de distintas épocas, quiero sostener aquí que sus reflexiones sobre la experiencia estética no expresan cambios sustanciales a lo largo de su obra, sino más bien una clara línea de continuidad al desembocar una y otra vez en la reafirmación del carácter insustituible, asistemático e indescriptible de tal experiencia, contenido de forma embrionaria en el sucinto planteo del Tractatus. Si bien es cierto que en escritos posteriores se advierte el impulso de arremeter contra los límites del silencio, la experiencia estética nunca dejará de sustraerse, como veremos, a todo requerimiento descriptivo. De ello desprendo que la clásica distinción entre un primer y segundo Wittgenstein no termina de ajustarse tan claramente en el marco de sus reflexiones sobre estética.

2. Dada la relación entre ética y estética postulada en el Tractatus8, podemos tomar en préstamo algunos pasajes de su Conferencia sobre ética de 1930 para hacerlos extensibles al ámbito de lo estético. Tras adoptar la definición de la ética como la investigación general sobre lo bueno, Wittgenstein retoma el tema del parentesco entre los dominios ético y estético: «Ahora voy a usar la palabra ética en un sentido un poco más amplio, que incluye, de hecho, la parte más genuina, a mi entender, de lo que generalmente se denomina estética»9. Si la ética en sentido amplio constituye la investigación sobre lo valioso o la manera correcta de vivir10, la estética, siguiendo esta definición, debería definirse como la investigación general sobre lo bello, en tanto representa una de esas cosas valiosas. Pero en la Conferencia tropezamos nuevamente con el postulado de la inefabilidad: «Debo decir que si ahora considerara lo que la ética debiera ser realmente –si existiera tal ciencia-, este resultado sería bastante obvio. Me parece evidente que nada de lo que somos capaces de pensar o de decir puede constituir el objeto (la ética)»11. Tal imposibilidad de una ciencia acerca de la ética se transfiere a la estética, puesto que ésta también rebasa la capacidad significativa de todo recipiente proposicional. De allí la analogía con la taza de té, que «sólo podrá contener el volumen de agua propio de una taza de té por más que se vierta un litro en ella»12. La expresión verbal que pretendamos asignarle a toda experiencia de índole estética carece de sentido, ya que a ella subyace no sólo un mal uso del lenguaje, sino la pretensión de ir más allá del lenguaje significativo13.

Al igual que en el terreno ético y religioso, todos los intentos de descripción de una experiencia estética terminan apelando a símiles. La reflexión de Wittgenstein sobre el símil puede servirnos para entender en qué sentido las expresiones acerca de la experiencia estética constituyen un mero sinsentido14. El problema básico del símil se revela cuando, prescindiendo de él, buscamos expresar por medio del lenguaje el hecho estético que supuestamente opera a la base: «De esta forma parece que, en el lenguaje ético y religioso, constantemente usamos símiles. Pero un símil debe ser símil de algo. Y si puedo describir un hecho mediante un símil, debo ser también capaz de abandonarlo y describir los hechos sin su ayuda. En nuestro caso, tan pronto como intentamos dejar a un lado el símil y enunciar directamente los hechos que están detrás de él, nos encontramos con que no hay tales hechos. Así, aquello que, en un primer momento, pareció ser un símil, se manifiesta ahora un mero sinsentido»15.

A primera vista, pareciera aportar Wittgenstein en su Conferencia mayores precisiones respecto de las posibilidades de expresión de la experiencia estética. Quiero decir: mediante dicha reflexión sobre el símil estaría diciéndonos algo que trasciende de alguna manera el límite del silencio asignado a tal experiencia. Pero al revelar el símil una total falta de correspondencia con algo, y caerse en consecuencia por sí mismo, incurrimos nuevamente en el viejo postulado del Tractatus, según el cual todo intento de decir algo sobre la experiencia estética carece de sentido. Y no se trata aquí de un sinsentido originado por la incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje, ya que Wittgenstein rechaza de plano toda posibilidad de que un análisis lógico aplicado a expresiones éticas y religiosas (y aquí podemos adjuntar las estéticas) pueda llegar a corregir alguna vez esa carencia de sentido inherente a las mismas16.

