Imágenes y símbolos en la poesía de Miguel Hernández






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fecha de publicación03.09.2015
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Imágenes y símbolos en la poesía de Miguel Hernández

José Manuel Vidal Ortuño

Los poemas de Miguel Hernández, en sus años de aprendizaje (1924-1931), presentan unas imágenes tomadas directamente de su entorno de Orihuela. En palabras de José Luis Ferris, éstas son “el limonero, el pozo, la higuera, las pitas o el patio”1. Tales símbolos se perciben con claridad en el poema “Insomnio” y sobre todo en su versión más depurada, “Recuerdo…” La imagen del poeta pastor, que siempre acompañará a Hernández, queda bellamente reflejada en la entrañable composición “En cuclillas ordeño / una cabrita y un sueño”.

“Lujuria” y “Es tu boca…”, dos poemas de esta etapa inicial, tratan temas importantes de la poesía hernandiana. “Lujuria” nos habla del deseo erótico bajo la apariencia de una poesía bucólica (“¿En dónde hallar a la ninfa / que ha puesto mi sexo alerta?”), inaugurando una tendencia que dará sus mejores frutos en El silbo vulnerado. Asimismo, “Es tu boca…”, mediante la sinécdoque, presenta parte de un rostro femenino a través de metáforas, en las cuales unas veces predomina lo blando y lo suave (“clavel que en el alba se inflama; / una fresa lozana y sedeña”) y otras apuntan hacia lo frío, lo duro y lo cortante (“rubí, en dos dividido”, “puñal”). Esta antítesis nos recuerda el título de un poemario de Vicente Aleixandre: Espadas como labios (1932).

Perito en lunas (1933) se editó en Murcia, en los talleres gráficos de La Verdad, para la colección “Sudeste”. Consta de 42 octavas reales a la manera del Polifemo de Góngora. El homenaje al poeta del culteranismo se ve en algunas citas y en el verso final de “(Gallo)”, extraído de las Soledades gongorinas: “a batallas de amor, campos de pluma”. Los poemas son una suerte de adivinanzas, de “acertijos líricos” –como los definió Gerardo Diego-, cuya solución hay que buscarla en los títulos (títulos que no aparecían en la primera edición, sino que se deben a la labor investigadora de Juan Cano Ballesta2). Entre los símbolos, aparece el toro, con el significado de sacrificio y de muerte (sus cuernos son “mi luna menos cuarto” y los toreros, “émulos imprudentes del lagarto”). La palmera, elemento paisajístico mediterráneo, es comparada con un chorro: “Anda, columna; ten un desenlace / de surtidor” (lo que sin duda nos recuerda el soneto de Gerardo Diego “El ciprés de Silos”, al cual se dirige el poeta como “Enhiesto surtidor de sombra y sueño / que acongojas al cielo con tu lanza”). Por otra parte, hay en este primer libro de Miguel Hernández imágenes y símbolos muy de su tiempo, como cuando califica a las veletas de “danzarinas en vértices cristianos / injertadas: bakeres más viudas”, en alusión a la bailarina Josefina Baker, también negra y viuda. Y un aire a Poeta en Nueva York (1929-1930), de Lorca, tiene “(Negros ahorcados por violación)”, donde abundan los símbolos referidos al sexo masculino: “su más confusa pierna”, “náufraga higuera fue de higos en pelo”, “remo exigente”. Por último, en “(Sexo en instante, 1”), canto impuro al onanismo, la virilidad queda expresada a través de “la perpendicular morena de antes / bisectora de cero sobre cero”.

El rayo que no cesa (1936) salió de la imprenta de Concha Méndez y Manuel Altolaguirre en Madrid para la colección “Héroe”. El tema fundamental del poemario es el amor y sobre él van a girar todos los símbolos que aparecen. Así, el rayo, que es fuego y quemazón, representa el deseo, enlazando a su vez con nuestra tradición literaria (Llama de amor viva, de San Juan de la Cruz). La sangre es el deseo sexual; la camisa, el sexo masculino y el limón, el pecho femenino, según podemos observar en un soneto como “Me tiraste un limón, y tan amargo”. La frustración que produce en el poeta la esquivez de la amada (Josefina Manresa) se traduce en la pena, uno de los grandes asuntos de este libro (soneto “Umbrío por la pena, casi bruno”). El carácter ambivalente de la amada, que, como en Garcilaso, enciende el corazón y lo refrena, lo apreciamos en el soneto “Fuera menos penado si no fuera / nardo tu tez para mi vista, nardo”, tan audaz en el uso de la epanadiplosis, en donde la amada queda representada mediante metáforas de signo suave (nardo, tuera, miera), o bien a través de otras imágenes que recuerdan lo áspero (cardo o zarza, por ejemplo). Todos estos temas quedan resumidos en “Como el toro he nacido para el luto”, que es una especie de epifonema; hay un paralelismo simbólico entre el poeta y el toro de lidia, destacando en ambos su destino trágico al dolor y a la muerte, su virilidad, su corazón desmesurado, la fiereza, la burla y la pena3.

No todos los poemas de El rayo que no cesa son así. Algunos nos hablan de una relación sexual más plena, por lo que hay críticos que no los identifican con Josefina Manresa, sino con una relación fugaz que Hernández tuvo con la pintora Maruja Mallo4. Nos estamos refiriendo a “Me llamo barro aunque Miguel me llame”, poema que expresa una entrega servil hacia la amada (dice: “Soy una lengua dulcemente infame / a los pies que idolatro desplegada”), y al soneto “Por tu pie, tu blancura más bailable”. Como podemos apreciar, el símbolo clave de estos dos poemas es el pie y ambos acusan la influencia de Residencia en la tierra (1935), de Pablo Neruda.

Viento del pueblo (1937) ejemplifica, muy a las claras, lo que es poesía de guerra, poesía como arma de lucha. El este libro hay un desplazamiento del yo del poeta hacia los otros. Así, pues, viento es voz del pueblo encarnada en el poeta: “Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me aventan la garganta”. Al pueblo cobarde y resignado, que no lucha, se le identifica con el buey (“los bueyes doblan la frente, / impotentemente mansa / delante de los castigos”). El león, en cambio, es la imagen de de la rebeldía y del inconformismo.

La mirada del poeta se vuelve, solidaria, hacia los que sufren. De ahí poemas como “El niño yuntero”, que desde su nacimiento es “carne de yugo” (tal el buey), “como la herramienta / a los golpes destinado” (cosificación), que está “empezando a vivir, y empieza a morir de punta a punta” (vivir/morir, antítesis muy del gusto del Barroco).

La contraposición entre ricos y pobres se da en “Las manos”, poema en el que están simbolizadas las que para Miguel Hernández eran las dos Españas. Según el poeta, “unas son las manos puras de los trabajadores”, las cuales “conducen herrerías, azadas y telares”. Las otras son “unas manos de hueso lívido y avariento, / paisaje de asesinos”, que “empuñan crucifijos y acaparan tesoros”.

Tras su matrimonio con Josefina Manresa (9-III-1937), ya no se canta tanto a la amada como deseo, sino que ahora se pone el acento en su maternidad. El símbolo, por tanto, va a ser el vientre; de ahí que en el comienzo de la “Canción del esposo soldado” leamos: “he poblado tu vientre de amor y sementera”. El hijo futuro será la prolongación de los nuevos esposos y la esperanza de una España mejor (“Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado”, “para el hijo será la paz que estoy forjando”).

El título El hombre acecha (1939) recuerda la máxima latina homo homini lupus -atribuida a Plauto, retomada siglos después por Thomas Hobbes-, en virtud de la cual el hombre es un lobo para el hombre. Como han señalado Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia, nos vamos a encontrar el tema del hombre como fiera y, en consecuencia, colmillos y garras: “Garra como símbolo de fiera. Fiera (y sus equivalentes tigre, lobo, chacal, bestia), como símbolo de la animalización regresiva del hombre, a causa de la guerra y del odio”5. Todo ello lo podemos observar en la “Canción primera”.