3. Veamos ahora si las Clases sobre estética nos permiten trascender el área de lo inefable o del sinsentido que hasta aquí rodea la experiencia estética. No esperemos encontrar en ellas ni una teoría ni un lenguaje apropiado en relación con lo estético. Primero porque nada de lo que deja leerse en estas clases de 1938 fue escrito por el propio Wittgenstein. Segundo porque tal intento teorizador entraría en plena contradicción con la ya declarada imposibilidad de una ciencia de la estética. Sólo algunas ideas y discusiones informales sobre cuestiones estéticas tomadas por un grupo de alumnos; apuntes dispersos que Wittgenstein no revisó y que muchas veces se contradicen entre sí.

Las cuestiones estéticas nos introducen en un ámbito ilimitado y de grandes confusiones, porque en él, dice Wittgenstein, «el lenguaje nos juega tretas enteramente nuevas» (I, 3). Subraya desde el principio la errónea comprensión que existe acerca de tales cuestiones, vinculada al uso incorrecto de términos como ‘bello’, ‘bueno’, ‘admirable’, ‘hermoso’ (I, 1), o sea, los adjetivos estéticos con los que solemos adornar la experiencia estética. Como veremos -y contra lo que suele pensarse-, esos adjetivos jugarán para Wittgenstein un papel menor a la hora de describir tal experiencia. A ella se ajustan mejor las interjecciones, los gestos, los tonos de voz y los símiles. Pregunta Wittgenstein: «¿Importaría algo si en vez de decir “Esto es hermoso” dijera simplemente “¡Ah!” y sonriera, o me restregara el estómago?». Las expresiones de gusto se pierden así en los gestos. Todos éstos pueden ser en el fondo manifestaciones de aprobación o rechazo, y la mayor parte de las veces sustituyen el uso de adjetivos estéticos17. Además de que resulta imposible abarcar, describir y sistematizar todas las circunstancias en la que se origina, «la expresión en sí misma tiene un lugar casi insignificante» (I, 5) en el ámbito de la estética.

Todo esto complica enormemente el establecimiento de juicios y reglas estéticas. Sólo podemos hablar de un tipo de apreciación estética, ligada al uso de interjecciones y gestos. Y nada más, porque en última instancia es imposible describir la apreciación estética y sus diferentes clases: «No sólo es difícil describir en qué consiste la apreciación, sino imposible. Para describir en qué consiste tendríamos que describir todas las circunstancias. [...] Hay un número extraordinario de casos diferentes de apreciación» (I, 20, 21). Es una familia tan inmensa y complicada, que se torna imposible ver lo común en los diferentes tipos de juicios estéticos18. Wittgenstein retoma su mensaje desesperanzado respecto de la posibilidad de descripción de una experiencia estética: «No imaginen un tipo imaginario de descripción del que en realidad no tienen idea» (IV, 11). El problema no reside, pues, en el mayor o menor grado de exactitud de una descripción de tal clase. Porque, como vimos, todas las descripciones son toscas comparadas con el gesto con el que asociamos el sentimiento, la emoción o la sensación orgánica19. Volvemos a leer en este planteo un punto de imposible en lo que atañe a la descripción de la experiencia estética. En los breves apuntes de una clase sobre descripción, la estética aparece directamente como un campo de experiencia indescriptible. Por ello frente a los efectos que nos produce una determinada obra de arte, solemos decir una y otra vez: ‘no puedo describir mi experiencia’ o ‘esto no es descriptible’. A lo sumo un gesto, pero nada más: «A mi entender, el error reside en la idea de descripción»20.

Pero aun los gestos no logran disimular la imposibilidad de descripción inherente a la experiencia estética. Ni tampoco los símiles. Por eso no sorprende que Wittgenstein apele nuevamente a ésta cuestión, ahora en relación con el ámbito de la estética. Llega a decir que si fuera un buen dibujante, podría mediante rostros trazados en un papel transmitir de una forma más flexible y variada lo que intentamos expresar a través de los típicos adjetivos estéticos21. El recurso al símil aparece asimismo cuando intentamos referirnos a alguna clase de explicación de la experiencia estética. La explicación correcta sería, en efecto, la que produce un click. Usamos a veces el simil del click para hablar de nuestros sentimientos de aprobación: «Podrían decir que el clicking es que estoy satisfecho. Consideren una aguja que se mueve en dirección opuesta a otra. Ustedes se contentan cuando las dos agujas se oponen la una a la otra. Y podrían haber dicho esto de antemano» (III, 4). Pero al igual que en la Conferencia, por más que recurramos a símiles, desembocamos inevitablemente en el mero sinsentido: «Una y otra vez usamos este símil de algo produciendo click o ajustándose a algo, cuando en realidad no hay nada que haga click o que se ajuste a algo» (III, 5).

¿Sirve de algo aquí la noción de ‘juego lingüístico’? Veremos que tampoco ayuda demasiado para la elucidación de las cuestiones estéticas. Los intérpretes que en este terreno suscriben la clásica distinción entre un primer y segundo Wittgenstein se apoyan justamente en dicha noción, que contrasta, como es sabido, con los presupuestos de su viejo modo de pensar22. Repito: ¿logramos resolver la cuestión con la frase ‘todos son, al fin y al cabo, juegos de lenguaje’? Por empezar, los motivos centrales del denominado segundo período (i.e., ‘juegos de lenguaje’, ‘reglas de uso’, ‘parecidos de familia’, etc.) casi no se vinculan con el plano del arte. La noción de juego apenas aparece mencionada en la primera de las clases (I, 23, 25, 26), y Wittgenstein la trae a colación de una forma tan asistemática, que resulta prácticamente imposible entender cómo opera dentro del borroso marco de sus reflexiones sobre estética. Si lo que pertenece a un juego lingüístico compromete una cultura entera, los juicios y reglas estéticas serían entonces juegos que variarían según las épocas: «Un juego enteramente distinto se juega en épocas distintas. Lo que pertenece a un juego lingüístico es una cultura entera» (I, 25, 26). La cultura de cada período juega un juego estético (o de gusto) distinto. Pretender describir totalmente un conjunto de juicios y reglas estéticas implica en realidad describir la cultura de un período, lo cual para Wittgenstein es imposible23. Se torna así sumamente complicado armar las piezas de este rompecabezas en que consiste la experiencia estética; reconocer y describir sus rasgos diferenciables, sus reglas de uso y las modalidades contextuales en las que se genera. Tal experiencia, en una palabra, se sustrae a todo modelo explicativo o encasillamiento en un determinado juego lingüístico.

Estas clases dejan nuevamente en claro la imposibilidad de una ciencia acerca de la estética. A diferencia del Tractatus donde nos topábamos con la frontera inviolable de lo inexpresable, apenas podemos decir aquí lo que la estética significa. Estamos ante una diferencia de grado, pero no sustancial: «Una cosa interesante es la idea que la gente tiene de una especie de ciencia de la Estética. Casi me gustaría hablar de lo que podría quererse significar con Estética. Podrían creer que la Estética es una ciencia que nos dice qué es lo bello –algo casi demasido ridículo como para decirlo» (II, 1, 2). Pero esta definición es tan ilimitada que también tendría que incluir -afirma Wittgenstein irónicamente- qué clase de café tiene buen gusto24.

La estética implica así un área irreductible a todo enfoque científico. Porque una estética científica caería siempre para Wittgenstein en pseudoproposiciones, como aquella del Tractatus, «de si lo bueno es más o menos idéntico que lo bello» (4.003). Pero dejando de lado esta crítica a las ansias teorizadoras sobre la estética, ¿qué ocurre con el tema de la explicación de la experiencia estética? Wittgenstein, en efecto, aborda aquí la cuestión de si puede darse o no algún tipo de explicación acerca de las perplejidades estéticas. ¿Por qué, por ejemplo, tal poema me causa esta perplejidad o impresión particular?25 La explicación en este terreno no puede consistir en un cálculo o descripción de las reacciones que tal obra de arte provoca. Tampoco parece consistir en un tipo de explicación causal o, si lo es, debería serlo de la siguiente manera: que la persona que concuerda con uno ve la causa de inmediato26. En estas clases Wittgenstein arriba al punto de que todo intento de explicación de la experiencia estética no va más allá de un mero anhelo: «Me gustaría hablar del tipo de explicación que uno anhela cuando habla acerca de la experiencia estética» (III, 6). Si bien resalta la enorme atracción que ejerce la idea de alguna clase de explicación para el ámbito de la estética, reconoce al mismo tiempo aquí «la obvia imposibilidad del proyecto» (III, 8).
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