Del libro merecen destacarse los poemas que tratan de los desastres de la guerra. Las dos Españas, enfrentadas, aparecen en “El hambre”, puesto que el poeta dice luchar “contra tantas barrigas satisfechas” (símbolo de la burguesía, del capitalismo). La sangre, que en El rayo que no cesa significaba el deseo, es ahora lisa y llanamente el dolor, tal como se nos recuerda en “18 de julio 1936- 18 de julio 1938”: “Son dos años de sangre: son dos inundaciones”. A su vez, en “El tren de los heridos” la muerte viene simbolizada por un tren que no se detiene más que en los hospitales, centros del dolor humano: “El tren lluvioso de la sangre suelta, / el frágil tren de los que se desangran, / el silencioso, el doloroso, el pálido, / el tren callado de los sufrimientos”6. El amor a la patria queda de manifiesto en “Madre España”, a la que se siente unido el poeta “como el tronco a su tierra”. Se cierra este poemario con la “Canción última”, un claro homenaje a Francisco de Quevedo (“Miré los muros de la patria mía”), porque tanto aquí como allí casa es España. Y no es el único homenaje al poeta del XVII, porque en “Carta” se da el tema del amor constante más allá de la muerte: “Aunque bajo la tierra / mi amante cuerpo esté, / escríbeme a la tierra, / que yo te escribiré”.

Cancionero y romancero de ausencias, obra póstuma, se abre con elegías a la muerte del primer hijo del escritor, Manuel Ramón, fallecido en 1938 a los diez meses; éste es evocado mediante imágenes intangibles: “Ropas con su olor, / paños con su aroma”; “lecho sin calor, /sábana de sombra”. La esperanza, no obstante, renace con la venida de un nuevo hijo (poema “Alborada de tu vientre”), que llevará por nombre Manuel Miguel: a él, que vino al mundo a principios del 39, van destinadas las tristísimas “Nanas de la cebolla”. En ese nuevo hijo queda simbolizada la pervivencia del poeta: “Tu risa me hace libre, / me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca”.

En la cárcel, la pasada guerra es como un mal sueño que ha sembrado España de muertos y de presos (poema “Tristes guerras”). En la cárcel –o en las sucesivas cárceles que habrá de padecer- Miguel Hernández sigue añorando a su amada (poema “Ausencia en todo veo”). La muerte, simbolizada aquí por el mar, como en Jorge Manrique, empieza a ser la única certeza para el poeta: “Esposa, sobre tu esposo / suenan los pasos del mar”.

1 Miguel Hernández, Antología poética, selección y prólogo de José Luis Ferris, Madrid, Espasa Calpe, 2008, p. 17.

2 Miguel Hernández, El hombre y su poesía, ed. de Juan Cano Ballesta, Madrid, Cátedra, 2005, p. 43.

3 Véase el atinado comentario de Juan Cano Ballesta en su edición de Miguel Hernández, El rayo que no cesa, Madrid, Espasa Calpe, 2007, p. 107.

4 José María Balcells, “De Josefina a María, y de María a Maruja (Sobre la musa de ‘Me llamo barro…’)”, en Homenaje a María Cegarra, ed. de Santiago Delgado, Murcia, Editora Regional, 1995, pp. 163-171.

5 Miguel Hernández, El hombre acecha, Cancionero y romancero de ausencias, ed. de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia, Madrid, Cátedra, 2008, p. 85.

6 Arcadio López-Casanova relaciona este poema con “Mujer con alcuza” (Hijos de la ira, 1944), de Dámaso Alonso. Véase su estudio Miguel Hernández, poesía y elegía, Madrid, Anaya, 1993.


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